"El número que usted marcó no está disponible por el momento. Por favor, intente de nuevo más tarde". La grabación, monótona y distante, resonó en la fría sala de urgencias.
La enfermera, visiblemente impaciente, miró a Freya Brown. "¿Sigue sin poder contactarlo?".
Freya dejó el celular a un lado y esbozó una sonrisa agotada. "¿Puedo firmarlo yo misma?".
Con un suspiro, la enfermera le entregó el formulario de consentimiento para la anestesia, murmurando algo sobre el retraso.
Freya había llamado siete veces a Alexander Scott y aún no había recibido respuesta. Si se hubiera tratado de una cuestión de vida o muerte, podría haber fallecido antes de que su esposo siquiera se diera cuenta.
Su mano comenzó a entumecerse después de que la anestesia hiciera efecto, y el médico empezó a extraerle fragmentos de vidrio de la palma mientras le preguntaba cómo se había lastimado.
Su accidente no había sido nada dramático: simplemente no podía dormir y pensó que sería bueno hacer algo útil. De alguna manera, mientras intentaba limpiar una ventana, el cristal explotó de repente y se esparció por todas partes.
Mientras el médico trabajaba, alzó la mirada y le preguntó si solía tener problemas para dormir.
Ella negó con la cabeza y respondió que la mayoría de las noches dormía bien, pero que esa noche era diferente. Tenía demasiadas cosas en la mente.
Su celular vibró, interrumpiendo la conversación.
Lo tomó, lo desbloqueó y vio un mensaje de un número desconocido. Adjunto había un video.
Aunque la iluminación era tenue y poco clara, Freya reconoció al instante a Alexander.
Llevaba el traje que ella le había elegido esa mañana, con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos, su alta figura descansando relajadamente en el sofá. Dondequiera que fuera, sus facciones afiladas atraían todas las miradas de la habitación.
Sin embargo, no se percibía calidez en sus ojos. Incluso cuando sonreía, se notaba una distancia que mantenía a todo el mundo a raya.
Pero mientras observaba, se hizo evidente lo cerca que estaba de la mujer que tenía a su lado.
Después de tres años, Freya reconoció enseguida a Yvonne Bianca.
El corazón de Alexander siempre le había pertenecido a esta mujer.
Sentada justo a su lado, Yvonne llevaba un vestido de seda negra vintage que resaltaba aún más su suave piel y sus delicadas facciones. Su estancia en el extranjero le había conferido un encanto elegante y artístico. Estaba mirando a Alexander con tanto afecto que cualquiera podía darse cuenta de lo que sentía.
Las risas y los gritos juguetones de la multitud los instaron a beber juntos. Las mejillas de Yvonne se tiñeron de rosa, aunque sus ojos nunca se apartaron de Alexander, llenos de esperanza y anhelo.
Alexander mantenía una sonrisa despreocupada mientras alzaba su copa, con una mirada fría e indescifrable.
El video terminó ahí.
Freya apretó con fuerza el celular y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
De repente, entendió la razón por la que Alexander no había contestado sus llamadas.
Claro, estaría con Yvonne en cuanto ella volviera.
La idea le había rondado en la mente toda la noche, y por eso no había podido dormir.
Sin embargo, una cosa era saberlo y otra verlo con sus propios ojos. Por mucho que Freya lo intentara, no podía fingir indiferencia.
Su mano derecha, recién vendada, tembló mientras le escribía un mensaje a Alexander. "Es hora de formalizar el divorcio. Te veré en el registro civil a las diez de la mañana".
Ni una sola vez en los tres años de su matrimonio Alexander había mirado a Freya con algo que se pareciera al afecto. Cada mirada de él no transmitía nada más que frialdad o desprecio.
Nunca ocultó su resentimiento. Su tía, Tricia Scott, la persona a la que más despreciaba, fue quien lo obligó a casarse con ella. Para Alexander, casarse con Freya significó pasar tres años separado de la mujer que amaba de verdad.
En ese entonces, ella también se sentía atrapada. Su abuelo, Brett Brown, luchaba contra el cáncer, y los tratamientos para salvarle la vida costaban una fortuna. Cuando Tricia le ofreció una forma de ayudar a su familia a cambio del matrimonio, Freya no tuvo más remedio que aceptar.
La culpa la había perseguido desde el principio. Se entregó por completo a cuidar de Alexander, atendiendo cada una de sus necesidades y tragándose en silencio todas sus palabras hirientes.
