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Beltza

Beltza

Autor: : Darknessyfs
Género: Adulto Joven
Ser huérfana en el lugar del que provenía nunca era algo bueno. En primer lugar, porque las casas de acogida eran una mierda y más un centro de reclutamiento que de ayuda. Aunque para muchos ser reclutados era una bendición y algo muy bueno, para otros no. Yo estaba del lado que consideraba que ser reclutada era una mierda. Pero los hermanos Fire estaban en todos lados y era cuestión de tiempo que yo cayera en sus manos. Lo que no esperaba era caer en ellas de una forma tan poco convencional.

Capítulo 1 Prólogo

Él me había estado observando durante días. Me veía entrar y salir de los lugares en dónde se repartía comida durante el día.

Me veía ir hacia la zona más baja para ayudar a limpiar las aceras y también me veía recoger la basura de algunos lugares para conseguir dinero y poder comprar mantas que me ayudaran a mantenerme caliente mientras permanecía en los espacios abiertos en dónde vivían la mayoría de los que no tenían hogar.

También me servía para comprar algo de ropa ya vieja, pero en mejores condiciones que la mía.

La cuestión era, que ese hombre me estaba siguiendo más tiempo de lo que permitido y sabía que nada agradable podía salir de eso.

Sabía de quienes podría venir una acción como esa. Los hermanos Fire. Pero ninguno de ellos era lo suficientemente paciente como para enviar a uno de sus soldados a seguir a alguien.

Ellos iban directamente a ti y te decían que querían y cómo lo querían. Y ciertamente no querían nada de mí, porque ya lo hubiera enterado de ser así.

Por lo que la presencia de ese hombre no traería nada bueno y aunque trataba de perderlo de vista, de buscar lugares en donde él no me hubiese visto, era imposible perderle la pista.

Y lamentablemente ir a la policía no era una opción para mí, dormir en las casas de acogida tampoco lo eran. Por lo que acostumbrarme a la extraña presencia del hombre era lo único que podía hacer.

Evadirlo, no estar en lugares solos con él cerca, pero, sobre todo, no bajar la guardia nunca.

Capítulo 2 Uno

Decían que el que persevera logra sus objetivos. Y en ese momento lo estaba confirmando más que nunca.

Aquel hombre me había seguido por semanas se había convertido en mi sombra; una extensión de mí.

Pasaba frío cuando yo lo hacía, se mojaba bajo la lluvia cuando yo no lograba llegar a algún refugio. Iba a los comedores conmigo y se colocaba cinco pasos detrás de mí siempre.

No tenía idea de si estaba bien mentalmente, pero no había una forma de alejarlo de mí, por lo que tuve que ser precavida durante todo este tiempo.

Sabía que me observaba, que me analizaba, que me leía con cada paso que daba a metros de mí.

Y aunque el miedo se arraigó en lo más profundo de mí cada día de mi vida, fue imposible alejarme. Cada vez que lo intentaba desaparecía por varias horas hasta que tenía que volver al comedor habitual hambrienta.

Y ahí estaba él, en las afueras mirándome como si no le importara que conociera su presencia.

Él sabía que huía de él, sabía que le temía, sabía que con él a mi alrededor me había vuelto más precavida.

Muchas veces se me hacía imposible dormir, pues cuando no tenía a nadie más, cerca, me quedaba a las afueras de los restaurantes en vela para saber que él no podría tocarme mientras dormía en algún parque solitario.

Y las veces que dormía en los lugares de mala muerte en dónde más personas como yo dormía, lo hacía en el centro, por donde tendría que pasar por encima de muchos antes de llegar a mí y en dónde podría gritar si me hacía algo y alguien más escucharía.

Pero en este momento justo estaba en una desventajosa situación.

Estaba lloviendo fuertemente y la lluvia caía sobre mi cabello negro ocasionando que algunos mechones se pegaran a mi frente y mejilla.

Mi mochila vieja con las mantas dentro de ella estaba enchumbada pesando más de lo habitual y todos los harapos que cubrían mi cuerpo estaban mojados ralentizando mis pasos, pero, sobre todo, enfriando mi piel de una forma rápida.

Pero nada de eso me preocupaba.

