El sonido de la lluvia golpeando los inmensos ventanales de la mansión familiar siempre me había parecido relajante. Era una melodía constante que me recordaba que, sin importar la tormenta que azotara afuera, los muros de piedra de los Sterling siempre nos mantendrían a salvo.
Qué equivocada estaba.
Esa tarde de martes, el mármol del vestíbulo se sentía más frío de lo normal bajo las suelas de mis zapatos. Al cruzar la puerta principal, no me recibió el habitual saludo cálido de nuestra ama de llaves, Martha, ni el aroma a café recién hecho que solía inundar la planta baja. En su lugar, un silencio sepulcral, espeso y asfixiante, colgaba en el aire.
Dejé mi abrigo empapado sobre el respaldo de una silla y caminé hacia el despacho de mi padre. Las pesadas puertas de caoba estaban entreabiertas. Desde el pasillo, podía escuchar el murmullo tenso de voces masculinas y el sonido inconfundible del llanto ahogado de una mujer. Mi madre.
Mi corazón dio un vuelco. Aceleré el paso y empujé la puerta.
La escena que encontré me paralizó en el umbral. Mi padre, Arthur Sterling, un hombre que siempre se había erguido con el orgullo de pertenecer a una de las familias fundadoras más ricas de la ciudad, parecía haber envejecido diez años. Estaba hundido en su sillón de cuero, con el rostro grisáceo y las manos temblorosas ocultando sus ojos. Mi madre estaba sentada en el sofá frente a la chimenea apagada, apretando un pañuelo de seda contra sus labios, con el maquillaje corrido por las lágrimas.
De pie frente al escritorio, con un maletín abierto y una montaña de carpetas esparcidas, se encontraba el señor Vance, el abogado de la familia.
-Papá... Mamá... -Mi voz sonó frágil, rompiendo el silencio como un cristal al caer-. ¿Qué está pasando? ¿Alguien enfermó?
Mi padre levantó la mirada. Sus ojos, normalmente llenos de una autoridad inquebrantable, ahora solo reflejaban un vacío aterrador.
-Luna, cariño... -susurró mi madre, extendiendo una mano temblorosa hacia mí. Me acerqué corriendo y me arrodillé junto a ella, tomando sus manos frías-. Se acabó. Todo se acabó.
Fruncí el ceño, mi mente luchando por procesar sus palabras. Miré al abogado, buscando una explicación racional.
-Señorita Sterling -comenzó el señor Vance, ajustándose las gafas con un gesto nervioso-. Lamentablemente, la situación financiera de la Corporación Sterling ha llegado a un punto... irreversible.
Me puse de pie lentamente, sintiendo que el aire empezaba a faltar en la habitación.
-¿Irreversible? ¿De qué está hablando? Papá cerró un trato millonario hace apenas un mes. Nuestras acciones estaban estables.
-Fue un fraude, Luna -la voz de mi padre sonó ronca, cargada de una derrota absoluta-. Mi socio... Marcus. Desvió los fondos de inversión a cuentas en paraísos fiscales. Falsificó los informes financieros durante los últimos tres años. Cuando la junta directiva lo descubrió esta mañana, él ya había abandonado el país. Nos dejó con una deuda que supera nuestro patrimonio líquido por diez.
El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. ¿Fraude? ¿Deuda? Era imposible. Los Sterling éramos sinónimo de poder, de estabilidad. Yo había crecido rodeada de un lujo silencioso, educada para heredar un imperio, no para verlo desmoronarse en una sola tarde de lluvia.
-Pero... los seguros -balbuceé, desesperada por encontrar una salida lógica-. Los fondos fiduciarios. La mansión. Tenemos propiedades, tenemos inversiones...
El señor Vance negó con la cabeza, su expresión cargada de lástima.
-Los acreedores ya han iniciado las demandas, señorita Luna. Las cuentas bancarias han sido congeladas. La mansión, los autos, el fideicomiso que sus padres abrieron para usted... todo ha sido puesto como garantía contra las deudas de la empresa. En menos de cuarenta y ocho horas, el banco comenzará el proceso de embargo. Lo perderán todo. Absolutamente todo.
Las palabras cayeron sobre mí como piedras. Cientos de imágenes cruzaron por mi mente: mi padre enfrentando la cárcel por negligencia, mi madre perdiendo su hogar de toda la vida, el apellido Sterling arrastrado por el lodo en las portadas de todos los periódicos de chismes financieros.
