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CLARIDAD EN EL PUERTO

CLARIDAD EN EL PUERTO

Autor: : Alberto Waldemar
Género: Romance
Después de vivir una infancia difícil y un pasado lleno de sinsabores, la joven Claridad Domeq convertida en un dama fina y elegante, deberá regresar a su pueblo natal para intentar salvar a su hermano. Será durante su estancia en México, situada en plena revolución, que el mundo de la joven se cimbrará por completo; pues se verá en la incómoda situación de enamorar a un joven millonario como parte del plan de rescate de su hermano. De esta manera ella aprenderá de la manera más dura que con el amor no se juega, ya que quien se vea involucrado en tal argucia terminará perdiendo más de la cuenta y de qué manera. Así que colocada entre la culposa pasión y la obligación y el deber, la mujer jugará con una filosa espada que la mantendrá contra la pared en todo momento; y serán sólo sus principios y su lealtad a su palabra, las únicas armas para salir triunfante y lograr su cometido.

Capítulo 1 Parte Uno

CLARIDAD EN EL PUERTO

Que manera de perder

Alberto Waldemar

DISEÑO DE PORTADA: Matisse Studio https://pixabay.com/es/

D.R. Claridad en el puerto

Todos los derechos reservados. © 2019 Alberto Waldemar

Contacto:

@all_waldemar/twitter albertowaldemar/facebook.com albertowaldemar.blogspot.com @alberto_waldemar/instagram

El copyright es propiedad exclusiva del autor y por lo tanto no se permite su reproducción, copiado ni distribución ya sea con fines comerciales o sin ánimos de lucro.

Capítulo 1

Eran tiempos convulsos, violentos y totalmente impredecibles. Durante el inicio de 1898 había habido intentos de levantamientos armados por todo el país, mismos que fueron cruelmente sofocados. Dichas revueltas fueron provocadas por las injusticias y la explotación de las que muchos campesinos habían sido víctimas. Hasta que un grupo de rebeldes proclamando igualdad alentaron este ambiente, no sólo en el puerto de Veracruz sino en el resto del país.

Muchos de esos movimientos rebeldes habían terminado con la vida de algunos hombres y mujeres, dejando en el desamparo y la orfandad a muchos niños.

De un grupo de jovencitos entre los seis y once años de edad apodados "la Pelusa", absolutamente todos habían corrido con la mala suerte de perder a sus padres y familiares. Estos niños habían crecido juntos, y les había tocado también padecer las injusticias del gobierno, y de una alta sociedad para la cual no existían. "La pelusa" estaba conformada por Refugio, Gilberto, Anastasio, Cecilio, Federico y Clara; estos dos últimos hermanos de sangre. Pero todos eran muy unidos y se protegían entre ellos formando una pequeña familia.

Al crecer víctimas del desamparo, de la necesidad y del hambre, el cometer pequeños robos a comerciantes y transeúntes se les dio casi por derecho natural. Uno de los negocios que esta banda azotaba, era la tienda de don Mercedes Pérez; un hombre rico, avaro y muy cruel que como se puede adivinar, odiaba a esos niños.

Cierta tarde mientras los seis jóvenes comían algunas manzanas de su último atraco, sentados en un muelle, platicaban sobre el mundo.

De pronto Refugio muy serio comentó sobre sus raíces españolas, mientras el resto hizo mofa del niño riendo a carcajadas.

Repentinamente al puerto costero llegó un buque llamado Victoria, procedente del viejo continente. Un fuerte silbido de la nave anunció su arribo. El grupo de jóvenes guardó silencio observando con asombro al enorme trasatlántico.

- Dice Atilano que los barcos así vienen de Francia - comentó Anastasio el más chico.

Gilberto molesto jaló de los cabellos al distraído niño.

- ¿Así que le hablas al maldito de Atilano?

- No... Bueno. Si hablé con él porque me quería regalar estos zapatos - respondió Anastasio asustado.

El resto de los niños separaron a Gilberto de Anastasio.

- ¡Déjalo Gil! - gritó Clara.

-¡Nos está traicionando este enano mugroso! - gritó Gil muy molesto.

- ¡Ya párale Gil! - gritó Federico el mayor de todos protegiendo a Anastasio.

En eso el chico muy asustado se quitó los zapatos arrojándolos al mar.

- Yo sólo quería saber que se sentía tener unos zapatos a los que no se les metiera el agua... ¡Pero ya no los quiero!

