Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Adulto Joven > Bajo el cielo de Ravenshae
Bajo el cielo de Ravenshae

Bajo el cielo de Ravenshae

Autor: : Joe Live
Género: Adulto Joven
Bajo el cielo de Ravenshae es una narrativa de redención y amor prohibido que entrelaza las vidas de Julián Fairfax y Sophie Hayes en un sombrío pueblo del norte de Inglaterra. La historia expone las heridas profundas de ambos protagonistas: Julián lidia con el abandono paterno y el racismo, mientras Sophie oculta su adicción a las pastillas y el abuso psicológico de su padrastro tras una fachada de perfección. A través de encuentros fortuitos y confrontaciones violentas, los jóvenes descubren una conexión visceral al reconocer sus propias fracturas en el otro. El relato explora la decadencia familiar, el peso de los secretos del pasado y la lucha constante por escapar de herencias malditas. En medio de un entorno hostil marcado por prejuicios sociales, Julián y Sophie deben decidir si sucumben a sus tragedias o construyen un futuro propio. La obra utiliza la atmósfera fría de Ravenshae para simbolizar el aislamiento y la posibilidad de encontrar luz en la adversidad.

Capítulo 1 PRÓLOGO

Ravenshae no perdonaba a nadie. El cielo gris aplastaba las calles, y el viento helado se colaba en cada rincón de aquel pueblo del norte de Inglaterra, dejando un rastro de humedad y apatía que parecía absorber hasta la alegría más mínima. En ese escenario caminaba Sophie Hayes, diecisiete años, rubia, ojos azul hielo, belleza que todos admiraban y deseaban, pero con una sonrisa construida con capas de agotamiento. Popular, sí, pero no por quién era realmente; por la fachada que había aprendido a sostener.

Sophie conocía bien el precio de esa imagen: fiestas clandestinas, alcohol derramado en vasos de plástico, cigarrillos robados a escondidas, y relaciones con chicos que no significaban nada, excepto llenar un vacío que nadie parecía notar. Su madre estaba ausente, y su padrastro, Lawrence Whitaker, la observaba con paciencia de depredador, esperando un error que confirmara su control. Su mundo era un escenario de máscaras, y Sophie estaba cansada de interpretar.

Ese día, los pasillos de St. Bartholomew's Academy estaban llenos de murmullos y miradas. Sus amigas, Isla Bennett, empática y tranquila, y Clara Whitmore, directa y provocadora, la acompañaban, cada una con su forma de equilibrar la tormenta que era Sophie. La escuela era un campo minado de jerarquías, secretos y deseos, y nadie podía escapar de su influencia.

Entonces llegaron ellos. Julián Fairfax, dieciocho años, afrodescendiente, con un aire de calma desconcertante que desarmaba a quien lo mirara, y su amigo Ethan Clarke, más abierto y sociable, pero igualmente consciente de que algo en Julián lo hacía peligroso. Venían de Manchester, con un pasado que nadie conocía, y con la fuerza suficiente para perturbar el orden que Sophie creía tener bajo control.

No hubo palabras inmediatas, solo miradas. Una tensión silenciosa que recorrió los pasillos y que, sin que Sophie lo supiera aún, estaba destinada a transformar todo: su imagen, sus reglas, su mundo entero. Entre risas fingidas, fiestas que prometían olvidos temporales y la presión de Ravenshae, algo había cambiado. Un juego peligroso acababa de empezar, y ninguno de ellos estaba preparado para lo que venía.

En Ravenshae, las máscaras se rompían con facilidad. Y cuando lo hicieran, nada volvería a ser igual.

Capítulo 2 MASCARAS

El tren chirrió al detenerse en la estación de Ravenshae. La bruma del norte se colaba entre los vagones, húmeda y cortante, y Julián Fairfax apretó el bolso contra su pecho, sintiendo que el aire gris parecía pesar más que cualquier cosa que hubiera conocido en Manchester. A sus dieciocho años, sabía que no podía mostrar nada de lo que llevaba dentro: la rabia, el miedo, los secretos que habían marcado cada día de su vida.

