La luna se desangraba sobre Central Park. No era un halo plateado y gentil, sino una herida abierta en el terciopelo de la noche neoyorquina, derramando una luz ocre y pesada sobre el laberinto de árboles y sombras que se extendía a los pies de los rascacielos. Gabriel Volkov no era un hombre que soliera mirar el cielo. Sus ojos estaban usualmente fijos en gráficos bursátiles, balances financieros o, con mayor frecuencia, en la garganta de su oponente en la sala de juntas. Pero esta noche, la luna no era una opción; era una orden.
El aire frío de noviembre se agarraba a sus pulmones, un bálsamo helado que apenas lograba templar el fuego que le corría por las venas. La corbata, que unas horas antes había estado impoluta sobre su traje de tres piezas en la cima de Apex Capital, ahora yacía en algún lugar sobre la hierba húmeda cerca de la 72nd Street. La camisa de seda, desabrochada y rasgada en un hombro, apenas cubría los músculos que se tensaban y distendían bajo su piel. Sus manos, las mismas que sellaban tratos multimillonarios con la firmeza de un tirano, ahora temblaban con una anticipación primigenia, las uñas ya no tan limpias y redondeadas, sino ligeramente afiladas, buscando la carne.
Un gemido bajo y ronco vibró en su pecho, una nota discordante para el oído humano, pero una melodía familiar para la bestia que luchaba por liberarse. No era la primera vez. Cada ciclo lunar, la Vieja Sangre lo llamaba, lo arrastraba de su torre de marfil y lo arrojaba a la crudeza de su naturaleza. Había aprendido a gestionarlo, a canalizarlo, incluso a usarlo. Esa furia contenida, esa visión periférica hiperaguda, esa capacidad de oler el miedo a través de una mesa de caoba; eran sus armas secretas en el despiadado mundo de las finanzas. Pero esta noche, el control era una palabra vacía.
Se adentró más en el parque, siguiendo el rastro que solo él podía percibir. El olor a miedo y desesperación, mezclado con la dulzura metálica de la sangre fresca, era un faro para el depredador. El parque por la noche era un santuario para los desamparados, un parque de juegos para los adictos, y un coto de caza para aquellos como él. La policía de Nueva York sabía que algunos rincones eran "zonas oscuras", donde los incidentes eran inexplicables y los cuerpos a veces aparecían de maneras que no tenían sentido para el mundo civilizado.
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, no de frío, sino de excitación. La transformación era un proceso doloroso, un desgarramiento del yo humano para dar paso a algo más antiguo, más puro. La mandíbula se le tensó, los dientes de atrás empujando hacia adelante, buscando la forma de colmillos. El vello de su cuerpo se erizó, oscureciéndose, endureciéndose. Sus ojos, antes de un azul gélido, ardían ahora con un ámbar dorado, capaces de perforar la oscuridad con una claridad que superaba cualquier visión nocturna humana.
El olor se intensificó. No era un animal. Era un hombre. Un hombre que había lastimado a alguien.
Gabriel aceleró el paso. Sus músculos, ahora más densos y fuertes, le impulsaban con una velocidad inhumana. Saltó sobre un banco de piedra, aterrizando sin un sonido. La chaqueta se le desgarró por completo al expandirse su espalda, sus omóplatos crujiendo bajo la presión de la nueva masa muscular. La metamorfosis no era completa. No era un lobo de cuatro patas, aullando a la luna. Él era un cambiaformas, un licántropo en su forma intermedia: más grande, más rápido, más fuerte, con garras y colmillos, pero aún bípedo, aún con la inteligencia de Gabriel Volkov, solo que teñida de la sed de la bestia.
Llegó a un claro escondido, donde los árboles formaban un círculo protector. Allí estaba. Una figura encorvada sobre otra. Un drogadicto, por el olor a sudor rancio y la química artificial que se aferraba a él. La víctima, una mujer joven, yacía inmóvil, un charco oscuro expandiéndose bajo su cabeza.
"¡Maldito bastardo!"
La voz salió de la garganta de Gabriel como un gruñido. El atacante se giró, con los ojos inyectados en sangre y una navaja brillando en su mano. Su cerebro no registraba lo que veía; solo la sombra alta y amenazante, los ojos incandescentes.
"¿Quién diablos eres tú?", balbuceó el drogadicto, su valentonada teñida de pánico.
