El pacto de los abuelos. Esa maldita promesa hecha décadas atrás que había dictado cada respiro de su vida. Noemí Reynoso miró su reflejo en el espejo del baño, pero no vio a la heredera perfecta, a la futura esposa del magnate Theo Estrada. Vio a una prisionera.
-¿Casarme con un extraño por el honor de la familia? -murmuró para sí misma, la voz cargada de una rabia que llevaba años fermentando-. ¿Renunciar a mi vida, a mis sueños, porque dos viejos lo decidieron una noche de copas?
La rebelión había sido lenta, silenciosa al principio. Pequeñas desobediencias. Luego, conoció a Aarón. No era rico, ni poderoso, ni su nombre abría puertas. Era todo lo contrario a su prometido. Y por eso mismo, era perfecto.
Al principio, salir con él fue un acto de pura vindicta, una forma de gritarle al mundo que su vida le pertenecía sólo a ella. Pero luego, sin planearlo, el ardid se transformó. La sonrisa fácil de Aarón, su forma de mirarla como a una mujer y no como a un activo, le fueron robando pedazos del corazón que jamás creyó tener.
Pero después de aquella noche que perdió consciencia por borrachera en la fiesta, aunque Arón le juraba por mil veces que habia usado anticonceptivo, la nausea matutina, el cansancio abrumador, el retraso... Los signos eran inconfundibles e indicando a una posibilidad más miedosa para Noemi.
Con dedos que apenas sentía, rasgó el plástico de la caja que había comprado con dinero prestado, escondida como una criminal en una farmacia de barrio. Siguió las instrucciones con una precisión mecánica, el corazón martilleándole el pecho. Los segundos de espera se extendieron como una eternidad de hielo.
Y entonces, allí estaban. Dos líneas rosas. Un veredicto inapelable quemándole la vista.
Positivo.
La palabra resonó en su mente, mezclada con el zumbido de un pánico que le cerraba la garganta. No era sólo una rebelión adolescente anymore. Era una bomba a punto de estallar y destruir el pacto más sagrado para su familia.
-No puede ser...-murmuró, apretando los ojos con fuerza, rogando a un Dios en el que nunca creyó que al abrirlos la realidad habría cambiado.
Que ironia, ella odiaba tanto al matrimonio arreglado, pero cuando el momento de romper todo llega, ella perdió la valentia.
Pero no. Seguía allí. Embarazada.
El estruendo de la puerta abriéndose de golpe la hizo girar. Samara, su hermana menor, estaba en el marco, con los labios curvados en una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos.
-¿Qué haces escondida aquí? -preguntó Samara, pero su mirada ya había bajado hacía la prueba en la mano de Noemí. El brillo de triunfo en sus ojos fue instantáneo. -¡Madre! ¡Padre! -gritó de pronto, sin apartar la vista de Noemí-. ¡Vengan rápido!
-Samara, no -suplicó Noemí, extendiendo la mano, pero era demasiado tarde.
En cuestión de segundos, los pasos graves de su padre, Guillermo, retumbaron en el pasillo, seguidos por los tacones nerviosos de su madre, Lina.
-¿Qué es este escándalo? -rugió Guillermo, con el ceño fruncido bajo su impecable traje de seda. Samara señaló a Noemí con un dedo acusador.
-Está embarazada. -dijo Samara
El silencio que siguió fue más cortante que un cuchillo. Lina se llevó una mano a la boca, horrorizada. Guillermo palideció, luego su rostro se tiñó de un rojo furioso.
-¿Es cierto? -exigió Guillermo, avanzando hacia Noemí. Ella tragó saliva, sintiendo cómo el suelo se inclinaba bajo sus pies.
-Sí -susurró Noemí.
-¿Quién es el padre? -preguntó Lina, su madre. Noemí negó con la cabeza.
-No importa -dijo Noemí
-¡Claro que importa! -gritó Guillermo, y antes de que ella pudiera reaccionar, su mano se alzó y la golpeó con tanta fuerza que su cabeza impactó contra el espejo. El cristal se quebró, y Noemí sintió el calor de la sangre deslizándose por su sien.
-¡Guillermo! -protestó Lina, pero no hizo nada por detenerlo.