De repente, un pensamiento me golpeó con la fuerza de un relámpago.
-¿Y los terrenos del norte? -pregunté, acercándome al escritorio con urgencia-. Las tierras forestales cerca del valle de Blackwood. Esas tierras han pertenecido a la familia de mi madre durante generaciones. No están a nombre de la empresa, son un bien privado. ¡Podemos venderlas! Es una propiedad inmensa, los desarrolladores inmobiliarios llevan años queriendo comprarla.
Mi padre soltó una risa amarga y sin humor.
-El banco las incluyó en la demanda de embargo esta tarde. Saben cuánto valen. Serán subastadas al mejor postor la próxima semana. Esas tierras son lo único que garantiza que no termine en una prisión federal, Luna.
Sentí que el estómago se me revolvía. Esas tierras eran intocables. Mi bisabuelo siempre decía que había un acuerdo antiguo de mantenerlas sin civilizar, un pacto cuyas razones se perdieron en el tiempo, pero que nuestra familia había jurado proteger. Venderlas ya era una traición a nuestra historia; perderlas a manos del banco para que fueran destruidas era impensable.
-Tiene que haber una solución -dije, mi voz endureciéndose, negándome a aceptar que esta era la escena final-. Señor Vance, usted es el mejor abogado de la ciudad. Debe haber una laguna legal, un inversor dispuesto a absorber la deuda, un préstamo de emergencia... ¡Algo!
El abogado cerró su maletín con un clic seco. El sonido resonó en la habitación, marcando el fin de nuestra antigua vida.
-De hecho... -El señor Vance dudó, intercambiando una mirada sombría con mi padre antes de volver a mirarme a mí-. Existe una opción. Un inversor privado se contactó con mi bufete hace apenas una hora, poco después de que la noticia del fraude se filtrara en los círculos internos.
-¿Quién? -exigí saber, sintiendo una chispa de esperanza encenderse en mi pecho-. ¿Quién está dispuesto a cubrir un agujero financiero de esta magnitud?
-Silas Blackwood.
El nombre heló la sangre en mis venas. Incluso en mi burbuja de privilegios, conocía ese nombre. Silas Blackwood no era solo un multimillonario; era una fuerza de la naturaleza implacable. Un hombre de negocios despiadado, conocido por despedazar empresas rivales y por su aura gélida e intimidante. Nunca aparecía en revistas de la alta sociedad y rara vez se le veía en público, pero su influencia controlaba la mitad de la ciudad desde las sombras.
-¿Blackwood? -susurré, la esperanza convirtiéndose rápidamente en desconfianza-. ¿Por qué alguien como él querría salvarnos? ¿Qué quiere a cambio? ¿Las tierras del norte?
Mi padre cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el respaldo de su sillón. Una lágrima solitaria trazó un camino por su mejilla envejecida.
-Él pagará cada centavo de la deuda, limpiará mi nombre y evitará el embargo de las propiedades -dijo mi padre con un hilo de voz-. Pero a cambio... pide el título de propiedad de las tierras del norte, y algo más.
-¿Qué más? -Mi respiración se agitó. El pánico empezó a trepar por mi garganta al ver la mirada destrozada de mis padres.
El señor Vance me miró fijamente, ajustando sus gafas una vez más.
-A usted, señorita Luna. El señor Blackwood exige un matrimonio legal con usted. Si no firma el contrato nupcial mañana a primera hora, dejará que la familia Sterling arda hasta los cimientos.
El silencio que siguió a las palabras del abogado fue tan absoluto que pude escuchar el repiqueteo de las gotas de lluvia golpeando frenéticamente contra el cristal, como si la tormenta misma intentara advertirme del peligro.
-¿Un matrimonio? -La palabra abandonó mis labios en un susurro áspero, casi inaudible-. ¿Está bromeando? Esto tiene que ser una broma enfermiza.
Di un paso hacia atrás, alejándome del escritorio de caoba como si de repente estuviera cubierto de espinas. Mi mirada saltó del rostro ceniciento de mi padre a la expresión estoica del señor Vance. Buscaba algún indicio de que todo esto era una farsa, un malentendido grotesco. Pero no había nada. Solo la cruda y aplastante realidad.
-Ojalá lo fuera, señorita Sterling -respondió el abogado, bajando la mirada hacia los documentos esparcidos frente a él-. El señor Blackwood fue extremadamente claro en sus términos. No aceptará renegociaciones. No le interesa el dinero, ni las acciones residuales de la empresa. Lo único que exige como colateral para liquidar la inmensa deuda de su padre es el traspaso inmediato de las Tierras del Norte y su firma en un contrato nupcial.