En el fondo, esperaba que algún día él reconociera sus esfuerzos, que tal vez le mostrara un mínimo de amabilidad después de todo lo que había hecho. Pero cuando más lo necesitaba, pidiéndole solo su firma para un procedimiento médico rutinario, él estaba en otro lugar, bebiendo con la mujer que adoraba.
Sintió un dolor intenso mientras las lágrimas se deslizaban entre sus dedos.
Cuando terminó de recibir su tratamiento intravenoso en el hospital y salió, la oscuridad ya se había cernido sobre la ciudad. Apenas había girado la llave en el encendido de su auto cuando sonó su celular; el tono de llamada personalizado le indicó que era Alexander.
La lógica le decía que lo ignorara, pero la costumbre pudo más y contestó.
Forzó su voz para que sonara indiferente. "¿Hola?".
La voz al otro lado no le era familiar. "Freya, Alexander bebió demasiado en Nocturne. Ven a llevarlo a casa".
Antes de que pudiera responder, la llamada se cortó.
No tenía intención de ir, pero una nueva preocupación la invadió: si Alexander terminaba pasando la noche con Yvonne, ¿se molestaría siquiera en presentarse para el divorcio al día siguiente?
Su mente dio vueltas por un momento y, luego, arrancó el motor y se dirigió al club nocturno.
Una vez estacionado el auto, Freya bajó la mirada hacia el vendaje blanco que envolvía su mano derecha. Por un breve instante, la imagen elegante de Yvonne en el video le vino a la mente. Se quitó la venda; no quería mostrar debilidad ni entrar con aire de derrota.
Esa noche, la dignidad importaba más que la comodidad. Incluso si había perdido, no dejaría que la vieran rota.
Al entrar en el salón privado, Freya encontró el lugar repleto de gente desplomada por el exceso de alcohol. Alexander estaba sentado apartado de todos, en la misma pose que en el video: con los ojos cerrados, aparentemente dormido, con un aspecto mucho más sereno que cuando estaba despierto.
Sin embargo, su atención no se centró primero en Alexander, sino en Yvonne, que se apoyaba en él, sonrojada y delicada por el alcohol.
Las mejillas sonrosadas de esta última solo aumentaban su encanto.
Freya no pudo evitar fijarse en su propio reflejo en el cristal: un cárdigan puesto a la carrera sobre su ropa de casa, sin maquillaje, sin estilo alguno. Parecía en todo sentido la típica esposa cansada, y el contraste con la elegancia de Yvonne era casi doloroso.
En cuanto esta la vio en la puerta, se enderezó de inmediato, fingiendo sorpresa. "Señora Scott, por favor, no lo tomes a mal. Solo bebí un poco de más y me sentí un poco mareada, así que me apoyé en Alexander", explicó con tono inocente.
Freya captó al instante la capa oculta tras las suaves palabras de Yvonne. Era el tipo de inocencia gentil que ella usaba para disfrazar sus propias intenciones, un talento que había pulido a la perfección en los últimos tres años.
Antes de que Freya pudiera responder, otra voz intervino: "¡Yvonne, no seas ridícula! Todo el mundo sabe que a Alexander le gustas tú. No soporta a esa mujer, y odia que alguien la llame 'señora Scott'".
El comentario vino de Bailee Bianca, la hermana menor de Yvonne.
La sala estalló en carcajadas y todos miraron a Freya con el mismo desdén de siempre.
Yvonne se apresuró a hacer de pacificadora. "Bailee, ya basta. Le guste o no a Alexander, ella sigue siendo su esposa", dijo, reprendiendo a su hermana con la dosis justa de dulzura.
Luego se volvió hacia Freya con una sonrisa dulce y de disculpa. "Por favor, no le hagas caso. Siempre ha sido una mimada".
Freya no sintió ni una pizca de ira. "No pasa nada. Está diciendo la verdad. Alexander sí me odia".
Bailee soltó una risita estridente. "Al menos por fin lo admites".
Freya le dedicó a Yvonne una sonrisa mesurada. "¿No es gracioso? Por mucho que Alexander no me soporte, sigo siendo su esposa. Y por mucho que te prefiera a ti, sigues siendo solo la otra".
La pesada frase quedó flotando en el aire.
El rostro de Yvonne, enrojecido por el alcohol, se tornó pálido.
