Aquel no era el primer culo abultado con el que Eddy Bass se topaba, pero sí el único cubierto por unas mallas estampadas con el rostro sonriente de un unicornio.
Miró el infantil diseño con recelo, aunque pronto se tranquilizó. Aquel culo, por su tamaño y contextura, así como las largas y atléticas piernas que lo acompañaban, debían ser de una mujer con permiso para portar armas, no de una niña.
Se irguió olvidando que evaluaba los precios de las latas de tomates en conserva para admirar con mayor descaro a esa hermosa tentación.
Sonrió satisfecho al descubrir que la dueña de ese trasero era una mujer de piel negra, de unos veintitantos años, de cuerpo curvilíneo y mirada decidida.
Adoraba a las mujeres de carácter fuerte. Eran sus favoritas.
-Las conservas son jugosas -comentó él con picardía al notar que la chica valoraba las latas de tomate que había estado evaluando antes al tiempo que lloriqueaba por el teléfono móvil.
Se quejaba porque su novio la había dejado embarcada y no respondía ni a sus mensajes ni a sus llamadas.
Ella interrumpió la conversación y lo observó con cierta repugnancia.
-¿Hablas conmigo?
-No, con el unicornio -ironizó, y le dedicó una mirada seductora y una sonrisa torcida.
La mujer alzó una ceja y lo repasó de pies a cabeza. Le gustó lo que vio.
Aunque el impertinente, por su cabello un poco canoso, parecía rondar los cincuenta, resultaba muy atractivo.
-Te llamo luego -dijo a la persona con la que hablaba por el móvil y enseguida cortó la comunicación para detallarlo con interés.
Eddy hacía poco había cumplido los cuarenta y nueve años, pero le encantaba ejercitarse.
De esa manera expulsaba los rastros de alcohol que quedaban adheridos a su piel luego de sus habituales borracheras, dejándole un cuerpo tonificado, de músculos duros que tanto encantaba a las jóvenes.
Sus cabellos oscuros como el ébano, abundantes y mal peinados, estaban salpicados por algunas canas que le aportaban un toque clásico; y su barba tipo balbo, con bigotes y vello en toda barbilla, le daba una apariencia sexy.
La chica se mordió el labio inferior fijando su atención en los ojos profundos del hombre, que llameaban con malicia por las ardientes promesas que ofrecían.
-El unicornio no habla, pero tú y yo podemos entendernos muy bien -aseguró.
Eddy se relamió los labios y admiró con avaricia aquel cuerpo que poseía el color del chocolate, sabiendo que pronto lo degustaría.
El trabajo estaba hecho, era hora de divertirse.
La escoltó hacia las cajas registradoras tomando por el camino algunos aperitivos y bebidas energizantes.
Luego del difícil día de trabajo que había tenido ese día necesitaba de mucha ayuda extra para poder estar al mismo nivel que esa recia mujer. Ella exudaba seguridad y fortaleza, y él... ya tenía varios cartuchos degastados.
Entre risas y caricias subidas de tono superaron el tráfico de Nueva York hasta llegar al edificio donde él se residenciaba.
Apenas estacionó el auto, la chica se lanzó sobre sus brazos besándolo con furia, haciéndole algo difícil la tarea de bajar, cerrar el vehículo con precaución y llegar a los elevadores.
Al lograr cumplir con todas esas tareas y mientras se cerraban las puertas de la cabina del ascensor, ella le abrió la bragueta de los pantalones y sacó el endurecido pene.
Eddy se sorprendió al principio y tuvo intención de detenerla, pero al ver cómo ella le sonreía con avaricia mientras se arrodillaba frente a su «niño consentido» quedó paralizado.
Esa imagen era demasiado excitante como para interrumpirla. Así que, cerró los ojos, respiró hondo y rogó en silencio para que ninguno de sus vecinos lo descubriera en medio de aquella faena.
Al llegar a su piso casi tuvo que arrastrarla para salir al pasillo. La chica no quería soltarlo y reía con estridencia.
