Desde aquel instante que Edward vio a Marianne por primera vez decidió que pelearía por ella, luchando contra todo y todos, superando toda barrera... incluso la de su silencio
***
A la escasa edad de tres años, son pocos los recuerdos que pueden almacenar los niños en su pequeña memoria. Quizás recuerden con claridad lugares que frecuentan, los nombres de padres y hermanos incluso el lugar donde dejaron su juguete favorito o el sabor del mantecado que más les gusta. La mayoría de infantes tiene recuerdos más claros a los cuatro o cinco años...
... Pero ese no es el caso de Edward Wellington, él recuerda muy claro aquel suceso que cambió su vida una mañana de abril, cuando apenas tenía tres años.
- Edward... - le habló su madre Helena, una hermosa mujer de cabello color caramelo y de tez muy blanca - Edward, nos están esperando para irnos.
- No me voy - gruñó el pequeño Edward, dueño de un rebelde cabello cobrizo, de unas penetrantes esmeraldas brillantes en sus ojos y a pesar de su corta edad, poseedor de unas manos con deditos muy largos y agiles. Manos que en ese momento se movían haciendo unos gestos que su madre no comprendía.
- Cielo, pero mañana puedes intentarlo otra vez. Papá nos está esperando - tocó su brazo y el pequeño se removió incómodo.
- Mami - el pequeño Edward tocó su mejilla y su madre sonrió - Solo una vez más - su madre asintió y Edward se volteó para encontrarse nuevamente con un par de ojos chocolates que lo veían intrigado. El pequeño le sonrío y suspiró. Colocó sus manos como le había enseñado su profesora esa mañana y trató de recordar cada movimiento.
- Yo... - se señaló a sí mismo - Te quiero - puso sus brazos sobre su pecho y los dejó en forma de cruz - A ti Marianne Cooper - y señaló a una hermosa niña de cabello y ojos del color del chocolate, de labios rellenitos y de piel tan blanca como la leche que estaba frente a él. La pequeña sonrió y una lágrima rodó por su mejilla. No solo porque a sus 3 años de edad alguien le había dicho que la quería por primera vez, sino que además lo había hecho en señas... en su lenguaje, el único que conocía...
A su corta edad Marianne Cooper no había escuchado jamás una canción de cuna, o el trinar de los pajaritos en el parque, o la voz de Beto y Enrique en la televisión...
Marianne no había escuchado nada desde que nació en el mundo del silencio...
Esta es la historia de amor más grande que jamás se ha contado, una historia que superó toda barrera... incluso aquella, la del silencio.
***
Charles Cooper recuerda claramente tres hechos que en su vida lo hicieron sentir feliz.
El primero de ellos fue el haberse graduado de la Academia de Policía de Seattle a la escasa edad de 21 años. El mejor alumno de la promoción era también el más joven. Su tenacidad, esfuerzo y dedicación lo hicieron merecedor a entrar a la academia en cuanto salió del instituto. Era todo lo que había soñado Charles desde que era un niño cuando estando en la escuela jugaba a los policías y ladrones con sus compañeritos.
Ese recuerdo era que el ayudaba a Charles a seguir adelante cuando se sentía desfallecer. Y es que su sueño lo había llevado a abandonar muchas cosas en casa: sus padres, su calor de hogar, pero sobre todo el amor de una mujer. Por eso, las dos últimas semanas de clases en la Academia fueron para Charles las más gratificantes de todas; al fin tres años de extenuantes jornadas de entrenamiento físico, sumadas a las clases forenses y de procesos de investigación policial valían la pena.
Orgulloso por el cuasi logro obtenido Charles alistaba el regreso a su pequeño pueblo natal, la verde y siempre lluviosa localidad de Forks. Gracias a la empatía que logró con sus superiores, una vez graduado el agente Charles Cooper sería colocado como jefe de la policía local de Forks.
Una mañana mientras se preparaba para su último entrenamiento en la clase de armas, Charlie recibió una llamada, sus padres el Sr. y la Sra. Cooper habían fallecido trágicamente en un accidente automovilístico dejando a Charles completamente solo en el mundo.
Un día de permiso de la Academia fue todo lo que obtuvo Charles para asistir al funeral de sus padres. Un solo día...
Su personalidad callada y un tanto introvertida no le permitió jamás demostrar sus emociones por lo que Charles sufrió en silencio todos aquellos días posteriores desde la pérdida de sus padres. Comía poco, y estaba distraído todo el tiempo. Una mañana al darse cuenta que no había dormido en casi dos días enteros juró por la memoria de sus padres que él sería un hombre fuerte y saldría adelante. Y eso hizo, contra todo pronóstico una cálida mañana del mes de agosto Charles Cooper obtuvo su placa como un agente de la policía del estado de Washington.
Su primer día de regreso a casa fue un tanto agridulce, se sentía contento de haber vuelto finalmente, pero los recuerdos que impregnaban cada rincón de su hogar no lo dejaban en paz. Con algo de timidez vio varias vueltas por la casa completamente abandonada desde la partida de sus padres, en varias ocasiones quiso soltar un par de lágrimas al ver sobre la mesita del café la pipa que usaba su padre o los libros de cocina que su madre solía usar cuando había una visita especial.
Tardó varios minutos en recomponerse, Charles juró ser un hombre fuerte y sabía que la ausencia de sus padres era difícil pero no imposible de sobrellevar. Dejó su mirar perderse varios minutos hasta que se posó en una de las mesitas llenas de polvo de la sala de su casa. Se levantó del sofá y tomó entre sus manos la foto que sobre una de ellas había. La miró con nostalgia por un largo rato. Reconocía claramente a la persona de la fotografía: era él, cuando aproximadamente tenía 8 años. Estaba sentado en un columpio hecho de un neumático de goma que colgaba de un árbol. Junto al pequeño Charlie, una niña sonriente enseñaba las huellas del cambio de su dentición.
Charles sonrió levemente y pasó un dedo sobre el rostro de aquella pequeña. Su cabello del color del chocolate estaba recogido con dos graciosas coletas, una a cada lado. Sus ojos eran profundamente azules y su rostro redondo era un tanto gracioso, pero a la vez muy inocente.
La pequeña niña era de la misma edad de Charles, de hecho, sus fechas de nacimiento diferían por apenas dos semanas. Charlie suspiró de manera triste al recordar los problemas que de pequeño lo hacía meter su traviesa vecina, la hija de los Sres. Davidson... La pequeña Zoe
- Debes seguir siendo tan hermosa como siempre - susurró nostálgico Charlie mientras dejaba la fotografía sobre la mesa. Desde que ingresó a la Academia en Seattle no había vuelto a ver a Zoe, sus padres estuvieron unos minutos en el funeral de los suyos y dejaron sus condolencias, pero no había señales de Zoe.
