Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Annelise.
Annelise.

Annelise.

Autor: : Luna_Magnífica.
Género: Romance
La guerra no es fácil para nadie. Britta es una joven sin familia o amigos y lo peor es que su novio fue enviado al campo de batalla. Su vida comienza a perder sentido durante la larga espera. Hasta que se ve envuelta en un enorme problema al cuidar de una niña alemana y darle hogar a un inquilino que parece ser de la misma procedencia. Dedicado a todas las familias que vivieron las consecuencias de la guerra.

Capítulo 1 Un Encuentro Inesperado.

29 de octubre de 1947 -. Noruega.

"Nos es una pena informar que el soldado Daven Engen aún continua desaparecido, el estado de Noruega le recomienda esperar nuevas noticias o enviar una solicitud de ubicación en aproximadamente mes y medio"

La chica que leía el telegrama apretó el sobre amarillo en sus manos por la frustración que sintió en aquel instante, habían pasado casi tres años desde que la guerra finalizó, pero aún no tenía noticias de aquel chico que, por mucho tiempo, había sido el dueño de su corazón. Se deshizo de la carta y acomodó su vestido para salir de la oficina postal enfrentando las heladas temperaturas del otoño que llegaba a su fin.

Por las frías calles cubiertas de hojas secas caminó aquella chica de cabellos dorados y bolsas negras bajo sus hermosos ojos color avellana, ella parecía una joven que acababa de salir de su trabajo y se dirigía a su casa. Tácitamente podía notarse que formaba parte de los empleados de alguna de las panaderías del pueblo por los restos de harina en su ropa y el olor a levadura que emanaba al pasar. La oscuridad de la noche ya estaba presente aunque no era muy tarde, pues a punto de comenzar el invierno era normal que el sol durase menos tiempo alumbrando y brindando calor al territorio, razón por la cual la mujer se sentía insegura en esas calles hundidas en la penumbra de una noche donde siquiera la luna acompañaba a las estrellas del cielo. Al caminar dejaba un sonido seco resonar contra el asfalto y eso era lo único que se podía oír en la avenida, o al menos fue así hasta que la rubia se encontró, a pocos metros, una calle que se diferenciaba de las otras por estar llena de bares de mala muerte a los que iban personas indeseables.

- ¡Ey, bonita! -. Le gritó una de esas personas de despreciable presencia, un hombre de aspecto descuidado que llevaba una botella en su mano de lo que parecía ser alcohol barato. - Ven aquí y divirtámonos como lo hacías con los soldados alemanes.

- Imbécil -. Gruñó la chica quedándose estática en su lugar, nadie sabía su historia por lo que no tenían derecho a juzgarla, por otro lado, debía contemplar que ese era el camino más rápido para llegar a su casa; pero no quería arriesgarse pasando tan cerca de aquellos hombres bajo la influencia del alcohol.

Debía decidir de alguna forma, pero sus pensamientos eran silenciados por las barbaridades obscenas que gritaban los "caballeros" al otro lado de la calle, finalmente decidió tomar otro camino por el cual tardaría mucho más tiempo en llegar a su hogar, pero se sentiría más segura y a gusto que en medio de aquellos hombres que la miraban como una manada de lobos mira a un jugoso trozo de carne. El camino por el que debía desviarse tenía como ruta principal un callejón poco conocido que era habitado principalmente por ratas y otras alimañas. Ingresó en el mismo con cautela ya que alrededor solo habían tiendas ya cerradas, estaba solitario y era peligroso; por eso le pareció sumamente extraño cuando escucho un sollozo débil en el lugar, por miedo quiso salir corriendo pero una pequeña parte de ella la obligó a detenerse y buscar, dio una serie de pasos cautelosos al frente buscando el lugar de origen de aquel llanto que parecía ser infantil, pero al no tener éxito decidió pronunciar algunas palabras.

- Hola... ¿Está alguien aquí? -. La chica tuvo que hablar en un leve susurro pues era repudiada por casi todos en el pueblo, si alguna persona llegase a oírla podría provocar un gran problema y al estar encerrada entre las paredes del estrecho callejón su posibilidad de escapar de una amenaza se reducía casi hasta llegar a cero.

Los sollozos pararon para dar paso a un casi inaudible susurro cansado, cada fibra del cuerpo de la rubia le demandaba con fuerza la búsqueda del origen de los ahora susurros, pero era muy difícil ya que ese callejón estaba lleno de escombros, basura y otros desechos de dudosa procedencia, aun así en el último segundo antes de abandonar su búsqueda una pila de cartones viejos cayó al suelo llamando su atención, ella sabía que podían ser ratas o algo peor; pero también miró la posibilidad de que pudiese tratarse de algo más.

