Elena llevaba más de veinte minutos ajustándose los tacones en el baño del gran salón de eventos, preguntándose por décima vez si no habría sido mejor quedarse en su departamento comiendo pizza helada. El vestido negro que llevaba le quedaba impecable, pero la verdad era que la alta sociedad no era su terreno. Ella era una mujer de números, de contratos, de horas de trabajo frente a la computadora armando propuestas de negocios para su propia firma de tecnología y seguridad corporativa. No pertenecía a ese circo de copas de champán, trajes de miles de dólares y sonrisas falsas.
Pero la realidad era implacable: o conseguía financiamiento esa misma noche, o su proyecto independiente se iría directo al caño.
Respiró hondo frente al espejo, se acomodó el cabello sobre los hombros y salió al salón. La música de piano sonaba suave de fondo, ahogada por el murmullo de cientos de empresarios, políticos y herederos de la élite que conversaban entre risas ensayadas.
Elena tomó una copa de vino de la bandeja de un mesero y comenzó a escanear el lugar. No había ido a socializar; tenía tres objetivos claros en mente, inversores importantes que, de tener cinco minutos de atención, podrían firmarle el cheque que necesitaba.
Apenas dio unos pasos hacia la zona principal, sintió una punzada en la nuca. Esa incómoda sensación de que alguien la estaba observando fijamente. Elena miró de reojo, disimulando, pensando que tal vez era algún viejo magnate borracho, pero lo que encontró al fondo del salón la hizo frenar en seco.
De pie junto a una de las columnas de mármol, rodeado por un grupo de hombres mayores que no paraban de hablarle y hacerle gestos de respeto, estaba Alexander Thorne.
Cualquiera que leeyera las noticias financieras sabía quién era ese sujeto. Alexander era el dueño absoluto de Thorne Global, el imperio de seguridad privada y logística militar más grande y agresivo del continente. Un tipo que manejaba contratos multimillonarios con gobiernos y corporaciones gigantescas. Pero verlo en persona imponía diez veces más que en las fotos de las revistas.
Era un hombre alto, de hombros anchos que amenazaban con romper las costuras de su traje oscuro hecho a medida. Tenía la mandíbula marcada, una sombra de barba perfectamente cuidada y unos ojos oscuros que en ese momento estaban clavados directo en Elena. No la miraba como los demás hombres en la fiesta; no había discreción ni cortesía en su postura. La observaba de una forma pesada, intimidante, casi como un depredador calculando la distancia hasta su presa.
Elena tragó saliva y trató de disimular el escalofrío que le recorrió la espalda. Quiso desviar la mirada y caminar hacia el otro lado del salón, pero para su desgracia, Alexander se despidió de su grupo con un gesto seco y empezó a caminar directo hacia ella.
Cada paso de Alexander parecía marcar el ritmo del salón. Los demás invitados se abrían a su paso casi por instinto, dejándole el camino libre. Elena se apretó la copa en la mano, obligándose a mantener la postura. Se prometió que no se iba a dejar amedrentar por un tipo con aires de grandeza solo porque tenía bolsillos profundos.
-No te había visto por aquí antes -dijo Alexander al llegar frente a ella. Su voz era grave, áspera y profunda, de esas que retumban en el pecho.
-Suelo ir a lugares donde se trabaja, no donde se pierde el tiempo en fiestas -respondió Elena sin dudarlo, mirándolo directo a los ojos.
Alexander alzó una ceja, claramente sorprendido por la respuesta. La mayoría de la gente en esa sala se ponía nerviosa o buscaba complacerlo con halagos, pero esta mujer lo estaba desafiando de entrada.
-¿Entonces qué haces aquí? Porque dudo que hayas venido solo a tomar vino barato y juzgar a los demás.
-Vine a buscar personas con visión para financiar mi empresa. Aunque viendo el ambiente, creo que me equivoqué de evento.