Durante sus años de adolescencia Charles y Zoe no solo fueron los mejores amigos sino también fueron novios por un par de años. Los padres de Zoe no estaban muy a gusto con la situación, ellos deseaban para su hija un futuro mejor de lo que podría ofrecerle el hijo de los Cooper
El último día del instituto fue para ellos el peor ya que sabían que era el último día que se verían. Zoe era exiliada a Florida por sus padres y Charles debía mudarse permanentemente a Seattle para su preparación en la Academia. Entre lágrimas y besos a escondidas juraron esperarse mutuamente y prometieron reencontrarse en Forks el último día del mes de agosto de aquel año para continuar la historia que tuvieron que poner en pausa.
Ese día al fin había llegado, Charles se levantó muy temprano y empezó su rutina diaria. Su trabajo en la estación de policía no empezaba hasta la primera semana de septiembre así que tenía algo de tiempo para adecentar su pequeño hogar. Todos los días recogía las hojas de los árboles, regaba las flores del jardín y preparaba una comida de microondas mientras recordaba a sus padres en fotos descoloridas que ellos guardaban en su habitación.
Impaciente porque la hora de su encuentro se aproximaba Charles se bañó al menos tres veces, escogió casi cuatro cambios de vestuario ya que ninguno le convencía y del jardín arrancó 3 margaritas que su madre cultivaba con cariño al ser su flor favorita.
Al dar el reloj las cuatro de la tarde Charles salió al encuentro con su adorada Zoe, caminó hasta el parquecito donde jugaban de niños y se sentó en el mismo columpio de neumático de goma. Nada le aseguraba que Zoe aparecería, habían pasado tres años sin noticias, llamadas o una simple carta, pero muy dentro de su corazón Charles sabía que Zoe aparecería.
Lentamente la tarde fue cayendo en Forks y de la pequeña de coletas graciosas no había señales, unas cuantas gotitas de lluvia comenzaron a caer cuando el sol se ocultó por completo. Charles suspiró decepcionado al ver la hora en su reloj, eran más de las siete de la noche y Zoe llevaba más de tres horas de retraso. Negó mientras grandes gotas comenzaron a empapar su chaqueta y echaban a perder las margaritas que había arrancado del jardín.
Su mirada se perdió en un pequeño charco de lodo por varios minutos, no podía creer que Zoe no haya aparecido. Su mente imaginó miles de posibles escenarios ¿Se habría casado? ¿Había olvidado la promesa? ¿Acaso Zoe habría muerto?
Un escalofrío extraño recorrió su cuerpo al imaginar aquel escenario, la adorable Zoe era su fortaleza, su locura y su tranquilidad a la vez y no imaginaba una vida sin su sonrisa... Sin su Zoe, Charles se sentiría perdido y solo... muy solo.
Unas pequeñas manos cubrieron sus ojos de manera veloz, al sentir el contacto con su piel Charles sintió que le habían devuelto el alma a su lugar. Ni siquiera debía voltear para saber quien estaba tapando sus ojos, la podría reconocer incluso estando muerto.
- Lamento el retraso - susurró con su delicada voz mientras quitaba las manos del rostro de Charles. Él volteó rápidamente y una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.
- Zoe! - dijo mientras la levantaba por los aires y soltaba una risa espontánea. A ninguno de los dos les importó estar completamente mojados por la lluvia, era su instante mágico de reencuentro y una simple lluvia no iba a estropear el momento.
- Aquí estoy Charles, volví para quedarme - fueron sus últimas palabras antes de estampar sus labios contra los de Charles. Esa noche Charles llevó a su Zoe a su casa, le preparó un chocolate caliente y le preparó unas frazadas. Hablaron por horas sin darse cuenta del tiempo, no había reloj para ellos, suficiente habían tenido viendo al inclemente aparatito marcar las horas que los mantuvieron alejados.
La primera vez de Zoe había sido con Charles dos días antes de su partida a Florida y no había cosa que anhelara más que unir su cuerpo al del hombre que había esperado pacientemente los últimos 36 meses. Unas caricias inocentes y unos besos furtivos fueron todo lo que necesitaron para encender el ambiente. Apenas unos pocos minutos después Charles y Zoe ya estaban haciendo el amor sobre la alfombra del piso de la sala. Se habían extrañado tanto que una sola vez no les fue suficiente, sus cuerpos estaban deseosos del calor del otro que repitieron aquel acto de amor al menos tres veces esa madrugada.
Casi al rayar el alba Zoe se quedó dormida sobre el regazo de Charles, él solo se dedicó a contemplarla por varios minutos más hasta que se quedó dormido junto a ella. Cerca del medio día unos fuertes golpes en la puerta los alertaron a ambos, se levantaron asustados por la insistencia de los golpes por lo que Charles pasando una mano por su cara se despabiló, se vistió rápidamente y abrió la puerta.
- ¡Sabía que te encontraría aquí! - Gritó con furia una mujer de mediana edad mientras entraba a la casa rápidamente y tomaba a Zoe del brazo para sacudirla con violencia, ella apenas había logrado envolverse en una sábana para cubrir su desnudez - No tienes ni 24 horas en Forks y ya viniste a meterte en este cuchitril con este policía de cuarta.
- ¡Suéltame mamá! - Fue la respuesta de la joven Zoe mientras intentaba librarse de su agarre - ¡No me voy a ir a ningún lado!
- Tu padre ni siquiera sabe que estas aquí, si se llega a enterar que viniste a buscar a Cooper te va a matar así que camina a la casa - dijo mientras la empujaba e intentaba sacarla a la fuerza de la sala. Charles estaba impávido ante la escena, no sabía que decir y mucho peor que hacer.
- ¿Acaso no me has escuchado mamá? ¡No me voy a ir! - volvió a decir Zoe, esta vez con una mirada envenenada a su madre.
- Muchacha insolente... ¿Esto es lo que quieres para ti? - Espetó mientras despectivamente señalaba la humilde casa de los Cooper - ¿Quieres ser la mujer de un don nadie? ¿De un policía mediocre?
