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Atada al Alfa: El Contrato de Sangre

Atada al Alfa: El Contrato de Sangre

Autor: : soniaccc
Género: Hombre Lobo
El contrato era simple: Doce meses. Una firma. Cero contacto. Para Luna, el refugio de animales de su abuelo lo es todo. Por eso, cuando las deudas amenazan con destruirlo, acepta lo impensable: casarse con Ian Sterling, el enigmático y gélido CEO de Industrias Sterling. Se dice que Ian es un hombre de acero, sin corazón y sin pasado, que solo necesita una esposa humana para calmar a su junta directiva y silenciar los rumores sobre su extraña y solitaria vida. Sin embargo, Ian guarda un secreto que la civilización no podría comprender: es el Alfa de la manada Shadow-Claw, y su humanidad es solo una máscara que pende de un hilo. El plan era mantener las distancias, pero en la noche de bodas, un simple roce de piel desata una verdad ancestral que el contrato no puede anular: Luna es su Compañera Destinada. El instinto de Ian, reprimido durante décadas, despierta con una fuerza violenta. Su lobo no entiende de leyes humanas ni de acuerdos comerciales; solo entiende de propiedad, protección y deseo. Ahora, Luna se encuentra atrapada en una jaula de oro y lujos que no pidió, protegida por un hombre que parece odiarla de día, pero que de noche vigila su puerta con ojos ámbar. Mientras el peligro acecha desde las sombras de otras manadas rivales, Luna deberá descubrir si su esposo es el monstruo que todos temen o el protector que su alma siempre necesitó. En este matrimonio, el amor no estaba en las cláusulas... pero la sangre no miente.

Capítulo 1 El Embargo

El olor a aserrín limpio, pelo de perro y medicina antiséptica siempre había sido el aroma del hogar para Luna Valdez. Desde que tenía cinco años, los pasillos del "Santuario de San Francisco" habían sido su patio de juegos, y sus habitantes, los únicos amigos que nunca la juzgaron. Pero hoy, ese aroma estaba viciado por el olor metálico del miedo.

Luna estaba de rodillas en el suelo del área de recuperación, sosteniendo una jeringuilla con la dosis exacta de insulina para Bruno, un Golden Retriever de trece años cuyos ojos nublados por las cataratas seguían cada uno de sus movimientos.

-Tranquilo, chico. Es solo un pinchazo -susurró Luna, aunque su propia voz era un hilo quebradizo.

Sus manos, usualmente firmes, temblaban. No era por el procedimiento; era por el sobre de papel manila que descansaba sobre la mesa de acero inoxidable, justo al lado de las gasas. Tenía el sello de la Oficina del Sheriff de la ciudad y una palabra escrita en negrita que parecía gritar desde el papel: DESAHUCIO.

Hacía seis meses que su abuelo, el fundador del refugio, había fallecido. Con él no solo se fue su única familia, sino también la precaria estabilidad del santuario. Luna había descubierto demasiado tarde que el anciano, en un intento desesperado por mantener las puertas abiertas durante la crisis económica, había pedido un préstamo a una entidad financiera privada con intereses leoninos. Al morir él, la deuda recayó sobre la propiedad, y Luna, una repostera que apenas lograba cubrir sus propios gastos, se encontró heredando un agujero financiero de dos millones de dólares.

Un golpe seco en la puerta de madera la sobresaltó. Era Ernesto, el único voluntario que quedaba después de que Luna tuviera que dejar de pagar salarios.

-Luna... el hombre del banco está aquí de nuevo -dijo Ernesto, evitando mirarla a los ojos-. Esta vez viene con un tasador.

Luna cerró los ojos un segundo, apoyando la frente contra el lomo cálido de Bruno.

-Diles que esperen en la recepción, Ernesto. Termino con Bruno y salgo.

Se puso en pie, alisándose el delantal manchado de comida para perros. Al mirarse en el pequeño espejo roto del baño de empleados, vio a una mujer de veinticuatro años que parecía haber envejecido una década en seis meses. Su cabello castaño estaba recogido en una coleta descuidada y sus ojos grandes, de un color miel que solía brillar, estaban rodeados de ojeras profundas.

Caminó hacia la recepción, un espacio pequeño decorado con fotos de animales que habían encontrado un hogar a lo largo de los años. Allí, rodeado de jaulas vacías y sacos de pienso a medio llenar, estaba un hombre con un traje que costaba más que todo el equipo médico del refugio.

-Señorita Valdez -dijo el hombre, consultando su reloj de oro-. Soy el representante de Vortex Holdings. Supongo que ya leyó la notificación de esta mañana.