Se dirigió a su departamento con el pene palpitándole, embriagado por las poderosas caricias que la boca experta de esa joven le había dedicado. Exigía más, pero él no deseaba apresurar las cosas.
A pesar de las quejas de ella se cerró la bragueta del pantalón y la llevó a la cocina sacando del refrigerador una botella de vino.
Como todo buen seductor, tenía a la mano las herramientas necesarias para hacer feliz a sus conquistas. Sirvió dos copas y colocó en un plato los afrodisíacos pepinillos con picante que había traído del mercado.
Con dificultad cortó una hogaza de pan en trozos, ya que la chica jugueteaba con él pretendiendo bajarle los pantalones, ansiosa por saborearlo de nuevo. La tomó por la cintura y la sentó sobre la mesa abriéndole las piernas para ubicarse entre ellas.
Le dio de comer de su mano y cuando alguna gota del jugo de los pepinillos caía en su rostro o en su pecho, él la lamía dejando besos regados por la zona, produciéndole gemidos.
Su pene se frotaba con estudiada seducción en el sexo hinchado y húmedo de ella. A pesar de la ropa, la chica podía sentir la gruesa punta queriendo abrirse paso en su interior. Las sensaciones sublimes de aquel roce la enloquecían y la volvían sumisa.
Luego de algunos bocados y de una copa, los besos se volvieron intensos. Las lenguas dejaron de explorar con reserva las bocas que invadían y se enroscaron como serpientes entre sí buscando absorber cada suspiro de satisfacción.
Eddy acunó entre sus manos los suaves y generosos senos, ya desnudos y de puntas endurecidas. Los apretó y sorbió con deleite, degustándolos, pero se volvieron embriagantes cuando la joven aplicó encima de cada uno un chorro de vino.
-¡Ey! Te volverás un vicio -bromeó antes de lamer el licor.
-Eso quiero -codició ella y cerró los ojos alzando la cabeza en dirección al techo para emitir un jadeo cuando él absorbió con energía uno de sus pezones, mordisqueando la punta.
La piel se le erizó por completo y en su vientre se agitó una marea incontrolable de deseo.
Se aferró a los cabellos de Eddy de forma brusca para quitárselo de encima y comenzar a desvestirlo.
Él estuvo a punto de quejarse, pero al notar la ansiedad de la joven se quedó callado. Ese tipo de mujeres, aunque lo lastimaban, le hacían pasar un muy buen rato. Su cuerpo llameó anhelando el exquisito dolor.
Al estar desnudos, cambiaron de posición. Él se sentó en el borde de la mesa y ella en una silla, entre sus piernas, para poder entretenerse sin incomodidades con aquel pene tenso.
Lo chupó de forma ávida, dejándolo de nuevo palpitante, y a él a punto de un colapso. A Eddy el corazón le golpeaba con agitación las costillas y el orgasmo se le agolpaba en el pecho produciéndole mareos.
Necesitaba culminar, pero la chica tenía otras intenciones.
Lo acostó en la mesa, inmovilizándole los brazos al atarlos a las patas usando la ropa de ambos como soga. Le cubrió los ojos con un paño de cocina y le bañó el torso y el pene con el vino.
Él se entregó al placer sin importarle nada, ni siquiera, lo que ella hacía sin su conocimiento. Se lo devoraba, dejándole marcado en la piel sus dientes y uñas.
Un par de minutos después, la joven sacó de su cartera un kit de juguetes sexuales que incluían dilatadores anales, vibradores, bolas chinas, pinzas y lubricantes.
Dejó a la mano su teléfono móvil, dispuesta a grabar la sesión, pero prefirió continuar un poco más con el delicioso tormento antes de utilizar sus artefactos.
Sonrió al escuchar los lloriqueos del hombre, estando a punto de sucumbir por las llamaradas que ardían bajo su piel, pero un grito atronador la interrumpió empujándola hacia atrás como si hubiera sido arrollada por una avalancha de nieve, que la tumbó al suelo.
