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Apartada Para El Alpha (I libro)

Apartada Para El Alpha (I libro)

Autor: : Valeria_Alfa55
Género: Romance
Saga Verdadera Creación #1 Primera línea de tiempo dentro de la saga * Algunos la verán como un cliché más, otros como una locura. Pero para mí -y quizás para alguien más- es una historia única... Ella creció en el orfanato "Apartados por la Luna", sin saber que su destino ya estaba marcado. Con el tiempo, se verá atrapada en una relación tóxica con un Alpha cuya ausencia de su Luna lo ha convertido en un ser incontrolablemente posesivo, manipulador y obsesivo. Acompáñenme en esta historia. ¿Un cliché más? Tal vez... pero no uno cualquiera. * Historia original Portada hecha por mí Sígueme en ig para tener más información del libro: valeria_alfa55

Capítulo 1 Prefacio

Ella parecía una chica ordinaria, o al menos eso creían todos.

Vivió los primeros tres años de su vida junto a sus padres hasta que murieron en un accidente de auto. La encargada de un "internado" -si es que podía llamarse así- la salvó de la explosión del auto y la llevó a ese lugar. Se creía que el resto de su familia había muerto en el accidente, aunque, tras la investigación, solo se encontró un cuerpo calcinado entre las llamas.

Ese internado, llamado "Apartados Por La Luna", era un sitio donde los seres sobrenaturales que coexistían con los humanos acudían para escoger un niño o niña. Al cumplir la mayoría de edad -o la edad recomendada según el caso-, esos niños eran entregados a su dueño, comprador o incluso a su pareja destinada.

Dos semanas después de su llegada, un Alpha de una de las manadas más poderosas visitó el internado junto a su hijo de doce años. Buscaban una compañera de juegos para él, pero encontraron algo más.

El joven Oshin Itreque reconoció de inmediato a la pequeña de tres años como su pareja destinada.

Siguiendo la tradición del internado, cuando un niño era reclamado, se le marcaba con un tatuaje mágico en la muñeca para que todos supieran que ya tenía dueño. Oshin y la niña crearon un fuerte lazo en pocos días, mientras se realizaban los trámites para apartarla oficialmente. Sin embargo, debido a las reglas del internado, ella ya no podía permanecer ahí, pues otro ser sobrenatural podría reclamarla. Por ello, fue entregada a una familia que trabajaba para el mismo lugar, quienes se encargarían de cuidarla hasta que llegara el momento adecuado.

Cuando llegó la hora de separarse, Oshin hizo una rabieta incontrolable. Destruyó todo a su paso y golpeó a cualquiera que intentara detenerlo. Mientras tanto, la niña lloraba sin consuelo en su nuevo hogar. Se negaba a comer, no salía de su habitación y solo pedía que la dejaran reencontrarse con él.

Pero las respuestas siempre eran las mismas:

"Cuando sea el momento."

Pasaron dos años antes de que la niña lograra llevar una vida aparentemente normal. Asistía a la escuela, aunque siempre tenía que mentir sobre su tatuaje, diciendo que era una marca de nacimiento.

Mientras tanto, Oshin se había convertido en un verdadero problema. A sus catorce años, ya era temido en su instituto y respetado en su manada, no solo por ser el futuro Alpha, sino por su carácter violento e impredecible. Cada día aparecía con una "novia" nueva... pero aun así, no dejaba de pensar en la niña que había conocido años atrás.

Discutía con su padre todos los días, exigiendo que se la devolviera. "Ella es mía. Me pertenece."

Los años pasaron. A sus diecinueve, Oshin hacía y deshacía a su antojo. Peleaba con quien se cruzara en su camino, se acostaba con cualquiera que se le ofreciera y, cuando alguna quedaba embarazada, la obligaba a abortar. Su humor era una tormenta constante, y cada día repetía la misma rutina: discutir con su padre para que le devolviera a su Luna.

Ella, a sus catorce años, comenzó a atraer pretendientes, pero siempre los rechazaba sutilmente. Había dos razones para ello:

La primera, porque nunca olvidó al niño con quien jugó en aquel internado. Lo extrañaba en silencio, sufriendo el dolor de cada una de sus traiciones a través del vínculo que los unía.

La segunda, porque sus "padres" siempre le recordaban que no podía estar con nadie más.

Ella ya estaba...

Apartada Para El Alpha.

