No soy todo lo que ves, pero tampoco ves todo lo que soy.
Él escupió directo en mi entrada antes de restregar su miembro erecto y deslizarlo en mi interior. Su boca soltó un gruñido de placer en tanto comenzaba a entrar y salir en un ritmo perezoso que solo le estaba dando placer a él. Luego de unos minutos en los que solo me dediqué a mirar al techo el hombre sobre mi se corrió en mi interior para luego desplomarse encima mío.
Soltando un suspiro cansino lo tomé de los hombros y lo empujé hacia su lado de la cama logrando que saliera de mi por consecuencia y lo escuché jadear recuperando el aire. Tiempo después en el que permanecí inmóvil con mis piernas abiertas en la misma posición en la que me había dejado me levanté de la cama y salí de la habitación totalmente desnuda sintiendo su semen gotear por mis muslos.
En ese momento no sentía absolutamente nada, mis emociones se encontraban apagadas, pero cuando ingresé al baño de la habitación que solía usar cuando él no estaba cerré mis ojos sintiendo todo envolverme.
La soledad, la molestia en mis zonas intimas producto de una penetración sin lubricación, pero sobre todo la forma tan denigrante en la que vivía, que, aunque fuese lo único que había conocido, no dejaba de ser algo que cualquier persona entendería que no era lo habitual.
Cuando el agua caliente se llevó mi frialdad salí de la ducha y me sequé por completo antes de dirigirme al closet y tomar una bata de seda que me llegaba hasta los tobillos. Dejé mi cabello suelto y salí de la habitación hacia el despacho de mi esposo en el primer piso. Las escaleras oscuras me dieron la bienvenida al finalizar el pasillo y la frialdad del mármol blanco me caló hasta los huesos gracias a mis pies desnudos.
Al entrar al despacho fui directo al bar y tomé una botella de whisky escoces y subí de nuevo las escaleras, pero en vez de entrar a la habitación que compartía con mi esposo fui directo hasta el balcón al final del pasillo. Cerré las puertas francesas detrás de mi y me senté en el pequeño sofá en una esquina y destapé la botella dándole el primer trago.
El ardiente líquido quemó mi garganta en el primer trago, pero luego de otros más todo se sintió más liviano. El peso de ser una esposa florero, de ser una joven de tan solo veintiséis años que no disfrutó de la vida ni un segundo de su existencia y que tampoco lo haría. Sonreí burlonamente compadeciéndome de mi misma.
La vida si era una mierda después de todo, pero al menos tenía que comer y bebidas para saciar mis ganas de beber.
El sol comenzó a asomarse entre los árboles del jardín de mi morada y esa fue la alarma que me indicó que ya era hora de volver a mi bonita vida. Cerré la botella que se encontraba por la mitad y fui de vuelta a la habitación que compartía con mi esposo. Entré en el baño para cepillar mis dientes y peinar mi cabello rubio teñido. Lo tenía hasta las nalgas, pero nadie sabía eso ya que a mi amado esposo solo le gustaban los moños bajos, por lo que estiré perfectamente mi cabello y lo amarré en la base de mi cráneo.
Mis ojos mieles se encontraban opacados por las sombras debajo de mis ojos resaltando así la piel blanca de mi cuerpo por lo que las cubrí con corrector y luego un poco de base que casi no se notara. No maquillé mis ojos y mucho menos coloqué un labial extravagante ya que a él no le gustaba nada de eso. Puse brillo labial sobre mis labios y un poquito de rubor para no parecer una muerta viviente como solía decirme él.
Luego de ello fui hasta el closet que compartía con él en donde solo tenía prendas que a él le agradaban y me enfundé en un vestido rosa palo que era su color favorito en mi y me coloqué unos tacones blancos y un par de brazaletes y salí de ahí siendo la esposa modelo que debía ser.
El hombre de cincuenta y seis años se encontraba ya de pie estirándose totalmente desnudo, ni siquiera reparó mi presencia y cruzó junto a mi para adentrarse en la ducha por lo que salí de la habitación hacia la cocina para tomarme un café bien cargado.
Zabalza Galicia era un hombre que se dedicaba a la fabricación de piezas automotrices, su fábrica se encontraba en china y él la administraba desde cualquier ciudad del mundo haciendo viajes regulares. Actualmente nos habíamos mudado a Detroit porque Galicia, como le gustaba que lo llamaran, necesitaba inmiscuirse más en el mundo actual de la industria automovilística y Detroit era el lugar perfecto para aquello.
Tomando mi café me senté en la mesa para doce personas y observé a Evolet, una señora de setenta y tantos años por encima de mi taza. Decir que me caía bien era una mentira, era una señora chapada a la antigua y su tarea en aquella casa era velar porque no me saliera del carril.
Mi esposo entró al comedor y yo recité un buenos días que él no contestó. Me gustaría decir que él se mantenía muy bien para su edad, pero no era así, su vida de joven consistió en muchos excesos y poco cuidado. Su cuerpo no estaba para nada en una buena etapa, aunque su abdomen se encontraba sin grasa debido a la dieta tan rigurosa que llevaba, su pecho pareciendo alfombra hecha con piel de león y su cabeza muy diferente a su pecho se encontraba carente de cabello a causa del estrés y su rostro se observaba demacrado y más viejo de la cuenta por todas esas malas noches con exceso de alcohol y prostitutas.
