Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Hombre Lobo > Atrapada con el Rey Alfa
Atrapada con el Rey Alfa

Atrapada con el Rey Alfa

Autor: Eustoma Reyna
Género: Hombre Lobo
"¿Morirías por ellos?". El Rey Alfa preguntó eso en un tono tan gélido que el salón se quedó en silencio. Althea escuchó la respuesta mucho antes de pronunciarla... No de sí misma, sino de las mentes que gritaban a su alrededor. 'Solo sacrifícate'. 'No eres nada'. 'Deberías morir por nosotros'. Su don, o su maldición, le permitía escuchar cada pensamiento de odio, cada súplica desesperada. Aun así, ella dio un paso al frente. Eligió proteger a los débiles, a los inocentes, a los únicos que alguna vez le habían mostrado amabilidad... Incluso si tenía que pagar con su vida. Pero Gavriel Kingsley, el Rey Alfa, no la mató. Él quería algo más. Poseerla. "Ahora eres mía", susurró. "¡¿Como una esclava?!" El Rey se rio entre dientes, y su mirada se volvió tan oscura como la medianoche. "Como mi reproductora".
Leer ahora

Capítulo 1 ¿Morirías para salvarlos

"¡¿A-adónde me llevan?!".

Alteha intentó aferrarse a los fríos muros de piedra, pero solo se raspó las manos. Era demasiado débil, demasiado pequeña. Los dos hombres que la arrastraban apenas sintieron su resistencia. La jalaban como si no pesara nada.

No sabía cuánto tiempo había estado encerrada en ese oscuro calabozo al que la Luna Meena la había arrojado. Perdió la noción del tiempo mientras todos los que estaban arriba se apresuraban a huir tras recibir el mensaje de su papá, en el que ordenaba a toda la manada que escapara de inmediato. Su intento de derrocar al Rey Alfa había fracasado. Y ahora la ira del Reino de la Luna caería sobre ellos.

"Por favor...", susurró mientras la subían por las escaleras. Le ardieron los ojos por el repentino resplandor al salir a la superficie.

El mundo de arriba era un caos. Las antorchas ardían. El fuego se extendía por las cabañas. Gritos y llantos desgarraban la noche.

Althea abrió los ojos de par en par con horror. La sangre empapaba el suelo y había cuerpos tirados por todas partes. La manada de su padre estaba siendo aniquilada.

Se le rompió el corazón. Contuvo la respiración.

No les preguntó nada más a los hombres porque la respuesta ya estaba frente a ella. En cuanto vio la destrucción, supo que su manada había caído. Su padre no se convertiría en el nuevo Rey Alfa. Ahora era un traidor.

Y ella... ella estaba siendo arrastrada para morir porque llevaba su sangre.

Althea cerró los ojos con fuerza mientras dejaba caer los hombros. La Luna Meena no se la había llevado consigo. Escaparon sin ella. La dejaron aquí para enfrentar sola la furia del Rey Alfa.

La abandonaron.

Y ahora caminaría hacia el final que no merecía.

Pero cuando la arrastraron al gran salón, lo que vio le heló la sangre.

Todos estaban allí... La Luna Meena, las otras amantes de su padre, sus medios hermanos e incluso los sirvientes que la habían abandonado.

Todos de rodillas. Con las cabezas inclinadas.

Esperando.

Entonces... un grito. ¡Pum!

El cuerpo de su medio hermano se desplomó a su lado, mientras un charco de sangre se extendía como tinta por el suelo de mármol. Althea contuvo un grito.

Un hombre que le resultaba familiar dio un paso adelante, con el rostro inexpresivo y la espada goteando. Limpió el arma con la manga de su hermano sin siquiera mirarlo.

"¿Alguien más quiere intentar escapar?", preguntó, tan tranquilo como si hablara del clima.

Nadie se movió. Nadie respiró. Entonces el verdugo posó su mirada en ella. No era solo un guardia, a juzgar por su armadura con ribetes plateados y la fuerza de su presencia. Era, sin duda, uno de los guerreros de mayor confianza del Rey Alfa.

