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CENIZAS DE UNA LUNA OLVIDADA

CENIZAS DE UNA LUNA OLVIDADA

Autor: : diellopez
Género: Romance
El club L'Éclipse no era un edificio de ladrillos y cemento; era un mausoleo de seda, mármol y pecados dorados. En el corazón de Costablanca, donde el mar susurraba secretos que nadie quería oír, el club se alzaba como el último refugio de aquellos que tenían demasiado dinero para sentir y demasiada oscuridad para dormir. Allí, el aire no se respiraba, se consumía, saturado con el aroma del tabaco de importación, perfumes que costaban el salario de un año y el rancio sudor de la ambición. Yo, Lyra, me encontraba en la periferia de esa opulencia, una sombra entre las luces estroboscópicas. Mi uniforme de camarera, una prenda de tela rígida y barata que me irritaba la piel, era mi armadura y mi condena. Mientras ajustaba el delantal, mis dedos -ásperos por el agua helada y el trabajo incesante- recordaron por un breve instante la suavidad de las sábanas de hilo que alguna vez me cobijaron. Pero esos eran recuerdos de otra vida, una vida que murió bajo una tormenta hace siete inviernos. -Lyra, deja de mirar al vacío. La sala SVIP-01 ha sido abierta. Es una reserva de sangre azul -la voz del Sr. Sterling, el gerente, me sacó de mi letargo. Sus ojos, generalmente fríos, mostraron una grieta de compasión-. Si el peso es demasiado, puedo enviar a otra. Sé que ese círculo... solía ser el tuyo. -El orgullo no alimenta a los enfermos, señor Sterling -respondí, y mi voz sonó como el roce de dos piedras secas-. Mi madre necesita su tratamiento y el casero no acepta nostalgias como pago. Iré yo. Cargué la bandeja de plata con el decantador de cristal. El peso del metal en mi brazo era un recordatorio físico de mi descenso. Caminé por el pasillo alfombrado, cada paso era un latido sordo

Capítulo 1 El eco de la lluvia en una copa de cristal

El club L'Éclipse no era un edificio de ladrillos y cemento; era un mausoleo de seda, mármol y pecados dorados. En el corazón de Costablanca, donde el mar susurraba secretos que nadie quería oír, el club se alzaba como el último refugio de aquellos que tenían demasiado dinero para sentir y demasiada oscuridad para dormir. Allí, el aire no se respiraba, se consumía, saturado con el aroma del tabaco de importación, perfumes que costaban el salario de un año y el rancio sudor de la ambición.

Yo, Lyra, me encontraba en la periferia de esa opulencia, una sombra entre las luces estroboscópicas. Mi uniforme de camarera, una prenda de tela rígida y barata que me irritaba la piel, era mi armadura y mi condena. Mientras ajustaba el delantal, mis dedos -ásperos por el agua helada y el trabajo incesante- recordaron por un breve instante la suavidad de las sábanas de hilo que alguna vez me cobijaron. Pero esos eran recuerdos de otra vida, una vida que murió bajo una tormenta hace siete inviernos.

-Lyra, deja de mirar al vacío. La sala SVIP-01 ha sido abierta. Es una reserva de sangre azul -la voz del Sr. Sterling, el gerente, me sacó de mi letargo. Sus ojos, generalmente fríos, mostraron una grieta de compasión-. Si el peso es demasiado, puedo enviar a otra. Sé que ese círculo... solía ser el tuyo.

-El orgullo no alimenta a los enfermos, señor Sterling -respondí, y mi voz sonó como el roce de dos piedras secas-. Mi madre necesita su tratamiento y el casero no acepta nostalgias como pago. Iré yo.

Cargué la bandeja de plata con el decantador de cristal. El peso del metal en mi brazo era un recordatorio físico de mi descenso. Caminé por el pasillo alfombrado, cada paso era un latido sordo en mis sienes. Al llegar a la puerta de caoba tallada, el corazón se me encogió. No era miedo a la servidumbre lo que sentía, sino el presentimiento de que el pasado, ese monstruo que había enterrado con tanto esfuerzo, estaba esperando al otro lado con los colmillos afilados.

