Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Bajo la lluvia de Paris
Bajo la lluvia de Paris

Bajo la lluvia de Paris

Autor: : susannavarreteu
Género: Romance
Una joven escritora llega a París para escapar de un doloroso pasado. Un día lluvioso, se cruza con un fotógrafo que se ofrece a ayudarla a encontrar un lugar para refugiarse. A medida que comparten historias de sus vidas y sueños, descubren que tienen mucho en común y una conexión profunda que los une. El amor surge entre ellos, pero ambos deben enfrentarse a sus inseguridades y heridas antes de poder ser verdaderamente felices juntos.

Capítulo 1 La llegada a París

Clara respiró hondo antes de bajar del avión. La ciudad de las luces, pensó, pero en su corazón no había brillo, solo sombras. Había llegado a París buscando algo que no sabía qué era, pero necesitaba encontrarlo. Había dejado atrás su vida en Nueva York con la esperanza de que el cambio de aire, el cambio de todo, pudiera ser el refugio que necesitaba.

El vuelo había sido largo y la emoción se mezclaba con una ligera sensación de desarraigo. La ciudad se alzaba ante ella como un gigante, acogedora y distante a la vez. No esperaba encontrar respuestas inmediatas, solo espacio para respirar.

Apenas salió del aeropuerto, un aire fresco y ligeramente húmedo la envolvió. La lluvia, como un fino velo, cubría las calles de París. Sin embargo, no la molestaba. A Clara le gustaba la lluvia, o tal vez le gustaba cómo la lluvia borraba la intensidad de sus pensamientos. La ciudad podía empaparla, pero ella podía dejar que el agua se llevara un poco de lo que no quería cargar más.

Caminó sin rumbo, con la mochila al hombro y los pasos apresurados. Quería encontrar un lugar tranquilo, donde pudiera pensar, escribir... respirar. Los sonidos de la ciudad la rodeaban, pero su mente estaba desconectada, casi como si París estuviera allí para recibirla, pero ella estuviera demasiado ocupada con su propio caos interno para verlo.

Las calles parecían iguales a las de cualquier ciudad, pero algo en ellas la hacía sentirse pequeña. La gente caminaba de manera rápida, como si ya conociera el ritmo, como si supieran adónde iban. Clara no lo sabía. Todo le parecía una confusión de colores y voces, sin un punto fijo que la guiara.

Casi sin darse cuenta, terminó en una pequeña calle de adoquines donde los cafés se alineaban de forma acogedora. Algunos tenían mesas afuera, pero nadie parecía estar sentado. Los camareros se apresuraban a acomodar a los pocos clientes que buscaban refugio.

Alzó la mirada hacia una de las ventanas. De adentro, la luz cálida de una cafetería la invitaba a entrar. En su interior, todo era tranquilo y acogedor, exactamente lo que Clara necesitaba. Sin pensarlo dos veces, se dirigió a la puerta.

Al abrirla, el sonido del timbre le dio la bienvenida. Dentro, el aire cálido contrastaba con la lluvia que azotaba el cristal de la ventana. Clara se sacudió el agua de los hombros, agradecida de haber encontrado un refugio.

- Bienvenida -le dijo la camarera con una sonrisa, mientras la miraba de arriba abajo-. ¿Qué te puedo ofrecer?

Clara no sabía qué pedir, así que solo sonrió débilmente. - Un café, por favor.

La camarera asintió y la dejó en una mesa cerca de la ventana. Clara se sentó y observó cómo la lluvia seguía cayendo. París estaba envuelta en una niebla gris, y todo parecía moverse a otro ritmo. El café llegó rápidamente, una taza humeante que le dio un poco de consuelo en medio de la tormenta de emociones que la consumían.

Sin embargo, su tranquilidad se interrumpió cuando escuchó una voz.

- Oye, ¿te importa si me siento aquí? -le preguntó un hombre desde el otro lado de la mesa.

