Actualidad
New York
Kelly
Nacer en una familia de leones no ha sido un privilegio, ha sido una guerra constante. Aquí nadie regala un lugar. Te lo ganas a zarpazos, a gritos, a base de aguantar embates y devolverlos con el doble de fuerza. Ser la menor de los Parker solo significó una cosa: invisibilidad selectiva. Me ven, sí. Pero como una niña caprichosa, un adorno con apellido. Nunca como alguien capaz de sentarse en la mesa de los depredadores.
Pero crecí. Y soy mil veces mejor que todos ellos juntos. Más inteligente. Más letal. Más despierta. Aunque no quiero una silla simbólica en la junta. No me interesa firmar cheques desde un rincón como una dama de sociedad bien mantenida. Quiero voz. Quiero voto. Quiero decisiones sobre la mesa. Y si el conglomerado Parker -ese imperio aeronáutico que mi padre maneja como si fuera su reino personal- cree que puede seguir ignorándome, están a punto de recibir un recordatorio violento.
Robert Parker no lo dice, pero lo piensa cada vez que me mira: no cree que pertenezco a este mundo. Quizás porque soy mujer. Quizás porque soy su hija. O porque no puede manipularme como al resto. La verdad, me da igual cuál sea su excusa. Esta noche voy a obligarlo a mirarme como lo que soy.
Y la maldita fiesta en la mansión es mi oportunidad. Mi madre juega a la anfitriona, mis hermanos presumen de trajes caros, y mi padre... bueno, él se prepara para cerrar acuerdos con whisky caro y sonrisas ensayadas. El disfraz de celebración apenas esconde la verdadera razón: negocios.
Yo también vengo disfrazada. Vestido azul oscuro, sobrio, elegante. Cabello suelto, labios firmes, mirada afilada. Estoy camuflada entre los invitados, pero decidí refugiarme por un momento en la biblioteca. Aquí las paredes están cubiertas de libros que nadie lee, las luces son tenues y el silencio huele a madera antigua. Pienso, planeo, espero hasta que escucho pasos. Voces masculinas.
Mi padre entra con Jeremy, su asesor personal. Ambos con ese aire de urgencia que solo aparece cuando las cosas no van como esperaban.
-Robert, la situación es delicada -dice Jeremy, bajando la voz, pero no lo suficiente como para que no lo escuche-. Estamos perdiendo contratos por culpa del gobierno... y del grupo Collins. La licitación está estancada.
-Sigo creyendo que lo del prototipo es una buena idea -responde mi padre sin emoción-. Podríamos conseguir la aprobación para la fabricación con unos cuantos sobornos...
Me inclino hacia delante, cruzo lentamente las piernas desde el sillón donde estoy sentada. El cuero cruje.
-Interesante estrategia -digo, dejando que mi voz corte el aire como una hoja afilada.
Ambos se giran. Mi padre me lanza una mirada de hielo.
-¿Qué haces aquí?
Levanto una ceja, me acomodo en el respaldo y sonrío.
-Escuchando tu charla de negocios. Francamente, algo aburrida y tediosa... como tú sueles describir mis decisiones. Tal vez deberías probar "la otra táctica".
Él aprieta la mandíbula.
-Sé buena niña y vete de aquí. Estoy ocupado.
-No he hecho nada... y eso es lo que te molesta -me levanto con calma, caminando hacia ellos con la copa aún en la mano-. Pero por si te olvidaste, soy tu hija. Eso aún me da derecho a estar en mi propia casa, ¿no?
-¡Ese es el problema! -explota, con un tono que busca callarme-. Ya estás maquinando una de tus jugarretas para arruinar la velada. Por una vez, Kelly, entiende que esto es más que una simple celebración.
-Oh, lo entiendo perfectamente, padre -contesto con veneno contenido-. Buscas alianzas, compras favores, cierras negocios millonarios. Con whisky, promesas vacías y palmadas en la espalda.