-Eres una deshonra para esta familia -escupió él, agarrándola del brazo con tanta fuerza que supo que le dejaría moretones-. No solo te acostaste con otro hombre, ¡has arruinado el acuerdo más importante de nuestra vida! ¿Cómo le explico esto a los Estrada? ¿Cómo le digo a Theo que la prometida que le fue designada por el honor de sus abuelos está embarazada de otro?
-No lo hice por...
-¡Cállate! -Otro golpe, esta vez en el pecho. Noemí cayó de rodillas, protegiendo instintivamente su vientre- Fuera de mi casa. Hoy mismo. No quiero verte nunca más.
-Padre, por favor...-suplicó Noemí
-¡Y no intentes pedirle nada a tu hermana! -añadió Guillermo, lanzándole una mirada a Samara, que observaba la escena con una satisfacción apenas disimulada-. El compromiso con Theo Estrada era tuyo por la promesa de tu abuelo, pero tú lo has echado todo a perder. Ahora, será Samara quien herede ese futuro.
Ella será la que cumpla con el pacto de los abuelos y se case con Theo. Tú no mereces ni el polvo de los zapatos de esta familia.
-Lina -ordenó Guillermo- Asegúrate de que no se lleve nada que no sea suyo.
Su madre asintió, evitando su mirada. Samara se agachó junto a ella, susurrándole al oído:
-El abuelo siempre dijo que eras la fuerte, la que llevaría nuestro nombre a la gloria con los Estrada. Mira ahora. Nunca fuiste suficiente para ellos. Y ahora, tampoco lo serás para Theo. -dijo Samara para luego reír satisfactoriamente
Noemí no respondió. El dolor físico no era nada comparado con el vacío que se abría en su pecho. La calle estaba fría cuando salió con apenas un bolso y unas cuantas pertenencias. La lluvia comenzó a caer, mezclándose con las lágrimas que no podía detener. Con dedos temblorosos, marcó el número de Aarón, su novio, el hombre que juró amarla.
-Aarón, necesito verte -dijo Noemí, con la voz quebrada.
Él accedió, pero cuando se encontraron en el café donde solían ir, su expresión era distante.
-Estoy embarazada -confesó ella, buscando en sus ojos algo, cualquier cosa que le diera esperanza. Aarón solo se reclinó en la silla, frío.
-¿Y qué quieres que haga? -preguntó Aarón como si nada
-No lo sé... apoyo, tal vez. -dijo Noemí y él soltó un humor seco.
-No soy tan tonto como para creer que ese bebé es mío. -dijo Aarón y Noemí sintió que el mundo se desmoronaba una vez más.
-¿Qué?
-Samara me dijo que andabas con otros. Que solo estabas conmigo por mi dinero -dijo Aarón con odio-. Y ahora veo que es cierto. Te expulsaron de tu casa por arruinar tu compromiso con ese tal Theo, ¿verdad? ¡Eres la prometida de otro!
-¡Eso no es cierto! -gritó Noemí, pero él ya se levantaba.
-No quiero saber nada de ti ni de tu hijo -dijo Aarón con firmeza
Y así, con esas palabras, Noemí Reynoso lo perdió todo.
Algo dentro de ella se quebró. Un dolor agudo le recorrió el vientre, tan intenso que tuvo que agarrarse de una pared para no caer. El sudor frío le resbalaba por la espalda.
-No, no, por favor... -murmuró, llevando una mano temblorosa a su vientre. Sabía que algo andaba mal.
Con el poco dinero que le quedaba, tomó un autobús hasta el hospital más cercano, el San Lucas, donde alguna vez su familia había donado grandes sumas.
-Necesito ver a un médico -dijo Noemí, jadeando, en la recepción. La enfermera, una mujer de gesto adusto, apenas la miró.
-¿Tiene seguro médico? -preguntó la enfermera
-No, pero... es una emergencia. Me duele mucho, estoy embarazada y -Noemí trató de explicar pero fue interrumpida
-Sin seguro, no podemos atenderla -respondió la mujer, como si estuviera recitando un manual.
-¡Por favor! -suplicó Noemí, las lágrimas quemándo le los ojos-. ¡Mi bebé...!
Se arrodilló, sin importarle el suelo frío, sin importarle la gente que miraba. Pero la enfermera solo negó con la cabeza.
-Llamaré a seguridad si no se va. -dijo la enfermera y en ese momento, una voz grave cortó el aire como un cuchillo.
-¿En serio?