Mi única preocupación era estar en un callejón sin salida con un hombre a pocos pasos de mí... esperando.

Había confundido los callejones y había terminado atrapada en este sin salida.

Mi habitual callejón me llevaría a un edificio abandonado en dónde más personas como yo pasábamos la noche si llovía. Nos sacarían al otro día, pero estaríamos cubiertos mientras permaneciera la lluvia.

Ahora estaba sola, desamparada y sin ninguna persona lo suficientemente cerca como para ayudarme a salir de esta.

Me di la vuelta lentamente y miré hacia él hombre que estaba igual de mojado que yo.

Nunca tenía la misma ropa, como yo, que subsistía con dos mudas nada más. Él cambiaba de prendas todos los días, lo que me dejaba saber que él tenía una vida.

Las lágrimas comenzaron al descender al verlo acercándose y solo pude retroceder hasta que estuve contra la pared de ladrillos.

Y por primera vez lo vi sonreír.

Él portaba ropa negra, botas militares y un arma en su cintura. Tenía su cabello corto y su mandíbula con un rastrojo de barba que parecía no haber sido afeitada en uno o dos días.

Sus ojos eran oscuros y debía tener algunos treinta y tantos años. Una cicatriz cubría la mitad de su rostro haciéndolo ver más atemorizante.

Quería correr lejos de él, porque sabía que no me traería nada bueno, pero no podía hacer nada.

Me sentía tan frustrada, molesta por haberme perdido y por haberlo dejado ganar con un detalle tan minúsculo.

Él en algún momento se cansaría de perseguirme sin que le diera la oportunidad de atacar. Pero se la había dado en este momento justo poniéndome en bandeja de plata.

Cuando terminó de acercarse a mí sonrió y mis manos temblaron mientras lo empujaba al notar que se abalanzaba contra mí.

Mis manos hicieron contacto con su pecho, pero no pareció inmutarse.

-Te tengo -la maldita sonrisa pegada en su boca me dio escalofríos y la sensación de estar perdida me envolvió de una forma atroz.

-¿Qué es lo que quieres? -cuestioné con las lágrimas bajando por mis mejillas y confundiéndose con la fuerte lluvia.

-Tenerte.

-No -negué al notar como se abalanzaba hacia mí y me aprisionaba contra la pared.

-Sí, si supieras lo placentero que ha sido seguirte.

Negué una y otra vez presa del maldito pánico y mi cuerpo se heló cuando algo frío, metálico y afilado me recorrió el estómago levantando mi delgada camiseta.

Temblé bajo el frío de un cuchillo y cuando lo subió por mis senos cortando la tela y de paso la piel entre mis pechos creando una fina herida que ardía, no pude evitar gritar.

Mi grito fue fuerte y claro y las lágrimas salieron a borbotones nublando mi vista.

La lluvia no hacía nada para ayudarme, de hecho, solo amortiguaba el sonido de mis gritos mientras el cuchillo que él sostenía se acercaba a mi cuello y lo paseaba por él como si fuera una delicada rosa lo que estuviera rozando mi piel.

-Por favor, por favor, solo soy una indigente sin hogar.

-Y por eso eres la presa perfecta, rosita. Cuando mutile tu cuerpo miembro por miembro y te folle después nadie te buscará, nadie sabrá que desapareciste y tus restos terminaran en un agujero en dónde se pudrirán sin que alguien sepa que ha sucedido aquí.

-No, no, dios, no.

-Dios está muy lejos de aquí, cariño.

Un grito desgarrador escapó de mí cuando el cuchillo descendió por mi cuerpo nuevamente y se clavó en la carne de mi estómago.

-No vas a morir, tranquila, sé perfectamente en dónde cortar para no hacer un daño mortal.

Sollocé y presioné mis manos contra la pared sabiendo que no podría hacer nada.

Él tenía un cuchillo y mucha fuerza. Yo estaba desarmada y débil por no comer como era debido. No tendría una oportunidad contra él.

-Mírale el lado bueno a esto, te estoy sacando de tu miseria.

Negué una y otra vez.

-Quiero vivir.

Él rio, pero fue tan fuerte que la lluvia no amortiguó el sonido.

-Ahí está, la razón por la que te elegí.

