El día que Doña Elvira Montoya, una matriarca andaluza, apareció en mi casa rural, el aire ya preveía el desastre inminente.
Me exigió casarme con su moribundo hijo, Ricardo, implorando la "Bendición de Vida" de mi linaje. Pero al oír sus palabras, mi mente se quebró y recordé: mi vida anterior. Recordé cómo Ricardo me usó, cómo entregué mi esencia para salvarlo, y cómo él, a cambio, me lo quitó todo: mis gemelos, arrancados violentamente de mi vientre y cruelmente sacrificados, y luego mi propia vida.
Renací con el alma marcada por ese tormento. Mi rotundo "no" desató su furia. Ricardo e Isabela, su amante, se unieron para destruirme, humillándome públicamente. Fui encarcelada, golpeada, y él mismo se aseguró de que nunca más pudiera concebir, en un acto de crueldad inimaginable.
Sumergida en una desesperación que pocos podrían soportar, el dolor y la injusticia ardían en cada fibra de mi ser. ¿Cómo podría escapar de este ciclo interminable de traición y sufrimiento?
Pero esta vez, ya no era la ingenua Alma de antes. Observé a Javier, el matador moribundo, y una idea, fría y brillante, germinó en mí: usar mi don y mi astucia no para sanar un corazón ingrato, sino para forjar mi propio destino y desatar la venganza más dulce.
El día que Doña Elvira Montoya vino a mi casa, el aire de nuestro pueblo andaluz olía a tierra seca y a desastre inminente.
Llegó en un coche negro, tan brillante que parecía una mancha de tinta sobre el paisaje polvoriento.
Se bajó con la espalda recta, una matriarca de hierro cuyo único propósito era la supervivencia de su linaje.
"Mi hijo, Ricardo, se está muriendo", dijo sin rodeos, su voz no admitía réplica. "Nuestra familia sabe de la Bendición de Vida que corre por la sangre de tus mujeres. Te casarás con él. Lo salvarás."
Mi madre y mi abuela temblaban a mi lado, sus rostros una mezcla de miedo y una extraña resignación. Para ellas, era un honor retorcido, un sacrificio necesario.
Pero yo no.
En el momento en que sus palabras golpearon mis oídos, el mundo se desvaneció y un torbellino de recuerdos me ahogó.
Recordé mi vida pasada.
Recordé haber aceptado. Recordé la boda apresurada, la noche en que me entregué a un hombre febril y delirante que apenas podía sostenerme.
Recordé cómo, semanas después, la vida floreció en mi vientre. Gemelos. Y con mi embarazo, la enfermedad de Ricardo retrocedió como por milagro.
Se levantó de su lecho de muerte, fuerte y vibrante.
Pero nunca me miró con amor. Sus ojos solo tenían espacio para Isabela, su amante, la bailaora de flamenco.
Y cuando Isabela, en un acto de despecho, se casó con un delincuente de poca monta y murió en una pelea callejera, toda la ira de Ricardo cayó sobre mí.
"¡Es tu culpa!", me gritó, con el rostro descompuesto por el dolor. "¡Tú y tu brujería la alejaron de mí!"
El día que di a luz a nuestros hijos, dos niños sanos, Ricardo no vino a verme.
Envió a sus hombres.
Me sujetaron mientras yo gritaba. Me abrieron el vientre con un cuchillo de carnicero.
Sacaron a mis bebés, mis pequeños, y se los llevaron.
"El señor dice que los toros de lidia necesitan un festín", dijo uno de los hombres, con la voz vacía.
Luego me arrastraron a una bodega abandonada en la finca Montoya y me encerraron.
Morí de hambre y sed, escuchando los ecos de los mugidos de los toros, imaginando a mis hijos.
Mi familia, acusada de brujería, fue expulsada de sus tierras, condenada a vagar sin hogar.
El torbellino de dolor se detuvo.
Estaba de vuelta. De vuelta al día de la proposición.
Miré a Doña Elvira, a mi familia asustada, y luego me arrodillé en el suelo polvoriento.
"Señora Montoya", dije, con la voz clara y firme, una voz que no sabía que tenía. "Le agradezco su oferta."
"Pero la Bendición de Vida es solo un cuento de viejas. Un rumor del campo."
"Me niego a casarme con su hijo."
El silencio que siguió fue más pesado que la losa de una tumba.
Mi madre soltó un grito ahogado. Doña Elvira me miró fijamente, sus ojos oscuros entrecerrándose, calculando.
Pero antes de que pudiera hablar, una figura alta y delgada apareció en la puerta.
Ricardo.
Estaba más pálido y frágil de lo que recordaba en mis últimos días, apoyado en el marco de la puerta para sostenerse. Pero sus ojos ardían con una inteligencia fría y un odio que reconocí al instante.
"Así que esta es tu nueva estrategia", dijo, su voz un susurro rasposo. "Fingir desinterés para parecer más valiosa."
Me levanté lentamente, sacudiéndome el polvo de las rodillas.
Él también recordaba.
El conocimiento se asentó en mi pecho, frío y pesado. No era solo mi segunda oportunidad. También era la suya.
"Aléjate de mí", le dije, mi voz tan gélida como la suya. "Aléjate de mi familia."
"Y sobre todo", añadí, mirándolo directamente a los ojos, "aléjate de tu preciosa Isabela. No tengo ningún interés en ninguno de vosotros."
Su rostro se contrajo en una mueca de ira.
"No te atrevas a mencionar su nombre, bruja."
Se giró hacia su madre. "Madre, vámonos. Esta mujer es una farsante. No la necesitamos."
Doña Elvira dudó, su mirada yendo de mi rostro resuelto al de su hijo enfermo. Pero el amor por su único heredero, o quizás el miedo a desafiarlo, ganó. Asintió y se marcharon.
Pensé que había terminado. Estaba equivocada.
Al día siguiente, el pueblo era un hervidero de rumores.
Ricardo Montoya, para demostrar su lealtad inquebrantable a Isabela, había contado a todos la historia de una campesina mentirosa que inventó un poder mágico para intentar casarse con él.
Yo.
En la plaza del pueblo, mientras intentaba comprar pan, la gente empezó a susurrar. Los susurros se convirtieron en insultos.
"¡Embustera!"
"¡Cazafortunas!"
Un niño me tiró un tomate podrido que se estrelló contra mi vestido. Pronto, otros le siguieron. Fruta podrida, barro, piedras pequeñas.
Me quedé allí, inmóvil, mientras la humillación llovía sobre mí. Ricardo e Isabela observaban desde el balcón de la casa Montoya, él con una expresión de fría satisfacción, ella con una sonrisa delicada y triunfante.
No lloré. No les daría esa satisfacción.
Simplemente absorbí su odio, lo guardé dentro de mí. Era un combustible diferente al de mi vida pasada. Ya no era amor anhelante, sino una fría y paciente sed de venganza.