Alexander dio medio paso hacia adelante. No fue un movimiento brusco, pero la distancia entre los dos se redujo tanto que Elena pudo percibir su aroma: una mezcla intensa de perfume costoso, madera y algo salvaje que no supo identificar, pero que le erizó la piel. Él inclinó un poco la cabeza, recorriéndola con la mirada sin ningún tipo de vergüenza.
-Tienes carácter -murmuró él, con un tono que sonó casi como una advertencia-. Pero en este mundo, el carácter no paga las deudas. Necesitas poder. Y aquí adentro, el poder lo manejo yo.
-No vine a buscar dueño, señor Thorne. Vine a buscar socios -replicó Elena, dando un paso atrás para recuperar su espacio personal.
La reacción de Alexander fue inmediata y extraña. Sus ojos parecieron oscurecerse aún más por una fracción de segundo, y apretó los puños a los costados. Había una posesividad absurda en su forma de estar parado frente a ella, una vibra territorial como si estuviera marcando un límite invisible alrededor de Elena ante los ojos de todo el salón.
-No me gusta la palabra "socios" cuando se trata de cosas que me interesan -dijo Alexander con voz baja y dominante-. Y de repente, tu proyecto y tú me parecen muy interesantes.
-Apenas sabe mi nombre -dijo Elena, tratando de mantener la voz firme a pesar de la tensión que flotaba entre los dos.
-Sé más de lo que crees, Elena. Y te aseguro que esta noche no vas a hablar con nadie más en este salón.
Elena abrió la boca para contestarle y mandarlo a volar, indignada por el atrevimiento y la arrogancia de ese tipo. Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, una risa suave y elegante interrumpió la conversación desde un costado.
-Alexander, siempre tan sutil y delicado con las damas. Vas a asustar a la señorita antes de que pueda presentarse correctamente.
Elena se giró y vio acercarse a un hombre de aspecto impecable, sonrisa fría y una presencia completamente distinta, pero igual de peligrosa. Alexander se tensó al instante, dando un paso al frente para ponerse casi enfrente de Elena, como bloqueando el acceso hacia ella.
La noche recién empezaba, pero Elena sintió que acababa de meterse en medio de una jaula sin darse cuenta.
Alexander no disimuló ni un segundo su molestia. La postura que tomó al ver al recién llegado fue casi de combate, cruzándose de brazos y dando un paso de costado que cubrió casi por completo a Elena. Pero el hombre que acababa de hablar no parecía inmutarse por la corpulencia ni la cara de pocos amigos de Alexander.
Se acercó a un paso cansino, elegante, luciendo un traje a medida de color gris oscuro que parecía valer más que el departamento entero de Elena. Tenía la piel pálida, los rasgos afilados y un peinado perfecto que no tenía ni un solo cabello fuera de lugar. A diferencia de la presencia imponente y salvaje de Alexander, este sujeto transmitía una frialdad absoluta, como si estuviera hecho de hielo.
-Julian Vance -dijo el hombre, pasándole completamente por alto a Alexander para fijar sus ojos en Elena-. Un placer, señorita Ross.
Elena parpadeó, sorprendida de que supiera su apellido. Julian Vance no necesitaba mucha presentación en la ciudad; era el heredero de una de las familias aristócratas más antiguas y influyentes del país. Un diplomático de carrera y político en ascenso que manejaba contactos en las altas esferas del gobierno sin despeinarse.
-Señor Vance -respondió Elena, intentando sonar tranquila mientras estrechaba la mano que él le ofrecía. La piel de Julian estaba extrañamente fría al contacto, tanto que a Elena le dio un ligero escalofrío, pero su agarre fue suave y medido-. Veo que en este evento todos saben mi nombre menos yo el de ustedes.
-Las buenas noticias vuelan, Elena -dijo Julian, manteniendo una sonrisa leve que no le llegaba a los ojos-. Y los proyectos ambiciosos como el suyo llaman la atención de la gente adecuada. O al menos, de la gente con suficiente cerebro para apreciarlos.