- ¿Y los tuyos Anastasio? - preguntó Clara.

- Los dejé en el callejón.

- Escucha - dijo Clara -. Promete que ya no vas a volver a aceptar nada que te regale Atilano. Nada bueno puede venir de él ni de su padre. Sabes bien que don Mercedes nos odia.

-¡Por esta! - dijo el niño con sus dedos en forma de cruz -. ¡Se los juro muchachos! ¡No vuelvo a aceptar nada de él!

- Ahora ve por tus zapatos - dijo Clara.

Todos sabían que Atilano algún provecho quería sacar del pobre e inocente de Anastasio.

La rivalidad entre la Pelusa y Atilano era acérrima, tanto que cada vez que Federico y Atilano se encontraban en el pueblo, todo terminaba en pelea. Y es que él siempre culpaba a la Pelusa de robarle mercancía a su padre, aunque todos sabían que la mayoría de las veces era el mismo Atilano quien robaba a su padre, culpando a los otros niños.

- Voy a hablar con Atilano - dijo Federico -. No quiero que vuelva a acercarse a ninguno de ustedes.

-Tal vez es una trampa - dijo Clara angustiada -. Quizás eso es lo que quiere, que vayas para culparte de algo.

- Si - dijo Refugio -, no debemos confiarnos.

- Puede ser - dijo Federico -. Por lo mismo nadie se acerque a la tienda del viejo Mercedes ni a Atilano.

Clara que conocía bien a su hermano, sabía que él iría a hablar con Atilano, por lo que ella se apresuró a hacerlo primero. Así que al medio día fue a la tienda de Mercedes en busca de su hijo.

- ¡Fuera de aquí mugrosa! - gritó el viejo tendero mirando a la niña entrar, para luego mirar de reojo a un cliente -. En mi negocio no acepto perros ni mugrosos callejeros como tú.

- ¿Dónde puedo ver a Atilano?

- Y tú ¿para qué quieres hablar con mi hijo? - preguntó Mercedes acercándose a Clara al notar que el único cliente había salido del lugar.

- Debo hablar con él.

- ¿Y sobre qué asunto? - dijo el viejo dibujando una malévola sonrisa en su cara al estar tan cerca de la niña.

- Yo y los muchachos no queremos que le regale nada a Anastasio... Y no queremos que se nos acerque... Si él no nos molesta, nosotros tampoco lo haremos con él.

-¿Sabes? Creo que Atilano regresa hoy temprano del colegio... Por qué no vas a esperarlo a la trastienda.

- Pero...

- Ve bonita ve... Mientras yo iré a asomarme a la calle a ver si Atilano se mira venir.

La niña un tanto desconfiada accedió y fue a la parte trasera del negocio. Mientras, el viejo Mercedes se apresuró a ir a la puerta para cerrar la tienda poniendo todos los cerrojos.

Repentinamente Clara tuvo un mal presentimiento y quiso salir del lugar, pero el hombre se lo impidió.

- ¿A dónde vas hermosura? - dijo sujetándola del brazo.

- ¡Suélteme! - dijo asustada - ¡Los otros están a fuera...! ¡Si no salgo van a venir y...!

- Acabo de asomarme y no vi a nadie... O te dejaron sola o me estás mintiendo bonita.

- ¡Déjeme! - dijo la niña dando un grito para luego pedir auxilio.

- ¡Tú no te vas...! Eres muy hermosa. ¿No te lo habían dicho?

La niña se veía más asustada cada vez.

- Escucha... Si no te portas conmigo como la mujercita que eres, voy a meter a la cárcel a todos los mugrosos con los que te juntas.

Entonces la niña asustada empujó al viejo arañándole la cara.

-¡Así me gustan salvajes como tú! -dijo el viejo riendo -. Ahora veo por qué no te le caes de la boca al sonso de mi hijo... Eres hermosa y toda una fierecilla, pero yo te voy a domar.

- ¡Déjeme salir!

- ¡Eso nunca...! ¡Si no aceptas lo que te propongo voy a matar al pendejo de tu hermano!

Entonces la niña temblando y con lágrimas en los ojos, dejó de gritar. Sabía que el hombre podía emprenderla contra su hermano.

En eso llegó Atilano de la escuela entrando por la puerta trasera, sorprendiendo a su padre.

- ¿Padre? ¿Qué es lo que hace?