- Ella podrá carecer de algunas cosas materiales a mi lado, pero escúcheme bien Sra. Davidson, a Zoe jamás le faltará amor... Porque yo la amo muchísimo y quiero que sea mi esposa - sentenció Charles mientras apartaba a Zoe del lado de su madre y la abrazaba de manera sobreprotectora.
- Siempre imaginé que harías algo como esto Zoe... - habló su madre - Debes saber que si escoges a este hombre sobre tu padre y sobre mí jamás volverás a saber de nosotros. Para la familia Davidson será como si jamás hubieses existido. Entonces escoge... ¿Te vas a quedar con este hombre aquí o vienes conmigo? - Su madre cruzó sus brazos sobre el pecho y su pie golpeteó incesante a la espera de una respuesta.
- Adiós madre - fue todo lo que pudo responder Zoe mientras escondía su cara en el pecho de Charles.
- Es lo que has querido Zoe, hasta nunca - respondió su madre mientras salía de la sala y cerraba la puerta con un golpe seco. Zoe no demoró en romper en lágrimas, Charles solo la consoló acariciando su espalda.
- Va a salir todo bien... Vamos a casarnos y vamos a tener una familia. Tranquila mi Zoe, yo te cuido... - susurró Charles mientras la abrazaba con fuerza.
Aquella promesa condujo a Charles a su recuerdo feliz numero dos: El día que Zoe dio el sí en una pequeña oficina frente a un juez convirtiéndola en la orgullosa esposa de Charles Cooper... la Sra. Zoe Cooper
Sus padres por lógicas razones se negaron a ir a la pequeña ceremonia por lo que sus únicos testigos fueron Harry y Susan Ramirez, vecinos de toda la vida de los padres de Charles. Unas cuantas fotos, una ligera lluvia de arroz y una hamburguesa en el restaurant más concurrido del pueblo fue toda la celebración del matrimonio de los jóvenes enamorados. No necesitaban de lujos, solo necesitaban el uno del otro para ser felices.
Tres meses de feliz matrimonio habían transcurrido ya cuando una tarde al regresar Charles de la estación de policía encontró a Zoe bailando contenta en la sala de la pequeña sala. Él se acercó sigilosamente y tomándola de la cintura la sorprendió.
- ¿A qué se debe tanta alegría? - le preguntó al oído.
- ¡Estoy embarazada! - gritó eufórica Zoe mientras alzaba sus brazos y los agitaba en el aire. El rostro de Charles dibujó una enorme sonrisa, su esposa estaba ahora esperando un hijo suyo y no había cosa que lo alegrara más que su pequeña familia feliz.
La pancita de Zoe comenzó a crecer con el paso de las semanas, según los controles el embarazo se desarrollaba con normalidad. Al llegar a la semana 25 una ecografía descubrió que los Cooper esperaban a una pequeña bebé. Una niña, su niña... Su recuerdo feliz número tres.
- Quiero que se llame Marianne - susurró una tarde Zoe mientras hacía una mantita para su bebé.
- Me gusta la elección... - respondió Charles con una leve sonrisa.
Y fue así como las semanas comenzaron a transcurrir, a la espera de la llegada de la pequeña Marianne quien según los cálculos debía venir la tercera semana del mes de Septiembre. La panza de Zoe creció tanto las últimas semanas que apenas si la dejaban ver sus pies, y aunque pudiera resultarle incomodo ella no se quejaba, estaba tan emocionada de conocer a su pequeña Marianne que podría aguantar unos días luciendo como un globo aerostático.
La mañana del 13 de septiembre empezó temprano en la casa de los Cooper, Charles preparó su desayuno y el de Zoe y lo compartieron tranquilamente en la cama. No es que fuera aquella una costumbre que le agradara a Charles, pero hoy era un día diferente. Cumplía un año de matrimonio con Zoe y se sentía en la obligación de mimar a la mamá de su pequeña bebé.
Con tristeza de dejar sola a Zoe en los días previos del parto, Charles fue a trabajar a la estación de policía. Como siempre fue un día tranquilo, Forks era un pueblo muy tranquilo y en el que los únicos disturbios que se registraban eran los pequeños traviesos que solían jugarles bromas a sus vecinos quemando papeles fuera de sus casas y echándoles a perder el césped.
Esa tarde Harry quien también trabajaba con Charles en la estación de policía lo cubrió para que pudiera salir temprano y le diera una sorpresa a su Zoe. Pasó por una florería de camino a casa y compró un hermoso bouquet de fresias, eran flores algo extrañas pero que atraparon rápidamente la atención de Charlie por su aroma muy parecido al de la piel de su Zoe.
Al llegar a casa el olor del guiso que se cocinaba en la sala lo atrapó. Zoe estaba preparando al parecer una cena especial por lo que Charlie no quiso estropear su sorpresa y se sentó muy tranquilito en la sala. No había señales de Zoe en la cocina, pero si se escuchaban ruidos desde la parte superior de la casa. Charles sonrió al imaginar que su Zoe estaría dando vueltas por su habitación buscando algún vestido bonito para la ocasión. Sintió unos pasos apresurados acercarse a la escalera, así que con voz sutil susurró.
- Amor... Estoy en casa - Los pasos se sintieron más fuertes y veloces casi al instante.
- ¡Charles! ¡Has llegado! - Se escuchó su voz al inicio de la escalera. Sin tomar la precaución de apoyarse en el pasamano o en la pared Zoe comenzó a bajar rápidamente la escalera.
- ¡Ten cuidado! - fue todo lo que Charles pudo decir antes que su mundo se paralice por un minuto. Los pequeños pies de Zoe tropezaron entre sí provocándole así una desestabilización llevándola a rodar por las escaleras de una manera terrible. Charles corrió a su auxilio, su Zoe estaba muy mal herida. Su cabeza sangraba al igual que su frente, sus brazos estaban lastimados y su pie estaba torcido. Pero eso no era lo peor de la situación, Zoe se quejaba de dolor extremo en su vientre al tiempo que su vestido nuevo se manchaba de sangre que salía de su entrepierna.
- Me duele el vientre Charles... Algo está mal - masculló como pudo Zoe. Charles la llevó en brazos hasta el auto patrulla de policía y la dejó en la parte trasera para llevarla rápidamente al hospital.
- Tengo miedo Charles - susurraba Zoe mientras Charles encendía la sirena y conducía a toda velocidad por las pequeñas calles de Forks.
- Todo va a salir bien Zoe... yo te cuido ¿Lo recuerdas? - intentó sonar con voz firme pero lo cierto era que Charles también tenía miedo al igual que Zoe.