Cuando las puertas se abrieron, el mundo se detuvo.

La sala estaba sumergida en una luz ámbar, cálida y asfixiante. En el centro, presidiendo el caos de risas y humo, estaba él. Alistair Blackwood.

El tiempo es un mentiroso. Dicen que cura, pero solo oculta las cicatrices bajo capas de olvido. Alistair ya no era el joven de mirada fiera y camisas raídas que me prometió la luna en un campo de trigo. Ahora era un Alpha Billonario, una deidad de la guerra moderna envuelta en un traje de tres piezas que costaba más que mi libertad. Su presencia era un agujero negro que devoraba toda la luz de la habitación; su mandíbula, tallada por la soberbia, y sus ojos... esos iris dorados que una vez me miraron con adoración, ahora eran dos pozos de desprecio absoluto.

A su lado, como un parásito de alta costura, estaba Seline. La antigua reina de belleza, la mujer que siempre tuvo el don de convertir la seda en veneno. Llevaba un vestido blanco que ofendía a la pureza y un collar de diamantes que parecía una soga de hielo alrededor de su cuello.

-¡Oh, Alistair, mira quién ha venido a servirnos! -la voz de Seline cortó el aire como una cuchilla de afeitar envuelta en terciopelo.

Alistair no se movió. Su mirada se clavó en la mía, y sentí que mis pulmones se llenaban de ceniza. El aire se volvió denso, cargado con el olor de un bosque bajo la lluvia, su esencia de Alpha que todavía, después de tantos años, hacía que mi instinto buscara su refugio. Pero yo ya no tenía hogar.

-Sirve el vino, camarera -ordenó él. Su voz no era una invitación, era un decreto. Un sonido bajo, gutural, que vibró en el fondo de mi columna vertebral.

Me acerqué a la mesa con la cabeza gacha, mis ojos fijos en el mármol para no perderme en los suyos. El silencio en la sala era sepulcral; nuestros antiguos "amigos", ahora herederos y magnates, observaban la escena con la morbosidad de quienes ven un accidente ocurrir en cámara lenta.

-Un Burdeos de la orilla izquierda, Alpha. Veinte minutos de reposo -susurré, mientras vertía el líquido carmesí.

El vino cayó en la copa de cristal, pero mi mano, traicionera y humana, flaqueó. Una gota roja saltó y manchó el mantel de lino blanco. El pecado estaba cometido.

-Eres tan torpe como pobre, Lyra -siseó Seline, dejando escapar una risita-. Alistair ha vuelto a Costablanca para celebrar nuestro compromiso, no para ver cómo una mesera arruina la mesa. ¿Acaso el dinero que le robaste a su amor no te alcanzó para aprender modales?

Alistair extendió su mano, pero no para tomar la copa. Cerró sus dedos alrededor del cristal con una fuerza inhumana. El sonido del estallido fue como un disparo en la pequeña habitación. El cristal se hizo añicos, y el vino, mezclado con la sangre real de un Alpha, comenzó a gotear desde su palma, manchando su camisa blanca, su herencia, su orgullo.

Él no se inmutó por el dolor físico. Sus ojos amarillos, encendidos por la furia de su lobo interno, se clavaron en los míos, buscando una lágrima, un ruego, una señal de la Lyra que él creía que lo había traicionado por ambición.

Con una calma que nació del agotamiento absoluto de mi alma, saqué una servilleta de mi delantal y se la ofrecí.

-Alpha, las manchas pueden limpiarse -dije, y mi voz fue un hilo de seda en medio de la tormenta-. Pero un cristal roto... nunca vuelve a estar entero.

Alistair se puso de pie. Su altura era abrumadora, su sombra me envolvió, reclamando un espacio que ya no le pertenecía. El olor a ozono y rabia que emanaba de él era casi insoportable.

-¿Limpiarse? -repitió él, y su risa fue un sonido roto-. Hay manchas que se filtran hasta el hueso, Lyra. Siete años esperé este momento. Siete años imaginando qué palabras usarías para justificar que me dejaras morir de frío mientras tú buscabas un mejor postor. Y aquí estás... sirviendo a los mismos que despreciabas.