Clara levantó la vista, sorprendida de que alguien se dirigiera a ella. El hombre la observaba desde la puerta, empapado por la lluvia, con una expresión curiosa en su rostro. Tenía el cabello oscuro y rizado, y vestía un abrigo largo que lo hacía parecer como si fuera parte del paisaje parisino.

- ¿No hay otro lugar para sentarse? -preguntó Clara, algo incómoda. No esperaba compartir su espacio con un extraño, especialmente cuando aún estaba intentando encontrar algo de paz.

Él sonrió, sin molestarse por su tono. - No, la cafetería está llena y... Bueno, no sé, me pareces interesante. - Dijo eso con una risa ligera que hizo que Clara se sintiera un poco más a gusto, aunque no completamente.

Clara suspiró, mirando a su alrededor. Nadie más parecía importarle que el hombre se acercara a su mesa. Además, él no parecía agresivo, solo curioso.

- ¿Está bien? -insistió él, con una mirada que dejaba ver una mezcla de diversión y amabilidad.

Clara asintió, algo desconcertada, y él se sentó frente a ella, dejando caer su mochila en el suelo. La camarera volvió a acercarse rápidamente, como si estuviera acostumbrada a estas situaciones.

- Lo que él quiera, lo mismo que yo. - El hombre hizo un gesto hacia la camarera.

Clara levantó una ceja. - ¿Y por qué decides pedir lo mismo que yo?

- Porque sé lo que le gusta a la gente que viene aquí a refugiarse. - Sonrió de nuevo. - Por lo general, piden lo mismo.

Clara lo miró con cautela, pero algo en su actitud relajada la hizo sentir menos incómoda. No dijo nada, solo se reclinó hacia atrás en la silla y tomó un sorbo de su café.

- Me llamo Thomas -se presentó el hombre, mirando a Clara con una curiosidad que era casi tangible.

- Clara -respondió ella, con una leve sonrisa. - Encantada de conocerte, aunque... no esperaba tener compañía.

Thomas rió suavemente. - A veces, la compañía te encuentra cuando menos lo esperas.

Clara no sabía qué pensar. La conversación comenzó a fluir de forma inesperada, y pronto se dio cuenta de que Thomas no era un extraño cualquiera. Había algo en su forma de hablar, en su manera de observarla, que la hacía sentirse menos sola en ese mar de desconocidos.

El tiempo pasó mientras las gotas de lluvia seguían golpeando el cristal. Hablaron del clima, de París, de sus vidas, pero algo más profundo comenzó a formarse entre ellos. No era amor, no todavía. Era una conexión que, aunque ligera, la hacía sentir que tal vez, por fin, había encontrado un lugar donde podría comenzar a soltar algo del peso que llevaba.

Capítulo 2 Primer día bajo la lluvia

El café seguía siendo un refugio, pero el tiempo parecía moverse demasiado rápido a su alrededor. Clara observaba cómo la lluvia azotaba las ventanas, pero ya no sentía el mismo vacío que había sentido antes. Thomas, sentado frente a ella, no la dejaba pensar en nada más. Habían hablado por horas sobre París, sobre la lluvia, sobre cosas insignificantes y, al mismo tiempo, tan personales que Clara no podía evitar sentirse vulnerable. Había algo en él que la hacía bajar sus defensas sin darse cuenta.

El ambiente en la cafetería era tranquilo, con el sonido lejano de conversaciones que se desvanecían bajo el golpeteo de la lluvia. La luz cálida de las lámparas iluminaba las mesas de madera, y el suave aroma del café llenaba el aire. Pero todo eso parecía desvanecerse cuando Thomas hablaba, cuando sus ojos se encontraban con los de ella.

- ¿Y tú? ¿Por qué decidiste venir a París? -preguntó Thomas, recostándose un poco en su silla. Sus ojos brillaban con una curiosidad suave, casi como si ya lo supiera pero quisiera escucharla decirlo.

