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CUENTAS DE SANGRE

CUENTAS DE SANGRE

Autor: MAINAUTHOR
Género: Mafia
Valentina Ríos ha pasado toda su vida en el borde silencioso del bajo mundo criminal de Puerto Ámbar. Como la hija ignorada de un jefe de transporte neutral, servía bebidas en las reuniones, sonreía a hombres que nunca la veían y, en secreto, llevaba el verdadero libro de cuentas de su padre: un registro que contiene cada soborno, cada traición y cada asesinato cometido por las familias que controlan la costa. Cuando asesinan a su padre, el funeral se convierte en un campo de batalla. Octavio Serrano, el viejo don de la familia más poderosa de la ciudad, quiere que Valentina se case con su hijo para absorber la operación de su padre. Pero Adriel Cárdenas, el joven y despiadado líder de un sindicato en ascenso, la saca del funeral y la declara su futura esposa, una maniobra estratégica que lo coloca entre Valentina y los hombres que quieren verla muerta. Adriel le ofrece protección a cambio del libro de cuentas. Valentina asegura que no lo tiene. Él no le cree. Mientras se ven obligados a formar una alianza incómoda, la atracción entre ambos se vuelve tan peligrosa como la guerra que se cierra a su alrededor. Pero el libro esconde más que los pecados de Puerto Ámbar. Contiene la verdad sobre la noche en que murió el padre de Adriel, el secreto detrás de la muerte de la madre de Valentina y una revelación final que lo rompe todo: puede que su padre no esté muerto después de todo. Con los hombres de Serrano persiguiéndola, un archivo oculto que señala una conspiración mucho más grande que una sola familia y Adriel como el único hombre dispuesto a luchar a su lado, Valentina debe decidir en quién confiar antes de que la deuda de sangre del pasado los destruya a ambos.
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Capítulo 1 El Funeral del Ex

Mi padre llevaba tres días muerto y su cuerpo todavía no había tocado la tierra cuando los buitres llegaron a la iglesia.

El ataúd de Ernesto Ríos descansaba frente al altar, cubierto de lirios blancos que olían a dinero y a hipocresía. La iglesia de Puerto Ámbar estaba llena de hombres trajeados que no rezaban. Hablaban en voz baja por los pasillos laterales, con las manos cruzadas al frente y los ojos medidores. Yo los conocía a todos. Había servido sus bebidas durante años, desde los dieciséis, en las reuniones que mi padre celebraba en el salón trasero de nuestra casa. Sabía cómo tomaban el whisky, cuánto tardaban en enojarse y qué nombres pronunciaban cuando creían que nadie escuchaba.

Mi padre me había enseñado a escuchar. Y a llevar las cuentas.

"Lo siento mucho, Valentina", dijo Octavio Serrano, tomándome la mano con una suavidad que no le pertenecía. Su piel estaba fría. Tenía setenta años y el rostro surcado como un mapa de cada traición que había cometido. "Tu padre era un gran hombre. Un neutral en un mundo de fanáticos."

"Gracias, don Octavio", respondí, con la voz medida que había perfeccionado durante años.

Detrás de él, su hijo mayor, Marco, me miraba como un carnicero mira un corte de carne. Alto, cuadrado, con el cuello demasiado ancho para el traje. Hace tres años, yo estaba enamorada de él. Creía que me casaría con el heredero de los Serrano y que dejaría atrás la vida de neutral para convertirme en reina de la costa. En lugar de eso, la noche antes de nuestra boda, Marco me acusó de robar en las cuentas de su familia para financiar a sus enemigos. Una mentira. Una mentira que usó para dejarme plantada y romperme el corazón frente a toda la ciudad.

Ahora, en el funeral de mi padre, no se molestó en fingir pena. Solo esperaba. Esperaba a que su padre me reclamara como parte del trato.

Sentí el peso del sobre en el bolsillo interior de mi abrigo negro. El libro de cuentas de mi padre. Lo había sacado del compartimento oculto de su despacho la noche del asesinato, antes de que llegara la policía, antes de que llegaran los hombres que ahora llenaban la iglesia. Contenía todo. Cada soborno, cada ruta, cada muerte. Los pecados de todas las familias de la costa, incluidos los de los Serrano, escritos con la letra pequeña y ordenada de mi padre.