-El destino tiene un sentido del humor retorcido, ¿no crees? -intervino Seline, acariciando el brazo de Alistair con una posesividad enfermiza-. Pero no seas duro con ella, amor. Ella es solo una recordatoria de que algunas lunas nacen para ser olvidadas en el barro.

Me arrodillé en el suelo para recoger los fragmentos del cristal roto. El dolor agudo de un pedazo clavándose en mi yema del dedo fue casi un alivio; al menos ese dolor era real, tangible, no como la agonía abstracta de ver al hombre que amé convertido en mi verdugo.

-Lárgate -dijo Alistair, su voz temblando con una emoción que no supe descifrar-. Antes de que mi lobo olvide que una vez fuiste mi compañera y decida terminar lo que la lluvia empezó.

Salí de la habitación con la espalda recta, aunque sentía que mis vértebras estaban hechas de cristal molido. Al cerrar la puerta, me apoyé contra la pared fría del pasillo. El mundo seguía girando, la música del club seguía retumbando, pero para mí, el tiempo se había detenido de nuevo en esa noche tormentosa de hace siete años.

Lo que Alistair no sabía, lo que su rabia le impedía ver, era que yo nunca lo dejé. Él no sabía que mientras él dormía en la ignorancia del "lárgate", yo estaba bajo la lluvia, gritando su nombre hasta que mis cuerdas vocales se rompieron, suplicando por una ayuda que nunca llegó porque los mensajes habían sido interceptados por la misma mano que ahora acariciaba su brazo.

Regresé a la barra, mi dedo sangrando en silencio sobre el trapo sucio. Sabía que la noche no había terminado. Sabía que el juego de "Verdad o Reto" que acababa de empezar en la sala SVIP era la mecha de una explosión que nos consumiría a todos. Porque en el reino de los Blackwood, la verdad nunca era un regalo, era un arma. Y yo, Lyra, la luna olvidada, estaba dispuesta a dejar que el fuego me consumiera, con tal de ver las cenizas del imperio que se construyó sobre mis mentiras.

La noche apenas comenzaba, y el aroma a sangre y Burdeos todavía flotaba en mis manos, como una promesa de que la redención, aunque oscura y dolorosa, estaba finalmente en camino.

Capítulo 2 La danza de las dagas invisibles

El pasillo del club L'Éclipse se extendía ante mí como una garganta de terciopelo dispuesta a tragarme. Mi dedo herido pulsaba rítmicamente, un metrónomo de carne y hueso que contaba los segundos de mi humillación. Alistair. Su nombre seguía siendo una quemadura en mi lengua, un sabor a ceniza y a promesas incumplidas que se negaba a desaparecer a pesar de los siete años de exilio en la pobreza.

Regresé a la barra con los ojos secos, aunque mi alma gritaba bajo el peso de su mirada dorada. El Sr. Sterling me observó desde lejos, pero no dije nada. No había palabras para describir cómo se sentía que el hombre que fue tu sol ahora fuera el eclipse que borraba tu existencia.

-Lyra, necesitan más botellas en la SVIP-01 -dijo un compañero, pasándome una bandeja con licores que valían más que mi vida entera.

Mis piernas se sentían como plomo, pero regresé. Tenía que hacerlo. La diálisis de mi madre no entendía de corazones rotos, y la avaricia de Seline exigía una audiencia. Al abrir de nuevo la puerta de la sala, el ambiente se había vuelto espeso, casi sólido por el vapor del alcohol y el veneno de la nostalgia. Estaban jugando a "Verdad o Reto".

El trono de las mentiras

Seline estaba reclinada sobre Alistair como una enredadera que busca asfixiar al roble. Sus mejillas ardían con un rubor febril, provocado más por el poder que por el champaña. La botella de cristal sobre la mesa de mármol giró, un chirrido agudo que cortó el aire como un lamento. Se detuvo apuntando directamente a su pecho de seda blanca.

-¡Verdad! -exclamó Seline, soltando una risotada que carecía de música. Era el sonido del cristal chocando contra la piedra-. No hay nada en este mundo que yo tema decir, porque la verdad es solo lo que yo decido que sea.

