_ Para humillar a un hombre; vuélvelo un siervo. Para quebrar su carácter, quítale su libertad. Si quieres arrebatarle la dignidad; entonces despójalo de su nombre. Si una vez que le dejes sin linaje, y sin esperanza, tu príncipe se levanta, habrás vencido. Y que no se te olvide Artemían, si de veras quieres darle el lugar que le corresponde,enséñale a ser invencible, como una vez hice contigo.
_ No sé si podré hacerlo.
_ ¡Tienes que hacerlo! Por el heredero, por la vida del Rey y tu honra. Si logras convertirlo en el Príncipe digno de su legado, entonces tráelo al lugar donde todo comenzó.
Aslam Ambery escuchó en silencio aquella voz ronca, de un hombre forjado en las batallas más rudas, sin vestigio de humanidad. Quedó sumergido en la vorágine de un enigma. Las preguntas que se agolparon en la honda caída del pozo de la garganta, se convirtieron en palabras que nadie escuchó.
Los corceles corrieron agitados hacia el bosque. Los cascos rompieron las piedras, y la tierra tembló bajo aquella corrida. Como si la noche diera un aviso a las bestias, que todo estaba en peligro, que el estigma de la traición había cambiado la suerte de Los Reyes.
Dejaban atrás los gritos atormentados. Los trillos de sangre en los pasillos de La Casa Imperial, y un camino hacia una venganza interminable. Aslam III, el Príncipe Heredero de la Dinastía de los Inmortales, no lo supo entonces;le esperaba un destino que descorría una suerte adversa, que le proporcionaría las armas para forjarlo. Solo el futuro revelaría la fuerza que necesitaba para resurgir más fuerte; inquebrantable.
El silencio del Duque, los soldados allanando su estancia, y los muertos sobre el mármol, le dieron la respuesta que necesitaba. La pesadilla había comenzado.
El Trono Blanco se distinguía en el gran salón del Palacio Imperial. Si bien ostentaba el lujo y el abundante oro como ningún otro lugar en la tierra, lo más admirable era la apariencia sometedora de Los Reyes. Joseph IV de La Casa Imperial de Los Inmortales, tenía una fortaleza física descomunal. Su mirada oscura podía hipnotizar y hacer caer de rodillas ante la seducción y el poder de sometimiento. Era feroz en combate. Todos temían a la fuerza del látigo y al filo de la daga cuando enfrentaba a sus adversarios. La Reina, era una doncella dotada de una belleza inigualable.
Joseph IV comenzó a amarla con toda su pasión desde la primera vez que la vio. Amó cada minúscula parte de su fisonomía, su porte altivo y el contraste de su atractiva presencia contra la monumental apariencia de dominio que él ofrecía.
El palacio permanecía custodiado por La Guardia Real, con rondas de vigilia cada cuatro horas. Los principales jefes del Ejército Imperial se ocupaban de la custodia y el entrenamiento militar de los príncipes. Las altas columnas de mármol blanco se dejaban ver desde una gran distancia, protegían el reinado más poderoso de la tierra. Dentro, se podían ver las anchas puertas que custodiaban el Trono Blanco. Solo los herederos de la inmortalidad podían ocuparlo. La escalera de mármol que serpenteaba el salón ofrecía la vista aérea más espléndida del lugar. El Trono Blanco se abría en las ceremonias solemnes. La servidumbre y la nobleza solo acudían ante su presencia cuando El Rey les enviaba el mandato real. Nadie entraba al salón sin su consentimiento. Dentro se podía experimentar una calma sometedora, como si la esencia de inmortalidad fuera parte del aire que todos respiraban.
El Primer Rey Inmortal Aslam Harven Marquisteim I, construyó el reinado sobre la base de un sólido poder, unido a la conquista y el sometimiento de los reinos dominados. Todos hablaban de la belleza física de sus primeros hijos, y la fuerza que los caracterizaba. Poseían muchos atributos semejantes a la naturaleza de su padre, pero una condición comenzó a resquebrajar la moral, eran mortales.