Era lo único que me mantenía viva.

Las puertas de la iglesia se abrieron de golpe.

Entraron seis hombres vestidos de negro, sin flores, sin condolencias. Abrieron paso en el pasillo central como una cuchilla abriendo tela. Y detrás de ellos, caminando con las manos en los bolsillos y la mirada fija en mí, entró Adriel Cárdenas.

Lo había visto una sola vez, tres años atrás, en una cena de negocios que mi padre organizó para tender puentes entre los sindicatos. Era el hijo menor de la familia Cárdenas, el que supuestamente no heredaría nada. Pero en esos tres años había enterrado a su padre, a su hermano mayor y a dos primos, y se había sentado en el trono de un sindicato que ahora controlaba la mitad del puerto.

Tenía treinta y dos años y la reputación de un hombre que no negociaba con nadie que no estuviera dispuesto a morir.

"Don Octavio", dijo Adriel, sin mirarlo. Sus ojos no se apartaban de mí. "Qué placer verlo. Creí que a su edad ya no se levantaba tan temprano."

El murmullo de la iglesia se apagó.

"Este es un funeral", dijo Serrano, con la voz tensa. "Respete a los muertos."

"Respeto a los muertos", respondió Adriel. "A los vivos los respeto mucho menos."

Caminó hacia mí. Los hombres de Serrano cerraron filas detrás de su don, pero nadie se movió. Las reglas de la neutralidad se habían roto el día que asesinaron a mi padre, y todos lo sabían. La iglesia era un polvorín con mecha corta.

Adriel se detuvo frente a mí. Olía a cedro y a pólvora. Me miró como si me viera por primera vez, y algo en su expresión cambió cuando lo hizo.

"Valentina Ríos", dijo. No era una pregunta.

"Sí."

"Tu padre me debía un favor."

"Mi padre no le debía nada a nadie."

Sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de un hombre que acababa de encontrar una pieza que no sabía que le faltaba.

"Entonces hagamos esto más sencillo", dijo, lo suficientemente alto para que toda la iglesia lo oyera. "Octavio, la familia Ríos ya no existe. Ernesto está muerto y su hija no puede heredar una operación de transporte sin un esposo que la represente. Usted quería a su hijo para ese papel, especialmente porque ya la tuvo una vez y la dejó tirada. Yo lo siento por Marco, pero llegué primero."

"¿Qué está diciendo?", preguntó Serrano.

"Estoy diciendo que la señorita Ríos viene conmigo", declaró Adriel. "Como mi futura esposa. Y si alguien tiene un problema con eso, puede resolverlo afuera. Como en los viejos tiempos."

El silencio duró tres segundos. Luego, el salón estalló.

Los hombres de Serrano sacaron armas. Los hombres de Adriel hicieron lo mismo. Las mujeres que habían venido a rezar corrieron hacia las puertas laterales. El ataúd de mi padre permaneció inmóvil frente al altar, cubierto de flores que nadie miraba.

Adriel me tomó del brazo. Su agarre no fue brusco. Fue firme, preciso, y me guio hacia la puerta lateral como si ya hubiéramos ensayado el movimiento.

"Si das un solo paso con él, estás muerta", gritó Marco. "¡Tu padre era un neutral! ¡No tienes protección! ¡Y yo me aseguraré de que nadie te la dé!"

Me detuve. La mano de Adriel se tensó sobre mi brazo, pero no me obligó a seguir. Esperó.

Me giré hacia Marco. Hacia Octavio. Hacia todos los hombres que durante años me habían visto servir bebidas, sonreír y no decir nada, y que ahora querían devorarme.

"Marco", dije, con la voz clara y fría. "Mi padre llevaba las cuentas de todos los que están en esta iglesia. Cada una. Si alguien vuelve a amenazarme, esas cuentas van a llegar a la fiscalía de la costa antes del amanecer. Incluyendo la prueba de que el escándalo del que me culpaste hace tres años fue inventado por ti."

