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Ayuda, mi marido magnate se niega a divorciarse

Ayuda, mi marido magnate se niega a divorciarse

Autor: : Caz Denbaars
Género: Moderno
Es de conocimiento público en toda la ciudad que William se había casado con Renata solo por la presión. Ahora que su verdadero amor había regresado, y esa mujer ya estaba embarazada, no podían esperar a que él abandonara a su esposa. Sorprendentemente, Renata fue muy franca sobre la situación. "Para ser honesta, soy yo quien pide el divorcio cada día. ¡Lo deseo más que nadie!". Pero desestimaron su comentario como un intento insignificante para no quedar mal. Hasta que William hizo una declaración él mismo. "El divorcio no es una opción. ¡Quien difunda rumores sin fundamentos enfrentará consecuencias legales!". Renata estaba desconcertada. ¿Qué estaba tramando ahora este hombre loco?

Capítulo 1 Sigue con lo que sea que estén haciendo

Un jeep militar rugió por la bulliciosa calle llena de bares. Su presencia era como una tormenta en el horizonte. El vehículo, adornado con la insignia de un oficial de alto rango y una matrícula distintiva, acaparó la atención de todos los transeúntes. Frenó bruscamente frente al bar Serendipia, iluminado por el neón. El agudo chirrido de los frenos desafió a la vida nocturna circundante.

La puerta del vehículo se abrió y cerró de un portazo, un golpe que resonó en la noche como el eco de un disparo. De él salió un hombre, con un uniforme de camuflaje que contrastaba de forma extraña con el entorno urbano. Con una expresión severa y la mandíbula firme que acentuaban su intimidante presencia, entró en el colorido caos del bar.

En el interior, las luces de neón arrojaban un brillo etéreo sobre su rostro, y las sombras danzaban sobre sus facciones mientras avanzaba con paso decidido. El bar estaba lleno de los ritmos vibrantes de la música electrónica y el murmullo de charlas animadas; pero él parecía envuelto en un silencio escalofriante que lo aislaba de la fiesta.

En la barra, Ryland Flynn estaba inmerso en una conversación coqueta con la camarera. Alzó la vista al ver entrar al militar y el alcohol pareció evaporársele de golpe. La imponente figura enfiló directo hacia el ascensor y Ryland, sintiendo la urgencia, se levantó de su taburete para interceptarlo.

"Señor Mitchell... ¿Qué lo trae por Serendipia esta noche?". La voz de Ryland tembló bajo la mirada helada del hombre.

El hombre entrecerró los ojos y, con voz resonante y autoritaria, exigió: "¿Dónde está Renata?".

"Yo... creo que esta noche está en su casa", tartamudeó Ryland, luchando por mantener la compostura bajo aquella mirada penetrante.

Sin vacilar, el hombre pulsó el botón del ascensor para ir al último piso, con un gesto brusco y decidido. "Tienes treinta segundos para avisarle", declaró con brusquedad.

El corazón de Ryland se aceleró y el pánico se apoderó de él. Sabía que inventar una historia era inútil en ese momento. Con manos temblorosas, sacó su teléfono y marcó el número de Renata Carter justo frente a la imponente figura que se cernía sobre él. El teléfono sonó tres veces sin respuesta, lo que llevó a Ryland a cambiar a WhatsApp, frenético. Optando por un mensaje de voz, presionó el ícono del micrófono y susurró con urgencia: "Renata, tu marido está aquí para verte. Está subiendo en el ascensor".

Su intento de susurrar fracasó miserablemente; las palabras resonaron con una claridad pasmosa en el reducido espacio.

Una risa helada emanó de detrás de Ryland, enviándole escalofríos por la espalda cuando el ascensor se abrió. El sudor empezó a brotarle de la frente, cada gota un testimonio de su creciente temor.

El hombre salió con paso decidido y se dirigió directamente a la sala VIP. Ryland, atrapado en una red de terror, lo siguió dócilmente, con pasos vacilantes, mientras su mente buscaba a la desesperada una salida.

Deteniéndose de golpe en la puerta, el hombre se giró un poco. Ryland, haciendo acopio de valor, habló con voz temblorosa. "Señor Mitchell, le aseguro que ella no está aquí".