-¡No soy una propiedad que se pueda embargar y transferir! -estallé, la conmoción dejando paso rápidamente a una indignación ardiente. Mis manos se cerraron en puños a mis costados-. ¡Estamos en el siglo veintiuno! Las personas no se compran para saldar deudas de la junta directiva. ¿Por qué yo? Ni siquiera conozco a ese hombre. Jamás he cruzado una sola palabra con Silas Blackwood. ¿Por qué querría casarse conmigo?
Mi madre soltó un sollozo ahogado desde el sofá. Ocultó su rostro entre las manos, incapaz de mirarme a los ojos. Fue mi padre quien finalmente rompió su mutismo, enderezándose en su silla con un esfuerzo visible, luciendo como un hombre que caminaba hacia la horca.
-Blackwood es un hombre... particular, Luna -comenzó mi padre, su voz rasposa por la tensión-. Su imperio ha crecido de forma agresiva en los últimos cinco años. Tiene el control de la mitad de la infraestructura de la ciudad, pero su reputación es la de un lobo solitario, un depredador despiadado que destruye todo a su paso. Los grandes inversores tradicionales, los políticos de la vieja guardia... le temen, pero también desconfían de él.
-¿Y qué tengo que ver yo en su juego de poder? -interrumpí, cruzándome de brazos en un intento inútil de proteger mi propio pecho del pánico que amenazaba con asfixiarme.
-Respetabilidad -intervino el señor Vance, empujando una carpeta de cuero negro hacia el borde del escritorio-. Silas Blackwood tiene el dinero y el terror a su favor, pero le falta legitimidad social. Un linaje. Los Sterling, a pesar de este desastre financiero, somos una de las familias fundadoras. Su apellido, señorita Luna, es sinónimo de aristocracia impecable, de historia inquebrantable. Al casarse con usted, Blackwood se compra una fachada de normalidad y prestigio que ninguna cantidad de millones puede adquirir en el mercado libre. Es un movimiento de relaciones públicas calculado al milímetro.
-Y las Tierras del Norte -añadí, atando cabos con amargura-. Sus malditas fábricas y corporativos están rodeando el valle, pero nunca ha podido construir en las montañas porque son nuestras. Nos está acorralando.
Me acerqué al escritorio con paso decidido y tomé la carpeta negra. El cuero se sentía frío, casi repulsivo bajo mis dedos. Al abrirla, el olor a tinta fresca y papel caro me golpeó. Ahí estaba. Mi sentencia de muerte, meticulosamente redactada en letras de molde.
Acuerdo Prematrimonial y de Asunción de Deuda.
Comencé a leer las cláusulas en voz alta, mi voz temblando ligeramente a medida que mis ojos recorrían el papel.
-Cláusula primera... -leí, sintiendo un nudo en la garganta-. El matrimonio tendrá una duración estricta e improrrogable de trescientos sesenta y cinco días naturales. Durante este periodo, la señorita Luna Sterling residirá exclusivamente en la Mansión Blackwood, ubicada en la reserva forestal privada del señor Blackwood. Levanté la vista, incrédula.
-¿Pretende encerrarme en su mansión en medio de la nada?
-Es por cuestiones de seguridad y privacidad, según sus representantes legales -se apresuró a explicar Vance-. El señor Blackwood es extremadamente celoso con su vida privada. Exige discreción absoluta.
Volví a bajar la vista al documento, tragando saliva. Las siguientes cláusulas eran aún más frías y calculadoras.
-Cláusula cuarta: La esposa deberá acompañar al señor Blackwood a un mínimo de dos eventos públicos al mes, mostrando una actitud conyugal impecable ante los medios de comunicación. Cláusula quinta... -Fruncí el ceño, confundida por la extraña redacción de la siguiente línea-. La esposa se someterá a exámenes médicos regulares administrados exclusivamente por el equipo de salud privado de la familia Blackwood. Queda estrictamente prohibido el uso de hospitales públicos o médicos externos.
-¿Exámenes médicos? -pregunté, sintiendo un escalofrío recorrer mi espina dorsal-. ¿Para qué necesita controlarme médicamente? ¿Acaso teme que lo envenene?
El abogado se encogió de hombros, luciendo genuinamente desconcertado por primera vez.