-La leí -respondió Luna, cruzándose de brazos para ocultar el temblor de sus manos-. Pero aún me quedan cuarenta y ocho horas según la ley.

-Técnicamente, sí. Pero seamos realistas -el hombre hizo un gesto despectivo hacia el techo, donde una mancha de humedad ganaba terreno-. Usted no tiene el dinero. Mañana a las cinco de la tarde, este lugar será clausurado. Los animales que no sean trasladados a refugios municipales -donde, como usted sabe, la política de sacrificio es inmediata para los enfermos o ancianos- serán... procesados.

-¡No son objetos para ser "procesados"! -estalló Luna, dando un paso al frente-. ¡Son seres vivos! Bruno tiene trece años, nadie lo va a adoptar en un refugio municipal. Lo matarán en menos de una semana.

El hombre se encogió de hombros, imperturbable. -Mañana a las cinco, señorita Valdez. No haga esto más difícil para usted. Si coopera con el tasador hoy, podríamos considerar perdonar la deuda personal que quedaría pendiente tras la subasta del terreno.

Luna no respondió. Los vio alejarse por el pasillo, tomando notas sobre el valor del suelo, ignorando los ladridos de los perros que sentían la tensión en el aire.

Se dejó caer en el banco de madera de la entrada, aquel que su abuelo había construido con sus propias manos. El mundo se le venía encima. Necesitaba dos millones para la deuda y al menos ocho más para asegurar que el refugio no volviera a caer en esta situación; para contratar veterinarios, arreglar los techos y comprar suministros. Diez millones de dólares. Una cifra que, para ella, podría haber sido igual a mil millones.

Fue entonces cuando recordó la conversación con su amiga Sara, una periodista que cubría la sección de negocios.

"Si buscas un milagro, búscalo en la Torre Sterling", le había dicho Sara anoche entre tragos de café amargo. "Ian Sterling está en un aprieto. La junta directiva de su imperio quiere destituirlo porque lo consideran un ermitaño antisocial. Dicen que un CEO que nunca se deja ver con nadie, que no tiene familia ni pasado, es un riesgo para las acciones. Necesita una fachada humana, y la necesita ayer".

Luna había descartado la idea como una locura. Ian Sterling era conocido como "El Lobo de la Calle 50", un hombre frío, despiadado y, según los rumores, peligroso. No era alguien a quien le pides ayuda; era alguien a quien evitas para que no te devore.

Pero entonces, el ladrido ronco de Bruno llegó desde la sala trasera. Era un recordatorio de que ella no estaba luchando por su propia vida, sino por la de aquellos que no tenían voz.

-Diez millones -susurró Luna para sí misma, mirando la foto de su abuelo sobre el mostrador-. Solo necesito que me escuche tres minutos.

Se levantó con una determinación que no había sentido en semanas. Entró en su pequeña oficina trasera y buscó su único traje formal, un conjunto azul marino que guardaba para ocasiones especiales. Si iba a entrar en la guarida del lobo para vender su alma, al menos lo haría con la cabeza en alto.

No sabía nada de Ian Sterling, excepto lo que decían las revistas: que era un genio de las finanzas que nunca sonreía y que poseía una fuerza física intimidante. No sabía que el hombre no solo era un tiburón en los negocios, sino un Alfa real cuya naturaleza clamaba por algo que ninguna cantidad de dinero podía comprar.

Luna tomó su bolso, cerró la puerta del refugio con llave y miró por última vez el cartel que colgaba en la entrada: Santuario de San Francisco: Donde cada vida cuenta.

-Va por ti, abuelo -prometió, antes de caminar hacia la parada del autobús que la llevaría directo al centro financiero, al encuentro con el hombre que cambiaría su destino para siempre.

Capítulo 2 La Cita con el Diablo

La Torre Sterling no era solo un edificio de oficinas; era un monumento a la ambición humana tallado en cristal negro y acero. Luna Valdez se detuvo en la acera, sintiendo que su sencillo traje azul marino, el que guardaba para entierros y bodas ajenas, era una armadura de papel frente a la imponente estructura que se alzaba ante ella. El sol de la tarde se reflejaba en los cristales, cegándola por un momento, como si el edificio mismo intentara advertirle que no pertenecía allí.

Con la orden de embargo pesando en su bolso como un bloque de plomo, Luna cruzó las puertas giratorias. El aire en el interior estaba filtrado hasta la perfección, frío y con un sutil aroma a ozono y madera cara. El silencio era casi absoluto, roto solo por el eco de sus propios pasos sobre el mármol pulido.