Clara se quedó en silencio por un momento. La pregunta era tan directa, tan simple, pero a la vez tan difícil de responder. La razón por la que había huido de Nueva York parecía más difícil de compartir de lo que había anticipado.

- Necesitaba alejarme... de todo -dijo, con la voz un poco más baja, como si las palabras pudieran arrastrarla hacia algo que no quería enfrentar. - Mi vida estaba... estancada. Tenía que encontrar algo que me hiciera sentir... viva de nuevo.

Thomas la miró fijamente, sin decir nada. No estaba juzgando, simplemente observaba, esperando que ella pudiera decir más. Clara sintió una mezcla de gratitud y nerviosismo. Nadie en Nueva York le había hecho sentir esa calma en tanto tiempo. Nadie la había escuchado tan pacientemente.

- ¿Y tú? -preguntó Clara, aunque temía que la respuesta fuera más complicada de lo que quería escuchar.

Thomas se encogió de hombros ligeramente, pero su mirada se oscureció, aunque solo por un instante.

- Yo vengo de aquí. Nací en París, pero siempre he estado en movimiento. A veces, las ciudades pueden ser tan grandes que te hacen sentir pequeño. Supongo que... vine de vuelta porque pensaba que necesitaba algo que me diera paz. Pero no he encontrado eso aquí. - Su sonrisa fue ligera, pero Clara notó la tristeza oculta detrás de ella.

Clara sintió una punzada de empatía. Había algo en su tono que resonaba en ella, como si su dolor fuera el mismo, solo que camuflado en diferentes formas.

- ¿Qué buscas, entonces? -preguntó Clara, intrigada.

Thomas no respondió inmediatamente. Se quedó mirando su taza de café, como si las palabras no fueran suficientes para describir lo que sentía. Luego, levantó la mirada hacia ella.

- Quizás lo mismo que tú... encontrar algo que me haga sentir menos perdido. - Su voz fue suave, casi como una confesión.

Clara no supo qué decir. La sinceridad con la que él hablaba la dejaba sin palabras. Nadie le había hablado así en tanto tiempo, con tanta honestidad, tan lejos de las máscaras sociales que todos parecían usar. Esa autenticidad la desarmaba, la hacía sentir que, tal vez, encontraría algo aquí, en París, en la lluvia. Algo que no había encontrado en Nueva York.

Un silencio cayó sobre ellos, pero no era incómodo. Era un espacio lleno de algo no dicho, algo que flotaba entre los dos y que Clara no sabía cómo describir.

- ¿Te gustaría caminar un poco? -preguntó Thomas, rompiendo la quietud del momento. - Sé que está lloviendo, pero a veces... caminar bajo la lluvia hace que las cosas parezcan más claras.

Clara lo miró, un poco sorprendida por la invitación. Caminando bajo la lluvia. ¿Realmente quería hacer eso? Pero al mismo tiempo, algo en la oferta le parecía natural, como si fuera la continuación lógica de esta conversación que no había planeado tener. No podía dejar de pensar que algo en él la hacía sentir más ligera, como si la lluvia no fuera un obstáculo, sino una oportunidad.

- Supongo que no tengo nada mejor que hacer -respondió Clara, con una sonrisa pequeña.

Thomas sonrió al escuchar su respuesta. Se levantó de la mesa, y Clara lo siguió sin pensarlo mucho. La camarera les sonrió mientras salían, como si estuviera acostumbrada a ver a nuevos amigos o viejos conocidos compartir un momento bajo la lluvia.

La calle estaba tranquila, el agua formando charcos que brillaban bajo la tenue luz de las farolas. El sonido de los pasos en el pavimento mojado era lo único que se oía, junto con el susurro de la lluvia. Clara sintió la frescura del aire y cómo, a medida que caminaban juntos, se iba despojando poco a poco del peso que había traído con ella. No era solo el lugar lo que la hacía sentirse más ligera, sino la compañía, la forma en que Thomas parecía entenderla sin necesidad de palabras.