-Kelly -dice, exhalando como si le doliera usar mi nombre-. Ayuda a tu madre a recibir a los invitados. Y, por favor, no los espantes con tus bromas pesadas.
Lo miro, largo. No le respondo. Solo sonrío. Esa sonrisa que sabe más de guerra que de afecto y me alejo con el mismo aire con el que vine: segura, calculadora, lista, porque esta noche, aunque aún no lo sepan, el juego acaba de cambiar.
Unos minutos después
La fiesta está en su punto justo. Copas en alto, carcajadas huecas, acuerdos disfrazados de brindis.
Alan, mi hermano mayor, luce su sonrisa de cazador, esa que usa cuando está en busca de una presa con apellido conveniente. Más atrás, Bobby interpreta el papel del hijo ejemplar: cortés, medido, impecable. Una fachada que le sale natural. Y yo... yo me deslizo entre la multitud como una sombra con tacones, repartiendo sonrisas en piloto automático. Fingiendo cortesía mientras analizo cada gesto, cada movimiento, cada palabra.
-Demasiado callada, Kelly -dice Alan al aparecer a mi lado, con su copa casi vacía y esa mirada que mezcla ironía y agotamiento-. Seguro estás tramando algo para fastidiar al viejo. Pero en su lugar, deberías compadecerte de mí.
-¿Compadecerte por qué? -respondo sin mirarlo, pero ya sé por dónde va.
-Ayúdame a salir de esta racha de abstinencia emocional... o carnal. Lo que venga primero -susurra con una sonrisa perezosa.
-Por favor, Alan. El sexo no cura las penas del corazón.
-Gracias, Kelly -dice, rodando los ojos-. Pero no pedí un sermón. Tampoco es como dices. Ya superé a Helena.
-¿En serio? No me lo parece.
Alan frunce los labios. No le gusta cuando acierto.
-No sigas -murmura-. Y sea lo que sea que estés planeando, espero que no me arrastre contigo. Compórtate, ¿sí?
-Siempre lo hago -le digo, sabiendo que ambos sabemos que es mentira.
Él se aleja, dejando tras de sí el leve olor a whisky caro y derrotas elegantes. Entonces lo veo.
Apoyado junto a la chimenea, apartado del centro, con una copa de bourbon en la mano. No lo reconozco de inmediato, pero hay algo en su presencia que me resulta inquietantemente familiar. Alto, de complexión atlética, postura relajada con una tensión subyacente que sugiere que no está tan desconectado como finge. Lleva un traje oscuro perfectamente entallado, aunque la camisa desabotonada en el cuello delata su rechazo a jugar del todo según las reglas. Cabello castaño, ojos marrones intensos con una chispa insolente. Piel bronceada, gesto tranquilo, casi desafiante. Demasiado suelto para ser un invitado corporativo. Demasiado seguro para ser solo un acompañante.
Me acerco. Él me ve antes de que diga una palabra.
-¿Eres Kelly Parker? -pregunta con una media sonrisa ladeada, el tipo de sonrisa que no promete nada... y lo insinúa todo.
Asiento despacio, sin ocultar el interés en mis ojos.
-Y tú eres Matthew Darcy -respondo, saboreando cada sílaba de su apellido-. Hermano de Ralph. El senador.
La sonrisa se ensancha apenas, pero no contesta de inmediato. Bebe de su copa con calma, como si no tuviera prisa por decir nada.
-¿Te decepciona? -pregunta al fin.
-Al contrario. Creí que todos los Darcy venían con manual de instrucciones, un discurso preparado y una corbata ajustada al cuello. Me sorprende verte sin ninguna de las tres.
-Digamos que prefiero ver cómo se incendia todo... pero desde un buen asiento.
Me río, bajo y auténtico. Directo. Irónico. Me agrada.
-Entonces supongo que tampoco eres muy fan del legado familiar.
-¿Y tú sí? -devuelve sin dudar, la mirada fija en la mía-. Porque según dicen, naciste para sonreír en silencio y obedecer al final de la mesa.
