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Camaleón:  ¿Cuál es tu nombre esta noche?

Camaleón: ¿Cuál es tu nombre esta noche?

Autor: Marcelita Pajarita
Género: Romance
A los ojos del mundo, Isabelle mantiene un noviazgo serio, perfecto y estable con Liam, la fachada ideal para complacer el estricto control de su madre. Sin embargo, detrás de las apariencias se esconde un pacto secreto: ellos son libres de estar con quienes quieran. Es en esa clandestinidad donde Isabelle da rienda suelta a su verdadera rebeldía, adoptando diferentes nombres y personalidades para explorar un mundo de seducción sin ataduras. Todo este juego se desestabiliza cuando conoce a Cristian Osborne. Él no es un desliz más; Cristian se convierte en el detonante que la hace cuestionarse su libertad, llevándola a romper con las cadenas de su antigua vida y a entregarse a un amor tan intenso como arrollador. Pero la felicidad de su nueva realidad desata la envidia y el despecho de quienes no aceptan haber perdido. Una red de mentiras, traición y un violento secuestro planificado por una mente obsesiva pondrán a prueba la confianza de Cristian y la fuerza de Isabelle, obligándola a usar toda su astucia para sobrevivir en el peor de los infiernos. Entre fantasías audaces, disfraces eróticos y un deseo sin límites, Isabelle le demuestra a Cristian que, en su camaleónica esencia, ella es todas las mujeres que él pueda amar. Una novela apasionante de romance adulto donde los secretos, la liberación y el amor verdadero desafían cualquier control
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Capítulo 1 Libertad con reglas

Isabelle:

El día que me mudé a mi propio departamento fue un hito, una victoria autorizada por mis padres. Mi nuevo hogar, en el corazón de la ciudad, era una realidad que no podría costear por mi cuenta, una verdad que me recordaba la jaula de oro en la que vivía. Mis padres, dueños de la prestigiosa firma de abogados Fitzalan-Howard en Londres, lideran una de las empresas de derecho de negocios que más factura en Europa. Su solvencia económica es tal que podrían comprar una vivienda en cualquier ciudad del país. A mis veinticuatro años, este departamento no era un regalo, sino una condición.

Mi padre es un hombre cariñoso, pero mi madre es fría y calculadora. Aunque sé que me quiere, sus acciones siempre buscan el control. Como hija única y heredera de la firma, cree que puede dictar cada aspecto de mi vida. En cierto modo, lo ha logrado; la maldita costumbre de aceptar sus lujos y su apoyo económico me ha mantenido atada a sus deseos, como estudiar la carrera de Derecho para que, en un futuro, me haga cargo de la empresa. Llevo mucho tiempo insistiendo en tener mi independencia, pero ella no ha confiado en mí... hasta ahora.

Mi madre no creyó en mi deseo de autonomía hasta que mi prometido, Liam, la convenció. Llevo dos largos años comprometida con él. Es un gineco-obstetra guapo y el único heredero del hospital más prestigioso de Londres. Compartimos algo: nuestras madres son igual de obsesivas y manipuladoras. La única diferencia es que Liam ya vive solo.

Nuestro compromiso fue impuesto para unir nuestros patrimonios. Desde el principio dejamos claras las reglas: ninguno le exigiría fidelidad al otro. Él puede estar con quien desee, y yo también, siempre que sea de forma discreta. Nuestra cercanía se limita a los eventos sociales y, por supuesto, a nuestros encuentros sexuales.

Julio, el chófer de mi madre, me lleva a mi nuevo departamento, donde mi amiga Susan me espera. Aunque preferiría conducir mi propio auto, mamá insiste. Como siempre, finjo una sonrisa para complacerla. Solo me quedan unos minutos para vivir lejos de esa casa y, sobre todo, lejos de Beatriz, mi hermosa madre.

Me voy feliz. No es que no los quiera, pero deseo dejar de escuchar de sus labios: «Isabelle, una señorita no se comporta así. Isabelle esto, Isabelle lo otro». Mi nombre me molesta; siento que lo ha ensuciado con todos sus reproches. Por eso decidí cambiarlo. No legalmente, porque sería imposible, pero sí entre mis amigos y Liam. Me bauticé con el nombre de Cathy. Tengo nombres para diferentes ocasiones y los utilizo dependiendo de dónde esté y con quién me encuentre, todo a espaldas de mis padres.