"Última oportunidad: abre o derribo la puerta yo mismo".

"Por favor, créame. Ella...", intentó de nuevo Ryland, con la voz vacilante.

"Tres", declaró el hombre con calma, su tono no dejaba lugar a discusión mientras comenzaba la cuenta atrás.

"De acuerdo", murmuró Ryland con voz tensa. Un suspiro se le escapó mientras sus manos, que temblaban ligeramente, buscaban a tientas la llave de la habitación. Atrapado en una encrucijada, no se atrevía a enfrentarse a un miembro de la formidable Familia Mitchell.

Cuando la puerta se abrió con un crujido, los ojos del hombre se entrecerraron y su expresión se endureció hasta convertirse en la máscara severa e inflexible de un veterano militar curtido.

Ryland echó un vistazo al interior y ahogó una exclamación. Apartó la mirada al instante para protegerse y se quedó junto a la puerta, observando desde una distancia prudente.

Dentro, Renata estaba recostada lánguidamente en el sofá, su figura envuelta en un llamativo vestido rojo, flanqueada por dos jóvenes escorts. Sus torsos desnudos estaban adornados con las inconfundibles marcas de la pasión: arañazos grabados en su piel como ecos de sus acalorados encuentros.

El brusco ruido de la puerta al abrirse hizo que los acompañantes se pusieran rígidos, tensando los músculos al ver la imponente figura que se cernía en la entrada.

En marcado contraste, Renata irradiaba un aire de calma despreocupada. Abrió los ojos despacio y sus labios se curvaron en una sonrisa de burla al ver al hombre.

Con un brillo travieso en los ojos, lo observó con la mirada entornada y una sonrisa en las comisuras de los labios. "Tranquilos, chicos, no es una redada policial", bromeó, con un tono cargado de desdén. "Permítanme presentárselo: es mi marido, el respetado William Mitchell de la Familia Mitchell. Seguro que han oído hablar de él, ¿verdad?".

Mientras hablaba, su mirada se desvió hacia William, observando su expresión estoica con una mueca provocativa. "Señor Mitchell, ¿a qué debemos el placer de su visita esta noche? ¿No se supone que debería estar ocupado con su amor de la infancia en lugar de perder el tiempo aquí con nosotros?".

William se acercó con pasos deliberados, el frío del aire nocturno impregnado de su chaqueta de camuflaje, un reflejo de la gélida reserva de su rostro. Se sentó en el sofá frente a ella, cruzando las piernas con indiferencia calculada.

Con una sonrisa fingida, les hizo un gesto displicente con la mano. "No me hagan caso, sigan con lo que sea que estén haciendo".

Capítulo 2 La decepción no es una opción aquí

Los dos acompañantes ya estaban visiblemente tensos, con la ansiedad reflejada en el rostro. La sola mención del nombre de William les provocó escalofríos.

Renata, con la cabeza ligeramente agachada, sintió una oleada de ira crecer en su interior. Sin embargo, la ocultó con maestría tras un velo de serenidad y ordenó: "¿Lo han oído, verdad? Ahora que el señor Mitchell está de humor, será mejor que den lo mejor de ustedes; la decepción no es una opción".

Luego levantó la cabeza, con una chispa traviesa en la mirada, y le lanzó un guiño coqueto a su esposo. "Señor Mitchell, considere esto una lección invaluable. Usted trata la cama como si fuera un campo de batalla; mis dos compañeros, en cambio, saben cómo hacer que una mujer se sienta querida. Después de todo, no somos sus soldados. Aunque yo podría soportar su rudeza, piense en su amor de la infancia. Ella es demasiado delicada para un trato así, ¿no cree?".

William se limitó a responder con una mirada gélida. Reclinado contra el respaldo del sofá, encendió su cigarrillo con un rápido movimiento. Un velo de humo pronto lo envolvió, ocultando su expresión inescrutable.

La irritación de Renata se intensificó ante su actitud distante; parecía casi dolido, aunque ella no podía comprender qué podría haber afectado su gélida fachada.

Impaciente, les espetó a los acompañantes: "¿Y bien? ¿Qué están esperando? A petición del señor Mitchell, muéstrenle lo que saben hacer; quién sabe, quizá aprenda una o dos cosas".