No parpadeo. Huele a humo, bourbon, y algo más salvaje, como tormenta contenida.
-Estás mal informado -digo, con la voz justa, firme, sin perder el control-. Yo nací para dirigir desde el centro.
Nos miramos. Un segundo. Dos. La música, las risas, las conversaciones: todo se apaga. Solo quedamos él y yo. Un juego de poder contenido en la mirada.
Él se inclina apenas, lo justo para que su voz roce mi oído. Grave, rasposa.
-¿Quieres divertirte esta noche? ¿Romper reglas?
La forma en que lo dice... no es una invitación. Es una provocación, y de pronto, el suelo bajo mis pies ya no parece tan firme, pero ahora mismo sus palabras desencadenan un mar de dudas.
La misma noche
New York
Kelly
Cuando decides jugar, aceptas las reglas sin necesidad de repetirlas en voz alta. Se sobreentiende. Todos fingimos que es solo un juego, como si bastara con sonreír, mover las piezas y brindar por la suerte. Pero la verdad es que la partida rara vez se trata de diversión. Esa es solo la fachada. El anzuelo. Te hacen creer que puedes entrar y salir ileso, cuando en realidad lo que quieren es algo más: tu atención, tu lealtad, tu debilidad, tu nombre... lo que sea que te cueste ceder.
Lo complicado no es jugar. Lo difícil es entender el trasfondo de lo que estás jugando. Porque nadie se sienta a una mesa sin hambre, y las segundas intenciones rara vez se ven a simple vista. Son sutiles. Se camuflan detrás de miradas, silencios y frases bien calculadas.
La pregunta que realmente importa no es si puedes ganar. Es si vale la pena el riesgo. ¿Vale lo que vas a entregar más que lo que crees que vas a recibir?
Claro que deberías estudiar a tu oponente, calcular sus gestos, leer entre líneas, hacer un maldito mapa mental de todo lo que dice y lo que no. Pero no lo hacemos. Nos lanzamos. Apostamos al instinto. Tenemos esa manía autodestructiva de resolver las cosas sobre la marcha, como si el fuego no quemara hasta que nos toca. Y lo peor es que a veces, solo a veces... el riesgo te seduce más que la promesa de la victoria.
Matthew Darcy era un bello rompecabezas que aún estaba descifrando. Sería iluso de mi parte encasillarlo solo por repetir unas cuantas frases-quizá sinceras, quizá cuidadosamente ensayadas para deslumbrar. Tenía ese tipo de encanto peligroso: la mezcla exacta entre arrogancia y desparpajo, como si supiera exactamente cuándo provocar y cuándo retirarse. Sabía cómo engatusar a una mujer. No con promesas vacías, sino con esa mirada de hombre que no pretende convencerte de nada... y justo por eso te intriga más.
Aun así, mi parte rebelde-la que aprendió a desconfiar incluso del elogio más bien intencionado-reconoce el patrón: esto huele a trampa. Pero también a seducción. Una contradicción deliciosa que me deja a la deriva de mis impulsos, atrapada en ese silencio tenso donde todo puede pasar o simplemente evaporarse.
Y como si pudiera leer mis pensamientos, Matthew vuelve a insistir.
-Kelly, no estoy hablando de tener una noche de sexo -dice, su voz rozándome como terciopelo áspero, suave en la superficie, pero con una intención que se adhiere-. Estoy hablando de algo más... inocente.
Inclina la cabeza apenas, los labios curvados en esa media sonrisa peligrosa que lo delata. Tiene el descaro de un niño travieso en el cuerpo de un hombre que sabe perfectamente lo que provoca. Mis ojos se entrecierran.
-Dudo que haya algo inocente en tu propuesta -respondo, cruzando los brazos mientras clavo mi mirada en la suya-. Todo en ti grita problemas.
Su sonrisa se ensancha, sin una pizca de arrepentimiento.