-¡Gracias, madre! -digo con una amplia sonrisa, eufórica, incapaz de creer que por fin empiezo esta nueva vida junto a mi amiga. Aunque sé que seguiré bajo el control de mi madre, este es un gran paso. Podré realizarme y, tal vez, solo tal vez, algún día dejar de temerle y ser verdaderamente libre-. No era necesario que me trajera el chófer; pude haber venido en mi propio auto.

-Isabelle, sabes muy bien que para mí no es una molestia. Además, quería asegurarme de que todo estuviera en orden. Le dejaré mis números de teléfono al conserje para que me llame en caso de cualquier inconveniente.

Mi cabeza comienza a buscar la forma de romper esa cadena invisible que insiste en mantener entre nosotras, aunque ya no vayamos a vivir bajo el mismo techo.

-De acuerdo -logro decir.

Mi madre me da dos besos, uno en cada mejilla, y se va. Cuando la veo alejarse, corro hacia donde está Jim, el conserje, que, por cierto, es un caballero gordito, de barba blanca; hasta podría decir que es el hermano perdido de Santa Claus. Sonrío y me disculpo en nombre de mi madre, diciéndole que se ha equivocado en los números de teléfono que le dejó. De inmediato, anoto en una libreta, que él mismo me ofrece, mi número de celular y el de mi compañera para que mi madre jamás se entere de lo que sucede en el edificio.

El tiempo transcurre rápido. Han pasado cuatro meses desde que me mudé con Susan y lo hemos pasado fenomenal. Por cierto, no vivimos solas; se nos unió José, su novio, un chico encantador que llegó desde México con una beca de excelencia para estudiar en Londres. José no tiene nuestro mismo estatus socioeconómico, algo que no nos molesta en absoluto. Sin embargo, su estadía en nuestro departamento es un absoluto secreto. No para nuestros compañeros, sino para mi madre, que no aceptaría por nada del mundo esta situación. Es muy clasista y diría que él no es de mi categoría... ¡Qué locura! Por eso agradezco no parecerme a ella.

Para celebrar nuestros cuatro meses de libertad y buena convivencia, decidimos salir de copas. Estoy muy entusiasmada, ya que hace un mes que no veo a Liam y necesito un respiro de la monotonía. Imagino que él también está disfrutando de su tiempo; después de todo, se lo merece.

No puedo negar que existe una evidente química entre nosotros; sería ilógico no sentirme fascinada por su físico. Sin embargo, el amor nunca llegó a surgir. Lo que realmente nos une es el pacto que hicimos desde el primer día. Con Liam hacemos una pareja perfecta y, a menudo, le digo que somos una pareja bella, un título que me recuerda mi constante lucha por mantener un físico esbelto, lejos de la comida chatarra, una preocupación que me persigue desde la infancia.

Además, tenemos un lema: «La vida es una sola, disfrútala». A pesar de mantener una relación tan liberal, ambos tenemos claro que, si algún día encontramos a esa persona especial que llene nuestro corazón, nos separaremos y nos apoyaremos mutuamente para enfrentar a nuestras madres controladoras.

-¡Cathy! ¿Estás lista? -escucho gritar a Susan desde el otro lado de la puerta de mi habitación-. ¡José nos está esperando en la sala!

Intento darme prisa para no hacerlos esperar. Amo a Susan con la vida. Más que una amiga y compañera de departamento, es la hermana que nunca tuve, y sé que ella siente lo mismo por mí. Debe ser por eso que nos llevamos tan bien.

-¡Dame un segundo! -respondo, tratando de quedar despampanante. Quiero verme hermosa; nunca se sabe cuándo puede aparecer un chico guapo.

-¿Un segundo? -cuestiona-. Hace media hora era un segundo. ¿No te enseñaron en tu escuela de señoritas lo que es un segundo, un minuto o una hora?

Abro la puerta de la habitación. Ahí está mi amiga, esperándome. Al verme, se queda con la boca abierta. Al parecer, valió la pena todo lo que me demoré buscando el vestido perfecto.

-¡Estoy lista! -exclamo-. ¿Cómo me veo? -pregunto al pasar por su lado con unos zapatos altísimos y un corto vestido plateado, contoneando las caderas y dando una que otra vuelta para que pueda apreciarme mejor.