Nadie respiró. Marco palideció.

Adriel me miró. Ya no sonreía. Sus ojos, que eran de un verde oscuro y profundo, se habían vuelto calculadores.

"Interesante", murmuró.

Y me sacó de la iglesia antes de que alguien pudiera disparar.

Afuera llovía. Un coche negro nos esperaba en la puerta lateral, con el motor en marcha. Adriel abrió la puerta trasera y me indicó que entrara. No lo hice.

"¿Qué es esto?", pregunté. "¿Un rescate? ¿Un secuestro?"

"Es una invitación", respondió. "La puerta se cierra en diez segundos."

"No voy a ninguna parte contigo sin saber qué quieres."

"Quiero lo mismo que quería tu padre", dijo. "Un trato. Tú me das el libro de cuentas, yo te doy la cabeza de tu ex en una bandeja. Es una oferta muy generosa."

"Mi padre no quería la cabeza de nadie."

"Tu padre", dijo Adriel, con una dureza repentina en la voz, "sabía quién lo iba a matar. Y no me lo dijo."

Me quedé quieta. El frío de la lluvia me calaba el abrigo. El sobre con el libro de cuentas pesaba como un ladrillo contra mi pecho.

"¿Cómo sabes eso?", pregunté.

"Porque yo era el que iba a protegerlo esa noche", respondió. "Y alguien le dijo a los asesinos por dónde entrar."

Se acercó un paso más. El agua le corría por el pelo oscuro y le caía por la mandíbula.

"Alguien dentro de tu familia", dijo, "lo vendió. Y tú tienes la lista de todos los que podrían haberlo hecho."

Me tomó la mano. Esta vez no fue para llevarme. Fue para abrirla, y colocar en ella una llave.

"Esto abre la puerta de mi casa", dijo. "Te doy dos horas. Si vienes, hablamos de quién mató a tu padre. Si no vienes, la próxima vez que te vea va a ser en tu funeral."

Se subió al coche. La puerta se cerró. Los neumáticos chirriaron sobre el asfalto mojado.

Me quedé sola, bajo la lluvia, con una llave en la mano y un libro de cuentas que podía matarme. Y con una sola pregunta girando en mi cabeza.

¿Quién me había traicionado?

Miré la llave. Luego saqué el teléfono y marqué el único número que mi padre me había hecho memorizar desde niña. El de la persona que supuestamente iba a mantenerme a salvo si algo le pasaba.

Sonó tres veces. Gastón contestó.

"Valentina", dijo, con la voz ronca. "Sabía que llamarías. Escúchame bien. No vayas a la casa de los Cárdenas. Adriel te está mintiendo. Tu padre me hizo prometer que no te lo diría, pero hay cosas que no sabes. Cosas sobre el libro. Cosas sobre tu madre. No confíes en él, Valentina. No confíes en..."

La llamada se cortó.

Capítulo 2 La Fortaleza del Nuevo Don

La casa de Adriel Cárdenas no era una casa. Era una fortaleza.

Estaba construida sobre un acantilado, con vistas al puerto y al mar abierto. Muros de piedra, ventanas blindadas, un jardín que era en realidad un perímetro de seguridad disfrazado de paisajismo. Llegué en taxi, empapada y furiosa, con el libro de cuentas envuelto en una bolsa de plástico dentro de mi abrigo.

El guardia de la puerta no me preguntó el nombre. Solo miró la llave en mi mano y me dejó pasar.

Adriel me esperaba en el vestíbulo. Se había cambiado el traje negro por un suéter gris de manga larga y pantalones oscuros. Parecía más joven así, menos como el don que había declarado frente a toda la iglesia que yo era su prometida. Pero la mirada era la misma.

"Llegaste temprano", dijo.

"No me gusta esperar."

"Eso me gusta."

Me guio a través de un pasillo largo hasta un despacho con paredes de madera oscura y una chimenea encendida. Había un mapa de la costa en la pared, con líneas y alfileres que marcaban rutas de transporte. Y sobre la mesa, una botella de whisky y dos vasos.