Capítulo 2 Capitulo 1: la quiero a ella (parte uno)

"No quiera a nadie atado a mi vida... Pero apareciste tu en ella y no te pienso soltar"

Otro día más amanecía en el orfanato "Apartados por la Luna", un lugar tan antiguo como desconocido para la mayoría de los humanos, pero bien sabido por las criaturas sobrenaturales que habitaban en las sombras del mundo. No tenía registros oficiales ni en archivos del gobierno ni en iglesias ni en asociaciones de caridad, pues no era un orfanato común.

Ubicado en un valle aislado, rodeado de densos bosques y montañas, el edificio principal se alzaba como una mansión de piedra oscura, con enormes ventanales cubiertos por cortinas gruesas y una arquitectura gótica que le daba un aire lúgubre y solemne. Se decía que había sido construido hace siglos por un linaje de brujas que, en su tiempo, se encargaban de criar a los niños abandonados por humanos y sobrenaturales por igual. Pero con los años, el orfanato dejó de ser un refugio y se convirtió en un mercado regulado por un sistema que solo unos pocos entendían.

Dentro del orfanato vivían niños de entre dos y doce años. Algunos eran humanos que, por razones desconocidas, habían terminado allí; otros eran híbridos o seres puramente sobrenaturales, pero todos compartían un destino: ser apartados o permanecer allí hasta que se desvanecieran de la existencia.

La regla era clara: ningún niño podía quedarse más allá de los doce años. Sin embargo, lo extraño era que nunca se había registrado un caso en el que un niño creciera hasta esa edad y siguiera en el orfanato. Nadie sabía qué pasaba con ellos si llegaban al límite sin ser apartados, pero las cuidadoras y los encargados nunca hablaban de ello. Simplemente desaparecían.

¿Cómo funcionaba el "apartado"?

Los seres sobrenaturales que acudían al orfanato podían elegir un niño, y una vez seleccionados, los encargados realizaban un ritual en el que marcaban al pequeño con un sello mágico. Este sello, invisible para los humanos pero inconfundible para los sobrenaturales, se imprimía en la muñeca del niño.

Si la marca aparecía en la muñeca izquierda, significaba que el niño había sido apartado por su pareja destinada, su alma gemela o su vínculo predeterminado.

Si la marca estaba en la muñeca derecha, el niño había sido comprado por conveniencia, lo que significaba que quien lo apartó lo consideraba un compañero, sirviente, aprendiz o cualquier otro rol que deseara.

Estas marcas no podían falsificarse ni replicarse. Solo los encargados podían realizarlas, y una vez marcados, los niños no podían ser tocados por otros sobrenaturales sin enfrentar graves consecuencias.

Era una costumbre cruel, pero establecida desde hace siglos. Aunque los niños del orfanato no sufrían malos tratos evidentes, la realidad era que vivían con la incertidumbre de no saber quién los tomaría ni qué les esperaba en el futuro.

Entre estos niños se encontraba Fumiko, una pequeña de apenas tres años. Había llegado al orfanato tras un accidente automovilístico en el que perdió a su familia. Si no hubiera sido por la señora Monserrat, una de las cuidadoras, habría muerto calcinada junto a su madre y su hermano mayor.

El orfanato, con sus altos muros y pasillos interminables, no era un mal lugar para vivir, pero tampoco era un hogar. Los niños eran educados, alimentados y cuidados, pero sabían que no eran libres. Cada decisión sobre sus vidas se tomaba en despachos oscuros, donde los adultos discutían sus destinos como si fueran piezas de ajedrez.

Fumiko llevaba apenas dos semanas en el orfanato, tiempo suficiente para notar que los otros niños la evitaban sin razón aparente. No entendía por qué, pero eso la hacía sentir más sola de lo que ya estaba.

Su único amigo había sido apartado hacía unos días por un vampiro, quien lo había reclamado como su compañero destinado. En su última tarde juntos, jugaron en el jardín, como siempre lo hacían, hasta que los llamaron para la despedida.

-No estés triste, Fumi. Estoy seguro de que alguien especial vendrá por ti también.

Ella intentó sonreír, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Lo vio alejarse con la Señora Éboli, la encargada de los traslados, y supo que jamás lo volvería a ver.

Dos horas después, Fumiko se encontraba sentada en el jardín, tarareando una canción de cuna que su madre solía cantar para ella y su hermano.

Mientras tanto, en la entrada del orfanato, un Alpha y su hijo de doce años cruzaban las grandes puertas de hierro forjado. El padre había decidido que su hijo necesitaba una compañera de juegos, y el orfanato era el lugar perfecto para conseguirla.

El chico, sin embargo, no estaba nada contento. Su mal humor era evidente, y cada paso que daba dentro del edificio parecía una tortura. No quería estar allí, no le interesaba en absoluto "apartar" a nadie.