-¡¡¡PAPÁ!!!
-¡Pero, ¿qué has hecho?! -consultó April llena de furia.
La negra con cuerpo de modelo ya se había ido de la casa. Sola. Eddy tuvo que darle dinero para el taxi, porque si se atrevía a dejar a su hija para llevarla sentenciaría su vida.
-No hice nada. ¡Ni siquiera me dejaste terminar! -expresó él con socarronería y algo pasado de tragos, provocando que la chica rugiera por la furia.
Se había tomado el resto del vino directo de la botella. Así mataba la frustración que le había quedado luego de que su hija interrumpiera su momento de placer y sacara a empujones a su conquista del departamento.
-Amor, cálmate. El niño -recordó Milton, el esposo de April, usando una voz melosa para intentar reducir la efusividad de su chica.
April le dirigió una mirada asesina que logró intimidarlo y lo obligó a cerrar la boca, luego suspiró hondo y se sentó en la mesa acariciándose el hinchado vientre para sosegar su explosivo carácter y no afectar a su avanzado embarazo.
Sin embargo, apenas se acordó que sobre esa mesa había hallado desnudo y atado a su padre puso cara de asco y se levantó quedándose de pie cerca de una encimera.
Eddy torció el rostro en una mueca de desagrado mientras lanzaba la botella vacía al cubo de la basura.
Ya se encontraba vestido, pero en su rostro adormilado aún se reflejaba la insatisfacción por el sexo no culminado.
Lo único en lo que pensaba era en la manera en que le quitaría a su hija la llave de su departamento sin perder algún miembro de su cuerpo en el intento.
Se la había entregado para entrar en confianza con ella después de la difícil relación que tuvieron durante la infancia de la joven, pero no quería que ese tipo de interrupciones siguieran sucediéndose.
-¿Qué hacen aquí? -preguntó entre dientes hacia su yerno y demostrando su molestia.
Milton, un chico alto y rubio de apenas veintiún años, pero con la frente tan arrugada por las preocupaciones como la de un hombre de sesenta, alzó los hombros con indiferencia y no dijo una sola palabra.
Prefirió distraerse mirando los juguetes eróticos que la mujer había dejado abandonados por huir a toda prisa de aquella escena bochornosa.
-La cena. ¿Lo recuerdas? -respondió April del mal humor.
-¿Cena? -inquirió Eddy, y observó confuso los alrededores tratando de hacer memoria.
Un instante después se golpeó la frente emitiendo un quejido al recordar que había estado en el mercado para comprar una lata de tomates en conserva porque su hija se lo había solicitado.
Esa tarde iba a reunirse con ellos y se quedaría a cenar.
April, a pesar de ser una chica sana de apenas veinte años de edad, sufría de esporádicos ataques de ansiedad que iniciaron con la muerte de su madre un año atrás y se acentuaron con el embarazo.
La idea de Eddy era animarla con su visita, pero había echado por tierra sus planes.
-¿Por qué te tratas de esa manera? -preguntó la joven hacia su padre con un puchero en los labios y lágrimas en los ojos, aunque sin abandonar su semblante fiero.
-¿Cómo me trato? ¡No pasó nada! -justificó Eddy con cansancio-. Iba a ser solo sexo de unos minutos y ya, luego iba a tu casa -se quejó acercándose a ella y uniendo las manos frente a su cara en un gesto de súplica.
-Ayer tuviste sexo de unos minutos en el baño del bar donde siempre te emborrachas, obligando a Milton a salir de casa a media noche para pagar tu fianza y sacarte de prisión. ¡Te fuiste a los golpes con el marido de aquella mujer y destruiste los espejos del baño de damas!
Eddy suspiró agobiado y bajó los hombros en señal de derrota.
-Ese fue un problema... pasajero.