Llevé la taza a mis labios para ocultar la sonrisa que apareció cuando él se quemó con su café. Esas pequeñas cosas hacían de mi día algo divertido y no es que le deseara el mal, no, solo me alegraba que no todo saliera bien en su perfecta vida.
-Hoy me reuniré con los socios mayoritarios de una compañía automovilística -avisó y yo asentí como si realmente me interesara.
Evolet dejó frente a mi un plato con frutas y yo sin ganas comencé a comer.
-Actualmente son tres hermanos encargados de la central aquí en la ciudad y por suerte me aceptaron la reunión para proponerles fabricar sus piezas, espero en Dios y acepten -yo hice un sonido de afirmación con mi boca y continué con mi desayuno.
-Eso sería excelente, exactamente lo que busca -contesté expresándome hacia él de usted como me había enseñado.
-Por cierto, estuviste maravillosa anoche -yo sonreí evitando rodar los ojos.
Si parecer un palo seco de tiesa era ser maravillosa, pues si, lo fui.
Cuando el hombre a la cabeza de la mesa terminó de desayunar se levantó contestando una llamada de su celular y se fue sin despedirse. No esperaba que lo hiciera, pues nunca lo hacía, para él yo solo era un objeto más de la casa, algo que tenía guardado hasta que llegaba el momento perfecto para mostrárselo a los invitados o para sacarme a pasear como a un perro con correa cuando llegaban las fiestas de personas importantes a las que lo solían invitar.
Hacía mucho que no iba a una, pues en nuestra antigua ciudad no hacían mucho ese tipo de cosas.
Bajo la atenta mirada de Evolet que se encontraba en una esquina espiándome me levanté de mi lugar y me quité los zapatos frente a la escalera para subirlas de dos en dos. Recorrí el pasillo con pasos veloces y me detuve en la puerta de la habitación que usaba cuando mi amado esposo se iba. Solté los tacones en medio de la habitación y tomé la botella en la mesita de noche y le di un largo trago antes de quitarme el vestido y lanzarme a la cama a dormir hasta que se acercara la cena y tuviese que volver a ser la esposa modelo cuando mi esposo volviese.
En eso consistía mi vida desde los dieciocho años, me había casado con Galicia a esa edad y había aprendido a vivir encerrada en las cuatro paredes de la casa de turno, comiendo comida sin azúcar o grasas, bebiendo durante las noches para sentirme libre, aunque fuese en mi mente y durmiendo durante el día evitando verle la cara a la sirviente de Galicia.
Una vida de cuento de hadas.
Solo los demonios poseían esa clase de sonrisas.
-DarknessYFS
-Levántate, alcohólica -mis ojos se abrieron escandalizados al escuchar la voz de Galicia.
-No soy una alcohólica, señor Galicia -susurré poniéndome de pie con algo de dificultad.
-Si claro -contestó sin importancia -alístate, tenemos una cena benéfica hoy, me invitaron a penas en la mañana durante la reunión que tuve con los señores Hofmann, así que levántate y has lo que tengas que hacer, pero te quiero presentable.
Sabiendo que estaba enojado corrí hacia el baño para ducharme y sacar el olor a alcohol de mi cuerpo, cepillé mis dientes y evité mojar mi cabello porque perdería mucho tiempo.
Al salir fui hasta el closet y tomé un vestido color champan de hombros cubiertos y hasta los tobillos que parecía más una bata que un vestido. Me coloqué ropa interior y me enganché el vestido para luego hacerme un moño en la parte baja de mi cabeza y maquillar un poco mi rostro haciéndolo lucir lo más natural posible. Busqué entre las demás prendas y tomé una de esas telas que iban sobre los hombros y que usaban las viejas de esos eventos.
Suspiré pesadamente mientras me sentaba en la cama para ponerme los zapatos con tacón bajo, pues yo rozaba el metro setenta y mi marido a penas medía un metro setenta y dos y si me ponía zapatos altos lo haría ver más bajo que yo.
Una vez lista salí de la habitación hacia la sala para ver la hora que marcaba el reloj; eran las seis de la tarde a penas y yo me encontraba totalmente aturdida por la borrachera que me cargaba. Evolet se acercó a mí con una taza en sus manos y yo me tomé el café bien cargado que me había dado. Una sonrisa apareció en mis labios al sentir el licor acompañando el café.
-Para que soporte la noche -susurró antes de quitarme la taza e irse por donde había venido.
Me acerqué a la mesa de los muebles y tomé un chicle sin azúcar que se encontraba en un recipiente y lo mastiqué con ímpetu intentando que el sabor y el olor desaparecieran.
-Bien, tienes media hora para leer cada revista aquí, no tengo idea de quienes son estas personas, así que tú serás mis susurros de esta noche -el señor Galicia arrojó en la mesita un montón de revistas y yo me senté en el sofá cruzando mis piernas para comenzar a leerlas.
Se me daba excelente recordar rostros y asociarlos con los nombres, era lo poco que me dejaba hacer Galicia y era solo porque le sacaba provecho a ello. Media hora después había releído las revistas dos veces y estaba lista para reconocer los rostros que aparecían en esas revistas causando controversias.
