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CENIZAS Y ORGULLO

CENIZAS Y ORGULLO

Autor: S. Mejia
Género: Urban romance
En un pueblo donde la decencia pública y las apariencias lo rigen todo, las fachadas más sólidas están a punto de derrumbarse. Nora, una respetada e imponente jefa de administración de cincuenta años, y su hija Elizabeth, una hermosa enfermera de treinta, comparten un secreto que arde en la planta alta de su casa: un triángulo clandestino y prohibido con el esposo de la prima de Nora. Cuando un despiadado intento de extorsión digital expone su intimidad ante los ojos de cada vecino, el linchamiento moral no se hace esperar. Despojadas de sus empleos, juzgadas por el escrutinio de los portales y asediadas por la furia y las demandas legales de su propia sangre, madre e hija ven cómo la estructura de su familia se hace pedazos. El hombre que compartían, despojado de su dinero y su orgullo, se quiebra ante la presión y las abandona a su suerte. Totalmente aisladas y señaladas como las parias de la comunidad, Nora y Elizabeth se enfrentan a una decisión definitiva: sucumbir a la vergüenza y al exilio que todos esperan de ellas, o cerrar las puertas de su hogar para transformarlo en un búnker inexpugnable. Cenizas y Orgullo es un drama intenso y sofocante sobre la hipocresía social, el peso imperdonable del pasado familiar y el pacto de sangre de dos mujeres desafiantes que, dueñas de sus cuerpos y de sus decisiones, eligen gobernar las ruinas de su reputación con la frente en alto y sin pedirle perdón a nadie.
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Capítulo 1 La rutina y las sombras del deseo

Me llamo Nora. Tengo cincuenta años y, aunque para muchos esa cifra suena como el inicio del invierno de la vida, para mí siempre ha sido una especie de meseta templada. Soy divorciada desde hace ya casi una década. Cuando el matrimonio se rompió, no hubo grandes gritos ni vajillas destrozadas; simplemente el amor se desgastó, dejando en su lugar un silencio gris que terminó por empujarnos a firmar unos papeles. Desde entonces, aprendí a habitar mi propia soledad, transformándola en una rutina meticulosa, casi coreografiada.

Trabajo a tiempo parcial en una oficina de administración, un empleo que no me apasiona pero que mantiene mi mente ocupada y mis facturas al día. El resto de mis horas las divido entre el cuidado de la casa, la lectura de novelas que a veces me quedan debiendo emoción y, por supuesto, el rol de madre y abuela.

A pesar de los años y de la ausencia de un hombre en mi cama, nunca dejé de cuidarme. Me miro al espejo cada mañana con un escrutinio riguroso. Conservo una piel tersa que hidrato con esmero cada noche, y mis curvas, lejos de haberse desdibujado con la madurez, han adquirido una firmeza pesada y sugerente que sé que todavía atrae miradas en la calle. No soy una mujer ingenua; sé perfectamente lo que provoco cuando decido entallar un vestido o cuando camino con la seguridad que da la experiencia. Sin embargo, durante mucho tiempo, esa sensualidad permaneció dormida, guardada bajo llave detrás de una fachada de madre abnegada, correcta y madura. Me convertí en una observadora silenciosa de la vida de los demás, de esos pequeños detalles cotidianos que la gente suele pasar por alto por andar de prisa. Aprendí a leer los gestos ajenos, las miradas esquivas, los susurros. Irónicamente, pasé años creyendo que la única vida que tenía completamente leída y descifrada era la de mi propia hija.

Elizabeth. Su nombre siempre me ha sonado a algo limpio, estructurado y firme. Tiene treinta años y es el centro de mi universo familiar. Es mamá soltera, una condición que en estos tiempos exige una armadura de acero, y ella se la puso sin quejarse desde el día en que el padre de su hija decidió desaparecer del mapa. Siempre la he visto como una mujer inquebrantable, una roca de responsabilidad. Trabaja largas jornadas para que a su pequeña no le falte nada, y cuando está en casa, su comportamiento siempre ha sido el de la típica chica de hogar: reservada, pulcra, con una timidez que a menudo confunde a quienes no la conocen a fondo.