Guiada por nada más que su propia corazonada se acercó a lo que antes era una pila de cartones encontrándose con una bola de cabellos rubios enmarañados y llenos de suciedad que temblaban bajo el frío del otoño, la trabajadora de la panadería no dudó ni un segundo más en terminar de tirar los cartones revelando el pequeño cuerpo tembloroso de una niña, sus labios tenían una coloración entre azul y violeta al igual que los extremos de sus articulaciones, su cuerpo tan solo estaba cubierto con un fino camisón para dormir que en algún momento debió ser blanco pero que para ese entonces se encontraba lleno de suciedad y una enorme mancha amarilla que parecía ser orina.

- ¡Oh Dios! -. Exclamó la mujer quitándose su abrigo para colocarlo alrededor de la pequeña. - ¿Como llegaste aquí? ¿Quién tendría el corazón para abandonar a una niña?

Por la situación en la que se encontraba el país, a veces, algunas familias desechaban familiares enfermos o niños pequeños como si fuera perros al no poder alimentarlos y al ser ellos poco más que una carga para el resto por no poder trabajar y llevar ingresos a la casa, así que la mujer pensó que era la situación por la cual la niña pasaba y sin importar nada, levantó a la pequeña que parecía tener poco más de cinco años para llevarla a su hogar pues no la dejaría morir en el frío. La mujer que ahora carecía de abrigo también comenzó a temblar por las bajas temperaturas pero aún así logró llegar a su hogar, una cabaña vieja y con tablones rechinantes las recibió. Dejó a la pequeña al lado de la chimenea mientras encendía el fuego y esperaba que se calentara con las brasas, con paciencia esperó que el pequeño cuerpecito sucio de la niña recobrara el calor mientras que la misma trataba de hablar, pero lo que salía de su boca no eran más que temblorosos susurros que no se podían entender, paulatinamente recobró fuerzas y pudo volver a hablar aunque lo hizo en un fino hilo de voz.

- Gracias señora -. Dijo, su manera de hablar era extraña como si contara con un acento extranjero.

- No me digas señora, aún no estoy casada, mi nombre es Britta ¿Y el tuyo?

- Britta -. Repitió la niña. - Mi nombre es Annelise.

El silencio reinó por un par de segundos, la pequeña tenía un nombre alemán y Britta al analizar un poco más su habla pudo darse cuenta de que el acento que la niña poseía también era del mismo origen, en conclusión: Ella era alemana.

- Annelise, que bonito nombre -. La trabajadora de la panadería quiso disimular un poco sus pensamientos, pues aquella niña no tenía la culpa de las atrocidades cometidas por los alemanes tiempo atrás. - ¿Qué hacías en ese lugar, pequeña? ¿Estás perdida?

Annelise no hizo más que atraer sus piernas hasta su pecho en una postura de protección sin responder la pregunta. Britta comprendió que la niña quizás no tenía la suficiente seguridad como para hablar abiertamente sus experiencias y las circunstancias que la hicieron terminar en ese callejón cubierta de cartones y conviviendo con las ratas, también era obvio que su cuerpo estaba cubierto de heridas al igual que suciedad y un olor nauseabundo.

La de ojos pardos se preguntó si habría estado viviendo en la calle por demasiado tiempo pero llegó a la conclusión de que no podría ser así, pues con un cuerpo tan pequeño y débil habría muerto antes de la primera noche en las calles frías.

- ¿Tienes hambre? -. Preguntó la de mayor edad, ella no tenía muchos alimentos pero no le negaría la comida a nadie, mucho menos a una niña indefensa.

- Si, tengo mucha hambre.

- ¿Qué te parece si primero te preparo un baño caliente y luego comemos algo? -. Cuestionó acariciando su cabello grasoso y enmarañado.

Annelise solo asintió tímidamente.

- Bien, yo iré a prepararte un baño, mientras tanto tú quédate aquí, frente a la chimenea -. Ordenó Britta mientras recobraba una postura normal para luego disponerse a caminar hacia el baño.

La mujer sabía que no podría cuidarla por mucho tiempo, porque carecía de los recursos necesarios para proveer de una vida digna a un niño, debía encontrar a la familia o en todo caso buscar un orfanato que la acogiera, o al menos eso era lo que pensaba mientras dejaba el agua caliente correr por las paredes de la tina hasta llenarla.