Y esta misma decepción lastimaba el corazón de Joseph IV, cada vez que llegaban las duras pruebas de inmortalidad a sus pequeños y resultaban fallidas. El Rey fue compasivo y los amó con una sobreprotección incomprensible. A pesar de la decepción de no concebir al heredero deseado. Sabía que sus hijos eran mortales igual que la Reina. La había despedido hacia el vuelo eterno de la muerte cinco años atrás y decidió regalarles un futuro decoroso a todos, y encontrar nuevamente al amor.
Cuando sus hijos Mixán y Maxime llegaron a la edad de casarse, les unió con hermosas doncellas de reinados cercanos, y les concedió grandes terrenos y estancias reales muy próximas al palacio principal. Les otorgó grandes sumas de oro y piedras preciosas de incalculable valor, una buena parte de la fortuna adquirida por los primeros Reyes. ParaMathew, y Robin, que aún eran demasiado jóvenes para casarse, separó la misma dote para asegurar los mejores matrimonios, y las más ostentosas herencias.
En su corazón llevaba la culpa como una carga demasiada pesada que a veces le impedía respirar, pero una esperanza latía de forma perenne, intentando que el tiempo no la apagara jamás. Tenía la certeza de que un día una semilla con su fuerza, le daría la felicidad de la continuidad de su dinastía.
Los príncipes aprendieron a cumplir las leyes del palacio: La Honra. Mostrar coraje en la batalla. Mantener el poder que protege al reino. Pero la inmortalidad del padre resultaba un enigma, y a la vez un deseo que ocultaba oscuros presagios. Uno a uno, fueron comprendiendo que las pruebas de nacimiento no le favorecían. La servidumbre murmuraba, los generales de guerra les preparaban como guerreros, pero no como herederos de la Casa Inmortal.
Joseph IV Ambery había celebrado sus doscientos años y aún lucía hermoso. Su piel permanecía fuerte como un valeroso líder de batallas, y lozana como Rey. Conoció muchas doncellas de cuna nobiliaria, pero solo una le atrapó todos los sentidos. Bastó verla para saber que era una criatura muy especial, criada con la distinción de las antiguas Casas Nobiliarias. En su corazón lo supo y sus ansias irrefrenables de amarla la convirtieron en su reina.
Contraer nupcias con Lady Ira Simberly, fue uno de los momentos más felices en la vida del monarca. Todos festejaron con alegría infinita su llegada. A pesar de su condición, una que ya había dado príncipes mortales al palacio, se respiraba la esperanza de que la joven fuera la indicada para engendrar al Heredero Inmortal. Pero los retoños del imperio comenzaron a temer por su futuro, sabían que el tiempo marchaba feroz en su contra. El miedo se fue apoderando de ellos y abrió un surco hacia la ambición, con el filo que deja heridas invisibles.
Lady Ira llegó a conocer todas las leyendas. La historia antigua del primer monarca, cantada desde siempre entre los bosques y las aldeas más inhóspitas. Y aprendió a amar a los hijos de su esposo. La primavera llegó con nuevas leyendas y cantos de cuna para la espera de su primogénito.
El día que nació Aslam Ambery todo cambió. Se celebraron fiestas por cuatro soles y tres lunas. Hubo banquetes que duraron desde el alba hasta el ocaso, y la esperanza fue apoderándose de todos, porque intuían que la calma traía buenos augurios.
Todos ansiaban llegar al palacio para ver la belleza del heredero que había hecho brotar lotos negros después de dos milenios, cuando nació su padre. Las leyendas comenzaron a cobrar vida. Los aldeanos y la servidumbre del palacio comenzaron a cantar el nombre de Aslam Ambery III, como si una fuerza mayor hubiera escrito su nombre en la cámara de los siglos.
La reina acurrucó a su príncipe en lino blanco. La sonrisa de su recién nacido la desarmaba. Sentía un amor diferente, su primogénito y el amor del rey la volvían una mujer muy dichosa. La nodriza extendió las manos y desnudó el seno para darle alimento, pero ella movió la cabeza inconforme. Miró con una honda ternura a su hijo y le dio de lactar. La servidumbre la contempló con admiración y asombro. Todas las reinas cuidaban las formas de sus pechos, y ella había sido la primera en amamantar a su hijo. Y fue entonces que la escucharon hablar.