Noemí levantó la vista. Un hombre alto, de traje impecable y mirada gélida, avanzaba hacia ellas. Su presencia era tan intensa que hasta la enfermera se enderezó.
Era Theo Estrada, su prometido...o sea ex prometido?
-Señor Estrada, no sabía que... -la mujer fue interrumpida
-Este hospital recibe millones en donaciones de mi empresa cada año -dijo Theo Estrada, con una calma peligrosa-. Y ustedes niegan atención a una mujer embarazada porque no tiene seguro. -
La enfermera palideció por las palabras del hombre. El señor Estrada visitó al hospital para una reunión con la directiva para tratar el tema de una nueva donación al hospital. Han avisado a todos empleados que se comportaran bien durante su visita.
-Es el protocolo, pero... -trató de excusarse la enfermera pero volvió a ser interrumpida
-Así cámbielo. Ahora. -ordenó Theo con firmeza.
Luego, sus ojos oscuros se clavaron en Noemí, que aún temblaba en el suelo. Y por primera vez en días, alguien la miró a ella, no a la desheredada, no a la fracasada.
-Levántese -dijo Theo, extendiendo una mano-. La llevaré con un médico.
Y aunque Noemí no lo sabía, esa mano era el primer eslabón de un destino que ni su familia, ni el dolor, ni el miedo podrían controlar.
Theo ayudó a Noemí a levantarse del frío suelo del hospital, sintiendo cómo su mano temblaba en la suya. No pesaba casi nada, como si el viento pudiera arrastrarla en cualquier momento. Sus ojos, hinchados por el llanto y el dolor, apenas lograban enfocarse en él.
-Venga -dijo Theo con firmeza, pero sin dureza-. La van a atender ahora.
La enfermera, ahora pálida y nerviosa, asintió rápidamente y corrió a buscar a un médico. Theo no era hombre cuyas órdenes se ignoraban, especialmente no en un hospital que dependía de sus donaciones.
Mientras caminaban por el pasillo, Noemí se aferró al brazo de Theo, tambaleándose. Él la sostuvo con más fuerza, notando lo frágil que se sentía.
-Gracias... -murmuró ella, con voz quebrada.
Theo no respondió. Sabía exactamente quién era ella. Noemí Reynoso.
La heredera de los Reynoso, la familia que había intentado forjar una alianza con él a través del matrimonio. Hasta hacía unas semanas, todo el mundo daba por hecho que sería él quien se casaría con ella.
Pero entonces, de la noche a la mañana, todo cambió. Primero Los Reynoso declaró que la hija mayor escapó con otro hombre, empezaron a insinuar que Samara, la hermana menor de Noemí, sería una mejor opción. Más dócil, más ambiciosa, más... dispuesta a cumplir con los deseos de su padre.
Theo había rechazado todas las insinuaciones. Algo no cuadraba. Y ahora, aquí estaba Noemí, desamparada, enferma, y claramente en peligro.
El doctor, un hombre de mediana edad con gesto profesional pero amable, examinó a Noemí con cuidado. Theo esperó afuera del cubículo, pero no se fue. Algo en él le impedía abandonarla ahí. Cuando el médico salió, su expresión era seria.
-Está deshidratada, con síntomas de estrés extremo y necesita reposo. El bebé está bien, pero si sigue así, podría haber complicaciones. -dijo el médico y Theo asintió, procesando la información.
-¿Necesita ser hospitalizada? -pregunto Theo
-Sería lo ideal para estabilizarla, pero... -el médico miró hacia Noemí, que yacía en la camilla con los ojos cerrados-. No tiene seguro. -Theo sonrió, pero no había humor en esa sonrisa.
-Cúrela. Yo me encargo de los gastos. -dijo Theo con firmeza.
El médico asintió, aliviado, y volvió al cubículo. Theo entró y se acercó a Noemí, que ahora estaba más consciente, aunque aún pálida.
-¿Por qué no me dijiste quién eras? -preguntó él, sin rodeos. Ella abrió los ojos, sorprendida. Por primera vez, realmente lo miró. Y lo reconoció.
-Tú eres... Theo Estrada. -dijo Noemí con temor
-Sí. Y tú eres Noemí Reynoso. O al menos, lo eras. -dijo Theo viéndola. Ella apartó la mirada, avergonzada.
-Ya no soy nadie. -dijo Noemí y Theo se inclinó un poco, bajando la voz.