Alisando el holgado vestido salí de la sala hacia la entrada de la casa. El lugar no era tan grande, solo cinco habitaciones en el segundo piso con sus respectivos baños y un balcón al fondo del pasillo, abajo había tres habitaciones y una de ellas era ocupada por Evolet, una sala enorme, recibidor, cocina, terraza y una piscina enorme en el patio trasero.
La casa era resguardada por cinco guardias y dos choferes, uno de ellos solo estaba ahí por si se necesitaba, ya que eran escasas las veces que yo salía.
Al salir me subí en el vehículo y me recosté del asiento sintiendo mi cabeza levemente mareada. Dios ¿por qué Evolet tuvo que llevarme esa botella justamente hoy?
Galicia subió junto a mí y pronto el chofer se puso en marcha hacia el lugar del evento. Todo el camino estuve ansiosa, pues llevaba meses sin salir, solo lo había hecho durante la mudanza y me mantuve encerrada en un avión sin personas alrededor.
-Te quiero bien comportada -dijo a mi lado y yo asentí en respuesta.
-Si, señor Galicia.
Los minutos pasaron y el auto se detuvo frente un enorme salón de eventos que a simple vista se veía sofisticado. Galicia bajó del auto y yo me arrastré por el asiento saliendo sola y sin su ayuda, ya que él se encontraba arreglando su saco.
Yo arreglé la tela sobre mis brazos y el vestido y él enganchó mi brazo sobre el suyo y caminamos hacia la entrada en donde había varios reporteros tomando fotos de todo el que pasara. Mi rostro se mantuvo serio mientras ingresábamos y evité mirar directo a la cámara cuando Galicia se detuvo para ser fotografiado.
Luego ingresamos al lugar y yo miré todo maravillada, definitivamente era un nuevo nivel de elegancia y derroche de dinero. Mi esposo me arrastró por el lugar, ya que mis ojos se iban hacia cada detalle bonito del lugar.
-No quieras ganarte un escarmiento -mi espalda se irguió ante sus palabras mordaces y observé todo de forma natural intentando que no se notara la euforia.
El lugar estaba repleto de mesas de seis sillas. Estas solo tenían lugares a los laterales permitiendo que se pudiese ver hacia el escenario desde el centro de la mesa. Galicia arregló su saco y se irguió acercándose a las personas y saludándolas mientras nos presentaba como el matrimonio Galicia.
-Los señores Hoffman -lo escuché susurrar, pero yo estaba más pendiente del candelabro enorme a unos pasos sobre mi cabeza.
-Buenas noches, señor Galicia -di un leve respingo ante la voz tan profunda y varonil que saludó a mi esposo.
Desviando la vista del candelabro la enfoqué en los hombres frente a nosotros y mi mandíbula casi cae al suelo si no es porque mi cerebro me advirtió que no hiciera una estupidez.
Eran tres hombres, más altos que mi esposo por mucho y por consecuencia más que yo, ya que mediamos casi lo mismo. Sus cabellos eran negros y sus ojos iban desde el azul marino, verde jade y ambarino. Tenían rasgos físicos compartidos como la nariz perfilada y la mandíbula cuadrada, pero eran tan diferentes el uno del otro, sin mencionar que las diferencias de edades no eran tan perceptibles.
Los tres estaban enfundados en trajes azul marino con corbatas negras y camisas blancas. Esos hombres eran la viva imagen de un demonio, porque los ángeles no desprendían ese poderío, arrogancia y suficiencia que estos hombres, los ángeles no tenían sonrisa endemoniada como la tenía el hombre de ojos color jade al cual le caía un mechón de cabello rizado sobre su frente que se había escapado de su perfecto cabello estirado hacia un lado.
-No sabíamos que su esposa era tan joven -escuché que dijo el hombre de ojos azules erizando toda mi piel.
Había sido el que había hablado en un principio y parecía ser el líder entre los tres, ya que se encontraba en el medio de ellos y era el único que hablaba.
-Esta es mi esposa, Calliope Galicia -yo tendí mi mano temblorosa hacia el hombre de ojos azules y este la tomó con suavidad dándole un leve apretón.
-Meyer Hoffman -se presentó y soltó mi mano dándole paso a su hermano de ojos ambarinos.
-Becker Hoffman -este lucia serio, sin ningún tipo de expresión en su rostro.
-Klein Hoffman -se presentó el hombre de ojos verdes.
Este en vez de solo apretar mi mano llevó el dorso de esta hacia su boca y se inclinó levemente dejando un beso que hizo que todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se pusieran alerta. Su sonrisa apareció nuevamente dejándome ver sus colmillos sobresaliendo de su sonrisa y ese solo hecho hizo que me estremeciera, aun cuando mi esposo tenía su mano alrededor de mi cintura de forma posesiva.
La mirada de Klein se mantuvo sobre mí los minutos en los que mi esposo entabló conversación con el señor Meyer Hofmann mientras que yo mantuve la mía en el piso.
Un suspiro de alivio escapó de mis labios cuando mi esposo se despidió y me llevó hasta la mesa que nos correspondía. Frente a nosotros no había nadie, por lo que supuse que la mesa había sido puesta para nosotros, ya que las demás parecían completas.
Invitaron a mi esposo de ultimo minuto, era obvio que no estuvo planeada nuestra participación.