"¡Qué descarada eres! Tú eres la razón por la que Alexander y mi hermana no están juntos. Si nunca hubieras aparecido, ahora serían una verdadera familia con sus propios hijos hermosos", gritó Bailee, furiosa.
Freya casi soltó una risa amarga. ¿Hijos? Quizá alguien debería preguntar si Alexander era siquiera capaz de darle un hijo a Yvonne.
Durante tres años, ella lo cuidó y atendió hasta que se recuperó por completo, ocupándose de cada pequeño detalle para que pudiera tener una vida normal.
Ahora, después de todo el trabajo que había invertido, ¿se suponía que debía hacerse a un lado para que Yvonne ocupara su lugar?
Entre más pensaba en ello, más aumentaba su mal humor.
Freya ya no tenía ganas de seguir discutiendo con esas dos. Atravesó la sala, se inclinó junto a su esposo y lo llamó suavemente. "Alexander, despierta".
Él apenas se movió, perdido en su propio mundo y completamente ajeno al ruido que lo rodeaba.
Bailee no pudo resistirse a lanzar otra pulla sarcástica. "Alexander, abre los ojos. Tu ama de llaves ha llegado", dijo, con un tono cargado de sarcasmo.
El comentario desató risas entre el grupo.
Uno de los hombres agregó: "¿De dónde sacó Alexander a un ama de llaves tan leal? He oído que le ha estado preparando sopa casera todos los santos días durante tres años enteros".
"Si te vieras como él, las mujeres también se rendirían a tus pies. Ella es solo otra admiradora". Alguien más soltó una carcajada.
Todos en la sala observaron a Freya como si fuera el centro de una broma que llevaba mucho tiempo.
Esta ignoró las risas y se concentró en Yvonne. "¿Cuánto cuestan tus cuadros en estos días? ¿Unos cien mil cada uno, quizá?".
"¿Por qué te interesa?". Antes de que Yvonne pudiera responder, Bailee intervino, lanzándole una mirada fulminante para defender a su hermana.
Freya cambió su mirada hacia esta. "¿Y tú? ¿Cuánto te da tu familia al mes? ¿Cien mil, doscientos mil, o quizá quinientos mil?".
Bailee se rio con desdén. "¿Por qué eso te importa?".
Freya solo sonrió con calma. "Por ninguna razón en particular. Solo tenía curiosidad si ustedes, las ricas, reciben más con sus mesadas que yo como la supuesta ama de llaves. Verán, yo gano un millón al mes y tengo acceso ilimitado a la tarjeta de crédito de mi esposo".
Cuando Freya terminó de hablar, la sala se sumió en un profundo silencio.
La mención de su acceso ilimitado a la tarjeta de crédito de Alexander tocó una fibra sensible en los instigadores. La envidia brilló en los ojos de Yvonne, fugaz pero inconfundible.
Freya disfrutó del silencio, saboreando el pequeño placer de ver sus rostros atónitos.
Sabía perfectamente cómo se comparaban las mesadas de esas mujeres con la suya: ninguna podía igualar lo que ella recibía mensualmente, y todas tenían límites de crédito.
Con una sonrisa fría y desdeñosa, pasó su brazo bajo el de él y comenzó a guiarlo hacia la puerta.
El mesero se apresuró a acercarse, listo para ayudar.
Justo antes de cruzar la puerta, Freya se detuvo y miró hacia atrás, al grupo. "Esta noche corre por mi cuenta. Diviértanse a lo grande. Si gastan menos de un millón, estarán insultando la reputación de mi esposo".
Finalmente, sintió como si parte del peso que cargaba se hubiera aliviado.
Abandonó el club con la cabeza en alto, y el mesero la ayudó a acomodar a Alexander en el auto. Ella le agradeció, se sentó al volante y se alejó.
Cuando llegaron a la Villa Bahía, su hogar, Freya apenas logró acomodar a Alexander en el sofá cuando este abrió los ojos de repente. El encanto que solía brillar en sus ojos cuando estaba con Yvonne desapareció, reemplazado por pura frialdad y desprecio abierto.
Entonces, no había estado borracho en absoluto. Simplemente se quedó ahí sentado, sin hacer nada mientras Yvonne y los demás la humillaban.
Por más que esto pasara a menudo, aún le dolía.
Freya se tragó el dolor y la decepción. En un tono sereno, preguntó: "¿Quieres que te prepare algo para comer?".
