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CEO lascivo no te pertenezco: perder para amar

CEO lascivo no te pertenezco: perder para amar

Autor: Escritorapalacio
Género: Romance
IMPORTANTE: ESTE LIBRO CONTIENE ESCENAS +18 Y SI ERES UNA LECTORA APASIONADA Y ROMÁNTICA, ESTE LIBRO ES PARA TI. Gema había sido vendida ante un hombre lleno de malicia por parte de su madre para salvar la hacienda familiar. Tenía que sacrificarse, era casarse con ese hombre o buscar 50 mil dólares. Su abuelo quebrantado de salud le suplico no entregarse a ese hombre. Así que ella no tuvo más opción que salir de su pueblo e irse a la ciudad de Nueva York en busca de una oportunidad laboral sin imaginarse que terminaría sirviendo en el exclusivo y lujoso penthouse de Domenic Villarreal, un CEO implacable y al parecer sin corazón. Perfeccionista y rodeado de rumores sobre su sexualidad, quien oculta una oscuridad lasciva tras su máscara de frialdad, pero guapísimo tallado por los dioses. Para Gema, el trabajo es una carrera contra el tiempo para conseguir el dinero que su familia necesita desesperadamente, mientras intenta sobrevivir a las exigencias de un hombre que parece despreciarla tanto como la desea. El Ceo no la tendrá tan fácil, aunque Gema es una chica de pueblo, y quedó flechada al instante que lo vio, esto se convertirá en un juego de poder, necesidad y deseo prohibido. ¡No te quedes con las ganas de leer!
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Capítulo 1 Su jefe debe ser muy gruñón

El dominio, el poder, la elegancia y sobre todo la arrogancia forman al hombre de hierro, el gran ceo Domenic Villarreal, proveniente de una familia multimillonaria por generaciones. Su implacable presencia es evidente en cuanto pone un pie en la empresa.

Es como si el tiempo se detuviera y el ruido fuera reducido en cada paso que da. Puede sentir la mirada penetrante de sus empleadas, más saben que si alguna intenta seducirlo quedará despedida.

Es distante y cortante. Su círculo íntimo que lo rodea es sumamente escaso porque detesta la hipocresía. Y peor aún son las críticas, mujeres que lo señalan como un hombre Gay por el simple hecho de que él no se las follara.

Es tan perfeccionista, que diariamente está cambiando de sirvienta y hoy, ha llegado a trabajar con un genio de los mil demonios. Despidió a su sirvienta por algo insignificante y es que es imposible complacer a un hombre como Domenic Villarreal.

Y algo que no se puede dejar pasar desapercibido es su gran inteligencia, una mente maestra e implacable. Había logrado el equilibrio perfecto: Incorporar inteligencia artificial y sistemas avanzados a las marcas de lujo automotriz, convirtiendo su pasión en una fortaleza financiera que no dependía de la sombra de su progenitor.

Al llegar al piso 4, las puertas se abrieron hacia su santuario. Apenas abrió la laptop, el suave roce de la puerta lo hizo tensar la mandíbula. No necesitaba mirar para saber quién interrumpía.

-Jefecito, buen día. Le traigo su café con azúcar, tal cual le gusta para endulzar ese carácter -dijo Erika, dejando la taza humeante sobre el escritorio de cristal.

Domenic mantuvo la vista fija en la pantalla, aunque sus dedos se detuvieron sobre el teclado. Erika era la única persona que se atrevía a usar ese tono con él. Delgada, con un corte de cabello estilo varonil que acentuaba sus facciones decididas, viste con una sobriedad impecable que oculta su personalidad entusiasta.

-Y ahora le diré su agenda, que por cierto está muy apretada -continuó ella, mirando la tablet-. Aunque, para ser honesta, hoy te ves más irritable de lo normal. ¿Quién te sacó de tus casillas antes de las nueve?

-Erika, no estoy para tu sentido del humor. Ahorra las palabras para los informes de Ferrari -respondió él, finalmente alzando la mirada. Sus ojos marrones, profundos e inexpresivos, chocaron con la actitud relajada de su asistente.

-A ver, tomaré asiento. Soy tu psicóloga, tu psiquiatra y tu mano derecha -Erika se acomodó frente a él, ignorando su gesto de desdén-. Suéltalo. ¿Es por la señora de la limpieza?