-Son exigencias excéntricas de un hombre inmensamente rico, señorita Sterling. Los millonarios de su calibre suelen tener paranoias sobre enfermedades o filtraciones genéticas. No le daría demasiada importancia. Lo vital es la última página.
Pasé las hojas rápidamente hasta llegar al final del documento. Las letras en negrita parecían saltar del papel para grabarse a fuego en mi mente.
En caso de incumplimiento de cualquiera de las cláusulas anteriores por parte de la señorita Luna Sterling, el señor Silas Blackwood se reserva el derecho de anular el acuerdo de asunción de deuda, ejecutando inmediatamente el embargo total de los bienes de la familia Sterling y procediendo con las demandas penales por fraude contra el señor Arthur Sterling, buscando la pena máxima de prisión.
El papel resbaló de mis dedos y cayó sobre el escritorio.
El chantaje era absoluto. No había ninguna laguna legal, ninguna puerta trasera, ninguna escapatoria. Silas Blackwood no solo me estaba comprando; estaba poniendo una pistola cargada en la cabeza de mi familia y entregándome a mí el gatillo. Si me negaba, mi padre, un hombre de sesenta y cinco años con problemas de hipertensión, moriría en una celda federal. Mi madre, que nunca había trabajado un solo día en su vida, terminaría en la calle. Nuestro legado, nuestra historia, se reduciría a cenizas.
El despacho quedó sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el tic-tac implacable del reloj de pie en la esquina. Sentí la mirada de mi padre clavada en mí. No me estaba presionando, no estaba suplicando. Simplemente me miraba con la devastación de un hombre que sabe que ha destruido la vida de su única hija.
-No tienes que hacerlo, Luna -dijo mi padre de repente, su voz quebrándose. Se puso de pie, apoyando las manos temblorosas en el escritorio-. Buscaré otra salida. Me declararé culpable. Aceptaré los cargos. Encontraré la forma de que tu madre y tú conserven al menos algo del fideicomiso. No te entregaré a ese monstruo.
Miré a mi padre. Vi las arrugas profundas alrededor de sus ojos, la forma en que sus hombros, antes anchos y orgullosos, ahora se encorvaban bajo el peso de la humillación. Él me había dado todo: la mejor educación, una vida de comodidades, un amor incondicional. Durante veintitrés años, él había sido mi protector. Ahora, me tocaba a mí protegerlo a él.
Respiré hondo. El aire llenó mis pulmones, pero no me trajo ningún alivio. Sentía como si estuviera a punto de saltar a un abismo oscuro y sin fondo.
-¿Dónde tengo que firmar? -pregunté. Mi voz salió firme, desprovista de toda emoción, congelada.
-¡Luna, no! -sollozó mi madre, poniéndose de pie de un salto.
Levanté una mano para detenerla, sin apartar la vista del abogado.
-He dicho, ¿dónde tengo que firmar, señor Vance?
El abogado exhaló un suspiro tembloroso y sacó una pluma estilográfica de plata del interior de su chaqueta.
-No aquí, señorita Sterling. El señor Blackwood exige que la firma se realice en su presencia. Su equipo ha enviado un coche. La está esperando en la entrada en este momento. Si acepta, debe ir a la sede de Empresas Blackwood ahora mismo.
El corazón me dio un vuelco traicionero. No había tiempo para procesarlo, no había tiempo para despedidas ni para llorar mi libertad perdida. El depredador ya estaba esperando su presa.
Tomé mi abrigo empapado de la silla. Cada movimiento se sentía automático, como si estuviera observando a otra persona tomar el control de mi cuerpo. Me giré hacia mis padres una última vez.
-Todo estará bien -les mentí, con una sonrisa que no llegó a mis ojos-. Es solo un año. Un año, y seremos libres.
Me di la vuelta y salí del despacho sin mirar atrás, caminando por el largo pasillo hacia las puertas principales. Afuera, bajo la lluvia torrencial, un elegante sedán negro me esperaba con el motor encendido, listo para arrastrarme directamente a la guarida del lobo.
El trayecto hacia el distrito financiero transcurrió en un silencio opresivo, tan espeso que casi podía cortarse con un cuchillo. El interior del sedán negro olía a cuero impecable y, de manera inexplicable, a tierra mojada y bosque oscuro, un aroma salvaje que contrastaba violentamente con el lujo del vehículo. Observé a través del cristal tintado cómo las calles de mi infancia, los barrios residenciales de la élite donde había crecido, se desdibujaban bajo la tormenta para dar paso a los imponentes rascacielos del centro de la ciudad.