_ Cuando se espera el nacimiento de un hijo es un gozo, es un canto desde el corazón. Es el orgullo del padre, y la seguridad de la madre. Pero cuando nace un príncipe, y tiene sangre inmortal, el reino columpia semillas de esperanza. Todo el universo sublima al Eterno Rey. Esta era la primera ley escrita en piedra por el Primer Monarca. ¿La recuerdas Noreilla? Honrar al Príncipe Heredero.
_ Si, la recuerdo, mi reina_ musitó la sierva con humildad. Nunca podré olvidarla. Parece que el destino nos habla _. Advirtió con asombro.
Recordó todo lo aprendido cuando acompañó a su doncella, Lady Ira Simberly, hija de Duques y heredera de una nobleza singular. La preparó para la boda, para la estancia en aquel palacio, y la acompañó en su nueva vida como madre de herederos de una dinastía poderosa. Todo el séquito imperial le enseñó las leyes en piedra sobre el inicio de aquel reino prometido a ser eterno.
La leyenda cobraba vida. Un canto que versaba el nacimiento de los príncipes que hacían brotar lotos sagrados en el lago de Azur. El primer grito de vida de Aslam provocó una eclosión de pétalos con el color de las noches sin lunas, como si rugieran océanos tempestuosos sobre las tranquilas aguas del lago que rodeaba el Palacio. La superficie se dejó adornar con el contraste de las flores oscuras, y el aroma intenso que embriagaba todos los senderos cercanos con su olor.
La presencia de aquellas flores exquisitas signaba una vida de triunfos y de eternidad para el continuador de su dinastía. La inmortalidad que tanto anhelaban todos, la esperaban en el nombre de Aslam Ambery III, y la noticia fue extendiéndose en todos los resquicios de la tierra. Cuando llegó a su cuarto año de edad, todos aguardaban expectantes los sucesos que harían cumplir la segunda ley: abrir las puertas que custodiaban el trono.
El ritual comenzó al clarear el alba. Las siervas bañaron al príncipe con sales aromáticas y la esencia del jazmín. Le vistieron con un traje de gala confeccionado con lino blanco y orlado con ribetes de oro puro, lucía una camisa con cuello alto abotonado con diamantes. Las vestiduras le hacían parecer un noble destinado a grandes empresas. La capa de color blanco le resaltaba su imagen inocente, mientras los cabellos negros ondulaban hacia los hombros, y la mirada era desafiante como la de un hombre que ya había vivido todas sus experiencias.
Le colocaron una corona con oro y plata diseñada para aquel momento. Le habían preparado para la llegada a las puertas del Trono Blanco. Solo debía detenerse unos minutos ante ellas, y esperar.
La madre le tomó por las manos mientras caminaban sobre la alfombra roja. Pero le dejó de conducir cuando se situó ante el Salón Real. Joseph IV esperaba impávido la revelación. Quedaron solos, padre e hijo, separados por la estrecha puerta que señalaría su destino.
Sintió los pasos cortos y acompasados, y la mirada se le bañó de orgullo. Un desasosiego indescriptible comenzó a llenarlo de emoción.
Pero el esplendor y la gloria estaban amenazados por la sombra de la traición. La ambición contenida en el espanto de las almas atormentadas de los príncipes salía a la luz. La verdad les revelaba que no habría descendencia especial sobre ellos, eran simples mortales, como lo eran todos, excepto Aslam, y no podían permitirlo. Los primeros hijos de Joseph IV, trazaron un plan de destrucción y muerte.
Mathew, Robin, y los gemelos Mixán y Maxime, compraron con oro a muchos soldados antes de iniciar el ataque. El Rey Joseph IV se levantó del trono y corrió con toda su celeridad. Aslam miró absorto la agilidad de sus pasos. Su padre, quien le esperaba, había pasado por su lado sin mirarle mientras desenfundaba sus armas, y la capa ondeaba con distinción. No tuvo tiempo de apreciar el inminente peligro. Sintió un escalofrío, un estremecimiento irreconciliable con su naturaleza, cuando comenzaron a caer las flechas y los puñales contra la familia real.