"Siéntate", dijo.

"Prefiero estar de pie."

"Como quieras." Sirvió dos dedos de whisky en cada vaso y me tendió uno. "Tienes el libro."

"No lo tengo."

"Lo tienes. Lo llevas en el abrigo. El sobre abulta."

Maldición. Me había visto desde la iglesia, en la lluvia, con el sobre contra el pecho. Dejé el vaso sin tocar.

"Supongamos que lo tengo", dije. "¿Por qué debería dártelo?"

"Porque tu padre está muerto y tú tienes veinticuatro años y ningún ejército. Marco Serrano va a matarte para quedarse con la operación. Y después de lo que le dijiste hoy en la iglesia, va a hacerlo personalmente. Sin mí, no llegas a fin de mes."

"Y contigo, ¿qué? ¿Me convierto en tu esposa trofeo? ¿Firmo unos papeles y me quedo en esta casa a esperar que no te canses de mí?"

Adriel se sentó en el borde de la mesa, a un metro de mí. El fuego de la chimenea le iluminaba la mitad del rostro.

"Conmigo", dijo, "te conviertes en la mujer que hereda mi imperio si algo me pasa. Te conviertes en la única persona en esta ciudad que puede caminar por el puerto sin que la maten. Y te conviertes en mi socia, no en mi trofeo. Yo no necesito una esposa decorativa, Valentina. Necesito a alguien que sepa leer un libro de cuentas. Y necesito a alguien que odie a los Serrano tanto como yo."

"¿Y qué me impide firmar tu contrato y luego desaparecer con el libro?"

"Que tu padre no crió a una tonta", respondió. "Y que yo no soy tan estúpido como para no poner cláusulas de seguridad en el contrato. Si desapareces, mi gente te encuentra. Si me traicionas, te encuentro yo. Y si alguien te mata, tu libro se hace público automáticamente porque tienes un seguro de vida que ni siquiera sabes que tienes."

Me quedé helada.

"¿Qué?"

"El abogado de tu padre", dijo Adriel. "Gastón. ¿Crees que no sabe lo que hay en ese libro? Tu padre me lo contó todo antes de morir. El libro existe, tú lo tienes, y si algo te pasa, Gastón lo envía a cinco periódicos diferentes. Por eso Serrano quiere casarte con su hijo en vez de matarte directamente. Por eso yo te saqué de la iglesia. No eres una heredera, Valentina. Eres una bomba con piernas."

Me senté. No me di cuenta de que lo había hecho hasta que el whisky me tembló en la mano. Gastón. El hombre que me había enseñado a montar en bicicleta. El que me llevaba al puerto cuando era niña. El que estaba en el funeral, en la segunda fila, con los ojos rojos.

"Gastón no me dijo nada", murmuré.

"Gastón está intentando mantenerte viva", dijo Adriel. "Igual que tu padre. Igual que yo."

"¿Y por qué tú? ¿Por qué te importa si vivo o muero?"

Adriel se quedó callado un momento. Luego se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia golpeaba el cristal.

"Porque mi padre murió hace tres años", dijo, "y el certificado dice insuficiencia cardíaca. Pero yo sé que fue Serrano. Y sé que tu padre lo sabía. Y sé que nunca dijo nada porque tenía miedo de lo que Serrano le haría a su familia. Miedo de lo que le haría a Marco."

"Marco me destruyó hace tres años", dije, con la voz temblando de rabia. "Me humilló, me acusó de ladrona y me dejó sin nada. No voy a dejar que se salga con la suya."

"Entonces estamos en el mismo bando", dijo Adriel, girándose hacia mí. "Tú quieres venganza contra tu ex. Yo quiero venganza contra su padre. Y ambos tenemos lo que el otro necesita."

Se acercó a mí. No sonrió. No hizo ningún gesto de triunfo. Solo me miró con una intensidad que me hizo apartar la vista.