Me sentía como una prisionera siendo escoltada hacia el patíbulo. Mis manos, entrelazadas sobre mi regazo, temblaban levemente. Intenté calmar mi respiración, pero el pánico era un animal salvaje arañando el interior de mi pecho. Cada semáforo, cada giro de los neumáticos sobre el asfalto mojado, me acercaba más al hombre que acababa de comprar mi vida por el precio de una deuda.
El coche se detuvo suavemente frente a la Torre Blackwood. El edificio se alzaba hacia el cielo plomizo como un monolito de obsidiana, una estructura de cristal oscuro y acero que parecía absorber la luz a su alrededor. Era imponente, frío y despiadado, exactamente igual a la reputación de su dueño.
Antes de que pudiera siquiera intentar abrir la puerta, un hombre vestido con un traje gris oscuro la abrió por mí, sosteniendo un enorme paraguas negro.
-Señorita Sterling -dijo el hombre. Su voz era grave, casi un gruñido contenido. Tenía el cabello rapado a los lados y unos ojos de un color ámbar extraño, tan fijos y penetrantes que me hicieron sentir como una presa bajo la mirada de un halcón-. Soy Elias, el asistente personal del señor Blackwood. Sígame, por favor.
No me ofreció una sonrisa, ni una pizca de la cortesía protocolaria a la que estaba acostumbrada. Asentí en silencio, recogiendo los pliegues de mi abrigo, y salí al frío aire de la tarde.
El vestíbulo del edificio era una vasta extensión de mármol negro y líneas minimalistas. No había recepcionistas charlando, ni música ambiental. Solo un eco hueco y el sonido de nuestros pasos mientras Elias me guiaba hacia un ascensor privado de puertas plateadas. No había botones en el panel interior, solo un escáner biométrico donde Elias colocó su mano. El elevador comenzó a subir a una velocidad vertiginosa, presionándome contra el suelo, robándome el aliento.
-El señor Blackwood tiene una agenda muy estricta -advirtió Elias, rompiendo el silencio mientras los números de los pisos parpadeaban en una pantalla digital-. Le sugiero que escuche con atención, firme donde se le indique y no haga preguntas innecesarias.
Tragué saliva, pero obligué a mi barbilla a alzarse. Mi familia estaba en la ruina, mi futuro había sido vendido, pero seguía siendo una Sterling. No iba a permitir que el asistente de un matón corporativo me intimidara antes de siquiera cruzar la puerta.
-Tomaré nota, Elias -respondí con frialdad, aunque mi voz me traicionó con un ligero temblor al final.
Las puertas se abrieron con un suave murmullo en el último piso. El penthouse corporativo.
Frente a mí se extendía un despacho colosal, rodeado por ventanales de suelo a techo que ofrecían una vista panorámica y vertiginosa de la ciudad envuelta en nubes de tormenta. La decoración era espartana, dominada por tonos grises, negros y madera de ébano. No había fotografías familiares, ni arte decorativo, ni un solo toque humano. Era la guarida de un depredador.
Y allí, de pie frente al inmenso ventanal, de espaldas a la puerta, estaba él.
Silas Blackwood.
Incluso de espaldas, su presencia era abrumadora. Era más alto de lo que las fotografías de la prensa sugerían, con unos hombros inmensamente anchos que tensaban la tela de su traje negro hecho a medida. Había una quietud en él, una postura rígida y acechante que hizo que todos los instintos de supervivencia en mi cerebro gritaran en alerta roja. El aire en la habitación parecía más pesado, cargado con una electricidad estática que erizó el vello de mis brazos.
-Puede retirarse, Elias -La voz de Silas resonó en la habitación. Era un barítono profundo, áspero y oscuro, como el sonido del hielo crujiendo bajo la presión. Ni siquiera se había girado para mirar quién había entrado, pero sabía exactamente que estábamos allí.
Elias hizo una leve reverencia, casi imperceptible, y abandonó el despacho, cerrando las pesadas puertas dobles detrás de él con un clic definitivo. El sonido me hizo saltar. Estaba sola con el monstruo.
Me quedé clavada en el sitio, incapaz de dar un paso más. Mi corazón latía desbocado contra mis costillas.
Lentamente, Silas se dio la vuelta.
El aire abandonó mis pulmones en un golpe seco. Las revistas financieras lo describían como "intimidantemente apuesto", pero esa descripción se quedaba corta. Su rostro era una obra de arte tallada en granito, con una mandíbula afilada y pómulos duros. Su cabello oscuro caía en un ligero desorden sobre su frente, contrastando con la pulcritud enfermiza de su traje.
