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Atrévete a Amarme

Atrévete a Amarme

Autor: : Mileth Pineda
Género: Urban romance
Andrea García está acostumbrada a conseguir todo lo que desea. Su nueva obsesión es el enigmático y rebelde Alberto Villanegra, y está decidida a atraparlo a cualquier costo. Sin embargo, su audaz plan tiene un precio mucho más alto del que esperaba. Mientras Andrea lucha con las consecuencias de sus decisiones y jura nunca más dejarse llevar por el amor, Javier, el mejor amigo de su hermano, ha sido traicionado de la peor manera y ahora debe hacerse cargo del negocio familiar. Cuando descubre que Andrea está en peligro, decide protegerla y está dispuesto a hacerla cambiar de opinión al susurrarle: "No huyas... solo atrévete".

Capítulo 1 Tus ojos

Andrea escapó con la agilidad de una gacela, escuchando la risa descontrolada de su hermana Sara a sus espaldas. El patio se convirtió en un pésimo refugio para esconderse de la ira de su hermana por usar sus botas nuevas sin permiso.

La sorpresa la detuvo en seco al ver a Efraín, el mayor de los tres, descender de su Jeep con una gracia despreocupada, pero no se detuvo. No podía.

Su hermano mayor se puso las manos en las caderas, pero sustituyó su ceño fruncido por una amplia sonrisa cuando Sara le disparó un chorro de agua directo al pecho para que se quitara del camino. Ella era así de vengativa.

-¡Ey, ustedes dos! -exclamó riendo-. ¿Quién empezó?

-¡Fue Sara!

-¡Fue Andrea! Siempre es ella -acusó Sara sin bajar la pistola de agua-. Es una consentida y le daré una lección.

Andrea, en un acto de desafío, le sacó la lengua a Sara y ejecutó un baile burlón azotando su trasero para provocarla. Pero al girar, chocó de frente contra un duro pecho.

El dueño de ese compacto muro de piel, la sostuvo por la cintura para evitar que cayera de espaldas.

-¿Estás bien? -preguntó él sin poder disimular la diversión en sus lindos y extraños ojos claros salpicados con diminutas motas verdes.

El rubor invadió su rostro, y la vergüenza se intensificó al seguir la atención de su mirada hacia su blusa empapada, y la oscuridad de sus pezones debido a la transparencia de la tela.

Andrea intentó responder con soltura, demostrar que era toda una universitaria de primer año, pero solo pudo balbucear una extraña respuesta.

Su hermano mayor la rescató de semejante humillación al envolverla en un abrazo protector. Pero le revolvió el cabello como a una chiquilla, antes de soltar su famoso:

-Renacuajo, ¿acaso no me vas a saludar?

Era imperdonable que sus hermanos la humillaran así delante de un desconocido.

-¿Cuándo llegaste? -dijo dándole un beso en la mejilla y fingir que nadie escuchó el horrible apodo que le pusieron desde que estaba en preescolar.

-Hace unas horas. Les presento a Javier Herrera, un amigo.

-Encantado -respondió Javier, estrechando la mano y besando la mejilla de Sara.

Su hermana se sonrojó y Andrea pensó que Sara era una tonta por comportarse así.

-Lo mismo digo. Adelante. Estoy segura de que mamá querrá organizar una fiesta para darles la bienvenida.

Andrea resopló cuando Sara la miró con burla al pasar a su lado. Mientras los dos avanzaban, aprovechó para lanzarle agua en la cara a Andrea y susurrar con una sonrisa triunfante:

-El bolso y las zapatos que pediste ahora son míos, Renacuajo.

Javier volteó y ella desvió la mirada.

No era justo. La tía Susie envió una decena de vestidos y maquillaje para Sara, y todos sabían la debilidad que Andrea sentía por los diseños de Jimmy Choo.

-Te compraré otro par de botas.

-No, gracias -respondió Sara-. ya tengo lo que quiero.

-Eres una tramposa -murmuró Andrea con resentimiento, y la miró de reojo, preguntándose si también había encontrado los aretes a juego que pidió.

-Shh, ya deja de quejarte. Mejor hablemos de algo importante. ¿Sabes quién es él?

Andrea negó con desdén, qué le importaba. Ni siquiera era guapo.

