El sol se evaporó en la mancha sangrienta de un cielo profundamente afligido. Los pecados de los impíos recorrían las calles como un río de sangre. El resplandor cortaba los tejidos en jirones... Las torres ardían y las casas estallaban con soplidos dorados. La oscuridad se paseaba, exacerbada, por los rincones lamentables. Las almas estaban pérdidas y cada una soñaba, con la liberación. Los demonios escarlatas los atormentaban, sorbiendo su existencia con injurias. El inmenso espectro alado, volaba... preñando la luz con desesperación y devorando las estrellas.
El tiempo de los hombres llegó a su fin... Los dioses lanzaron sus barcazas de incienso sobre la faz de la tierra.
Sir Cedric se pasó una mano áspera por la cara maltrecha. Renunciando a aquellos pensamientos delirantes desbordados en su cabeza.
El reino terrorífico del Homúnculista había sucumbido. Profecías de destrucción... ¿Juramentos rotos? ¿Promesas solemnes? ¿Sueño de Redención?
El pueblo los recibió con una lluvia de flores y gritos de regocijo. Cedric se removió en sus pasos mientras le llovían petunias, tulipanes y capullos con embriagante mezcla de perfumes. Los niños corrían entre sus piernas, saltando y vitoreando. Los bardos cantaban sus ovaciones. Los comerciantes les regalaron manjares. Los nobles se le acercaban estrechando su mano. Pero... Todos miraban su mano mutilada.
Los magicians del Premieré Château, agotados tras el viaje, miraban a todos con su duro semblante. La única que levantaba a los niños y los besaba en las mejillas era Lucca Della Robbia, con la armadura ensangrentada y la capa roja deshecha en hilos. Miackola no dejó de temblar, con los pantalones manchados de orina... Las personas la miraban con curiosidad y... ¿duda? La veintena de magos se mantuvo orgullosa a medida que recorrían aquella calle de losas de piedra. Los carros destartalados de madera chirriante pisoteaban la alfombra colorida... En ella, descansaban, los muertos. Aquellos a los que, bajo su mando, juró proteger... y les falló.
Cuando llegaron a la calle Obscura, todos aclamaron al caballero del Dragón Escarlata lanzando perfumes a sus pies. El grandioso Cedric, hermano menor del Dragón de la Tormenta Sangrienta. Un título que le quedaba demasiado grande.
Bajo el zarrapastroso manto... Cedric Scrammer no se sentía triunfante, ni heroico. La sucesión de horrores que encontraron en lo profundo del Bosque Espinoso... arrastró a los magicians del Premieré Château, a lentas y dolorosas muertes. Presas de criaturas deformes. Homúnculos que vivían en las historias. Sus... protegidos, destrozados. Cerró los ojos.
Unos colmillos molían huesos, arrancando trozos de carne de un cuerpo sin vida. Las tuberías oxidadas soltaban gotas, gotas, gotas... En lo profundo de su cerebro como ácidos. Una puerta crujía al abrirse...
Las botas altas de cuero negro, manchadas con restos de sangre, suciedad... recuerdos. Miraba sin ver, intentando despejar su mente para no llorar. Los suyos tenían aquella expresión de desolación. Hombres y mujeres marcados. Carros agonizantes con restos de personas que alguna vez albergaron sueños. Regresaron en fragmentos...
«El Homúnculista nos despedazó-pensó Cedric... ¿Por qué seguía escuchando aquel goteo?-. Éramos veinte... y solo unos pocos lograron regresar».
El brazo mutilado envuelto en vendas sucias comenzó a dolerle, se mantuvo inexpresivo. Las ovaciones continuaron, siempre sonrisas y saludos cordiales. Personas que lloraban por los desaparecidos. Personas que temían por sus hijos. En su cráneo solo existía silencio... Gruñidos... Un prominente olor a frutos podridos que se impregnó debajo de su piel. Fugas de agua. Un silencio donde enterrar los pensamientos. Seres deformes... Ir a aquella misión fue su perdición. Pero no podía darle vida a los muertos... Solo darle sentido a sus recuerdos. Unos ojos dorados le escudriñaban desde la oscuridad.
La capa roja que el caballero del Dragón Escarlata, lucía con orgullo... se había desgarrado y decolorado. El arcángel Lucifer del Premieré Château, era un zarzal de hilos dorados. Cedric llevaba diez años como el señor del Château más importante de la Sociedad de Magos de la isla.
El castillo era una magnífica construcción de seis torres con muralla alta, junto a una afluencia del río Aguamiel. La leyenda del castillo contaba que, antiguamente, era el torreón de la familia Wesen. Se convirtió en la base de operaciones de Sam Wesen durante el Invierno Terrible provocado por Anastasio el Mago del Frío. La isla de convirtió en un glaciar congelado durante cinco años...
Las torres de construyeron para albergar a los magos errantes liderados por los Wesen. El primer castillo ocupado por magicians fieles a un juramento contra los magos negros que poblaban, con ruindad, en aquella edad oscura. Pero el castillo fue confiscado por el rey Julián Sisley durante el segundo levantamiento de los Wesen y los Scrammer. Sus corredores tapizados con los colores, blanco y rojo, de los Wesen parecían no haber envejecido... Cierta belleza fantasmal se reflejaba en los cuadros ominosos de criaturas fantásticas y la desnudes femenina. Había todo un salón relleno de lienzos en blanco y obras a medio terminar, debió ser un pintor muy guarro porque lo único que retrataba eran... imágenes subidas de tono al óleo. De niño le gustaba mucho dibujar al carboncillo, pero su hermano lo convenció de estudiar Misticismo para sucederlo como señor del Château. Los blasones del dragón blanco refulgían en las cortinas, tan limpios como cuando se bordaron. Pero el lugar favorito de Cedric era la biblioteca, un rincón apartado en la torre central con conocimientos sorprendentes. Historias impresionantes de las proezas de los primeros magicians y pergaminos de Proyecciones que habían colisionado con el tiempo a través de las ramas en las que se desglosó el Misticismo Ortodoxo.
La columna dobló la calle, seguida por la multitud, a través de la adoquinada calle Obscura... frente a una biblioteca antigua con un enorme ventanal circular. Desfilaron por la calle real, rumbo al castillo del rey Sisley. Que se divisaba a lo lejos como un gigante de piedra dormido, con picos azulados excavados por hombres. El dolor en el brazo se había vuelto insoportable, sentía pinchazos con cada paso. Los dedos entumecidos le ardían tanto que le era imposible moverlos. Delaila le habría cerrado las heridas en un parpadeo. Había sido su más cercana amiga, durante su complicada juventud en el Jardin de Etoiles. Se dedicaba a una especie de rama virgen llamada Misticismo Corporal. En el departamento de Investigación estuvieron muy interesados en su investigación. Pero un día, desmesuradamente... Delaila desapareció del instituto, y su trabajo fue clasificado en el departamento de Preservación como abyecto por ir en contra de la filosofía de la sociedad.