Su madre, Victoria Harrington, había perdido la custodia hacía años; su rehabilitación era un intento tardío de reconstruir algo que él no estaba seguro de querer. La abuela lo esperaba en la estación, firme y silenciosa, mientras Dominic, su primo, lo recibía con una sonrisa que mezclaba orgullo y advertencia.

-Bienvenido a Ravenshae -dijo Dominic-. Tranquilo, no muerden... demasiado.

Julián sonrió levemente, un gesto breve, controlado. Su mirada recorrió el pueblo gris, las casas estrechas, los techos ennegrecidos por la lluvia constante. Todo parecía apagado, lento, como si la vida hubiera decidido moverse con cautela aquí. Y sin embargo, había algo en la quietud que lo hizo tensarse: en Ravenshae, nada era lo que parecía.

Durante el camino hacia la casa de su abuela, el silencio llenó el coche. Julián miraba por la ventana, observando Ravenshae mientras pasaban por calles estrechas y casas de ladrillo oscuro. Cada edificio parecía cargado de historia, de secretos, como si la ciudad misma supiera guardar lo que nadie se atrevía a decir.

-Te va a gustar aquí -dijo Dominic, rompiendo el silencio-. La abuela es estricta, pero sabe lo que hace.

Julián asintió, aunque no le importaba. No esperaba sentirse "cómodo" en ningún lugar por un tiempo. Cada paso, cada decisión, estaba calculado. Había aprendido a sobrevivir manteniendo el control, ocultando lo que sentía, porque mostrar vulnerabilidad significaba exponerse a un mundo que podía destrozarte en segundos.

Cuando llegaron a la casa de su abuela, un edificio sólido de ladrillo rojo con ventanas grandes y macizas, Julián sintió una mezcla de alivio y desconfianza. La abuela lo recibió con un abrazo firme, casi militar, que dejaba claro que las lágrimas no serían bienvenidas, pero que, en silencio, cuidaría de él a su manera. La casa olía a té fuerte, Madera húmeda y libros antiguos; un refugio rígido, ordenado, seguro, aunque sin lugar para errores ni debilidades.

Mientras subía a su habitación y dejaba sus cosas, Julián se permitió un momento de introspección. Un pasado del que nadie debía enterarse, y un futuro incierto en un pueblo que parecía dormido bajo su gris perpetuo. Este era un nuevo comienzo, pero sabía que no podía confiar en nadie todavía. Ni siquiera en sí mismo.

Y mientras se recostaba en la cama, escuchando la lluvia golpear los cristales, comprendió que Ravenshae no solo sería un refugio: también sería un espejo de todo lo que había intentado dejar atrás.

Julián dejó el bolso en su habitación, una estancia pequeña, pero ordenada, con paredes color crema y un escritorio viejo de madera que olía a barniz y tiempo. La ventana daba a un jardín descuidado, con césped mojado y charcos que reflejaban el cielo gris de Ravenshae. Observó el lugar durante un rato, como si intentara memorizar cada detalle: la lámpara con pantalla ligeramente torcida, la silla que crujía bajo su peso, el silencio que parecía contener historias que él no podía tocar.

-Bienvenido a tu nuevo mundo -dijo su abuela desde la puerta, con voz firme, pero cálida, mientras acomodaba su bata sobre los hombros-. Ya te inscribí en St. Bartholomew's Academy. No tendrás que preocuparte por eso.

Julián asintió con la cabeza, procesando la noticia de manera automática. En cualquier otra circunstancia, podría haber sentido emoción, nervios o curiosidad. Pero para él, todo era neutral, un dato más en una lista de cosas que debía controlar.

Fue entonces que Ethan Clarke apareció, como un soplo de aire cálido en medio del gris húmedo del norte. Con una sonrisa amplia y un gesto despreocupado, se acercó a la puerta.

-¡Ey, bro! ¿Por qué pareces que vienes de un funeral? -dijo, dejando caer una mochila sobre la cama de Julián con un golpe seco y amistoso.