'Gamma Simón', pensó Althea en silencio. Lo reconoció porque había visitado su manada la semana pasada para entregar personalmente un mensaje del Rey Alfa.

"Esa es humana", dijo, mirando a Althea. "No hay necesidad de usar plata". Un guardia se acercó para encadenarla de todos modos.

"Muévete, sangre de traidor", soltó el guardia, empujándola hacia adelante.

Althea tropezó. Levantó los ojos, solo por un segundo, y se encontró con la mirada del guardia. Su pensamiento enfermizo la golpeó como una bofetada. 'Es la más hermosa de las hijas del Alfa Cain. Matarla sería un desperdicio... Me encantaría llevarla a mi cama primero. Me pregunto a qué sabra cuando yo...'.

Rápidamente apartó la mirada, con el estómago revuelto.

Ya fuera un don o una maldición... Odiaba esta habilidad de escuchar los pensamientos de las personas a través del contacto visual. Le había salvado la vida más de una vez, pero algunas verdades eran demasiado repugnantes para soportar.

"Conocen la ley", dijo Gamma Simón con frialdad, mirando a la manada arrodillada dentro del salón. "El Alfa Cain cometió traición y su linaje debe pagar".

"Si el resto de la manada se arrodilla, podrían salvarse. Pero la familia del traidor...", dejó que el silencio se prolongara. "Su destino le pertenece al Rey Alfa".

Todos sabían lo que eso significaba. El Rey Alfa era despiadado y solo había un destino que le esperaba al linaje de Cain... LA MUERTE.

En ese momento...

"El Rey Alfa se acerca".

El silencio cayó como un martillo.

Althea levantó la cabeza de golpe, y allí estaba él. Gavriel Kingsley, el Rey Alfa del Continente de la Luna.

Entró al salón como una tormenta con forma de hombre. Alto. De hombros anchos. Cada línea de su cuerpo irradiaba autoridad. Recorrió la habitación con sus afilados y depredadores ojos grises, sin perderse nada.

Althea tragó saliva con dificultad. No había dicho una sola palabra, pero el peso de su presencia se desplomó sobre todos en el momento en que entró. Su poder no necesitaba un anuncio. Llenaba el aire por sí solo.

A Althea se le cortó la respiración cuando sus ojos se encontraron con los de él, solo por un momento...

Pero no hubo nada... No leyó ni escuchó nada en esos ojos intimidantes.

Su don, el que siempre funcionaba, falló por primera vez.

'¿Por qué no puedo leerlo?', pensó, con el corazón latiendo con fuerza. Al darse cuenta de que se había quedado mirando demasiado tiempo, bajó la mirada rápidamente.

"Están todos aquí, Rey Alfa", informó Gamma Simón. "Excepto el Alfa Cain, su hijo Rett y su Beta Lucio".

Aun así, Gavriel no dijo nada. Caminó lentamente, con sus ojos fríos escrutando cada rostro, cada niño tembloroso, cada mujer sollozante. Luego se detuvo frente a la Luna Meena.

La mujer inclinó rápidamente la cabeza hasta tocar el suelo con la frente.

"¡Por favor, Rey Alfa!", lloró. "No sabíamos nada sobre la traición del Alfa Cain. ¡Por favor, tenga piedad! ¡Haremos cualquier cosa! ¡Perdónenos la vida!".

Silencio.

Entonces su voz, profunda y fría, llenó el salón: "¿Morirías para salvarlos?".

Resonaron jadeos y luego hubo quietud mientras el rostro de la Luna Meena palidecía.

"El castigo por traición es la muerte para el linaje del traidor", dijo Gavriel. "Pero concederé misericordia. Si uno de ustedes asume la responsabilidad".

Se quedó mirando a la Luna Meena. "Una vida por el resto. La tuya".

La Luna Meena dudó. Separó los labios, pero no salió ningún sonido. Althea no necesitaba escuchar sus pensamientos para saber lo que estaba pensando. Pero lo hizo de todos modos...