Alistair permanecía inmóvil, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, como si intentara bloquear el hedor de la decadencia que lo rodeaba. Sin embargo, su mano -vendada toscamente con el pañuelo que yo le había dado- se cerró en un puño cuando escuchó la pregunta del siguiente invitado.

-Dinos, reina de la noche -dijo un antiguo compañero de clases, con la mirada turbia de lujuria y envidia-, ¿qué es lo más cruel que has hecho en tu vida? ¿Qué pecado cometiste para asegurar tu lugar en el cielo de los Blackwood?

La habitación se sumió en un silencio antinatural. Incluso el aire pareció detenerse, esperando que la máscara de la perfección se agrietara.

Seline hipó, su mirada vagó por la sala hasta posarse en mí, que en ese momento rellenaba las copas con la precisión de un autómata. Una sonrisa afilada, una verdadera daga de odio, curvó sus labios. El alcohol había derribado los muros de su prudencia, dejando al descubierto la podredumbre que ocultaba su belleza.

-¿Lo más cruel? -se balanceó al ponerse de pie, alzando un dedo y señalándome directamente-. Hace siete años, en esa noche maldita que todos prefieren olvidar...

El eco de la tormenta

El corazón me dio un vuelco. El decantador en mi mano tembló, el cristal tintineando contra el borde de una copa. Alistair abrió los ojos. No eran ojos humanos; eran los de un lobo que acaba de detectar el rastro de una herida antigua.

-Esa noche de tormenta -continuó Seline, su voz volviéndose un susurro sibilante que llenaba cada rincón de la estancia-, fui al apartamento de Alistair. Él estaba destrozado, esperando a su "compañera de alma", esa pequeña rata muerta de hambre que prometió no dejarlo nunca.

Alistair se puso rígido. La esencia de sándalo y tormenta que emanaba de él se volvió sofocante.

-Alistair se fue a duchar, buscando lavar el frío de la espera -rio Seline, y en sus ojos brilló una chispa de locura-. Y dejó su teléfono sobre la mesa. Fue entonces cuando llegaron los mensajes. Decenas de ellos. "Alistair, por favor, mi madre se muere", "Alistair, no tengo a dónde ir", "Alistair, ayúdame, estoy bajo la lluvia".

Me quedé paralizada. El tiempo se detuvo. Los gritos de mis pulmones de hace siete años regresaron a mi garganta, ahogándome. Miré a Alistair. Su rostro estaba pálido, una máscara de mármol que empezaba a resquebrajarse bajo una verdad que nunca imaginó.

-¿Y qué hiciste, Seline? -la voz de Alistair fue un rugido bajo, un trueno que presagiaba la destrucción.

-Los borré -confesó ella, riendo tan fuerte que casi se cae sobre el sofá-. Los borré todos, uno por uno. Y luego, con mis propias manos, escribí la respuesta definitiva. "Lárgate". ¡Oh, deberían haber visto su cara al día siguiente! Él pensó que ella lo había abandonado por un mejor postor, y ella... ella simplemente desapareció en el barro, pensando que su Alpha la había desechado como basura. ¡Fue la obra de arte más hermosa de mi vida!

El cristal nunca vuelve a estar entero

El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier grito. Fue el sonido de dos almas rompiéndose simultáneamente por segunda vez.

Alistair se levantó lentamente. La mesa de mármol crujió bajo la presión de sus manos. Su mirada se desvió de Seline hacia mí. En sus ojos dorados no había odio, sino una agonía tan vasta que podría haber inundado la ciudad entera. Un rastro de arrepentimiento, de horror puro, comenzó a humedecer sus pestañas.

-Lyra... -susurró mi nombre, y por primera vez en siete años, la palabra sonó como una oración, no como una maldición.

Seline, dándose cuenta finalmente del abismo al que había saltado, palideció. El alcohol se evaporó de su sistema, reemplazado por el terror de ver al lobo despertar frente a ella.

-¡Alistair, era por tu bien! -chilló-. ¡Ella no era digna de ti! ¡Yo te salvé de una vida de miseria!