-Observa-Delaila tenía una larga cabellera marrón con un broche de latón con forma de serpiente. El emblema de los Curie-. El estudio de la inversión-Cedric se había quemado un dedo mientras practicaba sus evocaciones. Con resultados volátiles... Al parecer tenía un flujo energético impredecible y su influencia perdía la estabilidad con facilidad. La varita de nogal le hizo cosquillas en la quemadura-. Las heridas pueden cerrarse. El tejido puede ser influenciado por la esencia.
La varita de Delaila Curie recorrió la quemadura limpia y... se convirtió en una mancha oscura. La piel ya no ardía, ni tenía ampollas... Era como si, su herida se hubiera invertido. Lamentablemente, nunca volvió a saber más de ella. Salvo que se casó con un cristalero y se fue a vivir al Paraje, al otro lado de la isla.
Una tubería goteaba en algún lugar de su mente...
No siempre había querido ser un mago. Desde pequeño tenía un don para el dibujo, hacía retratos de sus padres con carbones. Pero... tenía una cierta peculiaridad que lo distanciaba de otros niños: podía beber agua hirviendo, ver perfectamente en la oscuridad, oler mucho mejor que cualquier otro y... a veces sus manos quemaban papeles al tacto. También tenía una temperatura anormal... Su cuerpo siempre estaba febril, aunque se sintiera bien. Lo obligaron a cursar Fundamentos del Misticismo y le encantó. Las historias de héroes que se enfrentaban a monstruos lo fascinaban... Quería ser un magician de renombre como su hermano. Los profesores se sorprendían por su afinidad con la Evocación Elemental de Combustión Energética. Se inclinó por aquella rama y desarrolló sus habilidades para hacerse un puesto en el Premieré Château junto a su hermano.
Cedric tenía el cabello castaño rojizo, muy espeso y desaliñado. El día anterior se había afeitado la barba para mostrarse «presentable». Al verse en el espejo de bronce pulido, no reconoció al espectro demacrado y huesudo que se burlaba de él con los ojos color rubí, inundados de melancolía. Caminaron un eterno tramo ensombrecido mientras un millar de rostros los acusaban. Buscaban desesperados a los suyos... a los que desaparecieron bajo su mando.
Alguien tiró de su capa.
-Sir-era una joven de caballo castaño y ojos tristes, sus manos temblaban, algo brillaba en ellas. Un anillo dorado-. ¿D-donde...?
La hizo a un lado y siguió de largo. Eran más problemas de los que podía afrontar. Se detuvo, giró sobre su eje y ella lo miró, con los ojos enrojecidos. Por supuesto, él había dicho que se iba a casar cuando regresara.
-¿Dónde está?-La voz de la mujer se quebró.
-¿Quién?
-Es la esposa de Saturno-Escuchó la voz de Mia a su espalda.
George Bramante se detuvo a su lado, sombrío. Mia ni siquiera pudo mirarla. Lucca le dio una palmada en el hombro a Cedric. Hasta que Pietro Brunelleschi se detuvo negando con la cabeza, ante ella. Cedric se atrevió a hablar...
-No quedó nada de él. -Fue todo lo que pudo decir... La mujer se echó a llorar, cayó de rodillas sobre la alfombra de flores muertas.
Cedric recordó aquella habitación oscura. El duende, mitad hombre, mitad caribú... Había arrancado a Saturno de la habitación a través de unos conductos. Siguieron sus gritos a través de un amplio túnel. Las bifurcaciones de aquel laberinto llegaban hasta las entrañas de la tierra. Parecían excarvadas por gusanos gigantescos. Las criaturas que poblaban allí eran los moldes, donde el Homunculista vertió piezas de distintos animales para crear abominaciones. En aquel laboratorio abundaba un silencio sepulcral. Las ratas habían sido diezmadas por ellos. Estaban hambrientos... Las habitaciones de aquella misteriosa construcción estaban repletas de hallazgos indescifrables. Tanques anaranjados con especímenes desconocidas conservados en líquidos. Colecciones de órganos extirpados. Cerebros de todos los tamaños. Escritos en pieles humanas.
Todo un santuario construido hace mucho para albergar a magos negros y alquimistas locos. El laboratorio tenía ramificaciones unidas a las cavernas y túneles que recorrían la isla. Entradas y salidas misteriosas.
Cuando Cedric entró junto a Pietro, Miackola y Jean a una extraña cámara sin cerradura. Solo se escuchaba la fuga de una vieja tubería de agua... Los grilletes rotos y al duende masticando las costillas de Saturno. Aquellos ojos dorados brillaban con acuosa perversidad.
-Sir-repetía Miackola, con la varita temblorosa y el rostro pálido.
Cedric estaba abstraído. Una voz lo llamaba... Ver a aquel demonio devorar con gula los restos desmembrados de su amigo y aprendiz, al bueno de Saturno.... Era simplemente impensable. Saturno era un tipo tan alegre que cualquier diría que era eterno. Se había reducido a un montón de carne y huesos masticables. ¿Eso eran las personas... alimento para el resto de las criaturas?
Las varitas estaban dispuestas contra el duende, sus puntas finas destellaban. Pero sir Cedric no podía dejar de ver aquellos colmillos largos y finos. La carne se abría, sangraba, se desgarraba y desprendía. La rabia calentaba su cabeza... quería matar, quemar, hacer sufrir a esa cosa.
-Una casa estalla en llamas a mitad de la noche-vociferó la Imagen Elemental porque no podía centrarse. La esencia chisporroteó en su pecho, vibrando con un calor húmedo en su cuerpo y saliendo de sus manos como una corriente desconocida. Espiro un aroma a canela.
El zarcillos de fuego rojo brotó como un manantial de destrucción, consumiendo al duende en una fiera evocación. La habitación entera se incendió con un resplandor de calor que le recto por la piel, atravesando sus ropas con un estallido. Aquel fuego creció, avivado por la rabia, recorriendo los intrincados corredores y envolviendo las cámaras con su presencia.
Jean era el rastreador del grupo. Un magician con un desarrollado rasgo instintivo para detectar la esencia de las personas. El laboratorio ardía con desasosiego cuando encontraron al Homúnculista, un alquimista joven vestido de negro con el cabello rubio sucio y los ojos dorados. El hombre sopló una flauta y un homunculo más alto Cedric saltó a él, vomitando una espuma verdusca con olor a vinagre.
Cedric se cubrió el rostro con la mano... Pero un ardor rojo lo estremeció, su brazo diestro humeaba siendo corroído por la sinuosa sustancia de la criatura. La piel enrojecida colgaba hecha jirones y un dolor palpitante le atenazaba el brazo. Se le entumeció la mitad del cuerpo.