Pero entonces, algo cambió.

Apenas puso un pie en los jardines, un aroma embriagador lo envolvió. Era una mezcla entre papel recién impreso y un campo de flores en primavera. Su ceño fruncido se relajó, y por primera vez en todo el día, su mente quedó en blanco.

Mientras su padre hablaba con la encargada sobre las condiciones del "apartado", el chico siguió aquel aroma hipnótico hasta que la vio: una niña pequeña, de cabello oscuro y piel pálida, con los ojos llenos de nostalgia mientras cantaba suavemente entre las flores.

-La señora Luna le pidió al naranjo un vestido verde y un velillo blanco... -entonaba con voz temblorosa.

El niño se acercó, sin darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración.

-Cantas hermoso.

Fumiko levantó la mirada y le sonrió, limpiándose las lágrimas con la manga de su vestido. Él inhaló profundamente.

No había duda.

Ese aroma provenía de ella.

Y en ese instante, supo la verdad.

Esa niña no sería solo su compañera de juegos.

Era su Luna.

Capítulo 3 Capitulo 2: la quiero a ella (parte dos)

-Gracias -dijo la niña, con una sonrisa tímida pero sincera, mirando a Oshin, quien observaba en silencio. Esa sonrisa le provocó un vuelco en el corazón, una calidez inexplicable que lo envolvió por completo. Se agachó hasta quedar a su altura, observándola con detenimiento, como si el rostro de la niña fuera la obra de arte mejor esculpida por los mismos dioses del Olimpo. Algo en su mirada, algo en la tristeza que reflejaba, lo conmovió profundamente.

-Me llamo Oshin -se presentó él con una mezcla de emoción y dulzura-. ¿Y tú, pequeña? -preguntó suavemente, tratando de descifrar la mirada de la niña, buscando en ella algo más que una simple respuesta.

-Fumiko -respondió ella sin dudarlo, mirándolo fijamente-. ¿Vienes a traer a alguien? -preguntó con curiosidad, como si la presencia de él en ese lugar fuera una anomalía, algo fuera de lugar. Su voz, aunque suave, llevaba una cierta intensidad, como si ella misma estuviera intentando encajar las piezas de un rompecabezas incompleto. -Eres muy grande para quedarte aquí -añadió, con una chispa de picardía en sus ojos.

Oshin soltó una ligera risa, conmovido por la sabiduría que a veces solo los niños podían ofrecer, una sabiduría nacida de la observación pura, de una verdad sin adornos.

-Pequeña lista -comentó él con ternura, dándole un pequeño golpecito en la punta de la nariz. Ella rió, una risa suave y natural, como si su alma se despojara de las tensiones al estar cerca de él.

-Mi padre me ha traído a la fuerza -dijo él, casi como si le avergonzara admitirlo. Pero había algo en la forma en que lo dijo, una mezcla de frustración y resignación, como si estuviera atrapado en un lugar donde no pertenecía.

Fumiko soltó una risa suave, pero en sus ojos había un destello de comprensión.

-Así que papá te ha obligado a venir... Qué mal -comentó ella, ahora con un tono burlón pero amigable. Algo en sus palabras, en su tono juguetón, hizo que Oshin sintiera un alivio momentáneo. En ese lugar, donde todo parecía sombrío y apático, la niña era un rayo de luz, tan pequeña y tan decidida a no dejarse vencer.

-Supongo que deberías ir con él antes de que se enoje contigo -añadió Fumiko, con una sonrisa traviesa en sus labios, mientras su mirada recorría el jardín, como si quisiera escapar de la pesadez que reinaba en ese lugar.

Oshin la miró y sonrió, mientras un pensamiento fugaz cruzaba su mente: en ese instante, todo parecía menos sombrío, menos angustiante. La niña, con su inocencia, había conseguido arrancarle una sonrisa genuina.

-Eres una niña traviesa, lo dices solo para molestarme, ¿cierto? -dijo él, sonriendo, mientras se ponía en pie. Ella, divertida, encogió los hombros, con una expresión que mostraba que no le importaba en lo más mínimo lo que pensaran de ella.

-¿Y si mejor jugamos? -le propuso ella, con un brillo en los ojos que parecía indicar que las reglas del mundo, al menos por un rato, podían ser ignoradas. Para Fumiko, jugar era una forma de escapar de la realidad, de olvidar, aunque fuera por un momento, todo lo que ese lugar le imponía.