La cena comenzó con platillos sofisticados que me dejaban el estómago vacío, de sabores que para ser sincera no me gustaban, pero no podía dejar nada en el plato o me ganaría una zurra por parte de Galicia. Cuando llegó el momento del postre él le dijo al camarero que pasábamos de él y a mi me tocó observar como en las demás mesas se engullían el delicioso pedazo de pastel de chocolate.
Cuando la cena acabó un hombre subió al pequeño escenario en el medio del lugar y comenzó la subasta. Un camarero dejó sobre la mesa un vaso con líquido ambarino que supuse era algún tipo de alcohol.
El señor Galicia no entró en ninguna de las subastas y mientras las demás personas pujaban ambos nos manteníamos observando toda la situación. Sin embargo, yo me revolvía nerviosa en mi lugar, pues sentía que alguien me observaba, pero al buscar de donde provenía la mirada no encontraba a nadie.
Cuando las subastas terminaron Galicia se levantó de su lugar y fue hasta el escenario para llevarle un cheque a no sé quién. Yo solo me enfoqué en observar su vaso aun con alcohol y lo tomé llevándolo a mis labios para beberlo todo de un trago sin hacer ninguna mueca.
-Hasta yo arrugo la cara cuando bebo ese Whiskey -escuché que alguien dijo y dejé el vaso en la mesa deprisa.
Mi boca se entreabrió en busca de aire al ver a los hermanos Hofmann frente a la mesa. Galicia llegó casi de inmediato y les sonrió invitándolos a sentarse en tanto yo seguía algo estupefacta.
-Su esposa es muy hermosa -alegó el de ojos verdes de nombre Klein.
-Muchas gracias -contestó Galicia tomando mi mano y llevándola hacia sus labios para dejar un beso en esta.
-¿Y cuanto tiempo llevan de casados? -esta vez habló Meyer, el que parecía mayor de los tres o al menos el líder entre ellos.
Galicia se quedó callado unos segundos y yo levanté mi mano para contar con mis dedos cuanto tiempo había pasado desde mi cumpleaños número dieciocho. Galicia observó el número en mis dedos para poder contestar.
-Ocho años -soltó con una sonrisa y el rostro del hermano que lucia completamente serio se arrugó en una mueca.
-Eso es mucho tiempo -susurró por lo bajo el hombre de sonrisa endemoniada.
-Señor Galicia, me gustaría presentarle a algunos de nuestros conocidos en este mundo ¿está interesado? -el señor a mi lado asintió una y otra vez y se puso de pie sin reparar en que yo seguía ahí.
Sin mirar atrás se fue junto a Mryer Hoffman dejándome sola con sus otros dos hermanos.
-Entonces te llamas Calliope -yo asentí en dirección al ojiverde -es un nombre muy feo -dijo sincero y yo reí suavemente ante su sinceridad.
-Nunca me ha gustado -admití hablando por primera vez en la noche.
-Vaya, si pensé en ultima instancia que eras muda y por eso estabas casada con tremendo vejestorio -yo miré hacia el otro hermano borrando mi sonrisa ante sus palabras.
-Cierto ¿Qué hace una chica tan hermosa y joven casada con un hombre como Galicia? No es que esté prejuiciando ni nada de eso, pero es que se me hace difícil saber que hay -Becker rodó los ojos ante las palabras del señor Klein.
-No creo que eso sea de su incumbencia, señor Hoffman -dije tranquila apartando la mirada de ambos para llevarla hacia la mesa.
-Tus ojos son muy bonitos -dijo cambiando de tema y mi rostro se colocó rojo sorprendiéndome en sobre manera.
¡Yo definitivamente no me sonrojaba!
-Gra-gracias -susurré apartando la mirada hacia donde se encontraba mi esposo.
- ¿Y qué música te gusta? -lo escuché cuestionar llamando mi atención.
Un suspiro salió de mis labios mientras lo miraba.
-A el señ... -me detuve al escuchar el error que iba a cometer -mi esposo no soporta mucho el ruido, así que no escucho música, señor -su ceño al igual que el de Becker se frunció y yo me quise dar un golpe en ese momento.
-Eres muy complaciente -susurró sarcásticamente y yo asentí.
-Hago lo que puedo para mantenerlo satisfecho -me encogí de hombros y la risa de Becker me hizo mirarlo sorprendida. Lo hacía de una manera tan irónica.
-No creo que sea muy difícil mantener al viejo satisfecho.
-Oye, no te refieras a él así, estas frente a su esposa -le reprochó Klein y Becker rodó los ojos.
-Si, la esposa florero, te preguntaste que es lo que hace que ella esté junto a Galicia, creo que es obvio, hermano -miró la parte de mi cuerpo visible de arriba abajo -estatus -dijo tranquilo y yo quise reír, porque definitivamente él tenía razón.
-No juzgues sin saber -Klein negó.
-Es más que obvio.
-Lo sea o no está claro que no es algo que les deba importar, él es feliz -tragué saliva sintiendo mis ojos arder -y yo soy feliz, nada más les debe importar.
Dicho esto, me levanté de la mesa y me dirigí al lugar que suponía era el baño, ya que había visto a muchas mujeres dirigirse hasta allá.
Me perdí en el pasillo y caminé hasta la puerta del fondo para abrirla encontrándome a una señora frente al espejo retocando su maquillaje. Yo me paré frente al espejo y mojé mis manos sintiendo un par de lágrimas salir de mis ojos. Así era como todos me veían, como la joven chica interesada que se casaba con un hombre mucho mayor que ella solo por dinero, porque Galicia no era atractivo, si lo fuese no fuera necesario mentir, ya que cualquiera quisiera estar con un señor mayor que se conservara bien.