- ¡Lárgate de aquí Atilano! ¡Esto es cosa de hombres!

- ¡No padre! ¡No se le acerque a Clara!

-¡Atilano te di una orden! ¡Lárgate de aquí y cierra la puerta!

El niño pudo ver el rostro de Clara lleno de miedo, pero salió de la tienda apretando los puños y con lágrimas de frustración en sus ojos.

Mientras tanto la niña al ver salir a Atilano, perdió la fe y las esperanzas. Entonces el viejo Mercedes acarició el rostro de la niña con mucha delicadeza, para luego abofetearla arrojándola al suelo.

Repentinamente se escucharon los vidrios de la tienda hacerse añicos a pedradas.

- ¡Pero qué demonios! - dijo el viejo asomándose por una rendija. Pudo ver a todos los de la Pelusa apedreando su negocio. - ¡Pos si esos cabrones de tus amigos quieren acabar con mi tienda, yo voy a acabar contigo mocosa! ¡No sabes cuánto he soñado con este momento!

Cuando el hombre se acercó a Clara, entró Federico y golpeó al viejo con un madero, dejándolo por un instante inconsciente; para luego huir con su hermana.

Don Mercedes sangrando de la cabeza juró vengarse de la Pelusa. No iba a abandonar la idea de mancillar a Clara.

Y lejos en el puerto...

- ¡Fuiste una tonta Clara! - dijo Federico molesto.

- ¡Yo sólo los quería proteger! - dijo Clara llorando.

- ¡Ese viejo es un animal! ¡No quiero pensar en lo que hubiera pasado si no llegamos a tiempo!

- ¡Perdóname Federico!

- Les di una orden ¿por qué no obedecen?

- ¡Él nos va a meter a la cárcel o a lo mejor hace que nos fusilen!

- Si, es probable - dijo Federico acariciando a Clara -. A mí que me mate el viejo gordo ese, pero a ti no te vuelve a tocar, lo juro por dios.

A la semana siguiente, Clara caminaba cerca del templo de San Juan en el centro del pueblo. Después de aquel incidente, se volvió devota y oraba porque el viejo Mercedes no intentara algo contra su hermano y sus amigos.

Justo al salir de la iglesia se topó con un sonriente Atilano.

- ¡Hola Clarita!

La niña sorprendida y asustada miró en todas direcciones, pensando que cerca podía estar don Mercedes.

- Estoy solo... Hoy no fui al colegio... Me fui de pinta.

- ¿Qué es lo que quieres?

- Hablar contigo...

- Yo no tengo nada que hablar contigo - dijo y echó a andar.

- Yo no soy tan malo como...

- ¿Cómo tu padre?... Eres pior... Viste lo que él iba a hacerme y no hiciste nada.

- Yo...

- Ya no quiero que me hables y ni que me busques... Yo creí que tú eras diferente, pero me equivoqué.

Entonces el niño tomó de la mano a Clara y la hizo girar justo en el momento en que un fotógrafo disparó su cámara, apresando el momento en una fotografía.

La niña se marchó dejando a Atilano cabizbajo y completamente desanimado. Él no pudo decirle que fue él mismo quien avisó a Federico lo que pretendía su padre. Incluso ayudó a apedrear la tienda.

La niña había sido el motivo por el cual le regaló los zapatos a Anastasio, para que el niño le platicara sobre ella. Todo esto Clara siempre lo ignoró.

Capítulo 2 Parte Dos

Capítulo 2

Con los días el padre Melitón párroco de la iglesia, se preparó para recibir una visita muy especial. Al pueblo arribó procedente de Francia, doña Marie Domeq Faure-Dumont; una entrañable amiga del padre de los dichosos días de su paso por Lyon, en Francia. Ella era una mujer burguesa y millonaria, perteneciente a una de las familias más prestigiadas de todo París. La mujer de 77 años venía a pasar su cumpleaños con su apreciado amigo y confidente. Y fue por la tarde cuando el párroco con una fastuosa cena, la recibió en el seminario.

En el puerto, el hermoso navío Francés no pasó desapercibido para la Pelusa. Todos soñaban con algún día poder viajar en un barco así. Repentinamente Anastasio jaló discretamente de su chaqueta a Federico.

- ¿Qué pasa Tacho?

-No te vayas a enojar conmigo...

- ¿Y por qué me enojaría? ¿Qué hiciste?

- Es que... - dijo el niño llevando a Federico a un callejón -. Atilano quiere hablar contigo.