Cuando el baño estuvo listo metió a la pequeña que se veía aún más delgada sin ropa para sacarle la suciedad. Su cabello que se veía con un tono grisáceo por la mugre se reveló como una melena de pequeños y delicados rizos de color dorado, el agua también dejó ver una piel pálida y suave pero llena de moretones, la suciedad debajo de sus uñas también salió y sus pies llenos de heridas por caminar descalza durante mucho tiempo quedaron limpios.

- Annelise ¿Qué edad tienes?

- ¡Así! -. Respondió mientras mostraba cinco deditos, la pequeña tenía unos cortos cinco años.

- Que lista eres -. Aprecio Britta mientras se giraba para buscar una esponjosa toalla tras ella y sacar a la niña de la bañera, puesto que su cuerpo ya se encontraba limpio. - ¿Sabes de dónde vienes o no tienes idea?

- Yo al principio vivía con mis cuidadoras y otros niños rubios, luego llegaron unos hombres altos y vestidos de verde... Nos separaron a todos y me enviaron a un lugar donde las mujeres se vestían de negro y rezaban mucho -. Suspiró. - Luego me dijeron que iba a tener mamá y papá y me enviaron aquí, pero ellos no fueron a buscarme.

- ¿Y por qué terminaste en aquel callejón? -. Preguntó la mujer por segunda vez, a ver si la niña respondía su pregunta.

- Es que tenía frío y mucho miedo, pensé que el callejón sería un buen lugar.

Britta sintió lástima mientras metía su mano entre los sedosos cabellos dorados de la pequeña y pensaba en el aspecto físico de la misma. Annelise verdaderamente era una niña muy bonita y su belleza podía apreciarse mejor sin la mugre sobre su piel, era una chiquilla de labios delgados, nariz respingada y ojos tan verdes como el jade que poseía una piel más clara de lo normal, no había duda de que era muy bonita, sin embargo, a Britta le parecía alarmante que la niña encajara de una manera tan perfecta en lo que se conocía como "la raza aria", una raza que según Hitler y el pensamiento Nazi era superior al resto; aunque la mujer decidió que era mejor no pensar en eso.

- ¿Tú eres mi nueva mami? -. Preguntó Annelise mientras la adulta la vestía con un pequeño atuendo de color salmón que le había pertenecido en la infancia.

- No, lo siento, pero te prometo que encontraré un buen hogar para ti... Mientras eso pasa podrás quedarte aquí conmigo ¿Qué te parece?

La niña se vio un poco desanimada ante esa respuesta pero asintió tomando la mano de la mujer de ojos avellana que la guiaba hacia la cocina, Britta no enviaría a la pequeña a la cama con el estómago vacío.

- Gracias -. Dijo la pequeña de ojos verdes. - Lástima que tú no seas mi madre.

Britta sintió una punzada de culpa en su pecho, pero se repitió una y otra vez que no podía cuidar a la pequeña, lo mejor era enviarla a otro lugar.

Capítulo 2 En búsqueda de un origen.

02 de noviembre de 1947 -. Noruega.

En el pequeño pueblo donde vivía Britta todos se conocían entre si y las amas de casa inmersas en su aburrimiento, mientras sus esposos trabajaban, se jactaban de calumniar las vidas ajenas por medio de chismes y rumores que esparcían como pólvora por todos los rincones del lugar, el rumor de que Britta cuidaba de una pequeña niña no fue la excepción y en menos de una semana todo el pueblo sabía de la existencia de Annelise. Por supuesto, Britta se encargó de mantener ocultos sus probables orígenes alemanes mientras buscaba una familia con la cual dejarla, puesto que ella no la podría cuidar.

- ¿Entonces ahora eres madre? -. Preguntó el dueño de la panadería donde Britta trabajaba y por lo tanto el jefe de la misma, su apellido era Larsen y por respeto la mujer lo llamaba "señor Larsen" en lugar de mencionar su nombre de pila.

- No soy su madre -. Respondió la rubia. - Solo estoy cuidando de ella mientras busco con quién dejarla, no tengo la capacidad para tenerla.

- ¿Por qué no? Con este trabajo tienes lo suficiente para comer.

- Pero solo para comer, yo le agradezco mucho la oportunidad que me da al dejarme trabajar aquí; pero un niño necesita atención, ropa, materiales para la escuela, regalos, juguetes... Son cosas importantes que yo no le puedo dar.

- Si lo quieres ver así -. Suspiró su jefe. - Pero recuerda que la juventud no te durará toda la vida y una mujer necesita de una familia para estar completa.