Llegaron a la emergencia en cuestión de minutos. Charles llevaba en brazos a su esposa lastimada y en una camilla la depositó a la entrada del hospital. Rápidamente Zoe fue llevaba a los quirófanos para practicarle una cesárea de emergencia ya que la vida de la pequeña Marianne corría riesgo si no se hacía algo pronto sin contar los daños que pudo haber sufrido por el golpe en el vientre materno.
- Te amo Charles - fueron las palabras de Zoe mientras la preparaban para la operación. Charles estaba junto a ella apretando su mano, cumpliendo su promesa de cuidarla...
Un llanto maravilloso inundó la sala de operaciones unos pocos minutos después, la pequeña Marianne Cooper había llegado al mundo la noche del 13 de septiembre como regalo de aniversario de sus padres. La bebé fue llevada rápidamente a un costado para hacerle pruebas y verificar que ningún daño le hubiese ocurrido. Después de las pruebas de peso, talla y reflejos se la mostraron unos segundos a sus emocionados padres. Charles sonrió contento al ver a su chiquita, con unas mejillas muy sonrojadas, unos labios rellenitos y una mata de cabellos cafés con rizos muy similares a los suyos.
Un sonido extraño se registró en el quirófano, el monitor cardíaco al que estaba conectada Zoe comenzó a emitir un sonido desenfrenado.
- Tenemos una hemorragia interna ¡Rápido saquen al padre de aquí! - fue la respuesta del doctor a aquel extraño sonido.
- Charles... Te amo, cuida de ella por mí - fueron las últimas palabras de Zoe aquella noche, las ultimas que pronunciaría ya que solo treinta minutos después la vida de la alegre Zoe Cooper se apagaba en aquella sala de operaciones.
Charles no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban, su esposa no había muerto para él. Las enfermeras intentaban consolarlo, pero de nada servía. El amor de su vida se había ido y con ello su felicidad...
- Sr. Cooper, su bebé - era la voz de una de las enfermeras que le mostraba un pequeño bultito rosa de la segunda hilera de cuneros. Los sentimientos de Charles eran muy confusos, había perdido a su esposa esa noche pero su hija, una prolongación de la vida de Zoe había llegado para llenar su vida de alegría y felicidad.
Charlie cumplió con avisar a los padres de Zoe el trágico suceso, pero poco o nada les importó, ellos se habían marchado a Florida varios meses atrás y no planeaban regresar por el funeral de Zoe. Un sencillo servicio fue todo lo que Charlie pudo ofrecerle a su amada esposa al día siguiente, nuevamente acompañado de Susan y Harry estuvieron en el cementerio mientras en el hospital las amables enfermeras se hacían cargo de la pequeña de rizos cafés.
Soledad y tristeza fue lo que sintió Charles al volver a su casa esa noche con su bebé en brazos. La pequeña Marianne lloraba mucho y Charles no sabía el por qué. Nadie le había enseñado a cambiar un pañal ni a preparar un biberón por lo que el llanto de su hija lo estaba llevando a llorar de desesperación a él también.
Sus habilidades paternales fueron mejorando con el paso de los días, Marianne lloraba menos y dormía por más horas permitiendo a su padre limpiar la casa, preparar algo de comer y lavar la ropa. Su consuelo para soportar la ausencia de su Zoe era ver a su pequeño bultito rosa sobre la cuna dormir pacíficamente. No pudo evitar que una traicionera lágrima rodara por su mejilla al acariciar a su bebé y recordar lo mucho que Zoe esperó a Marianne y lo poco o nada que él pudo hacer para salvar la vida de su esposa.
Pero a pesar que la había perdido para siempre Charlie jamás se arrepentiría de haberse casado con ella, ni de todos los segundos vividos el último año junto a su Zoe, de las miradas de amor que le regalaba al llegar a casa, o los abrazos por las noches cuando apagaban la luz y dormían plácidamente en una pequeña cama.
Cuando la pequeña Marianne cumplió un mes de nacida, Charles debió volver al trabajo. Al no tener a nadie quien cuidara a la bebé, Charles preparó una pequeña maletita y cargándola en un práctico porta bebé la llevo en su pecho al trabajo. La pequeña no daba mucho trabajo, debía estar limpia y satisfecha para que no estuviera incómoda. Los policías de la estación se volvieron casi como su familia, y hacían turnos para darle el biberón y jugar con ella cuando estaba despierta.
Cuando la bebé cumplió seis meses hubo algo que preocupo a Charles. Marianne no respondía a la voz de su padre ni volteaba cuando alguien la llamaba por su nombre, pero lo que realmente alertó a Charles fue cuando Marianne tomaba su siesta de la tarde en la estación y a Harry se tropezó con la percha donde guardaban las armas haciendo que ésta cayera estrepitosamente al suelo provocando un gran estruendo. Charles corrió junto a su pequeña hija que debió levantarse a causa de la bulla, pero cuando la fue a buscar Marianne dormía profundamente.
Al día siguiente en la consulta con el nuevo pediatra del hospital, el Dr. Edgar Wellington, Charles recibiría la terrible noticia. Después de hacerle una sencilla audiometría y de pruebas de sonido y reflejo el Dr. Wellington daría su diagnóstico: Su hija padecía de Deficiencia Auditiva Severa con el umbral de 75 dB cuando lo normal para un oyente es de 20 dB. Al parecer la caída que sufrió Zoe había provocado en la pequeña Marianne una pérdida auditiva mixta, teniendo como consecuencia que Marianne no escuchara absolutamente nada más que el silencio.
De regreso a su casa Charles entró en negación, su hija no podía ser sorda. Investigó sobre el uso de audífonos para personas sordas o procesos de intervención quirúrgica, pero en el caso de Marianne todo era inútil, el daño de su oído medio era tan profundo que cualquier clase de operación podía poner en riesgo su vida. Su pequeña Marianne debía acostumbrarse a vivir en el mundo del silencio y él estaría junto a ella para ayudarla a salir adelante.
- Nadie te va a despreciar pequeñita... tú eres una luchadora al igual que tu mami. Vas a salir adelante porque eres una campeona - le susurró entre lágrimas a su hija y aunque ella no le escuchara le regaló una graciosa sonrisa mientras jugueteaba con el gracioso bigote que Charles ahora ostentaba.