Juntas se escabulleron alrededor de la casa, evitando la mirada reprobatoria de su madre.

La cocinera, ocultando una sonrisa, les hizo señas para que atravesaran la cocina con rapidez. Corrieron por el pasillo de servicio y subieron las escaleras hacia sus habitaciones.

La de Andrea era la primera y Sara la siguió dentro.

-Ya deja el misterio, habla. -Se quitó los tenis mojados y buscó en su armario algo que su madre considerara adecuado para bajar.

-Escuché a papá hablar sobre el hijo de un hotelero que serviría de aval para Efraín.

Su padre debía estar arrepentido de haberle puesto esa condición a su hermano para aprobar que no siguiera sus pasos como financiero y se dedicara a la construcción.

-Wow, debe tener mucho dinero. - Andrea entrecerró los ojos hacia su hermana-. ¿Acaso te gusta?

-Tiene propiedades por todo el mundo.

-No fue lo que pregunté.

-No seas tonta -dijo riendo y le lanzó su camiseta mojada antes de echarse a correr en sostén-. ¡No es mi tipo!

Andrea sonrió, a Sara le gustaba el hijo del jardinero, pero ella creía que nadie lo sabía.

Escuchó pasos de nuevo y creyó que era su hermana, que volvía para seguir hablando del visitante. Así que le dio la espalda y pidió:

-¿Me ayudas con la cremallera?

Sus dedos tibios rozaron su espalda y fue la primera vez que Andrea se estremecía por un toque tan simple como ese.

-Tampoco es mi tipo, pero tiene unos pectorales durísimos -continuó Andrea sin voltear-. Si se descuida, puede que lo haga mío y te deje las sobras. ¿Qué dices? ¿Apostamos?

-Me encantan las apuestas -susurró una voz varonil contra su oreja, envolviéndola en un aroma amaderado que le robó el aliento.

Andrea se giró de inmediato.

-Lo siento, no quise... Yo no... -

Ella retrocedió por instinto y se cubrió con lo primero que encontró cerca. Su corazón latió desbocado.

Javier sonrió, sus ojos encontrándose brevemente con los de ella antes de mirar hacia otro lado.

-Efraín me pidió que lo esperara en su habitación mientras termina una llamada. Es obvio que me equivoqué. No quise asustarte.

-No. Yo... Es a la derecha, la última puerta -respondió Andrea, tragando saliva.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos, antes de que Javier girara buscando la salida, pero un estruendo y un grito ahogado los hizo correr hacia el pasillo.

Allí, encontraron a Sara en el suelo, sujetándose el tobillo con una mueca de dolor en su rostro.

-¿Qué ocurrió? -Andrea se arrodilló a su lado.

Sara negó con la cabeza, sus ojos brillantes por las lágrimas contenidas.

-Resbalé. Creo que me torcí el tobillo.

Andrea notó un charco de agua, vestigio de su batalla anterior.

Javier se acercó con un gesto de preocupación.

-¿Puedes caminar?

Sara negó, mordiéndose el labio.

-No lo creo.

Sin decir una palabra, Javier la levantó en sus brazos con facilidad, como si no pesara nada. Sara lo miró sorprendida, pero no protestó.

-Llévala a su habitación -indicó Andrea-. Voy por hielo y vendas.

Javier asintió y comenzó a caminar con su hermana acunada contra el pecho. Andrea los observó alejarse, hasta que Sara lo hizo detenerse para decir:

-No le digas a mamá, no quiero preocuparla. -Y le guiñó un ojo con disimulo.

Andrea no quería pensar mal, así que sacudió la cabeza y fue en busca de lo necesario.

Al volver, encontró a Javier sentado en la cama examinando el tobillo de Sara. Andrea se quedó congelada en la puerta, observando la forma en que sus manos acariciaban suavemente su piel y ella se acercaba demasiado a su rostro. Extasiada por el contacto.

Sara la vio y sonrió con picardía.

-Gracias, hermanita. Creo que acabo de encontrar a mi enfermero personal.

Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de su treta antes.

-Entonces los dejo -y le devolvió el gesto a Sara con ironía.

Sin embargo, la mano de Javier en su muñeca la detuvo.