El Duque Artemían, que participaba del ritual de pronunciamiento, escuchó la voz estentórea del Rey dictándole que protegiera al príncipe. Una voz que le hizo recordar su condición, como el lazo más cercano a la familia. El Duque cargó sobre sus hombros al príncipe apenas distinguió la magnitud del peligro, y en un segundo sus hombres armados se encontraron ante un contronazo inesperado. Los príncipes gemelos hicieron un cerco sobre ellos, y arremetieron con fuerzas contra su hermano, pretendían derrotar al pequeño Aslam antes de signar su suerte, Mixán rozó una filosa espada sobre el fino cuello del niño y lo marcó con la mirada inyectada de odio.
El monarca se espantó, y arremetió con denuedo, temía lastimar a sus propios hijos, pero Aslam estaba en peligro. Intentó vencer sin causar demasiadas muertes, pero los soldados pelearon con crueldad por el oro prometido. El espanto le llegó como un relámpago cuando escuchó los gritos de las doncellas, el rugido de sus guerreros, y vio caer a las damas de compañía, y el cuerpo de su esposa, mezclarse en el trillo de sangre de La Guardia De Honor.
Joseph IV luchó con el corazón inflamado por la cólera, y una furia que lo convirtió en una amenaza feroz, pero sus gemelos sabían cómo exterminar a Los Inmortales. La educación de la realeza contemplaba estudiar las leyes heredadas por los antiguos, y no sintieron piedad cuando la daga azul viajó hacia su destino: detener los latidos del corazón.
Experimentó un dolor en todos los resquicios de su cuerpo. Sus propios hijos cortaban la línea de su vida. Las puertas del trono se cerraron con un crujido ensordecedor y el palacio se convirtió en una estela de humo y de gritos agónicos.
Aslam fue levantado por los aires, cuando un fuerte guerrero blandió la espada contra el arma que le amenazaba. El pequeño presencio una pelea sin igual, sus hermanos contra el soldado real, y el cuerpo del hombre se llenó de heridas y de flechas, mientras el Duque Artemían silbaba fuertemente a sus hombres, y lo cargaba como si hubiera dejado de tener vida.
Los soldados que aún permanecían fieles, lucharon con dignidad y total denuedo por protegerlos, mientras El Duque y los fieles que aún quedaban en pie, abandonaron el palacio y comenzaron el incierto destino de la huida.
El Duque Artemían silbó fuerte y el chiflido despertó al muchacho que dormitaba al calor de su cuerpo. Una aldea camuflada en medio de un robledal les dio la bienvenida. El pequeño miró a su alrededor con los ojos llenos de dudas, intentando reconocer cada resquicio de aquella naturaleza, asimilando lo que acababa de ocurrir. La luz del sol apenas comenzaba a colarse entre los altos árboles, y clareaban las altas montañas de Campus Drae, como si le dieran una cálida acogida.
_ ¿Quién es el crío?_ preguntó de pronto una voz dulce, mientras los brazos frágiles cargaban al muchacho y lo sacaban debajo de las costillas del Duque. La mujer le ofreció consuelo. Era una dama muy fina, que no pertenecía a la dureza de aquel paraje desierto y olvidado, pero le regaló una confianza diferente. Ese día el Príncipe Heredero de la Casa Imperial comenzó a vivir lejos de los lujos del palacio, comenzó a renacer bajo la fragua del fuego de un destino que estaba obligado a aceptar.
El campo le pareció acogedor. La naturaleza le atrapó los sentidos, pero en las noches comenzó a recordarlo todo. Los gritos de espanto de las doncellas, la mirada triste y temerosa de su madre cuando le vio rodeado de soldados, y la ira del padre mientras luchaba por someter a los traidores. Recordó el último destino de la daga azul, y comenzó a murmurar los nombres de sus hermanos, como un canto que lo mantenía más vivo que nunca.
Aslam estaba cansado. Habían corrido a las bestias durante toda la madrugada y el corazón dejó de darle martillazos. Estaba asustado, pero en su fuero interno sabía que debía ocultarlo. Desde que aprendiera a caminar su padre le enseñó las leyes del palacio, la de los hombres y de los reyes, pero con fuerza mayor le dictaron la de los inmortales. Confiaba que crecería en su palacio, que seguiría durmiendo bajo el abrigo protector de los reyes, pero en un segundo todo cambió. Campus Drae, se le apareció como un fantasma que se debe evitar temer, que se debe enfrentar para lograr lo que todos querían, que saliera a la luz su verdadera naturaleza.