El primer año de la pequeña Marianne como le decía su papá fue celebrado como no podía ser de otra manera en la estación de policía. Todos los agentes cambiaron sus sombreros de policía por graciosos gorros de princesa mientras se turnaban para tomarse foto con la princesa del día. Un gracioso vestido de cenicienta fue el que recibió de regalo de Susan y el que usó esa tarde para la fiesta. Al terminar de comer el pastel y de guardar los regalos en el auto patrulla Charles y su bebé fueron a dejar flores en la tumba de Zoe, también se cumplía un año de su partida y el segundo aniversario de matrimonio de Charlie quien hasta ese día seguía usando la argolla de matrimonio que Zoe deslizó en su dedo esa mañana.
- Te extrañamos mucho Zoe ¿Por qué me dejaste solo? Marianne te necesita... ella nos necesita a los dos - dijo con voz rota Charles mientras tocaba la fría lápida. La pequeña Marianne tocó el rostro de su papá sin entender el porqué de su tristeza. Charles solamente la estrechó con fuerza entre sus brazos y le sonrió con ternura.
Como era normal en toda persona sorda Marianne tampoco hablaba, no porque no podía hacerlo sino porque no sabía cómo hacerlo ya que al no oír nada no sabía cómo se escuchaba el sonido de las palabras para repetirlas. Charles se dio por vencido después de varios meses de intentar hacerle decir palabras sencillas como papá, o agua.
Cumpliendo la promesa de sacar a Marianne adelante, Charles tomó clases de lenguaje de señas por internet. Forks no tenía escuelas de enseñanza especial o personas que dieran clases de lenguaje de señas como para aprender así que todo su aprendizaje lo basó en lo poco que podía encontrar en la web. Aprendió el lenguaje básico como el deletreo de las letras y señas universales como sueño, hambre, biberón, papá... y amor.
Le tomó algo de tiempo empezar a caminar ya que su equilibrio no era muy bueno, pero cuando lo hizo no había quien la detuviera. Para tenerla entretenida y que no ocasionara destrozos en la estación Charlie compró para ella un cuaderno de pintar y muchos crayones, pronto se dieron cuenta que Marianne era muy buena en ello ya que no se salía de las líneas a pesar que solo una vez el tío Harry le había enseñado a hacerlo.
Cuando la pequeña Marianne cumplió tres años todos los policías de la estación era ya unos peritos en señas, aunque algo torpe se comunicaban con la adorable Marianne que con sus manitas habían logrado conquistar a todos haciendo las señas que más le agradaban: helado, televisión, y muñecas...
Una mañana al salir de su casa con la pequeña Marianne de la mano, Charles vio salir a sus nuevos vecinos Carmen y Eleazar quienes se habían mudado apenas unas semanas atrás.
- Buenos días Charles - fue el saludo de Carmen mientras hacía de la mano a la pequeña Marianne quien le sonrió de manera tímida - Hola pequeña Marianne.
- ¿Lista para ir al trabajo? - preguntó Charles mientras guardaba la maletita de Marianne en el auto.
- Estoy algo nerviosa... No sé cómo lo tomaran los niños al tener una profesora nueva en la escuela - respondió Carmen mientras cerraba la puerta. Hoy era su primer día de trabajo como maestra de la escuela pública de Forks y lo cierto era que estaba muy nerviosa.
- Ellos lo tomarán bien, siempre adoran lo nuevo y una maestra nueva puede resultarles novedoso...
- Eso espero Charles - le sonrió mientras se alejaba - Que tengan un buen día.
Una mañana de abril mientras Carmen regaba las plantitas de su jardín encontró en el porche a la pequeña Marianne junto a su cuaderno de dibujo. Se acercó despacito para no asustarla y vio dibujado en él un enorme corazón rojo rodeado de muchas estrellas amarillas. Carmen sonrió conmovida por la imagen y entre señas confusas le preguntó que significaba el dibujo. La respuesta de Marianne fue simple: Es el corazón de mami que me cuida desde el cielo.
La idea dio vueltas por varios días en la cabeza de Carmen, ella notó en la pequeña Bella un talento natural para el arte y para aprender cosas nuevas por lo que reuniendo la suficiente valentía una mañana detuvo a Charlie antes de salir a la escuela.
- Charles... ¿Has pensado en una escuela para Marianne? - se arriesgó a decirle a su vecino. Poco o nada era lo que conocía de él, pero aun así se atrevió a tocar un tema tan delicado como la educación de su hija. Lo vio negar de manera triste mientras Marianne entraba al auto.
- No hay escuelas de educación especial para Marianne aquí en Forks. Quizás deba mudarme a Port Angels o Seattle en un futuro cercano, pero aún no lo he decidido.
- Creo que no debes hacerlo - le dijo al tiempo que acariciaba la mejilla de Marianne que ya estaba sentada en el auto con su cinturón de seguridad colocado - Hay una nueva profesora para el área de kínder, su nombre es Kateryn y tengo entendido que es a la vez terapista de lenguaje. Creo que podrías intentar con ella. Es muy profesional y compasiva con los niños, la he visto trabajar estos días y creo que es ideal para Marianne.
- ¿Una escuela regular? No crees que los niños serían... - Charles se detuvo porque ni siquiera él tenía la fuerza para decir la palabra que vino a su mente.
- ¿Crueles? Puede ser, pero no puedes mantenerla alejada de la sociedad todo el tiempo. Marianne merece una oportunidad - Carmen vio a Charles negar y chasquear la lengua - Solo inténtalo un par de días, si crees que Marianne no lo va a lograr simplemente la sacas y buscas otra opción. No le cortes las alas a este angelito Charles... ella merece esto.
- Dos días... y si llora o la hacen sentir mal se regresa conmigo - fue todo lo que dijo Charles. Carmen sonrió satisfecha y besó la frente de la pequeña.
- Es todo lo que necesitamos. Te esperamos mañana en la escuela... - dijo mientras se alejaba.
Charles dio las "malas" noticias al resto de la estación. Con sentimientos encontrados los policías, sus tíos, compraron donas y cafés para todos en forma de despedida de la estación de su miembro honorario más pequeño, la joven agente Marianne Cooper...
Al día siguiente el día empezaba temprano. Charles buscó para su hija una ropa cómoda, unos pequeños jeans y una camiseta de algodón serían ideales para su primer día de escuela. Después de arreglar su cabello rizado con las mismas coletas que su madre usaba cuando era niña y de tomar un ligero desayuno, Charles estaba listo para llevar a Marianne a la escuela.