-Entonces con más razón acepta -dice, acercándose un paso más-. O le darás la razón a los chismes... ya sabes, eres la hija perfecta y obediente de Robert Parker.
¡Mierda! Me acaba de desafiar. Con una frase corta, acaba de incendiar toda una fachada cuidadosamente construida. Una provocación directa, una invitación a salirme del guion, pero va a aprender lo que es lidiar conmigo.
-Veamos, Matthew... cuál es tu sentido de la diversión -respondo con una serenidad venenosa, alzando apenas una ceja mientras le ofrezco mi brazo.
Él lo toma con un gesto teatral, dibujando una sonrisa torcida que parece decir "esto va a ser interesante".
Un rato más tarde
Quisiera decir que fue sensato seguirle el juego. Que actuar con él no implicaba consecuencias. Pero sería una hermosa mentira. Ahora estamos escondidos en el jardín trasero de la mansión, entre sombras y aromas de lavanda nocturna, compartiendo un porro mientras el eco amortiguado de la fiesta queda atrás como un recuerdo ajeno. Estamos solos... y eso lo hace más peligroso.
-Es divertido dejar de ser lo que otros esperan -dice Matthew, recostado contra un árbol, la cabeza ligeramente inclinada hacia el cielo. El humo le baila entre los labios antes de desvanecerse.
Lo observo desde un banco de piedra, piernas cruzadas, copa aún en mano.
-Tu sentido de la diversión es tan... limitado -respondo, con una sonrisa mordaz-. Apuesto que te cuesta ser impulsivo. Por eso necesitas drogarte.
Él se lleva una mano al pecho como si mis palabras lo hubieran herido.
-¡Mala! -se queja entre risas-. No soy como Ralph. Ni la sombra. Y créeme, puedo jugar cualquier reto contigo.
-No me provoques -le advierto entre carcajadas-. Porque vas a salir perdiendo.
Él se acerca de golpe. Me toma por la cintura. Mi risa se apaga en seco. Su cercanía me sacude el estómago. Su aliento está en mi rostro, cálido, con sabor a bourbon y a secretos. Inclina un poco el rostro... Cierro los ojos.
Y entonces me empuja.
Un segundo después, mi cuerpo rompe la superficie del agua con un chapoteo brutal. Todo es frío, inesperado, adrenalina. Emerjo como un gato mojado, el vestido pesado, el cabello pegado a la cara, la piel ardiendo de rabia. Lo veo sobre el borde, doblado de la risa, absolutamente encantado con su hazaña.
-¿Creíste que te iba a besar? -me lanza, entre carcajadas-. Mírate... toda empapada.
-Matthew, ganaste. Lo admito -gruño, limpiándome el agua de los ojos-. Ahora podrías ser un caballero y darme la mano... y una toalla antes de que alguien me vea así.
Él se cruza de brazos, pensativo, como si evaluara si he aprendido la lección. Finalmente, suspira con fingido dramatismo y estira la mano.
-Soy un caballero... -dice con un tono melodramático que me provoca una sonrisa irónica.
La tomo. Firme. Directa. Y justo cuando él piensa que el juego terminó, tiro de él con todas mis fuerzas.
Cae al agua con un chapoteo aún más ruidoso que el mío. La venganza es dulce.
Sale de inmediato, el cabello chorreando, el rostro tenso... hasta que suelta una carcajada profunda. Lo sigo. Nos reímos juntos, con una risa sin máscaras y entonces se acerca. Sin palabras. Solo deseo.
Me besa con hambre, como si el tiempo se acabara, como si mis labios fueran la respuesta que lleva buscando toda la noche. Sus manos, empapadas y temblorosas, se deslizan por mi cintura, suben por mi espalda, bajan por mis muslos, como si quisieran memorizar cada parte de mí. Yo no me detengo. No pienso. Solo siento.
La ropa comienza a desaparecer. No sé cómo. No sé cuándo. Solo sé que estoy envuelta en una fiebre ajena a la razón, perdida en el sabor de sus labios, en el calor que crece, en el placer de dejarme llevar... Cuando de pronto, una voz irrumpe con la violencia de un disparo.