-¡Sí! -respondió él, con entusiasmo, y sin más preámbulos, ambos comenzaron a correr por el jardín, jugando a las atrapadas, olvidando por completo las responsabilidades, los ojos que los observaban, y las reglas que regían sus vidas. En ese momento, el orfanato no existía. Solo existían ellos, riendo y corriendo como si no hubiera mañana.

Pero la risa, aunque inocente y pura, no duró mucho. A lo lejos, se escuchó una voz profunda que cortó el aire como un cuchillo.

-¡Oshin! -llamó su padre, desde la entrada del jardín. Oshin se detuvo en seco, reconociendo la voz, mientras Fumiko, sorprendida, dio un paso atrás.

El padre de Oshin se acercó con paso firme, seguido por la encargada del orfanato. Al ver a su hijo jugando en el jardín con la niña, frunció el ceño con incredulidad. No era común que los niños se relajaran en ese lugar, y mucho menos que Oshin, quien siempre había sido tan reservado, se permitiera una muestra de afecto tan abierta.

-¿Por qué estás jugando con ella? -preguntó su padre, casi como una reprimenda, pero también con un toque de preocupación. El orfanato no era un lugar para hacer amigos, era un lugar para sobrevivir.

Oshin, sin embargo, no se mostró intimidado. En lugar de contestar con palabras, extendió la mano hacia Fumiko, tomándola con firmeza.

-La quiero a ella -dijo Oshin con determinación, con una certeza en su voz que sorprendió tanto a su padre como a la encargada. Era un gesto inesperado, pero él no vaciló, como si hubiera decidido en ese momento que nada ni nadie podría separarlo de Fumiko.

La niña, que hasta ese momento había permanecido en silencio, sorprendida por la declaración de Oshin, no pudo evitar mirarlo fijamente, como si no comprendiera del todo lo que acababa de ocurrir. La encargada, con una expresión de desaprobación, dio un paso adelante, mirándolos con desconfianza.

-Fumiko... -dijo la encargada, pronunciando su nombre de manera fría y calculadora, como si fuera un objeto. Ella se apartó un paso de Oshin, mirando al suelo, sin saber cómo reaccionar.

Oshin, sin embargo, no dejó que nadie interfiriera. Con un gesto firme, colocó a Fumiko detrás de él, protegiéndola de la mirada acusadora de la encargada. La niña, sorprendida, se aferró a su camisa con una expresión de confianza que no podía ocultar.

-Mía -dijo Oshin, con una firmeza que hizo que la encargada se quedara en silencio. Nadie había reclamado a Fumiko de esa manera antes. En el orfanato, los niños eran asignados, marcados, vendidos o abandonados. No se pedía permiso para tomar a alguien. Pero Oshin no aceptaba las reglas de ese lugar, no cuando se trataba de algo tan importante.

La mirada de su padre se suavizó ligeramente, como si algo en la actitud de Oshin le dijera que había algo más en esa relación, algo que no podía ser explicado con palabras. Él asintió, dando a entender que, aunque no entendiera completamente la decisión de su hijo, estaba dispuesto a seguirle el juego.

-Ella será... -dijo el padre, con una sonrisa que ocultaba una ligera preocupación. Luego, se dirigió a la encargada-. Haz los trámites para que Fumiko sea registrada y asignada a Oshin.

La encargada asintió con una sonrisa amarga, pero no dijo nada más. Ella sabía que, en ese lugar, el poder de la decisión recaía siempre en aquellos que podían influir en el destino de los demás.

Fumiko, mientras tanto, se quedó en silencio, mirando a Oshin con una mezcla de sorpresa y gratitud. No sabía cómo había llegado a este punto, pero sentía una extraña sensación de alivio al estar a su lado. Era como si, por fin, hubiera encontrado algo que le perteneciera.

Cuando la encargada se la llevó para marcarla, Oshin la siguió con la mirada, prometiéndose a sí mismo que estaría allí para ella, siempre. Fumiko, aunque nerviosa, no pudo evitar sonreír, sintiendo que algo dentro de ella, algo que había estado roto durante tanto tiempo, comenzaba a sanar.

Al final de la tarde, a las cinco, Fumiko ya había sido marcada, y el proceso estaba casi completo. Esa noche, mientras todos dormían, Fumiko pensaba en lo que había sucedido. Había sido apartada de todo lo que conocía, pero había encontrado algo mucho más valioso: un amigo, un protector, alguien que la veía no como una carga, sino como alguien digno de ser amado.

Esa noche, Fumiko se acostó en la cama, mirando el techo, y dejó que el sueño la llevara. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo miedo. Sabía que al día siguiente vería a Oshin, y eso era todo lo que necesitaba para seguir adelante.

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