- Creo que por el momento lo mejor sería no pensar en eso ¿No cree usted? Además, si me disculpa debo retirarme, ya hay demasiado trabajo que hacer.

Ella sabía que la juventud se le escapaba como fina arenisca entre los dedos, debía buscar un esposo mientras aún era joven y hermosa; sin embargo, el corazón de Britta solo pertenecía al chico del que siempre esperaba noticias en la oficina postal, sí, hacía más de seis años que no lo veía y desde que no sabía nada de él, pero la esperanza por su regreso seguía latente en su corazón. Britta continuó con su trabajo el cual consistía en limpiar la panadería, incluyendo los restos de harina, huevos y leche del mesón donde se amasaba el pan, era un trabajo pesado ya que las retos de masa solían adherirse a las superficies mejor que cualquier pegamento, pero aún así logró dejar el lugar reluciente.

La hora de salir de su trabajo llegó y la chica recibió su paga de pan, pescado, avena y leche. Britta por lo general no trabajaba a cambio de dinero como era lo común, sino a cambio de comida y en algunas ocasiones por leña, muy pocas veces recibía el pago en efectivo ya que con la inflación que tenía el país le serviría de más bien poco; no obstante su día aún no terminaba, con la bolsa de alimentos entre las manos salió de la panadería para dirigirse al único lugar del pueblo donde existía una mínima posibilidad de encontrar alguna información sobre Annelise, quién para ese momento, ya debía sufrir de mucha hambre en la casa de la chica.

- Buenas tardes -. Habló Britta presentándose en la oficina de registros del pueblo, la única que había en todo el lugar y su más viable esperanza a encontrar a los padres de Annelise o al menos una familia que la adoptara.

La oficina tenía un ambiente monótono con un fuerte olor a madera de roble y tabaco, al parecer alguien de allí anduvo fumando en horas laborables.

- Buenas tardes señorita ¿Hay algo en lo que la pueda ayudar? -. Preguntó el encargado del lugar, un hombre de baja estatura y un mal temperamento.

- Me gustaría preguntar sobre una niña, quería saber si alguien en el pueblo ha adoptado a una pequeña en los últimos días -. Explicó.

- ¿No cree que es una información demasiado general? Aquí se tocan temas serios ¿Por qué no va a hacerle de comer a su esposo o a su padre? -. Preguntó de mala gana y en tono mordaz. Britta suspiró tragándose las palabras venenosas que tenía en su garganta y al contrario le respondió con una educación digna de una dama.

- Es un asunto de suma importancia, además, con la situación que vive el pueblo no creo que sean tantos niños los que son adoptados ¿No cree usted? -. Ahora fue el turno del encargado de morderse la lengua ya que la chica tenía razón.

- Haré lo posible para buscar entre tantos documentos... ¿Tiene alguna otra información? ¿Edad del infante? ¿Nombre?

- Su nombre es Annelise -. Respondió en un susurro, ella no sabía si estaba bien decir un nombre alemán tan alto. - Y tiene unos cinco años, es una niña muy linda y educada, llegó en tren.

El hombre asintió con una mueca de asco, tan solo nombrar algo relacionado con Alemania era suficiente para ganarse malas miradas y el repudio de la gente, para la mayoría de las personas en Noruega todos los alemanes eran malos y les guardaban un profundo rencor por las atrocidades cometidas por los soldados en tiempos de guerra, cualquier contacto con un alemán era contacto con el enemigo y por lo tanto mal visto entre los habitantes del país.

El encargado no consiguió nada de lo que Britta buscaba en su oficina, por lo que tuvo que salir de la misma para buscar algo más de información dejando a la mujer sola, la rubia se sintió incómoda en el lugar, principalmente por las cabezas de animales disecados que colgaban de las paredes en modo de decoración. El silencio no era total pues se veía perturbado por el constante "tic-tac" de un enorme reloj de péndulo y el rechinar de la silla en la que se encontraba la rubia ante el más mínimo movimiento que esta realizara, la impaciencia inundó a la mujer de una manera tal que estuvo a punto de levantarse; pero el encargado llegó con una pila grande de papeles antes de que eso sucediera.

- ¿Encontró algo? -. Cuestiono Britta ganándose una mala mirada del hombre.

- Que mujer tan impaciente es usted -. Gruñó el encargado de mala gana soltando la pila de papeles sobre la mesa, causando así que algunos cayeran al suelo.

La de ojos color avellana tuvo que respirar profundo y tragarse las palabras desagradables que pensó en el momento.