Julián le devolvió un pequeño gesto de cabeza, apenas una mueca que Ethan interpretó como bienvenida. A diferencia de Julián, Ethan parecía estar hecho para este tipo de cambios: sociable, relajado, con un humor que no dependía de nada más que de sí mismo. Sin embargo, había algo en su mirada que indicaba que no era ingenuo; entendía más de lo que decía.

-Te va a gustar Ravenshae -continuó Ethan, mirando por la ventana al jardín gris-. Bueno... o eso me dicen. La lluvia no ayuda mucho, pero te acostumbras.

Julián lo observó, dejando que las palabras entraran y salieran sin crear ningún efecto visible. La curiosidad estaba ahí, en algún rincón, pero él la mantenía bajo llave. Por primera vez en horas, dejó escapar un suspiro. No de alivio, ni de felicidad, ni de miedo. Solo un gesto silencioso de que existía algo humano en él, aunque nadie lo viera.

Mientras Ethan y Julián caminaban por el jardín trasero, la abuela apareció de nuevo, ofreciéndoles té fuerte en tazas de cerámica. La habitación olía a madera húmeda, libros viejos y un tenue aroma a lavanda que no encajaba con el frío exterior.

-No se olviden -dijo la abuela mientras servía el té-, mañana empieza la escuela. Julián, recuerda que aquí no tienes privilegios por nadie, solo por lo que demuestras. Y Ethan, tú vigila que no se meta en líos antes de tiempo.

-Sí, señora -respondió Ethan con respeto, aunque la forma en que lo dijo estaba cargada de humor.

Julián miró el té humeante y por un instante permitió que sus pensamientos vagaran: Manchester, su madre, los días en que todo parecía normal antes de que la vida se rompiera; el vacío que no sabía cómo llenar; la rabia contenida que nunca se atrevía a mostrar. Todo eso lo seguía, incluso aquí, en un lugar que debería sentirse como un refugio.

Ethan lo interrumpió con un gesto:

-Vale, vamos a desempacar tus cosas. No tienes idea de lo aburrido que es mirar todo esto y no poder hacer nada divertido.

Julián sonrió apenas, más hacia sí mismo que hacia él, mientras dejaba que alguien más empezara a poner orden en su mundo. Era un gesto pequeño, pero suficiente para recordar que no estaba completamente solo. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, el gris de Ravenshae no se sentía del todo como una prisión. Solo parcialmente.

Y mientras la lluvia golpeaba los cristales, Julián comprendió que los próximos días serían decisivos: nuevos lugares, nuevas reglas, nuevas personas... y, sin que él lo supiera todavía, alguien que iba a alterar su mundo más de lo que ninguna lluvia gris podría.

La lluvia seguía golpeando los cristales en la casa de la abuela de Julián, mientras él se quedaba en silencio frente a la ventana, pensando en lo que había dejado atrás en Manchester. Afuera, el gris del norte parecía extenderse hasta donde alcanzaba la vista, un recordatorio constante de que todo estaba por empezar.

Al mismo tiempo, a unos kilómetros de distancia, el murmullo de los pasillos de St. Bartholomew's Academy rompía la monotonía de otro día lluvioso en Ravenshae. Allí, Sophie Hayes caminaba con paso firme, aunque su mente estuviera en otro lugar. La oficina de orientación la esperaba, un espacio pequeño con luz blanca y un aroma tenue a café y papel viejo.

Sophie se dejó caer en la silla, cruzando los brazos y apoyando la cabeza contra el respaldo. Frente a ella, la Sra. Marwood, orientadora del colegio, hojeaba un expediente con paciencia, tratando de mantener la calma ante la actitud desafiante de la alumna.

-Sophie -empezó, ajustándose las gafas-. Tus calificaciones han bajado este trimestre. La escuela quiere entender qué está pasando.

-¿Ah, sí? Qué extraño... porque yo pensaba que todo estaba bien -respondió Sophie, con la barbilla apoyada en la mano, fingiendo interés.

-No es solo eso -continuó la Sra. Marwood-. He notado que llegas tarde, que tu participación en clase es mínima y que... parece que no te importa nada de lo que hacemos aquí.

-Eso es porque no me importa -dijo Sophie, encogiéndose de hombros con una sonrisa irónica-. Supongo que es un talento natural.