Alexander mostró una mueca de burla. "¿No dijiste que nunca más volverías a cocinar para mí?".
Sus palabras llevaban un toque de acusación, como si pudiera ver a través de cada máscara que Freya intentaba usar.
Ella mantuvo la voz suave. "Prepararte un vaso de leche no me tomará mucho tiempo".
Freya solía hacerle sopa todos los días, pero él nunca la disfrutaba. A pesar de sus intentos de animarlo, él siempre se quejaba de que sabía a medicina, amarga e insoportable.
Nunca se dio cuenta de que en realidad era un medicamento, cada tazón preparado para ayudarlo a recuperar su salud.
Se rumoreaba que Alexander no sentía atracción por las mujeres y él parecía convencido de que era inmune a la tentación. Ni una sola mujer, ni siquiera una desnuda en sus brazos, podía despertar su deseo.
La verdad era que nunca tuvo la oportunidad. Su enfermedad crónica lo había dejado demasiado débil, y cuando llegó a la adultez, su cuerpo simplemente dejó de funcionar. Tener hijos estaba fuera de discusión.
La razón por la que Tricia lo obligó a casarse con Freya no tenía nada que ver con el miedo a la influencia o el poder de Yvonne. Eligió a Freya simplemente porque ella podía ayudarlo a recuperarse.
Sin embargo, ese secreto era algo que Alexander nunca descubriría.
"¿Ah, de verdad? ¡Qué amable de tu parte, de verdad!". Alexander frunció el ceño, malinterpretando sus intenciones.
Freya decidió cambiar de tema, y su tono se volvió más profesional. "Bien, nada de leche. Hablemos del divorcio. ¿Viste mi mensaje? Mañana a las diez. No dejes que tu asistente lo posponga. Hagámoslo oficial".
Él no dijo nada, negándose a mirarla.
"Lamento haber ocupado el lugar de Yvonne todo este tiempo. Solo dame una noche más y mañana estaré fuera de tu vida". Un dolor sordo le apretó el corazón a Freya, pero se obligó a no decir nada más.
Alexander debería haberse sentido aliviado al oír que Freya aceptaba el divorcio, pero la forma en que ella hablaba, tan tranquila y distante, solo hizo que su ira se encendiera.
Su voz se volvió fría. "Entonces, ¿eres tú quien se aparta del camino por Yvonne y por mí, o soy yo quien se aparta por ti?".
Freya parpadeó, tomada por sorpresa. "¿Qué intentas decir?".
"Sabes perfectamente a qué me refiero", replicó él con mirada penetrante.
Ella lo miró a los ojos, negándose a dejarse intimidar. "Si tienes algo que decir, solo dilo".
"No te hagas la inocente. Tricia acaba de morir y ahora estás ansiosa por irte. ¿No será porque sabes que ya no recibirás ese millón mensual? Sabes muy bien que sin ella ni siquiera te dejaría vivir en esta casa, y mucho menos te daría acceso ilimitado a mis tarjetas. Alguien como tú, dispuesta a dejar de lado tu autoestima por dinero, sin duda empezará a buscar a su próxima víctima de inmediato", se burló Alexander.
Sus palabras eran crueles, pero Freya había oído cosas peores a lo largo de los años. Eso no significaba que dejaran de dolerle.
En el primer año de su matrimonio, cada céntimo que recibía de Tricia iba directamente a los tratamientos contra el cáncer de su abuelo.
Después de que Brett falleciera, los pagos mensuales se destinaron a hierbas y remedios raros para desintoxicar el cuerpo de Alexander, cuidadosamente guardados para cuando más los necesitara.
El mes pasado, una píldora milagrosa se vendió por veinticuatro millones en una subasta exclusiva, y Freya fue quien la compró.
Esa píldora estaba haciendo su efecto en Alexander. La transformación era innegable: de repente, ya no le costaba mostrar un interés real por las mujeres.
Con todos los recursos a su disposición, Alexander no tardaría en descubrir en qué se gastaba su fortuna.
Sin embargo, se negaba a creer nada bueno de Freya y se aferraba a la idea de que a ella solo le importaba el dinero. Pensaba que, aunque la verdad estuviera frente a él, la retorcería para convertirla en otra estratagema de la que ella supuestamente se había beneficiado.
"¿Dije algo que te impactó tanto que olvidaste cómo responder?", presionó él, buscando una reacción cuando ella se quedó callada.