Pero fueron sus ojos los que me paralizaron. No eran oscuros como esperaba, sino de un color avellana tan claro que, bajo la luz de la tormenta, destellaban con un brillo dorado casi antinatural. Me miró fijamente, escudriñándome desde la punta de mis zapatos empapados hasta mi rostro pálido. Su mirada no albergaba ninguna calidez, ninguna humanidad. Era una evaluación fría, distante y completamente despectiva.
Instintivamente, sentí el impulso irracional de bajar la mirada y exponer mi cuello, una reacción absurda y primitiva que mi cerebro no logró comprender. Luché contra ella, clavando mis uñas en las palmas de mis manos para mantener el control.
-Luna Sterling -pronunció mi nombre, y la forma en que las sílabas rodaron por su lengua sonó como un insulto-. Pensé que las mujeres de su círculo social sabían cómo usar un reloj. Llegó tres minutos tarde.
El descaro de su comentario encendió una chispa de rabia en mi pecho, quemando momentáneamente mi terror.
-Discúlpeme si el colapso financiero de mi familia y el chantaje para obligarme a casarme con un desconocido desajustaron mi agenda, señor Blackwood -repliqué.
Silas acortó la distancia entre nosotros con pasos largos y silenciosos. Se movía con una gracia letal, sin hacer ruido, como una pantera acechando en la oscuridad. Se detuvo a menos de un metro de mí. El aroma a pino, lluvia y algo peligrosamente masculino inundó mis sentidos, mareándome. Era tan alto que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
-Dejemos las cosas claras desde el principio, señorita Sterling -dijo en un susurro áspero que me heló la sangre-. No me interesa su indignación, ni sus lágrimas, ni su falso orgullo aristocrático. Usted está aquí porque su padre es un fraude incompetente que estuvo a punto de perder las Tierras del Norte. Tierras que yo necesito. Usted es simplemente el medio para obtener un fin. Un escudo de relaciones públicas para mantener a los políticos humanos y a la prensa alejados de mis negocios.
El desprecio en sus palabras fue como una bofetada.
-Si soy solo un escudo, ¿por qué el matrimonio? Podía simplemente comprar las tierras en la subasta.
Silas estrechó los ojos, y por un microsegundo, juré que el dorado en sus pupilas brilló con intensidad.
-Hay reglas y... tradiciones que usted no comprende, y que no necesita comprender. Este contrato es un acuerdo comercial. Un año. Trescientos sesenta y cinco días en los que usted fingirá ser la esposa perfecta frente a las cámaras. Sonreirá, asistirá a los eventos y no hará preguntas. A cambio, su padre no morirá en prisión.
Se giró hacia el inmenso escritorio de cristal y tomó una pluma estilográfica plateada junto a un documento abierto. Me lo tendió sin mirarme.
-Firme.
Miré el papel. La línea punteada al final de la página parecía el borde de un precipicio. Dudé por un segundo, mi mano temblando suspendida en el aire.
-Si no firmo... -comencé.
-Si no firma, en sesenta segundos haré una llamada y su padre será arrestado antes de la cena -me interrumpió, su tono carente de cualquier atisbo de piedad-. Su madre será desalojada mañana por la mañana. Y yo compraré las tierras de todas formas por una fracción de su valor. La decisión es suya.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Tomé la pluma de su mano.
En el instante en que mis dedos rozaron los suyos, una descarga eléctrica, aguda y violenta, chisporroteó entre nuestra piel. Fue un golpe tan fuerte que solté un grito ahogado y di un paso atrás, casi dejando caer la pluma.
Silas se tensó de golpe. Un sonido bajo, gutural, vibró en su pecho, un sonido que se asemejaba aterradoramente a un gruñido. Retiró la mano como si lo hubiera quemado, sus ojos dorados abriéndose de par en par con algo que parecía puro, absoluto terror, seguido inmediatamente por una furia letal.
-Firme el maldito documento -rugió, retrocediendo bruscamente, poniendo distancia entre nosotros como si mi presencia de repente le resultara tóxica.
Con el corazón palpitando en mi garganta y la mano ardiendo donde lo había tocado, me incliné sobre el escritorio. Sin leer una sola palabra más de mi condena, tracé mi nombre en la línea punteada.
Luna Sterling había muerto. Desde ese instante, pertenecía al monstruo.