Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Atrapada en un Matrimonio Forzado: Fingiendo Ser Ella
Atrapada en un Matrimonio Forzado: Fingiendo Ser Ella

Atrapada en un Matrimonio Forzado: Fingiendo Ser Ella

Autor: : Librosromanticos
Género: Romance
Evan Bourousis se encuentra en una encrucijada inesperada al tener que buscar una esposa para proteger el legado familiar que le dejó su abuelo. Aunque su pasión es su trabajo y no anhela el matrimonio, se ve obligado a cumplir con una regla del testamento familiar tras recibir el negocio de su padre. La búsqueda de la candidata ideal se complica cuando la elegida escapa, lo que lleva a su hermana menor, Hayley, a asumir su identidad. Obligada por las circunstancias y la deuda familiar, Hayley se convierte en la esposa de Evan. Sin embargo, esta farsa pronto se transforma en una trampa emocional mientras ambos lidian con secretos familiares que podrían destruirlos. ¿Podrán superar las mentiras que los rodean antes de que sea demasiado tarde?

Capítulo 1 01

Ese día el cielo grisáceo parecía estar presagiando la tormenta que se avecinaba para la familia Hamilton. En la oficina de su prestamista, Jacob se encontraba en un estado de desesperación palpable provocando que el ambiente se volviera tenso. Su rostro, surcado por arrugas de preocupación que se acentuaban cada vez más ante su expresión de desasosiego debido a la delicada situación en la que estaba, evidenciaba la angustia que sentía al pensar en las deudas que ahogaban a su familia.

Jacob siempre había sido un hombre de sueños y ambiciones. Decidió invertir el dinero que le había prestado uno de los magnates más importantes de la ciudad, Stephen Bourousis, en una serie de negocios prometedores. Confiado en su juicio, se dejó llevar por las promesas de un grupo de hombres carismáticos.

Sin embargo, pronto se dio cuenta de que había caído en una trampa. Aquellos supuestos socios eran estafadores que desaparecieron con su dinero. La incredulidad lo abrumó al enterarse de que no solo había perdido su inversión, sino también la esperanza de recuperar aquel dinero que no sabía cómo devolver a Stephen.

Las deudas comenzaron a acumularse, y Jacob se sintió consumido por la culpa. Aunque había intentado pedir un préstamo al banco, no era suficiente para la cantidad que debía. Ante la desesperación, había pensado en hipotecar la casa donde vivía junto a sus dos hijas, pero no le alcanzaría para saldar la deuda tan grande.

-No sé cómo voy a pagarte, Stephen. ¡No tengo nada! -dijo, bajando la cabeza con vergüenza.

Stephen lo miró con atención, permitiéndole que se expresara. Era un hombre de negocios astuto, acostumbrado a lidiar con problemas complicados, pero esta vez la situación era distinta. Y debía sacarle provecho.

-Escucha, Jacob -dijo mientras servía dos copas de whisky y se la ofrecía al hombre afligido-. Se me ha ocurrido una idea para solucionar este asunto una vez por todas. Tengo una propuesta. ¿Qué tal si arreglamos esto sin dinero?

Jacob parpadeó, sin comprender del todo. Y dudoso, agarró la copa entre sus manos.

-¿A qué te refieres? -la intriga se apoderó de su mirada.

-He encontrado la solución a tu problema y al mío, de eso hablo -las comisuras de sus labios se elevaron ligeramente en una sonrisa cerrada-. Una de tus hijas... Hanna, sí, ella es perfecta. Podrías ofrecerla en matrimonio a mi hijo. De esta manera, la deuda quedaría saldada.

Su propuesta, un poco descabellada, hizo que Jacob se quedara paralizado, la incredulidad cubriendo su rostro. Sin embargo, no resultaba una locura, después de todo se quitaría un gran peso de encima. La desesperación lo empujó a aceptar. Sabía que no tenía otra opción. Ni siquiera se molestó en indagar por qué elegía a una de sus hija para su hijo cuando no eran de la misma clase.

-De acuerdo -respondió, su voz apenas un susurro-. Lo haré.

Más tarde, en la casa de los Hamilton, las dos hijas de Jacob se reunieron con su padre en la sala, el ambiente se sentía tenso y cargado. Hanna, la mayor, notó la incomodidad en su padre al no dejar de mover su pierna de arriba a abajo. Algo le decía que se trataba algo de seria importancia.