- Eres un traidor - dijo Federico molesto y le iba a dar una bofetada, cuando Atilano lo detuvo.

- ¡Déjalo! - gritó -. Yo le pedí que te trajera. Él no quería pero yo lo convencí porque tengo algo que decirte.

- ¿Qué es lo que quieres?

- Hablar contigo.

- Pues yo no voy a hablar contigo. Vámonos Tacho.

- Es sobre Clara...

- ¿Que traes tú con mi hermana riquillo pendejo? - gritó Federico tomando una piedra del suelo.

- Calmante y escucha. La otra vez no te mentí cuando te avisé que mi padre tenía a Clara en la tienda.

- ¿Entonces te mandó el viejo marrano de tu padre?

- No y de hecho él no sabe que yo estoy aquí, y si se entera me va a dar una buena cuereada.

- No te creo.

- Escucha... Mi padre planea hacer algo... No sé que es pero va a intentar algo para deshacerse de ti y poder aprovecharse de Clara.

- No te creo.... ¿Tú como lo sabes?

- Mira realmente lo que te pase a ti me importa poco pero...

- Si ya sé. Me vas a salir con que te gusta Clara ¿no?

- Yo ya cumplí con avisarte.

- ¡Bueno pues ahora lárgate!

Federico permaneció pensativo. Todo podía ser una trampa, o tal vez don Mercedes iba a intentar hacerle daño a su hermana. Fuera como fuera él no lo iba a permitir. Sabía que debía proteger a Clara de todos y a como diera lugar, pero no sabía como.

Por la madrugada, mientras toda la Pelusa dormía bajo el puente cercano al puerto, donde habían pasado la mayor parte de su vida, un grupo de militares llegó aparentemente de improviso, arrestando a todos los niños. Federico fue separado del resto y llevado a una mazmorra, donde uno de los militares lo golpeó hasta hacerlo perder el conocimiento. Cuando el niño logró despertar, reconoció una voz que hablaba muy cerca de él.

- A este cabroncito puedes matarlo si quieres Carmelo - dijo don Mercedes al general Avitia -. Pero primero que me diga donde está Clarita.

- Ya oíste a don Mercedes. ¿Dónde está la escuincla?

- ¿Dónde la escondiste cabrón? ¿Crees que tú la vas a poder proteger de mí? ¡Si eres un pobre mocoso...! ¡La voy a encontrar y tú mismo con tus ojos vas a ver lo que le voy a hacer a esa zorrita!

Federico echó a reír con un dejo de burla, pero fue abofeteado por el general haciéndolo perder el conocimiento de nuevo.

Ya amanecido, varios militares buscaron a Clara por todo el puerto pero no pudieron dar con ella.

Inesperadamente al general Avitia le llegó un comunicado con órdenes de movilizar a su regimiento a un poblado cercano, por lo que se vio en la necesidad de liberar a todos los presos, incluyendo a los integrantes de la Pelusa. Esto debido a un intento de asesinato en contra del gobernador del estado.

Federico y sus amigos quedaron libres, mientras su hermana estaba a salvo donde el viejo Mercedes nunca podría siquiera acercársele.

Después que Atilano lo previno, Federico fue con el padre Melitón quien era el único en quien podía confiar. El sacerdote prometió proteger a la niña de don Mercedes, y le pidió de favor a su entrañable amiga francesa, llevarse a Clara como su criada de compañía. La mujer benevolente aceptó. Y justo cuando los militares buscaban a la niña por las calles, ella abordaba el buque que la llevaría a Francia lejos de esa pesadilla, de ese triste futuro que allí le esperaba, abandonando así a su hermano para siempre.

Federico que sabía bien que ya no volvería a ver a su hermana nunca, tenía la seguridad que tendría una mejor vida y que sería feliz donde fuera. El niño aunque estaba deshecho, sabía que esa era la única manera de protegerla y por eso lo había hecho.

El padre Melitón siempre tuvo la creencia que ya en Francia, Clara Ramos sería adoptada por doña Marie; otorgándole el apellido Domeq. Y ella utilizaría su nombre real, llamándose pues: Claridad Domeq Feure-Dumont. Que se educaría en casa, con maestros particulares como correspondía a una jovencita de su clase. Aprendería la lengua, modales y tendría una vida envidiable. Pero a pesar de su buena fortuna, siempre recordaría con mucho cariño a su hermano y a sus amigos que dejó en aquel triste puerto de Veracruz, al que nunca regresaría.