-Hace unas semanas, tu familia quería casarte conmigo. Ahora, de repente, ofrecen a tu hermana. Y tú apareces en la calle, embarazada y sin un peso. ¿Qué demonios pasó? -preguntó Theo y Noemí cerró los ojos, como si recordar le doliera.
-Mi padre me echó cuando se enteró del bebé. Me desheredó. Todo lo que era mío... Ahora es de Samara. -dijo Noemí y Theo no se inmutó, pero algo en su mirada se volvió más frío.
No era sorpresa para la joven, no existe hombre que quedará alegre al saber que su prometida embarazada de otro hombre.
-¿Y el padre del niño? -preguntó Theo
-No quiere saber nada. -respondió Noemí
Theo respiró hondo. Todo encajaba. Los Reynoso habían desechado a Noemí por ser un estorbo y ahora intentaban colocar a Samara en su lugar. Pero Theo no era un títere. Y menos ahora, con Noemí frente a él, vulnerable pero con una fuerza callada que le intrigaba.
-No vas a volver a la calle -dijo Theo con firmeza-. Vienes conmigo. -Ella lo miró, sorprendida.
-¿Por qué harías eso? -preguntó Noemí sorprendida
Theo no respondió de inmediato. La verdad era que ni él mismo lo sabía. ¿Lastima? ¿Curiosidad? Testamento de abuelo?¿O algo más?
-Porque nadie merece lo que te hicieron. -respondió Theo .
Y en ese momento, mientras sus miradas se mantenían fijas una en la otra, algo cambió entre ellos. Algo que ni los Reynoso, ni Samara, ni siquiera el pasado, podrían controlar. Porque Theo Estrada no salvaba a nadie... a menos que decidiera que valía la pena. Y Noemí, sin saberlo, acababa de convertirse en la excepción.
Después de que el médico terminó de examinarla, Noemí sintió un alivio momentáneo al saber que su bebé estaba a salvo, aunque el dolor y el agotamiento aún pesaban sobre ella como una losa. Sin embargo, antes de que pudiera preguntar qué pasaría después, una enfermera se acercó con una silla de ruedas.
-Vamos a trasladarla a una habitación privada, señorita Reynoso, -dijo el médico con voz profesional pero amable, muy diferente a la frialdad con la que la habían recibido en recepción.
Noemí parpadeó, sorprendida. *¿Una habitación privada?* No tenía dinero para pagar eso. Dudó por un instante, pero el dolor punzante en su bajo vientre la hizo aceptar. Con ayuda de la enfermera, se acomodó en la silla de ruedas, sintiendo cómo cada movimiento le recordaba lo débil que estaba.
El recorrido por los pasillos del hospital fue un borrón de luces fluorescentes y murmullos ahogados.
Notó las miradas curiosas de algunos empleados, que reconocían su apellido pero no entendían por qué estaba allí, sola y en ese estado. Finalmente, llegaron a un ala más tranquila, con pasillos alfombrados y puertas espaciadas. *El área VIP*, donde solo los pacientes con influencia o fortuna eran atendidos.
La habitación que le asignaron era amplia, con una cama ortopédica, cortinas gruesas y una ventana que dejaba entrar la luz tenue del atardecer. Una segunda enfermera, de rostro juvenil y sonrisa cálida, la ayudó a acostarse.
-El doctor Rodríguez estará a cargo de su caso, -explicó la enfermera mientras le ajustaba la bata de hospital-. Le haremos algunos análisis adicionales para asegurarnos de que todo esté bien, pero por ahora, descanse.
Noemí asintió, demasiado cansada para hablar.
En las horas siguientes, fue monitoreada con una dedicación que no había experimentado en años. Le tomaron muestras de sangre, le colocaron un suero para hidratarla y le trajeron una bandeja con comida caliente: sopa de pollo, pan fresco y un té de manzanilla. Cada bocado le sabía a vida. Una enfermera mayor, de manos firmes pero gentiles, le revisó las constantes cada dos horas.
-La presión está un poco baja, pero dentro de lo normal considerando su estado, -murmuró la enfermera, anotando algo en una tableta-. El bebé tiene buen ritmo cardíaco. Eso es alentador.
Aunque ese niño casi ruinó su vida, el bebé no tiene la culpa. El bebé ahora está bien. al saber eso, Noemí dejó escapar un suspiro. Era lo único que importaba.