'¿Por qué debería morir yo? Soy la Luna. Noble. Importante. Esa chica débil debería ser la elegida. ¡Que muera ella!'.

Entonces las palabras salieron de la boca de la Luna Meena, afiladas y llenas de veneno.

"¡Llévensela a ella!", gritó, señalando a Althea. "¡El Alfa Cain quedará devastado si ella muere!".

Su voz se quebró por la desesperación. "¡Incluso si está escondido, matar a su hija favorita lo destrozará! ¡Ella no es nada, solo una humana débil nacida de una esclava! Nadie iniciará otra rebelión por su muerte. ¿Pero el Alfa Cain? Él sufrirá. ¡Adora a esa bastarda más que a nadie!".

Althea se quedó paralizada mientras todos los ojos se volvían hacia ella.

"¡Tomen su vida en su lugar! ¡Ella era la favorita de Cain! ¡La razón por la que enloqueció! ¡Mátenla y terminen con esto!".

Capítulo 2 Una reproductora

Los ojos de la Luna Meena ardían de odio mientras hablaba, pero su cuerpo tembloroso delataba su miedo al rey, que estaba a solo unos pasos de distancia.

Ella tenía razón: su muerte no desataría otra rebelión. Ella no era nadie, hija de una esclava, a diferencia de la Luna Meena, que provenía de familia noble. Althea era solo una de las muchas hijas del Alfa del Territorio Suroeste del Continente de la Luna, fácil de descartar y olvidar.

Althea apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir que unas manos pequeñas le agarraban la falda. Sus medios hermanos menores, los gemelos Liah y Seth, se aferraban a sus costados como cachorros aterrorizados.

"Hermana...", susurró Liah, con voz temblorosa. "¿Vamos a morir todos?".

Althea sintió una opresión en el pecho. Los niños... no merecían esto. Eran inocentes. No habían participado en la rebelión de su padre. ¿Y sus medios hermanos mayores? Sí, ellos habían celebrado la ambición de su padre y alentado la traición. ¿Pero estos dos? Solo querían vivir.

Se forzó a sonreír, a pesar del nudo en su garganta, y se arrodilló para abrazarlos suavemente.

"No se preocupen", susurró. "Ustedes dos vivirán". Luego les guiñó un ojo.

Su corazón latía con fuerza mientras se giraba para enfrentar al Rey Alfa. Él estaba allí, inmóvil, indescifrable. Su mirada fría la dejó clavada en el sitio, dificultándole la respiración. Cada paso que daba hacia ella se sentía como una cadena apretándose alrededor de sus pulmones.

Entonces, finalmente, se detuvo frente a ella. "¿Morirás por ellos?", preguntó, con voz baja y mortalmente tranquila. Arqueó una ceja, desafiante.

A Althea se le cortó la respiración. Su mirada barrió inconscientemente el salón.

'¡Solo sacrifícate! ¡No eres nada comparada con nuestras vidas! ¡Eres una deshonra para esta familia!'.

'¡Deberías morir y salvarnos! ¡Eres patética, y tu vida no tiene sentido! ¿Qué estás mirando? ¡Solo di que sí!'.

Esos eran los pensamientos de algunos a los que odiaba. Otros, a quienes compadecía, seguían llorando. Eran los sirvientes que no tenían más remedio que acatar lo que la Luna y las otras amantes les ordenaban, solo para hacerle la vida insufrible a ella.

¿Estaba realmente dispuesta a sacrificarse por ellos?

'¿Es así como realmente terminará mi patética vida?', pensó con ironía.

Luego dirigió la mirada a sus hermanitos. A los amigos... y a los pocos miembros de la manada que siempre habían sido amables con ella. Ellos eran los que le importaban. Los que amaba.

"Respóndeme", ordenó Gavriel, con voz fría como el invierno.

Althea no se inmutó. "Si mi muerte significa sus vidas, entonces sí", dijo con firmeza. "Llévame a mí".

El alboroto estalló en el salón. Jadeos. Gritos. Exclamaciones de protesta. Alguien cayó de rodillas, sollozando.