Una de mis manos subió deprisa a la herida cuando él sacó el cuchillo y gemí adolorida mientras me doblaba levemente.

Su mano libre me empujó contra la pared una vez más y su cuchillo se clavó en mi hombro haciéndome gritar fuertemente.

-Me tomaré mi tiempo contigo, eres placenteramente gritona.

Con fuerza mordí mi labio inferior para callar mis gritos y este terminó sangrando, llenando mi boca con el líquido carmesí de sabor metálico.

Estaba perdida. Había caído en una trampa mortal hecha por un psicópata que me tenía ahora a su merced.

Y sabiendo que no quería que esto terminara de la forma más dolorosa, me armé de valor y fuerza y terminé arremetiendo contra él.

No lo tomé por sorpresa, más bien parecía que lo había estado esperando, por lo que cuando lo empujé para intentar escapar se movió muy poco.

Pero pude escabullirme hacia un lado, solo que no fui muy lejos.

Uno de sus brazos rodeó mi cintura y con el impulso que había tomado para comenzar mi carrera nos envié a ambos al suelo.

Él quedó sobre mí y me dio la vuelta para hacerme encontrar con su mirada.

Ambos ojos negros se miraron uno al otro y vi la perversidad bailar en ellos, así como él vio el miedo bailar en los míos.

-No puedes hu...

No pudo completar su frase porque un agujero se formó en su frente interrumpiendo su oración.

No tenía idea de lo que había sucedido, solo sabía que la sangre había salpicado por todos lados y goteaba de su frente mientras él caía sobre mí como peso muerto.

Un grito desgarrador escapó de mí al saber que estaba muerto y con todas mis fuerzas intenté empujarlo, pero no se movía.

Él permanecía sobre mí evitando que respirara correctamente. Hasta que alguien se cernió sobre nosotros y lo empujó fuera de mi cuerpo dejándome ver un rostro más frío y mortal en su lugar.

A diferencia del hombre que perecía muerto junto a mí, este hombre no tenía ninguna emoción, ningún sentimiento cruzando su rostro. No había diversión, ni alivio, ni maldad. Nada. Él estaba vacío.

Y pronto me di cuenta de que el hombre que se cernía sobre mí era uno de los hermanos Fire. Y lejos de arder como las llamas del infierno, parecía estar tan frío y vacío como la maldita Antártida.

Sus ojos me escanearon lentamente sin perderse ningún detalle. Y luego de su recorrido se detuvo a observar las heridas que manchaban mi magullada camiseta con el líquido carmesí que brotaba de ellas.

Lentamente se acercó al lado de mi cabeza y se agachó para verme más de cerca. Su mano libre se levantó hacia mi rostro y unos guantes negros de cuero acariciaron mi piel mientras empujaba mis mechones lejos de mi cara.

Luego pareció limpiar alguna suciedad en él hasta que estuvo satisfecho y luego ladeó su cabeza absorbiéndome.

-Tu rostro sería lo único que quedaría intacto mientras se deshacía de tu piel, de tus miembros, de tus pezones, tus uñas... -él hizo una pausa y se inclinó un poco más cubriendo las pocas gotas de lluvia que aun caían -y te follaría mientras veía las lágrimas descender por esa pálida y bonita piel tuya.

Después de sus lentas palabras se puso de pie y me observó desde arriba.

Yo no podía moverme. Mi hombro y abdomen dolían y si amenazaba con moverme gritaría por el dolor.

Nunca había sido herida de esta forma. Un par de golpizas que provocaron moretones, algunos raspados en la piel, un labio roto, pero nada más.

Nunca había sido acuchillada de esta forma y el dolor se extendía por mi ser como un ardor mortificante.

-¿Puedes ponerte de pie? -cuestionó desde su altura y negué con los ojos llenos de lágrimas -¿Te cortó la lengua o qué?

Negué e intenté hablar, pero el pánico me mantenía callada.

Probablemente le tenía más miedo a este hombre que al que me había estado apuñalando minutos atrás y que ahora yacía muerto a un lado de mí.

Al recordarlo miré hacia mi izquierda y lo primero que presencié fueron sus ojos abiertos mirando hacia mí. Totalmente vacíos y sin vida. Y también el agujero en su frente provocó cortocircuitos en mi mente.