Domenic soltó un suspiro pesado, frotándose la sien con el dedo índice.

-Es un desastre. Necesito a alguien eficiente en mi apartamento, Erika. Alguien que entienda que el orden no es una sugerencia. La señora que elegí fue un error; pensé que su edad evitaría que intentara meterse en mi cama o que se distrajera mirándome, pero solo logró que mi cocina parezca un campo de batalla.

-Te lo dije. Buscabas una abuela y terminaste con alguien que no sabe ni encender el lavavajillas -Erika sonrió con malicia-. Buscaré a alguien de perfil bajo. Haré un anuncio privado, sin menciones a la familia Villarreal. No queremos una fila de modelos buscando marido.

-Exacto. Nada de mujeres obsesionadas. Eso me saca de mis casillas.

Erika lo observó en silencio un momento, analizando la rigidez de su postura.

-Domenic, a veces tiendo a pensar que los rumores son ciertos y que eres gay. No entiendo cómo esquivas a las mujeres de esa manera. Jamás olvidaré a la rubia de la última gala que se desnudó en tu suite y la sacaste como si nada

Domenic apretó la taza de café entre sus manos, sus nudillos se tornaron blancos.

-Erika, ¿quieres ser despedida? -La miró con un desprecio calculado mientras llevaba el líquido a sus labios.

-No, no puedo vivir sin ti, jefe... y tú mucho menos sin mí -ella le lanzó una sonrisa radiante, esperando un atisbo de humanidad en el rostro de él. Al ver que Domenic permanecía como una estatua de hielo, su sonrisa flaqueó-. Está bien, para esta misma tarde tendré candidatas.

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Mientras tanto, la ciudad de Nueva York se alzaba como un gigante de acero ante los ojos de Gema Walton. Con apenas quince dólares en el bolsillo y el estómago rugiendo de hombre, Gema siente que el peso del mundo recae sobre sus hombros. Había dejado la pequeña hacienda familiar con una promesa grabada en el alma: salvar las tierras del abuelo Tom.

Sus botas de vaquera, desgastadas por el uso, golpea el asfalto caliente, provocándole una molestia punzante en los pies. Se ajustó el cabello rizado, cuyas iluminaciones doradas resalta su lindo color de ojos.

-No puedes rendirte, Gema. Solo llevas dos días -susurró para sí misma, mirando los autos de lujo que desfilaban frente a ella.

El cielo, como si compartiera su angustia, se tornó gris de repente. Una gota impactó en su frente, seguida de inmediato por un aguacero que la obligó a correr hacia el edificio más cercano. Entró jadeando al lujoso Recibidor, casi empapada.

-Señorita, disculpe, no puede estar aquí -un guardia de seguridad se interpuso en su camino, con la mano apoyada en el cinturón.

Gema lo miró con sus ojos color ámbar, empañados por la humedad y la desesperación. Humedeció sus labios finos, donde un pequeño lunar acentuaba su vulnerabilidad.

-Señor, por favor... no tengo a donde ir y afuera esta lloviendo fuerte, no puedo terminar de mojarme. Prometo no estorbar, solo déjeme secarme un poco -le hizo un gesto suplicante, una mirada tan genuina que el hombre suavizó el gesto.

-Está bien, hazte a un lado. Al jefe no le gusta que le estorben, y créeme, no le agradará verte en esas fachas.

-Su jefe debe ser muy gruñón -replicó ella, intentando escurrir su chaqueta.

-Lo es. Dime, ¿qué haces en la ciudad con esas botas? No eres de aquí.

-Busco trabajo, señor. De lo que sea mientras sea trabajo honrado

El guardia miró a ambos lados antes de inclinarse hacia ella.

-El jefe busca a alguien para su apartamento. Cocinar, limpiar, disponibilidad total. Paga una fortuna, pero es exigente. Si te animas, sube al piso cuatro. Hay una fila de mujeres allá arriba, ve a ver si tienes suerte.

Capítulo 2 Al firmar es como si le entregaras el alma al diablo

Gema no lo pensó dos veces. En un impulso de gratitud, abrazó al guardia, quien se puso rígido por la confianza de la bella joven.