Sus magicians fusilaron a aquella criatura con sus proyecciones. Lucca lo arrastró lejos, cubriéndolo con su armadura y espada. Cedric se retorcía por el dolor, quería cortarse la mano mientras aquel ardor sulfuroso penetraba en su piel... Destruyéndolo por dentro. Las bestias se lanzaron a ellos, babeando por carroña... Mia temblaba, se había orinado del susto. George mantenía un reflejo mientras Jean, Pierre, Pietro, Lucca y Juliana no se dejaban acobardar. Sus varitas, orgullosas, seguían liberando dosis de esencia a pesar de que el cansancio los fatigue. Sus magicians iban a morir despedazados en aquella cámara de gritos y disparos. Un oso cubierto de carne desnuda le arrancó la cabeza a Juliana...
Sir Cedric dejó de respirar en aquel momento. Con Mia temblando a su lado y sus magicians bañados en sudor y desesperación...
«Un leño se parte en una hoguera». La Imagen Elemental silbó en su imaginación, alimentada por el miedo que sentía... Deseoso de que su inestabilidad fuera mayor que nunca. Su esencia vibró en su interior, enervando cada vía sanguínea de su cuerpo con un caudal de energía.
La mano corroída por ácido se encendió en un fuego dorado. El olor a carbón encendido inundó sus fosas nasales... Las llamas brillantes lamían sus brazo entero. Cedric lanzó aquellas flamas sin forma... rugientes. Contra la multitud de homúnculos monstruosos. El ardor le traspasaba la piel, calcinando sus huesos. Las lágrimas le saltaron de los ojos con un grito de batalla. Los magicians se echaron a sus pies, contemplando con los ojos acuitados como los terrores eran destruidos por la luz. Una luz purificadora abrasaba aquellas carnes impías Cedric extendió aquel furor catastrófico hasta el Homúnculista... que desapareció en una nube de fulgor. La esencia en su interior se consumió como una chispa.
Cuando despertó de su letargo, estaba en la superficie... Sus jóvenes pupilos lo llevaron lejos de aquel laboratorio. De su brazo quedaban restos chamuscado de piel y músculo. Dolía terriblemente y las fiebres recurrentes lo hacían maldecir su existencia. Pero seguía vivo... Había salvado a algunos pocos de los suyos. El Homúnculista estaba muerto y sus criaturas no tardarían en seguir su ejemplo. Tardaron poco tiempo en regresar... Sir Cedric estaba planeando en retirarse de la Sociedad de Magos y volverse el representante de la calle Obscura. Un rol que su padre le quería abdicar hace mucho tiempo. Y ahora... tenía motivos para renunciar al cargo de magicians y volverse un consejero del rey Joel Sisley.
A lo largo de la calle Obscura se exhibían los preparativos para el festival de la Luna: carpas multicolores, los puestos llenos de comida humeante, licores, libros, joyas, adivinos y los magos callejeros. El año estaba a punto de terminar, habían vivido un largo y fructífero verano y ahora se auguraba un sombrío otoño. Cedric quería celebrarlo en Puente Blanco, en su gran casa junto al Templo de las Gracias, junto a su esposa y sus hijas. La mayor estaba cursando el último año de Fundamentos y se uniría a un departamento o un Château. Quería persuadirla de dedicarse al estudio de una rama... antes de unirse a la guarnición de un castillo. Las quería abrazar... quería volver casa... Leerles historias, bailar con su bella esposa que en los últimos años se había vuelto un poco regordeta... Ver a las niñas crecer, enseñarles a ser felices. Quería arrancarse el manto del caballero heroico y volver a ser un padre y un marido. Quería ser un hombre simple, con defectos, imperfectamente feliz y sin embargo, tranquilo.
«Tu vida escapará de entre tus manos...» recordó aquellas palabras. Aquella profecía que nunca se cumplió.
Todos estaban callados, inmersos en sus más declinantes pensamientos... No podía dejar las cosas así, ningún sacrificio es en vano cuando se consigue un cambio.
Levantó el puño y gritó con todas sus fuerzas que lo habían conseguido. Todos gritaron de júbilo y la calle se llenó de emoción. Se sintió revitalizado y levantó el brazo herido con una mueca de dolor. Sus magicians al verlo sonreír, levantaron la moral. Lucca y Mia se abrazaron y los muchachos intercambiaron sonrisas sinceras. Todos amaban al caballero sir Cedric y Cedric amaba al reino que lo admiraba. Aunque su deber pertenecía a la Sociedad de Magos, su voto pertenecía al reino. Juró proteger a todos de los adeptos del caoísmo, una tarde al pie del Premieré Château, juramentado por hermano mayor.
Un mago callejero resopló una nube de fuegos azules que se convirtió en un búho del tamaño de un niño. Otro escupió un río de fuego verde, las llamas rasparon las losas del suelo y una serpiente reluciente se alzó al cielo. El búho voló en torno a ella, enseñando las garras y batallaron... Trazando círculos e hiriendo mutuamente sus cuerpos efervescentes. El ave de fuego se llevó volando a la serpiente en una encrucijada de chispas y ambos estallaron soltando un mar de fuegos artificiales que se deshicieron antes de tocar el suelo. Los aplausos estallaron sin pensar. Lucca era amante de los fuegos artificiales.
Cedric se pasó una mano por el pelo rojizo, encanecido por los años. Un caballo se acercó al trote desde el final de la calle, era un palafrén bayo. Desde la montura, se mostraba, señorial... el regente de Pozo Obscuro y representante de los alquimistas. Lord Friedrich Verrochio lo saludó, su impecable capa negra parecía tejida con hilos de oscuridad. Llevaba las riendas en una mano enguantada. Había algo extraño en aquella mano, era rígida y sus movimientos lentos... Era la mano de oricalco. La que había perdido hace mucho tiempo en un accidente.
-Un gusto tenerlos de regreso, Sir-sus fríos ojos azules se dirigieron a su brazo escayolado. Tenía un rostro duro, ceñudo, pómulos altos y mandíbula firme. Su cabello era una melena dorada-. Permítame escoltarlo al Château du Coupe. Donde el rey lo espera.
-Un gusto, Lord Verrochio -Saludó Cedric, con falso aprecio.
Decían que desde la muerte de su esposa. Lord Verrochio no volvió a ser el mismo; si es que alguna vez fue alguien. Era un hombre sin personalidad, ausente. Tenía una hija, pero al parecer la culpaba por el hecho de arrebatarle a su esposa. Era un perro del castillo. A Cedric nunca le pareció confiable y prefería evitarlo. Pero había escuchado extraños rumores mientras su guarnición se acercaba a Valle del Rey por el Bosque Espinoso.
-¿Cómo estuvo su viaje de regreso? -Preguntó. Aquellos ojos brillantes parecían escudriñar en lo profundo de su alma.
-He escuchado rumores, Lord-replicó con tono interrogativo. Quería escuchar lo que Verrochio tenía para decir.
-Los rumores son solo eso: rumores - le cortó de forma áspera. Por el tono en que exponía las cosas, algo ocultaba.