Matilda decidió cuidarle con la piedad de las mujeres que son privadas de la maternidad, con el dolor latente de haber perdido un embarazo del único hombre que amó en su vida: el Duque Artemían. Por él había decidido permanecer en aquel lugar, rodeada de hombres de guerras, unida por el amor y un destino, que a veces le llenaba el alma de tristeza.
Aslam comenzó a regalarle esperanzas, ella confiaba en su esposo y en la vitalidad del niño. Cumpliría el desafío de cuidarle.
_ ¿Cómo vas a quitarle el miedo?_ preguntó Matilda con cierto recelo de escuchar la respuesta.
_ Con dolor. Cuando venza todas las pruebas, cuando se acostumbre al dolor en cada parte de su cuerpo, ya no temerá.
_ No soporto verle así, despojado de todo_ susurró con tristeza mientras el niño dormía.
El Duque le acarició el rostro y le besó la mejilla. Matilda era una mujer de una belleza increíble, y había aceptado aquella suerte con él, y eso lo convertía en un hombre dichoso.
_ ¿Cuándo le dirás la verdad?
_ Aún no lo sé, es muy pequeño. Aún no sé si tiene el poder de su abuelo, o el de su padre. Tampoco sé cuando esté listo. Nosotros quizás solo estamos en su destino para ayudarle a encontrar su lugar. Le espera una vida solitaria, Matilda. Él es mi única familia después de ti, y no sé cómo diablos voy a hacerlo.
_ Lo harás. Lo haremos juntos. Vas a criarlo y vas a convertirlo en el hombre digno de su legado, y ya sea un inmortal o no, es un príncipe, y un día debes ayudarle a recuperar su trono.
_Confío en que sí. Un día él crecerá y será digno de construir su reinado.
_ ¿Cuándo comenzarás a educarlo?
_ Ya hemos comenzado amor mío_ El Duque le dirigió una mirada tierna y llena de preocupaciones a su esposa_. Que aprecie el valor de la vida, de los soldados que derramaron su sangre por su familia y por él, es su primera lección. El camino del vengador ha comenzado y solo tiene un final. La segunda lección está escrita en su destino, ya sabe que está solo_. Murmuró con pesar.
Lo primero que aprendió cuando le llevaron a Campus Drae fue a no confiar. Artemían le había dicho que no podía confiar en nadie, y a su corta edad ya había sufrido los estragos de la traición y la lucha de poder que lo sentenciaba a una vida despojada de amor. Y fue una lección muy dura, de aquellas que se volvieron una pesadilla.
Nunca pudo olvidar a aquel chico tan villano con el que creció. Grey era su nombre. Tenía cabellos rojizos y los dientes afilados de tanto morder a los muchachos de aquella comarca, pero Aslam estaba recién llegado y en dos días había recibido más de seis huellas de dentadura en sus dos brazos. Les propinaba palizas a todos los pequeños del lugar, y nadie le había tendido la mano nunca, salvo él.
Habían decidido aventurarse hacia las montañas cercanas en busca de venados salvajes. Corría con los muchachos sobre el yerbaje de aquellas laderas encumbradas y frías, cuando Grey cayó y se raspó las rodillas, impidiendo que caminara por el ardor. Aslam recordó como su tío le llevó sobre sus hombros el día funesto de su cuarto aniversario, aquel en que abandonara su palacio. No le llevó un segundo cargar al niño sobre su espalda. Hasta que Artemían le vio llegar con el pequeño sobre él. Unas chispas encendidas por la ira le provocaron un enrojecimiento en la mirada.
Aslam no comprendió su repentino cambio de humor, hasta que le tomó del brazo y le sacudió de cabezas dentro de un balde rebosante de agua congelada. El invierno llegaba a pasos rápidos en aquellos días, el cuerpo convulsionó por el frío y los vellos de la piel se convirtieron en una emisión de alfileres listos para ser disparados. Por primera vez sintió temor de su destino, por primera vez él le recriminó la ayuda ofrecida al hijo del herrero. La sacudida le sorprendió tanto como la rapidez en que fue sumergido de cabezas una y otra vez. Matilda gritó espantada y corrió a socorrerlo.