- Bueno allí tiene los papeles para que busque -. Habló el encargado.

- ¿Qué? ¿Ese no es su trabajo? No tengo tiempo para quedarme aquí.

Annelise había pasado demasiado tiempo sola y sabía que la pequeña hogaza de pan duro que le dejó no habría sido suficiente como para calmar su hambre, debía volver a casa rápido, pues había alguien que la esperaba.

- Entonces puede irse señorita y esperar unos días a qué revisemos todo lo que hay aquí -. Señaló los papeles. - De lo contrario se tendrá que quedar y hacerlo por usted misma.

Britta no sabía si era a causa de la situación del país o las secuelas de la guerra, pero en Noruega las personas estaban más malhumoradas y desagradables que en cualquier otro momento de la historia, era sorprendente que un trabajador público pudiese tomarse la libertad de hablarle de tal manera.

- Que tenga una buena noche -. Siseó entre dientes la mujer levantándose de la silla. - Volveré en un par de días a recoger la información obtenida.

El encargado se limitó a señalar la puerta con su dedo índice con una mueca de desagrado y la mujer se retiró ante tal gesto. Britta estaba a punto de expulsar humo por los oídos por lo enojada que estaba, el encargado había sido muy maleducado con ella; además mientras caminaba por la calle podía sentir como las personas la observaban y luego murmuraban entre si, aunque realmente ella ya estaba acostumbrada a esa sensación.

Mientras caminaba el sol descendía por el horizonte, sumiendo a las calles en oscuridad, por eso tuvo que forzarse a esconder la bolsa de alimentos entre su abrigo ya que, por la mala situación del país, los ladrones se dedicaban a robar las bolsas de comestibles que las otras personas conseguían con el sudor de su frente, a Britta le aterrorizaba que pudiera pasarle eso ya que ahora había una niña en su casa que dependía y necesitaba esos alimentos, afortunadamente nada sucedió en el camino y pudo llegar a su casa de una manera tranquila.

Mientras subía la pequeña colina que separaba su casa del resto del pueblo pudo ver a una silueta masculina en la puerta de su vivienda, sus manos comenzaron a sudar mientras el miedo se apoderaba de su ser, solo podía pensar en Annelise por lo que aceleró su paso, no obstante, a medida que iba acercándose la figura se hacía más visible hasta que Britta pudo reconocer aquel hombre como el director de la única escuela en el pueblo.

- Señor Aas, un gusto encontrarlo en la entrada de mi casa -. Habló disimulando la ironía en sus palabras, por supuesto que no era un gusto encontrarlo, al contrario, le había dado el peor susto de su vida.

- El gusto es mío señora...

- Señorita Hansen, aún no estoy casada -. Interrumpió la mujer haciendo énfasis en su apellido de soltera. - Si no le molesta la pregunta podría decirme ¿Qué hace aquí?

- Me han llegado noticias de que tiene a una niña bajo su cuidado -. Dijo. - Supongo que ya estará pensado en ingresarla en nuestra escuela.

Bajo los estatutos de la constitución noruega, todos los niños tenían el deber de estudiar, sin excepción alguna. Muchos tenían la dicha de contratar tutores para que sus hijos no salieran de casa, pero con la situación financiera tan crítica casi todos los niños iban a la escuela por falta de recursos.

- Aún está muy pequeña, tiene a penas cinco años -. Se justificó Britta. - ¿Como voy a enviarla a la escuela?

- Esa no es excusa -. El semblante serio en el rostro del hombre se mantenía mientras hablaban. - En la escuela se aprenden modales que por lo visto usted no puede enseñarle por estar trabajando todo el día, si quería jugar a ser madre tuvo que buscar un esposo antes, para darle una buena educación a esa infante.

El hombre se refería a que Britta, al no estar casada, tendría que trabajar y no podría dedicar todo su tiempo a la pequeña Annelise.

- Después lo discutiremos, por el momento solo estoy buscándole una familia a la pequeña, así que no la enviaré aún a la escuela.

Britta paso al lado del director Aas poniendo una de sus manos sobre la perilla de la puerta, lista para entrar a su propio hogar.

- No olvide que la constitución noruega dictamina que... -. Pero la rubia no lo dejó terminar cerrando la puerta en su cara, ya estaba de mal humor.

Al quedarse un momento al lado de la puerta pudo oír como el director Aas se alejaba y sus pasos se hacían más distantes.