-Tengo una cita con el señor Sterling -mintió Luna al llegar al mostrador de recepción, una pieza de granito que parecía flotar en el centro del vestíbulo.

La recepcionista, una mujer cuya perfección estética resultaba intimidante, ni siquiera miró la pantalla. Observó a Luna con una fijeza extraña, dilatando las fosas nasales de una manera casi imperceptible. Hubo una pausa de tres segundos donde Luna juró que la mujer la estaba... olfateando.

-Piso cincuenta, señorita Valdez -dijo la mujer con una voz robótica pero cargada de una extraña deferencia-. El ascensor privado ya ha sido programado para usted.

Luna no tuvo tiempo de preguntar cómo sabían su nombre si no había cita previa. Se dirigió al ascensor indicado. No había botones. En cuanto entró, las puertas se cerraron y sintió un tirón en el estómago. El panel digital marcó los pisos con una velocidad vertiginosa: 10, 30, 45... 50.

El Trono de Obsidiana

Cuando las puertas se abrieron, Luna se encontró en un espacio que desafiaba la lógica corporativa. No había cubículos ni secretarias. El piso cincuenta era una planta abierta de techos altísimos, con paredes de cristal que ofrecían una vista de 360 grados de la ciudad. El mobiliario era escaso y oscuro, predominando el mármol negro y la piel.

Al fondo de la estancia, de espaldas a ella, un hombre contemplaba el horizonte.

Ian Sterling era más alto de lo que sugerían las revistas. Llevaba una camisa gris oscuro que se ajustaba a unos hombros que parecían demasiado anchos para un hombre que pasaba el día tras un escritorio. Había algo en su postura, una tensión controlada, que recordaba a un depredador vigilando su territorio desde la cima de una montaña.

-Tiene exactamente tres minutos, señorita Valdez -dijo él, sin girarse. Su voz era un barítono profundo que pareció vibrar directamente en la columna vertebral de Luna-. Mi tiempo es el activo más caro de esta empresa. No lo desperdicie con preámbulos.

Luna tragó saliva, obligando a sus piernas a avanzar por el pasillo de obsidiana.

-He venido por el Santuario de San Francisco. Usted sabe quién soy y sabe que mi propiedad está en proceso de embargo.

Ian se giró lentamente. Si la presencia de su espalda era intimidante, su rostro era devastador. Tenía rasgos afilados, una mandíbula que parecía esculpida en granito y unos ojos de un gris tormentoso que, al posarse sobre ella, parecieron quemar. Luna sintió una descarga eléctrica recorrerle la piel, un instinto primario que le gritaba que corriera en dirección opuesta.

-Sé que su abuelo fue un hombre idealista y que usted ha heredado su incapacidad para los negocios -dijo Ian, rodeando su escritorio con pasos silenciosos, casi felinos-. Sé que necesita diez millones de dólares para salvar ese montón de escombros y animales viejos. Y sé que ha venido aquí porque soy la única persona en esta ciudad con suficiente liquidez y falta de escrúpulos para ayudarla.

-No busco caridad -respondió Luna, irguiéndose a pesar de que sus rodillas temblaban-. Busco un socio.

Ian dejó escapar una risa seca, un sonido sin rastro de humor. Se detuvo a escasos centímetros de ella. Luna pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo; era una temperatura febril, casi sobrehumana. El olor de él la envolvió: era una mezcla de tormenta, bosque antiguo y algo salvaje que hizo que su corazón se acelerara a un ritmo peligroso.

-¿Socio? Usted no tiene nada que ofrecerme, Luna. No tiene acciones, no tiene tecnología, no tiene influencia. -Él se inclinó, invadiendo su espacio personal. Sus ojos grises se clavaron en los de ella, y por un segundo, Luna vio un destello ámbar en el fondo de sus pupilas-. Sin embargo... tengo un problema que usted podría resolver.

Luna se obligó a no retroceder. -¿Qué clase de problema?

-Mi junta directiva -Ian comenzó a caminar alrededor de ella, como un lobo evaluando a su presa-. Consideran que mi falta de vida pública es un riesgo para la estabilidad de las acciones. Quieren un CEO que sea humano, que tenga una esposa, que dé una imagen de estabilidad familiar. Quieren una fachada.

Luna frunció el ceño, tratando de seguir el hilo de sus pensamientos. -Usted podría contratar a cualquier actriz o modelo para ese papel.

-Las actrices tienen pasados que los periodistas pueden excavar. Las modelos buscan fama. -Ian se detuvo frente a ella nuevamente, cruzando los brazos sobre su pecho musculoso-. Usted, en cambio, es una página en blanco. Una mujer que se sacrifica por animales que nadie quiere. Es la narrativa perfecta para "suavizar" mi imagen de tiburón financiero.