-Hace dos días también tuviste sexo de unos minutos en tu trabajo -continuó la chica con enfado-. ¡Por eso están a punto de echarte del diario!
Eddy se pasó una mano por el rostro al recordar ese problema aún no resuelto.
-Eso no fue sexo, solo... una metida de mano -alegó con nerviosismo.
-¿Una metida de mano? ¿A una de las editoras? ¡¿Y delante de todos los empleados?!
El hombre la miró alarmado.
-¡No fue delante de todos! Estábamos dentro del cuarto de la fotocopiadora.
-Ah, claro. Tenían mucha intimidad -se burló April con furia y se cruzó de brazos-. Me he enterado de otros casos, papá.
-¡No hay más! -exclamó ofendido.
-Milton ha tenido que sacarte en varias oportunidades de la cárcel.
Eddy observó a su yerno con rencor.
-Chismoso -le reprochó entre dientes, pero el joven lo que hizo fue volver a alzar los hombros y seguir detallando los juguetes.
-Eso de... sexo de unos minutos -expresó la chica con repulsión-, se está volviendo tan dañino como tu alcoholismo.
-¡¿Mi alcoholismo?! -rebatió indignado.
April puso los ojos en blanco antes de dirigirse hacia el refrigerador. Sacó de su interior dos botellas de vino que dejó sobre la mesa.
Luego revisó las repisas, colocando junto al vino otras cinco botellas de licor. Todas casi acabadas. Del cubo de basura sacó unas botellas vacías de cerveza y la de vino que él se había terminado de beber.
Eddy seguía sus pasos con una mezcla de sorpresa y rabia en el rostro.
Cuando la chica quiso salir de la cocina para buscar en la sala las que ella sabía que se encontraban ocultas dentro de las gavetas del escritorio de trabajo y en el armario donde se hallaba el televisor, Eddy la detuvo sosteniéndola por un brazo.
-Está bien. Déjalo así -dijo con voz severa.
April apretó la mandíbula para controlar la ira y respiró hondo acariciándose el vientre.
-Sé que hay más en el dormitorio, en el baño y en el cuarto de la lavandería.
Eddy se tensó apretando los puños un instante, luego suspiró pasándose una mano por sus cabellos para relajar los ánimos.
No sabía que era lo que más le molestaba. Si el hecho de que su hija conociera todos los lugares secretos de su casa, sin vivir allí, o que lo estuviera reprendiendo como a un niño pequeño.
Él era el padre y aunque April estuviera casada y a punto de tener un hijo, seguía siendo una niña de apenas veinte años de edad.
Una con la que él poco había compartido durante su infancia por estar persiguiendo sus sueños, cazando noticias escandalosas que lo ayudaran a sacar de abajo a su fracasada carrera de periodista.
Una a la que ignoró durante su adolescencia por vivir metido en constantes líos en busca de exclusivas.
Cuando ella salió del instituto, él era un destacado periodista de sucesos. No solo trabajaba descubriendo la noticia, sino que en ocasiones, colaboraba con policías para resolver casos difíciles.
Sin embargo, no se sentía satisfecho con lo que había logrado. Su departamento, aunque estaba bien equipado, era demasiado frío y se hallaba muy solo.
Para apalear esa profunda sensación de abandono se ató a diversidad de vicios, sobre todo, al alcohol y al sexo.
Gracias a eso, para la época en que April inició la universidad, él se había convertido en un caos, lo que impidió que estuviera presente cuando falleció la madre de la chica.
Al pretender acercarse, ambos eran unos desconocidos. Él un adicto, nervioso e inseguro, y ella, una joven entristecida y ansiosa.
Lo único bueno que había salido de sus esfuerzos por relacionarse con su hija, fue que ella pudo conocer a Milton, un joven experto en diseño y programación digital que trabajaba en el departamento de publicidad del diario donde él era periodista, a quien Eddy siempre buscaba para que lo ayudara a editar imágenes o realizar difíciles búsquedas en internet.