Aslam había dejado de pensar, de patear hacia el cielo, mientras buceaba dentro de las paredes estrechas del barril. El Duque le tiró al suelo y el pequeño cayó sobre la yerba, cansado de forcejar y sin aliento. Experimentó una humillación desconocida al ver que todos le miraban absortos y sorprendidos, como él mismo lo estaba entre espasmos y jadeos que le dificultaban respirar.
_ ¡Nunca más! Nunca, Aslam Ambery, vuelvas a ayudar a nadie. No muestres misericordia por nadie. No te vuelvas débil ante nadie.
En ese mismo instante se dirigió al hijo del herrero, con una mirada que le atravesó hasta los propios huesos.
_ ¿Quieres morir?
Matilda le miró con una ira irreprimible. Era la primera vez que bajaba las armas ante el Duque, y le regaló una mirada llena de dudas y decepción.
_ Nadie puede tocar al Príncipe Heredero. Nadie puede mirarle a los ojos, ni rozarle siquiera, o te la verás conmigo Aslam Ambery III, hijo de Joseph IV de la Casa Imperial. Nunca vuelvas a desobedecerme. No muestres tu debilidad ante nadie.
Caía la noche y no supo con qué rapidez llegó a la cima de la montaña. Una fina llovizna fue mojando todo su cuerpo. Retuvo en la mente un torrente de preocupaciones que nunca debió tener, no si su padre viviera, si su madre le diera abrigo.
Cayó de rodillas sobre el lodo. Había sufrido el despojo de su palacio, la traición de sus hermanos, la caída de sus padres, pero nadie lo preparó para la humillación. Sufría muy dentro, el mal sabor de una derrota le irritaba desde la impotencia. Le habían llegado de golpe, la pérdida y la orfandad, el brusco cambio de una suerte adversa que removía sus entrañas. Lo habían avergonzado por primera vez, y no tenía armas ni leyes que le ayudaran a cerrar aquella herida.
A lo lejos se oscurecían las nubes sobre el cielo y rugió una vez más el nombre de su padre. Recordó sus pasos ágiles al pasar por su lado, su mirada oscura y temerosa. Pudo sentir el escalofrío de la daga disparada hacia su corazón, y volvió el vértigo, el deseo de vomitar, una daga afilada sobre su propio corazón.
_ ¡Padre! ¡¿Por qué me abandonaste?!
Aslam hundió sus pequeñas manos en el lodo, y se dejó caer. Sintió que le atravesaban todas las heridas con el fuego ardiente de la impotencia. Estaba adolorido en cada partícula de su diminuto cuerpo, sentía dolor en los huesos, en el alma que le quebraban sin piedad. Juró venganza de sus hermanos, y también comenzó a luchar por su verdadera fuerza. Nunca más dejaría que El Duque ni nadie le lastimaran, menos que le volvieran a humillar.
El grito de ira le hizo brotar unas lágrimas que sintió más cálidas que antes, en su pecho se concentró todo el enojo de inconformidad, la cólera retenida, y el dolor; uno profundo que nunca pudo olvidar.
La lluvia se volvió más fuerte y las lágrimas más copiosas, confundidas en la danza del sufrimiento del pequeño contra el alivio que regalaba el cielo, al punto de humear y calentar sus mejillas mientras entretejían un mismo camino.
La habían descrito muchas veces, cuando le contaban las leyendas de Aslam Marquisteim, el Primer Rey Inmortal, y aquellas historias nacidas del amor de sus padres, todas signadas con lágrimas que quemaban por amor. Él nunca quiso creer aquella historia, y experimentó su propia condición en soledad. Sabía quién era. Siempre lo supo, solo debía ser paciente.
Descendió de la colina con una agilidad inefable. Se acercó a la casona, y se le apareció la figura del Duque Artemían como un fantasma. Le vio estrujarse los cabellos con signos de locura, al grito de Matilda todos le miraron. Ese fue el único día que lloró.
La mujer le levantó en volantas y lo acurrucó en su pecho. Le envolvió en una manta agradable y cálida. Esa noche Aslam se preguntó porque su tío le había recriminado. Nunca olvidó el temor en los ojos de los aldeanos, la ira del Duque en aquella lección: "no muestres debilidad". La frase parecía una canción de cuna olvidada en su antigua vida. El suspiro guardado en la garganta se volvió un recuerdo vago, como todo lo demás.