-¿Qué ocurre, papá? -preguntó, impaciente.

Su progenitor tomó aire, su voz áspera, mientras explicaba la situación.

-He hecho un acuerdo con el señor Bourousis. Y espero apoyen la decisión que no solo va a sacarnos de apuros, sino también nos va a beneficiar.

-¿De qué trata? -esta vez habló Hayley.

Su padre observó a la mayor, sin duda ella sería la solución perfecta a su problema. Y entendía por qué Stephen la había elegido.

-Hanna, sé que quizás lo que estoy a punto de decirte no estaba dentro de tus planes, pero es la única forma de salir de esta crisis. El señor Bourousis quiere que te cases con su hijo -soltó sin tapujos.

Su hija lo miró pasmada, la incredulidad transformándose rápidamente en angustia. Se levantó del sofá y negó con la cabeza.

-¡No! ¡No quiero casarme! -gritó, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con escapar de sus ojos-. ¿Acaso soy un simple objeto al que puedas ofrecer sin mi consentimiento?

Su hermana, Hayley, observaba a su padre perpleja. ¿Cómo era posible que estuviera de acuerdo? Se preguntaba, incrédula.

-¿Por qué no podemos encontrar otra solución? -preguntó, su voz apenas fue perceptible.

Jacob negó, su mirada férrea denotó lo decidido que estaba y nada lo haría cambiar de opinión.

-No hay tiempo. Es esto o perderlo todo. No seas egoísta y piensa en tu familia.

La tensión en el aire era tan palpable. Hayley observaba a su padre, su rostro se veía más demacrado y arrugado por las malas decisiones que había tomado en su vida. Decisiones que no solo le habían afectado a él, sino también a ellas.

-¡El único que está siendo egoísta eres tú! -espetó Hanna, con la voz temblorosa pero decidida. Sin esperar respuesta, abandonó la sala y se encerró en su habitación.

Hayley sintió cómo las palabras de su hermana reverberaban en su mente. Intentó persuadir a su padre para que encontrara una salida diferente, una que no impliquese el sacrificio de una de sus hijas en un matrimonio forzado. Sin embargo, él se mantuvo firme en su decisión.

Molesta y llena de frustración, Hayley se retiró a su habitación. Allí, el sonido de sollozos provenientes de la habitación de Hanna la desgarró por dentro. Deseó con todas sus fuerzas poder hacer algo, pero se sentía impotente, atrapada en una realidad que no había elegido.

La idea de que su padre estuviera dispuesto a sacrificar a su propia hija para saldar deudas la llenó de un profundo dolor. Nunca había imaginado que su padre, quien a pesar de siempre haber sido una figura distante y autoritaria, estuviera tan ciego por la desesperación como para estar de acuerdo con algo así. Con resignación, salió de su habitación y golpeó suavemente la puerta de su hermana.

-Hanna, ¿estás bien? -preguntó, su voz apenas un susurro.

No hubo respuesta. Intentó abrir la puerta, pero el pomo no cedió; la cerradura estaba asegurada. Un suspiro escapó de sus labios mientras se inclinaba para presionar la oreja contra la puerta, tratando de captar cualquier sonido del interior. Pero todo estaba sumido en un silencio sepulcral.

"De seguro se ha dormido", pensó, volviendo a su habitación algo insegura.

Se acercó a un estante repleto de libros, buscando consuelo en las páginas de alguna historia que había estado leyendo. Sin embargo, las palabras comenzaron a difuminarse ante sus ojos, y a los pocos minutos, el cansancio la venció, sumiéndola en un profundo sueño.

El estruendo de gritos la despertó al día siguiente. Abrió los ojos confusa y, aún aturdida, escuchó la voz de su padre resonando en la casa. De repente, la puerta de su habitación se abrió de golpe. Su padre apareció en el umbral con el rostro desencajado por la ira.

-¡Esa malagradecida! ¿Dónde está? Tú sabes a dónde ha ido, ¿verdad? -gritó, su voz llena de rabia. La confusión se reflejaba en el rostro de Hayley mientras intentaba asimilar la situación.

-¿Qué ha pasado? No entiendo -dijo, frunciendo el ceño, sintiendo su cabeza palpitar ante la rapidez con la que se había sentado en la cama .

-Tu hermana ha huido -pronunció con voz gélida.