Con temor, Charles y Marianne estuvieron de pie unos cuantos minutos afuera de la escuela pública de Forks, muchos niños sonrientes entraban junto a sus madres que después de entregarlos a la maestra se despedían con un tierno beso. Por un momento Charles se sintió fuera de lugar, pero al ver los ojos tan cálidos de su hija se infundió valor y tomándola entre sus brazos entró a la escuela.
A lo lejos Carmen lo distinguió y se acercó a él. Sonriéndole y golpeando su hombro para darle ánimo lo guió hasta el salón de kínder. En el camino una joven mujer embarazada con dos niños los interrumpió.
- Buenos días, lamento el retraso, pero no se querían levantar - se excusó la mujer de cabello color caramelo.
- Buenos días Sra. Wellington ¡Hola Elizabeth!... ¡Hola Edward! - saludó a los pequeñitos que estaba a cada costado de su madre. La niña debía tener unos 6 o 7 años, su cabello rubio era hermoso y caía en cascada por su espalda. El pequeño quien debía tener la misma edad de Marianne aun rascaba sus ojos en señal de sueño, su cabello desordenado y su uniforme algo torcido daba indicios que lo habían vestido en el auto camino a la escuela.
- Siempre es lo mismo con Edward - se quejó su hermana - Y cuando nazca la bebé será peor... - se cruzó de brazos y sacó la lengua al ver que su hermano rodó sus ojos.
- Bueno mis amores, es tarde... Es hora de aprender - se agachó con cuidado su madre y dejó un beso en cada mejilla de sus hijos. Elizabeth caminó sola hasta su aula mientras Carmen tomaba de la mano a Edward y lo conducía hasta el aula que compartiría con Marianne, su nueva compañerita.
- Mira Edward... Ella se llama Marianne - señaló Carmen a la pequeña Marianne que se ocultaba tímida entre los brazos de su padre - Y ella es muy especial.
Edward rascó nuevamente sus ojos y alzó la mirada para conocer a Marianne. Lo que vio lo dejo impactado. Unos hermosos ojos cafés lo miraban con atención mientras una sonrisa, pura y transparente como el agua de un arroyito de verano se dibujaba en su rostro. Edward le respondió con otra sonrisa mientras su padre la dejaba en el suelo.
De inmediato Edward se aproximó a ella y tomándola de la mano le susurró despacito.
- Tú y yo vamos a ser grandes amigos - Aunque Marianne no haya escuchado lo que Edward le dijo y mucho peor entenderlo, ella le sonrió y asintió.
Y así tomados de la mano entraron al salón donde una gran aventura les esperaba, en el primer día de clases de la pequeña Marianne Cooper.
El ajetreo en casa de la familia Wellington empezaba todos los días muy temprano por la mañana. Con un delicado beso de buenos días y una suave caricia al vientre hinchado de su esposa, el Dr. Carl Wellington iniciaba así una jornada más de labores.
Con una sonrisa en el rostro y con muy buen estado de ánimo a pesar de su avanzada gestación, Helena salía de la cama directamente a levantar a sus pequeños hijos para vestirlos y llevarlos a la escuela.
Y es que a sus escasos 29 años Helena era la orgullosa madre de una hermosa niña de 6 años, de un inquieto pequeño de 3 y dentro de pocas semanas se sumaba a la familia una nena a quien por nombre pondrían Alicia. Para sus anteriores vecinos, en el sector de la Quinta Avenida en pleno corazón de la ciudad de New York, tener tres hijos era todo un escándalo. ¿Quién en su sano juicio tendría tres niños con menos de 30 años? Lo cierto es que ni a Helena ni a Carl les importaban los comentarios. Por su profesión Carl adoraba a los niños y a Helena no le incomodaba tener una familia numerosa.
A pesar de su excelente cargo de jefe de pediatría en el New York Presbyterian Hospital, el Dr. Wellington decidió marcharse de la gran manzana en busca de un lugar más tranquilo para su esposa e hijos. Después de investigar a fondo todos los pro y contras de aquella radical decisión y apoyado por su familia, atravesaron todo el país radicándose así en el pequeño pueblo de Forks. Su vida era un tanto sencilla en su nueva casa, el Dr. Wellington consiguió un modesto trabajo en el hospital de la localidad y su esposa ofrecía trabajo voluntario en el área de guardería del hospital tres veces por semana durante las mañanas cuando sus pequeños hijos estaban en la escuela.
- A levantarse pequeña señorita - susurró con voz cantarina Helena mientras abría las cortinas de la habitación de Elizabeth. La pequeña niña solo se cubrió el rostro y sonrió. Helena se sentó en la cama y dejándole un beso en la frente de la pequeña removió las cobijas para hacerle cosquillas.
- ¡Cosquillas no mami! - dijo entre risas entrecortadas la niña.
- ¡Entonces a levantarse! - Respondió su madre poniéndose de pie - Voy a ayudar a papá con el desayuno. Ayúdame con Edward - le pidió.
- ¿Por qué debo hacerlo yo? - frunció el ceño en clara muestra de fastidio. Su madre apartó de su rostro un par de mechones rubios y sonrió.
- Porque mamá te lo pide, así que... ¡Vamos! - La ayudó a salir de la cama y a colocarse las pantuflas - Tu ropa queda sobre la mesita del té junto a las muñecas, en unos minutos sube papá para ayudar a vestir a tu hermano - le dijo mientras caminaba hasta el vestidor y abría los cajones de calcetines.
Elizabeth asintió de mala gana y salió de la habitación con rumbo a la de su hermano. Abrió la puerta con fuerza y vio que el pequeño todavía estaba atrapado en los brazos de Morfeo. Su cabello cobrizo estaba completamente desordenado y sus almohadas de Spiderman estaban en el piso junto a un biberón vacío.
- Tan grandote y todavía usa el biberón - refunfuñó la pequeña Elizabeth. Caminó hasta la ventana y de súbito abrió las cortinas haciendo que los primeros rayos de sol golpearan el rostro del adorable niño haciéndolo sonrojar de inmediato.
Se escuchó un bufido de parte de él y enseguida se volteó para cubrir su rostro de la luz del sol. Su hermana negó y sin pensarlo dos veces subió a su cama y comenzó a saltar sobre ella. El pequeño se removió incómodo y tomando una pequeña mantita se cubrió.
- ¡Levántate! ¡Levántate!... ¡Levántate! - gritaba su hermana mientras brincaba con fuerza rebotando sobre el colchón
- No quiero escuela - susurró con voz adormilada el pequeño Edward.
- A papá no le va a gustar escuchar eso - dijo Elizabeth bajándose de la cama y caminando a la puerta.
