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Aroma a cafe

Aroma a cafe

Autor: : Maryza
Género: Romance
¿Hasta dónde se puede llegar por las personas que más amamos? ¿Cuánto somos capaces de hacer? ¿Las consecuencias importan? Esas son las preguntas que se formula Kansas, un apuesto, joven y carismático hombre que está dispuesto a hacer lo que sea por el gran amor de su vida, Ángeles, su pequeña hermana de 13 años y quien será el motivo que lo lleve a entrar en la vida de Austral, la prima de la mujer que ama. Austral, una joven, astuta, discreta y brillante mujer de 33 años con un compromiso frustrado en su haber, después de que su prometido le haya sido infiel con la persona a la que consideraba su hermana, y que; además, tiene una vida llena de estrés y responsabilidades que se acrecientan, de manera exorbitante, ante los exigentes pedidos de su familia. ¿Cómo es que Kansas podría cambiar la vida de Austral? O... ¿Cómo podría Austral cambiar la vida de Kansas?... Aquí, una historia llena de mucho romance, pasión y erotismo; espero que la disfruten mucho. Con amor, Maryza y Evelyn Zap

Capítulo 1 Recuerdos

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Kansas

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«Trece años», pienso al estar frente al televisor, sentado sobre el sofá de la sala con mi hermana viendo una de sus películas favoritas.

«Mañana se cumplirán 13 años», destaco en mi mente al tiempo en que los recuerdos de aquel día se hacen presente en mi mente.

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Flashback

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Me dirijo hacia la oficina en la que deberé ser entrevistado. Al llegar a ella, doy un respiro profundo y toco la puerta, la cual estaba abierta, para llamar la atención del hombre que estaba concentrado en guardar unos papeles en un portafolio.

-Hola, buena tarde -saludo un poco nervioso, ya que esta era mi primera entrevista; sin embargo, el hombre no me hace caso-. Hola -repito una vez más, pero un poco más firme; y el hombre, por fin, levanta su cabeza para mirarme.

-¿Qué se te ofrece? -contesta descortés cuando termina de cerrar su portafolio y se dirige a un perchero para tomar lo que sería su saco y ponérselo.

-Buena tarde. Mi nombre es Kansas White -me presento-. Soy uno de los postulantes para el puesto de...

-Ah... eso -me interrumpe al terminar de abotonarse el saco y coger unas llaves-. Llegas tarde -precia al regresar a su escritorio y tomar el portafolio que estaba cerrando hace instantes.

-Ah... no, señor. Estoy aquí desde hace dos horas -le doy a conocer amablemente-. Solo estaba esperando mi turno.

-Como sea... -contesta desinteresado al caminar hacia mí; es decir, hacia la salida-. Las entrevistas terminaron -añade al salir de la oficina y cerrar la puerta para después caminar hacia el ascensor sin tomar en cuenta mi presencia, lo cual me desconcierta un poco.

«Tal vez bastante para alguien de 17, con un CV falso, en su primera entrevista y con la enorme necesidad de obtener un empleo», menciono en silencio.

«Con la enorme necesidad de obtener un empleo», repaso en mi mente y...

«¡Carajo! Tengo que obtener el empleo», me demando y reacciono de inmediato para empezar a caminar en dirección del hombre, quien estaba esperando a que el ascensor abriera sus puertas.

-Señor, si el problema es el tiempo; yo podría regresar mañana -puntualizo y este sigue sin hacerme caso, solo se limita a mirar su reloj de forma impaciente-. O, en todo caso, podría dejarle mi CV para que pudiera revisarlo -le digo al extender mi hoja de vida en su dirección y, al fin, voltea a verme.

-Eres muy insistente -precisa-. Eso me gusta -añade sonriente al tomar mi CV; y aquel comentario y gesto parecían ser buenas señales hasta que...-. Pero no me gusta que me hagan perder el tiempo -señala al doblar mi hoja de vida frente a mí-. Tal vez tú no tengas nada bueno que hacer, pero yo -se pausa y mira atenta mi cv- soy un hombre bastante importante -continúa hablando y veo cómo empieza a partir por la mitad la hoja que contenía toda mi información- y por ello, muy ocupado -completa al seguir haciendo pedazos más pequeños de la hoja-. Así que deja de hacerme perder el tiempo y vete -finaliza en el preciso instante en el que el ascensor abre sus puertas y aquel me tira los pedazos de papel en la cara.

«¿Cómo debía reaccionar?», pregunto en silencio.

No lo sabía. Mi padre siempre me había señalado que, pase lo que pase, nunca debía comportarme como un cobarde y recurrir a la violencia, pero, en este preciso instante y con mis inmaduros 17 años, sentía la enorme necesidad de golpear a ese hombre, sin embargo... honrando las enseñanzas de mi padre, me contuve.

-¿Qué es lo que sucede aquí? -escucho de pronto y veo cómo un hombre (de tal vez 80 años) se hace presente con una joven mujer, la cual sostenía del brazo y quien observaba de manera sorprendida al hombre que, hace instantes, había hecho trizas mi hoja de vida.

-Eh... nada, William. Un tema sin importancia -contesta el hombre un poco nervioso.

-No es lo que he visto, Christopher -señala con dureza

-Repito que es algo sin importancia, William...

-No para mí -lo interrumpe el hombre con un tono de voz severo-. No sé cómo habrás estado acostumbrado a tratar a las personas en la empresa de tu padre, pero en la mía, tú no tienes ningún derecho de hacer algo como eso -demanda severo sin quitarle la mirada de encima.