Gabriel no respondió. El hambre no era por el hombre, sino por la injusticia. No era por la carne, sino por el castigo. La bestia exigía orden, incluso en la oscuridad. Él era el alfa de esta ciudad, y Central Park, en esta noche, era su territorio. Y este intruso, este parásito, había roto las reglas.
Con un movimiento demasiado rápido para el ojo humano, Gabriel se lanzó. El hombre apenas tuvo tiempo de levantar la navaja. El golpe de Gabriel no fue con el puño. Su mano, ahora una garra afilada, se cerró sobre la muñeca del atacante con una fuerza aplastante. Un grito ahogado. El sonido de huesos crujiendo. La navaja cayó al suelo.
El drogadicto se acobardó, intentando gatear lejos. Pero Gabriel ya lo había agarrado por el cuello de la camisa, levantándolo sin esfuerzo del suelo. El hedor a miedo del hombre era embriagador, casi intoxicante. La bestia en Gabriel se regodeaba. Podía sentir el pulso débil de su víctima, el temblor incontrolable de su cuerpo. Una parte de él, la parte primordial, quería hundir los colmillos, acabar con el sufrimiento y la impureza.
Pero la parte humana, la de Gabriel Volkov, el CEO de Apex Capital, luchaba. No era un asesino sin piedad. Tenía reglas. Tenía una manada a la que proteger, no solo de otros lobos, sino de la exposición. El mundo humano no podía saber lo que él era.
"Vas a ir a la cárcel", gruñó Gabriel, su voz distorsionada por los colmillos que apenas podía contener. "Y si te atreves a volver a pisar este parque, la próxima vez no serás tan afortunado."
Soltó al hombre, que cayó al suelo como un saco de patatas. El drogadicto no necesitó más palabras. Se levantó tambaleándose, con la muñeca rota colgando inútilmente, y corrió hacia la oscuridad, aterrorizado. Su historia, si alguna vez la contaba, sería descartada como un delirio inducido por las drogas, la alucinación de una bestia demoníaca.
Gabriel se acercó a la mujer. Su pulso era débil, pero aún respiraba. El corte en su cabeza no era mortal. Un golpe para robarle, seguramente. Él arrancó un trozo de su camisa rasgada y lo presionó suavemente sobre la herida para contener la hemorragia. Su sentido del olfato le dijo que ella era una turista, joven, quizás de veintitantos, que había cometido el error de aventurarse sola por el parque de noche.
Mientras el aire frío comenzaba a calmar la fiebre de la transformación, la luz de la luna seguía bañando el claro. El peligro había pasado, y con él, el pico más agudo de la sed de sangre. La forma humana de Gabriel comenzaba a reafirmarse, los músculos retrocediendo, los colmillos suavizándose, las garras retraídas. Se sentía agotado, como si hubiera librado una batalla de voluntades.
Se quedó a su lado, esperando las sirenas que ya escuchaba a lo lejos. No se iría hasta asegurarse de que ella estuviera a salvo. Era parte de su deber como Alfa, como protector, incluso de los humanos que ignoraban el mundo oculto bajo sus narices.
De repente, un nuevo aroma llegó a él, sutil pero inconfundible, mezclándose con la sangre y el miedo. Un olor a jazmín y algo más, algo eléctrico y a la vez terroso. Un aroma que su bestia interior reconoció con un sobresalto que hizo que su corazón, aún acelerado, se saltara un latido.
Era un olor que no pertenecía al parque, no a una noche de cacería. Era un olor a promesa. A destino. Un aroma femenino, poderoso, que le golpeó con una fuerza casi física, una resonancia que se clavó en lo más profundo de su ser.
Luna.
La palabra resonó en su mente, profunda y ancestral. Su Luna. Su compañera.
Gabriel miró alrededor, sus ojos todavía con un destello de oro, buscando la fuente de ese aroma que había irrumpido en su mundo de depredador y control. Pero no vio a nadie. Solo las sombras danzando bajo la luna desangrada y la joven turista recuperando lentamente la conciencia.
Se puso de pie, su forma ahora casi completamente humana, aunque el traje estaba hecho jirones. La policía y los paramédicos ya se acercaban. Sabía que debía irse.