"El libro", dije, "tiene un compartimento oculto. Mi padre lo llamaba el Archivo Negro. Está en la tapa, debajo del cuero. Ahí es donde guarda las cosas que no quiere que nadie vea."

"¿Sabes lo que hay en el Archivo Negro?", preguntó.

"No lo he abierto", admití. "Tenía miedo."

"Entonces lo abrimos juntos", dijo. "Esta noche."

Se acercó lo suficiente para que yo pudiera sentir el calor de su cuerpo. No me tocó. Solo se quedó ahí, esperando.

Y entonces sonó la alarma.

Un aullido metálico que rebotó en las paredes. Las luces del despacho parpadearon. Adriel se giró hacia la puerta, y su mano fue al cajón de la mesa, donde sabía que tenía un arma.

"¿Qué está pasando?", pregunté.

"Tu ex", dijo, con la voz plana. "Debió seguirte."

Se abrió la puerta del despacho. Fabián, el jefe de seguridad de Adriel, entró con la cara ensangrentada.

"Don Adriel", jadeó, "entraron por el muelle. Son muchos. Y traen algo que no esperábamos."

"¿Qué?"

Fabián me miró. Luego a Adriel.

"Traen a Gastón", dijo. "Lo tienen en la puerta. Marco Serrano dice que si no entregas a la señorita Ríos en cinco minutos, lo matará frente a la casa. Y dice que quiere que ella lo vea."

Capítulo 3 Sangre en la Puerta

Adriel no perdió tiempo.

"Fabián, lleva a Valentina al sótano", ordenó, mientras sacaba una pistola del cajón y revisaba el cargador con movimientos rápidos y precisos. "No salgas hasta que te avise."

"No", dije.

Se giró hacia mí. La alarma seguía sonando. Los pasos de hombres armados resonaban en los pasillos.

"No es una sugerencia", dijo.

"Gastón me crió", respondí. "No voy a esconderme en un sótano mientras mi ex lo mata para llamar mi atención."

"Si sales, te usa para negociar. Y si te tienen, matan a Gastón de todos modos."

"Entonces no voy a salir con las manos vacías."

Me acerqué a la mesa y abrí el sobre que llevaba bajo el abrigo. El libro de cuentas. La cubierta de cuero negro, gastada en las esquinas, con las iniciales de mi padre grabadas en la esquina inferior. Lo abrí en la primera página y arranqué una hoja. No cualquier hoja. La que contenía la lista de pagos que Octavio Serrano había hecho a un hombre llamado Joaquín Vera, el sicario que había estado en la escena del asesinato de mi padre.

"Si mi ex quiere negociar", dije, "negociamos con esto."

Adriel me miró como si acabara de ver algo que no esperaba.

"¿Sabes lo que acabas de hacer?", preguntó.

"Sé lo que estoy dispuesta a hacer", respondí. "Ahora muévete."

Salimos al patio delantero. La lluvia seguía cayendo, mezclada con el resplandor rojo y azul de las luces de emergencia. En la puerta principal, cuatro hombres armados rodeaban a Gastón, que estaba de rodillas, con las manos atadas a la espalda y la cara cubierta de sangre. Detrás de ellos, un coche negro con las luces encendidas.

Marco Serrano estaba de pie junto al coche, con un paraguas negro en la mano y una sonrisa que me revolvió el estómago. A su lado, su padre Octavio observaba en silencio.

"Valentina", dijo Marco, con esa voz suave y falsa que solía usar para convencerme de que me amaba. "Qué rápido te adaptas a tu nueva vida. Ayer eras la huérfana humillada, hoy eres la prometida del hombre más peligroso de la costa. Las cosas pasan rápido en Puerto Ámbar."

"Suelta a Gastón", dije.

"Primero el libro."

"Primero Gastón."

Marco rió. Fue un sonido seco y desagradable.

"Tu padre también era terco", dijo. "Y mira cómo terminó. Aunque, pensándolo bien, tú siempre fuiste una carga para él. Por eso te dejé plantada. Porque eras débil."