Él regresó a su escritorio y, con un gesto brusco, lanzó una carpeta de cuero negro sobre la superficie de obsidiana.

-Aquí está mi propuesta, Luna. No es una inversión en su refugio, es un contrato por sus servicios. Usted se convierte en mi esposa ante el mundo durante un año. Vive en mi casa, asiste a mis cenas, firma mis documentos. A cambio, yo firmo un cheque por diez millones de dólares hoy mismo.

Luna miró la carpeta. El mundo pareció desvanecerse, quedando solo el sonido de su propia respiración agitada y la mirada gélida del hombre frente a ella.

-¿Un matrimonio por contrato? -susurró ella, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.

-Un año de su vida por la salvación de su legado -sentenció Ian, apoyando las manos sobre la mesa y volviendo a inclinarse hacia ella-. Pero antes de que abra esa carpeta, debe saber una cosa: mi casa tiene reglas. Mi vida tiene sombras. Y una vez que firme, no habrá marcha atrás.

Luna extendió la mano hacia el contrato, pero antes de tocarlo, sus dedos rozaron accidentalmente la mano de Ian.

El impacto fue instantáneo.

Fue como si un rayo hubiera golpeado el edificio. Una sacudida de calor puro, de reconocimiento ancestral, recorrió el cuerpo de Luna, dejándola sin aire. Ian retiró la mano como si se hubiera quemado, sus ojos volviéndose completamente ámbar por una fracción de segundo. Sus fosas nasales se dilataron y un sonido gutural, un gruñido que no podía ser humano, vibró en el fondo de su garganta.

-Lea el contrato -gruñó él, dándole la espalda bruscamente-. Tiene diez minutos. Si acepta, firmamos. Si no, lárguese de mi oficina y no vuelva nunca.

Luna se quedó allí, con la mano aún hormigueando y el corazón martilleando contra sus costillas, comprendiendo que acababa de entrar en la guarida de algo mucho más peligroso que un simple multimillonario.

Capítulo 3 El Contrato de Sangre

El silencio que siguió al estallido de estática entre sus manos era tan denso que Luna podía oír el zumbido de la electricidad en las paredes. Ian Sterling seguía de espaldas, con los hombros rígidos como si estuviera sujetando el peso del edificio entero. Cuando finalmente se giró, su rostro era una máscara de absoluta neutralidad, pero sus nudillos, aún apretados contra el escritorio de obsidiana, estaban blancos.

-Siéntese, señorita Valdez -dijo él. Su voz había recuperado ese tono gélido, pero había una nota áspera en el fondo, como si hablara a través de cristales rotos.

Luna se dejó caer en la silla de cuero. Sus dedos aún hormigueaban. Miró la carpeta negra frente a ella como si fuera una granada a punto de estallar.

-Mi abogado, el señor Graves, ha redactado los términos -continuó Ian, sentándose y recuperando su postura de poder-. Este no es un acuerdo de caballeros. Es un documento legal blindado. Si rompe una sola de las cláusulas, el financiamiento del refugio cesará de inmediato y usted será procesada por incumplimiento de contrato.

Ian abrió la carpeta. El papel era grueso, de una calidad que Luna no sabía que existía, y las letras parecían grabadas con una precisión quirúrgica.

-Regla Número Uno: La Coartada Pública. -Ian señaló el primer párrafo-. A partir de mañana, para el mundo, usted y yo hemos mantenido una relación secreta durante seis meses. La narrativa es que nos conocimos durante una donación anónima que hice a su santuario. Los detalles de nuestra "intimidad" serán memorizados por usted. No habrá dudas, no habrá contradicciones.

-Entiendo -susurró Luna, aunque la idea de fingir amor por este hombre de hielo le parecía una tarea hercúlea.

-Regla Número Dos: La Residencia. Se mudará a la Mansión Sterling al amanecer. Tendrá su propia ala en la casa, servicio doméstico y seguridad. Sin embargo, no podrá salir de la propiedad sin mi autorización expresa o la de su escolta. Mi seguridad no acepta errores.

-¿Autorización? -Luna frunció el ceño-. Eso suena a arresto domiciliario.

-Eso es protección -corrigió él con un destello peligroso en los ojos-. Mi mundo es más peligroso de lo que usted puede imaginar, señorita Valdez. No la quiero deambulando sola por la ciudad mientras lleva mi nombre.

-Regla Número Tres: Exclusividad Total. -Ian se inclinó hacia adelante-. No habrá otros hombres. Ni amigos, ni exnovios, ni conocidos. Durante este año, usted es propiedad de la imagen corporativa de Sterling. Si un solo paparazzi la fotografía en una situación ambigua, el contrato se anula.