-¡Gracias! No sabe lo que esto significa.

Corrió hacia el ascensor, con el corazón palpitando fuertemente deseando esa oportunidad de trabajo. Oprimió el botón del piso cuatro, sintiendo que la suerte finalmente le sonreía. Sin embargo, en el piso dos, las puertas se deslizaron hacia los lados.

El aire pareció desvanecerse cuando él entró. Gema sintió que la mandíbula se le aflojaba. Era el hombre más guapo que había visto en su vida; su rostro parecía esculpido por los dioses, con una barba perfectamente delineada y una mirada que quemaba. Sus mejillas se encendieron en un rojo intenso. Domenic, por su parte, arqueó una ceja al ver a la chica desaliñada con botas de campo que ocupaba su espacio.

-Así que... ¿también vas a ese piso? ¿Trabajas aquí? -preguntó Gema, impulsada por los nervios de tenerlo tan cerca. Su perfume floral, mezclado con el olor de la lluvia, invadió el pequeño cubículo.

Domenic la recorrió con una mirada de arrogancia pura.

-Por supuesto -respondió con una voz grave que hizo vibrar el suelo bajo los pies de Gema.

-Qué pregunta más tonta, claro que trabajas aquí -susurró ella para sí misma, pero él la escuchó.

-¿Qué has dicho?

-Nada, nada... es que estoy nerviosa. Busco trabajo con urgencia y me han dicho que el jefe de este lugar es un ogro. Supongo que todos los jefes son así, amargados y ácidos, ¿no cree? -Gema lo miró con ilusión, buscando alguna reacción, pero Domenic permaneció impasible, mirando hacia la puerta.

En cuanto el ascensor se abrió, él salió a grandes zancadas, huyendo de la extraña agitación que esa chica le había provocado. Su parloteo, su aroma dulce y esos ojos ámbar habían despertado en él un destello de algo que no podía identificar, pero que le resultaba irritante.

Domenic entró en su oficina, encontrándose con Erika y un grupo de mujeres que lo devoraban con la mirada.

-¡Tengo las candidatas exactas! -exclamó Erika.

-Ninguna de estas mujeres servirá, Erika -gruñó Domenic, pasando por su lado sin detenerse-. Solo buscas modelos. Me acabo de cruzar con una niñita en el ascensor que casi me deja sordo con sus nervios. No quiero ver a nadie más.

Erika suspiró, sirviéndole un trago corto de whisky.

-Villarreal, siempre a la defensiva. Toma esto. ¿Qué hago con las que están afuera?

-Haz lo que quieras, pero que no entren. Contrata a alguien de verdad, alguien simple, que no se derrita al verme. Estoy harto de que todos me miren como si fuera un lingote de oro.

Erika salió al pasillo, frustrada. Miró a las mujeres sofisticadas que esperaban y chasqueó los dedos.

-Señoritas, lamento decirles que han perdido su tiempo. Saquen sus traseros de aquí, ¡ahora!

Las mujeres se marcharon indignadas. Erika se pasó las manos por el rostro, preguntándose dónde encontraría a alguien que encajara en el estándar imposible de su jefe.

-Disculpe, señorita... -una voz dulce y tímida la llamó.

Erika se dio la vuelta y se quedó petrificada. Frente a ella está Gema, un poco mojada, con sus botas de vaquera y una expresión de esperanza pura. Era exactamente lo opuesto a las mujeres que Domenic detestaba.

-Me llamo Gema Walton. Estoy buscando trabajo -dijo la joven, apretando su bolso contra su pecho.

Los ojos de Erika brillaron con una chispa de triunfo.

-Dime, Gema... ¿Sabes cocinar, planchar y limpiar a la perfección? ¿Tienes marido, hijos? ¿Eres discreta? ¿Puedes estar disponible 24 horas?

Gema tragó saliva, pero asintió con firmeza.

-No tengo hijos ni pareja. Sé cocinar, estudié para ser chef, y le prometo que limpio hasta por debajo de las alfombras.

-¡Eres lo que estoy buscando, ven conmigo!- La agarra de la mano y se la lleva hacia su oficina

-A dónde me lleva, señorita...