Físicamente, Elizabeth es un reflejo intensificado de lo que yo era a su edad, pero con una juventud desbordante que a veces me despertaba una pizca de sana envidia. Es hermosa. Tiene una cabellera oscura que le cae en cascada sobre los hombros y unos ojos negros que parecen guardar una calma infinita. Pero lo que más destaca en ella, y que como madre siempre noté con orgullo y un poco de recelo protector, es su cuerpo. Elizabeth posee unas curvas generosas, una cintura estrecha que contrasta de manera pecaminosa con unas caderas anchas y un trasero firme, redondo, de esos que llenan los pantalones con una presencia imponente. Tiene una anatomía hecha para el deseo, una estampa de mujer madura y plena que, sin embargo, ella siempre se esforzó por camuflar bajo ropa holgada, uniformes de trabajo y una actitud de santa discreción.

Para mí, Elizabeth era una santa. Una niña buena que ponía sus deberes de madre y trabajadora por encima de cualquier tentación. En mis conversaciones con mis amigas o con la familia, siempre la ponía de ejemplo. "Elizabeth no tiene tiempo para novios", solía decir yo con una sonrisa de orgullo maternal, "ella está concentrada en su niña y en su futuro". Estaba convencida de que su vida íntima era un desierto deshabitado, que su cuerpo glorioso pasaba las noches en una abstinencia voluntaria y respetable. Pensaba que la conocía en cada capa de su ser, que no había un solo pensamiento oculto en su cabeza que yo no pudiera adivinar con solo mirarla a los ojos durante el desayuno. Qué ciega estuve durante tres décadas. Qué fascinante y perturbador resultó descubrir que debajo de esa superficie de agua mansa corría un río de lava hirviendo.

La rutina de nuestra casa compartida reforzaba mi percepción. Los días pasaban con una regularidad casi aburrida. Elizabeth se levantaba temprano, preparaba el desayuno para las tres, dejaba a la niña en la escuela y se iba corriendo al trabajo. Yo me encargaba de las labores del hogar, de mantener el orden que tanto me daba paz mental. En ese esquema, los hombres no existían. El único rostro masculino que frecuentaba nuestro entorno con cierta regularidad era mi compadre, el padrino de Elizabeth. Él es el esposo de mi prima, un hombre de unos cincuenta y cinco años, de complexión robusta, hombros anchos y una voz grave, de esas que retumban en las paredes cuando habla. Siempre fue el pilar de apoyo de la familia, el hombre maduro y serio al que acudíamos cuando algo se rompía en la casa o cuando se necesitaba un consejo firme. Elizabeth siempre lo trató con un respeto casi reverencial, llamándolo "padrino" con ese tono dulce y obediente que reforzaba su imagen de ahijada ejemplar. Jamás, ni en mis conjeturas más salvajes, habría imaginado que ese respeto era la pantalla de humo más perfecta jamás construida.

Aquella tarde en específico comenzó como cualquier otra, envuelta en la monotonía gris de mi soltería. Recuerdo haberme mirado al espejo antes de salir de la oficina, arreglándome el cabello y alisando mi falda gris, sintiendo ese vacío crónico en el pecho que a veces me atacaba al darme cuenta de que los años seguían pasando y mi cama seguía fría. Regresaba a casa con la idea fija de cambiarme de ropa, preparar un café y disfrutar de un par de horas de silencio absoluto, asumiendo que Elizabeth estaría en su turno de trabajo y la niña con su tía. Anhelaba esa paz, ese espacio donde Nora la mujer podía dejar de aparentar y simplemente ser.

Mientras caminaba hacia la entrada, saqué las llaves de mi bolso, escuchando el tintineo metálico que rompía la quietud de la calle. El sol de la tarde empezaba a caer, tiñendo las paredes de la estancia de un color dorado y denso. Empujé la puerta principal con suavidad, esperando encontrar el aire acondicionado encendido y el aroma a limpio habitual de una casa vacía. Sin embargo, en cuanto puse un pie en el vestíbulo, una extraña vibración en la atmósfera me hizo detenerme. No sabría cómo explicarlo, pero el ambiente se sentía pesado, cargado de una temperatura inusual.