-El niño solo me estaba haciendo perder el tiempo, William -se justifica un tanto incómodo y haciendo notar cierta molestia-. Y ahora tengo una reunión a la que tengo que asistir para que esta empresa crezca; y él -me señala- solo estaba estorbando...

-¿Perdón qué dijiste? -cuestiona el viejo hombre al interrumpirlo nuevamente al tiempo en que observo cómo la mujer luce apenada por la situación.

-¿Quién? ¿yo? -se señala el tal Christopher

-Me parece que con quien estoy hablando es contigo ¿no es así? -le pregunta mientras se suelta del agarre de la joven mujer.

-Abuelo, por favor -le pide ella, con cierta preocupación, al sujetar uno de los brazos de aquel.

-Cielo, tranquila -le solicita al mirarla a los ojos-. Hoy no me encargaré de él -le informa al regresar su mirada al hombre con el que estaba discutiendo-. Pero mañana te quiero a primera hora en mi oficina -le ordena; y puedo ver cómo el aludido endurece su gesto y parece estar retando al viejo hombre con la mirada, pero aquel lo ignora-. Ahora tú, muchacho -se dirige a mí-. ¿Cómo te llamas?

-Kansas; Kansas White, señor -contesto un tanto desconcertado por la nueva y mucho más incómoda situación.

-Te pido una disculpa por lo sucedido, Kansas White -expresa sincero-. ¿Te molestaría acompañarme a mi oficina, por favor?

-Ah... yo... -estaba dudoso en si hacerlo o no, ya que la mujer, hace unos segundos, estaba mirándome de manera extraña, pero, al final, acepté-. Claro, señor; será un placer -contesto gentil y ambos empezamos a caminar por un enorme pasillo.

Ya dentro de la oficina y sin intención alguna, durante la conversación que aquel amable hombre y yo sostuvimos, me fue inevitable seguir fingiendo. Sobre todo, cuando el hombre ya había supuesto que estaba mintiendo sobre mi edad cuando se la dije. De hecho, ese era un punto débil en toda mi mentira, ya que mi cuerpo, el cual daba la imagen de un frasco a punto de quebrarse, me delataba.

Aun así, el hombre me dio un trabajo, pero solo a medio tiempo, ya que me advirtió que me despediría si faltaba a clase por asumir esta nueva responsabilidad. Además de ello, me pidió que le contara un poco más de mí; así que le conté un poco más sobre mis padres, mi nueva hermana que estaba por llegar y de mi educación en una de las escuelas más exclusivas de todo el país gracias a una beca que había conseguido y en la cual (daba la casualidad) estaba estudiando una de sus nietas (Brescia, a quien conocía debido a que era la mujer más popular que había en ella, pero la que, por obvias razones, no me hablaba). Yo no era el clase de chico que ella frecuentaba.

Al salir de la oficina, no pude sentirme más contento; estaba sonriente, pero al ver la forma severa en la que me miraba la joven mujer, hizo que la sonrisa que traía marcada en mi rostro se borrara de inmediato. Al parecer, aquella había discutido con el tal Christopher, pues, al salir de la oficina con mi nuevo empleador, este salió hecho una furia del lugar.

Después, los tres tomamos el ascensor y, antes de salir, me despido de ambos; sin embargo, la mujer seguía mirándome de una manera muy extraña...

-White ¿cierto? -habla de repente al mirarme de manera directa

-Sí, White -contesto un poco nervioso, ya que la mujer tenía la habilidad de intimidar sin parecer esforzarse.

-¿Quieres un consejo, White? -pregunta al dar un paso hacia mí.

-Austraaal -escucho la voz de su abuelo y puedo reconocer su tono de advertencia en él al tiempo en que una de sus manos sujeta la muñeca derecha de su nieta.

-Perdón, señorita, ¿qué? -cuestiono confuso por la forma en que me miraba.

-La próxima vez que te presentes a una entrevista de trabajo -comienza a hablar mientras se libera del agarre de su abuelo y lleva aquella mano hasta la solapa izquierda del saco que usaba-, trata de usar otra camisa -me dice al cubrir una parte visible de lo que venía a ser la insignia de mi colegio.

«¡Carajo! Ni siquiera eso puedo hacer bien», me reclamo en silencio.

-Yo... -trato de responder, pero no sabía qué decir; aquella también me había descubierto.

-¿Está usted seguro que tiene 20 años, señor White? -cuestiona al no obtener una respuesta de mi parte.

-Señorita, yo...

-¿Qué pasa, White? -habla de forma retadora

-¡Ya basta, Austral! -se hace oír la voz del viejo hombre mientras hace retroceder a la mujer con uno de sus brazos para después fijar su mirada en mí-. Disculpa a mi nieta, por favor -me pide apenado-. Te veo mañana para explicarte tus actividades -agrega de forma gentil y me regala una sonrisa-. Que tengas buena noche -señala y, ante ello, lo único que atino a hacer es despedirme de aquel y salir del lugar.

A pesar de que aquella entrevista empezara mal y fuese extraña; nada me quitaba la felicidad de haber conseguido mi primer empleo para empezar a ayudar a mis padres con los gastos de la familia y, para celebrarlo, compré una caja de los chocolates favoritos de madre.

-Muchas gracias -le digo a la señora que me acababa de vender unos chocolates.

-Gracias a ti; vuelve pronto -me pide con una gran sonrisa al entregármelos.

-Así será -respondo y me retiro del lugar.

Camino por unos minutos más y escucho mi celular sonar; así que contesto rápidamente. Y es ahí en donde comienza la experiencia más triste de toda mi vida. Nunca antes había sentido un dolor similar. Después de la llamada, me dirigí al hospital del cual me habían llamado y corrí directamente hacia la sala de emergencia para preguntar por el estado de mis padres y mi hermana; sin embargo, lo único que recibí fue un "Lo lamento mucho; no pudimos hacer nada".