Y, a pesar de que la relación entre los chicos había sido efervescente y en menos de un año había dado frutos, Milton se había convertido en un gran soporte no solo para April, sino también, para Eddy, transformándose en un gran amigo.
-No pretendo ser una mujer controladora y obsesiva -aseguró ella con tristeza-. Es solo... que no quiero perderte a ti también.
Esa confesión conmovió a Eddy hasta los huesos y le erizó la piel. Apretó la mandíbula para controlar la rabia hacia sí mismo por no lograr contener sus ansias, al menos, por una tarde, y así cumplirle a su hija.
Una vez más le fallaba, parecía que no se cansaba de hacerlo.
-No volverá a pasar -masculló, promesa que hasta a él le sonaba banal.
Pero ella, como siempre, dejó de lado sus miedos y preocupaciones para abrazarse a la cintura de su padre rogando porque en esa ocasión fuera cierto.
No pudo evitar que un par de lágrimas bajaran por sus mejillas, que Eddy secó con sus pulgares antes de besarle la frente.
-¿Sigue en pie el plan de la cena? -quiso saber él.
April gimoteó antes de responderle.
-¿De verdad, quieres hacerlo?
-Por favor -rogó sin dejar de acariciarle las mejillas. La chica sonrió.
-Está bien, pero te vienes con nosotros -advirtió, muy seria.
-Por supuesto -garantizó Eddy, contento-. Me cambio de ropa y vamos a tu casa.
Luego de otro fuerte abrazo, él se dirigió a su habitación. April respiró hondo al verlo salir de la cocina, pero arrugó el ceño al dirigir su atención hacia Milton y encontrarlo evaluando con interés los juguetes eróticos.
-¿Qué haces?
-¿Qué es esto? -consultó con falsa inocencia y elevó hacia la chica el dilatador anal que sostenía con una mano como si fuera un puñal.
Luego hizo movimientos con él como si se tratara de una espada. Solo quería hacerla reír para que superara el amargo momento.
-Eres un ignorante. ¡Dame eso! -lo regañó y le quitó de mala gana el accesorio.
Ambos miraron el objeto con cierta curiosidad, pero simulando que poco les importaba.
Milton se metió las manos en los bolsillos de su pantalón y se balanceó en sus pies antes de hablarle.
-¿Me enseñas a usarlo? -propuso, dedicándole una mirada ardiente.
Ella arqueó las cejas, tratando de ocultar su emoción.
-Soy una mujer embarazada -dijo con esforzada severidad.
Él alzó los hombros con indiferencia y se acercó abrasándola con el deseo que llameaba en sus ojos.
-Y yo el padre de ese niño, quien solo quiere amarte y provocarte los orgasmos más sublimes de tu existencia.
Aquellas palabras la estremecieron e hicieron ebullición en su interior, más aún, al ver a Milton casi encima de ella, incinerándola con su excitante calor.
Al escuchar que Eddy se acercaba, se guardó con rapidez el juguete entre los senos.
-¡Listo! -aseguró el hombre notando como los chicos se habían sobresaltado con su llegada y se alejaban con nerviosismo, como si los hubiera pillado en una acción indebida-. ¿Todo bien?
-Sí -aseguró April, con la voz temblorosa por la colisión de emociones. Se aclaró la garganta y se acercó a su padre para tomarlo por el codo y arrastrarlo a la puerta-. ¿Vamos?
-Vamos -respondió observándola con extrañeza un instante.
Luego dirigió su mirada ceñuda hacia Milton, viendo como el chico se encogía de hombros mientras los seguía.
Respiró hondo al salir de casa. Era consciente que después de la cena ese par se dedicaría a hacer lo que él había estado añorando por años: no tendrían sexo, harían el amor con verdadera entrega.
Salió del auto y se estremeció por el clima que esa noche afectaba a la ciudad. La lluvia había parado hacía unos minutos, pero eso no fue impedimento para que un buen número de neoyorquinos salieran de sus casas e invadiera los amplios salones de una de las discotecas más populares de la metrópolis, movidos por la visita de una banda brasileña de renombre.