- Britta -. Annelise corrió hacia ella dándole un fuerte abrazo. - Ese hombre estuvo mucho tiempo allí, estaba muy asustada porque tú no habías llegado y él no se veía muy amable.

Britta estrechó a la niña entre sus brazos.

- ¿Me vas a mandar a un lugar feo? -. Preguntó

- No, la escuela no es un lugar feo; pero de todos modos no te enviaré.

- Gracias Britta.

El silencio fue de oro por unos cuantos segundos antes de verse roto por el rugido del estómago de Annelise.

- ¿Ya tienes hambre? ¿Te gusta el pescado? Podemos hacer un poco.

- Si, me gusta el pescado -. Respondió la pequeña con su marcado acento alemán.

- Bueno hagamos un poco y luego a dormir... ¿Qué hiciste hoy? -. Preguntó Britta.

- Hice dibujos en los papeles que me diste -. Dijo volviéndose a la mesa para traer unas hojas viejas y maltratadas que Britta le había dado para jugar, en estas se encontraba plasmado de una forma infantil un inocente dibujo que consistía de dos "personas" tomadas de las manos, una más pequeña que la otra.

- Somos nosotras -. Explicó Annelise. - Y es para ti.

- Que bonito dibujo, lo haces muy bien -. Britta se sentía conmovida por ese regalo. - Es tan bonito que lo colgaremos en la cocina.

- Espero que a mí familia también le gusten mis dibujos.

Capítulo 3 Una Visita Desagradable.

05 de noviembre de 1947 -. Noruega.

El sol ascendía por el horizonte dándole inicio a un hermoso día que ambas rubias aprovecharían al máximo.

- Annelise, no comas tan rápido, puedes ahogarte -. Dijo Britta bajando a la cocina con un sobre de papel entre sus manos.

La pequeña devoraba su alimento con una etiqueta inexistente, como si nunca hubiese probado un bocado antes.

- ¡Es que quiero terminar rápido! ¡Estoy muy ansiosa por conocer a mis padres! ¿Crees que tenga hermanos?

- Creo que no.

Efectivamente, luego de un par de días Britta recibió la información que estaba buscando sobre la pequeña niña de ojos verdes. Su ficha de adopción era una hoja pobre y descuidada que a penas contenía una mínima información, pero al menos dejaba en claro que había sido adoptada por una pareja adinerada del pueblo, cuyo apellido era Andersen, que a pesar de llevar mucho tiempo casados, aún no tenían descendencia así que era obvio porqué habían decidido adoptar.

No obstante, lo que aún no estaba muy claro para Britta era la razón por la cual Annelise estaba en un callejón baldío y no con ellos, pero decidió no darle más vueltas al asunto. Sin nada más que hacer salió de su hogar tomando la mano de la niña, no sin antes ponerle un enorme abrigo que le llegaba hasta más abajo de los talones para aminorar el frío.

- ¿Qué es eso que llevas en la mano? -. Preguntó la adulta al ver que la niña llevaba algo en su otra mano, un pedazo de hoja arrugada, pero Britta lo que en realidad quería saber era su contenido.

- Es un dibujo que hice para mis padres -. Murmuró algo apenada.

- ¿Y puedo verlo?

Annelise accedió a mostrarle el dibujo a Britta, era una pequeña obra donde se podían apreciar dos personas grandes y una más pequeña enfrente de un cuadrado que representaría la casa. En la mente de la pequeña eso era lo que se imaginaba que pasaría cuando llegase a conocer a sus padres, un ambiente feliz y seguro.

- Somos mamá, papá y yo -. Explicó. --Quiero tener una familia muy feliz y quizás también un perro.

Annelise quería un perro, pero no entendía el contexto de la realidad que le tocó vivir, si las familias decidían desechar a los miembros más jóvenes al no ser de utilidad, era inimaginable lo que podría pasar con las mascotas en esa época de crisis y carencias.

A medida que caminaban por el centro del pueblo parecían robarse las miradas de todos alrededor, llevándose susurros a su paso. Britta se sintió intimidada ante la falta de prudencia de las personas así que tomó la mano de Annelise con más fuerza y la haló caminando a mayor velocidad.

- Te voy a extrañar cuando esté con mis padres, pero les preguntaré si podríamos visitarte.

- Igual te voy a extrañar y también trataré de visitarte -. Prometió la de ojos avellana.