Y al igual que Federico y sus amigos, otro que también la iba a extrañar sería Atilano, que en un inicio no descansó en su búsqueda. Pero con los años perdió totalmente la esperanza de verla de nuevo. Su verdadero paradero sólo Federico y el padre Melitón lo conocían y lo guardarían con sumo recelo.

Capítulo 3 Parte Tres

Capítulo 3

Once años después, a principios de 1910, había estallado una revuelta que había terminado con la detención de algunos insurrectos que apoyaban la causa del general Villa. A ese grupo de bandoleros, criminales y saqueadores que el gobierno del general Díaz creía peligrosos, se habían sumado miles más a la causa de la revolución; pues como toda la clase baja y humilde, estaban hartos de los abusos, excesos y opresión del gobierno contra quien alentaba y promovía un cambio para el país.

Un grupo de estos rebeldes en Veracruz, era comandado por Federico Ramos y sus amigos; aquellos mismos que de niños conformaron la Pelusa. Todos ahora transformados en hombres, peleaban del lado de los revolucionarios. Hasta que una tarde a la entrada del pueblo, Federico fue emboscado y tomado preso por gendarmes liderados por un antiguo enemigo, el general Carmelo Avitia.

De don Mercedes se sabía que había muerto casi cuatro años atrás. Y su hijo había heredado todas sus propiedades y negocios. Atilano se alegró al conocer la noticia de la aprensión de Federico; había ya olvidado por completo a su amor de infancia y se había casado con Rita, la hija del presidente municipal Eustaquio Quiroz.

Para el general Villa lo principal era liberar a Federico, pero nadie conocía su paradero y donde lo podían tener recluido. Esta información se manejó como secreto de estado por el gobierno; ya que Federico era muy apreciado por el general Villa, y éste de llegar a conocer donde se encontraba detenido, era capaz de arrasar con el lugar. Por lo mismo el ejército no podía matarlo ya que era un excelente estratega del general, y conocía muy bien los planes y movimientos que la causa rebelde realizaría. Así que los militares intentaron de mil formas sacarle información, pero todo fue en vano.

Mientras tanto al pueblo recién había llegado Romero Benítez y Benítez, un joven y acaudalado hombre, que había amasado su fortuna al hacer negocios con el gobierno de la república. Era más que un amigo cercano del mismísimo presidente Diaz. Este joven era alto, de cuerpo atlético, cabello y ojos negros, una barba y bigote que apenas y asomaba. Se había educado en distinguidos colegios en varias partes de los Estados Unidos. Y fue allá donde conoció a la señorita Gertrudis Amparan, hija del gobernador del estado. El joven millonario había sido presionado por su propio padre antes de morir, para que contrajera matrimonio con la señorita Amparan por lo económicamente conveniente del enlace.

Romero no amaba a Gertrudis, tan sólo le tenía un aprecio por el hecho de mostrar fortaleza de carácter, por tener una pierna de madera. Aunque también era incuestionable la belleza de la muchacha. El hombre pensaba que ella bien podía ser una excelente esposa y compañera para él, y ya el amor llegaría después. Así que accedió a cortejarla.

En vida, el padre de Romero veía ventajoso el matrimonio de su hijo, ya que así él podría obtener fácilmente permiso para vender en todo el estado su whisky barato. Y era esa la causa real de la relación de su hijo con Gertrudis.

Romero por su parte siempre se comportó a la altura. Era educado y todo un caballero. E inicio con los acercamientos hacia Gertrudis quien, siguiendo los consejos de su madre, se daba a desear. Ya que siempre lo hacía esperar hasta una hora en la sala de su casa, mientras ella se embellecía para él.

Y una tarde la joven hablaba con su madre.

- No lo sé madre... ¿Y si sólo adelantamos todo y hacemos que pida mi mano y ya? - comentaba la joven mientras terminaba de polvearse la nariz.

- Claro que no. Tú eres una Amparan. Toda una dama y él debe darte tu lugar... No eres una cualquiera.

- Es sólo que tengo ganas de sentirme mujer madre. Y que mejor que él sea el primero. Es tan fuerte y varonil. A veces fantaseo con que me toca la...

- ¡Cállate Gertrudis por dios! ¡Suenas tan vulgar!

-...la cara con sus manos.