-Sí-reiteró-, pero he escuchado sobre un nuevo siervo que acogió el rey Joel, que sus consejos son como mandados. Es una figura extraña que se comenta en el pueblo. Pero no es solo eso, Friedrich... tiene miedo en el sur. Hubo una plaga que destruyó muchas granjas. Los campesinos pasan mucha hambre. Se pelean por saber quién arruinó su cosecha. El verano llegó a su fin... Si la situación continúa de esta forma, una revuelta podría desatarse. La Sociedad de Magos no tiene permitido inmiscuirse en los conflictos políticos del reino, pero... No puedo quedarme sentado mientras las personas se matan por saber quién envenenó su agua.
-Sir-lo interrumpió-. Estoy al tanto de los problemas en el sur. Soy el regente de aquella tierra. Sí, existen problemas. Siempre han existido, si me pongo a escuchar todos los problemas que ocurren. Ya me hubiera arrancado las orejas. Son personas conflictivas que llevan disputas por tierras hace décadas. Me temo que está exagerando el problema.
Cedric prefirió guardar silencio Tuvo que apurar la marcha, porque Verrochio hacía avanzar su caballo aprisa. El espléndido animal andaba inmaculado con la silla cubierta de satén. Pero no se tranquilizó con la palabreja del hombre rubio. Los rumores contaban sobre la muerte del rey Joel a sus doscientos sesenta años, y una figura misteriosa que...
-Señor-replicó Cedric, exasperado-. Escuché rumores sobre la extraña plaga que ha liquidado todos los cultivos desde Pozo Obscuro hasta nuestras tierras. Eso es mayor que cualquier plaga en cien años. Todo comenzó desde aquel terremoto hace poco... Es algo impensable. Pero los granjeros hablan de... Bueno, no sé si creerles. Escuché sobre... gusanos.
-¿Gusanos?-Lord Verrochio parecía divertido. Sus ojos soltaron destellos purpúreos.
-No hablaban de gusanos pequeños, Friedrich. Grandes, como troncos. Dejaban agujeros del tamaño de pozos, y traían hongos consigo. Los viajeros los vieron saliendo de la tierra con el temblor. Recuerdo que hizo mucho calor este verano. Demasiado. Los veranos son calurosos, pero este fue sin duda uno de los más cálidos que he vivido. Y en el sur... La tierra se echó a perder y las personas están enfermando. Como regente usted...
-Estoy ocupado-rectificó-. Durante ochocientos años hemos celebrado el festival de la Luna. Los astrólogos han anunciado que este año ocurrirá un fenómeno hermoso. La interrupción de esta antigua tradición significaría el disgusto del pueblo, y de la diosa Diana, que nos cuida desde la oscuridad. Vea a su alrededor, Sir... creé que puede detener a estas personas. ¡Hágalo!
Cedric miró a todas aquellas personas ansiosas, quizás no sería buena idea quitarles su ilusión. La última semana fue tortuosa, estaba cansado. Debía hablar con el rey en persona. Friedrich solo seguiría divirtiéndose a costa de sus malentendidos.
Lord Verrochio se adelantó al trote dejando la columna atrás.
El rey Joel reinaba desde hacía muchísimo tiempo en la isla. La Sociedad de Magos, era un instituto independiente del reino. No debían involucrarse en ningún conflicto. Era un sacrificio de imparcialidad con tal de preservar el conocimiento Místico de la isla. Los Echevarría podían observar como una guerra arrastraba cientos de vidas hasta el foso... pero tenían prohibido apoyar cualquier causa. En cambio, el rey podía solicitar apoyo de los Château que juraron resguardar la isla. Cedric fue profesor de Evocación en el Jardin de Etoiles durante tres años, realizó plazas en el Premieré Château de joven y reemplazo a su hermano Seth como castellano del Château. Tenía muchos allegados en la institución. Personas que confiaban en su juicio y aceptarían, sin incordiar, sus propuestas radicales.
Le Château du Coupe era un magnífico conjunto de torres altas de piedra azulada, rodeadas de murallas grises. Cuando pasaran bajo el rastrillo de hierro, vieron el patio desolado. El castillo estaba vacío. Solo unos pocos criados llevando agua en barriles o limpiando.
-Algo raro pasa-le confesó Jean con el rostro ceniciento. El lugar estaba envuelto en sombras. El rastreador levantó la nariz, captando aromas que para los demás eran desapercibidos. Era capaz de estirar sus sentidos hasta escuchar el ruido de las hojas al deslizarse en la brisa o... aromas realmente imperceptibles-. Las paredes huelen a cinabrio. Es como si...
-Silencio-le ordenó Cedric. Estaba preocupado, pero debía mantener la compostura... así viera el mundo desmoronarse bajo sus pies.
La sala del trono estaba desolada. Las largas bancas de madera pulida eran arropadas por una fina película de polvo. Lord Verrochio esperaba frente al trono desocupado, parecía la estatua de un dios indigno. A su lado, permanecía un alquimista pelirrojo de capa negra y ojos brillantes, sanguinolentos, casi sangre. También estaban otras presencias menos importantes sentadas en taburetes amueblados cerca del trono.
-Sir Cedric -proclamó sir Erich, el jefe de la Guardia de la Ciudad.
Los magicians los llamaban: los perros morados. Los guardias eran como perros hambrientos, obedecían cualquier piltrafa por un poco de dinero... Llevando siempre una capa morada, imitando la pulcritud del uniforme de los magicians.
Erich era un hombre de grandes dimensiones, calvo y de papada prominente. Su aliento siempre hedía a borracho. Se la pasaba bebiendo y sus gestos eran agresivos.
Al lado de sir Borracho, estaba el Grand Maître Chett... más enfermizo y encorvado de lo que lo recordaba. Ni siquiera levantó la cabeza tambaleante para verlo. Sir Cedric tomó uno de los taburetes, sacudió el polvo y se sentó ante el trono, mientras sus magicians esperaban en los bancos polvorientos. Las enormes cortinas rojas apenas dejaban entrar luz por los descuidados ventanales. El brazo le ardía en un calor sofocante.
-¿Dónde está Lord Milne? -Lanzó la pregunta al aire.
Lord Verrochio le lanzó una mirada dubitativa con la manos ocultas en su espalda.
-El noble de la calle Mercure está gravemente enfermo, repentinamente su estómago colapsó y los guérisseurs lo tienen aislado-Lord Milne era un importante noble, representante de la calle más grande de la ciudad y el mercader más rico de toda Gobaith.
El anciano guérisseur no hacía más que mover la mandíbula de arriba abajo, intentando decirle algo... Tenía los ojos estúpidos, parecía asustado. Cedric lo señaló...
-El Grand Maître Chett ha servido a la dinastía Sisley, durante generaciones, es el doble de viejo que el rey Joel -le respondió Lord Verrochio en tono cortante, frío como el acero-. El elixir de Cinabrio tiene sus limitaciones. Chett parece llegar al suyo, el pobre anciano lleva días delirando. Se alegró con la noticia de su regreso... pero como ve, apenas tiene conciencia.