Con un aire desafiante, Renata tiró de los tirantes de su vestido lencero, dejando que se deslizaran por sus hombros.

Los hombres se sobresaltaron, sus ojos desviándose involuntariamente hacia William, cuya mirada era gélida e implacable. Instintivamente, cerraron los ojos con fuerza.

"Eh, señora Carter... quizá sea mejor que nos vayamos".

Mientras se agachaban para recoger sus ropas esparcidas por el suelo, ella los miró con una frialdad que los dejó clavados en el sitio.

"Se los he dicho. La decepción no es una opción", afirmó, con una voz tan afilada como el aire invernal.

Su atención se volvió hacia William justo a tiempo para ver una chaqueta de camuflaje volando por el aire, cubriéndola con precisión y oscureciendo su visión. Antes de que pudiera quitarse la chaqueta, unas manos robustas la levantaron en vilo.

"¡William! ¡¿Qué demonios estás haciendo?!", exclamó, con la voz amortiguada bajo la tela.

Ciega a su expresión, solo podía sentir el aura intensa y ominosa que irradiaba de él. Sin esfuerzo, la cargó sobre su hombro, con un cigarrillo a medio consumir colgando de sus dedos.

Con un rápido movimiento, apagó el cigarrillo en la espalda de uno de los hombres, provocando un grito agudo. Al mismo tiempo, le estrelló la bota en la rodilla al otro, provocando que un gemido ahogado de agonía llenara la habitación.

Ryland, que había estado esperando nerviosamente junto a la puerta, se adelantó alarmado. "Señor Mitchell, por favor, resolvamos esto pacíficamente", suplicó, con la voz temblorosa.

"¡Quítate de en medio!". La orden de William sonó como un gruñido bajo, más animal que humano, que hizo que Ryland retrocediera asustado. Impotente, vio cómo William metía a Renata en la parte trasera del jeep, mientras las protestas de ella se desvanecían en la noche.

El motor rugió cuando el vehículo avanzó, un reflejo del temperamento ardiente del conductor. Cuando Renata se desplomó sobre la lujosa colcha roja, los efectos del alcohol de la velada empezaron a desvanecerse.

Sus ojos se abrieron con un leve parpadeo y se posaron en la ornamentada cama del dormitorio principal, un emblema de la unión que nunca habían compartido realmente desde su matrimonio. La ironía la golpeó, mezclándose a la perfección con su tristeza. Su unión de tres años no había estado exenta de sexo. Las raras veces que William volvía a casa de sus obligaciones militares, sus encuentros, aunque acalorados y apasionados, eran solo fugaces momentos de intimidad. Sin embargo, su forma de vida hablaba por sí sola: mantenían habitaciones separadas, y esta habitación había permanecido siempre intacta.

Pero esta noche, el comportamiento de William era desquiciado; la arrastró a este espacio "sagrado" y la arrojó sobre la cama sin vacilar.

"William, ¿en qué demonios estás pensando?", jadeó ella, con la voz cargada de desconcierto y miedo.

Apenas logró incorporarse cuando él se cernió sobre ella, con la mirada salvaje y los ojos enrojecidos.

"Prepárate, porque voy a cogerte hasta que me pidas más", declaró, con las palabras saliendo entre dientes apretados mientras le arrancaba sin piedad el vestido, tira por tira.

"Así que, Renata, decías que era demasiado rudo, ¿es eso?", bufó, con el aliento caliente contra su oído, sus dientes rozando ligeramente el lóbulo de su oreja en una caricia escalofriante. "Voy a cogerte despacio y con cuidado esta noche, para que sientas cada maldito segundo".

Atrapada bajo su peso, Renata se retorció en vano; sus forcejeos solo conseguían acercarlos más. Mientras rozaba tiernamente su lóbulo con una lamida castigadora, su voz cortó el aire, gélida y directa:

"Recuerda que eres una mujer casada".

Justo entonces, el estridente timbre de su teléfono perforó el tenso aire. Aunque quería ignorarlo, el insistente zumbido en su bolsillo, justo cuando estaba a punto de desnudarla, lo obligó a buscar su teléfono con visible impaciencia. Al reconocer el identificador de llamadas, su expresión se suavizó ligeramente.