La joven reprimía sus sentimientos ante su madre, pero ella debido a su problema en la pierna izquierda -misma que perdió debido a un accidente en carreta-, siempre pensó que ningún hombre la aceptaría en esas condiciones.

- A veces imagino que Romero entra a mi cuarto por el balcón, y me roba como a las pueblerinas. Luego me lleva a una cabaña lejana y me...

- ¡Silencio Gertrudis! ¡Que lenguaje tan corriente y sucio utilizas! Creo que tantos años en el extranjero de nada te sirvieron. Saliste igual de vulgar que las hermanas de tu padre.

La joven guardó silencio, y mientras su madre le peinaba el cabello, ella continuaba añorando que Romero la hiciera su mujer.

Reunidos en la trastienda de una vieja taberna Refugio, Gilberto, Cecilio y Anastasio planeaban como ayudar a Federico y sobre todo encontrarlo.

-Debemos tener mucho cuidado -dijo Refugio -, la cosa está muy caliente. Sé que en el pueblo no lo tienen. He estado investigando, y al menos aquí parece que nadie sabe nada.

- Yo he revisado los caminos que traen al pueblo -dijo Gilberto -. Revisé en granjas y ranchos cercanos y nada.

- ¿Y si lo trasladaron a la capital? - sugirió Anastasio.

- Eso no puede ser -dijo Cecilio -. En los caminos está gente de mi general Villa. Ellos han estado al pendiente de quien entra y quien sale, y no han visto nada.

- ¿Y si lo sacaron en barco? - sugirió Gilberto.

-No creo. Yo he estado al pendiente del puerto - dijo Refugio -. Casi creo que a Federico lo deben tener en un lugar alejado del pueblo.

- Si pero ¿donde puede ser? - preguntó Cecilio.

-No lo sé, pero tenemos que tener los ojos bien abiertos muchachos - dijo Refugio.

- Todos saben que Fede es muy querido y apreciado por mi general - dijo Anastasio -. Y si se logra enterar en donde lo tienen, él lo va a sacar de ahí a como de lugar y sin importarle las vidas que se lleve entre las patas.

-Al menos sabemos que muerto no está - dijo Refugio -. Federico es muy importante. Tratarán de sacarle información del movimiento, pero él no va a rajar por nada del mundo.

- Eso es lo que me preocupa - dijo Cecilio-. Tal vez sólo torturándolo le van a sacar algo.

-Yo creo que ni con eso - dijo Refugio -. Con lo único que podrían hacerlo hablar sería con matar a su hermana Clara, pero de ella nadie sabe nada.

- Y si averiguamos donde puede estar ella- dijo Anastasio -. Tal vez ella pueda ayudarnos a encontrar a Fede.

-No tenemos ni idea de donde pueda estar - dijo Refugio -, además si la encontráramos, dudo que ella pueda ayudarnos a averiguar algo de su hermano.

- Ella era muy inteligente - dijo Anastasio -. Deberíamos de al menos avisarle lo que sucede con Federico.

- Eso si - dijo Cecilio -. Ella tiene derecho a saber.

-Ta bueno - dijo Refugio -, pero ¿cómo la encontraremos?

- No sé, pero me late que el único que puede saber es el padre Melitón - dijo Cecilio.

Los muchachos acordaron hacerle una visita de madrugada al párroco.

El sacerdote que ya era un hombre de 87 años, los recibió; y lamentó conocer la mala fortuna de Federico, por quien sentía un gran aprecio.

- Yo no he vuelto a saber nada de Clarita desde que se fue... - dijo el cura.

- Pero usted sabe ¿cómo encontrarla o dónde? - preguntó Anastasio.

-Si, pero ella se encuentra muy lejos... Allá la envió su propio hermano y...

- ¿Dónde está? - preguntó Refugio.

- Hijos míos, ese es un secreto de ellos y yo no...

-Está bien padre - dijo Refugio -, al menos avísele la situación tan caraja por la que está pasando Federico.

Los muchachos se marcharon de la iglesia un poco desconcertados, pero prometiendo entre ellos hacer lo necesario para encontrar a su amigo; y liberarlo de las manos de los enemigos. Por su parte el cura, esa misma noche escribió una carta a Clara notificándole lo que acontecía.

Era justo que la joven ahora de 20 años, conociera el infierno que su hermano estaba viviendo; y es que el ejército conservador no tenía una muy buena fama de tratar a ninguno de los revolucionarios que apresaban.

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