Hayley se quedó petrificada, incapaz de articular palabra.

-Entonces serás tú quien tome su lugar -sentenció sin el menor atisbo de duda o remordimiento en su voz-. Los Bourousis esperan una esposa para su hijo y una esposa tendrán. Tu hermana no arruinará mis planes.

-¿Qué? Pero padre... -intentó protestar Hayley, poniéndose de pie.

-¡No hay discusión posible! -el grito resonó en las paredes de su habitación-. Hanna era la elegida para salvar a esta familia de la ruina, pero ha decidido traicionarnos. Ahora tú ocuparás su lugar y te casarás con Evan Bourousis. Saldarás la deuda que tenemos con su familia.

El miedo y la desesperación la invadieron, mientras su mente giraba en torno a la idea de que su hermana la había dejado sola en esta situación.

-Por favor papá, no me hagas esto... -suplicó entre sollozos.

Con lágrimas corriendo por sus mejillas como torrentes de agua, Hayley no sabía qué hacer. El peso de la responsabilidad se cernía sobre ella como una sombra oscura. Jacob se acercó a su hija con pasos amenazantes.

-Y una cosa más, ante los Bourousis, tú serás Hanna. No podemos permitirnos otro escándalo. ¿Has entendido?

Su mundo se derrumbó en ese preciso instante. No solo debía casarse con un desconocido, sino que además tendría que vivir una mentira, pretendiendo ser alguien que no era. Su vida, sus sueños, su libertad... todo se desvanecía ante sus ojos como la niebla matutina.

Capítulo 2 02

La cena se llevó a cabo en un salón elegante, adornado con flores blancas y doradas. Hayley, vestida con un sencillo vestido negro tomado del armario de su hermana, se sentía completamente fuera de lugar en aquella mansión. Si las circunstancias hubieran sido diferentes, habría contemplado todo con emoción; sin embargo, en ese momento, solo deseaba despertar de aquella pesadilla.

-Cambia esa expresión, ¿quieres? -ordenó su padre en un susurro para que nadie más los escuchara-. Te presentaré al señor Bourousis y su hijo. Deberías verte feliz, niña.

Ella lo miró, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con brotar nuevamente. Pero las apartartó con rapidez. No lloraría, se negaba a hacerlo y rogaba que estas no la traicionaran.

-No tengo elección, ¿verdad? -respondió en voz baja y él negó con la cabeza.

-Deberías estar agradecida con tu hermana. Si no hubiera huido, no estarías aquí a pocos minutos de conocer al heredero más codiciado de la ciudad -comentó su padre, intentando convencerla de que debía sentirse afortunada.

Pero a Hayley no le importaba si se trataba del mismísimo miembro de la realeza; le seguía pareciendo una terrible idea casarse con alguien que no conocía. Aún no podía creer lo que su hermana le había hecho, le había dejado todo el cargo de responsabilidad a ella y ni siquiera parecía importarle en lo más mínimo.

"Se suponía que eran unidas y se apoyaban en todo" dijo en su interior, resentida y decepcionada.

Cada paso que daba hacia los hombres reunidos en la mesa se sentía más pesado, y en ese instante, Hayley comprendió que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Por otro lado, Evan se veía igualmente distante, con la mirada perdida en algún rincón del lugar, como si también él estuviera atrapado en las decisiones de su padre. No quería estar allí; se había rehusado a casarse, pero su padre insistía en que era lo mejor para el negocio.

De pronto, escuchó la voz de un hombre y, al levantar la vista, se encontró con el señor Hamilton junto a su hija. La muchacha parecía estar allí a la fuerza. La observó por un instante, sintiendo que detrás de su apariencia había una tormenta de emociones que la mantenía cautiva.

-Buenas noches -dijo Jacob, dirigiéndose hacia los dos hombres presentes.

-Buenas noches -imitó Stephen, posando su atención en la joven que parecía muy diferente a la que recordaba-. Y tú debes ser Hanna, ¿no?

La escudriñó de pies a cabeza. No se trataba de la rubia alta y de rostro angelical; en su lugar, había una castaña más joven y de buen parecer, aunque había algo en su rostro que la hacía distinta a la que había conocido antes. Pensó que tal vez estaba confundido y que aquel día no la había observado bien debido a que no llevaba gafas.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que no se dio cuenta de que la había llamado por el nombre de su hermana. Al ver que su hija no respondía, Jacob le dio un ligero golpe para que reaccionara.