-Estás... ¡Estás bellísima! ¡De infarto, amiga! Pero... ¿ese vestido no estará muy corto?

-¿Crees que es muy corto? -pregunto sonriendo-. Entonces vámonos, porque esta noche es mía. Con este vestido seduciré al chico más guapo de Londres, ya verás. Ah, y, por cierto, fuimos a la misma escuela de señoritas.

Susan ríe ante mi comentario mientras vamos hacia la sala, donde José está sentado en el sofá mirando un programa de televisión y, por supuesto, con el control remoto en la mano. Nos paramos frente a él, tapándole la pantalla. Lejos de molestarse, se levanta de un brinco, no sin antes apagar el televisor, y abre los brazos para que cada una se tome de uno.

-¡A conquistar la noche! -exclama.

Al llegar al pub, vemos una enorme fila para entrar. Sin embargo, tenemos un as bajo la manga: acceder es fácil siendo la novia del amigo del encargado. Dejamos al gentío atrás y seguimos nuestro camino, tomadas del brazo de José, tal como salimos del departamento.

Me río de la actitud del novio de Susan. Parece un playboy presumiendo a sus chicas. La gente nos mira y murmura, así que aprovechamos de avivar aún más la curiosidad besándole una mejilla.

-¡Hermano! -grita un chico a José, haciéndome pensar por un instante que es un familiar. Sin embargo, solo lo llama así para acercarse al que se ha convertido en la atracción de la noche-. ¿Por qué no me prestas una?

-No... -murmuro con desagrado al ver el sudor resbalando por su sien.

-¡Lo siento! Estas nenas son solo mías -responde José.

Susan y yo lo miramos con absoluta indiferencia, dejando claro que no queremos su compañía. Al parecer, el mensaje surtió efecto, porque el joven, bastante inteligente, se da media vuelta y se marcha por donde vino.

-Vamos a una mesa, querido -le susurro a José al oído.

-Sí, mi amor -responde Susan entre risas, siguiéndome el juego. Agradezco que no sea celosa. José es un muchacho muy guapo, pero ella sabe que entre nosotros solo existe un cariño de hermanos.

-¿Qué desean beber, mis chicas? -pregunta José, moviendo las cejas de arriba abajo y pavoneándose de ser un hombre capaz de mantener felices a dos mujeres.

-Yo deseo algo fuerte -digo-. Un tequila. ¿Te apuntas, Susan?

-¡Sí, me apunto! -exclama-. Osito, tráeme lo mismo que a Cathy, por favor.

Me quedo mirando a mi amiga con una enorme tentación de reír, así que aprovecho que José va a la barra para saciar mi curiosidad.

-¿Por qué le dices osito? -pregunto, recordando que antes tenía otro sobrenombre-. ¿No era que le decías perrito?

-Tienes razón, le decía perrito, pero... ¡Ay, Cathy! Descubrí que una exnovia también le decía perrito. ¿Te das cuenta? Hice el ridículo todo ese tiempo, hasta que Lucía, su prima, me lo contó y decidí cambiarlo por otro animal -aclara.

Eso me hace pensar que él, por mucho que ame a Susan, debió haberle explicado la situación y no dejar que se enterara por terceras personas.

-¿Le explicaste por qué cambiaste el apodo?

-No. Solo le dije que se veía más como un osito, y me respondió que tenía razón, aunque prefería ser un oso... pero un oso grande -explica entre risas, demostrando que nada la afecta y que la relación que tiene con José es sólida-. Ya sabes, no quiere que le diga osito en la cama; dice que lo hace sentir débil, y de débil no tiene nada.

-¡Ahí viene con nuestras bebidas! -digo haciéndole un gesto para que guarde silencio. Sin embargo, no puedo dejar de reír.

Capítulo 2 Una noche para olvidar

Isabelle:

En el centro de la pista bailamos alrededor de José y, por más que deseo simpatizar con algún chico, a todos se les ocurrió venir acompañados, dejándome con la penosa alternativa de comportarme como una devota novia, mientras sé que Liam debe de estar con alguna mujer por ahí.

-¿Qué pasó aquí? -pregunta, evidentemente sospechando que algo ocurrió.