La orientadora suspiró, dejando el expediente sobre la mesa.

-Sophie, sabes que eso no es sostenible. No es solo la escuela, es tu futuro. No puedes seguir ignorando todo y esperar que...

-Que qué, señora Marwood -interrumpió Sophie, inclinándose hacia adelante con una mirada fría-. Que alguien me salve de mí misma. No creo que eso exista.

La Sra. Marwood parpadeó, sorprendida por la franqueza de la joven, mientras Sophie se recostaba nuevamente, cruzando los brazos.

-Tal vez nadie te ha escuchado de verdad -dijo la orientadora, suavizando la voz-. Pero aún hay tiempo de cambiar cosas.

-O tal vez solo hay tiempo de seguir fingiendo -replicó Sophie, levantándose con calma-. Gracias por su preocupación, pero... tengo cosas más importantes que fingir ahora.

Sophie salió de la oficina, los pasillos llenos de estudiantes murmurando y mirando, recordándole que su popularidad seguía intacta, aunque su interior estuviera desgastado. Mientras caminaba, la lluvia golpeaba los cristales de las ventanas del colegio, un reflejo del cielo gris que también cubría la casa de Julián. Dos mundos distintos, dos jóvenes con secretos, cada uno a punto de entrar en contacto con algo que los cambiaría para siempre.

Capítulo 3 DESCONTROL

La lluvia caía fina sobre Ravenshae, tiñendo las calles de un gris húmedo. En el piso de Sophie, el aire olía a perfume barato, humo de cigarrillo y ropa recién planchada. La música sonaba desde el altavoz del celular, demasiado alta para la hora.

Isla estaba en el sofá, mirando TikTok sin interés. Clara revolvía el armario de Sophie como si fuera suyo.

-¿Otra vez ese vestido? -dijo, sosteniendo uno corto, negro y con brillo-. Te lo pusiste en la fiesta de Harry.

-Y nadie lo recuerda -respondió Sophie, encogiéndose de hombros frente al espejo-. Así que sigue siendo nuevo.

Isla levantó la vista. Tenía los ojos cansados, o tal vez solo tristes.

-No sé para qué vas, si luego terminas igual... con esa cara.

Sophie no contestó. Pasó el rímel, delineó sus labios y observó su reflejo: perfecta, vacía, intocable.

Por dentro, no sentía nada.

-Solo quiero distraerme -dijo al fin.

Clara soltó una risa seca.

-Distraerte de qué, si tu vida es un distractor constante.

Sophie le lanzó una mirada, pero no discutió. Era cierto. Todo en su vida giraba alrededor de fingir que no pasaba nada: su madre que apenas la miraba, su padrastro que se creía dueño de la casa, las noches en las que el silencio dolía más que cualquier golpe.

Isla apagó el celular y se acercó.

-Prométeme que esta vez no vas a beber tanto.

-Promesas no son lo mío.

Sophie tomó la chaqueta de cuero, metió el cigarrillo detrás de la oreja y el pintalabios en el bolsillo. El espejo le devolvió una imagen tan pulida que casi daba miedo.

-Nos vamos.

Clara encendió otro cigarrillo antes de salir, dejando una estela de humo que flotó en el aire. Isla suspiró, resignada, y las siguió.

Mientras Sophie salía con Clara e Isla, el ruido de la ciudad se apagaba unos kilómetros más allá, donde la casa de los Ashford reposaba al borde de Ravenshae. El viento del norte movía las cortinas y traía ese olor a leña húmeda que solo existía en los pueblos viejos.

Margaret Ashford terminaba de poner la mesa. Dos platos, tres vasos, una tetera que llevaba tantos años como ella. El reloj de pared marcaba las siete y cuarto cuando la puerta se abrió y entraron Dominic y Julián.

-Te tardaste -dijo la abuela sin mirar, mientras servía el estofado.

-Había tráfico -respondió Dominic, quitándose el abrigo-. Si se puede llamar tráfico a dos ovejas bloqueando la carretera.