Pero el aroma... el aroma se había quedado, aferrado a él, una marca invisible que su bestia había reconocido. Una promesa, o quizás una sentencia, de que su vida, tan meticulosamente controlada, estaba a punto de cambiar para siempre. La mujer de ese aroma estaba cerca. Demasiado cerca para ser una coincidencia.
Mientras se desvanecía entre los árboles, Gabriel se preguntó qué diablos significaría encontrar a su Luna en medio de una noche de cacería, con las garras aún pulsando y la sangre de la justicia fresca en sus manos. Su mundo estaba a punto de colisionar de una forma que ni siquiera el todopoderoso CEO de Apex Capital podía prever.
El café humeaba sobre la encimera de su pequeña cocina, pero Sofía Vega no lo tocaba. Sus dedos tecleaban sin descanso en la pantalla de su laptop, la luz azul de la pantalla iluminando su rostro concentrado en la penumbra del amanecer neoyorquino. El apartamento, apenas un estudio en el Upper West Side, era un microcosmos de su mente: ordenado, funcional, con una pila de libros sobre periodismo de investigación junto a la cama y una foto enmarcada en la mesita de noche.
La foto mostraba a un hombre sonriente, con el pelo oscuro salpicado de canas y unos ojos amables que eran idénticos a los de ella. Su padre.
"Esto es por ti, papá", susurró Sofía, más para sí misma que para la imagen. Sus ojos trazaron el intrincado diagrama de conexiones que había estado construyendo durante meses. Nombres, fechas, transacciones financieras sospechosas, todo girando en torno a un eje central: Apex Capital. Y en la cúspide de ese imperio, Gabriel Volkov.
La historia oficial era que su padre, David Vega, un brillante ingeniero financiero, había muerto en un accidente de coche hacía cinco años. Un conductor ebrio, un giro inesperado, una tragedia sin más. Pero Sofía nunca lo había creído. Los informes de la policía tenían huecos, los testigos eran inconsistentes, y su padre, un hombre metódico y precavido hasta la obsesión, no encajaba en la narrativa de una víctima casual. La última conversación que tuvo con él había sido una advertencia críptica, algo sobre "demonios en traje" y "un trato que no debió aceptar". Poco después, el accidente.
Sofía había tardado años en conseguir una posición lo suficientemente sólida en el New York Sentinel para poder investigar de forma independiente. Su reputación como periodista incisiva y tenaz la precedía, pero la historia que perseguía era diferente. No era solo una primicia; era una cruzada personal.
Había pasado las últimas noches estudiando a Gabriel Volkov. Un prodigio financiero, un tiburón de Wall Street, un hombre cuya fortuna parecía haberse forjado con una velocidad y una agresividad que rozaban lo inexplicable. Las leyendas urbanas lo pintaban como despiadado, un estratega brillante que siempre estaba diez pasos por delante de la competencia. No tenía escándalos personales, no había fotos comprometedoras en la prensa rosa, lo que lo hacía aún más sospechoso a los ojos de Sofía. Era demasiado perfecto.
"Nadie es demasiado perfecto, Volkov", masculló, mientras guardaba su laptop en un maletín discreto. Se sirvió el café, negro y amargo, tal como le gustaba la verdad.
El plan era arriesgado. Se había postulado como asistente ejecutiva en Apex Capital, un puesto que no estaba a la altura de su experiencia, pero que le daría acceso directo a Volkov y a sus operaciones. Su currículum estaba meticulosamente alterado para omitir sus trabajos de investigación más controvertidos y enfatizar su experiencia en análisis de datos y organización. Era una fachada. Una tapadera para hurgar en los cimientos del imperio de Gabriel Volkov, buscando la verdad sobre la muerte de su padre y la posible corrupción detrás de Apex Capital.
Se duchó rápidamente, dejando que el agua caliente relajara los músculos tensos de sus hombros. Mientras se vestía, eligió un traje de pantalón gris oscuro, impecable y profesional, una camisa blanca de seda y unos tacones bajos. Nada llamativo, nada que desviara la atención. Quería ser invisible, una sombra eficiente en el bullicioso mundo de las finanzas, hasta que estuviera lista para golpear.
Frente al espejo, Sofía se miró con determinación. Sus ojos, grandes y expresivos, reflejaban una mezcla de nerviosismo y una resolución de acero. Su cabello oscuro y liso caía sobre sus hombros, enmarcando un rostro que, aunque atractivo, ahora estaba endurecido por años de dolor y búsqueda. No había espacio para emociones superfluas hoy. Solo para la misión.