-¿Tienes algún problema para empezar a trabajar hoy?

Gema pasa saliva, no pensó que todo se le diera tan fácilmente. -Si claro...

-Bien, luego de leerte el contrato laboral, firmas y nos vamos a penthouse donde vas a trabajar

Al llegar a la oficina, Ericka la suelta y Gema se siente sumamente nerviosa. En ese instante la viva imagen de aquel hombre en el ascensor invadió su mente. -Es tan guapo... si le digo que he visto al hombre más lindo del mundo, parecido a un ángel no me lo creería- sonríe tontamente mientras Ericka busca el contrato -Aunque espero no verlo, de verdad es muy grosero, me miró como si fuera un bicho raro- sale de sus pensamientos en cuanto Ericka le dice que lo ha encontrado.

-Ven, te leeré el contrato y firmas, aunque al firmar es como si le entregaras el alma al diablo.

-¿¡Que dices!?- Gema la mira con preocupación

-Es broma...- miente, porque la verdad es que Domenic es el mismo diablo y solo ella ha podido conocerlo más

-Antes de todo quiero hacerte dos preguntas. Primero, ¿Es cierto que la paga es buena? Segundo... ¿El jefe... él es un ogro?

-¡Ay no linda, la gente habla mucho mi jefe es un amor total!- sonríe falsamente. -por el dinero no te preocupes tu paga será una suma jugosa, ven porque no hay tiempo que perder

Capítulo 3 Bienvenida silenciosa al infierno personal de Domenic Villarreal

En cuanto Erika le entrega el bolígrafo a Gema, esta siente un escalofrío recorrer su cuerpo, una corriente eléctrica que le erizó el cuerpo. No sabe si esto es correcto, tomar un trabajo que parece caído del cielo justo cuando el abismo la acechaba, pero por su familia, por ellos, hace lo que sea necesario. Firma de manera nerviosa, el trazo de su nombre algo tembloroso sobre el papel; en ese instante sintió un vuelco extraño en el pecho, una premonición que no supo descifrar.

-Perfecto -dice Erika, arrebatándole el contrato con un movimiento ágil y guardándolo en su carpeta de cuero-. Nos vamos ya mismo al penthouse para darte indicaciones de cómo recibir a tu amo.

-¿Amo? -preguntó Gema, arqueando las cejas y arrugando el entrecejo en un gesto de absoluta incredulidad.

-Claro, linda. Así debes decirle a tu jefe cada vez que lo veas: AMO. Pero quita esa cara de susto, vamos querida, el tiempo es oro y a Domenic no le gusta esperar -respondió Erika con una naturalidad que le causó nervios.

Gema empezó a sentir el verdadero terror, un nudo apretándose en su garganta, pero sus piernas se movieron por inercia, siguiendo el paso decidido de la asistente. Antes de cruzar el umbral del edificio, Gema buscó con la mirada al guardia de seguridad que le había tendido la mano en medio de la tormenta. Al encontrarlo, alzó el pulgar en señal de aceptación. El hombre asintió con gravedad, esbozando una mínima sonrisa.

Al salir, el aire húmedo la golpeó de nuevo. Frente a la acera, un Ferrari de color rojo ardiente rugía suavemente, como una bestia.

-Sube al auto -ordenó Erika, señalando la puerta que un hombre ya sostenía abierta.

-Ese... ¿Ese es el auto? ¿Vamos en eso? -Gema pasó saliva con dificultad, impactada por el brillo del metal y el diseño agresivo del vehículo.

-Claro. Y acostúmbrate, querida. A tu AMO le gusta rodearse de lujos que tú ni en tus sueños más salvajes podrías costear. Duván, llévanos al penthouse del jefe.

-Como ordene, señorita Erika -respondió el chófer con una cortesía.

En cuanto subieron, el interior del coche las envolvió con un aroma a cuero nuevo y fragancias costosas. El motor apenas se sentía, una vibración sutil mientras se deslizaban por las calles de Nueva York. Domenic Villarreal detestaba que los escoltas fueran una sombra obvia sobre su figura; prefería el bajo perfil, hombres estratégicamente posicionados que cuidaban de él y de Erika, su extensión operativa, sin romper la estética de su soledad.