Britta había perdido a toda su familia, sus padres murieron víctimas de un soldado Alemán y un par de años después sus hermanos fueron atacados por una enfermedad que también les causó la muerte. Ella estaba completamente sola y su única esperanza para no dejarse vencer por la soledad era aquel chico del que siempre esperaba noticias en los telegramas, o al menos así fue hasta que Annelise apareció en su camino. La pequeña niña había logrado llenar el vacío de la vida de Britta, sin embargo, ella no era tonta, sabía que no podía quedarse con Annelise aunque le doliera su partida, sus padres adoptivos serían capaces de darle una mejor vida.

Al cabo de pocos minutos llegaron a la dirección, una casa grande y de paredes limpias las recibió. Britta no pudo evitar girarse para mirar a la pequeña niña y pensar que esas personas, que a primera vista parecían vivir en un hogar lujoso, tendrían lo necesario para cuidarla.

- Woo -. Exclamó Annelise. - ¿Voy a vivir aquí?

- Si -. Aseguró Britta mientras cada paso que daba hacia enfrente endurecía el nudo en su garganta. No quería soltarla, aún no estaba lista para dejarla.

Cada paso fue un verdadero reto para la mujer hasta que se posaron frente a la puerta de madera clara y golpearon un par de veces, en menos de un minuto la puerta fue abierta y las recibió una mujer regordeta con el uniforme de criada que pregunto la razón por la que se encontraban allí.

- Encontré a la hija adoptiva de la familia -. Explicó Britta. - Estaba perdida y quise regresarla a casa.

La mujer de uniforme se vio desconcertada pues ella no recordaba que sus jefes hubiesen adoptado a una niña, no obstante, Britta le mostró la ficha de adopción y la evidencia fue innegable; por lo que la mujer, con una sonrisa amable, las dejó ingresar mientras buscaba al señor y la señora de la casa.

Si ese hogar se veía caro por fuera, por dentro era todo un lujo que a penas unos pocos afortunados podían darse en la población noruega, Britta se sintió feliz al pensar que Annelise estaría bien cuidada, pero al mismo tiempo el dolor del abandono en su corazón se incrementaba cada vez más.

Pasos en las escaleras se hicieron presentes llamando la atención de Annelise y Britta, ambas miraron en dirección al sonido encontrándose con un hombre alto, con poca barba que tenía un semblante muy serio y tras él iba una mujer de piel de porcelana pero que se encontraba tan pálida como si hubiese visto al mismo diablo. La de ojos color avellana se sintió algo aturdida al no entender la situación tan tensa en la que se encontraba, pero aún así decidió tomar la palabra.

- Buen día, señores -. Saludó muy formalmente. - Mi nombre es Britta y he encontrado a su hija perdida en un callejón.

El silencio prevalecía en la sala, pero Annelise en su inocencia decidió dar un paso al frente, acercándose a sus padres adoptivos con una sonrisa que tardó poco en desaparecer.

- Esa cosa no es mi hija -. Gruñó el hombre. - Esas sucias monjas nos engañaron para darnos un bebé nazi.

La niña se quedó estática ante las palabras crueles del hombre y Britta no podía creer lo que escuchaba por lo que volvió a hablar en defensa de annelise.

- Señor, ella es apenas una niña -. Le recordó. - Además, usted la adoptó, no la puede dejar por su cuenta.

- ¿Una niña? Eso es alemán, siquiera debería ser considerado humano -. El odio bajaba como veneno ardiente en sus palabras lastimando a la pequeña que se había hecho tanta ilusión con su familia.

- Señor con todo respeto Annelise es una niña dulce, más allá de su procedencia.

- ¿No te da asco? Ella fue procreada por los mismos monstruos que masacraron Europa -. Fue la mujer del hombre quien habló. - Es una niña alemana, ella y todos los suyos están manchados.

- ¡Señora! -. Se exaltó Britta. - No permitiré que hable de esta manera de Annelise, solo es una niña ¿Qué culpa tiene de lo que hayan hecho los adultos?

- No tiene culpa alguna, pero los alemanes llevan un alma putrefacta y malévola, yo no expondré a mí familia a un peligro latente como lo es esa cosa.

Para ese entonces ya Annelise había corrido a esconderse detrás de las piernas de Britta, aferrándose con fuerza a los pliegues de su falda.

- Ustedes ya la adoptaron, no pueden desprenderse así de simple de su responsabilidad -. Dijo Britta sintiendo como el agarre de Annelise se hacía cada vez más fuerte.

- Da igual, yo no me haré cargo de eso y les exijo que se vayan de mi casa -. Gruñó el hombre acercándose a paso rápido hacia Britta y haciéndola retroceder hasta la puerta.