- No quiero escuela - volvió a susurrar el pequeño antes de volverse a dormir.
Abajo en la cocina la actividad era intensa, Carl preparaba el desayuno para sus hijos mientras Helena alistaba un pequeño snack para Edward. Si bien era cierto que en la escuela pública de Forks les proporcionaban el refrigerio a los niños de kínder, su pequeño rebelde de ojos verdes era algo consentido a la hora de comer. Habían tratado por todos los medios que tomara leche en vaso, pero Edward se rehusaba a dejar el biberón. Su profesora, la maestra Kateryn, aconsejó que no obligarán a Edward a dejarlo ya que sería peor, así que Helena enviaba en una pequeña mochila el biberón junto a otras golosinas como gusanitos de goma y chocolatitos en forma de balón.
El menú para el desayuno de esa mañana era el preferido de todos en casa: Pancakes. Carl y Helena habían aprendido a sincronizarse tan bien en sus tareas matinales que mientras ella servía todo y preparaba la mesa su esposo subía a verificar que sus hijos estuvieran listos para un día de escuela. Carl entró primero a la habitación de Helena y la encontró casi lista, cantando la canción del conejito para amarrar los cordones de sus zapatos. Sonrió complacido al ver lo rápido que su rubia princesa había aprendido a vestirse sola. Caminó por el corredor hasta la habitación de Edward y a pesar de que el lugar estaba completamente iluminado su pequeño campeón aún dormía.
- ¡Arriba pequeño holgazán! - dijo dando dos palmadas con fuerza y sentándose en la cama para quitarle la manta que cubría al niño de pies a cabeza.
- No quiero escuela - repitió el pequeño tapando su carita.
- ¿Ah sí? ¿Y eso por qué? - preguntó con una sonrisa su padre.
- Porque hay una niña que me persigue todo el día papi - se quejó Edward. Su padre revolvió su cabello y sonrió ante lo gracioso de la queja a lo que el pequeño respondió frunciendo el ceño y encogiéndose de hombros - Además, me aburro mucho. No hay aventuras como las de Spiderman.
- ¿Y qué pasaría si esa aventura ocurre hoy y tu estas aquí en cama? Mi campeón se habrá perdido un gran evento - el pequeño rascó sus ojos y vio a su padre sonreírle - Nunca sabes lo que va a pasar en un día de escuela Edward. Así que... ¿Listo para la gran aventura? - lo exhortó su padre, a lo que el pequeño solo asintió y estiró sus brazos para que su padre lo ayude a salir de la cama.
- ¿Y el jovencito aún no está listo? - preguntó Helena al ver a su hijo bajar a toda velocidad todavía en pijamas. Carl, quien venía detrás de él, lo levantó por los aires y lo ayudó a sentarse en una de las sillas de la mesa. Helena negó divertida al ver a sus dos hombres jugar con los tenedores y servilletas. Y es que, a pesar de tener 32 años, Carl aún parecía un pequeño niño que disfrutaba de hacer escándalo en la mesa y jugar con sus hijos desde muy temprano por la mañana hasta que llegaba la hora de dormir.
La pequeña Elizabeth estaba ya correctamente sentada en la mesa a la espera del desayuno y desaprobando el escándalo que tenía su hermano con sus cucharillas plásticas. Haciendo algo de malabares Helena llevó a la mesa todos los alimentos: Pancakes y café para Carl, más pancakes y leche caliente para Elizabeth y un tazón de cereales con yogurt para Edward. Regresó a la cocina y desde allí escuchó la discusión de sus hijos en la mesa.
- ¡Mamá! ¡Otra vez... llegaremos... tarde por culpa de... Edward! - masculló Elizabeth con un pedazo de pancake en la boca.
- No... hables... con... la boca... llena - respondió su hermano con trozos de cereal aun sin masticar en la boca y esbozando una gran sonrisa.
- ¡Mamá! - volvió a quejarse Elizabeth. Edward solo sacó la lengua sin que sus padres lo notaran causando otra rabieta de parte de Elizabeth.
Helena reprimió una sonrisa mientras regresaba a la mesa y se sentaba junto a su familia. Y es que esa era la rutina de todas las mañanas en la casa de los Wellington: un pequeño dormilón que se quejaba por no querer ir a la escuela, una niña quejándose que llegarían tarde por culpa del primero y los padres de ambos riéndose por verlos pelear.
Esa mañana como todas las otras mañanas, Helena tuvo que terminar de vestir a Edward en el auto, limpió su nariz llena de yogurt y besó sus sonrojadas mejillas mientras acomodaba su pequeña mochila a su espalda. Su cabello ni siquiera intento domarlo ya que desde su nacimiento el pequeño poseía un adorable desastre cobrizo en la cabeza.
Llegaron justo a tiempo gracias a los atajos que Carl había descubierto recientemente. Entraron casi corriendo hasta encontrar a la profesora Carmen, la maestra de Elizabeth. A lo lejos y a pesar que Edward estaba bastante adormilado notó algo diferente en la puerta de su salón de clases. Recordó entonces las palabras de su papá:
"Nunca sabes lo que va a pasar en un día de escuela Edward"
En la puerta un señor alto y vestido de policía sostenía a una niña de rizos del color de las bolitas de chocolate que tanto le gustaban, sus ojos eran profundos y brillantes y su piel era casi tan pálida como la suya. ¿Quién era esa niña? ¿Qué hacía en la escuela esa mañana? Se preguntó internamente.
- Bueno mis amores, es tarde... Es hora de aprender - dijo su madre dejándoles un beso. El pequeño vio a su hermana alejarse para su salón y a la maestra tomarlo de la mano.
- Mira Edward... Ella se llama Marianne... Y ella es muy especial - le escuchó decir. Edward aún confundido por la extraña presencia de la niña frotó sus ojos con fuerza y dirigió la mirada al señor de bigote. La niña lo miraba con atención, como si lo estuviera examinando. Edward entrecerró un poco los ojos y enseguida la pequeña le sonrió. ¿Será ella la aventura que le hablaba papá?
El niño sonrió en respuesta y se acercó a ella en cuanto el señor policía la dejó en el suelo. La pequeña olía delicioso, no era como el olor de la colonia de Elizabeth, o el aroma de su mamá. Era algo distinto... Algo mejor.
Con valentía y decisión tomó su mano y le susurró al oído que él y la pequeña Marianne serían grandes amigos. Sonrió al ver como la pequeña asentía de manera tímida.