-Oh. Lo siento, es un gusto conocerlo, señor. Soy Ha...

-Sí, ella es Hanna. La menor, desafortunadamente, no pudo venir con nosotros -interrumpió su padre, y ella frunció el ceño al escucharle.

No entendía por qué su padre quería mentir descaradamente. Podía simplemente explicar la situación y listo. Pero no, prefería engañar a todos.

-Bueno, será en otra ocasión -dijo Stephen, haciendo un mohín que restaba importancia al asunto y señalando al hombre sentado a su derecha-. Hanna, este es Evan, mi hijo.

Los ojos de la joven se posaron en el mencionado, un hombre de no más de treinta años, aunque tal vez la barba le hacía lucir mucha más mayor. Era pelinegro, con rostro simétrico y rasgos marcados. Pero lo que más llamó su atención fue su intensa mirada que la hizo sentir nerviosa. Evan extendió la mano para estrecharla con la de ella, enviando una corriente eléctrica por todo su cuerpo que la hizo soltarla de inmediato.

Era extremadamente apuesto y eso intensificó su nerviosismo e incomodidad.

-Es un placer -dijo él con voz grave, notando que su futura esposa era mucho más hermosa a como la había descrito su padre.

-Lo mismo digo -respondió ella, limitándose a desviar la mirada de la suya. Ambos parecían incómodos ante la extraña sensación.

Stephen los invitó a sentarse en la mesa y, haciendo sonar una campanita, avisó a los empleados que les sirvieran la comida. La cena transcurrió entre las conversaciones de ambos padres, mientras tanto, Evan se dedicó a observar a la joven. Notó que, a pesar de su juventud, poseía una hermosa apariencia, desde sus pómulos prominentes y una mandíbula delicada que le conferían un aire de fragilidad. Sus ojos azules, grandes y expresivos, reflejaban un profundo desasosiego, probablemente apagados por la carga emocional que enfrentaba ante aquella situación.

No podía juzgarla, él tampoco estaba contento con aquella decisión. Pero no quería contradecir a su padre, no después de todo lo que había hecho por él.

-¿Y a qué te dedicas, Hanna? -preguntó Stephen, provocando que la joven alzara la vista de su comida, aún intacta, y lo mirara.

En ese instante, Evan notó que ella se esforzaba por mantener el hilo de la conversación; apenas había probado bocado, como si cada cucharada representara un esfuerzo monumental. La tensión en el aire era palpable, y su incomodidad se hacía evidente.

Hayley deseaba aclarar que no se llamaba Hanna, pero decidió no molestarse en corregirlo y respondió sinceramente.

-No me dedico a nada, señor.

Stephen frunció el ceño, confundido por la respuesta.

-¿Ah, no? Pero tu padre mencionó que trabajabas como secretaria en una empresa -dijo, y Jacob interfirió en defensa de su hija.

-¡Claro que sí! Es solo que Hanna entendió mal la pregunta; ella piensa que dedicarse a algo significa haber estudiado una carrera. Ya le he explicado que su trabajo no tiene nada de malo, pero se siente un poco menospreciada -mintió Jacob, tratando de enmendar la situación-. De todos modos, piensa renunciar, ahora que deberá atender a su esposo.

Hayley se sintió asqueada; no podía creer que su padre estuviera fingiendo delante de todos algo que no era cierto y la involucrara en su farsa. La decepción la invadió, y su mirada se tornó dura.

-Oh, eso me parece muy considerado de su parte, Hanna -comentó Stephen, sonriendo con amabilidad y ella solo se limitó a asentir.

"¿Qué tanto le había mentido su padre al señor Bourousis? Además, parecía que solo le había hablado de Hanna, puesto que todo lo que mencionaba lo hacía refiriéndose a su hermana," pensó Hayley, sintiendo que la verdad ardía en su garganta.

Se sintió impulsada a contarle la verdad y desmentir todo, pero su padre, consciente de sus intenciones, le dedicó una mirada amenazante que la hizo sentir atrapada. En ese momento, no solo estaba usando la identidad de su hermana, sino que también se encontraba enredada en una maraña de mentiras que la envolvían cada vez más. La presión de la situación la mantenía en un estado de ansiedad, mientras la conversación continuaba, ajena a su tormento interno.