- Usted la adoptó -. Seguía recordándole ella.

- No nos llegó la notificación de que esa cosa era alemana hasta un día antes que llegase aquí, no voy a criar al engendro de nuestros enemigos -. Gruñó la mujer.

- No quiero verlas de nuevo por aquí y haz lo que quieras con la pequeña nazi, no nos importa -. Escupió el hombre antes de cerrar la puerta en las narices de Britta.

La rubia de mayor edad sumamente indignada tomó la mano de la niña y con la vista fija al frente se alejó de aquella casa.

- Britta -. Llamó la pequeña rubia. - ¿Estás segura de que tú no puedes ser mi mamá?

La voz de Annelise parecía quebrarse mientras apretaba el dibujo que le había hecho a esas personas contra su pecho, era tan pequeña que siquiera comprendía las situaciones que tenía que vivir, solo terminaba sintiendo el dolor que las mismas siempre causaban.

- Si, estoy segura -. Respondió. - Pero no te preocupes, seguramente vamos a conseguir una familia que te quiera mucho y pueda cuidar de ti.

- También dijiste que ellos me iban a querer... -. Murmuró pateando una pequeña roca en su camino y Britta no supo que responder, le había dicho que sus padres la querrían pero nunca se imaginó que habrían unos seres tan malvados como esos.

El odio a los alemanes era palpable en los sentimientos del pueblo noruego, el resentimiento era entendible pues los soldados habían hecho atrocidades inimaginables que iban desde allanar casas hasta masacrar personas y exhibir los cuerpos en las calles; pero el odio hacia una pequeña inocente de esas fechorías era injustificable, no había excusa para redirigir el rencor hacia los niños.

Cuando faltaba poco para llegar a su destino la pequeña Annelise se permitió llorar, mojando con sus lágrimas el dibujo en sus manos y logrando que el color del mismo se corriera por la humedad, dejando manchones a lo largo y ancho de la hoja, lamentablemente Annelise aprendió desde muy pequeña que el mundo y muchas de las personas en él eran crueles mediante distintas experiencias, unas más duras que otras.

Luego de un rato llegaron al hogar de Britta, ya había caído la tarde por lo que la de ojos avellana decidió servirle el almuerzo a la pequeña para luego enviarla a jugar un rato. Le dio una sopa de pescado cuyos ingredientes los había conseguido a costa de hacer muchos trabajos pesados en la panadería y varias horas extras, no era la gran cosa, pero fue necesario para Annelise, quién desde que llegó al hogar de Britta solo había consumido alimentos de bajo valor nutricional.

- ¿Tú no vas a querer? -. Preguntó la pequeña cuando casi se había terminado el plato.

- No, no tengo hambre ahora.

Pero la circunstancia real por la que pasaba Britta era que no había nada más para comer, solo quedaba el plato de sopa que le había dado a la niña. No comía por falta de hambre sino por falta de alimentos. Tras terminarse la comida y lavar sus dientes la pequeña rubia fue llevada al patio trasero por Britta, quien la vigilaba mientras jugaba con montones de hojas secas, un entretenimiento que le duró varias horas; Annelise parecía haberse olvidado de lo sucedido horas antes, por lo que la mujer nunca se espero la pregunta que le haría la niña al acercarse.

- ¿Es cierto que llevo lo malo en el alma? Como dijo mi... Ese hombre -. Preguntó, sus pequeños ojos verdes parecidos a dos pequeñas esferas de jade parecían brillar por la iluminación del moribundo sol que ya descendía por lo largo del cielo.

- Eso no es cierto, tú eres una niña muy buena.

- Quizás no sea verdad, no soy buena -. Refutó. - Y quizás por eso la gente me trata mal.

- Ya te dije que eres una niña espléndida, pequeña, a veces la gente ha sufrido mucho y por eso creen que tienen el derecho de hacer sufrir a los demás pero no es así, tú no tienes la culpa de nada.

- Pero...

- Vamos, entra, ya se está haciendo de noche -. Ordenó la mujer cortando el tema de raíz.

- Muy bien, Britta.

Con su estómago rugiendo y esa sensación fría del hambre recorriendo su cuerpo decidió cerrar la puerta tras la entrada de Annelise y dirigirse a un pequeño despacho que le pertenecía a su difunto padre, ya allí saco una hoja de papel blanco y decidió redactar una carta hacia el orfanato de la niña, ya que afortunadamente su nombre y dirección estaba en la ficha de adopción.

No quería dejarla pero la falta de dinero era un problema que cada vez parecía crecer más.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022