Esa madrugada durmió enredado en la manta con Matilda sacudiéndole los cabellos. La mujer siempre le miraba con unos ojos acuosos y llenos de bondad. Aslam dejó de pensar en su suerte, y comenzó a recibir las órdenes de su tío como única prioridad para ser, quien verdaderamente era.
Artemían vivía su peor pesadilla. Se enredó los cabellos con las manos mientras gritaba el nombre del Rey, en silencio invocaba la ayuda de su general. Lloró a sus muertos, y se compadeció de los traidores, porque tenía trazado un implacable plan dónde todos iban a caer ante el puño de Aslam, y lloró como nunca antes su propia suerte, la del hombre que tenía que forjar al vengador.
El Duque siempre le había hecho vivir emociones extremas para aniquilarle los sentimientos, y el instante en que aparecían, los convertía en hogueras de exterminio que se mantenían vivas, como luces inextinguibles en el alma del guerrero. De ahí cultivó todo el potencial hasta dónde era permitido desde la infancia. Durante los años vividos conocía la naturaleza humana como ninguno, y pretendió darle el caudal de experiencias a su futuro rey.
De todo lo que fascinaba a Aslam, la guerra le ofreció un horizonte donde destacaba por el ímpetu en combate y la agilidad aprendida desde su fuero interno, las ansias de ocultar cualquier vestigio de humanidad las mostraba sucesivamente en cada contienda.
Nunca olvidó la enseñanza militar. Las primeras lecciones quedaron en su fuero interno como un mandato:
_ Cuando te enfrentes a tu adversario debes concentrarte en sus partes vulnerables. Hay puntos exactos dónde matar. Cada uno de nosotros somos un objetivo perfecto para alguien más. Tú no puedes ser nunca el blanco para nadie, tienes que matar primero, y hacerlo sin enfrentar la mirada, porque puede hacerte claudicar y caer ante la misericordia. No tendrás compasión, porque de tu debilidad o tu fortaleza depende la casa Imperial, y tu dinastía puede prevalecer o sucumbir, sin haber comenzado. Mira lo que sucedió a tu padre, confío, amó, y fue traicionado y asesinado por sus hijos. ¿Comprendes lo que te digo?
Aslam asintió. Había aprendido a erigirse en el rigor de su tutor. Evitó recordar las enseñanzas de los eruditos dictándoles las leyes de los antiguos, las leyendas que se tejían en su palacio, la mirada amorosa de la madre y ese minuto final de la agonía en la mirada de su padre. Había tomado una decisión. Artemían era lo único que prevalecía en su tiempo de guerra y debía aceptar, que matar y convertirse en un guerrero le devolvería al menos, el lugar marcado como su hogar.
La espada crujió ante la fuerza del noble cada vez que fue levantada en alguna contienda. Había madurado en carácter y llenaba una complexión física más robusta que todos los que le antecedieron en el trono. Artemían le vio crecer sin percatarse que cada año el rostro y el fornido cuerpo del guerrero se parecían al del Rey, pero viéndole al enfrentarse en combate y dominar el control, entonces lo supo, había triunfado, había convertido al niño en futuro monarca. Ahora solo tenían que tomar lo que les pertenecía.
A los diez años aprendió a trotar con la espada en lo alto y la agitaba con destreza como un fuerte adalid. A los catorce, reconocía los puntos mortales en los oponentes y causaba estragos en el contronazo cuerpo a cuerpo. A los dieciocho ya tenía una lista de bajas más grande que todos los generales, llevaba una estatura descomunal para su edad, y era el más resistente. Había superado al Duque Artemián. También en la destreza y agilidad en las artes de guerra que tanto le costó aprender Había demostrado su poder para llevar a cabo su fin.
Aslam Ambery fraguó todas las emociones que le hicieron implacable. Cada enseñanza se convirtió en un amuleto que le acompañaría en su tiempo de eternidad, y cada lección quedó impresa en su memoria. "No pienses ni un segundo en tu enemigo, salvo para armar tus estrategias de guerra. Eres un guerrero y un príncipe. Has nacido con un Don que es tu maldición, y solo saldrás ileso de ella, cuando seas implacable. Un verdadero guerrero lucha para ganar, pero un rey conquista y somete".