Dejé las llaves sobre la mesa del recibidor con extremo cuidado, un instinto inconsciente me advirtió que no debía hacer ruido. Alcé la mirada hacia el techo, y fue en ese preciso instante cuando el primer sonido llegó a mis oídos. Un crujido rítmico, sutil pero inconfundible, proveniente de la planta alta. El corazón me dio un vuelco. En mi mente de cincuenta años, la primera explicación fue el peligro: un ladrón, un intruso que se había colado aprovechando la supuesta ausencia de la familia. Un frío helado me recorrió la espina dorsal, tensando cada uno de mis músculos. Pero antes de que el pánico me hiciera retroceder hacia la calle para pedir ayuda, un segundo sonido, mucho más humano y gutural, flotó pasillo abajo desde la escalera. Era un gemido ahogado, una exhalación húmeda y profunda que no pertenecía al miedo, sino al placer más absoluto.

La curiosidad, ese rasgo mío tan arraigado y agudo, terminó por vencer al temor. Me descalcé en silencio, dejando los zapatos en la alfombra para que mis pasos fueran completamente invisibles. Comencé a avanzar hacia la escalera, apoyando las yemas de los dedos apenas en la barandilla de madera. Con cada escalón que subía, el aire se volvía más denso, más caliente, y los ruidos extraños empezaban a cobrar una nitidez que hizo que mi propia respiración se entrecortara. Estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno, a punto de descubrir que la hija perfecta que yo había criado guardaba una identidad secreta, una faceta tan lasciva y desvergonzada que cambiaría mi forma de ver el mundo, y a mí misma, para siempre.

Capítulo 2 El umbral de la sospecha

Cada escalón que subía se sentía como un viaje hacia lo desconocido. Mis pies descalzos se hundían con suavidad en la alfombra de la escalera, absorbiendo cualquier posible crujido que pudiera delatar mi presencia. El silencio que yo había esperado encontrar en la casa se había transformado en un rumor espeso, un eco de sonidos ahogados que hacía que la sangre me bombeara con fuerza en las sienes. A mis cincuenta años, con una vida que yo misma consideraba resuelta y predecible, jamás me había visto en una situación así.

Mi mente seguía debatiéndose entre la alarma de una madre que teme por la seguridad de su hogar y el instinto puramente observador que siempre me había caracterizado. Pero a medida que me acercaba al descanso del piso superior, la balanza comenzó a inclinarse de forma definitiva. Esos ruidos no eran de violencia. Eran ruidos de una intimidad descarnada, animal y clandestina.

Me detuve justo antes de asomar la cabeza por el pasillo principal que conducía a las habitaciones. Mi mano, apoyada firmemente en la barandilla de madera, temblaba ligeramente. Sentía el sudor frío perlando mi frente, pero también un calor súbito que comenzaba a irradiar desde mi pecho hacia abajo. El pasillo estaba bañado por la luz tenue de la tarde que se colaba por la ventana del fondo, creando un juego de sombras alargadas. La puerta del dormitorio de Elizabeth, mi hija tranquila y reservada, estaba apenas entornada. Un hilo de luz dorada escapaba de la habitación, y con él, una densa atmósfera de urgencia y secreto que parecía inundar el aire del pasillo.

Fue entonces cuando las voces se hicieron perfectamente audibles, rompiendo cualquier duda que me quedara.

-Estás muy rica mi amor mira que rica boquita come verga tienes mi putita Elizabeth...

La voz que pronunció esas palabras gruesas y cargadas de una lascivia brutal me congeló en el sitio. No era la voz de un muchacho de la edad de mi hija. No era el tono de un desconocido. Era una voz madura, ronca, con una vibración grave que yo conocía a la perfección desde hacía años. Era la voz de mi compadre. El padrino de Elizabeth, el esposo de mi prima. Un hombre respetable ante los ojos de la sociedad, el pilar familiar que siempre se sentaba a la cabecera de la mesa en las fiestas, el mismo que hablaba de moral y de trabajo con una rectitud impecable. Escucharlo usar ese lenguaje tan vulgar, tan desprovisto de cualquier decoro, provocó un cortocircuito en mi cabeza.

Esperé, conteniendo el aliento, esperando que fuera una mala pasada de mi imaginación, una confusión acústica de la casa. Pero la respuesta no tardó en llegar, destruyendo por completo la imagen que yo había construido de mi hija durante treinta años.