-¿Qué mierda haces, Kelly?
-Y tú, imbécil, ¡quítale las manos de encima a mi hermana!
¡Bobby!
Nos separamos como dos adolescentes pillados en pleno pecado. El agua salpica entre nosotros. Mis mejillas arden, pero no es vergüenza. Es ira contenida. Él tiene ese tono autoritario que me recuerda a papá, y lo odio más que a la interrupción.
-Deja el drama, Bobby -respondo con desdén mientras nado hacia el borde-. Solo me divierto con Matthew. Estoy en lencería, no desnuda. Y todavía no hubo sexo, por si tu radar de escándalo se confundió.
Él se pasa las manos por el rostro, furioso, como si quisiera arrancarse los ojos por lo que acaba de ver.
-¡Cierra la boca, Kelly! -explota-. Guarda un poco de pudor, al menos por respeto a ti misma.
Matthew, aún en el agua, me sigue en silencio, pero no por culpa. Su mirada va de Billy a mí, y aunque parece incómodo, mantiene esa actitud de tipo que no se disculpa por ser deseado.
-No exageres, Bobby -responde finalmente con tono calmo-. Tu hermana no es una niña para que la sermonees... Y no la forcé a nada, por si eso también quieres insinuar.
Bobby lo mira como si quisiera partirle la cara.
-Si quieren tener sexo, busquen una puta habitación. No lo hagan en público. Estamos en una fiesta, maldición.
-Trágico, aburrido e insoportable como siempre, Bobby -espeto, saliendo finalmente de la piscina con el cabello pegado al rostro y la ropa interior mojada marcándose en mi piel-. ¿Siempre tienes que actuar como si tuvieras que salvarme de mí misma?
Lo miro con un desprecio antiguo, casi fraternal. Matthew se acerca y me coloca su chaqueta encima con gesto torpe, tal vez buscando apaciguar la tensión. Pero ya es tarde. La escena está hecha, y sé que habrá eco de esto mañana.
Bobby no responde. Su mirada dice demasiado. Y yo no tengo tiempo para culpas.
Al día siguiente
Con la misma indiferencia de siempre, decido bajar a desayunar en familia. Si debo soportar otro sermón de mi padre, que así sea. Ya me he entrenado para eso desde que tengo memoria. Esta vez, al menos, no tengo intenciones de disculparme. Madrugué para ensayar mi defensa por lo ocurrido en la piscina, aunque en realidad no pienso usarla. Que digan lo que quieran.
Así avanzo con paso firme hacia el comedor. Para mi sorpresa, solo Alan está allí, con su habitual pinta de modelo recién despertado, revisando su celular como si el mundo le debiera explicaciones.
Alzo la ceja mientras aparto la silla frente a él. Él no dice nada, pero levanta la vista justo cuando me siento, da un sorbo a su café y ladea la cabeza como si ya supiera lo que voy a soltar.
-Buenos días, Alan. O para ti serían malos, supongo. No tuviste suerte con ninguna mujer anoche y por eso terminaste bebiendo como siempre, ¿verdad?
-Lamento decepcionarte, Kelly, pero esta vez me comporté a la altura -responde con voz calma y tono burlón, dejando el celular sobre la mesa-. No hubo sexo, ni alcohol. Al menos, no de mi parte...-Hace una pausa deliberada, y su sonrisa se curva con una malicia contenida-. Lo que no puedo asegurar de ti.
-Como corren los chismes -murmuro, sin perder el ritmo mientras me sirvo un poco de café negro-. Lástima que Bobby te haya dado una versión tan... distorsionada de mi comportamiento. Aunque, pensándolo bien, seguro le añadiste tu propia edición de drama barato. Te conozco.
Alan deja la taza en la mesa y se recuesta contra el respaldo con ese aire suyo de aristócrata aburrido del mundo.