-¡Cosas de mujeres! -respondo haciendo un gesto con la mano.

-Mmm... Está bien. Cuando quieran, saco a mis chicas a bailar.

Sin pensarlo mucho, Susan y yo nos levantamos de la mesa y, poniéndonos de acuerdo con una sola mirada, nos acercamos una a cada lado de José.

-Osito, queremos bailar -susurramos al unísono junto a su oído.

-¡Yo sabía que algo pasaba! -exclama, negando con la cabeza mientras su sonrisa se ensancha, demostrando que, lejos de molestarse, le causa gracia.

Intentando sacar cuentas, calculo que llevo unos cinco vasos de tequila, dejándome mucho más mareada de lo que creí posible. Decido volver a la mesa, con Susan siguiendo mis pasos torcidos. José, en cambio, va a la barra por más tragos, sin darse cuenta de que nuestros cuerpos ya tuvieron suficiente.

-Aquí tienen, chicas -dice al regresar y sentarse frente a mí, junto a Susan.

-Gracias, mi amor -respondo entre risas.

-¿Cuántas copas llevas, Cathy? -pregunta José, a pesar de que él mismo ha sido el responsable de traerlas.

Sigo riendo mientras observo a mis amigos. Me resulta graciosísimo verlos dobles; empiezo a creer que tienen gemelos y nunca me lo contaron.

-¿A cuál de los dos le respondo? -pregunto-. ¿A ti o a tu gemelo?

-Ay, no... Estás peor de lo que creía. Y mañana tenemos un examen importante.

Sin pensarlo mucho, José me quita el vaso que tengo en la mano y luego hace lo mismo con el de Susan. Ninguna vio venir ese movimiento y, por supuesto, nos desagrada, especialmente a mí, que no tuve más que una sola conquista en toda la noche... y me refiero al chico sudoroso.

-¡Hey! ¡No sean aguafiestas! Esto recién está comenzando. ¡Vamos a bailar! -me levanto de la silla e intento moverme al ritmo de la música, pero me cuesta; siento que todo se mueve más que yo-. ¡Quiero más tequila! -grito eufórica.

-¡No! ¡No, señorita! ¡Ya es muy tarde! -me reprende José, creyéndose mi madre. Aunque, si fuera ella, yo no estaría aquí; estaría acostada, como una chica buena, bajo siete llaves, esperando la llamada de mi "fiel" novio.

-¡Pero si todavía es temprano! -interviene Susan, que hasta ese momento había permanecido calladita, bebiendo de su vaso... y del de José.

-¡Ay, no, mi amor! ¡Tú no! ¡No te pongas como Cathy, por favor! -exclama José, angustiado, sin saber qué hacer con este par de borrachas.

Sin embargo, no pienso rendirme. La fiesta aún no termina y a mí me gusta irme de las últimas.

La rebelión comienza. Nos ponemos exigentes y pedimos más alcohol, el cual, claramente, José no piensa darnos. Entonces lo arrastramos del cuello hacia la pista de baile, logrando que, a la fuerza, acceda al menos a una de nuestras demandas. Al parecer, cree que es la única manera de controlar una situación que se le escapó de las manos desde el primer shot de tequila.

Bailamos mientras hablamos tonterías, recordamos situaciones graciosas o, tal vez, completamente aburridas, que, por el estado en el que nos encontramos, nos hacen reír como si fueran el mejor chiste del mundo.

De tanto intentar bailar sin que el piso deje de moverse, Susan resbala y me empuja sobre José. Él intenta sostenerme, sin darse cuenta de que Susan también terminará cayendo encima de él.

-¡Hey, playboy! ¡Controla a tus chicas! -escucho entre la música, las risas y el murmullo de la gente.

«¿Qué nos controle?»

En mi evidente estado de ebriedad, el reclamo del guardia llega a mis oídos como si fuera la voz de mi madre. No necesito que nadie me controle; solo nos estamos divirtiendo. Además, ni siquiera trajeron hombres sexys y solteros. Deberían dejarnos en paz y permitirnos disfrutar de nuestra libertad, sin mi mamita vigilando cada uno de mis pasos.

«¿Será mi madre y la embriaguez no me deja verla con claridad? ¡Estoy perdida!»

-¡No necesitamos control, gorila! -grito después de asegurarme de que no es mamá.