Pero a medida que la noche caía y los ruidos del hospital se hacían más tenues, una pregunta la atormentaba: ¿Por qué Theo Estrada había intervenido? De hecho, si seguía los acuerdos familiares, ahora su prometida era Samara. Él no le debía nada.
Pero por ahora, permitió que el cansancio la venciera. Por primera vez se sintió segura después de pasar todo. Y mientras el sueño la arrastraba, una última imagen cruzó su mente: los ojos fríos de Theo, observándola como si fuera un enigma por resolver.
Continuará...
La sede principal de Estrada Capital, un imponente rascacielos de vidrio y acero en el corazón financiero de la ciudad, reflejaba la misma precisión implacable que su CEO.
Theo cruzó el lobby con pasos largos, ignorando los saludos corteses de los empleados. Su mente aún estaba en el hospital, en esa habitación donde Noemí Reynoso yacía vulnerable, lejos del mundo de lujo y apariencias en el que ambos habían crecido.
Al llegar al piso ejecutivo, se dirigió directamente a la oficina de Skay Meléndez, su vicepresidente y único hombre en quien confiaba plenamente. La puerta estaba entreabierta, y al entrar, encontró a Skay reclinado en su silla, hablando por teléfono con un cliente asiático en un fluido mandarín.
Al ver a Theo, terminó la llamada de inmediato.
-Por fin, -dijo Skay, ajustándose las gafas de marco negro-. Llevo tres horas tapando agujeros. ¿Dónde demonios estabas? La junta con los inversores de Singapur casi se cancela. - Skay sabía que su jefe tenía un reunión en hospital, pero tardó demasiado tiempo en regreso.
Theo se dejó caer en el sillón frente a él, desabotonando su saco con un gesto cansado.- Rescatando a una Reynoso de las garras de su propia familia. -dijo Theo y Skay arqueó una ceja.
-No me digas que fue Noemí. -agregó Skay
-La misma. -confirmó Theo
-¿Y qué hacía la ex heredera de los Reynoso tirada en un hospital público? -preguntó Skay, aunque por el brillo en sus ojos, ya lo sospechaba. Theo no le quitó la mirada.
-Embarazada. Desheredada. Y con moretones que no se los hizo tropezando en la alfombra de su mansión. -comentó Theo
Skay silbó bajito. Estrada Capital manejaba inversiones de alto riesgo, pero incluso para ellos, meterse en los asuntos de los Reynoso era territorio peligroso.
-Así que los rumores eran ciertos. Guillermo la echó por el escándalo del embarazo. -Skay se inclinó hacia adelante-. Pero eso no explica por qué te involucraste. A menos que...
Un flashback repentino golpeó a Theo: la opulenta sala de juntas de los Reynoso, apenas dos semanas atrás. Guillermo, con una sonrisa tensa, servía un coñac caro. Lina permanecía rígida a su lado.
-Theo, todos sabemos del pacto entre nuestros patriarcas -decía Guillermo-. La unión de nuestras casas es sagrada. Pero las circunstancias cambian. Noemí... está pasando por una fase de rebelión, inmadurez. No es la mujer estable que mereces. Samara, en cambio, comprende la responsabilidad, el honor de cumplir la promesa de los abuelos. -Theo, frío, giraba el cristal en su mano.
-Mi abuelo no pactó con Samara. Pactó con la heredera de los Reynoso. Pactó con Noemí. Ella es el legado de ese acuerdo, no un nombre intercambiable. Sólo me interesa ella. -Su tono era una hoja afilada, cortando cualquier argumento. La sonrisa de Guillermo se congeló.
Ahora, Theo entendía el porqué de tanta insistencia. Ya sabían. Ya sabían que Noemí estaba embarazada y buscaban engañarlo, suplantando a la elegida para salvar su preciado acuerdo.
-A menos que quiera saber por qué, de repente, Samara es la nueva joya de la corona -interrumpió Theo en el presente, con voz fría como el acero, emergiendo del recuerdo-.
Hace un mes, Noemí era la elegida para cumplir el pacto de los abuelos. Ahora la descartan como basura y me ofrecen a la hermana menor como si nada hubiera pasado, como si el honor de sus palabras no significara nada. -Skay conocía bien el juego. Los Reynoso no movían un dedo sin calcular ganancias.
-¿Crees que ocultan algo más? -cuestionó Skay y Theo se levantó, acercándose a la ventana. Desde allí, se veía la torre Reynoso al otro lado de la ciudad.