-Errada o no... tu pequeña travesura te espera en la biblioteca.
-¿La biblioteca? -frunzo el ceño, pero no muestro desconcierto. No le doy ese gusto.
-Matthew Darcy vino a verte y no sé lo que busca, pero no tiene cara de estar arrepentido -sus palabras se deslizan con un tono inquietante, provocando un mar de incertidumbre.
La misma mañana
New York
Matthew
Las tradiciones, el legado, el apellido... todos te lo presentan como un honor, como una herencia digna de orgullo. Pero nadie habla del peso. Nadie te dice que cargar con un nombre a veces es como andar con una piedra atada al pecho: no te ahoga de golpe, pero te impide respirar del todo.
Te lo disfrazan de destino, como si hubiera algo noble en repetir la historia de otros. Pero la verdad es que no eliges. Solo sigues el guion que te pusieron en las manos antes de que aprendieras siquiera a leerlo. Te aplauden cuando repites los gestos de tus padres, cuando hablas como ellos, cuando decides como ellos. Cuando renuncias a ti mismo.
Y claro... no se supone que debas fallar. La vara está ahí, suspendida en el aire como una promesa envenenada. Demasiado alta para tocarla sin sangrarte los dedos. Así que vives con los dientes apretados, intentando demostrar que eres digno de tu sangre. Que puedes estar a la altura del apellido que llevas escrito como un tatuaje invisible en la frente.
Y cuando tienes que seguir sus pasos, lo haces sin pensar. Porque pensar sería traicionarlos. Porque querer otra cosa sería como decirles que lo suyo no fue suficiente. Entonces callas tus propios sueños, y te vistes con los de ellos. Como si fueras una sombra bien educada.
Con el tiempo, ya ni sabes si lo que haces es por ti o por ellos. Solo sabes que no quieres fallar. No quieres ser el eslabón débil de una cadena que parece eterna. Te convences de que eso es amor. Lealtad. Orgullo. Pero en el fondo... en el fondo hay una voz pequeña que no se calla. Que te pregunta si esto es vivir... o solo obedecer sin romperte. Porque a veces el legado no es una antorcha que ilumina, sino una herida que no se cierra.
Quizás soy el mejor ejemplo de cómo las tradiciones pueden moldearte... o romperte. Desde que tengo memoria, crecí escuchando discusiones políticas en la mesa de los domingos. No importaba si había cumpleaños o una muerte cercana, si era Pascua o Navidad: la política siempre tenía un lugar en la conversación. Entre copas de vino, cortes de carne y miradas de reojo, los Darcy debatían sobre poder como otros lo hacían sobre deportes o cine.
Y por más que intenté escapar de ese destino, terminé atrapado.
Llevar el apellido Darcy no es solo una herencia; es una condena. Las expectativas me asfixiaban como una corbata mal ajustada. Pero si eso ya era difícil, intentar sobresalir frente a Ralph, mi hermano mayor, era directamente agotador. El hijo perfecto. El favorito de todos. El brillante político que cada día coleccionaba más elogios que diplomas en Harvard.
Yo era la sombra de un ídolo. Hasta que dejé de resistirme. Me lancé a la política como quien se rinde a la marea. Me postulé para el Congreso, creyendo -ingenuamente- que podía hacer las cosas a mi modo. Y ahí fue cuando me puse la soga al cuello. Perdí el control. Me convertí en un producto de campaña, recitando discursos escritos por otros, respondiendo preguntas con sonrisas vacías. Olvidé la regla más básica: vigilar mi espalda. Confié en todos. Me creí intocable.
El golpe no tardó. Un escándalo mediático -extraño, sucio, orquestado- reventó las redes. Fotos. Rumores. Sospechas. Y yo, como un cobarde, me escondí. No dije ni una palabra. Pensé que bastaría con aparecer en la fiesta de los Parker, fingir normalidad, saludar a los peces gordos, sonreír ante los flashes. Pero mi silencio solo alimentó a los lobos.