Pero la sociedad piensa que al ser el viejo y yo joven y según muchos, hermosa, pues él solo tenía una sola cosa que ofrecerme y era dinero.
La señora salió del baño y yo sequé mis manos y mis ojos con papel antes de salir del baño. Al salir casi impacto con un cuerpo frente a la puerta, sino es porque frenaba con rapidez mis pasos.
-Disculpa a mi hermano -dijo Klein sacándome de mi estupefacción.
Lo tenía tan cerca que podía apreciar el olor de su perfume, algo que no sucedía hacía mucho tiempo, ya que Galicia era susceptible a los aromas de perfumes, ya que le hacían estornudar.
-Señor Hoffman -susurré sorprendida.
-Si, uno de ellos -dijo divertido.
Yo sonreí mientras me hacía a un lado para no estar tan cerca.
-No debería estar aquí -puntualicé mirando hacia la entrada que solo daba al baño de las mujeres.
-Lo sé, pero aquí es más cómodo hablar, casi todo el mundo ahí afuera me está mirando -admitió y yo asentí.
- ¿Solo venía a disculpar a alguien que no quiere ser disculpado? -él me dio esa sonrisa endemoniada que me hacía temblar y negó.
- ¿Cuál es tu color favorito? -mi ceño se frunció ante su pregunta.
-Pues me gusta mucho el rojo -dije en un susurro.
Hacía tanto tiempo que alguien no me hacía esa pregunta.
-A mi el gris -dijo como si tuviésemos teniendo una conversación de lo más normal en un parque.
Y esa sola acción hizo que sonriera, porque me hizo sentir en un lugar muy diferente al que me encontraba.
-Yo ya me tengo que ir -dije señalando la salida.
-Bien, te veo en la mesa -yo le di una suave sonrisa y caminé hacia la salida sintiendo su mirada sobre mí.
Al llegar a la mesa observé a mi esposo ya sentado y me senté junto a él. Me acerqué levemente a su oído para susurrarle y que nadie más escuchase.
-Estaba en el baño, lo esperé, pero ya no aguantaba.
Él solo asintió y siguió charlando con el señor Hoffman.
Luego de unos minutos Klein volvió a la mesa sentándose en el mismo lugar que tenía antes. Ni siquiera escuchaba la conversación entre Galicia y Meyer, sino que miraba de soslayo a Klein y en una de esas veces me atrapó observándolo y eso dio paso a una sonrisa descarada que terminé devolviéndole, pero la quité casi de inmediato al darme cuenta de lo que estaba haciendo.
Por Dios, tenía una sonrisa tan atrapante.
Luego de un rato el hombre de ojos azules se levantó y por inercia sus otros dos hermanos lo hicieron también.
-Fue un placer tenerlo aquí hoy -le tendió la mano a mi esposo y este la tomó gustoso estrechándola con fuerza.
-Espero poder hacer negocios con usted pronto -la sonrisa de mi esposo era enorme y continuó estrechando la mano de los demás hombres Hoffman.
-Fue un placer, señora Galicia -Klein me tendió la mano y como en un principio besó el dorso de esta.
Sus otros dos hermanos tomaron mi mano con un apretón calculado que se me hizo frío y distante.
Luego de aquella despedida no volví a ver a aquellos hombres, ni siquiera cuando tuvimos que recorrer todo el lugar para poder llegar a la salida. El frío de la noche azotó mi cuerpo trayéndome de vuelta a la realidad. Disfrutaba muchísimo de los ratos en los que salía, pero al ver el vehículo estacionado frente a nosotros me di cuenta de que ya había acabado.
El recorrido a casa fue silencioso, pues Galicia no decía nada y yo no quería romper el silencio, seguía flotando en aquella nube que había creado el señor Klein Hoffman, su manera de sonreírme, sus labios sobre el dorso de mi mano se sentían recientes y escalofríos viajaban por todo mi cuerpo.
Ese hombre con solo sonreír te hacía querer pecar.
Eres más que solo noches de insomnio.
-DarknessYFS
Tres días habían pasado después de aquella noche, tres días en los que esos ojos verdes seguían vagando por mi cabeza haciéndome sonreír a cada nada, su sonrisa diabólica y el brillo en sus ojos que te aseguraban diversión y perversidades.
Dejaba a mi mente fantasear sabiendo que nada más pasaría, nada más que sonrisas cómplices y conversaciones afuera de un baño, pues yo era casada, estaba atada al señor Galicia por mucho tiempo, pero eso no evitaba que dejara a mi mente escapar para sentirme por una vez libre.
Eran las cinco de la mañana y como casi todos los días yo estaba en el balcón sintiendo la brisa mover mi rostro de un lado a otro. Llevé la botella de vodka a mis labios y le di un trago largo antes de dejarla en el suelo y levantarme con pasos algo tambaleantes para dirigirme a mi habitación.
Sin ducharme me dejé caer en la cama sintiendo mi cuerpo caer rendido sobre las sábanas.
*:・゚✧ ゚:・*
-Dios mío, señora despierte -abrí mis ojos con lentitud ante el desespero de Evolet.