-¿Qué? -cuestiono en un murmuro y totalmente incrédulo.

-En este momento, estamos haciendo lo posible para salvar a la bebé. Es la única sobreviviente, pero está en la incubadora y todo dependerá de cómo progrese en los siguientes días. No podemos asegurarle nada -señala compasivo-. Lo lamento mucho -añade y, en ese momento, lo único que deseaba es que nada de eso fuera cierto; sin embargo, un grito lleno de dolor y llanto que venía de algún lugar, me decía que todo aquello era real.

-!Noooooo... mi abuelo, nooooo! -se escucha muy fuerte-. ¡Por favor, noooo... llévenme con él! ¡Quiero verlo!-gritaban más fuerte hasta que se oye cómo aquella persona empieza a llorar; y ese fue el detonante para que yo me sentara en el piso y comenzara a hacer lo mismo de manera desconsolada.

Al parecer, aquel día, no solo yo había perdido a alguien que amaba... para siempre.

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Fin del flashback

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-¿Qué dices? -escucho la voz de Ángeles y ello me saca de mis pensamientos.

-Perdón ¿decías? -le respondo al girar a verla

-¿No me has estado oyendo, Kansas? -me reclama al fruncir su entrecejo, lo cual me hace sonreír

-Lo lamento -le digo sincero-. ¿Qué quieres? -pregunto interesado.

-Te decía que quiero replicar las notas de una canción en nuestro piano -me pide.

-Está bien, pero no por mucho tiempo. Tienes que estar en la cama en una hora -le recuerdo; y ella asiente sonriente.

Así que, con esa premisa, ambos decidimos ir hacia donde se encontraba el instrumento que había pertenecido a mi madre.

-Déjame ayudarte -le pido al tratar de cargarla para sentarla en su silla de ruedas.

-No, estoy bien -me detiene-. Últimamente, ya no pierdo mucho el equilibrio -me señala sonriente y orgullosa-. Quiero caminar -expresa firme; así que no podía negarme.

-Está bien, pero te sujetarás de mi brazo

-Me parece un trato justo -concluye; y nos vamos rumbo a la esquina en la que se encontraba el piano.

Llevábamos mucho tiempo practicando y se nos había pasado la hora, pero, aun así, no había sido capaz de detener a Ángeles de seguir tocando el piano.

-No, no... mmm... tal vez debas bajarle un tono -le sugiero

-¿Tú crees? -contesta dudosa

-Creo que no perdemos nada intentándolo -respondo al mirarla a sus ojos y sonreírle.

-Bien, entonces ahí vamos... -contesta. Luego, suspira profundamente e, inmediatamente, empieza a tocar "Always remember us this way" de Lady Gaga en nuestro viejo piano.

Y ahí empezaba, otra vez, uno de mis momentos favoritos: ver a mi hermana feliz y disfrutando de su música. Llevábamos poco más de 3 horas frente al viejo piano que perteneció a mi madre y el cual tocaba todas las noches durante el tiempo que llevó a Ángeles en su vientre.

-¡Oye! ¡Suena bien! -exclama emocionada-. ¡Qué digo bien!... ¡Suena más que perfecto! -aclara con una gran sonrisa-. La vamos a dejar así -acota mientras hace unos escritos en el pentagrama.

-Bieeen... -contesto al mirar el reloj de pared-. Entonces, aquí lo dejamos -le demando mientras me paro de mi asiento.

-¿No nos podemos quedar un rato más? -me pide con su fallido intento de hacer la mirada del gato con botas.

-Eso ya no funcionará, Ángeles -le advierto divertido.

-Por favor... un tiempo más -suplica.

-No -contesto tajante-. Ya debes ir a la cama

-Por favooorr... di que sí -pide al juntar sus manos como una súplica.

-Ángeles, a la cama

-Por favor -continúa con su infantil súplica

-Ángeles White, me estás orillando a tomar medidas drásticas -le indico al sonreírle; y esta sonríe también al leer mi mirada y darse cuenta de a lo que me refería.

-Oooh no, no lo harías

-¿Estás retándome? -cuestiono al arquear una ceja y levantarme de mi asiento para acercarme a ella

-Oh nooo... ¡no lo vayas a hacer! -demanda seria, pero me sigo acercando a ella-. ¡Kansas! Si lo haces, prometo una venganza -añade amenazante-. ¡Así que aléjate! -agrega, pero sigo sin hacerle caso y decido acercarme por completo y cargarla al tiempo en que me las ingenio para hacerle cosquillas.

-¡No! ¡Suéltame! -demanda entre risas-. ¡Kansas! -se queja y empieza a hacer lo mismo conmigo

-Esta es una guerra, señorita -le aviso entre risas mientras camino hacia su habitación con ella en brazos.

-¡Tú empezaste! -me aclara sin dejar de reír-¡Ya! ¡Ríndete! -pide sonriente cuando hemos llegado a su cuarto y voy hacia su cama para depositarla ahí.

-Esto no se ha acabado -le advierto al verla a sus hermosos ojos, los cuales había heredado de mamá.

-Tenlo por seguro -afirma-. Voy a disfrutar mi venganza -señala al tiempo en que yo me dedico a abrigarla con su suave edredón.

-Estaré esperándola -señalo divertido-. Pero ahora duerme.

-¿No me puedes hablar de papá y mamá un momento?

-Solo un momento -le digo y ella asiente.

Me quedé como una hora acostado a su lado contándole cómo eran nuestros padres y todo lo que hacían ellos para cuidarla cuando se enteraron de que estaban embarazados.