-Lo sé. Intentaron engañarme, Skay. Y Noemí tiene las respuestas -dijo Theo pensativo y Skay no preguntó más. Sabía que, cuando Theo usaba ese tono, ya había tomado una decisión.
-Entonces, ¿qué sigue? -dijo Skay y Theo giró lentamente, y en sus ojos oscuros brilló una determinación que hizo que hasta Skay se estremeciera.
-Que Noemí se recupere. Después... la visitaré. Y esta vez, no aceptaré evasivas. -dijo Theo con firmeza
Porque detrás de ese embarazo, de esa caída, había un secreto. Y Theo Estrada nunca dejaba cabos sueltos. Menos cuando involucraban a la mujer que su abuelo había elegido para él y que, contra toda lógica, ya no podía sacar de su mente.
Tres Días Después...
Tres días habían pasado desde que Theo la rescató en el hospital, y en todo ese tiempo, Noemí no había vuelto a verlo.
Se había convencido a sí misma de que su intervención había sido solo un acto momentáneo de compasión, algo que él, como hombre poderoso, hacía por apariencias. Nadie ayuda sin querer algo a cambio, pensó amargamente mientras se abrochaba los mismos jeans gastados y la blusa arrugada con la que había llegado.
El espejo del baño le devolvió una imagen que apenas reconocía: el rostro demacrado, el cabello opaco, los ojos todavía marcados por el miedo y la incertidumbre. Pero al menos el bebé estaba bien. Eso era lo único que importaba.
-Señorita Reynoso, tiene que firmar su alta médica, -anunció una enfermera desde la puerta, sosteniendo una carpeta.
Noemí asintió y tomó el bolígrafo que le ofrecían, sintiendo cómo su pulgar rozaba el papel. Firmar significaba volver a la calle, al hambre, al peligro. Pero no tenía opción. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de estampar su nombre, la puerta de la habitación se abrió con un suave crujido. Y allí estaba él.
Theo Estrada.
Vestido con un traje negro que acentuaba su figura imponente, avanzó hacia ella con esa seguridad de quien nunca dudaba de su lugar en el mundo. En sus manos llevaba una bolsa de lujo de una boutique exclusiva.
-No creo que eso sea necesario, -dijo Theo, mirando el documento que la enfermera sostenía. Su voz era calmada, pero dejaba claro que no se discutía. Noemí contuvo el aire, sin saber qué esperar. Theo dejó la bolsa sobre la cama- Ropa nueva. No es apropiado que salgas con lo que traías puesto. -Ella miró la bolsa, luego a él, desconcertada.
-Yo... no puedo aceptar esto -murmuró Noemí.
Theo no respondió de inmediato. En cambio, hizo un gesto a la enfermera, quien, entendiendo la indirecta, le entregó el alta médica a él en lugar de a Noemí. Con un movimiento rápido, firmó en el espacio destinado al responsable del paciente y devolvió los papeles.
-Gracias. Puede retirarse, -dijo Theo, sin levantar la voz. La enfermera asintió y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Un silencio pesado llenó la habitación. Noemí seguía parada junto a la cama, los dedos aferrados al borde de la bolsa como si temiera que todo fuera un espejismo.
-Theo, ¿por qué...? -preguntó Noemí
-No volverás a la calle, -interrumpió él, cruzando los brazos-. Vivirás en mi mansión. Tendrás comida, atención médica y seguridad. Todo lo que necesites. -Ella abrió la boca para protestar, pero él alzó una mano, deteniéndola-No es una oferta.
Noemí sintió un escalofrío. No había mención de su familia, de Samara, del bebé... ni de lo que él realmente quería. Pero en sus ojos, esa mirada calculadora que la recorría de arriba abajo, había algo más. Algo que ella no podía descifrar.
-¿Y cuál es el precio? -preguntó Noemí finalmente, desafiante. Theo esbozó una sonrisa casi imperceptible.
-Sigueme o mi gente te ayudo a caminar. -dijo Theo y con eso, dio media vuelta hacia la puerta.-Cámbiate. El auto te espera abajo.-dijo Theo para salir de la habitación.
Noemí lo vio salir, sintiendo que, de alguna manera, acababa de caer en una jaula mucho más grande que las calles. Una jaula dorada, construida por el hombre más peligroso que conocía.
Continuará...