Luna apretó los dientes. La palabra "propiedad" le escocía en los oídos, pero la imagen de Bruno y los perros del refugio apareció en su mente, dándole la fuerza necesaria para no levantarse y marcharse.

-Y la regla más importante -dijo Ian, bajando la voz hasta que fue casi un susurro-. Cláusula de Integridad Física. Este es un matrimonio de conveniencia. No habrá contacto sexual. No habrá muestras de afecto en privado. Usted se mantendrá alejada de mis aposentos y yo me mantendré alejado de los suyos. ¿Está claro?

-Es la regla más fácil de cumplir -replicó Luna con una valentía que no sentía.

Ian tensó la mandíbula. -Eso espero.

El Sello de Sangre

Justo cuando Luna iba a tomar la pluma, un hombre delgado y de ojos extremadamente claros entró en la oficina sin llamar. Era Graves, el abogado. Traía consigo un pequeño estuche de madera oscura y una expresión de solemnidad que hizo que a Luna se le helara la sangre.

-Señor Sterling, el documento final está listo -dijo Graves, ignorando por completo a Luna.

Ian asintió. Graves abrió el estuche y sacó una pequeña daga de plata, con el mango tallado en forma de una cabeza de lobo con ojos de rubí. El metal brillaba con una luz extraña bajo las lámparas LED.

-¿Qué es eso? -preguntó Luna, retrocediendo un paso.

-En mi familia -dijo Ian, levantándose-, los contratos de esta magnitud no se firman solo con tinta. La tinta se borra, se falsifica. La sangre, en cambio, lleva la verdad de quiénes somos. Es una tradición... para asegurar la lealtad absoluta.

-Esto es una locura -Luna negó con la cabeza-. Estamos en el siglo veintiuno, no en la Edad Media. No voy a cortarme para un contrato de negocios.

Ian se acercó a ella. Su presencia era tan abrumadora que Luna sintió que el aire se volvía escaso. Él extendió su mano derecha, palma arriba.

-Diez millones de dólares, Luna. La vida de cada animal en su refugio, la cirugía de su perro anciano, el futuro que su abuelo soñó. Todo por un pequeño pinchazo. ¿Es su miedo más grande que su compromiso con ellos?

El silencio se prolongó. Luna miró la daga y luego a los ojos de Ian. Había algo en su mirada que no era crueldad, sino una urgencia casi desesperada, como si él también necesitara este vínculo para protegerla de algo que ella aún no comprendía.

-Hágalo -dijo Luna, extendiendo su mano con el corazón martilleando en su pecho.

Ian tomó su mano. Sus dedos eran largos y calientes, una calidez que quemaba. Graves hizo un corte rápido y preciso en la palma de Ian, quien ni siquiera parpadeó. Luego, Ian guió la mano de Luna. Ella cerró los ojos y sintió el frío roce de la plata. Un pinchazo agudo, un calor repentino.

-Ahora, presione -ordenó Ian.

Él juntó su palma sangrante con la de ella.

En el momento en que sus sangres se mezclaron, una sacudida eléctrica mil veces más potente que la anterior recorrió el cuerpo de Luna. Vio ráfagas de imágenes: bosques plateados bajo la luna, el olor a tierra mojada, y un aullido que resonaba en lo más profundo de su alma. Sintió un tirón invisible, una cadena de oro y fuego que se enganchaba a su corazón, uniéndola irremediablemente al hombre que sostenía su mano.

Ian soltó un gruñido bajo, un sonido visceral de posesión. Sus ojos eran completamente ámbar ahora, brillantes y salvajes.

Presionaron sus manos juntas sobre el papel del contrato, dejando una mancha doble que se fundió en un sello carmesí perfecto.

-Está hecho -susurró Graves, retirando el papel con una reverencia.

Luna retrocedió, mareada, mirando su palma. Para su asombro, el corte ya no dolía; era solo una línea fina que parecía estar cerrándose ante sus ojos.

-Váyase a casa, Luna -dijo Ian, su voz ahora cargada de una fatiga profunda-. Despídase de su vida actual. A las seis de la mañana, un coche la recogerá. A partir de ese momento, usted ya no se pertenece a sí misma. Es una Sterling.

Luna salió de la oficina sin decir palabra, sintiendo que acababa de entregar mucho más que un año de su tiempo. Había firmado un contrato con un hombre que no era un hombre, y el sabor a metal y magia en su boca le decía que las reglas del juego acababan de cambiar para siempre.

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