Hayley comenzó a preguntarse cuánto tiempo podría seguir con esta impostura.

Al concluir la cena, Evan consideró que era el momento adecuado para tener una conversación a solas con Hayley. Había ciertas cosas que debían discutirse, especialmente las reglas que regirían su futuro matrimonio. Esperaba que ella no resultara ser una joven problemática.

-Si me permiten, hablaré un momento con Hayley -anunció antes de levantarse de la mesa y abandonar el comedor junto a la muchacha.

Cruzaron la estancia hacia la sala. Evan le indicó el sofá para que tomara asiento, pero ella se negó, prefiriendo mantenerse de pie.

-Cualquier cosa que tengas que decirme podrías haberla expresado delante de nuestros padres. Después de todo, son ellos quienes desean llevar a cabo este maldito matrimonio -su voz reflejaba desdén, evidenciando el enfado que había estado ocultando todo este tiempo.

No solía ser grosera, pero en ese momento se sentía enfada con su padre y con su hermana por meterla en ese lío.

-Me resulta tan desagradable como a ti esta situación, pero acepté por la importancia que tiene la empresa para mí. En cambio, tú no tienes nada que perder; de hecho, te beneficiarás mientras seas mi esposa, y espero que sepas aprovechar eso -no pretendía sonar arrogante, pero Hayley estaba lo suficientemente molesta como para captar lo que él intentaba transmitirle.

-¿Que no tengo nada que perder? -una risa irónica brotó de su garganta. Lo miró con desdén, sintiendo que él era el hombre más petulante que había conocido-. ¿Acaso crees que esto es un juego? Para mí, esto es mucho más que una simple transacción. No solo estoy poniendo en riesgo mi futuro, sino también mi dignidad. Así que, si esperas que me sienta agradecida por la oportunidad que me ofreces, te sugiero que reconsideres.

-Lamento informarte que no puedo hacer nada; al parecer, nuestros padres ya han decidido por nosotros, bonita -le dijo, dedicándole una sonrisa victoriosa -. Y te guste o no, vas a escucharme.

Esto solo logró enfurecer a Hayley, quien apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. No podía permitir que nadie le dictara lo que debía hacer; necesitaba idear un plan para liberarse de ese estúpido matrimonio arreglado.

Capítulo 3 03

La mansión Bourousis se alzaba majestuoso bajo el cielo despejado de nubes. Los jardines, decorados con flores y cintas de seda, contrastaban con el sombrío ambiente que reinaba tanto dentro como fuera de la propiedad.

En una de las habitaciones principales, Hayley contemplaba su reflejo en el espejo de cuerpo entero, fijado en la pared. Sus ojos azules, brillaban con lágrimas contenidas mientras sus dedos temblorosos acariciaban el delicado encaje de su vestido de novia. Sin duda era precioso, a pesar de ser usado en una boda que no significaba nada para ella.

La joven observó con detenimiento cada detalle de su apariencia, buscando cualquier imperfección que la delatara. Su cabello castaño estaba recogido en un elegante moño con algunos mechones suelto sobre su frente, enmarcando su rostro que, aunque hermoso, carecía de la alegría que debería que caracterizaba a una novia en su día especial.

Una lágrima resbaló por su mejilla, pero la secó con cuidado para no estropear su maquillaje. Se sentía cansada, y las ojeras bajo sus ojos evidenciaban las noches en vela, sintiéndose culpable por ocupar el lugar de alguien más. Aquella mentira amenazaba con asfixiarla.

A su mente llegaron los recuerdos de la carta que le había dejado su hermana escondida en su libro preferido. Las palabras escritas en aquel papel arrugado se repetían una y otra vez en su mente, como un eco interminable que se negaba a abandonarla.

"Perdóname, Hayley. Soy consciente de la responsabilidad tan grande que te he dejado. Pero espero que comprendas que no podía sacrificar mi vida por los errores de nuestro padre. Sé que es cobarde de mi parte huir así, sin haberte dicho y debes odiarme por abandonarte. Pero tengo mis razones y si lo he hecho es para protegernos."

De pronto, sus pensamientos fueron interrumpidos al reparar en la presencia de su padre.

-¿Estás lista? -preguntó, sin detenerse a mirarla, como si su belleza no importaba en el gran esquema de sus planes.