Suspiró como si estuviera irritado y se dio la vuelta alejándose del callejón.

Si me lo preguntaban prefería mil veces que me dejara aquí a tenerlo cerca por más tiempo.

Al verlo salir por completo me impulsé hacia un lado para quedar ladeada sobre mi hombro bueno y luego traté de impulsarme un poco con mi mano para quedar sentada. Cuando lo logré gemí a causa del dolor y las lágrimas aparecieron nuevamente.

Lloriqueé sin poder evitarlo y un puchero se instaló en mis labios mientras desesperadamente buscaba la fuerza para levantarme. Debía intentarlo, mi vida dependía de eso, pues estaba perdiendo demasiada sangre y eso no terminaría bien.

Pero poco tiempo después de que estuviera sentada sobre el mojado suelo varios hombres ingresaron al callejón. Vestían con botas y pantalones tácticos con camisetas y armas amarradas en sus piernas.

El aire escapó de mí y presa del pánico comencé a retroceder impulsada por la dosis de adrenalina que mi cuerpo me había producido. Pero no pude ir muy lejos antes de que uno de ellos se acercara a mí e inyectara algo en mi cuello mientras me sostenía por mi cabello en la base de mi cabeza.

Pronto la resistencia me abandonó y mi cuerpo cayó como peso muerto sobre el cemento del suelo sin que pudiera evitarlo. Mi vista se nubló, mis sentidos se apagaron y terminé envuelta por el mundo de la inconsciencia sin que pudiera hacer nada más que aceptarla.

Capítulo 3 Dos

Cuando mis ojos se abrieron se encontraron con un techo de color azul cielo.

Extrañada por lo que veía me incorporé y sentí una punzada de dolor en mi abdomen que me devolvió los recuerdos de todo lo que había sucedido.

Probablemente había estado en manos de un asesino en serie hasta que uno de los hermanos Fire se hizo cargo de él.

Inevitablemente recordé el agujero de bala en la frente del hombre y me estremecí. Recordé la sangre caliente salpicando contra mi piel, las heridas que me había provocado. Recordé absolutamente todo llenándome de pánico al recordar la aguja en mi cuello que me quitó mi consciencia.

Al incorporarme completamente recorrí el lugar con una mirada superficial que me dejó en claro que a alguien aquí le gustaba el negro, pues todas las paredes eran negras. Solo que la alfombra y las sábanas combinaba con el color suave del techo.

Una leve luz proveniente de las lámparas en las mesitas iluminaba el lugar permitiendo que viera todo en la primera pasada. Y luego de ver en dónde estaba me concentré en cómo estaba yo.

Observé la camiseta negra sobre mi cuerpo y suspiré asustada. Alguien me había despojado de mi ropa. La vergüenza me recorrió al pensar en que alguien me vio desnuda. Pero había estado herida, por lo que era algo que tenía que hacerse.

Algo asustada por lo que encontraría me levanté la camiseta y descubrí un bóxer negro. Mientras más subía más se notaba el parche en mi abdomen y aparentemente no era grave, pues solo se sentía una punzada dolorosa, pero nada que no pudiera soportar.

Suspirando aliviada continué hacia mi hombro y empujé el amplio cuello de la camiseta por mi hombro hasta que pude ver el otro parche ubicado en esa zona.

Tampoco dolía tanto, pero las punzadas en esa porción de mi cuerpo evitaban que lo olvidara.

Empujando la prenda de vuelta a su lugar me pregunté en dónde estaría. Esos dos últimos hombres que habían entrado al callejón no los conocía de nada, pero supuse que eran soldados del hermano Fire que había salvado mi vida.

Con movimientos suaves empujé mi cuerpo fuera de la cama hasta que pude quedar sentada en la orilla.

Mi cuerpo estaba limpio y mi cabello negro y extremadamente largo se encontraba suelto y caía por mi espalda y sobre mis hombros como una cascada.

Tragándome el gemido de dolor me levanté sobre mis pies sintiendo la afelpada alfombra debajo de mis pies.