Intento acercarme a él con el dedo índice levantado. Quiero apoyarlo en su pecho y decirle unas cuantas verdades. Sin embargo, resbalo. Alcanzo a sujetarme de Susan; ella de José, y José de otro chico y, en cuestión de segundos, se armó un verdadero caos en la pista de baile: todos terminamos en el suelo.

El gorila se acerca a paso firme, me toma en vilo y me saca del local. Intento zafarme, pero es tan grande que me resulta imposible. Empiezo a golpearle la espalda, aunque, por la poca reacción que demuestra, mis puños deben sentirse como simples cosquillas.

-¡Suéltame, gorila! ¡Que me sueltes! -grito a todo pulmón-. ¿No sabes quién soy? ¡Te demandaré! ¡Soy la mejor abogada de Londres! ¡Ni siquiera en el zoológico te aceptarían! ¡Suéltame!

Me deja en el suelo una vez que estamos fuera del establecimiento. Mi enojo sigue intacto y no me permite pensar con claridad. A duras penas logro levantar una pierna, me saco uno de mis bellos zapatos y se lo lanzo por la espalda. Sin embargo, mi zapato recibe más daño que él, porque ni siquiera se inmuta ante mi ataque.

-¡Sí te dolió! ¡Solo que no quieres reconocerlo! -grito, sin recibir respuesta.

Resignada, me quedo de pie junto a mi auto, con los ojos entrecerrados, intentando mantenerme despierta mientras espero a mis amigos. A lo lejos, veo a José sosteniendo a Susan, quien sigue riendo, no sé de qué o de quién. Nos acomodamos en los asientos traseros del vehículo mientras José, no sin antes asegurarse de que llevemos puestos los cinturones de seguridad, se pone al volante.

-¿Me habrá traído mis regalos? -susurro sin recibir respuesta al llegar al edificio y ver a Jim, el conserje.

Él se acerca a nosotros, tan servicial como siempre, hasta que ve mi deplorable estado de embriaguez.

-¡Señorita Isabelle! Pero... ¿en qué condiciones ha llegado?

Jim abre los ojos como platos, incapaz de creer lo borracha que estoy. Yo solo me encojo de hombros, preocupada porque acaba de llamarme por mi verdadero nombre.

-Cathy... Me llamo Cathy. ¡No Isabelle! Mejor dígame, ¿qué regalo me traerá para Navidad? -pregunto mientras tomo sus regordetas mejillas y las aprieto con dulzura-. ¡Uy, qué gordito está mi Santa!

-Señorita, será mejor que llame a su madre -opina Jim, haciéndome reaccionar de inmediato, incluso en mi estado.

-¡¿Qué?! ¡No! ¿Para qué?

Abro tanto los ojos que, por un instante, hasta creo que se me pasó la borrachera. Mi madre es y será siempre mi mejor analgésico. Basta con pensar en ella para que se me quiten todos los males. Sin embargo, las piernas me tiemblan al imaginar que este señor la llamará. Peor aún, sonará mi celular o el de Susan y descubrirá que le mentí. Bueno... sí le mentí. Pero fue por seguridad. Aunque también cabe la posibilidad de que siempre haya sabido la verdad y ahora sí decida llamarla.

«¡Adiós, libertad!»

-La veo en tan malas condiciones... -alcanza a decir antes de que José lo interrumpa.

-Su madre ya lo sabe. Yo mismo se lo dije -miente Osito-. Gracias, Jim.

Con bastante esfuerzo, José toma a Susan de un brazo y a mí del otro para guiarnos hacia el ascensor y mantenernos a salvo de las garras de mi madre.

Sin embargo, por algo estoy borracha.

-¿Llamaste a mi mamá? -pregunto, herida.

José rueda los ojos antes de responder.

-No...

-¡Jim, es usted muy lindo, pero un chismoso! -digo, provocando las risas de la otra borracha, que, por supuesto, es Susan, mientras José aprieta el botón del ascensor.

-¿Qué? -pregunta Jim.

-¡Y sordo! -remato antes de que las puertas se cierren.