- ¿Tú también escribes? -preguntó él de repente, rompiendo el silencio mientras miraba hacia adelante.

Clara lo miró sorprendida. ¿Cómo había adivinado?

- Sí, pero... no me gusta hablar mucho de eso. - Ella bajó la mirada hacia el suelo, un poco avergonzada. - No estoy segura de tener algo importante que decir.

Thomas la observó en silencio por unos segundos antes de hablar.

- A veces, no se trata de lo que se dice, sino de cómo se dice. - Luego, como si estuviera reflexionando en voz alta, añadió: - Tal vez lo que necesitas es solo un lugar donde las palabras puedan fluir sin miedo.

Clara lo miró de nuevo, algo conmovida por sus palabras. La lluvia no parecía tan fría ahora, y la ciudad no parecía tan grande. Algo, en el fondo de su ser, se despertó. No era solo París lo que la estaba cambiando; era esta conexión que estaba comenzando a forjarse, una conexión con alguien que la veía, que la escuchaba, que entendía.

- Tal vez -respondió Clara, sonriendo suavemente.

Ambos caminaron por las calles mojadas de París, sin prisa, dejándose llevar por el momento. No importaba que estuvieran empapados. Estaban juntos, y eso, de alguna forma, lo hacía todo más fácil.

Capítulo 3 Encuentro casual con el fotógrafo

El día siguiente llegó sin aviso, pero Clara no se despertó con la sensación de haber perdido algo, como tantas veces antes. París, en su misterio, le ofreció algo inesperado: calma. La lluvia había cesado por la mañana, y aunque el cielo seguía cubierto de nubes, la ciudad parecía respirar con un aire fresco que la invitaba a seguir explorando. Sin embargo, su mente seguía ocupada con los recuerdos de la noche anterior. El breve paseo bajo la lluvia, la manera en que Thomas había hecho que se sintiera más ligera... todo eso rondaba su cabeza.

Decidió salir por la mañana, caminando sin un rumbo específico. Necesitaba ver más de París, más allá de las paredes de la cafetería donde había pasado tanto tiempo. Y como si la ciudad hubiera estado esperando su decisión, las calles la guiaron hacia una pequeña galería de arte que se encontraba en una esquina tranquila. Algo en la vitrina la llamó la atención, pero no fue hasta que se acercó que se dio cuenta de que las fotos eran de París, capturadas bajo la lluvia, bajo esa luz tenue que solo París sabía ofrecer.

Al entrar, el aire era fresco y el espacio, aunque pequeño, estaba lleno de imágenes que hablaban de momentos robados en la ciudad. Clara caminó lentamente, admirando las fotografías, algunas en blanco y negro, otras llenas de color, pero todas ellas transmitían una intimidad que la cautivaba. Se quedó frente a una imagen en particular: un niño saltando en un charco, con una sonrisa que parecía iluminar el día gris.

- ¿Te gustan? -una voz familiar la sacó de su ensueño.

Clara giró rápidamente y, al ver al hombre que había conocido la noche anterior, su corazón dio un pequeño salto. Thomas, con su cámara colgada al cuello, sonreía mientras la observaba.

- No me esperaba verte aquí -dijo Clara, un poco sorprendida, aunque al mismo tiempo, no le extrañaba que él estuviera allí. Todo en él parecía tan... natural, como si París fuera un lugar que conocía de memoria.

- Yo tampoco -respondió Thomas, acercándose a ella. - Pero las imágenes que capturan a las personas en su esencia... es difícil resistirse.

Clara sonrió, recordando lo que él había dicho la noche anterior sobre las palabras y las imágenes. Parecía que sus pensamientos y su arte se conectaban de una manera similar. De repente, el ambiente de la galería, tan tranquilo y lleno de historias visuales, parecía crear el contexto perfecto para una conversación más profunda.