Freya había oído tantos insultos de su parte que había aprendido a ocultar sus sentimientos e ignorarlos.
Mañana terminarían las cosas, y se recordó a sí misma que solo necesitaba pasar una noche más.
Estabilizó sus pensamientos antes de ofrecerle una suave sonrisa. "Si creer eso te ayuda a dormir por la noche, adelante".
Se levantó de su asiento, dispuesta a marcharse.
Justo cuando pasaba junto a él, la agarró de la muñeca y tiró de ella hacia el sofá.
Se cernió sobre Freya, quien pudo oler el aliento en su alcohol mientas se inclinaba más.
"¿Te volviste loco?". La cercanía la puso tensa y sintió que el peligro se acercaba.
Alexander la miró con una frialdad que la inquietó. "Freya, has sido mi esposa durante tres años y nunca te has comportado como tal. ¿Crees que nuestra familia acepta a los aprovechados? Quiero saber si realmente vales el millón que te llevas cada mes".
No esperó respuesta y apretó su boca contra la de ella con una brusquedad que no contenía afecto.
Freya reaccionó por instinto e intentó apartarlo, pero sus manos se quedaron inmóviles cuando un pensamiento repentino cruzó su mente.
Ver desvanecerse su resistencia solo hizo que el desprecio de Alexander se retorciera más en sus ojos, sin embargo, su cuerpo se inclinó hacia ella, impulsado por un impulso de dominarla por completo.
No se le ocurrió ninguna explicación para la forma en que de repente se sintió atraído por la presencia de Freya.
Habían compartido la misma cama durante tres años, pero nunca antes lo había visto con este deseo.
A Alexander le parecía lógico que su nueva obsesión por perseguir a otro hombre fuera lo que lo había provocado esta vez.
Su matrimonio estaba terminando, pero aún quería dejar un recuerdo que ella nunca olvidaría.
La amabilidad nunca influyó en la forma en que Alexander la trataba. No sentía más que desprecio por Freya.
Las lágrimas corrían por el rostro de la joven, pero esta vez no fueron sus crueles palabras las que la destrozaron, sino el dolor agudo e implacable.
Sin nada que perder, se defendió. Sus uñas lo arañaron con desesperación, lo que solo estimuló a Alexander a volverse aún más duro, su ira igualando el desafío de ella.
La luz del alba aún no se había asentado en la habitación cuando el teléfono de la casa despertó a Freya. Todavía medio dormida, alcanzó el celular y susurró: "¿Quién habla?".
Su garganta estaba áspera, y hasta esa simple frase le raspó al pronunciarla.
"Freya, ¿qué te pasa? ¿Te sientes mal?", preguntó la voz preocupada de Zoie Lambert al otro lado.
El calor se extendió por las mejillas de Freya y no se atrevió a confesar que Alexander la había mantenido despierta toda la noche, ni siquiera ante su mejor amiga. En su lugar, forzó una respuesta: "No es nada grave. Solo un resfriado. ¿Por qué me llamas tan temprano?".
Zoie sonaba desconcertada. "Habíamos planeado celebrar tu libertad hoy, ¿recuerdas? He estado esperando en el restaurante una eternidad y nunca apareciste ni contestaste el teléfono".
Esa mención la sacó de su aturdimiento. Se levantó de un salto, miró el reloj y sintió un escalofrío: ya eran las once de la mañana.
Ya había pasado la hora de la cita para formalizar su divorcio.
Sus ojos recorrieron la habitación, y no había rastro de Alexander por ninguna parte.
Lo maldijo en voz baja, convencida de que se había marchado sin decir una palabra.
Más tarde, en el Restaurante Luna, Zoie se quedó mirando el vendaje que envolvía la mano de Freya. Después de escuchar cómo se había hecho daño y cómo lo había manejado sola, la ira de Zoie estalló.
"¡Tu esposo es un descarado! ¿Qué clase de marido desaparece cuando su mujer está lesionada? Necesitabas que firmara los papeles y él ignoró todas tus llamadas para poder revolcarse con otra mujer. ¿Y encima te dejó enfrentar sus insultos?".
Su furia resonó por todo el restaurante, y varios clientes voltearon a mirarlas. Freya levantó una mano para cubrirse parte de la cara y murmuró: "Por favor, Zoie, baja la voz".