Capítulo 3 Un disfraz y una invitación

Isabelle:

La cabeza me da vueltas. Intento despertar, pero me es imposible. Debemos presentarnos a un examen, así que en cualquier momento Susan aparecerá en mi habitación para sacarme de la cama. Creo que no iré; dudo que pueda rendir un examen en estas condiciones. Además, jamás me ha gustado levantarme temprano. La cama es mi mejor amiga, después de Susan, claro, ya que sirve para descansar y hacer otras cosas mucho más interesantes.

-¡Despierta, dormilona! -escucho como una explosión, lo que me hace poner la sábana sobre mi cabeza para no escucharla.

Me cuesta entender cómo logra estar despierta tan temprano después de haber estado igual de ebria que yo. Afligida, no quiero levantarme. Mi estado es deplorable y puedo asegurar que mi cerebro tiene apenas un cuarenta por ciento de actividad. Es imposible reaccionar. Y mi cuerpo... simplemente se niega a responder.

«Me pregunto cómo fui capaz de mover mis brazos para cubrir mi cabeza».

-¿Qué hora es? -logro articular, con la lengua todavía enredada. No entiendo cómo mi amiga pretende que salga a la calle así, y menos aún que rinda un examen con la cabeza a punto de estallar.

-Son las siete -responde como si nada-. ¡Vamos, arriba! El examen empieza a las ocho y media, todavía tenemos tiempo.

-¿Las siete?

Creo que mi amiga sigue ebria si piensa que una persona puede funcionar con solo cuatro horas de descanso.

-¡Estoy enferma! -exclamo, sin quitarme la sábana de la cabeza para evitar que la luz me golpee en los ojos.

Me acomodo para seguir durmiendo, aunque no me hago ilusiones.

-¡No, señorita! Usted prometió que, si nos íbamos de copas, igual nos presentaríamos al examen. Si no te levantas ahora, me veré obligada a llamar a tu madre.

«¿Tiene que sacar la palabra clave? ¿Qué clase de amiga tengo?»

-¿Serías capaz de llamarla?

Destapo mi cabeza de inmediato. Me siento ofendida y pienso que mi madre es el mejor despertador que pueda existir para una resaca.

-No lo sé. Si gustas, podemos averiguarlo.

Susan, sin una pizca de compasión, saca el celular del bolsillo del pantalón y me lo muestra. Mis ojos se abren de par en par, sin poder creer en esta traición tan desleal.

-¡No! ¡Me levantaré enseguida!

Suavizo el tono al verla guardar el celular en el mismo bolsillo de donde lo sacó.

-¿Qué tal si preparas el desayuno mientras me ducho? -propongo amablemente.

-De acuerdo, pero me quedaré parada en la puerta hasta que muevas ese lindo trasero de la cama -aclara, porque me conoce a la perfección.

De un brinco salgo de la cama para dirigirme al baño.

-¡Buena chica! -escucho mientras camino.

No alcanzo a sentir la puerta cerrarse cuando mis piernas empiezan a flaquear. Mi cerebro me traiciona y no dejo de pensar que mi cama me espera al otro lado.

Miro la ducha, que parece desafiarme, pero siento que mi cama es mucho más acogedora. Una lucha interna se desata en mi interior y me quedo pensando en quién ganará.

-¡Está listo el des...! -alcanza a decir Susan, un tanto eufórica, pero se desinfla en el camino.

Me cubro la cabeza, esta vez con la almohada, porque sé que mi mañana no será fácil.

-¿Qué haces acostada nuevamente? -pregunta, taladrando mi cabeza, sin dejarme siquiera dar una explicación. Luego llama a José, una pesadilla de la cual podría haberme librado-. ¡Amor, ven aquí!

Mi corazón empieza a bombear más rápido. Necesito urgentemente una nueva oportunidad, puesto que ya he pasado por esto.

-¡Prometo que me levantaré! -suplico, arrodillada sobre la cama y cruzando los dedos.

Pero ella niega con la cabeza, haciéndome mirar hacia la puerta de mi habitación. Sé que estoy perdida y, por más que intento escapar, me resulta imposible; soy demasiado lenta.

-¡Demasiado tarde, preciosa! -anuncia José con una sonrisa diabólica, abalanzándose sobre mí para sujetar mis manos mientras mi querida amiga me hace cosquillas.

-¡Piedad! -consigo decir entre risas, provocadas por este par de amigos que lo único que hacen es torturarme porque no cumplo mis tratos-. Me dará... un ataque... moriré.