Alistair no la miró. Sus ojos seguían fijos en los míos, buscando un perdón que yo no sabía si poseía. Yo simplemente dejé el decantador sobre la mesa. Mis manos, antes temblorosas, ahora estaban extrañamente quietas. El dolor de la verdad era tan inmenso que me había anestesiado.

Me acerqué a él, ignorando a Seline, ignorando a los invitados, ignorando el mundo que ardía a nuestro alrededor. Me detuve frente al Alpha, frente al hombre que me había respondido "lárgate" mientras yo me ahogaba en la lluvia de mi propia desesperación.

-Alpha -dije, y mi voz fue un susurro lírico, cargado con el peso de siete años de soledad-, las manchas de sangre de su mano pueden limpiarse con un pañuelo. Pero las cenizas de una luna que usted mismo dejó quemar... esas nunca volverán a brillar.

Extendí mi mano y, con una delicadeza que dolió más que cualquier golpe, toqué la venda manchada de su palma.

-Un cristal roto, Alistair, nunca vuelve a estar entero. Ni siquiera con todo su oro. Ni siquiera con todas mis lágrimas.

Me giré y caminé hacia la puerta. Por primera vez en siete años, mi espalda no estaba encorvada por la pobreza, sino erguida por la dignidad de la víctima que finalmente ha sido escuchada. Detrás de mí, escuché el estallido de una mesa de mármol siendo partida en dos y el rugido de un Alpha que finalmente comprendía que el precio de su compromiso era la pérdida definitiva de su alma.

La noche en Costablanca seguía siendo fría, pero mientras cruzaba el umbral del club, sentí que la lluvia de hace siete años finalmente empezaba a escampar, dejando solo las cenizas de lo que una vez fuimos.

Capítulo 3 : El rastro de la sangre y el perdón

El aire gélido de la noche de Costablanca me golpeó los pulmones como si fueran fragmentos de vidrio, pero fue un alivio comparado con la atmósfera viciada del club L'Éclipse. Caminé hacia el callejón de servicio, mis pasos resonando en el asfalto mojado, un eco solitario que intentaba alejarse de la verdad que acababa de estallar a mis espaldas.

Había esperado siete años por este momento. Siete años imaginando la caída de Seline, el descubrimiento de su ponzoña. Pero ahora que el secreto había sido arrancado de su garganta ebria, no sentía triunfo. Solo sentía el peso de las oportunidades muertas, de la juventud marchita y de un amor que había sido mutilado por las manos en las que más confiamos.

-¡Lyra! -el grito desgarró la noche, una nota de mando y desesperación que solo un Alpha podía proyectar.

No me detuve. No podía. Si me giraba, temía que la oscuridad en los ojos de Alistair me consumiera, o peor aún, que su arrepentimiento me hiciera caer de rodillas. Mis dedos todavía conservaban el calor de su sangre en la venda, una marca invisible que quemaba mi piel.

Escuché el estruendo de la puerta metálica siendo golpeada contra la pared. El sonido de pasos pesados, rápidos, el ritmo de un depredador que ha encontrado su rastro más sagrado. Antes de que pudiera llegar a la esquina, una mano poderosa me rodeó el brazo. No hubo violencia, solo una urgencia eléctrica que me obligó a detenerme.

El peso de la corona caída

Me giré, y la luz mortecina de una farola reveló a Alistair. Su traje italiano estaba desordenado, su camisa blanca manchada de vino y de su propia sangre, pero nada estaba tan roto como su rostro. El Alpha invencible, el hombre que dominaba los mercados financieros con un puño de hierro, parecía ahora un niño perdido en la inmensidad de una tormenta que él mismo había ayudado a alimentar.

-Dime que es mentira -suplicó él, su voz era una ruina de sí misma, áspera y quebradiza-. Dime que Seline estaba delirando por el alcohol. Dime que no te dejé sola esa noche mientras me suplicabas ayuda.