Julián sonrió apenas, dejando su mochila en el suelo. Se notaba el cansancio en su postura, pero había algo más detrás: esa forma de mirar el lugar como si no supiera si era un refugio o una jaula.

Margaret sirvió la comida.

-No me gusta que anden por ahí de noche -dijo, con esa voz firme que no necesitaba gritar para imponer respeto-. Ravenshae se ve tranquilo, pero no lo es.

Dominic se dejó caer en la silla.

-Solo vamos un rato con Ethan. Dice que hay una reunión cerca del río.

La abuela lo fulminó con la mirada.

-Una "reunión" -repitió, como si la palabra le supiera amarga-. Prométanme que volverán antes de la medianoche.

Julián asintió, aunque sin demasiada convicción.

-Lo prometo, abuela.

Fue entonces cuando Ethan apareció por la puerta trasera.

Margaret soltó un bufido.

-Lo que faltaba. -Ya llegó ese muchacho -murmuró, asomándose a la ventana-. Siempre con la música a todo volumen.

Ethan bajó del coche con su sonrisa de costumbre y golpeó la puerta con los nudillos.

-¡Buenas noches, señora Ashford! -saludó, medio riendo-. ¿Listos para salir un rato?

Margaret lo miró con esa mezcla de cariño y desconfianza que solo una abuela puede tener.

-Prometiste que los cuidarías, Ethan. No quiero que anden por ahí cuando caiga la noche.

-Lo prometo -respondió él, llevándose una mano al pecho-. Solo un rato cerca del río, nada de locuras.

Julián apareció detrás, abrochándose la chaqueta.

-No vamos a tardar, abuela.

Ella lo observó unos segundos, buscando en su mirada algo de la calma que fingía.

-Más les vale. Y si regresan después de las diez, limpian el jardín mañana al amanecer.

Dominic soltó una risa contenida.

-Anotado. Sin demoras.

Ethan guiñó un ojo a Julián antes de abrir la puerta del auto.

-Vamos, hermano. Esta noche te vas a olvidar de Manchester por un rato.

La abuela los siguió con la mirada hasta que el coche desapareció por la curva. Afuera, el viento movía las ramas desnudas del jardín, y Margaret suspiró. No sabía por qué, pero algo en el aire le había parecido distinto esa noche.

Dentro del auto, las luces del pueblo comenzaban a reflejarse en los cristales. Ethan hablaba de la fiesta, de los rostros conocidos, de la música. Dominic hacía bromas sobre quién sería el primero en perderse. Julián, en silencio, veía cómo su propio reflejo se fundía con el resplandor del pueblo, con esa sensación extraña de que algo estaba a punto de cambiar.

A las afueras del pueblo, en la esquina donde el río se curvaba entre los árboles, se alzaba la vieja bodega que servía de punto para todo tipo de fiestas. La música salía por las ventanas rotas, mezclada con el humo de cigarrillos y el olor a alcohol barato. Era la típica noche en la que Ravenshae parecía olvidar que tenía reglas.

Sophie y sus amigas ya estaban allí. Isla se había perdido hacía rato en los baños públicos, besándose con un chico que apenas recordaba el nombre. Sophie, en cambio, caminaba entre la gente con la mirada alerta. No buscaba compañía, sino algo más específico.

-¿Lo tienes o no? -le preguntó en voz baja a un tipo con chaqueta gris, cerca de la cerca trasera.

El tipo soltó una risa seca y le tendió un pequeño envoltorio.

-Siempre puntual, princesa. Lo mismo de siempre.

Sophie le pasó unos billetes doblados, mirando a su alrededor. Nadie parecía prestarle atención, pero igual sentía esa incomodidad en el pecho, como si todo el pueblo pudiera verla. Guardó el paquete rápido en la chaqueta y dio un paso atrás.

-Y no digas que me viste -murmuró antes de perderse entre el grupo que bailaba frente al portón.

El sonido de un motor la hizo voltear. Un carro oscuro se detuvo junto al camino, y de él bajaron tres figuras conocidas. Ethan fue el primero en cruzar el portón, saludando a medio mundo con su sonrisa confiada. Detrás iba Dominic, que se acercó a su primo con gesto serio.