-¿Te gustó, padrino? Que vergon estás se que te gusta tener así a ti ahijadita, mi rico padrino...

La voz de Elizabeth sonó con un tono travieso, meloso y arrastrado, completamente empapada de excitación. No había rastro de timidez, ni de la rigidez con la que siempre se manejaba en el día a día. Era el tono de una mujer que sabía exactamente el poder que tenía sobre el hombre que la acompañaba, una mujer que disfrutaba rompiendo el tabú más sagrado de la familia con una sonrisa en los labios.

Mis piernas se debilitaron tanto que tuve que recostarme contra la pared del pasillo para no caerme. El corazón me latía a mil por hora, golpeando contra mis costillas con tal fuerza que temí que ellos pudieran escucharlo desde la habitación. Sentí un vuelco en el estómago, una mezcla de profunda sorpresa y, para qué negarlo, un estremecimiento eléctrico que me recorrió el cuerpo entero. Mis pezones, rozando la tela de mi blusa de oficina, se endurecieron al instante. Una humedad cálida y repentina comenzó a abrirse paso entre mis muslos, recordándome que, a pesar de mis cincuenta años y mi larga abstinencia, seguía siendo una mujer de carne y hueso, sensible al estímulo más prohibido.

Giré la cabeza despacio, asomando apenas un ojo hacia la rendija de la puerta. Desde mi posición no podía ver la cama por completo, pero alcancé a percibir el movimiento de las sombras en la pared y el sonido inconfundible de la ropa de Elizabeth cayendo al suelo con un susurro suave. El aroma del perfume de mi hija, mezclado con un olor más denso, sudoroso y puramente masculino, flotaba en el ambiente, haciéndome tragar saliva con dificultad.

-No sabes lo rica que te has puesto... siempre me ha sorprendido cada vez más nalgona mi vieja -continuó la voz del compadre, seguida de un jadeo pesado-. Cada vez que te veo me alegra tanto... y me pones tan vergon que te quiero Montar rico.

-Me gusta que digas eso por qué sabes que mami es comelona como dices tu -respondió ella, y escuché una risa suave, contenida, que se ahogó de inmediato. Luego, el silencio de las palabras dio paso a un sonido húmedo, rítmico, constante. Un chasquido blando que delataba una felación entusiasta y entregada.

Me tapé la boca con la mano, ahogando un jadeo de pura impresión. En mi mente se dibujó la escena con una claridad espantosa y fascinante: mi hija, la niña buena que se desvivía por su trabajo y su pequeña, arrodillada en la alfombra o al borde del colchón, entregada por completo a los deseos de un hombre que le doblaba la edad, un hombre que se suponía debía protegerla bajo un rol espiritual y familiar. Me imaginé los dedos gruesos de mi compadre enredados en el cabello oscuro de Elizabeth, guiando su cabeza, mientras ella saboreaba esa masculinidad prohibida con la devoción de una profesional del placer.

El morbo de la situación se apoderó de mí como una droga de efecto rápido. Sabía que debía dar la vuelta, ponerme los zapatos, salir de la casa y pretender que nunca había regresado temprano. Era lo correcto, lo que una madre decente y una comadre respetable haría para salvar las apariencias y evitar una tragedia familiar. Pero mis pies parecían clavados al suelo del pasillo. El calor en mi vientre se intensificó, volviéndose un pulso constante que me exigía quedarme, escuchar más, consumir cada detalle de esa traición oculta.

Me acomodé mejor contra la pared, cuidando de no hacer el menor ruido con mi falda. Cerré los ojos por un segundo, asimilando la inmensidad del secreto que acababa de caer en mis manos. Elizabeth no era una santa. Su madurez física, esas curvas imponentes que yo tantas veces le había visto disimular con ropa holgada, estaban siendo aprovechadas al máximo en la clandestinidad de mi propio hogar. Y lo peor, o quizás lo más excitante, era que el hombre que la poseía era alguien tan cercano a mí, alguien cuyos comentarios casuales sobre el clima o la política ahora cobraban un sentido completamente oscuro y retorcido.