Mientras se maquillaba con un toque ligero, repasó mentalmente la información clave. Los "demonios en traje" de su padre. Una serie de adquisiciones agresivas en el sector tecnológico y de bienes raíces, todas orquestadas por Apex Capital, que habían dejado una estela de pequeñas empresas arruinadas y familias destrozadas. Una de esas empresas era la de un amigo cercano de su padre, que había perdido todo justo antes del accidente.
La pieza que le faltaba era la conexión directa de Gabriel Volkov con las prácticas poco éticas, o quizás algo más siniestro. Las pistas de su padre eran fragmentarias, un rompecabezas sin resolver, pero había una insistencia en sus últimas palabras que resonaba en la mente de Sofía: "Ellos no son lo que parecen, Sofía. Hay algo... en la sangre."
Salió del apartamento, la brisa fresca de la mañana acariciando su rostro. El sol comenzaba a asomarse por entre los rascacielos, pintando el cielo de tonos rosados y dorados. Nueva York se despertaba, un monstruo de acero y cristal que tragaba y escupía a sus habitantes con una indiferencia brutal.
Mientras tomaba el metro hacia el Midtown, Sofía repasó su coartada. Era la perfecta asistente ejecutiva: eficiente, discreta, con un interés genuino en la industria financiera. Había memorizado cada informe anual de Apex Capital, cada comunicado de prensa, cada entrevista de Gabriel Volkov. Se sabía los nombres de los principales accionistas, los movimientos del mercado, incluso los rumores del café de la oficina. Estaba preparada.
Bajó en la estación de metro, uniéndose a la marea de personas que se dirigían a sus oficinas. La energía de la ciudad era palpable, un zumbido constante que la impulsaba hacia adelante. Al llegar al imponente edificio de Apex Capital, un rascacielos de cristal y acero que parecía perforar el cielo, Sofía sintió un escalofrío. Era un templo de poder, de ambición desmedida. Y ella estaba a punto de infiltrarse en su corazón.
Tomó el ascensor expreso hasta el piso 50, donde se encontraban las oficinas ejecutivas. Las puertas se abrieron silenciosamente a un vestíbulo con una decoración minimalista, arte moderno en las paredes y vistas panorámicas de la ciudad. El aire era denso con el olor a café recién hecho, desinfectante y el costoso perfume de los ejecutivos.
"Buenos días, señorita Vega. Bienvenida a Apex Capital", dijo una recepcionista rubia, con una sonrisa amable pero distante.
Sofía asintió, su rostro una máscara de profesionalidad. "Gracias. Estoy lista para empezar."
Pero mientras se dirigía a la oficina asignada, una sensación extraña la invadió. No era el miedo, ni la emoción del cazador. Era una especie de... resonancia. Un ligero zumbido en el aire, una vibración que parecía emanar de las paredes mismas del edificio. Ignoró la sensación, atribuyéndola a los nervios. Hoy comenzaba el juego. Y Sofía Vega no iba a perder.
El piso 60 de la torre Apex Capital no se sentía como una oficina; se sentía como el nido de un águila o la guarida de un depredador que dominaba la tundra de cemento. El silencio era absoluto, roto solo por el zumbido casi imperceptible del sistema de filtración de aire de última generación. Sofía caminaba sobre la alfombra de lana virgen, sintiendo que sus tacones se hundían ligeramente, amortiguando sus pasos. Llevaba una carpeta de cuero apretada contra el pecho, un escudo simbólico contra la opulencia que intentaba intimidarla.
Había pasado la primera hora de la mañana siendo instruida por la jefa de personal, una mujer tan gélida que Sofía se preguntó si también tendría un secreto sobrenatural. Pero ahora, el protocolo dictaba que debía presentarse ante él.
-El señor Volkov no tolera la impuntualidad, ni las preguntas innecesarias -le había advertido la secretaria personal antes de señalar la imponente puerta de roble negro-. Entre. Él ya sabe que está aquí.
Sofía respiró hondo, ajustándose las gafas de montura fina que usaba como parte de su disfraz de "ratón de biblioteca eficiente". Giró el pomo de metal frío y entró.