Aun así, cualquiera que hubiera visto al Maître Chett antes de que Cedric partiera. Hubiera pensado que,, al menos, le quedaban unos cien años más. El elixir del rector Comodoro no detenía el envejecimiento, pero detiene sus efectos a cambio de perder la capacidad de procrear.
Entre toses, llegó un frágil rey apoyado en un hombre de bastante edad, envuelto en una túnica gris. El rey Joel vestía una prenda muy fina de blanco y morado. La pesada corona de oro y piedras preciosas parecía hendirle en la arrugada piel de la frente. Esa forma desgarbada de caminar, esos gestos taimados casi nobles.... Jean lo miraba extrañado.
Cedric cerró el puño bajo la capa deshilachada, sentía que algo afloraba y apretó las muelas.
-El reino alaba vuestro regreso-corroboró Lord Verrochio. El joven junto a él lo miraba con gesto hosco, parecía divertido-. El magistral regreso del magician de mayor renombre es todo un hito en la ciudadela. El rey solicitó verlo antes de que se presentará ante la Sociedad de Magos-Se dirigió al rey Joel.
-No fue nada placentero -anunció Cedric cortando a Verrochio. No le gustaba que alguien, que no era él, cantará sus hazañas, y mucho menos Lord Verrochio-. Éramos toda la guarnición. Partimos hace una semana días... Una veintena de los magicians más habilidosos en nombre del rey y la Sociedad de Magos por igual.
»Todo el pueblo fue a despedirnos. Nos llovieron perfumes, ofrendas, bendiciones. Por los dioses... El Bosque Espinoso parecía maldito. No veíamos ni a los lémures en los árboles. Las aberraciones que vivimos. Las cosas que vimos... Las cosas que perdimos. No estoy seguro de que los que regresaron sigan cuerdos.
Los magicians del Premieré Château escuchaban impasibles, aún no habían regresado, pero estaban allí. Las manos huesudas del Maître Chett temblaban.
-Teníamos que atender el llamado-confesó Friedrich-. Cuando las personas empezaron a desaparecer en los alrededores del Bosque Espinoso.
-No hicimos nada -ladró Cedric. «No se sabe cuántos murieron de forma horrible o fueron raptados por aquel loco». Aquel hombre de túnica gris lo miraba de manera pétrea-. Nos demoramos más de dos años en hacer valer la autoridad de la Sociedad de Magos. Los magos negros se movieron astutamente, en las sombras, escaparon de nosotros. Ese alquimista loco fue solo uno de ellos. Una pieza del pináculo.
-Cumplió bien su encomienda, Sir-lo apremió aquel hombre gris de sonrisa cruel y ojos... sus ojos estaban abnegados de oscuridad.
-Lord Beret habla con la voluntad del rey- proclamó Joel como un autómata, con su voz rasposa.
-¿Lord Beret? -Cedric no sopesaba las palabras.
-El rey Joel enfermó de gravedad los últimos días-Lord Verrochio lanzaba destellos desde sus profundos ojos azules-. Lord Beret. Un menospreciado alquimista, salvó a nuestro rey de la muerte. El rey Joel le otorgó el título y lo acogió como consejero.
Lord Beret le sonrió, taimado...
-Todos han escuchado las proezas de sir Cedric. Su hermano también fue un gran magician-dijo. Su voz era melancólica, como si hubiera estado llorando.
«Es un gran magician». Seth seguía vivo. Lisiado, pero no olvidado. Desde la caída que casi le arrebató la vida, todo el mundo dejó de hablar de él... como si llevase años muerto. Se preguntaba si después que se retirase, seguirían recordandole como un caballero servidor.
El rey Joel sonrió con una boca arrugada, cruel y desdentada. Por un momento, pensó en todo el sufrimiento que caía en manos de aquella persona vieja y triste. Resultaba aterrador que todo ese poder estuviera en manos de un débil cascarón. Alguien tan simple. Tan manipulable. Aquello... olía a mercurio.
-Alabo su victoria contra el Homúnculista-carraspeó. Lord Beret sonreía y se frotaba las manos con nerviosismo, le resultaba grotesca aquella sonrisa blanca y congelada-. Esta isla... puede disfrutar de la fiesta de la Luna en paz..., gracias a vosotros. Cedric, yo...
El rey Joel levantó una mano. La reunión real quedó interrumpida cuando el anciano sufrió un acceso de tos. Su rostro se puso morado mientras se ahogaba y Lord Beret tuvo que llevárselo del brazo. Todos guardaron silencio.
-¿Qué ocurre?
-Es su salud-Friedrich miró el techo alto-. Se ha deteriorado demasiado. Es un hombre muy viejo. El elixir que lo mantiene con vida está dejando de funcionar. Le queda poco tiempo...
-¿Cuánto?-Cedric se mordió la mejilla.
-Días... Meses... Es el último de los Sisley. Sin él, lo único que puede subsistir es un levantamiento. Los Daumier ansían el poder. Al igual que los Wesen y los Scrammer en su tiempo. Usted sabe quién es Beret.
-Sí, lo sé-hablaban en susurros. El aroma a cadáver lo revelaba-. Pero... Lo mejor sería dejar las cosas a su curso. Esto solo es prolongar la tormenta que en cualquier momento azotará la isla. Cuando los Sisley finalmente hayan desaparecido de la isla. Nosotros... nos mataremos por el trono.
Lord Verrochio escuchó, curioso, lo que había ocurrido en el laboratorio oculto. Los despidió con solemnidad.
Ninguno habló, hasta que salieron a la calle Obscura, y caminaron como muertos vivientes. El sol del final del verano les lamía las capas sucias.
-¿Qué ha pasado? -Vociferó George Bramante, cabizbajo, a sus espaldas-. ¿Ese era un...?
-Hemos perdido el reino -escuchó decir a Jean, entristecido por su propia respuesta-. Yo quería casarme y tener hijos... ahora, solo quiero estar bajo tierra.
La columna se fue desmembrando. Estaba bien que se marcharán, tenían que alejarse de este nuevo reinado caótico. Jean se fue sin avisar. George se retiró a su casa. Miackola le regaló una sonrisa lastimera y un abrazo. Finalmente quedó Lucca, que aspiraba a caballero y Cedric. Recordaba el día que ella le rogó ser una magician, era solo una niña pero se esforzó más que nadie. De todas era la única que usaba armadura, la más débil, pero también la que más temeraria.
-Me iré a Pozo Obscuro -le dijo la joven risueña, aunque marchita. Su cabello dorado lanzaba destellos de sol mientras la brisa calurosa lo agitaba-. No sé cuándo volveré. Pero usted también debe ir ante el Instituto. Por favor, aléjese de la ciudadela. Usted merece tener una vida tranquila junto a su familia. Con gusto, yo cargaré con su responsabilidad.
Cedric dejó escapar una carcajada.
-Eres muy astuta, niñita.
-¿Por qué?-La mujer enrojeció.
-¿Creíste que te iba a dejar el puesto de castellano?
-Yo...
Bajó la mirada, roja como el atardecer. Cedric le puso una mano en la cabeza, era mucho más alto que ella. Era más alto que casi todos en la isla.