"¿Eliges la muerte?", insistió Gavriel, con voz baja y serena.

Se le hizo un nudo en la garganta a Althea, pero le sostuvo la mirada. Tragó saliva. "Elijo la vida... para ellos". Giró la cabeza ligeramente, lo justo para ver a Liah y Seth llorando detrás de ella. Seth temblaba, apenas podía respirar.

"Si con mi muerte compran sus vidas, la pagaré".

Algo parpadeó en los ojos del Rey Gavriel, pero desapareció demasiado rápido para nombrarlo.

"¡No! ¡No puedes quitarle la vida!".

La voz de Tristán de repente resonó por el gran salón como un trueno mientras se liberaba de los guardias. La sangre manchaba su barbilla; sus rodillas golpearon el suelo y él inclinó la cabeza ante el Rey Alfa.

Era uno de sus amigos más cercanos y, aunque nunca le había revelado sus sentimientos, Althea sabía que la amaba como algo más que una simple amiga.

"Por favor, a ella no. ¡Tómame a mí en su lugar!", suplicó Tristán. "¡No dejes que haga esto! ¡Tomaré su lugar!".

Más voces se alzaron.

"¡Ella es inocente!".

"¡Salvó a mi hija! ¡Por favor, tenga piedad de Lady Althea!".

"¡Tómame a mí, no a ella!".

Docenas cayeron de rodillas.

"¡Por favor, Rey Alfa! ¡Ella no merece esto!".

Althea se mordió el labio inferior, conteniendo las lágrimas que brotaban de sus ojos. Tragó saliva con dificultad y cerró los ojos. Nunca pensó que se sentiría abrumada, especialmente al borde de la muerte.

Los guardias vacilaron. Incluso los guerreros de alto rango parecían conmocionados. Entonces...

"¡SILENCIO!".

La voz de la Luna Meena cortó el caos, aguda y aterrorizada.

"¡Detengan estas tonterías antes de que nos mate a todos!", ladró, con la ira ardiendo en sus ojos. "Ella se ofreció como voluntaria. ¡Déjenla morir y terminemos con esto!".

Nadie se movió.

"¡Todos moriremos si siguen desafiándolo!", gruñó Meena. "¡Dejen que muera con nobleza y salve lo que queda de nosotros!".

El Rey Gavriel levantó la mano. El silencio cayó como una guillotina.

Miró a Althea con una expresión indescifrable. Su voz, al hablar, sonaba fría como el acero. "Ella vivirá".

Todos jadearon. Incluso los guardias parecían atónitos.

"¡¿Qué?!", espetó la Luna Meena. "¡¿Por qué?!".

El Rey Gavriel no miró hacia la Luna Meena. Mantuvo su mirada en Althea. "Ella se entregó a mí. Yo acepté".

A la joven se le detuvo el corazón. No la muerte. No la libertad. Propiedad.

Su voz apenas superaba un susurro, pero resonó en el salón. "Ella es mía ahora".

"¡¿Como esclava?!", escupió Meena.

Gavriel clavó sus ojos, oscuros como la medianoche, en ella. "Como mi reproductora".

Un segundo de silencio.

Luego jadeos. Horror. Incredulidad.

Althea no reaccionó. No podía. Estaba congelada, pero su mente se desbocó.

¿Una reproductora?

Pero estaban a salvo, ¿verdad? Él no los mataría, y eso era todo lo que importaba.

"¡¿Qué hay de nosotros?!", exigió la Luna Meena, desesperada ahora. "¡Dijiste que su vida salvaría al resto de nosotros! ¿Qué hay del resto de nosotros, mi rey?".

Gavriel posó sus ojos, apagados e indiferentes, en ella, mientras decía: "Como la Luna de Cain... y su esposa legítima... Morirás para que los miembros de su manada y el resto de su familia se salven".

La Luna Meena se tambaleó hacia atrás como si la hubieran golpeado.

"No puedes", dijo con voz áspera. "No puedes hablar en serio...".