-Es temprano, déjame -pedí con la lengua aun adormecida.
-Tiene que acompañar al señor a un desayuno, levántese, deprisa -yo solté un risita al caer al suelo por los empujones de la mujer.
Una carcajada estruendosa perturbó el silencio de la habitación y simplemente no me pude contener.
Evolet se acercó hasta mí y me ayudó a levantar para luego arrastrarme hacia el baño y deshacerse de la bata que llevaba dejándome totalmente expuesta.
-No me veas el chikistrikis que tu jefe se enfada -volví a reír mientras la mujer me acercaba a la ducha.
Solté un grito de sorpresa al sentir el agua helada mojando mi cuerpo.
-Avisa -grité intentando salir, pero ella con un brazo me mantuvo en mi lugar y ya acostumbrándome al agua fría limpié mi cuerpo y Evolet cerró la ducha cuando terminé.
-Yo no quiero ir -lloriqueé.
-Pero vas, porque el señor Galicia te necesita ahí, según escuché a los señores con los que se juntaran les gustan socios con vidas familiares ejemplares y tú vas a fingir que no estas borracha hasta las plaquetas y te portarás como una esposa ejemplar -yo asentí cual niña pequeña y me sequé con la toalla para luego cepillar mis dientes.
Una vez terminé fui totalmente desnuda hacia la cama y me senté en ella sintiendo mis ojos pesar. Había dormido solo dos horas y que el alcohol estuviese vagando por mi sistema hacía todo más difícil.
Mi lengua estaba adormecida y la risa de loca se encontraba desesperada por salir de mis labios.
Evolet se posicionó frente a mí y me pasó la ropa interior. Me la coloqué con movimientos perezosos y seguido me coloqué el vestido color caramelo holgado y hasta las rodillas que no me ajustaba en ningún lado. La mujer se encargó de peinarme el cabello a la perfección y de ocultar las tremendas ojeras debajo de mis ojos.
Una vez totalmente lista salí de la habitación con pasos cortos hasta la cocina para tomarme un café bien cargado, pero al final fue el mismo café que Evolet me servía todos los días, uno repleto de alcohol.
Le sonreí cómplice por encima de la taza antes de terminarla por completo. Con pasos cuidadosos caminé hacia la salida y le sonreí a mi esposo abiertamente antes de subirme al vehículo.
En todo el camino miré por la ventana sintiendo mis ojos cerrarse de vez en cuando. El señor Galicia no me dijo ni una sola palabra y supuse que estaba enojado conmigo, y era de esperarse, llegar con una mujer ebria a un desayuno no era muy ético ni elegante.
-Además de apestar a alcohol pareces una muerta viviente con ese rostro tan pálido -yo solté una suave carcajada.
- ¿Cómo quiere que tenga color si no me deja usar labial? -cuestioné y el totalmente impaciente sostuvo mi muñeca con fuerza haciendo que la risa se esfumara.
-Te vas a comportar como una dama y no como una puta de cabaret sino quieres estrenar el ático de esta casa.
Gemí de dolor al sentir la fuerza con la que sostenía mi muñeca y gracias a ello la soltó de golpe intentando disimular su enfado.
Yo mordí mi labio inferior para callar la carcajada que estaba a punto de brotar, con la borrachera que me cargaba tomarme algo enserio era muy difícil.
Al llegar al lugar donde se llevaría a cabo el desayuno Galicia bajó del auto sin siquiera mirarme y como siempre tuve que bajarme sola y con lo ebria que estaba casi caí de bruces al piso.
Sonreí victoriosa al percatarme de que Galicia no me observaba, sino que se encontraba caminando hacia el restaurante.
Con pasos veloces lo alcancé para posicionarme a su lado justo antes de que el camarero le preguntara si tenía reservación. Galicia le explicó quienes nos esperaban y el camarero se ofreció a llevarnos hasta la mesa.
Yo me mantuve en silencio preocupándome más por no caerme mientras me movía a la par de Galicia. Cuando estuvimos frente a la mesa Galicia sostuvo mi mano para comenzar con su teatro del matrimonio perfecto que parecía no convencer a ninguno de los tres hombres, pero que no era del interés de uno de ellos.
-Buenos días -saludó Galicia y yo les di una sonrisa bobalicona que fue correspondida por Klein Hofmann o como yo lo llamaba: sonrisa endemoniada.
-Tomen asiento, es un placer volver a reunirnos con ustedes -aseguró el mayor de los hermanos mientras se ponía de pie para saludar a mi esposo.
-El placer es nuestro -respondió Galicia y fingiendo ser el esposo ideal me ayudó a sentar en el asiento correspondiente junto a él.
Como la anterior vez los tres se encontraban sentados frente a nosotros ambos hermanos junto a Meyer.
-Señora Galicia, está usted radiante hoy -sabía que Meyer lo decía como una burla, porque me veía de todo menos radiante.
-Gracias -susurré y me mordí la lengua para no decir nada más.
Antes de que alguno pudiese decir algo más una chica con uniforme de camarera se posicionó junto a nosotros con una libreta en sus manos lista para recibir la orden.
-Wafles con sirope de chocolate, por favor -pidió Klein.
La chica anotó todo rápidamente y espero a que los demás ordenaran.
-Wafles con crema batida y fresas -la boca se me hizo agua de solo escuchar lo que estaban pidiendo.