-¡Tienes cinco minutos para arreglarte y eso incluye la ducha! -ordena Susan, apiadándose de mí o simplemente por el temor de tener que cargar con mi muerte.

No lo pienso dos veces y corro hacia el baño. Abro el grifo, me saco el pijama y me meto bajo el chorro de agua fría. Me quedo quieta tratando de soportarlo hasta que lo logro, ya que es la única forma de despertar por completo.

Después de esa tortura matutina, consigo estar lo suficientemente despierta para enfrentar el día. Me arreglo a toda velocidad y salimos rumbo a la facultad, rogando que mi cerebro decida funcionar antes del examen.

Una vez que cumplo con mi deber de estudiante, salgo del salón para dirigirme al baño. Camino deprisa por los pasillos de la facultad de Derecho; no sería agradable que alguien apareciera y notara mi lamentable estado.

Entro con cautela, asegurándome de estar sola, y doy un suspiro de alivio al no ver a nadie. Me saco los lentes oscuros que me han acompañado toda la mañana y me miro al espejo, descubriendo que mis ojeras llegan hasta el suelo.

Estoy pálida y demacrada, así que busco en mi bolso un pequeño set de maquillaje. Susan me dio diez minutos, no cinco, pero tampoco fueron suficientes para arreglar el desastre que tengo en el rostro.

Aplico corrector debajo de mis ojos y luego un poco de rubor, máscara de pestañas y brillo labial. Tomo mi cabello en una coleta, ya que no tuve tiempo ni de peinarme, y salgo del baño para esperar a mis amigos.

Para mí, el examen ha sido fácil. He escuchado hablar de leyes desde que tengo uso de razón; incluso he pensado que tal vez nací en una corte, pero ese comentario me lo reservo, porque mi madre diría que es de muy baja categoría decir algo así, aunque fuera de broma.

Me recuesto sobre el césped, donde soy libre y mi madre no puede decirme que eso está mal y que para eso existen los asientos.

Aprovecho de tomar sol, pero una sombra me quita el calor que tanto deseaba. Abro los ojos y veo una figura masculina frente a mí. Me incorporo levemente.

-¡Me tapas el sol! -reclamo, evidentemente disgustada, aunque me tranquilizo al reconocer a Dereck, un chico que estudia aquí. Siempre me topo con él; nos coqueteamos, pero nunca pasa de unas simples miradas.

-¿Qué haces ahí? -pregunta, sentándose a mi lado y regalándome una sonrisa de lado.

«Típico de chico coqueto».

-Nada especial, solo me bronceo. ¡Soy práctica! -bromeo.

-Me parece bien. En la vida hay que ser prácticos, Isabelle.

-¡Cathy! -corrijo.

-¿Qué?

Su expresión de desconcierto es comprensible. Obviamente, mi nombre es Isabelle y él no tiene por qué saber que me gusta que me llamen de otra manera.

-Que me digas Cathy, no Isabelle.

La naturalidad de mi respuesta lo hace reír.

-De acuerdo... Cathy -acepta-. ¿Así está bien?

-¡Perfecto!

-Bien, Cathy... suena raro -comenta, rascándose la cabeza-. Mañana por la noche, mi familia inaugurará uno de los tantos establecimientos que posee y me gustaría que fueras conmigo. ¿Qué dices?

-¿De qué tipo de establecimiento se trata?

-Qué loco, no te dije que es un pub.

Abro los ojos en alerta. Me encanta bailar y me encanta este chico. Creo que es una muy buena oportunidad para conocerlo mejor.

-Gracias, acepto la invitación.

-Entonces, ¿paso por ti?

-Hay un detalle. ¿Puedo invitar a mis amigos? Susan y José -digo, arrepintiéndome de inmediato, creyendo que he cometido una desfachatez. Sin embargo, ya no puedo retractarme.

-¡Claro! Pero debes prometerme que compartiremos durante la noche y que te tomarás una copa conmigo.

-¿Solo una? -pregunto, aprovechando de coquetear un poco mientras muerdo mi labio inferior.

-Más de una...

Después de varias miradas provocadoras, quedamos en encontrarnos directamente en el pub, ya que no quise que pasara por mí. Dereck se despide con un beso muy cerca de mis labios y la promesa de una noche inolvidable, lo que provoca un leve suspiro en mí.

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