-Pensé en quien sería la más indicada. Pensé en Mia, en primer lugar como la más indicada. Pero... tú eres la más valiente de todas las personas que he conocido. Te quiero mucho, Lucca. Nunca lo olvides.
-Juro que cumpliré mi deber, señor.
Lucca le robó un beso húmedo en la mejilla. Sus ojos verdes perdieron un poco su brillo. Lo último que recordó de ella fue un gastado perfume de ozono... al alejarse. Cedric la había acogido, pesé a sus escasas facultades para la proyección de la quintaesencia. Ahora, ya nada de eso importaba.
-Quizás sea la última vez que nos veamos-murmuró para si mismo. No le gustaba despedirse. Lo que estaba a punto de hacer era por el bien del reino-... Si fallo, una horrible sombra de muerte oscurecerá la isla.
El agua escapaba en forma de gotas, de una fuga. Algo roto en algún lugar de su mente.
La casa de los Scrammer estaba erigida en la calle Mercure junto al mercado. Era una gran fachada de grandes ventanales con un techo salpicado de terracota. Allí se había refugiado si familia durante las persecuciones. En esos tiempos, ser un Scrammer era pecaminoso. Llegar la sangre de los dragones era símbolo de impureza. Muchos de sus familias fueron asesinados antes de que los Echevarría constituyeran un renacimiento para el Misticismo. Uno de los sirvientes o esperaba en la entrada. Lo llevó bajo unos arcos de piedra hasta un patio muy cuidado con estatuas de formas salvajes. Las mejores flores eran las del final del verano... porque durante el frío uno las extrañaba.
Sintió un escalofrió extendiéndose por sus entrañas. Los señores Scrammer estaban almorzando en una alargada mesa de caoba. Tenían una bandeja de plata con forma de dragón y en ella, un cochinillo con una pera en la boca. Lord Inferno Scrammer levantó los ojos rojizos cuando lo vio, tenía los labios manchados de grasa. Se levantó y fue a recibir a su hijo con un abrazo. Era unos dedos más alto que Cedric y mucho más grueso; y eso que Cedric era un gigante de casi dos varas.
-Te estábamos esperando, Cedric -su voz era un matiz de calidez. Lord Inferno tenía profundas arrugas en el rostro duro, los ojos rojizos, pequeños, la barba roja salpicada de blanco y el cabello que empezaba a escasear.
Aun así, apretó a Cedric con tanta fuerza como para arrancar un árbol con todo y raíces-. Todos hablan de ti- bajó la mirada a las vendas que envolvían y sostenían lo que quedaba de su brazo-. Hijo...
-Esto -Cedric levantó el brazo escayolado disimulando una mueca -. Hacía mucho frío y no había leña, así que me encendí el brazo.
Lord Scrammer soltó una sonora carcajada que bien hubiera espantado a todos los pájaros de la calle Mercure.
-Anda a besar a tu madre -proclamó dándole palmadas en la espalda-. Desde que te fuiste detrás de ese loco, no ha dejado de preocuparse.
Lady Roselle se llevó un trozo de panceta a la boca. Era muy callada y educada, pero no pudo disimular la risa de niñita. Era una autentica Scrammer: el cabello castaño rojizo brillante, los ojos fugaces, místicos, y el rostro atractivo. Ambos eran primos. Casados por sus padres desde jóvenes por los tiempos peligrosos que corrían. En su sangre, latía el poder de los antiguos dragones, que antes de desaparecer, tomaron forma humana. Según las leyendas, los dragones llegaron del cielo engendrando descendientes que poblaron la tierra y se enfrentaron a los primeros hombres en el Antiguo Continente.
-Cedric -lo llamó su madre-, siéntate con nosotros.
Cedric le regaló una sonrisa a su madre. El cerdo cortado se apreciaba deliciosos, con un aromático olor y guarniciones suaves regadas con vino costoso. No tenía mucho apetito. Además, estaba muy cansado y la ropa sucia le pesaba. Aún así...
-¿Cómo esta él?-Preguntó Cedric. Su madre apretó los labios formando una línea fina.
-Desde que te fuiste ha perdido mucho color, creí que había mejorado desde lo ocurrido. Pero aún le cuesta sanar. Verte le ayudará, no sabe cuánto te quiere y cuánto le haces falta.
-Iré a verlo.
Lo encontró bajo la luz amarillenta e implacable del sol, demacrado y melancólico. La silla donde estaba condenado a pasar sus días, tenía dos grandes ruedas de carro, madera fina y dura. Desde el balcón se veía toda la calle Mercure y el mercado, adornada de colores vivos. Las personas se paseaban entusiasmadas por el festival. Habían limpiado la estatua del Héroe Rojo en la calle Obscura y la biblioteca del gran ventanal redondo había cerrado temprano. Todas las calles que se alcanzaban a ver desde el balcón estaban llenas de vida y color.
-Hice subir este barril cuando escuché que volviste-explicó Seth Scrammer. El barril de roble reposaba junto a un banco-. Cerveza de piña, como cuando éramos niños -sonrió, cansado. Clavó los ojos en el brazo envuelto en vendas.
-Ya no duele -advirtió Cedric con un titubeo-. Vaya par de hermanos somos: un tullido y un manco. Nuestros padres deben estar orgullosos.
Seth sirvió cerveza en una taza de madera, y luego le tendió otra a Cedric. El sabor de la piña fermentada le recordaba días ajenos en donde su hermano caminaba. Pero el anterior castellano se había roto la espalda de una gran caída. Los guérisseurs intentaron sanar sus piernas, pero nunca se recuperó. Nunca regresó a ser el mismo... Se había perdido a él mismo.
-Dejar de caminar fue perjudicial para mi influencia en la Sociedad de Magos- Seth bebió un largo trago-. Sir Cedric, el Dragón Escarlata... está en la boca de todos los habitantes del reino. Se preocupan por ti... En cierto modo, te aman-Señaló su brazo herido con la jarra-. Deberías de tener más cuidado. La familia Scrammer ha pasado por mucho... Somos miembros del Instituto y debemos ser imparciales, pero también somos ciudadanos de la isla. La oscuridad acecha. Y cuando las tinieblas gobiernen aquellas almas condenadas mostrarán sus intenciones. Hablo de los demonios ocultos en las masas. Necesitamos una fuente de luz. Tú serías el rey que todos sigan.
Cedric tomó un sorbo. La boca se le llenó de un sabor frutal, dulce y embriagador. Aún estaba frío.
-Si este brazo es tan importante para mi imagen, me lo mandaré a cortar y me haré una mano de oricalco como nuestro querido Lord Verrochio.
Seth sonrió... Hace muchos años que Cedric no lo veía sonreír de esa forma.
-Todo ha cambiado -soltó con un deje de aflicción. Seth tenía el rostro apagado y los ojos rojizos hipnotizados de un temor casi ciego-. El supuesto rey al que juramos defender se ha rodeado de influencias peligrosas. Se ha liberado un mal en las profundidades de la tierra. Por siglos, hemos vivido en esta isla, rodeados de la paz que construyó el Rey Exiliado.