-Los míos con miel de maple -él último en pedí fue Becker -y jugo de naranja para los tres.
-Dos tazones de frutas -pidió Galicia secamente, luego me observó de reojo -y un café doble bien cargado.
Yo me encogí en mi lugar y miré hacia la mesa sintiendo todo moverse.
-Supongo que quiere tratar algún otro tema conmigo.
-Sus fábricas están en Asia ¿si firmamos el contrato tendrá que trasladarse hacia allá? -cuestionó Mayer.
Yo levanté la vista al escuchar su voz tan varonil y grave.
-Supone bien, suelo hacer viajes continuos a China para mantener todo en orden -explicó Galicia con fluidez.
-¿Y su esposa viaja con usted? -cuestionó Becker dirigiéndose a mi esposo por primera vez.
-No, ella se queda aquí -ante esa respuesta Klein asintió gustoso.
-Bien -dijo en alto y Galicia dirigió su mirada hacia él.
-¿Bien? -cuestionó cuidadosamente.
-Pues sí, cuando se hacen estos tipos de negociaciones hay que mantener un flujo de información detallado al principio, y no esperará usted que todo se trate a través de una pantalla -Galicia se tensó ante las palabras de Klein y rio suavemente para que pasara desapercibida su incomodidad.
-Mi esposa no se inmiscuye en ninguno de mis negocios -Becker sonrió al escuchar esas palabras.
-Lamentable, según lo que investigué su oficina no tiene más que una secretaria que le ordena el papeleo que tiene que firmar y estoy seguro de que no me quiero reunir con una secretaria para que me explique cosas que fácilmente su esposa puede hacer, ella se ve totalmente capaz de hacerlo -quise reír al notar como lo estaban acorralando y yo ni siquiera tenía idea de por qué.
En ese momento no tenía idea de nada más que no fuese una buena taza de café que me ayudara a bajar el estado de ebriedad en el que me encontraba.
Antes de que Galicia pudiese responder la chica regresó con un carrito con las órdenes de todos y las fue dejando en cada lugar de forma rápida.
Con algo de desagrado miré mi plato con el mismo desayuno de todos los días y dejé salir un suspiro algo cansino. Estaba harta de comer las mismas frutas; piña, banana, melón y sandía. Ni siquiera le ponía fresas o uvas, solo eso.
Yo tomé el tenedor para mover las frutas de forma desinteresada mostrando mi desagrado sin importarme ganarme una zurra después.
Cuando el café fue dejado junto a mi lo tomé aliviada y le di el primer sorbo sin importar que mi lengua se quemara debido a que aun se encontraba caliente y mientras lo hacía miraba el plato de Klein deleitándome con el color oscuro del sirope de chocolate.
-Me disculparé unos segundos, iré al baño -Galicia se levantó de su lugar con una disculpa y se perdió en las demás mesas.
-Hola, dulzura -saludó Klein y Mayer rio irónicamente ante el repentino cambio de su hermano.
-Hola -contesté suavemente devolviéndole la sonrisa que me daba.
-Veo que no te agrada mucho tu desayuno -yo asentí un par de veces.
-Como frutas todos los días de desayuno, ya estoy cansada -sentí la mirada inquisidora de Becker, pero decidí ignorarla.
-¿Quieres? -cuestionó con sus ojos brillando de expectación.
Yo asentí eufórica y no supe si fue por el alcohol que bailaba en mi sistema o por la sonrisa sincera que me dio, solo sé que me incliné en la mesa cuando me tendió el tenedor con un pedazo de su desayuno.
Un gemido de absoluto placer salió de mis labios al probar la deliciosa sustancia de la que me había privado por más de cinco años, la última vez que la probé fue en una fiesta en un acto de total rebeldía hacia Galicia ya que sabía que él no podría hacerme nada delante de las personas.
-Está delicioso -dije en un susurro y miré por el lugar que se había ido Galicia percatándome de que aun no aparecía.
Klein tomó otra porción y la acercó a mi para que yo me inclinaran nuevamente. Una sonrisa enorme brotó de mi labios al sentir nuevamente el sabor del chocolate sobre mi boca.
-Gracias -dije una vez tragué.
-Estas entrando en terreno peligroso -susurró Becker al ver la forma tan intensa en la que Klein me observaba.
Mientras que Mayer solo se dedicó a comer tranquilo su desayuno sin deparar en nuestro pequeño intimo momento.
-¿Dormiste bien? -cuestionó Klein ignorando olímpicamente a su hermano.
-No muy bien, la verdad -susurré.
-Parece una muerta viviente, no había ni necesidad de preguntarlo -se entrometió de forma borde el hermano que parecía odiarme sin siquiera conocerme.
-Como eso no es de tu incumbencia no tiene por qué importarte -él sonrió con fiereza al ver esa faceta que había intentado ocultar durante el tiempo que tenía sentada frente a ellos.
-No estas tan domesticada como aparentas -yo solté un suspiro ignorándolo y justo en ese momento Galicia apreció nuevamente en mi campo de visión por lo que me enderecé en mi lugar.
El resto del desayuno pasó en completo silencio con las palabras de Klein aun vagando en la mente de Galicia, pero luego de un rato el malestar que sentí se volvió insoportable y con una disculpa me levanté de la mesa para dirigirme hacia el baño.