-No puedo darte esa paz, Alistair -respondí, y sentí cómo las lágrimas, contenidas durante casi una década, empezaban a nublar mi vista-. Yo estuve allí. En la acera del hospital, con mi madre desvaneciéndose en mis brazos y mi teléfono gritando tu nombre. Esperé hasta que el último suspiro de mi esperanza se extinguió. Y cuando recibí ese "Lárgate", algo en mí murió. Lo que ves ahora es solo el envoltorio de la mujer que una vez amaste.

Alistair soltó mi brazo como si mi piel lo quemara, retrocediendo un paso. Sus manos temblaban, las mismas manos que habían construido imperios. Se llevó los dedos a la frente, su lobo interno gimiendo de tal forma que pude escucharlo en el silencio del callejón. El vínculo de compañeros, ese hilo místico que nos unía, vibraba con una agonía insoportable.

-Yo no lo escribí, Lyra... Te lo juro por mi sangre, yo nunca te habría dicho eso -susurró, cayendo de rodillas sobre el suelo mojado, ignorando el charco que empapaba sus pantalones de mil dólares-. Yo pensé que me habías abandonado por el dinero que Seline dijo que te ofreció. Pensé que habías vendido nuestro amor para huir de la pobreza. Me convertí en este monstruo de éxito solo para demostrarte que no me necesitabas... y todo este tiempo, yo fui el que te falló.

La danza del perdón imposible

Me acerqué a él lentamente. Ver a un Alpha tan poderoso arrodillado en la inmundicia de un callejón debería haberme dado satisfacción, pero solo aumentó el dolor. El romance oscuro que una vez nos envolvió ahora era una tragedia escrita con tinta de sangre.

-El problema no fue que Seline escribiera ese mensaje, Alistair -dije, arrodillándome frente a él para que nuestras miradas se encontraran-. El problema fue que me conocías tan poco, que creíste que yo era capaz de venderte. El silencio de Seline fue el arma, pero tu falta de fe fue el gatillo.

Él levantó la vista, y vi la devastación total. Extendió su mano herida y, con una delicadeza infinita, acarició mi mejilla. Sus dedos estaban fríos, pero su tacto encendió un incendio forestal en mi alma.

-Déjame arreglarlo -rogó él, sus ojos dorados suplicando una redención que el mundo no le daría-. Destruiré a Seline. Haré que cada centavo de mi fortuna sirva para curar a tu madre. Te daré el mundo si me dejas, Lyra. Solo déjame ser tu Alpha de nuevo.

-No se puede reconstruir una catedral sobre cimientos de ceniza, Alistair -susurré, cerrando los ojos ante su contacto-. La Lyra que necesitaba tu protección se ahogó en aquella lluvia. Esta Lyra... esta solo sabe cómo sobrevivir.

-Entonces enséñame a sobrevivir contigo -respondió él, acercando su rostro al mío hasta que nuestras respiraciones se mezclaron, un vals de desesperación y deseo-. No me pidas que te deje ir de nuevo. Mi lobo no lo sobrevivirá. Si me dejas ahora, no quedará nada de Alistair Blackwood, solo una bestia sedienta de venganza.

En la penumbra del callejón, el tiempo pareció suspenderse. El aroma a sándalo, lluvia y arrepentimiento nos envolvía, creando una burbuja de dolor cautivador. Sabía que perdonarlo sería el inicio de una nueva clase de infierno, uno donde nuestras heridas sangrarían eternamente. Pero al mirar su rostro destrozado, comprendí que algunas lunas, incluso las más olvidadas, no pueden evitar orbitar alrededor de su planeta, sin importar cuántas veces este las haya dejado en la oscuridad.

-Alistair... -su nombre fue un suspiro, una entrega.

Antes de que pudiera decir más, sus labios se estrellaron contra los míos. No fue un beso de amor de cuento de hadas; fue un beso de guerra, de posesión, de un hambre acumulada durante siete años de mentiras. Sabía a vino rancio, a lágrimas saladas y a una redención que se sentía tan oscura y peligrosa como la noche misma.

El cristal estaba roto, sí. Pero en la oscuridad del callejón, Alistair parecía dispuesto a caminar sobre los fragmentos descalzo, solo para estar a mi lado.

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