»Pero he visto la decadencia, Cedric. Tengo un informante en la corte del rey. Estoy en una silla, postrado, pero mi mente va más allá de lo que imaginas. Mantengo conversaciones con agentes en cada rincón de la isla. Las historias que me cuentan los mercaderes no me dejan dormir. El Bosque Espinoso esta plagado de terrores. La maldad engendra en los corazones terribles circunstancias. Plagas, pestes, hambrunas, sequías... guerras. Las profecías que me cuentan son devastadoras. Se acerca una nueva era, Cedric. Nacerán héroes y villanos. Se cantarán canciones de guerra. Se pelearán batallas encarnizadas. Ríos de sangre correrán por las ciudades.
»La corte se jacta de arrogancia. Manipulando fuerzas que van más allá de su compresión. Dejando escapar a los terrores exteriores que los antiguos fundadores de la isla crearon para mantenernos encerrados. En estos tiempos venideros de redención... Se cantarán canciones y se alzaran leyendas. La pregunta es... ¿Qué papel tendremos nosotros en las historias que están por venir?
»El reino tiene sus esperanzas en ti. Si de verdad te importa todo lo que significa esto-señaló el emblema del arcángel en su capa deshilachada-. El legado que les pertenece a los magicians. Velar por los habitantes de esta isla... protegerlos... dejar que vivan las vidas que desean... que nadie sufra. Toma tu decisión, Cedric. Nuestro pueblo sufrió demasiado en el pasado...
Pensó largo rato en algo que decirle a su irritado hermano. Sus ojos sangrientos lanzaban destellos de sol... estaba atardeciendo. Pronto llegará el anochecer y los bardos saldrán a cantar sus canciones hasta la medianoche. Pregonando inmaculados sueños de redención. Batallas frustrantes. Emblemas rotos. Tiranos y guerras sin sentido.
-Yo no tengo madera de gobernante-dictó Cedric, con una sonrisa triste-. Me temo que no podré encabezar otro levantamiento en nombre de los dragones. Quizás tú... podrías ser el rey que no queremos, pero que necesitamos. Serías un estupendo rey... Te sientas como ninguno y nadie es tan rápido como tú en una silla de ruedas.
-Un rebelde en una silla de ruedas-sonrió su hermano-. Puedes tomar cualquier decisión que quieras. Tienes influencia en la Sociedad de Magos. Pisarro no dudaría en seguirte con una carta, al igual que tus pupilos... Quien sabe. Quizás los Château se unan a la batalla si eres tú quien domina.
Cedric sorbió todo el caldo que Seth le sirvió. Lo pasó de a poco.... Pero, era difícil no vislumbrar el futuro amargo que le esperaba al tomar aquella decisión. No... Como caballero le correspondía la responsabilidad. Era un siervo del reino, un protector de la oscuridad y el caoísmo. No un gobernante. Ni siquiera se le acercaba a un regente.
-Tomé mi decisión-En los ojos nublados de Joel existía esperanza-. Puedo detener la influencia de la sombra gris. Solo necesito un poco de tiempo, Seth. He luchado antes con mortificadores. Magos negros siniestros que se desmoronaron como polvo al enfrentarme. Mi vida es...
Cedric había dedicado gran parte de su mandato al reino. Las personas de la isla lo necesitaban otra vez... Se había enfrentado muchos magos negros y brujos. Era un cazador de alimañas. Su fama creció al derrotar a un mago negro que aterrorizó Pozo Obscuro y asesinó a varios magicians. Desmanteló sectas y calcinó a locos ambiciosos.
-La bruja-oyó decir a Seth. Todo regresó en una poderosa oleada. Tan estrepitosa, que un dolor sordo lo inundó detrás de los ojos. El brazo... sentía un profundo dolor en el brazo. Un calor imaginario que le atravesaba la piel con agujas invisibles- Ella... dijo que terminaría como la mitad de un gran hombre.
-¡Ya!-Cedric apretó las muelas. Lo había olvidado, pero...
-La profecía.
-¡Mi vida!-No iba a dejar que una vieja profecía que siempre olvidaba. Lo detuviera-. Es para con mi familia, mis hijas, mi hogar...
Se fue a bañar en una enorme tina de mármol con dragones tallados y fuegos espectrales. Se quitó el vendaje Sucio del brazo con una mueca de dolor. Las costras de sangre seca se le pegaron a las vendas y tuvo que arrancárselas... Cuando acabo, vio un brazo enrojecido y chamuscado, con tiras de carne sobresalientes. El hueso se veía en algunas secciones del tejido encarnecido. Había perdido todos los dedos... Era un milagro que no perdiera el brazo hasta el codo, porque de la mano sobraba un muñón carbonizado. Sentía escozor y un calor que no estaba allí, rectó por su piel. Perdió el movimiento del brazo hasta el hombro, entumecido, la cabeza le daba vueltas. Las náuseas lo sofocaron. Los remedios que ingirió para el dolor «cómo se llamen», dejaban de hacerle efecto y no pasó mucho, hasta que el calor se volvió insoportable y le saltaron las lágrimas.
Se quedó allí, mordiéndose la lengua, hasta que el agua caliente se enfrió y acabó con el cuerpo adolorido. Uno de los criados entró para preguntarle si necesitaba más agua caliente y él le pidió que llamara a un guérisseur con las fuerzas que logró reunir. No pasó mucho, hasta que el criado entró con un hombre barbudo y gordo con un montón de cosas en las manos.
-Sir-dijo con una voz profunda y junto al criado desplegaron todo, sobre una sábana, junto a la tina: unos paños blancos, algunas vasijas selladas de barro, botellas, unas agujas e hilo de tripa y vendas limpias-. Me llamo Marcel Brosse, vivo en la biblioteca de la calle Obscura.
Marcel tenía unas manos grandes como jamones, pero hábiles. Limpió su brazo con un paño mojado en yodo... con una delicadeza increíble. Le aplicó una cataplasma de hierbas del cual solo reconoció un poco de manzanilla de aroma delirante y lo vendo con movimientos armoniosos. El hombre gordo tenía un anillo de oro que sujetaba su barba cobriza entrecana y la sonrisa amarillenta de los fumadores de tabaco. Le dio de beber un extraño brebaje que sabía a pasto amargo y olía a té.
-Es una infusión de pasiflora y otras hierbas -respondió Marcel Brosse y junto al criado, lo ayudaron a secarse y cubrirse con unas mantas. Poco a poco, el dolor casi desapareció... junto al ardor. Cedric sintió como se quedaba dormido.
Lo llevaron hasta su habitación, la cama apretujada junto a figuras de héroes y libros de aprendizaje. Lo recostaron en la misma cama ancha que se inclinó bajo su peso. En la calidez de las mantas soñó con la bruja y esa noche del festival...