La oficina era un espacio vasto, con ventanales de suelo a techo que mostraban un Nueva York envuelto en una bruma grisácea. Gabriel Volkov estaba de espaldas, observando la ciudad. Llevaba un traje azul medianoche que encajaba perfectamente en sus hombros anchos, pero algo en su postura no era la de un ejecutivo analizando el mercado. Parecía un general vigilando un campo de batalla.
-Déjelo sobre la mesa, señorita Vega -dijo él. Su voz era una baritona profunda, con una vibración que pareció resonar directamente en los huesos de Sofía. No se dio la vuelta.
-Buenos días, señor Volkov. El departamento de análisis envió los informes del cierre de ayer en Londres. Pensé que querría verlos antes de la reunión de las diez.
Sofía forzó su voz para que sonara profesional, plana, carente de la curiosidad que la estaba consumiendo por dentro. Sus ojos de periodista empezaron a escanear la habitación: el escritorio despejado, la ausencia de fotos personales, un extraño amuleto de piedra oscura que servía de pisapapeles.
Entonces, Gabriel se giró.
El aire en la habitación pareció ser succionado por un vacío repentino. Para Sofía, fue como si el tiempo se ralentizara. Gabriel Volkov era más imponente de cerca de lo que sugerían las fotos de Forbes. Tenía facciones angulosas, una mandíbula que parecía tallada en granito y unos ojos de un azul tan claro que resultaban inquietantes. Pero había algo más. Un magnetismo, una energía eléctrica que emanaba de él y que hacía que el vello de los brazos de Sofía se erizara.
Para Gabriel, sin embargo, el impacto fue catastrófico.
En el momento en que sus ojos se encontraron con los de la mujer que estaba frente a él, el mundo humano desapareció. El olor que lo había perseguido en Central Park la noche anterior -ese jazmín eléctrico, esa esencia de tierra después de la lluvia- lo golpeó con la fuerza de un huracán. No era solo un aroma; era una frecuencia, una nota musical que su alma de lobo reconoció instantáneamente.
Luna.
Sus pupilas se dilataron hasta casi borrar el azul de sus ojos. En su interior, la bestia que había estado dormida tras la cacería de la noche anterior se puso en pie, rugiendo. Cada instinto en su cuerpo le gritaba que saltara sobre el escritorio, que la rodeara con sus brazos, que hundiera el rostro en su cuello y marcara su piel para que todo el mundo supiera que ella le pertenecía. El "Vínculo de Luna", el lazo místico que unía a un Alfa con su compañera predestinada, se activó con una violencia que casi lo hizo tambalear.
Gabriel se aferró al borde de su escritorio de caoba con tal fuerza que la madera crujió imperceptiblemente. Sus nudillos se tornaron blancos. Tenía que respirar, pero cada bocanada de aire solo traía más de su esencia a sus pulmones, alimentando un fuego que amenazaba con incinerar su fachada de CEO.
-¿Señor Volkov? ¿Se encuentra bien? -preguntó Sofía, dando un paso involuntario hacia adelante.
Su voz, aunque cargada de una falsa preocupación profesional, actuó como un látigo. Gabriel cerró los ojos un segundo, luchando por contener la transformación parcial que sentía latir bajo su piel. No podía dejar que sus ojos cambiaran a ámbar ahora. No frente a ella.
-Estoy... bien -logró decir, aunque su voz sonó más ronca de lo habitual, casi como un gruñido contenido-. Solo un dolor de cabeza persistente. Deje los informes ahí.
Sofía frunció el ceño. Sus instintos de periodista, afinados para detectar la debilidad y la mentira, se encendieron. No creía lo del dolor de cabeza. Había visto la expresión de Gabriel: no era dolor, era... shock. Casi parecía que la estaba viendo como si fuera un fantasma o una amenaza inminente.
"Es un hombre extraño", pensó ella, mientras dejaba la carpeta sobre el escritorio. Al hacerlo, sus dedos rozaron accidentalmente los de Gabriel.
El contacto fue como una descarga de diez mil voltios.
Sofía soltó un jadeo ahogado y retiró la mano como si se hubiera quemado. Una calidez súbita y abrumadora le recorrió el brazo, extendiéndose por su pecho hasta instalarse en su vientre. No era una reacción lógica. Ella no creía en la química instantánea, y mucho menos con un hombre al que consideraba un posible criminal vinculado a la ruina de su familia. Pero su cuerpo estaba traicionando a su mente. Su corazón empezó a martillear contra sus costillas y una extraña sensación de pertenencia la invadió, una que no podía explicar.