Al mirarlos me encontré con unas uñas quebradas y poco cuidadas, luego miré las de mis manos que estaban en igual condiciones y no pude evitar llevar una de mis manos hacia mi boca para comenzar a cortar los extremos disparejos mientras me acercaba a la puerta que suponía que daba al pasillo, pues la otra estaba entreabierta y daba hacia lo que parecía ser un baño.

No me interesaba explorar. Solo quería saber en dónde estaba realmente y poder tomar mis cosas e irme de este lugar.

Al salir al pasillo me encontré con paredes grises decoradas con lujosos cuadros de marcos dorados y repisas en el pasillo. Lámparas que colgaban del techo de color negro y que eran igual de doradas creando un lugar que lucía realmente opulento.

Los colores no eran tan comunes, pero ciertamente eran perfectos juntos.

Con pasos temblorosos mis pies hicieron contacto con la fría cerámica negra y comencé mi caminata hacia dónde se veía la salida del pasillo, pues del otro lado solo había una puerta doble al final.

Pasando saliva me apresuré hasta el final encontrándome con una enorme y hermosa escalera con el mismo color de mármol y barandales dorados que fácilmente podrían estar hechos de oro.

Un candelabro enorme y pomposo colgaba en el centro iluminando todo y mientras descendía podía escuchar voces en algún lado del lugar.

El eco ayudaba bastante a encontrar su ubicación, por lo que terminé moviéndome hacia una sala en dónde se encontraba un enorme ventanal que daba a un patio oscuro iluminado solo por unas cuantas luces.

Tres figuras estaban de pie en el marco de la ventana corrida de espaldas a mí. El humo escapaba de ellos y pude notar cigarrillos en algunas manos desde mi posición.

Ellos no me habían escuchado y me pregunté sin era buena idea alertarlos, pero si estaba donde creía que estaba, lo mejor era dejarles saber que estaba despierta.

Porque escapar no sería una opción y de lograrlo ellos sabrían quien era y me buscarían. No quería aumentar los problemas que ya tenía, por lo que di un par de pasos hasta estar un poco más cerca.

-¿Hola? -el sonido tembloroso parecía no ser mío, pero si lo era.

El miedo me envolvía como una capa gruesa que evitaba que mis instintos despertara. Yo no era así; callada, temerosa. Al menos no durante los últimos años de mi vida.

Había sobrevivido durante tres largos años en las calles. Había pasado frío, luchado con personas en las mismas condiciones que yo para poder mantener mis pocas posesiones, había hecho cosas degradantes para sobrevivir y nunca me había comportado como una debilucha.

No había llorado ni una sola vez después de mi primera semana en las calles. No había llorado hasta el momento en el que creí que moriría.

Pero aquí estaba, hecha un manojo de nervios por estar ante estos hombres.

Pero no era infundado mi miedo.

La forma en la que los demás los llamaban provenía de algún lado y eso se había originado cuando ellos comenzaron a ascender en este desastroso mundo.

En algún momento ellos fueron como yo. Personas despojados de sus derechos, personas a las que la sociedad y el sistema de mierda de este país los aisló y se olvidó de ellos. Pero a diferencia de mí ellos encontraron la forma de salir adelante.

Se abrieron paso con fuego y sangre y esa frase nunca había significado tanto como cuando los describía a ellos.

Quemaron hasta las cenizas a cada persona que se atrevía a enfrentarlos. Incendiaron edificios de las personas que los retaban. El fuego era su mayor arma y según había escuchado el quemar a sus víctimas vivas era lo que les había dado el apodo de los hermanos Fire.

Los tres se dieron la vuelta a la vez y me volví mantequilla al tenerlos de frente mirándome profundamente.

Ellos tenían rasgos muy similares. Los tres poseían ojos azules al igual que cabellos totalmente negros. Un negro tan oscuro que parecía pintado con carbón.

Sus rostros tenían similitudes como sus mandíbulas cuadradas, sus narices perfiladas y sus cejas tupidas, pero hasta ahí llegaban sus semejanzas.

Los tres poseían un tono de azul muy diferente uno del otro, sus cuerpos cubiertos por camisetas de color negro dejaban ver diferentes grados de musculatura, aunque los tres eran fuertes y los tatuajes eran muy diferentes uno del otro. Estos cubrían sus cuellos, sus brazos y probablemente más partes de su cuerpo, pero no era algo que me molestaría en pensar.