-Vance, lárgate -interrumpió Alexander con una voz que sonó casi como un gruñido bajo-. Estamos hablando de negocios.
-A mí no me parecía que estuvieran hablando de negocios, Alexander -replicó Julian, sin perder la compostura ni subir el tono de voz-. Parecía que estabas acorralando a la señorita Ross con tu tosquedad habitual. Por algo te mantienen en los campos de entrenamiento y no en las mesas de negociación.
La tensión entre los dos hombres aumentó de golpe. Elena juraría que la temperatura a su alrededor había bajado un par de grados. Alexander apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se marcaron, mientras que Julian simplemente lo miraba con una calma calculadora, disfrutando el haberlo provocado.
Elena, harta de ser tratada como si fuera un florero en medio de una discusión de egos, dio un paso al frente para quedar a la vista de ambos.
-Si ninguno de los dos piensa hablar seriamente de mi proyecto de seguridad tecnológica, les agradezco la copa de vino y me retiro -dijo con voz firme-. No tengo tiempo para medir quién tiene el ego más grande en este salón.
Julian soltó una risita baja, un sonido elegante pero carente de verdadera calidez. Sus ojos, de un azul tan claro que parecía casi transparente, se clavaron en ella con un interés que rozaba lo incómodo.
-Una mujer práctica. Me gusta -dijo Julian, sacando un pañuelo de seda del bolsillo de su saco para limpiarse sutilmente los dedos antes de guardarlo de nuevo-. De hecho, Elena, he estado leyendo los borradores de su propuesta de encriptación de datos. Tengo que decir que los métodos de protección que plantea para los servidores privados son... fascinantes.
Elena frunció el ceño.
-¿Los borradores? Esos documentos solo los envié esta mañana a dos agencias privadas de evaluación. Son confidenciales.
-Para el gobierno nada es realmente confidencial -respondió Julian con total naturalidad, inclinando un poco la cabeza-. Y cuando algo despierta mi curiosidad, me gusta estar bien informado. Supo solucionar un fallo en el sistema que mis propios asesores de ciberseguridad no lograron descifrar en meses. Me parece una genialidad.
No había emoción en su voz, pero las palabras sonaban calculadas, como si hubiera estudiado cada detalle de la vida de Elena antes de ir a hablarle. Elena sintió una incomodidad distinta a la que le provocaba Alexander. Alexander era ruidoso, territorial y directo; Julian, en cambio, se sentía como una araña tejida en la sombra, observando cada movimiento.
-No fue genialidad, solo fue lógica -contestó Elena, tratando de no mostrarse intimidada por el hecho de que este tipo hubiera interceptado sus documentos-. Pero me alegra que le parezca útil. Supongo que eso significa que le interesa invertir.
-Me interesa mucho más que solo invertir, Elena -dijo Julian, acortando la distancia entre ellos con una lentitud pausada-. Me interesa asegurarme de que este proyecto se desarrolle en el entorno correcto. Bajo la protección adecuada. Un proyecto tan valioso no debería caer en manos brutas que solo sepan usarlo para la guerra.
Julian lanzó una mirada rápida a Alexander, quien no había dejado de seguirlos con la vista ni un segundo. Alexander dio un paso amenazante hacia Julian, pero Elena se interpuso en el camino de ambos antes de que se armara un espectáculo frente a todos los diplomáticos de la fiesta.
-Aprecio el interés de ambos -dijo Elena, mirando a uno y luego al otro-, pero si van a competir, que sea con propuestas formales sobre mi mesa de trabajo mañana por la mañana. Ahora, si me disculpan, necesito un poco de aire.
Sin esperar respuesta, Elena se giró y caminó hacia los ventanales de la terraza. Sentía las piernas un poco pesadas y la cabeza hirviendo. No llevaba ni una hora en la gala y ya se sentía acorralada por dos gigantes con intenciones que claramente iban más allá de un simple contrato financiero.