-Entonces ellos eraaan...

-Los mejores -respondo con una amplia sonrisa mientras tomo su mano y la beso.

-Me habría encantado conocer a papá y a mamá -comenta cuando termina de cubrirse por completo con el edredón.

-Y ellos a ti- contesto sincero en medio de un suspiro y después, le regalo una sonrisa, la cual es correspondida de inmediato.

-¿Me cuentas otra vez cómo decidieron mi nombre? -pregunta divertida

-Lo haría, pero ya es tarde y debes ir a dormir -le contesto al besar su mano una vez más antes de cubrirla con la colcha por completo.

-Nooo... -se queja-. Por favor, Kansas -demanda como toda una niña, lo cual me parece divertido-. Aún es muy temprano -determina-. Por favor -pide.

-Ángeles White -la nombro al mirarla fijamente-. Mañana cumplirás trece años y te sigues comportando como una niña de cinco -expreso jocoso; con lo cual me gano que aquella tome su almohada y me la lance con todas sus fuerzas y, aquel gesto, me hace reír-. Por eso te amo -menciono al mirarla directamente a sus ojos-. Que descanses- añado al tiempo en que me acerco a ella para besar su frente.

-Yo también te amo -murmura al envolver sus brazos alrededor de mi cuello y abrazarme muy fuerte.

Luego de unos segundos, nos separamos, coloco su almohada nuevamente en su lugar e, inmediatamente, me dirijo a la salida.

-Hasta mañana -le susurro desde la puerta.

-Hasta mañana -contesta ella y yo procedo a apagar la luz para que pudiese dormir.

Al salir de la habitación de Ángeles, voy de inmediato a mi habitación a asearme para dormir y poder levantarme temprano para otro día de trabajo. Tardo menos de 30 minutos en ducharme, colocarme mi pijama y cepillarme los dientes. Después, le envío un mensaje a Brescia (mi novia).

-En serio, pa, aún no me creo que ella sea mi novia -murmuro al sonreír.

Luego, solo me limito a ir a mi cama para poder dormir, no sin antes mirar la foto que tenía de mis padres en mi mesita de noche y, sin quererlo, los recuerdos tristes de aquel día quieren invadirme nuevamente.

«Me pregunto qué habrá sido de la otra persona», digo en mi mente al recordar la voz de la mujer que lloraba desconsolada en algún lugar del hospital.

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Austral

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-Así que no esperaste hasta mañana para venir a molestar a mis padres -escucho la voz de quien, en algún momento, fue como una hermana para mí.

-No estoy para pleitos, Brescia.

-Así que la princesita no quiere pleitos -sonríe irónicamente

-Solo estoy aquí para ver que todo esté listo para la fiesta anual -le aclaro-. Si por mí fuera, no volvería a este lugar.

-¿Qué? ¿La culpa te persigue? -pregunta al sonreír maliciosamente.

-Iré a dormir. Buena noche -decido no hacerle caso.

-Claro... huye de tu culpa -menciona y veo cómo se acerca a mí-. Pero así huyas de mí -habla al pararse frente a mí y mirarme con odio-, jamás podrás huir de ti -afirma sin contemplación alguna-. Mi abuelo murió por tu culpa y eso... eso jamás te lo perdonaré -escupe con mucho odio y luego sube las escaleras con rapidez para tomar el camino que llevaba a su habitación. En tanto, yo me quedo quieta en mi lugar, repasando las palabras de Brescia.

A pesar de que ella siempre hacía lo que fuese para jugarme malas pasadas con trampas, chismes o comentarios fuera de lugar; había algo en lo que sí tenía razón y es que yo...

«Yo sí había matado a mi abuelo», completo en mi mente.

-Espero que algún día puedas perdonarme -le pido en un susurro y después, solo me dirijo a mi habitación para seguir siendo atormentada por los recuerdos de aquella casa a la que llegué cuando tenía 8 años al ser adoptada por William Foster.

Capítulo 2 Café amargo - Parte 1

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Austral

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-Bien, aquí vamos -menciono a la nada desde el balcón de mi habitación, desde el cual me puedo deleitar con un bello jardín lleno de rosales-. Otro día más -añado y tomo otro trago de café.

-Señorita Austral -escucho una voz muy familiar del otro lado de la puerta de forma repentina.

-Pase, George -le digo a mi amigo y chofer.

-Buenos días, señorita Austral -me sonríe.

-Buenos días, George -contesto al tornar mi mirada hacia él.

-Le quería decir que el auto ya está listo; así que puedo llevarla a la empresa cuando usted ordene.

-Muchas gracias, George. Pero sabes que esta fecha altera mis nervios y suelo renegar por todo; así que hoy no me llevarás. No quiero decir algo de lo que después me arrepienta -expreso sincera-. Tómate el día libre. Ve con tu familia. Dile a Sofía que también tiene el día libre; así que aprovéchenlo y salgan a divertirse hoy -le sugiero.

-Es usted muy amable, señorita Austral.

«Vaya. Así que este año no piensa refutar mi decisión», pienso.

«Eso es bueno y... tranquilizante»

-Y deja el formalismo por favor -le solicito-. Te conozco desde hace 25 años; sabes que eres más que mi chofer -le explico.

-Señorita Austral...

-Al menos por hoy -lo interrumpo; y este sonríe y asiente con la cabeza.

-Solo por hoy -acota y yo asiento-. Entonces ¿puedo retirarme ahora?

-Claro -le sonrío-. Espero verte en la fiesta.

-Ahí estaré con mi familia.

-Saluda a Sofi y a Brenda de mi parte -le pido.

-Así lo haré -indica y después, se retira.