Los sonidos húmedos continuaron durante unos minutos que se me antojaron eternos, puntuados por los gruñidos de satisfacción del hombre y los suspiros ahogados de mi hija. Cada ruido se clavaba en mi imaginación, expandiendo los límites de lo que yo creía posible en esa casa. Estaba atrapada en el umbral de su secreto, devorada por una curiosidad que ya no tenía freno y por un deseo reprimido que, tras años de letargo, acababa de despertar con una fuerza violenta y destructiva.

Capítulo 3 Entre el lenguaje y el abismo

El tintineo rítmico y húmedo que provenía de la habitación no se detenía. Al contrario, parecía cobrar una urgencia que me obligaba a apretar la espalda contra la pared para no desfallecer. Me quedé allí, en la penumbra del pasillo, sintiendo cómo el aire se volvía cada vez más escaso. Mis dedos se enterraban en la tela de mi propia falda, arrugándola, mientras mi mente intentaba asimilar la crudeza de las palabras que seguían cruzando la rendija de la puerta.

Nunca en mis cincuenta años de vida, ni siquiera en los momentos más apasionados de mi matrimonio ya extinto, había escuchado un lenguaje tan descarado, tan lleno de un morbo que raspaba la decencia y la transformaba en pura necesidad carnal.

-Me encantas, Elizabeth... siempre lo has hecho. Me fascina ser yo quien ya ahora te ande cogiendo y que aún te sigue dando tus buenos vergazos -la voz del compadre retumbó con una seguridad que me hizo tragar saliva. Había una mezcla de posesión y madurez en su tono, la voz de un hombre que sabe exactamente el terreno que pisa y que no tiene el menor reparo en reclamar lo que considera suyo.

-Sí... me gusta, mi padrino. Me hace sentir tan rica, tan putita que mira cómo me tiene mamando su verga bien rica... -la respuesta de mi hija llegó como un susurro húmedo, entrecortado por lo que imaginé era el esfuerzo de mantener el ritmo.

Oír a Elizabeth llamarse a sí misma de esa manera, con una soltura que denotaba que no era la primera vez que esas palabras cruzaban sus labios, me provocó un escalofrío que me bajó directo al vientre. Sentí un latido violento entre mis piernas, una pulsación caliente que exigía atención. Mi propia hija, la mujer que yo veía todas las mañanas preparar el café con la mirada baja y el cabello recogido en una coleta impecable, se transformaba entre esas cuatro paredes en una criatura sedienta, entregada al juego sucio de un hombre que se suponía debía ser su guía familiar. El contraste era tan brutal que el morbo me cegó por completo. Ya no pensaba en el escándalo; solo quería seguir absorbiendo aquella lascivia.

De pronto, el sonido húmedo cesó con un jadeo hondo por parte de mi compadre. Escuché el crujido del colchón cuando uno de los dos cambió de posición, y luego la voz de Elizabeth, recuperando un poco el aliento pero manteniendo esa cadencia coqueta que me resultaba tan ajena y fascinante:

-But ya tienes que apresurarte un poco mi amor, así que me vas a tener que dar mi lechita... Mi mamá ya no tarda en llegar y no debe sospechar nada...

El pánico inicial de ser descubierta me golpeó el pecho, pero duró apenas un milisegundo. Fue reemplazado de inmediato por una audacia salvaje que nunca creí poseer. ¿Pensaban que yo iba a llegar a interrumpir semejante banquete? ¿Iba a ser yo la que apagara el fuego de ese secreto que me estaba encendiendo las entrañas? No. No podía permitirlo. Necesitaba que continuaran, necesitaba escuchar hasta dónde eran capaces de llegar cuando creían que el tiempo se les agotaba.

Con las manos temblorosas por la adrenalina, saqué el teléfono celular del bolsillo de mi saco. La pantalla iluminó mi rostro sudoroso en la oscuridad del pasillo. Busqué el chat de Elizabeth. Mis dedos, torpes por la excitación reinante, tardaron un segundo en teclear las palabras, pero mantuve la mente fría para escribir algo que les diera la total libertad que necesitaban, sin levantar sospechas de mi verdadera ubicación.

"Llegaré un poco más tarde... no te muevas, espérame aquí un momento."