Con una sonrisa irónica y autodespreciativa, Renata echó un vistazo a la pantalla del teléfono. Como era de esperar, era su amor de la infancia la que llamaba.

Su voz destilaba ironía cuando replicó: "Parece que olvidaste que eres un hombre casado".

Su mirada se desvió fugazmente hacia ella, pero antes de que pudiera prever su siguiente movimiento, ella le arrebató el teléfono y contestó la llamada con deliberada calma.

"Hola, Silvia", saludó con calma.

Hubo una breve pausa mientras Silvia Paola procesaba la inesperada voz. "Renata... hola", balbuceó, con las palabras tropezando por el shock.

Al captar la mirada resignada de William, la sonrisa de Renata se torció en una mueca maliciosa. "Sí, soy yo. Lo siento, pero William y yo estamos un poco ocupados ahora mismo. Ya sabes cómo se ponen las parejas cachondas después de un tiempo separadas; es como un maldito deseo que hay que satisfacer. No me quita la boca de encima, así que dudo que pueda contestar al teléfono pronto".

Capítulo 3 Un maldito mentiroso

Las palabras de Renata debieron de tocar una fibra sensible o infundir miedo en Silvia, que se quedó callada, sumida en sus pensamientos durante un largo rato. Justo cuando Renata se preparaba para otra avalancha de audaces acusaciones, William intervino y le arrebató el teléfono de las manos. Su beso feroz y dominante le arrebató el aliento.

Él no era de los que hacían promesas vacías; le demostró su particular concepto de la gentileza. Después de lo que pareció una eternidad de tormento, Renata rompió a llorar, pidiendo piedad, y solo entonces él finalmente cedió.

Agotada por el calvario, cayó dormida casi al instante. Durante toda la noche, se sumió en un estado de semiinconsciencia, y apenas fue consciente del momento en que William se levantó de la cama.

Cuando el amanecer se coló en la habitación, Renata despertó sola. Se quedó acostada en la inmensa cama, impregnada de recuerdos recientes y persistentes, con la mente perdida en sus pensamientos. Giró la cabeza hacia las cortinas, firmemente cerradas, que mantenían la habitación en una penumbra que confundía el alba con el atardecer.

Una ola de agotamiento la invadió mientras alcanzaba su teléfono, con el cuerpo todavía dolorido por la intensidad de la noche anterior. Fue entonces cuando vio la publicación: una foto de Silvia en Instagram que mostraba inconfundiblemente a William de espaldas, absorto en la cocina. La revelación la golpeó con la fuerza de un puñal.

En un ataque de furia, Renata lanzó el teléfono contra la pared. A pesar de la fuerza del golpe, el dispositivo sobrevivió milagrosamente al impacto.

"¡Maldito mentiroso! ¡Ese infiel de mierda!", espetó, con los puños apretados por la rabia.

Levantando la sábana, intentó incorporarse, pero el dolor persistente convertía cada movimiento en una lucha. Ese miserable realmente la había dejado hecha polvo. Pero a él no le importaba; al contrario, parecía estar de un humor excelente mientras le cocinaba felizmente a la otra.

Su rabia crecía, avivada por cada dolor punzante y la traición recién descubierta.

La publicación de Silvia era una provocación descarada.

En ese momento, unos golpes vacilantes sonaron en la puerta, seguidos por la voz tímida de la criada que se filtraba a través de la madera. "Señora Mitchell, ¿está despierta? El señor Mitchell me pidió que preparara algo para la resaca".

Renata ardía de fastidio. Ahora que él estaba fuera retozando con su amante, ¿a qué venía la molestia de enviar a la criada? Inhaló bruscamente, intentando reprimir la tormenta que se desataba en su interior.

"Estoy mucho mejor ahora, gracias. No es necesario", respondió Renata, con la voz tensa.

Pero la criada permaneció en el umbral, su tono suave y persistente: "Señora Mitchell, el señor Mitchell también le ha preparado específicamente una pastilla. ¿Le gustaría salir a tomarla?".

Confundida y un poco curiosa, Renata entornó la puerta y se asomó. "¿Qué pastilla?", preguntó, frunciendo el ceño con sospecha.