-La verdad es que no sé si sea conveniente que esté aquí. Quédate con ella y yo iré por Efraín.

Sara intentó detenerlo y Andrea estuvo a punto de soltar una carcajada al ver su cara de pánico, pero a fin de cuentas era su hermana y no la dejaría pasar por semejante humillación. Salió en busca de Javier, pero al dar un par de pasos hacia el pasillo, lo encontró recostado contra la pared, cruzado de brazos.

-¡Qué demonios! -exclamó sobresaltada, mirándolo con confusión-. Pensé que...

-No era justo.

-¿De qué hablas? -Se atragantó.

Javier negó y aunque no le parecía el hombre más atractivo del mundo, al menos no como el que le gustaba, seguía teniendo algo que llamaba su atención y sobre todo, algo que la descolocaba y que le impedía actuar como la chica segura que era.

-De la apuesta. ¿Te atreves?

Capítulo 2 Ella es...

Javier bajó las escaleras, tratando de olvidar su cuestionable forma de actuar con la hermana menor de su amigo. No era el momento, ni el lugar para usar su lado coqueto, pero el encuentro en el patio lo dejó en un terreno desconocido.

Al principio creyó estar cometiendo un error al entrar a su habitación y mentir sobre haberse equivocado, pero las osadas palabras de Andrea no hicieron más que echarle combustible a aquella sensación de desconcierto y atracción.

Su intención era amedrentarla por ser tan atrevida siendo tan joven, porque no todos los amigos de Efraín eran como él. Bastaba escuchar a Franco Baumann para conocer el nivel de obsesión con la que hablaba de Andy García, pero ahora sabía por qué. La forma en que Andrea lo miró en el pasillo lo hizo pensar en que tenía una posibilidad.

Sin embargo, él estaba en esa casa para ayudar a Efraín y aunque los padres de este sabían de su existencia, porque su amigo se quedó en su casa de Estados Unidos en muchas festividades, sentía la necesidad de causar una buena impresión. Sobre todo después de su encuentro fortuito con las hermanas de su amigo.

-Es un placer conocerlos al fin, señores García -saludó Javier con una sonrisa cordial mientras estrechaba sus manos.

-El gusto es nuestro, muchacho -respondió Alfredo con una mirada evaluadora, pero no podía negar la calidez en ella-. Espero que disfrutes tu estadía en nuestro país.

De manera involuntaria giró hacia Andrea y estuvo a punto de reír cuando esta enrojeció y desvió la mirada. Sara bajó en ese momento como si nada, y saludó a su padre. No parecía arrepentida de haber mentido y él no pretendía hablar sobre ello.

Miranda, su madre, los invitó a tomar asiento y en poco tiempo hizo que el servicio llenara de bocadillos y bebidas el salón.

-Por fin podremos devolver las atenciones que ha tenido tu familia con mi Efra -comentó Miranda.

-Le aseguro que disfrutamos de su compañía. Tienen un hijo con muchas cualidades -respondió, pero no pasó por alto el gesto de incredulidad de Alfredo. Así que para aligerar el ambiente agregó-: Señora García, su hogar es acogedor y tiene una decoración exquisita.

La sonrisa de la pareja le hizo saber que atinó con el tema, porque la siguiente media hora se la pasaron hablando de las obras de arte acumuladas con los años y con la familia. Ella sería una buena amiga de su madre. Estaba seguro.

Tras unos minutos, Alfredo se puso de pie y le hizo un gesto a Javier para que lo siguiera.

-Me gustaría discutir algunos detalles contigo -Efraín se puso de pie, pero Alfredo agregó-: en privado.

Javier asintió y lo acompañó hasta el elegante despacho, donde tomaron asiento frente al escritorio de madera oscura. El hombre mayor lo miró con una expresión seria en su rostro.

-Aprecio tu interés en asociarte con Efraín, muchacho- comenzó, tamborileando los dedos contra su escritorio de caoba-. Pero debo advertirte sobre los riesgos de hacer negocios con él.

Javier frunció el ceño, confundido por sus palabras.

-Señor...

-Llámame Alfredo, por favor.

-Gracias. Alfredo, usted sabe que Efraín es mi amigo desde hace años, y aunque sé de sus tendencias, nunca he dudado de su capacidad empresarial.