Prácticamente corrí por el pasillo que daba al baño y cuando llegué me adentré en un cubículo para vaciar por completo mi estómago sintiendo el líquido ácido quemarme la garganta.
Cuando estuve completamente segura de que no saldría nada más, salí del cubículo y me acerqué al lavamanos para lavar mi boca ignorando la presencia de Klein en el baño.
-Aparentemente te gustan mucho los baños -susurré sosteniéndome del borde del lavamanos.
-¿Estas embarazada? -cuestionó rápidamente y yo quise reír.
-Estoy borracha -dije sin ningún tipo de tapujos y él sonrió salvajemente.
-Abre la boca -pidió y como la primera vez que me ofreció algo no pude negarme y solo hice lo que me pidió.
Un trozo de algo frío fue dejado en mi boca y sonreí mientras masticaba al sentir el fuerte sabor del chocolate en mi boca.
Klein me dio la vuelta para que quedara frente a él.
-No te asustes -susurró.
En ese momento su mano comenzó a subir por mi costado por debajo del vestido. Un escalofrío me recorrió completa ante su cercanía, su olor y el calor que emanaba su cuerpo.
-¿Qué haces? -cuestioné, pero no recibí respuesta.
Su mano se detuvo en el borde de mi ropa interior y alzó el elástico para entrar por ella algo que estaba recubierto por plástico.
-Es una tabla de chocolate, disfrútala -susurró cerca de mis labios antes de dejar un pico sobre ellos y alejarse completamente de mi para luego salir del baño dejándome completamente estupefacta sintiendo aun su embriagante aroma y el hormigueo que dejaron sus dedos sobre mi piel.
Y ese beso, ese simple roce que me dejó alucinado, que hizo vibrar cada célula de mi piel con esa simple acción.
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Al salir del baño me encontré con Galicia poniéndose de pie, por lo que me apuré a alcanzarlo. Klein se encontraba en su lugar como si no hubiese estado conmigo en el baño hacía a penas unos minutos.
-Ya nos vamos -avisó en cuanto me coloqué junto a él -fue un placer desayunar con ustedes y gracias por su tiempo.
Sin siquiera dejarme despedir me tomó de la muñeca y me arrastró fuera del lugar hacia el vehículo que ya nos esperaba en el frente.
Galicia parecía furioso, como si le hubiesen dicho algo que lo enfureció en gran medida. Pero evité preguntar ya que según él nada de eso me incumbía.
-Si ese maldito contrato no fuese tan importante hacia tiempo que los hubiese mandado a la mierda -gruñó frustrado en cuanto se subió al auto -ni siquiera lo hemos firmado y ya tiene cientos de condiciones.
Yo miré por la ventana observando los lugares que pasaban junto a nosotros.
-Tendrás que hacerte cargo de ellos cuando esté en China, claro, si es que esos imbéciles firman el contrato.
Yo asentí una y otra vez absorta en mis pensamientos recordando la sensación fugaz de sus labios sobre los míos y la molestia del plástico en un costado de mi cuerpo. Estaba deseosa por llegar a casa y comer esa barra completa con lentitud disfrutando de cada centímetro de cacao procesado.
Al llegar a casa me fui directo a la habitación y Galicia tomó unos documentos para volver a salir, por lo que me encerré en la habitación que estaba destinada para mi y pegué seguro antes de lanzarme en la cama y colocar la barra debajo de la almohada antes de quedarme completamente dormida por el cansancio que me cargada.
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Me removí incómoda al sentir a alguien en mi alrededor observándome. Al abrir los ojos me encontré con una densa oscuridad en la habitación que me dejaba saber que había oscurecido completamente.
Con precaución tanteé la mesita junto a mi hasta que sentí la lampara y pude encenderla logrando que la habitación se bañara de una tenue luz blanca.
-Aparentemente no te has vuelto a levantar -su voz hizo que me colocara alerta y no por él, sino por las personas que podrían verlo.
-¿Qué demonios haces aquí? ¿Estas loco? -cuestioné asustada mientras me levantaba deprisa -si mi esposo te ve aquí...
No pude terminar mi reproche ya que él me interrumpió.
-Tu esposo está muy feliz en un club de stripper del centro -un suspiro de alivio escapó de mis labios, pero no duró mucho.
-Evolet -susurré -los guardias -él sonrió como si lo tuviera todo controlado.
-Me encargué de ellos -dijo tranquilo antes de comenzar a caminar alrededor de la habitación para encender la luz principal.
-¿Qué haces aquí? -cuestioné una vez más.
-Te digo que tu esposo probablemente te esté siendo infiel con una prostituta en estos momento ¿y tu solo me preguntas que hago yo aquí? -yo suspiré sentándome en la orilla de la cama.
-No es nada nuevo -dije con un encogimiento de hombros.
-¿Y lo permites? -cuestionó incrédulo deteniendo su andar por la habitación.
-No es como que me importe mucho -susurré tranquila.
Él sonrió complacido con mi respuesta.
-Bien, eso me facilita las cosas -dijo algo emocionado.
-¿Cómo? -cuestioné algo confundida.
-Vine hasta aquí para hacerte una peculiar propuesta -él retomó sus pasos hasta colocarse frente a mí.
-¿Cuál? -el aliento se me escapó por completo al ver la chispa traviesa y determinada que brillaba en sus ojos.
-Vengo a proponerte que seamos amantes.