Un nudo se formó en la garganta de Hayley. La angustia la invadió mientras se atrevía a cuestionar a su padre, intentando aferrarse a la última chispa de esperanza que le quedaba de hacerlo cambiar de parecer.

-¿De verdad no te importa entregarme a esa familia que ni siquiera conozco?

Jacob chasqueó su lengua, visiblemente exasperado.

-Por favor, no empieces. Son una buena familia y créeme que estarás en buenas manos. Además, podrías enamorarte de tu esposo y aprovechar su fortuna -dijo, esbozando una sonrisa que, para Hayley, resultaba malintencionada.

-No haré tal cosa. No deseo nada de esa familia, y mucho menos seré una aprovechada -respondió, su voz temblando de frustración y rabia.

-Haz lo que te plazca, pero no arruinarás esta boda. Mantendrás esta farsa hasta que te puedas librar de mí.

La decepción y el odio hacia su padre hervían en su interior. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, pero Hayley se obligó a mantenerse firme, negándose a darle el placer de verla quebrada.

Mientras tanto, en una habitación contigua, Evan se encontraba de pie frente al espejo, ajustándose el nudo de su corbata con una precisión casi mecánica. La idea de casarse no le provocaba emoción alguna, era simplemente un paso más para poder reclamar la herencia de su abuelo.

Recordaba sus palabras antes de perderlo, a pesar de estar postrado en cama y muriendo, su mirada se mantuvo firme y su voz autoritaria.

"Debes casarte y asegurar el futuro de la familia con un heredero"

Evan sabía que no había forma de escapar de esa obligación. Aunque ya su abuelo no estaba, se había asegurado de no olvidar escribir ese detalle en el testamento.

La voz de su madre, Eleonor, irrumpió en sus pensamientos, resonando con un tono de preocupación.

-¿Estás nervioso? -preguntó, su mirada fija en él, como si esperaba un destello de emoción que nunca llegó.

Evan soltó una risa irónica, un gesto que reflejaba su desdén por la situación.

-No, madre. Esto no es más que un matrimonio arreglado por mi padre y ese señor -emitió, y finalmente terminó de anudarse la corbata-. Por cierto, has hecho una buena elección con el traje, es perfecto.

-No es nada, cariño -dijo su madre, resignada a convencerlo de cambiar su sombrío guardarropa-. Pero sigo creyendo que te sentaría mejor otros colores. Toda tu ropa es deprimente, ¿No has considerado usar algo diferente?

Evan suspiró, sintiendo que la conversación volvía a girar en torno a su vestimenta. Su madre siempre aprovechaba cualquier oportunidad de reprobar su preferencia por lo oscuro.

-Sabes que no me harás cambiar de estilo -se acercó a su madre y le besó la frente, un gesto que la hizo resoplar con renuncia-. ¿Nos vamos? Tenemos una boda que celebrar.

Ella asintió y aceptó el brazo de su hijo, ambos abandonaron la habitación y se encaminaron al jardín. Allí saludó a todos los presentes con una sonrisa que apenas ocultaba su desdén.

El lugar estaba decorado con elegancia, pero el ambiente carecía de la calidez que se esperaba en una celebración tan significativa. No había muchos invitados; solo se encontraban los más cercanos a su familia, amigos y conocidos de su padre que, en su mayoría, intercambiaban miradas de satisfacción y murmullos de aprobación. Para ellos, la boda representaba un hermoso vínculo entre dos almas enamoradas. Sin embargo, esa percepción se alejaba de la cruda realidad que Evan conocía.

De pronto, la melodía del piano comenzó a llenar el espacio. Pero apenas pudo seguir el ritmo cuando avistó la figura de Hayley tomada del brazo de su padre, avanzando con gracia por la alfombra llena de pétalos. Evan sintió como el aire se volvía más denso, y su corazón, aunque apático hacia la situación, latía con una expectación que no podía controlar.

Su belleza era innegable, y el silencio que llenaba la sala era testimonio del profundo efecto que causaba en quienes la contemplaban. Sus ojos se encontraron por un breve instante, y en ese momento, él pudo vislumbrar el miedo y la confusión ocultos tras su mirada endurecida.

No era para menos; estaba atrapada en un matrimonio que no deseaba. Sin embargo, ninguno de los dos podía hacer nada para cambiar aquel importante paso que estaban a punto de dar.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022