El frío se le colaba por la gruesa tela del abrigo como si fueran puñales de hielo que se le clavaban en los músculos hasta congelárselos.
Sopló aliento entre sus manos buscando darles calidez mientras Leroy, un moreno de facciones árabes que también era periodista en el diario donde Eddy trabajaba, se acercaba al trío de guardias de seguridad que custodiaban la puerta trasera del establecimiento.
-Ey, amigos. ¿Cómo está la noche?
-¿Tienen pases? -preguntó con irritación uno de los sujetos, al tiempo que se cruzaba de brazos mostrando los hinchados músculos que poseía.
-No. Venimos de parte de Rigo -aseguró Leroy, y dio saltitos para soportar el frío guardando sus manos en los bolsillos de su pantalón.
-Necesito sus identificaciones -pidió el guardia con recelo mientras uno de sus compañeros pasaba la novedad por el comunicador que llevaban prendido a la solapa de la chaqueta.
Eddy y Leroy mostraron sus carné y se quedaron a un par de pasos de distancia temblando por el frío. Esperaban a que los sujetos verificaran la información.
A medida que los segundos pasaban, Eddy comenzó a molestarse. Le fastidiaba que los hombres tardaran tanto y los obligaran a soportar aquel mal clima. Aunque a ellos parecía no afectarlos.
-Deben estar cubiertos por grasa de morsa -bromeó, sin reflejar algún gesto divertido.
-Los esteroides les asfixian los órganos sensoriales -rebatió Leroy, pero tuvieron que cerrar la boca al recibir las miradas duras de los guardias.
Eddy pensó que los habían escuchado y los echarían a patadas de allí. Sin embargo, uno de ellos se les acercó parándose firme a poca distancia. Los forzó a levantar la cabeza para verlo a los ojos.
-¿Y? -consultó Leroy con tensa calma.
-Pueden pasar -respondió el sujeto con desagrado y les devolvió sus identificaciones. Su ceño fruncido evidenciaba que no estaba de acuerdo con la resolución.
Leroy le sonrió con superioridad antes de esquivarlo y encaminarse hacia la puerta, pero fue detenido por el guardia.
-Espera. Tenemos que revisarlos.
Leroy se quejó, pero igual fue esculcado de pies a cabeza hasta asegurarse de que no tuviera algún armamento encima.
Cuando terminaron la revisión, abrieron la puerta y los dejaron pasar al interior del establecimiento. Desde allí podían escuchar el redoble de los timbales que resonaban con estridencia en el escenario y recibían tenues baños de las luces de colores que bailaban en la pista.
-¿Dónde estará Rigo? -preguntó ansioso Eddy. El sonido de la música le calentaba la piel, animándolo.
-Espero que cumpliendo con nuestro acuerdo.
Al entrar en el área donde se desarrollaba el espectáculo quedaron paralizados, aunque a Eddy se le dibujó en el rostro una amplia sonrisa.
El ambiente era carnavalesco. Algunas mujeres iban vestidas como seductoras garotas llevando el rostro maquillado con exageración, hacían uso de mucho glitter y lucían enormes coronas de plumas de colores.
-Maldita sea, esto es un circo -bramó Leroy.
Eddy, en cambio, estaba encantado con la sorpresa. Sus ojos no podían dejar de apreciar los cuerpos sin desperdicio de muchas de las mujeres presentes.
Leroy lo tomó por la solapa del abrigo para arrastrarlo hacia la zona VIP, donde con seguridad se encontraría el hombre que buscaban. Si lo dejaba solo, lo perdería. Conocía sus mañas.
Tuvieron que atravesar una apretada masa de personas para llegar a la entrada del área exclusiva de la discoteca. Leroy se adelantó, le tenía fobia a las muchedumbres. Eddy, en cambio, nadaba en su zona de confort.