Gema pegó la frente al cristal frío, observando las luces de la ciudad que empezaban a encenderse. Sus dedos, de forma inconsciente, buscaron la medallita de corazón que cuelga de su cuello. La apretó con fuerza, sintiendo el relieve del metal contra la palma de su mano. Dentro esta la foto de su hermana y su abuelo, su único anclaje a la realidad. Un obsequio que su hermana le dio para que le diera fuerzas; un talismán contra el miedo.

-Y bien, Gema... -Erika rompió el silencio, notando cómo la chica se aferraba a su joya-. ¿De dónde eres exactamente?

Gema parpadeó, saliendo de su trance. Se acomodó en el asiento, sintiéndose fuera de lugar en medio de tanta opulencia.

-Vengo de un pueblito a las afueras, señorita Erika. Un lugar donde el tiempo parece ir más lento.

-¿Y qué te trae por aquí con tanta urgencia?

-Necesito trabajar para ayudar a mi familia -respondió Gema, bajando la vista hacia sus manos entrelazadas sobre el regazo. Se reservó los detalles de la deuda, de la hacienda a punto de ser embargada y de aquel hombre que la quería obligar a ser su esposa.

-Mira, te contraté porque el jefe requiere a alguien eficiente y, para qué negarlo, se nota que eres de bajos recursos. Estás necesitada -Erika bajó la mirada hacia las botas desgastadas de Gema, que aún goteaban un poco sobre la alfombra del Ferrari-. No me defraudes. Si obedeces y mantienes todo en orden, a las horas exactas y sin rechistar, conservarás el puesto. No quiero que Domenic me dé ni una sola queja tuya. Míralo como la oportunidad que te sacará del barro.

-No le voy a fallar -aseguró Gema, irguiendo la espalda. Miró a Erika a los ojos con una determinación que sorprendió a la asistente-. Usted me dio la oportunidad y yo haré bien mi trabajo.

Ese destello de orgullo en la mirada de la chica le gustó a Erika. Era lo que Domenic necesitaba: alguien sumiso, pero con la suficiente fibra para no quebrarse al primer grito.

Llegaron a un edificio de cristales tintados que parecía tocar las nubes, una estructura que gritaba poder en cada centímetro de su fachada. Subieron por un ascensor privado de alta velocidad haciendo que Gema sintiera un vacío en el estómago.

-Presta atención, linda -Erika se giró hacia ella mientras los números del indicador subían con rapidez-. El jefe es un hombre sumamente importante. El apellido Villarreal ha impactado esta ciudad por generaciones. Por eso firmaste confidencialidad. Todo lo que pase dentro del penthouse, ahí se queda. Si hablas, las consecuencias no serán una simple multa; podrías terminar en prisión. Y por tu situación, dudo que quieras pagar una condena.

Gema asintió, sintiendo que el aire empezaba a ponerse denso.

-Entiendo, señorita.

Las puertas del ascensor se deslizaron suavemente, revelando un espacio que desafiaba cualquier descripción que Gema pudiera haber imaginado. Techos altísimos, obras de arte abstractas y una vista panorámica que parecía un cuadro viviente.

-Bienvenida, Gema Walton -anunció Erika, saliendo con paso firme.

Pero Gema se quedó petrificada dentro de la cabina. Sus pies se negaban a avanzar hacia tanto lujo; sentía que si pisaba aquel suelo de madera fina, podría mancharlo.

-Ven, o volverás al mismo lugar de donde te saqué -la urgencia en la voz de Erika la hizo reaccionar.

Gema dio un paso al frente. En cuanto su pie derecho pisó el suelo pulido, sintió que el aire escapaba de sus pulmones. Sus piernas empezaron a temblar, un temblor fino que intentó ocultar empuñando sus manos. Caminó lentamente, observando las sombras elegantes del lugar, los muebles minimalistas y el silencio casi sepulcral que reinaba.

A medida que se internaba en el penthouse, una sensación de opresión comenzó a invadirla. Gema no lo sabía aún, pero aquel despliegue de riqueza era solo la antesala de su propio cautiverio. Cada rincón del lugar parecía observar a la intrusa, una bienvenida silenciosa al infierno personal de Domenic Villarreal.

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