"¡Ni hablar! ¡Ni siquiera te he dado un buen sermón todavía! ¿Has perdido el juicio? ¿Acaso estás reconsiderando el divorcio?", dijo Zoie, casi a punto de explotar.
Freya intentó explicarse rápidamente. "No es que me esté retractando. Simplemente no pudimos hacerlo esta mañana".
Recordó haber llamado a su esposo, pero su asistente le contestó y la despachó, diciendo que estaba en una reunión.
"¡No me digas que perdiste la cita porque te quedaste dormida!", exclamó Zoie, sin creerla. Le dedicó a Freya un dramático giro de ojos. "¿Tres años de matrimonio sin que pasara nada entre ustedes, y ahora te acuestas con él la noche antes de que se supone que pongan fin a todo? ¿Esa es tu idea de una despedida dramática?".
Intentando defenderse, Freya suspiró. "¿Y qué si quería soltarme un poco antes de que todo terminara?".
Una risa interrumpió su conversación.
Freya giró la cabeza bruscamente y se encontró con los fríos ojos de Alexander.
Tenía un aspecto sacado de la portada de una revista de moda y, a su lado, estaba otro hombre con un traje impecable cuya risa aún resonaba.
Reconoció al instante a Timothy Fowler, el amigo más cercano de Alexander.
Justo al lado de Timothy estaba Yvonne. Tras escuchar el arrebato de Zoie y poner todo en perspectiva, la expresión alegre de esta flaqueó por un momento.
Claramente, Yvonne nunca se esperó esto. Había enviado a propósito ese video a Freya la noche anterior, e incluso organizó que alguien la llamara, todo con la esperanza de sembrar la discordia.
Todo debería haber salido según su plan. Se suponía que Alexander no quería saber nada de Freya, que no terminaría en la cama con ella.
Si alguien entendía el autocontrol de Alexander, era Yvonne.
Sin embargo, cuando se trataba de Freya, todo su autocontrol pareció desvanecerse.
Tal vez algo dentro de él había cambiado, y ni siquiera se había dado cuenta.
Ellos habían estado separados por océanos durante tres años, pero Freya nunca se separó de su lado. ¿Quién podría asegurar que no comenzó a verla de otra manera en algún momento?
La idea la hirió y la envidia se abrió paso más profundamente en el pecho de Yvonne, agriando aún más sus sentimientos hacia Freya.
Mientras Yvonne permanecía en silencio, Timothy decidió avivar el fuego. Le sonrió a Freya y le preguntó: "Entonces, señora Scott, ¿cómo estuvo anoche?".
Freya habría ignorado una pregunta como esa. Esta vez, sin embargo, captó el destello de advertencia en los ojos de Alexander y no pudo resistirse. Esbozó una sonrisa juguetona. "Honestamente, no fue nada del otro mundo".
Era el tipo de respuesta que heriría el ego de cualquier hombre, especialmente para alguien tan orgulloso como Alexander.
La mirada que le lanzó a Freya se volvió más fría, casi peligrosa.
Ella, sin embargo, parecía perfectamente contenta. Ya no sentía la necesidad de preocuparse por sus sentimientos, y lo miró con seguridad, inclinando ligeramente la barbilla.
El cambio en su actitud dejó a Alexander desconcertado. Se dio cuenta de que Freya ya no era la mujer amable y paciente que solía ser. Desde la muerte de Tricia, ella se mantenía firme, le lanzaba palabras afiladas y se negaba a retroceder.
Pero en cuanto recordó lo desesperada que estaba por seguir adelante, todo cobró sentido. Sin nada que ganar aquí, ¿por qué se molestaría en fingir?
"A las tres de la tarde", dijo Alexander secamente y se dio la vuelta sobre sus talones, dejando claro que no quería tener nada más que ver con la conversación.
"Alexander", Yvonne se apresuró a alcanzarlo, pero no sin antes lanzarle una última mirada a Freya mientras desaparecía por la esquina.
"Tienes agallas, Freya, al desafiar así a Alexander. Estoy impresionado", comentó Timothy con un silbido bajo, en un tono que era una mezcla rara de asombro y diversión, antes de seguir a los demás.
Ella no perdió ni un segundo pensando en las palabras de Timothy. En lugar de eso, sus pensamientos se dirigieron al anuncio de Alexander: a las tres en el registro civil, donde finalizarían el divorcio.
Al tenerlo resuelto, sintió una oleada de alivio y, por primera vez en todo el día, le volvió el apetito.