- ¡Buenos días maestra Kateryn! - Canturreó alegre Edward llevando de la mano a Marianne al salón - ¡Tengo una nueva amiga!
- ¡Así veo Edward! - respondió entusiasmada su profesora. Kateryn, una joven que no pasaba de los 25 años y poseedora de unos cautivantes ojos celestes, le sonrió a la pequeña Marianne y se agachó hasta quedar a su altura. La niña la miró con algo de recelo, pero Edward apretó su manito y le sonrió. Charles veía la escena con cautela a la espera de cualquier reacción de Marianne, como todo policía él debía estar listo y preparado para cualquier evento inesperado.
Pero en el caso de su hija, aquello no era necesario. Contra todo pronóstico Marianne sonrió de inmediato a la maestra al verla enseñarle sus manos y hacer con ella el universal saludo de buenos días.
Charles quedó impresionado al ver la destreza con la aquella joven hizo esa seña, Carmen quien estaba junto a Charles le sonrió y le susurró.
- Ya te contará su historia. Tranquilo, tu hija está en buenas manos. ¡Kate! - la llamó. La joven se incorporó rápidamente y se acercó a Carmen y a Charles dejando a los niños solos.
- ¡Buenos días! - extendió su mano para saludar a Charles. Con una sonrisa él respondió el gesto.
- Kate, él es el papá de la pequeña. Su nombre es Charles y por lo que veo ya te presentaron a Marianne - sonrió Carmen al ver al pequeño Edward mirar fijamente a la niña y sonreírle de manera amable.
- Hola Sr. Cooper, me alegra tanto que haya decidido traer a Marianne. Se nota que ella es una niña muy...
- Me dijo Carmen que usted era terapista de lenguaje - la interrumpió súbitamente a lo que Kate solamente asintió - Nunca mencionó que usted supiera el lenguaje de señas - susurró.
- Mi profesión es terapista de lenguaje para niños, pero mi pasión y necesidad siempre ha sido la comunicación a través del lenguaje de señas - respondió con convicción la joven mujer.
- ¿Necesidad? - preguntó intrigado Charles mientras veía a su hija recorrer el salón de la mano del niño de ojos verdes quien le enseñaba cada pequeño rincón del lugar: donde guardaban las plastilinas, las mochilas y los cuadernos de colorear.
- Si, mi hermana Iris también padece de sordera congénita - susurró con un leve tinte de tristeza Kate. Esto hizo que Charles volteara rápidamente a ver a la maestra y darse cuenta que en sus ojos una lágrima amenazaba con escapar.
- ¡Oh! ¡Cuánto lo siento! - se disculpó Charles. Miró entonces a Carmen y recordó el porqué de sus palabras. Claro que Marianne estaba en buenas manos, nadie además de Kate entendería lo que es vivir en el mundo del silencio.
- No tiene por qué lamentarlo, usted al igual que yo sabemos que su mundo es algo muy mágico y especial. Que nos cuesta entenderlo a veces, pero no por ello deja de ser hermoso - Charles asintió mientras Carmen dejaba una ligera palmadita en su espalda.
- Te lo dije Charles, ahora será mejor que me retire a mi salón. Que tengan un buen primer día - dijo mientras se alejaba.
- Conozco su mundo más de lo que cualquier otra maestra pudiera hacerlo - le habló Kate a Charles quien por segunda ocasión buscaba a su hija con la mirada, encontrándola de nuevo cerca de la puerta del salón sumergida en una burbuja de silencio junto a su amiguito Edward.
- Déjeme intentarlo Sr. Cooper... Marianne merece la oportunidad que a Irina le negaron. Ella es especial, pero no por ello debe tener una educación diferente. Ella lo puede lograr, Marianne se puede integrar a un mundo de oyentes. Yo puedo además de señas, enseñarle a leer los labios y a pronunciar algunas palabras. Con terapia adecuada ella incluso puede modular su voz...
- No quiero que mi hija sea discriminada por no escuchar - admitió con tristeza Charles. Kate negó y tomó la mano del jefe Cooper.
- No será discriminada, lo será si no aprende a adaptarse a una sociedad como la nuestra. Donde las personas con capacidades especiales son vistas como seres extraños y dignos de lástima y no como verdaderos ejemplos de coraje y valor - las palabras de Kate conmovieron a Charles quién asentía a cada afirmación.
- Entonces... ¿Damos a Marianne una oportunidad? - Charles asintió con algo de duda. Su pequeña luchadora empezaba de esa manera a sus tres años una gran batalla: Adaptarse al mundo del ruido en medio de su mundo de silencio...
- Puede tomar una sillita y sentarse aquí a un costado. Hasta que Marianne esté más cómoda voy a necesitar de su presencia constante, supongo que por los próximos 5 o 6 días de clases - Charles asintió enseguida a lo que Kate sonrió - Necesito saber algo Sr. Cooper ¿Cuántas señas sabe Marianne?
- No muchas, las hemos aprendido por un video que le pongo por las noches, pero son muy básicas - Charles se encogió de hombros y dio una mirada tierna a su hija - Se las sabe de memoria, aunque alguna no sepa que significan.
- Es un buen comienzo. Ha hecho usted un excelente trabajo - lo felicitó con una sonrisa lo que provocó que Charlie se sonrojara levemente.
- Ahora mientras usted busca un lugar donde ubicarse, voy a hablar con los niños. Gracias nuevamente por darle la oportunidad a Marianne.
- Marie... creo que le gusta cuando le digo Marie. Es más corto de deletrear... - confesó Charles. Kate asintió y se acercó a los niños. Notó que Edward le hablaba entusiasmado a la pequeña Marianne, pero ella no respondía. Se agachó para estar a la altura de los pequeños y sonrió.
- ¿Cómo estas Marie? - preguntó con señas la maestra a Marianne. Con sus pequeñas manos la niña respondió: Muy bien...
El pequeño Edward intrigado por las señas extrañas de su maestra y la sonrisa de la niña a su lado, rascó su cabeza en señal de confusión.
- Maestra Kate... ¿Por qué está haciendo eso con sus manos? - preguntó curioso el pequeño. Su maestra solo sonrió y acarició una de sus mejillas.
- Mis niños - dijo mientras se dirigía a todos los pequeños del salón. Estiró sus brazos y tomó a Marianne entre ellos para luego incorporarse. A Edward no le agradó mucho el gesto de soltar la mano de Marianne, pero al estar en brazos de su maestra no le quedó de otra que buscar su sillita y tomar asiento para escuchar a su profesora hablar.