Yo regreso mi mirada una vez más al extenso campo de rosales y doy un suspiro profundo.

-Solo deseo un día tranquilo -pido con toda sinceridad para después terminar mi café y salir de aquella enorme casa con dirección a la empresa.

Al llegar a ella, voy directamente a mi oficina.

-Buenos días...

-Buenos días, Cinthia -contesto al saludo de mi asistente-. Necesito que te tomes el día; no quiero a nadie cerca hoy -le digo firme, ya que no exageraba cuando decía que, un día como hoy (la fecha del accidente de mi abuelo hace 13 años), mis nervios se exacerbaban-. Solo necesito que me traigas el informe mensual del área legal y lo dejes sobre mi escritorio; luego, te tomas el día -señalo y entro a mi oficina sin esperar respuesta alguna.

Coloco mi cartera y mi abrigo en sus lugares y después voy a tomar mi lugar para empezar a trabajar. Sin embargo, la pronta presencia de mi asistente en mi oficina, me sorprende.

-¿Ya tienes el informe? -pregunto al levantar mi mirada hacia ella.

-Sí, el informe estará listo en 15 minutos. Martin los traerá -me explica.

-Bien... ¿entonces? -pregunto para que prosiga hablando; sin embargo, no dice nada-. ¿Qué pasa? -pregunto un poco impaciente.

-Señorita, yo me quedaré -contesta nerviosa y aquello se me hace extraño.

-He dicho que te vayas -respondo tajante al mirarla directamente a los ojos.

-Señorita, es que yo querí...

-¿No he sido clara, Cinthia? -interrogo seria- Tómate el día -preciso con el mismo tono y con cierto ápice de molestia.

-Es que señorita...

-"Es que" qué, Cinthia -contesto un poco impaciente, ya que lo único que deseaba era que se fuera para empezar a trabajar tranquila.

-Es que...

-Habla ya por favor -le pido un poco exaltada y veo cómo esta se sobresalta y, ante aquello, no puedo evitar sentirme apenada, pero, aun así, mi impaciencia no desaparecía. Y, antes de volver a hablar, inhalo y exhalo profundo un par de veces-. Cinthia, por favor, dime lo que tengas que decir y ve a tu casa -le pido con la mayor serenidad posible-. Y discúlpame por haberte gritado; lo lamento mucho.

-No se preocupe, señorita. Sin embargo, no puedo irme... -menciona muy nerviosa.

-¿Qué está pasando? -pregunto intrigada.

-Quiero decirle que tengo mi carta de renuncia ya hecha y que, por fa...

-Espera... ¿Renuncia? -menciono sorprendida- ¿Cómo que "renuncia"? ¿Por qué renuncias? ¿De qué me estás hablando?

-Señorita, lo lamento mucho -empieza a llorar y aquello me estaba preocupando.

«¿Tan mala jefa seré?», pienso mientras me paro de mi asiento y apoyo ambas manos sobre mi escritorio.

-Cinthia, sé que no soy la jefa que alguien quisiera, pero, en serio, te necesito. Llevo trabajando contigo desde que empecé a hacer mis prácticas aquí y te tengo mucha confianza.

-Por favor, señorita, no siga.

-Cinthia, por favor -le pido-. No sé en dónde podría encontrar a alguien tan eficiente como tú -añado; y esta empieza a llorar desconsoladamente.

-No puedo quedarme -llora más fuerte-. Olvidé enviar el contrato de los Canarias en la fecha correspondiente y ahora ellos me están diciendo que quieren reunirse con usted para acordar los nuevos términos para la renovación y están pidiendo duplicar sus beneficios netos -me explica y, con aquella información, lo único que deseaba era despedirla de inmediato.

-No pueden hacer eso -digo más para mí-. Francke Canarias me dio su palabra, hace una semana, de que no se cambiarían los términos del contrato. Sus hijos no pueden hacer esto -me digo muy segura-. ¡No porque haya muerto, sus hijos pueden hacer lo que les plazca! -expreso muy molesta.

-Señorita, lo lamento... -continúa llorando

-¡Y a mí no me sirven tus lamentos!

-Perdón yo...

-¡Deja de llorar! ¡Lávate la cara! ¡Y ve por tus cosas! -le demando-. Antes de que te despida, debemos solucionar un poco de lo que has hecho -añado severa-. ¡¿Qué esperas?! Ve por tus cosas para ir a la empresa esa -le digo alterada y esta sale corriendo del lugar.

-Tranquila, Austral, tranquila -me pido al practicar mis ejercicios de respiración para calmarme, aunque sea un poco-. Ellos te necesitan más que tú a ellos; así que no pueden exigir. No pueden -señalo muy segura y, de inmediato, tomo mi cartera y mi abrigo para ir rumbo a la empresa de los Canarias.

Capítulo 3 Café amargo - Parte 2

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* * * * * * * * * * * Kansas * * * * * * * * * * * *

-Y siiiiiiiii... -escucho los gritos emocionados de la persona que más amaba en mi vida (y por la cual daría lo que fuera) combinarse junto a las notas de una canción de su banda favorita: "This old heart of mine" de Rod Stewart-. ¡Kansaaaas! -escucho su voz y sonrío ampliamente a la vez que procedo a levantarme rápido de la cama para ir a su encuentro-. ¡Kansas, despierta ya! ¡Canta conmigo! -me pide y yo me apresuro en colocarme mis pantalones.

-¡Ya voooy! -le respondo mientras tomo mi camiseta y camino a mi armario para sacar el pequeño obsequio que le había comprado.