Gavriel no parpadeó. "Llévensela".

El rostro de Meena se contorsionó: rabia, miedo e incredulidad se mezclaron mientras gritaba y arañaba a los guardias que la agarraron de los brazos.

"¡Mentiroso! ¡Tirano! Dijiste...".

Sus alaridos se desvanecieron en la distancia mientras la arrastraban al exterior, dejando un profundo silencio en el gran salón.

Mientras tanto, Althea no se movió. No podía. Su cuerpo temblaba bajo el peso de lo que acababa de suceder.

Mirando fijamente a Althea, el Rey Alfa comentó: "Estabas dispuesta a morir por ellos, pero ahora vivirás... para mí".

Capítulo 3 Su pareja destinada

Althea hizo contacto visual con el rey accidentalmente. En ese breve instante, algo se retorció en su interior. La mirada de él era fría, indescifrable, como si ya estuviera sopesando su vida, decidiendo cuánto valía.

Este hombre... la miraba como si no fuera nada. Como si fuera propiedad.

Y eso hizo que le hirviera la sangre.

Había pasado toda su vida anhelando ser libre, ¿y ahora? ¿Ahora no era más que su reproductora?

Era peor que la muerte.

"Llévenla de vuelta a su habitación", ordenó él mientras le daba la espalda.

Althea no se resistió cuando fueron por ella. Mantuvo la mirada baja.

'Si tan solo pudiera leer la mente del Rey Alfa', pensó con amargura. Eso habría hecho todo más fácil; sabría exactamente qué intenciones tenía para ella. Pero por más que lo intentara, no podía leer sus pensamientos.

'¿Por qué no puedo leer su mente?', se preguntó, frustrada. Nunca antes había sucedido.

"¡Por favor, déjenme ir con ella! ¡Soy Melva, su sirvienta personal!". Melva gritó de repente, intentando alcanzarla.

Gavriel entrecerró los ojos. Tras una pausa, dijo: "Déjenla".

Luego se giró hacia Althea. "Sabes lo que pasará si intentas alguna tontería".

Su voz era tranquila, pero tenía un tono afilado que advertía de las consecuencias. Luego, sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se alejó.

Althea se quedó mirándolo mientras se iba. Había escuchado los rumores de que el Rey Alfa era un tirano despiadado y frío, incapaz de sentir amor o empatía.

Y ahora, después de conocerlo cara a cara, parecía que cada rumor era cierto.

Los guardias las escoltaron de regreso a sus aposentos, y Melva se apresuró a atender sus heridas. Pero apenas había pasado un instante cuando la puerta se abrió de golpe otra vez. Un guardia entró y dijo: "El Rey Alfa la quiere bañada, limpia y preparada para él. Ténganla lista. Ahora".

Dentro de la habitación de Althea, Melva siguió sollozando hasta que su patrona le agarró las manos con suavidad y se las apretó tiernamente.

"Deja de llorar, Melva", dijo en voz baja. "Ya es una bendición que estemos vivas. Yo estoy viva, y también lo están las personas que me importan".

"Eso es cierto, pero aun así... ¿ser una reproductora sin un título adecuado?". Melva sorbió por la nariz, con la voz temblorosa. "Mi señora, es demasiado frágil. No podrá seguirle el ritmo al Rey Alfa. Él es un Lycan, su resistencia va mucho más allá de la de los hombres lobo comunes. Y usted... usted es una híbrida sin loba. Es más humana que cualquier otra cosa".

Althea entendía a qué se refería, pero en ese momento no le quedaba otra opción. Le ofreció a Melva una leve sonrisa. "No te preocupes. Puedo manejarlo".

Melva se secó las lágrimas rápidamente y asintió. "Sí... sí, debemos pensar en positivo. Tal vez esto podría salir bien. Ambas sabemos que el Rey Alfa se negó a tomar una reina, ¿verdad? ¿Quién sabe? Podría terminar convirtiéndose en su reina. ¡Solo necesita hacerlo bien y ganarse su favor!".