-Ese de allá es Parker, el que vende licor falso. Evítalo. Y si ves a Clara, corre -le dijo, medio en broma, medio en serio.

Julián asintió, mirando a su alrededor sin saber dónde encajar. Había un aire distinto en todo aquello: luces improvisadas, risas, cuerpos moviéndose sin orden. Ravenshae de noche parecía otro lugar.

El aire en la bodega era pesado, una mezcla de cerveza derramada, sudor y el dulce olor podrido de la marihuana. La música retumbaba en el pecho, los bajos vibraban en el suelo de cemento. Afuera, el viento helado del río se colaba por las rendijas, pero adentro los cuerpos apretados creaban un calor húmedo y asfixiante.

Julián se mantenía cerca de la pared, sintiendo el frío del concreto a través de su camisa. Observaba. Ethan ya estaba en el centro de todo, bailando con cualquiera que se cruzara su camino, una botella de whisky barato en la mano. Dominic le dio un codazo.

-Relájate, hombre. Pareces estatua.

-No estoy hecho para esto -murmuró Julián, pero su voz se perdió en la música.

Fue entonces que la vio. Sophie. No bailaba, no reía como los demás. Estaba recostada contra el marco de una puerta desvencijada, con un cigarrillo entre los dedos. La luz tenue de una lámpara colgante le iluminaba medio rostro. Sus ojos, delineados en negro intenso, lo observaban con una curiosidad fría, directa. No era un mirar coqueto. Era un desafío. Él desvió la mirada, sintiendo un calor incómodo en la nuca.

-¡Verdad o reto, cabrones! -gritó Ethan de pronto, parándose sobre una caja de madera vacía. La música bajó un poco-. ¡Y el que se raje, paga la caja de cerveza de la próxima!

Un rugido de aprobación. Formaron un círculo tambaleante en el suelo. Julián fue arrastrado por Dominic. -No te salvas, primo.

La botella giró sobre el piso sucio, chocando con piernas y botas. Julián esperaba que no lo señalara a él. Pero la botella se detuvo, lenta, inexorable, con el cuello apuntando a Sophie.

Ethan sonrió, amplio y borracho. -¡Sophie! ¿Verdad o reto?

Ella ni siquiera parpadeó. -Reto.

-¡Buenísimo! -Ethan frotó sus manos-. Toma el teléfono de la persona que tengas a tu derecha y mándale un mensaje a tu contacto más reciente. Lo que sea. Una foto, un audio... lo que se te ocurra.

Sophie giró la cabeza. A su derecha estaba Isla, pero Isla, con la mirada perdida, le pasó sin pensar... el teléfono de Dominic. Y Dominic, en un trueque confuso de antes, tenía en ese momento el teléfono de Julián.

Nadie notó el error.

Con los labios entreabiertos, respirando pesadamente, Sophie abrió la cámara. No fue un movimiento sensual. Fue rápido, impulsivo. Se bajó un poco el escote de su top negro, mostrando la curva pálida de sus senos, la fina tira de encaje de su sostén. La prenda quedaba ajustada, revelando sin mostrar del todo. Se mordió el labio inferior, y en sus ojos no había provocación, sino un vacío desafiante, como si estuviera retándose a sí misma. El flash se disparó, cegador por un instante.

Con los pulgares temblorosos, tecleó un mensaje rápido: "¿Vas a venir o solo vas a mirar?". Adjuntó la foto y apretó enviar. Arrojó el teléfono de vuelta a Dominic como si fuera un objeto caliente. -Ahí tienes.

Nadie en el círculo, demasiado borracho, entendió la magnitud del error. La botella giró de nuevo, las risas estallaron, la fiesta continuó su ruinoso camino.

Julián, que había estado viendo todo con una incomodidad creciente, recibió su teléfono de vuelta de las manos de Dominic. Lo guardó en el bolsillo sin pensar, sintiendo el peso frío del aparato contra su muslo. No sintió la vibración. No supo que, en ese momento, en la pantalla de su celular, acababa de aterrizar un pedazo crudo y confesional de Sophie Hayes.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022