Gabriel, por su parte, tuvo que usar cada gramo de su voluntad de Alfa para no atrapar su mano y atraerla hacia él. El roce había sido suficiente para que su lobo reclamara su territorio. Mía, decía la voz en su cabeza. Mía. Protégela. Cázala.
-¿Señorita... Vega, dijo? -preguntó Gabriel, tratando de recuperar su máscara de hierro. Sus ojos volvieron a enfocarse en ella, ahora con una intensidad depredadora que la hizo retroceder un paso.
-Sí, señor. Sofía Vega. Soy su nueva asistente asignada para el proyecto de adquisiciones de la zona este.
Vega. El nombre le resultaba familiar, pero su mente estaba demasiado nublada por el instinto como para procesar los archivos de personal en ese momento. Gabriel se obligó a sentarse, poniendo el escritorio como una barrera física entre ellos. Necesitaba distancia. El aroma de ella era tan potente que estaba empezando a nublar su juicio lógico.
-Dígame, señorita Vega -dijo él, entrelazando sus dedos para ocultar el leve temblor-, ¿qué la trae a Apex Capital? Con un currículum como el suyo, podría estar trabajando en cualquier firma de la ciudad. ¿Por qué aquí? ¿Por qué conmigo?
Sofía sintió un escalofrío. La pregunta no era de cortesía; era un interrogatorio. ¿Había descubierto algo ya? Se obligó a sonreír, una sonrisa ensayada ante el espejo que denotaba ambición juvenil.
-Apex es la cima, señor Volkov. Y usted es el hombre que define el mercado. Si quiero aprender de los mejores, este es el único lugar donde estar.
Una mentira perfecta. Gabriel la olfateó en el aire. No era un olor fétido como la mentira de un traidor, sino algo más complejo. Había una capa de engaño, sí, pero bajo ella había una determinación feroz y... ¿tristeza? Sus sentidos sobrehumanos captaron el ritmo acelerado de su pulso, el ligero sudor en sus palmas. Ella estaba nerviosa, pero no por el vínculo. Estaba ocultando algo.
Por un momento, el CEO y el Alfa entraron en conflicto. El CEO quería investigarla, destruirla si era una espía industrial o una amenaza para la firma. El Alfa solo quería protegerla, proveer para ella y mantenerla a su vista las veinticuatro horas del día.
-Espero que esté a la altura de las expectativas, Sofía -dijo él, usando su nombre de pila por primera vez. El sonido de su nombre en sus labios la hizo estremecer-. Porque en esta empresa, los que no pueden seguir el ritmo terminan... devorados.
Sofía sostuvo su mirada. A pesar de la extraña atracción, a pesar del miedo instintivo que este hombre le provocaba, su resolución no flaqueó. Él podía ser un lobo de Wall Street, pero ella era la cazadora que buscaba la verdad.
-No se preocupe, señor Volkov. Soy mucho más resistente de lo que parezco.
Gabriel esbozó una sonrisa lenta, una que no llegó a sus ojos, pero que mostró un atisbo de sus dientes blancos y perfectos.
-Eso espero. Puede retirarse. Pero mantenga su teléfono encendido. A partir de hoy, sus horarios me pertenecen.
Sofía asintió y salió de la oficina. En cuanto la puerta se cerró tras ella, se apoyó contra la pared del pasillo y exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo. Sus manos temblaban. "Céntrate, Sofía", se reprendió. "Es solo un hombre poderoso con un complejo de superioridad. No dejes que su magnetismo te distraiga de lo que le hicieron a tu padre".
Dentro de la oficina, Gabriel se levantó y caminó hacia el ventanal. Golpeó el cristal con el puño, no con fuerza suficiente para romperlo, pero sí para dejar una marca. Su lobo estaba inquieto, arañando las paredes de su autocontrol. Había encontrado a su Luna. Pero ella era una mentirosa. Y lo más peligroso de todo: ella era la única debilidad que sus enemigos podrían usar para destruirlo.
-¿Quién eres realmente, Sofía Vega? -susurró para sí mismo, mientras sus ojos destellaban un ámbar momentáneo antes de volver al azul gélido del hombre de negocios.
La caza no había hecho más que empezar, pero esta vez, el depredador no estaba seguro de si quería atrapar a su presa o ser capturado por ella.