Y como era de esperarse, él no tardó en aparecer.
El reloj marcaba las siete. Apenas había logrado dormir después de la interminable noche en la mansión de los Parker, cuando la puerta de mi habitación se abrió de golpe.
-Levántate, Matthew. Necesito charlar contigo.
La voz de mi padre, Walter Darcy, siempre había sido autoritaria. Pero esta mañana tenía un filo distinto. Era más áspera, más impaciente.
Me incorporé a medias, el rostro hundido entre las sábanas.
-¿Debe ser ahora? ¿No puedes esperar al almuerzo? -gruñí sin abrir del todo los ojos.
-¡Maldición, Matthew! -bramó mientras avanzaba por la habitación-. Tu carrera política pende de un hilo y tú solo piensas en dormir.
Me senté en la cama, frotándome las sienes. Su presencia me provocaba jaqueca incluso en silencio.
-Pende de un hilo por tu culpa -espeté-. Por dejarme a la deriva con esos buitres de la prensa. Si hubieras movido un solo dedo para detener esa filtración, ahora no estaría en problemas.
Él se cruzó de brazos. Estaba impecable como siempre: traje a medida, reloj de oro, expresión de fastidio grabada con cincel. Dio un paso más cerca.
-Aún podemos arreglarlo. No todo está perdido y lo sabes.
-Disculpa, padre, pero mi mente es limitada -dije con sarcasmo-. ¿Podrías iluminarme con tu brillante estrategia?
Walter entrecerró los ojos. Su mandíbula tembló levemente. Contuvo el impulso de gritarme... pero no el de controlarme.
-Me haces perder la paciencia con tu actitud -gruñó mi padre, apretando la mandíbula mientras las palabras se le escapaban entre dientes como veneno contenido-. Necesitamos cambiar esa imagen de sinvergüenza por la de un hombre responsable, digno de la confianza de los votantes.
Se detuvo. Y en ese segundo, el silencio pesó como plomo. Su mirada se hundió en la mía con una intensidad que buscaba obediencia, sumisión. Como si esperara que me pusiera de pie, alzara la barbilla y dijera "lo haré, padre", como uno de sus soldados bien entrenados.
Pero no dije nada. No pensaba darle ese gusto.
-Resuélvelo... o lo resolveré a mi manera.
No esperó respuesta. Dio media vuelta con esa arrogancia milimétrica que siempre lo había caracterizado, como si acabara de dictar sentencia. Escuché el golpazo sordo de la puerta cerrarse tras él. Y ahí me quedé. Solo. En mi pent-house. Mirando el vacío que había dejado atrás.
Pasaron horas. Largas. Mudas. Me senté en el sofá, con la mirada clavada en el ventanal. Pensé en todo: mi campaña, el escándalo, el apellido Darcy. Pero por sobre todo eso... pensé en ella. Kelly Parker.
Reviví su risa en mi mente, su forma de burlarse de todo sin pedir permiso, su lengua sin filtros que me desarmaba con una sola frase. Tenía ese tipo de rebeldía afrodisíaca que no se aprende en casa, se arrastra desde la cuna. Inteligente, directa, insolente. Pero también vulnerable. Inesperadamente dulce cuando nadie miraba.
Veintisiete años y una belleza que no podía disimular ni siquiera cuando quería pasar desapercibida. Su cabello rubio caía sobre los hombros como una provocación involuntaria, y sus ojos, azules y cortantes, me miraban como si fueran capaces de desnudarme el alma... y después romperla con elegancia. Tenía unos labios carmín -no rojo, carmín- que parecían diseñados para el pecado. Y sí... los besé. Más de una vez. Con más ganas de las que debería.
Nuestra noche juntos fue eso: una excepción. Un juego de miradas en la piscina, ironías afiladas entre copas, provocaciones suaves hasta que ya no hubo vuelta atrás. Una velada distinta, que me hizo olvidar, por unas horas, que era un Darcy.