"Ya sabe, para después de anoche...", dijo la criada con delicadeza, dejando la frase en el aire.

Esa fue la gota que colmó el vaso. El control de Renata se rompió como una cuerda tensada durante demasiado tiempo.

Estaba peligrosamente al borde del estallido.

Durante los tres años de su matrimonio, Renata había tomado diligentemente una pastilla anticonceptiva después de cada uno de sus encuentros íntimos. La idea de formar una familia todavía no le atraía; no estaba preparada para asumir la maternidad.

La rutina era sencilla cuando la manejaba ella misma, pero se sentía distinta, casi invasiva, cuando William hacía que se las entregaran.

"¡No la tomaré!", declaró Renata con desafío, su voz cargada de determinación. "¡Dile a ese miserable que si me quedo embarazada, tendré al bebé! ¡A ver cómo se las arregla con eso!".

Sus palabras resonaron con fuerza mientras cerraba la puerta de un portazo, cuyo eco reverberó en las paredes.

En cuanto la criada se fue, comenzó a buscar en la habitación las pastillas que había comprado antes; su comentario anterior no era más que una pulla amarga.

Agotada, se derrumbó sobre la cama mullida, su cuerpo retorciéndose y girando mientras intentaba encontrar consuelo entre las suaves sábanas. Mientras el sueño se apoderaba de su conciencia, su mente bullía de maldiciones dirigidas a William. Se preguntó a qué se debía su inesperado regreso del servicio militar. ¿Podría su repentina aparición estar vinculada a algún problema que involucrara a Silvia?

De hecho, sus sospechas no eran infundadas. El regreso de William tenía todo que ver con Silvia. En cuanto fue dado de baja, intentó contactar a Renata, pero solo encontró silencio. Sus indagaciones lo llevaron a descubrir sus recientes escapadas, incluidos los acompañantes con los que se había estado viendo. En una mezcla de rabia y desesperación, irrumpió en el bar que ella frecuentaba, la sacó a rastras y luego corrió a atender a Silvia.

Mientras tanto, en el hospital, Silvia se sentía incómoda mientras el médico concluía su examen.

"Señorita, aparte de una leve anemia, está perfectamente bien. Por cierto, ¿este caballero es su esposo?".

La pregunta tomó por sorpresa a Silvia, y un rubor de vergüenza tiñó sus mejillas.

Inclinándose ligeramente hacia adelante, William preguntó: "Doctor, ¿debería tomar alguna precaución adicional? ¿Necesita evitar algún alimento específico?".

Él no confirmó ni negó, preservando así la dignidad de Silvia.

"Solo evite los mariscos, en particular los cangrejos. Por lo demás, es libre de disfrutar de lo que le apetezca. Tiene náuseas matutinas, considérense afortunados de que pueda comer sin vomitar".

"Entendido. Gracias por su ayuda, doctor". La respuesta de William fue educada, teñida de una sensación de alivio.

Al salir del consultorio, William miró de reojo a Silvia. Ella acunaba su vientre con suavidad, y su expresión radiaba la alegría única de una madre primeriza.

Él suspiró, un susurro apenas audible que escapó de sus labios. "Silvia".

"William, creo que... puedo sentir los latidos del corazón del bebé". La voz de Silvia temblaba de emoción, y sus ojos brillaban al encontrarse con los de él.

Él hizo una pausa, con el peso de sus siguientes palabras oprimiéndolo. "Silvia, deberías considerar interrumpir el embarazo".

"¡No!". Su voz se quebró en una negativa visceral. Las lágrimas brotaron al instante de sus ojos mientras le imploraba: "William, quiero a este bebé. Por favor, déjame tenerlo. No me obligues a renunciar a él. Puedo criar a este niño yo sola si es necesario...".

"¿Y crees que puedes tomar la decisión de quedarte con el niño sin mi consentimiento?".

La voz fría y cortante de Renata cortó su conversación. Tanto Silvia como William se giraron para verla en la esquina del pasillo, con los brazos cruzados, su presencia como un espectro en un festín. Su actitud y su mirada penetrante dejaban clara su posición: al fin y al cabo, era la esposa legítima de William, y sus palabras tenían el peso que le confería ese título.

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