-No me malinterpretes. Mi hijo es un hombre talentoso, pero su adicción al juego ha sido una sombra constante en su vida. Estoy seguro de que también lo sabes.

Javier asintió, sin revelar nada más.

-Eso lo hace poco confiable en los negocios. Te aconsejo que evalúes de nuevo en lo que te estás metiendo.

-Lo tengo claro, Alfredo. Y he tomado medidas de prevención con esta inversión. Es por eso que creí prudente el venir a presentarme ante usted. Pero aprecio sus consejos y le aseguro que analizaré la situación con cuidado antes de comprometerme.

-Me alegra escuchar eso. Sé que ustedes son buenos amigos y no me gustaría que esa relación se viera afectada por un incumplimiento de su parte. Para serte sincero, creí que Efraín no conseguiría un socio, y esperaba que me sustituyera en el banco sin problema. Pero también quisiera verlo triunfar.

-Ya somos dos -confesó con sinceridad-. Si firmamos, me quedaré un tiempo en México para ayudarle a arrancar el negocio, pero él se hará cargo cuando deba volver a trabajar con mi padre.

-Esperaré tu llamada -dijo estrechando su mano-. ¿Cenas con nosotros?

-Tengo una habitación reservada en el Imperial -se excusó.

-De ninguna manera. Te quedas en esta casa igual que Efraín hace en la tuya. ¿Estamos?

Javier dudó por un momento, pero al abrir la puerta del despacho, se encontró con su amigo esperando del otro lado. La postura rígida y la mirada inquieta de Efraín revelaban su nerviosismo, y Javier no podía culparlo considerando la opinión poco favorable que tenía su padre sobre él. Quizá lo sabía.

Javier sintió una punzada de compasión por su amigo.

Alfredo compartió su propuesta con su hijo y este insistió en que aceptara, lo que terminó por convencerlo.

Javier iba hacia el comedor cuando su amigo lo detuvo con una mano en su hombro.

-Javi, necesito dejarte algo claro -susurró, con la expresión en su rostro casi amenazante-. Mis hermanas son intocables, ¿entiendes? No quiero que te hagas ideas equivocadas, en especial con Sara.

Javier frunció el ceño, y negó casi a punto de aclarar como un idiota que no era a ella a quien quería.

-Sabes que respeto a tu familia y jamás me aprovecharía de la situación.

-Más te vale, porque no quiero tener que recordarte que tienes a Minerva.

La mención de su novia hizo que Javier se tensara. Sabía que su relación con ella estaba lejos de ser perfecta, aunque no era algo que quisiera discutir en ese momento. Pero entendía a Efraín, él también tenía una hermana menor.

Javier tomó asiento, esforzándose por mantener su mirada alejada de Andrea. Pero fue inevitable notar su presencia, sus movimientos gráciles y su sonrisa plena.

Cada vez que sus ojos se encontraban, Javier sentía un deseo incontrolable de ignorar la advertencia de Efraín. Y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para concentrarse en la conversación en la mesa.

-No puedo creer que se comporten de esta manera, en especial cuando tenemos visitas -dijo Miranda en tono mesurado, pero con severidad.

Sara y Andrea bajaron la mirada, avergonzadas por su comportamiento infantil.

-Vamos, cariño, son solo juegos de niñas. No seas tan dura con ellas -intervino Alfredo, que parecía encantado con la situación.

Aunque ambas hermanas enrojecieron e intentaron cambiar de tema a la vez. Javier no pudo evitar sonreír ante la dinámica familiar, admirando la calidez y el amor que compartían, a pesar de los desacuerdos.

Con un esfuerzo de voluntad, Javier apartó esos pensamientos de su mente. Tenía una relación con Minerva y un acuerdo de negocios por delante. No podía permitirse distracciones, por más tentadoras que fueran.

Era casi media noche cuando Javier atravesó el pasillo, absorto en sus pensamientos sobre la plática que tuvo con Efraín minutos antes, y la voz de Andrea captó su atención. Parecía estar discutiendo con alguien en su habitación.

-Es sencillo. Si no me lo presentas, te juro que no te incluiré en el trabajo final. Sabes que necesitas esa calificación.