Al salir a la terraza, el aire fresco de la noche le dio de lleno en la cara. Se apoyó contra el barandal de piedra, mirando las luces de la ciudad a lo lejos y dejando escapar un suspiro largo.
-Menuda noche -murmuró para sí misma.
-Aún no ha visto lo peor -dijo una voz a sus espaldas.
Elena se sobresaltó y se giró rápidamente. Saliendo de la sombra de las plantas de la terraza, con una copa en la mano y la mirada perdida en el mar a lo lejos, había un tercer hombre.
Elena dio un pequeño salto, tomándose el pecho con la mano mientras intentaba recomponer la compostura. La noche parecía estar empeñada en no darle ni un minuto de paz.
El hombre que acababa de salir de la penumbra de la terraza era alto, de complexión fuerte pero atlética, con el cabello castaño un poco despeinado por la brisa marina que subía desde el puerto. Llevaba un traje impecable, de un azul tan oscuro que en la penumbra parecía negro, pero con la camisa ligeramente desabrochada en el cuello, lo que le daba un aire mucho más relajado que el de Alexander o Julian. Sin embargo, lo que más llamaba la atención eran sus ojos: un verde profundo, turbio como el mar antes de una tormenta.
-Perdona si te asusté -dijo el hombre. Su voz no era áspera como la de Alexander ni fría como la de Julian; era una voz pausada, profunda y grave, como el rumor del agua rodando sobre las piedras.
-No pasa nada -respondió Elena, exhalando el aire que había estado reteniendo-. Solo no esperaba encontrar a nadie más aquí afuera. Pensé que todo el mundo estaba adentro peleándose por los bocadillos o presumiendo sus cuentas bancarias.
El hombre dejó escapar una sonrisa leve, casi imperceptible, que apenas le marcó las comisuras de los labios.
-Por eso mismo estoy aquí afuera. El ambiente ahí adentro suele ser demasiado... denso. Mucha gente pretendiendo ser algo que no es.
Elena no pudo estar más de acuerdo. Se acomodó de nuevo contra el barandal de mármol, mirando hacia el horizonte donde el océano se perdía en la oscuridad de la noche. El aire frío de la costa le estaba haciendo bien para despejar la cabeza.
-Imagino que tú tampoco viniste a bailar -comentó él, dándole un sorbo a su copa.
-Para nada. Vine a intentar vender mi proyecto antes de irme a la bancarrota -admitió Elena con amargura y una sinceridad que no sabía de dónde le había salido. Quizá era el cansancio o el hecho de que este sujeto no parecía estar evaluándola constantemente como los otros dos-. Aunque hasta ahora solo he logrado meterme en medio de dos tipos que parecen querer matarse.
El hombre soltó un bufido corto que sonó como una risa reprimida.
-Alexander Thorne y Julian Vance -dijo, nombrándolos sin necesidad de que ella diera explicaciones-. Es un milagro que no hayan destruido el salón aún. Esos dos no pueden estar en la misma habitación sin medirse el pulso.
-¿Los conoces? -preguntó Elena, curiosa, girándose un poco para mirarlo de frente.
-Lamentablemente sí. En este ambiente todos nos conocemos, nos guste o no. Soy Dorian. Dorian Cross.
Elena parpadeó, repasando mentalmente los nombres de las listas de Forbes y los reportes de noticias de negocios. Dorian Cross. El magnate naviero. Un hombre sumamente reservado que controlaba prácticamente todo el comercio marítimo del país, dueño de astilleros, puertos privados y una de las flotas de carga más grandes del mundo. A diferencia de Alexander y Julian, que siempre estaban en boca de la prensa, Dorian era un fantasma que rara vez se dejaba ver en eventos públicos.
-El dueño de los mares -murmuró Elena sin pensar, recordando cómo lo llamaban los periódicos financieros.
Dorian alzó las cejas, divertido por la etiqueta.
-Prefiero pensar que solo manejo barcos, pero si la prensa quiere ponerme títulos dramáticos, no puedo detenerlos. Y tú debes ser Elena Ross. La mujer que tiene a la mitad del comité de evaluación hablando de encriptación de datos marítimos y logística.