-¡Apuraa! ¡Debo mostrarte algo! -exclama "muy emocionada" y ello me extraña, pero me hace sonreír, ya que la escuchaba feliz y eso era lo más importante.

-¡Ya! ¡Ya salgo! -le informo a la vez que abro las puertas de mi armario y tomo la pequeña bolsa en la que tenía su regalo.

Me quedo mirando el pequeño paquete por unos instantes y sonrío un poco triste. Este año había tratado de comprarle lo que ella más deseaba, pero, otra vez, no se había podido.

-¡Kansas! -escucho su llamado nuevamente y vuelvo a la realidad-. ¡Apúrate! -me pide más emocionada y exigente-. ¿O debo entrar para sacarte de ahí? -cuestiona y solo me queda reír y negar con la cabeza a la vez que me pongo la camiseta que tenía en mi mano. Después, regreso mi mirada al obsequio una vez más y suspiro un tanto decepcionado.

«El otro año, tenga que hacer lo que sea, prometo darte lo que sueñas» -prometo en mi mente y luego, me dirijo a abrir mi puerta.

-¡¡¡¡¡Al fiiiinn!!!!! -grita emocionada mientras toma mi mano y me dirige a nuestra sala

-Tranquila, tranquila -le pido mientras sonrío ampliamente al verla tan feliz.

-Debo mostrarte algo -agrega contenta al mirarme-. Pero primero cierra los ojos

-¿Tienes una sorpresa? -cuestiono divertido

-Siiiiiiiii -contesta feliz y aquello me hace sonreír mucho

-Pero se supone que el cumpleaños es tuyo, no mío -le aclaro mientras camino a su lado con los ojos cerrados; solo soy guiado por su agarre.

-Bueno, sí -responde cuando se detiene-. Ha sido una sorpresa para mí de parte de Margaret y...

-Espera... -la interrumpo- ¿Margaret está aquí?

-Hola, Kansas -escucho su voz y puedo notar cierto tono de diversión en él.

-Hola, Margaret -contesto

-Bueno, bueno -interrumpe Ángeles- ¿Listo? -pregunta mientras oigo como suspira de tanta felicidad.

-¡Más que listo! -contesto feliz

-Bieeeennn... pueeeesss... ¡ábrelos! -exclama y siento cómo suelta mi mano.

Yo hago lo que me pidió y, de inmediato, me doy cuenta de su tan extremadamente extravagante felicidad. Ante lo que veo, solo me queda regresar mi mirada a mi hermana, quien me observa muy contenta y con sus ojos brillosos de la felicidad.

-¿No es hermosa? -pregunta aún muy impresionada mientras empieza a conducir su silla de ruedas hasta nuestro sofá para tomar la hermosa guitarra eléctrica que había en aquel.

-Es preciosa -es lo que me limito a decir al tiempo en que torno mi mirada a Margaret. Ella me mira y veo que está igual de sonriente que mi hermana.

-«Gracias» -le digo al articular la palabra en silencio y ella solo se limita a asentir con su cabeza para después regresar su atención a Ángeles.

-¿Qué te parece? -me interrumpe mi hermana y vuelvo toda mi atención a ella

-Está verdaderamente hermosa -expreso mientras voy al sofá a sentarme

-Sí... -responde ella en un murmuro mientras se dedica a explorar el instrumento con su mirada y su tacto-. Gracias, Margaret -comenta de pronto y se gira a ver a mi amiga.

-No es nada -contesta la mujer aludida mientras le sonríe.

-¿Qué es eso? -pregunta mi hermana y me doy cuenta de que está observando el pequeño paquete que tengo en mis manos.

-Ah... esto es mi regalo... para ti -le informo y sonrío, ante lo cual ella me corresponde de la misma manera mientras me lo quita de las manos delicadamente para empezar a abrirlo con dedicación-. No es tan bonito como la guita...

-Es perfecto -me interrumpe al tiempo en que se acerca a mí y me abraza muy fuerte y yo hago lo mismo; la abrazo con todo el amor y mis fuerzas.

-Feliz cumpleaños -le susurro y ella solo se apega más a mí.

-Te amo, Kansas -dice.

-No más que yo a ti, Ángeles -contesto muy sincero, la abrazo más fuerte y no puedo evitar sentirme triste.

-No... -expresa repentinamente y pone distancia entre ambos.

-¿Qué pasa? -interrogo confundido y ella solo me mira

-No me gusta que te pongas triste -murmura sin dejar de observarme-. Mucho menos por mí...

-Ángeles...

-Kansas -interrumpe y toma mi mano mientras me regala una sonrisa.

-Sé que la operación es muy...

-Conseguiré el dinero -me apresuro en responder-. Lo prometo -contesto y ella solo se limita a sonreír.

-Lo sé -dice segura-. Sé que harás lo que sea por conseguirlo, pero si no lo llegases a tener...

-Ángeles...

-Kansas, escúchame -me pide y yo accedo a su petición.

-Si no llegamos a tener el dinero; quiero que sepas que no debes preocuparte -precisa muy serena y sonriente.

-¿Por qué sonríes?

-Porque con operación o sin ella; puedo decir que soy y he sido feliz a tu lado -expresa-. No cambiaría nada -manifiesta tajante con otra sonrisa.

«No cambiaría nada» -repaso sus palabras.

Sabía que Ángeles solo decía eso para tranquilizarme, porque estaba completamente seguro de que, si tuviese la oportunidad de cambiar algo, ella cambiaría el hecho de no tener un tumor para poder volver a tener una vida normal como la de cualquier otra niña de su edad.

-Conseguiré el dinero -es lo único que le digo y después le sonrío para abrazarla nuevamente.

-Te quiero...

-Te amo y... feliz cumpleaños otra vez -le susurro.