Antes de que pudiera llegar a su destino fue detenido por una enorme rubia vestida como una cheerleader de fútbol brasileño, con unos diminutos y ajustados pantalones deportivos y un top que parecía estar a punto de romperse por culpa de las enormes tetas que poseía.
-¿Eddy? -preguntó sorprendida, aunque en sus ojos, excesivamente maquillados, podía apreciarse la emoción que había experimentado al verlo.
-Hola -respondió seductor y disimuló su extrañeza.
La rubia tenía rostro de Barbie y cuerpo de sirena, y olía muy bien. Lo único malo, era que no la recordaba.
-Pensé que no te vería de nuevo -reveló ella y se inclinó más hacia él para que la escuchara por encima de la música. El organismo de Eddy se agitó al tener a escaza distancia ese rostro de muñeca de labios provocativos-. ¿Continuamos lo que dejamos a medias?
La pregunta lo inquietó, más aún porque esta vino acompañada de un firme apretón en sus partes íntimas.
-¿Dejamos algo a medias? -inquirió apartándose un poco.
A su alrededor, las personas saltaban y bailaban al ritmo de la samba que hacían sonar desde el escenario, sin prestar atención al encuentro entre ellos.
A pesar de eso, a Eddy le resultaba incómodo el toqueteo de una desconocida rodeado de tanto público. En privado sería más placentero.
La rubia sonrió con picardía.
-Ven -dijo y se aferró a uno de sus brazos para arrastrarlo hacia un costado de la sala.
Él se dejó llevar, aunque mirando de vez en cuando hacia el lugar al que se había dirigido Leroy.
Por la cantidad de gente le fue imposible divisar a su compañero y hacerle algún gesto con la mano indicándole que lo esperara unos minutos. Estaba demasiado ansioso por saber a dónde lo llevaría la rubia.
La mujer se introdujo, con él arrastras, por el pasillo de los baños. Esquivó a quienes lo transitaban hasta llegar a otro menos poblado, que llevaba hacia el estacionamiento.
Allí lo estampó contra una columna, lo abrazó por el cuello como si aquello fuera un reencuentro apasionado e invadió su boca con su lengua lujuriosa.
Los ojos de Eddy se ampliaron en su máxima expresión, pero no hizo nada por detenerla. Se aferró a los cabellos de la mujer para intentar controlar aquel asfixiante beso mientras ella se restregaba contra él anhelando su contacto.
Sin dejar de complacerla dio una mirada por los alrededores. Quienes pasaban por ese pasillo lo observaban con extrañeza, pero no se detenían ni les hacían algún comentario. Seguían con rapidez hacia la pista para disfrutar del show.
Comenzó a preocuparse cuando la rubia empezó a emitir jadeos sonoros. Ella, con ansiedad, le abrió el abrigo y le apretó el estómago para meter su mano dentro de sus pantalones sin quitarle el cinto.
Eddy se quejó, aunque no pudo evitar gemir de gusto cuando la rubia abrigó su pene erecto con sus dedos largos y fríos, masturbándolo.
-Espera, espera, espera -exigió, y forcejeó con ella para apartarla.
La mujer gruñó furiosa y le apretó con rudeza el pene antes de que él le sacara la mano de sus pantalones.
-Calma, tigresa -dijo soportando el dolor y la sustuvo para que no volviera a invadirlo.
-¿Otra vez? -reclamó ella entre dientes. Su rostro estaba encendido por la ira y el deseo reprimido.
Eddy sintió algo de miedo. Entendía por qué su cerebro había borrado el recuerdo de esa mujer. Parecía peligrosa.
-¿Qué tal si compartimos una copa primero? -propuso conciliador.
La mujer se notaba ofuscada y las personas que pasaban junto a ellos comenzaban a prestarles más atención.