Elena se quedó helada.
-No me digas que tú también leíste mi propuesta. ¿Acaso mi documento confidencial está publicado en internet y yo no me he enterado?
Dorian negó con la cabeza pacientemente.
-No necesitó estar publicado. Manejo el ochenta por ciento de las rutas de carga de este lado del continente, Elena. Si alguien diseña un software capaz de optimizar el rastreo de contenedores y proteger la red de los puertos contra ataques cibernéticos, ten por seguro que el informe va a terminar en mi escritorio en menos de una hora.
-Vaya. Veo que la privacidad es solo un mito para los millonarios de esta ciudad -dijo ella, cruzándose de brazos, aunque en el fondo no podía evitar sentirse halagada de que alguien con semejante imperio supiera de su trabajo.
-En este negocio, la información es la diferencia entre flotar o hundirse -respondió Dorian. Se acercó un par de pasos hacia el barandal, quedando bastante cerca de ella.
Elena notó de inmediato algo extraño. Estar cerca de Alexander se sentía como estar junto a un incendio a punto de salirse de control; estar cerca de Julian era como entrar a una cámara frigorífica. Pero la presencia de Dorian era diferente. Había una presión pesada en el aire a su alrededor, una atracción magnética e inexplicable que hacía que a Elena se le erizara la piel del cuello. Se sentía como la calma extraña que hay en la playa justo antes de que llegue una ola gigante.
Dorian la miró a los ojos y, por un segundo, a Elena le pareció ver un destello azulado brillando en el fondo de sus pupilas verdes, como el reflejo de la luz en la profundidad del agua. Parpadeó rápidamente pensándolo un espejismo producido por las luces del jardín.
-A diferencia de Alexander, yo no quiero tu tecnología para hacer la guerra -continuó Dorian con voz suave pero firme-. Y a diferencia de Julian, no la quiero para manipular la política. A mí me interesa la eficiencia y la seguridad de mi gente. Si tu sistema es tan bueno como prometes en el papel, me gustaría comprar los derechos exclusivos.
Elena levantó la barbilla, recuperando de inmediato su postura profesional.
-No vendo los derechos exclusivos, señor Cross. Vendo licencias de uso y mantengo el control de mi empresa. No le perteneces a nadie.
Dorian la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. No hubo enojo en su rostro, solo una fascinación tranquila, lenta y profunda. Aceptaba su respuesta con una madurez que no había visto en los otros dos.
-Inflexible. Eso me gusta -dijo él finalmente, inclinando la cabeza con respeto-. Pero no cometas el error de confiar demasiado en los otros dos, Elena. Thorne es un animal impulsivo y Vance es una serpiente. Ninguno de los dos sabe lo que es dejar ir algo cuando se les mete entre ceja y ceja.
-Sé cuidarme sola, gracias por la advertencia.
-No lo dudo -respondió Dorian, dando un paso atrás y colocándose la mano en el bolsillo del pantalón-. Pero si alguna vez sientes que la marea te está arrastrando demasiado fuerte... búscame en el puerto. Mis puertas siempre van a estar abiertas para ti.
Antes de que Elena pudiera responderle algo, la puerta de la terraza se abrió de golpe. La figura imponente de Alexander apareció bajo la luz del marco, buscando con la mirada como un loco hasta que los encontró a los dos juntos. Detrás de él, con la cara seria y las manos metidas en los bolsillos, venía Julian.
Dorian no se inmutó. Le dedicó a Elena una última mirada cargada de un significado misterioso que ella no logró descifrar y pasó de largo junto a los otros dos hombres, rozando el hombro de Alexander sin siquiera pedir disculpas.
Elena se quedó sola en la terraza, sujetando el barandal con fuerza. Si pensaba que su vida era complicada esa mañana, ahora estaba convencida de que acababa de entrar voluntariamente a una tormenta de la que no iba a poder salir tan fácil.