-Oh, muñequita, has despertado.

Él era el menor de los tres. Su personalidad era relajada, muy divertida y bromista, pero sabía que eso solo era una fachada, según había escuchado era el más sádico de los tres hermanos. Por lo que su apodo solo me envolvió en una capa doble de miedo.

-Lo... lo siento ¿Qué hago aquí? -mi voz sonó temblorosa, dudosa y muy, muy baja, pero sabía que me habían escuchado.

-Estabas herida, así que te trajeron aquí para curarte y que no te murieras en un contén.

Sus palabras me erizaron la piel, pero su sonrisa nunca desapareció de sus labios. Incluso cuando le dio una calada a su cigarrillo la sonrisa permaneció en su rostro.

-Creo que ya puedo irme -mi dedos se restregaron unos a otros delante de mí regazo y agradecí que la camiseta fuera lo suficientemente larga para cubrir mis muslos.

-Yo creo que no -el del medio dijo esas palabras de forma tan tranquila, pero algo en su tono me envolvió de una forma que no esperaba -estuviste a punto de ser la victima de un asesino en serie, relájate, Cupcake.

Jadeé al confirmar lo que había estado pensado y sacudí mi cabeza cuando las imágenes invadieron mi mente. Inevitablemente me imaginé el escenario que él había creado para mí mientras me tenía aprisionada contra la pared y parpadeé rápidamente para alejar las lágrimas.

Habría sido una muerte tan dolorosa y lenta.

Mi piel se erizaba de solo imaginar lo desesperada que estaría por morir. Amaba estar viva, aunque el mundo me pateara constantemente. Por lo que la primera forma en la que él me habría hecho añicos, sería odiando estar viva y deseando que me llegara la muerte más temprano que tarde.

-Jesús -una mano se elevó a mi cabello y lo aparté de mi rostro mientras levantaba la mirada para encontrarlos mirándome mientras terminaban sus cigarrillos.

-Necesito irme -advertí mientras retrocedía lentamente.

El que me había llamado Muñequita lanzó el cigarrillo hacia afuera sin importarle si se apagaba y comenzó a caminar en mi dirección llegando a mi en dos zancadas antes de que pudiera alejarme más.

-Estás herida, vives en la calle y solo provocarás que esa herida se te infecte si vuelves a pasar años sin darte una ducha.

Eso era una mentira, no estaba tan sucia. Bueno, había estado sin ducharme el mismo tiempo que ese hombre llevaba persiguiéndome. Estar vulnerable de esa forma no era una opción, pero había estado higienizándome lo mejor que podía, aunque eso realmente no era del todo suficiente.

-No pasé años sin ducharme -fue lo único que pude decir.

-Oh cariño, saqué la mugre de tu cuerpo, parecía agua de alcantarilla cuando terminé con tu cabello.

Lentamente pestañeé las lágrimas y miré al suelo sin poder gesticular palabra.

-Déjala, Death.

Death bufó y se alejó de mi un par de pasos mientras me escaneaba completamente.

Entonces sus palabras cayeron sobre mí como agua helada y mis mejillas se tornaron absolutamente rojas.

Él me había visto desnuda. Jesús, no.

Mi mirada rehuyó de la suya, sin embargo, la llevé hacia el hombre que lo había alejado de mí, al mismo que había asesinado al hombre que estuvo a punto de mutilarme.

El hermano mayor de los Fire.

Y su mirada estaba tan profundamente puesta en mí que fue imposible no revolverme incómoda mientras trataba de descifrar cuales serían sus siguientes palabras.

-No se va a ir -el de en medio miró hacia su hermano mayor, pero él continuó con su mirada puesta en mí, probablemente tratando de decidir que haría conmigo.

-Quiero jugar con ella, no puedes quitármela.

Con el ceño fruncido miré hacia Death.

-No soy un maldito juguete -él negó con una sonrisa.

-Nop, eres una bonita muñequita. Por eso quiero jugar contigo.

-Bien, se queda.

Y sabía que por más que quisiera pelear contra esa decisión no podría. Después de todo solo era una sin hogar y ellos eran los hermanos Fire, los hombres que controlaban la jodida ciudad.

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