Y entonces, se me ocurrió una idea. Una locura, quizás. Pero ¿qué tenía para perder? Tomé una ducha, me puse el primer traje decente que encontré, agarré las llaves, el celular... y conduje hasta su casa.
Y ahora estoy aquí. En su biblioteca. Solo. Nervioso. Sin estar del todo seguro de lo que estoy a punto de hacer. El lugar huele a madera pulida y papel antiguo. Cada libro parece observarme, juzgar mi presencia como si no perteneciera a este mundo. Me muevo entre estantes altos, pasando los dedos por los lomos sin leer los títulos. Escucho mis propios pasos sobre el piso de parquet. Mi corazón late como si hubiera cometido un crimen.
¿Y si me equivoco? ¿Y si me manda al diablo? ¿Y si ella es la única persona capaz de salvar lo que queda de mí... y yo soy el idiota que ya lo arruinó todo?
Pero justo entonces escucho pasos. Me tenso. Giro hacia el sonido con el pulso acelerado, y ahí está ella, apoyada contra el marco de la puerta como si no esperara nada... y al mismo tiempo, lo supiera todo.
Kelly Parker. Luce como una trampa perfecta: vestido beige entallado, labios rojo carmín, el cabello suelto cayendo sobre los hombros con esa despreocupación medida que solo ella domina. En su rostro no hay sorpresa. Solo una mezcla peligrosa de ironía, fastidio... y algo más. Algo que me niego a interpretar.
Cruza los brazos con lentitud, dejando caer el peso en una cadera con absoluta seguridad. Me mira como si fuera el protagonista de una mala película que está por arruinar la mejor escena.
-¿Volviste por más diversión o voy a escuchar una disculpa empalagosa y nada sincera? -suelta, con una voz cortante, fría como el cristal.
La forma en que me habla debería irritarme, pero en cambio me recuerda por qué estoy aquí. Por qué, de todas las personas en este mundo, decidí venir justo a ella.
-No hay motivos para disculparme, Kelly. -respondo sin dudar-. No estoy arrepentido. Mi visita tiene otra razón.
Sus cejas se arquean apenas. La expresión en su rostro se endurece, pero sus labios tiemblan por un segundo. Lo suficiente para saber que no soy del todo indiferente.
-¿Tengo que adivinar? -pregunta con desdén, dando un paso hacia mí-. ¿Otra escena de seducción a media luz? Si se trata de sexo, no me interesa, Matthew.
-No soy tan patético. -le sostengo la mirada. No voy a permitir que me derribe-. Mi propuesta es más ambiciosa.
Se detiene. El silencio se espesa entre nosotros.
-¿Ambiciosa? -repite, escéptica, como si degustara la palabra con desagrado.
Doy un paso más. Ahora estamos cerca. Lo suficiente para percibir el aroma dulce-amargo de su perfume. El mismo de anoche.
-Cásate conmigo. -digo con la frialdad de quien está acostumbrado a negociar bajo presión-. Y los dos ganamos.
El impacto la sacude. Lo noto en su respiración, en el modo sutil en que sus ojos se agrandan antes de volver a entrecerrarse como cuchillas.
-¿Esto es en serio? -responde con una sonrisa hueca-. ¿Una boda por estrategia? ¿Es eso lo que propones?
-Yo dejo atrás los rumores de ser un sinvergüenza, gano la elección a la banca en el Congreso... -enumero sin pausa, sin adornos-. Y tú arruinas a tu padre. Lo desarmas. Te conviertes en la Parker que nadie controla. Una Parker con apellido Darcy.
-No tienes alma. -susurra, pero no con tristeza. Lo dice con el desprecio justo para cortarme.
-No tengo tiempo para un alma. -respondo-. Tengo una elección que ganar en menos de tres meses. Y tú tienes una guerra personal con tu padre. Esta alianza nos conviene. No es amor. Es estrategia. Es poder. ¿Nos casamos? -presiono con mi voz rasposa, pero su silencio es como nadar en un mar de incertidumbre.