Althea apartó la mirada, con la duda oprimiéndole el pecho. No creía eso... no podía.

Era la hija de un traidor. Su padre era el enemigo jurado del Rey Alfa. Gavriel no la había acogido por amabilidad o interés. La había reclamado como reproductora, nada más. Un cruel recordatorio de que su único valor a sus ojos era calentar su cama y darle hijos cuando a él le placiera.

"Hay algo que todavía no tiene sentido. ¿Por qué la querría como reproductora?", preguntó Melva, con el ceño fruncido por la confusión. "Habría tenido más sentido si solo la tomara como esclava o... una esclava sexual. ¿Pero una reproductora?".

Althea le dedicó una sonrisa irónica y se encogió de hombros. "Es para deshonrar a mi padre. Una reproductora es básicamente una esclava sexual, solo que disfrazada con un término más aceptable".

"Sí, pero también significa que ha sido elegida para portar el linaje real", señaló Melva, entrecerrando los ojos. "¡Estamos hablando del rey Gavriel! Nunca ha tenido una amante. Odia tener mujeres a su alrededor. Entonces, ¿por qué usted? ¿Por qué convertirla en su reproductora?".

Althea observó cómo la expresión de su amiga se volvía pensativa hasta que, de repente, Melva jadeó y se tapó la boca con una mano.

"¡No puede ser! ¿Podría ser que usted sea...?".

Althea frunció el ceño. "¿Qué?".

"Su pareja destinada", susurró Melva, con los ojos muy abiertos por la incredulidad.

La otra bufó por lo bajo y negó con la cabeza. "No hay forma de confirmar eso, Melva. No siento el vínculo de pareja. Soy más humana que mujer lobo. Mis sentidos son torpes, no puedo curarme por mi cuenta...".

Pero Althea no tenía idea de por qué poseía la extraña habilidad de leer la mente con solo mirar a alguien a los ojos. Se decía que su madre no era más que una esclava totalmente humana, sin ningún rastro de sangre de lobo.

A Melva se le iluminaron los ojos de golpe al darse cuenta de algo. "¡Podría ser eso! ¡Probablemente sea su pareja destinada, y él sintió el vínculo! ¡Esto... esto podría ser la misericordia del cielo!", dijo, sin aliento por la esperanza. "El Rey Alfa nunca dejaría que cualquiera llevara a su descendencia. Es demasiado orgulloso, demasiado frío. Pero si es su pareja destinada, mi señora... puede usar esto. Este vínculo, si tengo razón, podría ser su única protección. Su único poder".

Althea negó con la cabeza, rozándose la sien con los dedos. "No lo sé, Melva. Incluso si soy su pareja destinada... ¿le importaría a él? Lo dejó claro, solo me ve como una reproductora. Nada más".

Melva le tomó la mano con suavidad. "Entonces necesita hacer que la vea. No como una reproductora, ni como la hija de un traidor, sino como su pareja".

Althea soltó una risa amarga. "Eso suena a fantasía".

"Tal vez", dijo Melva, dedicándole una sonrisa triste. "Pero es la única que tenemos. Y prefiero aferrarme a una pizca de esperanza que a nada en absoluto".

Althea suspiró, dividida entre el miedo y la más mínima chispa de algo más, parecido a la rebeldía. Tal vez Melva tenía razón. Tal vez este no era el final... todavía.

Se enderezó, diciendo con la voz más firme que antes. "Entonces ayúdame a prepararme, Melva. Si voy a enfrentarlo esta noche, quiero lucir como cualquier cosa menos derrotada".

Melva asintió, secándose los ojos y arremangándose. "Esa es la actitud, mi señora. Hagamos que se arrepienta de haberla llamado solo una reproductora".

Melva ayudó rápidamente a Althea a bañarse y la vistió con uno de sus mejores vestidos. Para cuando la criada terminó de cepillar su largo y ondulado cabello castaño rojizo, la puerta se abrió de golpe.

"El Rey Alfa la quiere ahora", se escuchó la voz de una mujer.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022