"Mi padre", respondí, "llevaba un registro de todos los pagos que tu padre le hizo a Joaquín Vera. Ese registro está en un lugar seguro. Si Gastón muere, mañana estará en la portada de todos los periódicos de la costa."

La sonrisa de Marco se apagó.

"Estás mintiendo."

"Estoy negociando", dije. "Es lo que mi padre me enseñó a hacer. Lo que tú nunca aprendiste porque siempre dependiste de tu apellido."

Adriel se colocó a mi lado. No dijo nada. Solo levantó su arma, sin apuntar a nadie en particular, y esperó. El mensaje era claro: si Marco daba la orden de disparar, él dispararía primero.

Marco me miró durante un largo momento. Luego hizo un gesto con la mano.

Los hombres soltaron a Gastón. Él cayó hacia adelante, con las manos todavía atadas, y yo corrí hacia él. Lo alcé del suelo mientras los hombres de Serrano se retiraban hacia el coche.

"Esto no ha terminado", dijo Marco, antes de subir al vehículo. "Tu padre lo intentó. ¿Sabes qué pasó? Que lo mataron en su propia casa, y nadie dijo nada. Nadie. Ni siquiera su propia hija."

El coche se alejó. Las luces rojas y azules se desvanecieron en la lluvia.

Gastón me miró. Tenía el labio partido y un ojo hinchado, pero sus ojos seguían siendo los mismos que me habían enseñado a montar en bicicleta.

"Tu padre", dijo, con la voz ronca, "sabía que Serrano lo iba a matar. Me lo dijo la noche anterior. Me hizo prometer que no te lo diría."

"¿Por qué?"

"Porque no quería que hicieras algo estúpido", respondió. "Quería que sobrevivieras. Y me hizo prometer que te entregaría el libro solo si llegaba el momento adecuado."

"¿Y cuándo es el momento adecuado?"

Gastón me miró. Luego miró a Adriel, que estaba de pie detrás de mí, con el arma todavía en la mano y la lluvia cayéndole por la cara.

"Cuando encontraras a alguien que pudiera protegerte", dijo. "Y por lo que veo, ya lo encontraste."

Esa noche, después de que el médico atendiera a Gastón y de que los hombres de Adriel revisaran el perímetro de la casa tres veces, me senté en la cocina con el libro de cuentas abierto sobre la mesa. Adriel estaba a mi lado, en silencio, mirando las páginas que yo iba pasando.

"Tu padre llevaba las cuentas de todos", dijo, después de un rato. "Incluso las de mi familia."

"Tú no estabas en el libro", respondí. "Lo revisé. No hay nada sobre ti."

"Porque yo nunca pagué a nadie para que matara a alguien", dijo. "Todavía no."

Levanté la vista. Su expresión era seria, pero había algo en sus ojos que no era del todo oscuro.

"¿Por qué me protegiste esta noche?", pregunté. "Podrías haber entregado el libro y dejado que mi ex me matara. Te habrías quedado con todo."

"Porque no quiero todo", dijo. "Quiero lo que es mío. Y tú no eres mía todavía."

"¿Y si nunca lo soy?"

"Entonces al menos habré muerto sabiendo que hice lo correcto."

No supe qué decir. Volví a mirar el libro. Y entonces, sin pensar, deslicé el dedo por el borde de la tapa de cuero. Sentí un pequeño resorte. Un clic.

El compartimento oculto.

Adriel se inclinó hacia adelante. Yo levanté la tapa interior del libro y encontré un sobre doblado, sellado con cera roja. La letra de mi padre.

Para Valentina, cuando esté lista.

"Ábrelo", dijo Adriel.

"No", respondí. "Primero necesito saber si estás dispuesto a escuchar lo que hay dentro, incluso si te hace daño."

"¿Por qué me haría daño?"

"Porque mi padre no solo guardaba secretos sobre los Serrano", dije. "Guardaba secretos sobre todos. Y sobre tu padre también."

Adriel se quedó quieto. El silencio de la cocina se volvió tan denso que podía oír el zumbido de la nevera.

"Ábrelo", repitió, pero esta vez su voz era más suave. Más frágil.

Rompí el sello.

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