-¡¿Quieres emborracharme?! -reprochó con indignación. Eddy arqueó las cejas, incrédulo-. No te dejaré hacerlo -amenazó, y aproximó su cara a la de él confundiéndolo aún más-. Ya te lo dije una vez, yo domino. Serás mi cachorro, llevarás mis correas en tu cuello y hablarás cuando yo te lo indique. ¿Entendido?
Eddy la observó con sorpresa.
-Espera aquí un momento, ¿sí?
Intentó alejarse, pero la mujer lo retuvo por la solapa del abrigo de forma ruda.
-Olvídalo, cachorro. No te dejaré ir de nuevo.
Los ojos enloquecidos de la rubia lo asustaron aún más. Eso lo ayudó a recordar la noche en que había huido de ella saltando desnudo, y medio borracho, por la ventana de un cuarto de hotel.
Para su suerte, la habitación se había hallado en un primer piso y cerca estuvo estacionado un camión de techo alto que le facilitó la huida sin poner en riesgo sus huesos.
-Tranquila, corazón. Solo quiero...
-¡CÁLLATE! -gritó la rubia, desconcertándolo, y haciendo que los demás desaceleraran sus pasos para saber lo que ocurría-. Te dije que hablarás cuando te lo ordene.
Eddy se sintió incómodo y molesto a la vez. Tuvo que aplicar algo de fuerza para obligarla a soltarlo, pero ella seguía forcejeando.
-Quédate quieta.
-¡Te dije que yo domino!
Comenzaron a luchar. Ella intentó golpearlo, rugiendo furiosa. Un hombre trató de auxiliar a Eddy, pero recibió un fuerte codazo en el rostro de parte de la mujer que lo derribó al suelo.
Ante esa escena, algunos empezaron a gritar. Unos burlándose y otros pidiendo ayuda.
Un par de guardias de seguridad llegaron corriendo. Eddy ya se encontraba en el piso con la rubia sobre él. Ella quería arañarle la cara.
Los guardias procuraron contenerla, pero la mujer estaba tan fuera de sí que logró derribarlos a ambos y peleaba con ellos en el suelo. Gritaba incoherencias con el rostro transformado en una máscara diabólica.
Eddy se levantó con rapidez y con el corazón palpitándole con estridencia en el pecho. Aprovechó que la mujer se había olvidado de él para pelear con los guardias y corrió dirigiéndose al interior de la discoteca.
Halló a Leroy cerca de la entrada a la zona VIP repasando con enfado la pista en su búsqueda.
-¡¿Dónde demonios estabas?! -preguntó el moreno con rabia cuando Eddy estuvo junto a él.
-En el infierno -respondió en medio de un suspiro.
Leroy lo observó confuso, pero la cólera que sintió por su desaparición lo superaba.
-¡Muévete! -ordenó. Eddy se apresuró por alcanzarlo-. Deja de hacernos perder el tiempo. Ya sé dónde está Rigo.
-¿Está dentro?
-Sí -respondió y miró con el ceño fruncido el rostro pálido y algo nervioso de su amigo-. ¿Qué mierda hacías?
Eddy se pasó una mano por los cabellos.
-Creo que me estoy excediendo.
Leroy resopló con burla.
-¿De verdad? -bromeó. Sin embargo, recobró su seriedad al volver a detallar la cara asustada de su compañero-. Un día de estos vas a recibir una dura lección -indicó y lo tomó por el hombro para entrar en la sala exclusiva-. Vamos. Rigo nos espera. Tenemos unas fotos escandalosas que tomar -recordó y sacó el teléfono móvil de su abrigo.
Eddy lo siguió esperando que el trabajo le quitara la sensación de angustia que le invadía el pecho. El sexo y el alcohol habían sido su ruta de escape a la soledad, pero nunca imaginó que estos podrían llevarlo por un camino tan peligroso.
Suspiró hondo y apresuró el paso para igualar los de su amigo, obligándose a olvidar el asunto que había vivido con la rubia minutos antes.
No quería pensar en ello. Tenía una labor importante y arriesgada que llevar a cabo esa noche.