Javier frunció el ceño, sorprendido por la actitud manipuladora de Andrea. ¿Acaso estaba chantajeando a alguien solo para conseguir una cita?

No quería involucrarse, así que giró de vuelta a su habitación, pero chocó de frente con Alfredo. El hombre lo miró con suspicacia, arqueando una ceja.

-¿Perdiste algo cerca de las habitaciones de mis hijas? -preguntó Alfredo con un tono serio que hizo que se sintiera incómodo.

-No, señor, yo solo... -balbuceó Javier, avergonzado por haber sido descubierto-. Estaba buscando un lugar para fumar, pero me desorienté un poco.

Alfredo lo escrutó con la mirada, como si estuviera evaluando la veracidad de sus palabras. Finalmente, asintió y le indicó la dirección del balcón principal.

Javier agradeció y se apresuró a alejarse, sintiendo la mirada penetrante de Alfredo en su espalda. Revisó sus bolsillos y no llevaba la cajetilla de siempre, así que suspiró apoyándose en el borde, lamentando haber juzgado a Andrea tan rápido.

Tendría que ser más cauteloso y observar con atención antes de dejarse llevar por sus emociones. Después de todo, estaba allí por negocios, no para involucrarse en dramas familiares o romances complicados. Sin embargo, la curiosidad por conocer el otro lado de la historia de Andrea lo invadió. ¿Quién era esa persona a la que chantajeó? ¿Y por qué?

Capítulo 3 Alberto

Andrea tamborileaba los dedos sobre su muslo mientras sacudía su pierna con desesperación. El reloj en la pared avanzaba con tortuosa lentitud, retrasando el timbre que anunciaba el fin de las clases y la oportunidad que había esperado durante meses.

Se burló de la incomodidad de Lucía cada vez que cruzaban miradas y aunque eso hacía menos tediosa la espera, no era suficiente.

Ella había caído en su trampa con muy poco esfuerzo y ya no podía escapar de su compromiso. Ese día, el codiciado Alberto Villanegra se fijaría en ella y se convertiría en su novio; tenía a su hermana menor atrapada para lograrlo.

El sonido estridente se escuchó al fin y la euforia hizo que Andrea saltara de su asiento, asustando más a la pelirroja, quien parecía a punto de echarse a llorar y huir despavorida.

-No seas tonta, Lu -dijo Andrea con una sonrisa ladina, tirando de su compañera del asiento al que se aferraba-. Solo tienes que presentármelo. No es como si fueras a hacer algo malo. Recuerda que gracias a mí no perdiste todos los puntos del proyecto.

Lucía sollozó, adherida a la madera, como si fuera un salvavidas.

-Ya te dije No creo que sea buena idea, Andrea. Él no es para ti. Te lo he dicho muchas veces. Hazme caso.

Andrea soltó los dedos de Lucía uno a uno, halando de ella en su dirección.

-¿Qué sabes tú sobre eso? No has tenido novio, y no olvides que no debes ser una mala amiga.

-Tú y yo nunca hemos sido amigas. Déjame ir -respondió Lucía, molesta.

-Pero podríamos serlo -rebatió Andrea con ese tono travieso que convencía a todo el mundo, y celebró con aplausos cuando su compañera, vencida, se puso de pie.

Andrea no odiaba a Lucía Villanegra, solo que no habían cruzado palabra alguna a pesar de ser compañeras desde primaria. La retraída actitud de Lucía hizo imposible cualquier acercamiento, impidiendo que sus planes se llevaran a cabo en todo ese tiempo.

Andrea se enamoró del hermano de Lucía; el protagonista de sus sueños inconfesables desde que le guiñó un ojo en el restaurante del club tres años atrás. Aunque quiso captar su atención en aquel entonces, reconoció que era muy joven para que él se fijara en ella. Ahora todo era diferente y no iba a desaprovechar la oportunidad.

Alberto había comenzado a trabajar como pasante con el mejor amigo de sus padres. Así que Andrea decidió retomar su antiguo proyecto.

Investigó durante semanas cómo entrar en la vida de Lucía, pero parecía que las estrellas no querían alinearse a su favor. Era tan reservada, aislada e inteligente que no había forma de aprovecharse... hasta la noche anterior.