-Me gustó mucho mi regalo -expresa

-Sí, la guitarra está muy buena -comento al separarme y ella solo sonríe.

-No hablo de la guitarra, sino de esto -indica y me muestra el CD de Aerosmith que le había comprado-. Este álbum es mi favorito -menciona en medio de un suspiro y viendo con cariño mi regalo.

-Prometo que el otro año te sorprenderé -le digo.

-Tú siempre me sorprendes -responde divertida.

-¿A qué te refieres? -cuestiono en el mismo tono y ella me mira.

-A que siempre tienes con qué sorprenderme -sonríe-. Cada vez que creo que no me puedes traer una cuñada peor; lo haces -expresa entre risas al tiempo en que niega con la cabeza-. Aunque con la última, déjame decir que exageraste -se ríe al tomar mi mano y dirigirme a la cocina, lugar a donde había visto que se había ido Margaret, hace unos minutos, cuando Ángeles y yo empezamos a conversar.

-No entiendo por qué no te simpatiza -afirmo sincero-. Brescia te quiero mucho. Ella me lo dijo -le informo y aquella solo se limita a rodar sus ojos.

-Eso solo lo dice porque quiere que tú sigas siendo su novio -responde muy segura y solo me queda sonreírle.

-Espero que pronto se lleven mejor -expreso.

-La quieres mucho, ¿no es así? -cuestiona no tan feliz

-Sí -admito-. Brescia me importa mucho -añado sincero y veo cómo suspira con pesadez mientras entra a la cocina-, pero no tanto como tú -agrego firme y me pongo de cuclillas para estar a su altura y mirarla a sus ojos-. No hay nadie que me importe y ame más que tú -le aseguro y me regala una de sus hermosas sonrisas.

-Más te vale -advierte divertida y después busca a Margaret con la mirada para sonreírle-. Margaret, tú qué piensas de Brescia -le pregunta y la mujer (quien estaba preparando algo) le sonríe mientras arquea ambas cejas.

-Bueno... pues... ella es -parece estar buscando algo bueno que decir.

-¿A ti tampoco te agrada? -pregunto curioso

-No, no, no, no -se apresura en responder un tanto nerviosa y no entendía por qué-. Lo que opine yo no importa si a ti te gusta -expresa-. ¿Sabes qué? -dice de pronto-. Tal vez, lo único que falte es que Brescia pase más tiempo con Ángeles para que se conozcan -propone y aquella idea... me gusta.

-¡Margaret! -escucho el quejido de mi hermana -. Se supone que eres mi amiga, no mi enemiga -dice indignada y solo me queda reír ante su gesto tan infantil.

-¿Sabes qué, Margaret? -cuestiono divertido al mirarla-. Tal veeez... -alargo al regresar mi mirada a Ángeles- esa no sea tan mala idea -determino sonriente al arquear una de mis cejas y mi hermana parece estar a punto de colapsar.

-¡Kansas! -se queja y yo solo le sonrío para después tomar un vaso, servirme un poco de jugo y beberlo de inmediato-. ¡Ni se te ocurra hacer eso! -demanda seria y yo solo me limito a suspirar y caminar hacia ella.

-Que tengas un bonito día, te amo -le digo y le doy un beso en la frente para después observarla burlón.

-Kansas, dime que no harás nada para que pase más tiempo con ella.

-Te quiero -es lo que me limito a decir y salgo de la cocina para ir a mi habitación y cambiarme para ir al trabajo.

-¡Kansas! -escucho su grito, pero no me detengo a prestarle atención, solo entro a mi habitación apresurado para poder ducharme velozmente y no llegar tarde a mis labores-. ¡Kansas White! ¡Solo te diré que yo no pienso salir a pasear con ella! ¡Te estoy avisando! -advierte y luego escucho cómo se va.

Ante aquella rara y curiosa escena, solo me queda suspirar pesadamente y sonreír después.

-Bueno, solo espero que se puedan llevar mejor después -siseo al entrar a la ducha.

* * * * * * * * * * * * * * *

* * * * * * * * * * * * * * *

Al llegar al trabajo, a la primera persona que encuentro es a Lorey, mi supervisora.

-Llegas tarde -precisa mientras señala su reloj de pulsera con su dedo para que me apurara.

-Sí, sí, perdón -digo mientras tomo mi uniforme-. Lo que pasa es que hoy es el cumpleaños de Ángeles- le explico.

-Entiendo, pero, aun así, no debes llegar tarde -aclara y yo solo me dedico a asentir mientras me coloco el uniforme frente a ella (ya tenía puesto el pantalón, solo faltaba la camisa)-. Vaaaya... veo que haces mucho ejercicio -comenta coqueta y solo me limito a sonreírle-. Si no estuviera feliz con mi hombre, te haría caso -comenta y yo solo le sonrío-. ¡Y deja de sonreírme así! -se queja divertida.

-Ok, ok -respondo de la misma manera al terminar de colocarme la camisa y proceder a tomar la corbata de lazo que solía usar.

-Oye, Kansas -me habla Lorey al acercarse a mí.

-Dime -le digo al acercarme a ella para después dirigirnos a la salida e ir a preparar los cafés que debía promocionar.

-Te tengo buenas noticias -menciona al dirigir su mirada hacia mí mientras seguimos caminando para tomar el ascensor.

-¿Buenas noticias? -cuestiono sonriente al tiempo en que nos detenemos y yo presiono el botón para abrir las puertas del ascensor.

-Sí, buenas noticas -reafirma sonriente. Mientras tanto, yo me limito a presionar el botón para bajar al segundo piso (lugar en el que se encontraban las cafeteras industriales para preparar los cafés que ofrecería).