- Estas fotos son preciosas -comentó Clara, sin apartar la vista de la imagen del niño. - Capturan algo que... no se puede explicar con palabras.

Thomas la observó, sin prisas, como si también estuviera esperando que ella dijera algo más.

- Las palabras pueden ser limitadas a veces, ¿no? -dijo él, pensativo. - La fotografía, como la lluvia, es un lenguaje universal. No necesita traducción.

Clara lo miró, sorprendida por la profundidad de sus palabras. Había algo en él que la hacía sentir que no solo lo conocía en este momento, sino que de alguna forma, él la conocía a ella también.

- ¿Por qué tomas fotos de la lluvia? -preguntó ella de repente, alzando la vista hacia él. Había algo en la forma en que las gotas se reflejaban en las imágenes, en la forma en que cada foto parecía capturar una historia, que le intrigaba profundamente.

Thomas se encogió de hombros, mirando las fotos como si fuera la primera vez que las veía.

- Porque la lluvia, como las personas, tiene capas. A veces es tormentosa, a veces es suave, pero siempre cambia lo que tocamos. Como cuando caminamos por la ciudad, te da una nueva perspectiva. - Sus ojos se encontraron con los de Clara, y por un momento, el bullicio de la galería desapareció. - La lluvia refleja lo que está dentro de nosotros, más de lo que estamos dispuestos a ver.

Clara sintió un escalofrío al escuchar sus palabras. Había algo tan profundo en la manera en que Thomas veía el mundo, algo que le hizo sentir como si hubiera tocado una parte de ella misma que había estado dormida por mucho tiempo. De repente, se dio cuenta de que no solo estaba frente a un fotógrafo; estaba frente a alguien que parecía entender la esencia misma de las emociones humanas.

- Tal vez tienes razón -dijo Clara, buscando sus palabras. - La lluvia te obliga a mirar de cerca, a ver los detalles que normalmente no verías.

Thomas sonrió, satisfecho con su respuesta.

- ¿Y tú? ¿Qué es lo que buscas ver? -preguntó, con un tono que no era invasivo, sino curioso, como si ya supiera que ella también tenía algo que mostrar.

Clara lo miró, sintiendo una chispa de incertidumbre. No estaba acostumbrada a que alguien la mirara con tanta intensidad, como si esperara descubrir algo más allá de las palabras.

- Creo que... -comenzó, titubeando. - Estoy buscando algo que me haga sentir que todavía tengo algo que decir. He estado callada mucho tiempo. Y ahora, aquí, en París... siento que quizás podría encontrar la forma de expresarme de nuevo.

Thomas la observó en silencio por un momento, y luego dio un paso hacia ella. El gesto fue tan natural, tan sencillo, pero Clara sintió cómo su corazón latía más rápido.

- Tal vez deberíamos salir a caminar otra vez -sugirió Thomas con una sonrisa, mientras sus ojos se suavizaban. - Pero esta vez, sin prisas, solo... caminando. A veces, las mejores historias surgen de lo que no decimos.

Clara asintió sin pensarlo. Había algo en su presencia que la invitaba a dejarse llevar, a soltarse de la rigidez de sus propios pensamientos. No necesitaba más palabras. Estar con él, compartir el silencio, también era parte de lo que necesitaba.

- Vamos -respondió Clara, sintiendo que su corazón ya sabía lo que su mente aún no quería aceptar.

Thomas le ofreció su brazo de manera informal, y Clara lo tomó, sintiendo cómo la conexión entre ellos se afianzaba un poco más con cada paso que daban hacia la salida de la galería. Mientras caminaban juntos por las calles de París, Clara no podía evitar pensar que este encuentro casual con Thomas, este desconocido que ya sentía tan cercano, era solo el comienzo de algo que ella no había anticipado. Algo que, por primera vez, parecía prometerle más que solo palabras.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022