La misma pelirroja la llamó porque faltó un par de días a la universidad y estaba por perder el puntaje de uno de los trabajos en equipo más valioso de la clase de Semiótica.

Algo le dijo a Andrea que esa era la carta que debía jugar cuando la pelirroja le contó que otra chica rechazó su oferta de pagarle para que la integrara a su grupo. Estuvo a punto de ponerse de rodillas y agradecer al cielo por su buena suerte al escucharla.

Andrea odiaba trabajar en equipo, porque terminaba haciendo todo sola. Días antes, convenció al profesor de que le permitiera entregar su proyecto de manera individual. Así que no hubo problema al agregar el nombre de Lucía Villanegra al trabajo, con la única condición de que la presentara ante Alberto como su nueva mejor amiga.

El profesor no hizo ninguna pregunta. De esa forma, su parte del trato estaba saldada y ahora, el momento de recibir el pago por su buena acción había llegado.

Juntas atravesaron el estacionamiento de la universidad entre quejas de Lucía y burlas de Andrea. La música que se escuchaba desde el auto al que se dirigían sonaba tan fuerte que tener las puertas cerradas no hacía ninguna diferencia.

Andrea sintió que las rodillas le temblaban con cada paso que la acercaba a su sueño. Estaba tan cerca...

Una mano atrapó su brazo con fuerza antes de que bajara de la acera.

-¿Dónde crees que vas?

Andrea contuvo un grito, sosteniendo su pecho.

-¡Estás loca! Casi me matas del susto. Pero me alegra verte. Dile a mamá que llego después a la casa.

-No, te vienes conmigo. -Sara se acercó, susurrando sin aflojar su agarre-. ¿Y qué haces con la hermana de ese idiota?

-Tenemos un trabajo en grupo -Andrea chasqueó los dientes, soltándose de un tirón. Ya se había convertido en una mala costumbre el que su hermana le dañara todos los planes.

-Entonces, que ella venga a casa. Mamá no tendrá problema en recibirla. -Sus ojos se entrecerraron y una sonrisa ladina adornó su rostro-. No te acerques a Alberto, Andy. Te conozco y sé que te encanta meterte en problemas.

Andrea resopló, con la irritación incrementando en su sistema. Su hermana le estaba haciendo perder el tiempo.

-Déjame en paz. Lo que pasa es que estás celosa porque él nunca te hizo caso.

El sonrojo en las mejillas de Sara fue toda la confirmación que Andrea necesitaba.

Era de dominio público que su hermana, al igual que la mayoría de chicas de su círculo, intentaron conquistarlo en su momento. Aunque pocas habían tenido el privilegio de ser besadas por él, ya que se decía por ahí que prefería salir con las que estaban a punto de graduarse.

-No es verdad -murmuró molesta, evitando su mirada-. Además, tampoco se fijará en ti. Eres una mocosa que aún huele a bebé.

El ceño de Andrea se frunció, como cada vez que estaba a punto de estallar.

-No estoy buscando eso, Sara -susurró, apretando la mandíbula-. Te dije que iba por un trabajo. Y si no me dejas ir..., pues tendré que decirle a mamá que Agustín entró a tu habitación por tu ventana y que no salió de allí hasta casi las siete de la mañana.

El pánico invadió el rostro de su hermana mayor.

-¡Andrea! Eres una...

No escuchó lo que Sara le dijo al final. Con una sonrisa triunfal, alcanzó a Lucía que cruzaba la calle y, en lugar de sentarse atrás con ella, tomó el asiento del copiloto para iniciar su plan de seducción.

De repente, algo la hizo voltear. Vio a Javier Herrera hablando con Sara cerca del Jeep de Efraín.

¿Qué hacía en la universidad?

Los nervios la invadieron al recordar cómo lo había provocado la noche anterior, su toque en su espalda, sus palabras...

Si su hermano estaba con ellos, le esperaba un buen castigo en casa. Pero todo eso quedó en segundo plano cuando la mirada de desconcierto de Alberto se posó en ella. Bajó el volumen de la radio sin previo aviso, recorriéndola con la mirada de la cabeza a los pies antes de sonreír y preguntar:

-Y tú, ¿quién eres, preciosa?

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