Le di a enviar. Me pegué de nuevo a la pared, conteniendo el aliento. Apenas un instante después, a través de la madera entornada de la puerta, escuché el sutil zumbido del vibrador del teléfono de Elizabeth sobre la mesa de noche. Hubo una breve pausa en el interior del cuarto, un silencio tenso donde me imaginé a mi hija estirando su brazo desnudo para revisar la pantalla, quizás con el corazón acelerado por el temor a ser descubierta.

El sonido de sus dedos tecleando fue rápido. Mi teléfono vibró en mi mano, haciéndome dar un pequeño brinco.

"Okay, mamá... estoy en la casa, te espero un rato, o ya me iré. Regresé porque se me olvidó atender algo."

Al leer la respuesta, una sonrisa involuntaria, cargada de una malicia que desconocía en mí, se dibujó en mis labios. "Atender algo", pensé, mientras sentía cómo el sudor me corría por el cuello. Vaya manera de atender los asuntos pendientes. Saber que mi hija estaba allí, atrapada en su propia mentira, confiada en que su madre se encontraba a kilómetros de distancia, me otorgó una posición de poder absoluto. Yo era la dueña del secreto. Yo era la espectadora invisible de una obra prohibida que apenas estaba comenzando su acto principal.

El silencio dentro de la habitación se rompió con una risa ahogada de mi compadre, una risa que denotaba el alivio y la victoria de haber ganado tiempo extra. Escuché el sonido pesado de sus pasos sobre el piso, seguidos del chasquido de la cerradura de la puerta al cerrarse con cuidado. Se estaban asegurando de que nadie los interrumpiera, sin saber que el peligro ya estaba dentro. La voz de Elizabeth regresó, pero esta vez con una confianza renovada, desatada, libre del peso de la prisa:

-Mi mamá se va a tardar un poco... podemos aprovechar para seguir con lo que empezamos, ¿no crees? -dijo ella, y su risa suave resonó con una vibración tan clara que pareció acariciarme el oído.

-Me parece perfecto... mi comadre no sabe que aquí está mi ahijada disfrutando rico una buena verga, que su hija es toda una putita -la respuesta de mi compadre fue cruda, directa, y el uso de mi título, "mi comadre", me hizo estremecer de una manera indescriptible. Escuchar mi nombre indirectamente en la boca de ese hombre, mientras se preparaba para poseer a mi hija, desató un torbellino en mi bajo vientre-. Cómo me gustan esas nalgotas mi putita nalgona, por eso amo tener estos momentos contigo, Elizabeth...

-Ja, eres un cabrón muy rico, ¿lo sabes? -contestó ella, y el tono de su voz delataba que se estaba dejando llevar por completo-. Pero me gusta que lo seas. Me haces sentir tan rica mi amor, toda una putita que sabes tener y que puedo hacer lo que quiera...

La audición de aquel diálogo me estaba consumiendo. Me desabotoné el primer botón de la blusa, buscando un poco de aire, sintiendo cómo el roce de la tela contra mis pechos erectos me provocaba una descarga eléctrica. Mi mente, estimulada por el morbo de la situación, empezó a reconstruir lo que la madera de la puerta me impedía ver. Me imaginé a mi compadre, con su cuerpo robusto y maduro, despojando a Elizabeth de la última prenda que le quedaba, admirando esas caderas anchas que tantas miradas robaban en la calle y que ahora estaban completamente a su disposición.

-Eres tú, Elizabeth... tan putona y segura... -decía él, y se escuchó el roce áspero de sus manos sobre la piel de ella-. Siempre me sorprendes, me encanta verte vestida así toda rica que sabes que voy a venir y te pones tus vestidos y cómo esta rica tanga...

El nivel de detalle de la conversación me estaba volviendo loca. Estaba descubriendo una Elizabeth que jamás cruzó por mis pensamientos: una mujer calculadora en su sensualidad, que planeaba los encuentros, que elegía la ropa interior adecuada para volver loco a su padrino. La timidez de mi hija se había evaporado, dejando en su lugar a una mujer plena, consciente de su anatomía y del efecto devastador que causaba en ese hombre maduro. Y yo, su madre, me encontraba en el pasillo, devorando cada palabra, sintiendo cómo el límite entre la decencia y el deseo se borraba con cada segundo que pasaba.

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