-No -me detiene mi compañera-. Las cafeteras del segundo piso están en mantenimiento -informa-. Tienes que usar la que está en la planta ejecutiva -precisa y presiona el botón que nos llevaría al décimo piso del centro comercial.

-Bien -contesto-. Peeero, volviendo a las buenas noticias, ¿cuáles son esas? -interrogo al mirarla fijamente.

-Bueno, te quería decir que hay una vacante de mozo para el turno noche en el bar -informa y aquello me pone expectante-. Así que si la quieeeeeres..., pues es tuya -finaliza; y aquella proposición no me puede haber hecho más feliz; tanto así que le doy un abrazo fuerte y la cargo.

-¡Oye! ¡Ya! ¡Bájame! -se queja-. Sé que tomas cualquier excusa para tocarme, pero recuerda que estamos en la planta ejecutiva- señala un tanto nerviosa y viendo hacia los lados para cerciorarse de que nadie nos haya visto.

-En serio, muchas gracias, Lorey -le digo al haberla bajado-. No sabes cuánto necesitaba de otro trabajo.

-Lo sé, lo sé -susurra sonriente-. Pero bueno, ¡ya! -exclama-. ¡Ahora sí! Ve a preparar esos cafés; aquí te espero para llevarlos a la primera planta.

-Sí, sí, no me tardo -le digo feliz y le doy un beso en su mejilla para después ir a hacer esos cafés.

Luego de prepararlos, lo cual hice rápidamente, los coloco sobre dos fuentes y tomo cada una en una mano para salir de ahí y regresar al primer piso.

Camino por el largo pasillo y, al final, puedo ver que Lorey me espera. Ella, al darse cuenta de mi presencia, me mira fijamente al tiempo en que empieza a señalar su reloj (otra vez) como para decirme que ya era tarde y que debía apresurarme. Ante ello, decido acelerar mi paso. Lo último que necesitaba era que aquella mujer se arrepintiera de darme el otro trabajo. Me apresuro un poco más y, cuando estoy a punto de salir por completo del pasillo...

-¡Hey! ¡Joven del café! -escucho una voz desde la cafetería y me giro para ver a la persona que me llamaba hasta que siento un golpe sobre las bandejas que llevaba. El golpe no fue tan fuerte, pero fue suficiente para hacer que las bandejas que traía en las manos, se me cayeran. Al percatarme de ello, regreso mi mirada hacia el frente y lo que veo, me pone muy nervioso

-Pero... qué... qué...

-Señorita, déjeme ayudarla -se acerca un hombre a la mujer que tenía frente a mí y quien estaba concentrada viendo su vestido... manchado por el café que yo traía hace instantes.

-¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡No me toques! -grita histérica sin siquiera levantar la mirada; solo se limita a quitarse el ligero abrigo que traía puesto para después tomar, nada amigable, el pañuelo que el hombre que estaba a su lado le ofrecía. Yo quedo paralizado viendo la escena y después, levanto mi mirada hacia Lorey, quien me mira sumamente preocupada. Ella desvía su mirada de mí y veo que se acerca a la mujer.

-Señorita -trata de hablarle, pero la mujer la manda a callar de inmediato.

-¡Cállese! ¡Cállense todos! -demanda molesta mientras sigue limpiando su vestido y veo que, de la nada, empieza a sonreír sarcástica-. Así que... -dice mientras se sigue limpiando-... esta es la clase de empleados que hay aquí -completa y, ante su último comentario, decido acercarme.

-Señorita...

-¡He dicho que se callaran! -manda y es lo que hago al tiempo en que el hombre que se encontraba a su lado me mira serio y le hace una seña a Lorey para que me retire.

-Señorita, Foster.

-¿Acaso no conoce el significado de callarse? -cuestiona furiosa cuando, por fin, ha levantado la mirada para concentrarse en aquel hombre.

-Sí, sí, señorita, perdón -contesta nervioso y ella solo sonríe burlona y vuelve a prestarle atención a su vestido mientras empieza a caminar hacia el ascensor. Veo que una mujer, quien al parecer era una especie de secretaria o asistenta, se apresura en presionar el botón que hace que el ascensor abra sus puertas.

-Kansas, ven -escucho la voz de Lorey a la vez que siento cómo toma mi brazo y me jala como regresando a la cafetería de la planta ejecutiva.

-Lorey, yo... -la miro preocupado y ella me mira de la misma manera-. No fue mi intención, yo...

-¡Y despida a ese incompetente! -escucho de repente y, de inmediato, me giro para poder ver a la mujer; sin embargo, las puertas del ascensor ya se habían cerrado. Lo único que veo es al hombre que le había ofrecido la ayuda a esa mujer. Este me mira furioso y camina en mi dirección hasta llegar a mi lado y desviar su mirada a Lorey.

-Señor, yo... -mi supervisora y amiga trata de decir algo, pero aquel no la deja.

-Agradezca que no la despido a usted también -es lo único que le dice y se va.

Después de que aquel hombre desapareciera, el lugar se queda en silencio, ni Lorey ni yo decimos palabra alguna. Yo solo me quedé concentrado en observar el ascensor que, minutos atrás había tomado aquella prepotente mujer.

-Lo lamento, Kansas -escucho la voz de Lorey y volteo a verla fijamente y suplicante.

-¿No podrías...

-Lo siento... -expresa muy apenada.

-¿Y el bar? -le cuestiono esperanzado.

-Lo lamento -es lo único que articula y, desde ahí, no digo más, ya que, a este punto, el miedo de haberme quedado sin trabajo empezó a invadirme.

«Ángeles», pienso

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