-Ten cuidado con lo que tocas -le advirtió Seth. Le sacaba una cabeza de alto y no parecía asustado. Más bien, una curiosidad malsana alimentaba su ego.
La caseta de la bruja, polvorienta, débilmente iluminada y atestada de especias y frascos. Era un pequeño cubículo al fondo de la calle Etoile, junto a edificios abandonados y guaridas de vagabundos. Habían ido más allá del umbral de las festividades y los puestos de tendederos, para ver a los brujos y sus actos maléficos. Cedric recordaba a la serpiente de boca negra retorcerse en la botella. El cuenco con un corazón sangrante. La mariposa de dos palmos, con las alas violetas ribeteada de azul. Lo que no encajaba, era el muñeco de trapo rojo, con la garganta ensartada de alfileres.
Cedric asustado, tomó de la muñeca a su hermano mayor. Su hermano jugueteó con una lanza de hueso, recorrió un dedo por el filo. Soltó un grito y la sangre negra manchó el suelo de tablas, corriendo por su dedo. La bruja apareció de entre las sombras, surgida de una pantalla de incienso. Ataviada en una túnica de lana negra y ornamentada con un largo collar de huesecillos curiosos. Tenía el rostro corriente, envuelto en el humo aromatizante de su pipa de arcilla. Ojos bellos y crueles de mortificador... como lunas brillantes con motitas de oscuridad.
-¡Dioses!-Bufó Seth-. Buenas noches, señora... Vinimos a...
-Buenas noches, niños-se presentó con una voz suave y monótona-. La señora Gallete Sangreazul... Para servirlos.
Abanicó el humo con su sombrero de plumas de cuervo. Su cabello era largo, negro y brillante... sus labios carnosos eran azules. A pesar de... portar un aire de mucha edad, se veía muy joven. Clavó aquellos ojos luminosos en la sangre de Seth. Se mordió el labio, esperando.
-¿Ves los caminos de las personas?-Replicó Seth, con voz temblorosa. Su cabello rojo parecía inquieto, se palpó el bolsillo lleno de estrellas de bronce y unos cuantos valiosos oriones de plata.
Madame Gallete en un instante, le tomó la mano a Seth. El niño ni siquiera pudo retroceder, una corriente desconocida pasaba por sus cabezas. Destruyendo todo rastro de sentido. No podían escapar.
-Monedas hay muchas, muchacho. Lo más valioso es el fuego en la sangre-su voz era una melodía hipnótica.
Cedric había soñado tantas veces con aquel recuerdo. Aquellos ojos luminosos y crueles siempre lo hacían estremecer. Los animales embotellados soltaban chillidos. Las salamandras de fuego brillaban, anaranjadas... en frascos de vinagre. Los pensamientos de la bruja se extendían más allá de su mente... penetrando en las suyas. Su influencia manchaba el delicado velo que sus cerebros. Manchando aquel sudario con impurezas.
Seth asintió, con nerviosismo.
Gallete buscó un frasco oscuro. Estiró el brazo de Seth, presionando sus dedos ensangrentados. El rostro del niño se deformó en una mueca de dolor. Las gotas rojas resbalaron por sus dedos. Cuando tuvo suficiente... meneó la sangre como si fuera un elixir preciado.
Se retiró, detrás de una mesa con olor a especias, con una vasija llena de agua cristalina.
Seth mojó un dedo en una espesa tinta negra y dejó caer una gota en el agua. La bruja fijó su mirada en la tinta... parecía ver más allá. Ver la tinta divagar en el agua a la luz de las velas. Un ritual incoherente. Cedric se sintió muy pesado mientras escuchaba los sonidos de profería la garganta de la bruja. Un profundo susurro. Un lamento. Una canción de medianoche que rompía el alma. Allí, se esclarecían los sueños. Se alimentaba al remitente de las esperanzas vacías. La anhelada redención. La bruja levantó sus ojos brillantes, escarbando en las iris sanguinolentas del niño.
-Los caminos que conducen al destino son diversos, inciertos y nublados. Su visión no deja de ser perturbadora. Haz tu pregunta, vestigio de dragón.
Seth dudó un momento, tenía el dedo metido en la boca y chupaba la sangre con avidez.
-¿Solo una pregunta?-Parecía desilusionado.
El silencio habló por la bruja. Miraba con expectación la tinta divagando en el agua, mostrando imágenes del futuro indeleble. Las formas variadas parecían indistinguibles a sus ojos inocentes.
-Aquellos que conocen su destino están condenados a cumplirlo.
-¿Seré un gran hombre?
-Sí-sonrió con aquellos labios azules. La taza temblaba en sus manos, sus gestos lo desconcertaron-. Pero... terminarás como la mitad de uno.
Seth se le río en la cara. Era solo un niño, ¿cómo iba a terminar como la mitad de un gran hombre?
Seth estudió con esmero, se esforzó en el Château hasta llegar a la cima y se enfrentó a una bestia asesina en un pantano. Ganando renombre. Seth luchó, creció, batalló, sufrió y cayó de la torre... Era la mitad de sus fuerzas. Medio hombre. Un lisiado en una silla abandonada. La profecía lo había arrastrado. Estuvo condenado desde que escuchó aquellas palabras malditas.
-Yo también quiero saber-Cedric dio un paso. La curiosidad infantil lo traicionó.
«Cuando mueras-Las palabras eran una brisa que se esfuma. Como la nieve o el fuego. Pero... la nieve se hacía agua y el fuego dejaba cenizas-. El día que mueras...».
¿Había olvidado las palabras de la bruja? No... No podía olvidar aquello. Era de madrugada y no podía dormir. Se levantó teniendo pesadillas con abominaciones y nubarrones tormentosos. Una barcaza sobre un río rojo, rumiante de cuerpos flotantes, viajaba hasta él. La figura tenía una túnica escarlata y una máscara dorada. Olía a salitre. Se despertó en la madrugada y escribió cartas... A Pisarro du Valle. Julius van Maslow; el Mago Morado del Crepúsculo... y al rector Cassini Echevarría. Les detalló lo que pasaría, las dejó sobre la mesa... Frustrado. No podía dormir... No ahora, cuando las emociones pesaban en el aire. Dio vueltas en la habitación... Giró los soldados de madera en sus dedos. Eran pequeños y detallados. La pintura de San Wesen, el Héroe Rojo se estaba desmenuzando. También tenía un muñeco de Seth y un monstruo colmilludo de escamas verduscas. Lo vio en una obra de marionetas y no dudó en comprarlo para levantarle el ánimo a Seth. Su hija mayor Balaam aprendió a manejarlo con rapidez. Su esposa siempre se reía cuando ella y él los manipulaban por los hilos, recreando la batalla en el pantano. Aunque... La verdad era más cruda. Su hermano nunca hablaba de aquel monstruo. Así como Cedric no quería hablar del Homúnculista.
Buscó el cristal brillante atado a su cuello. Llamó a sus magicians a través de él... Aún podía lograr un cambio. Como magician, tenía un último trabajo. Se calzó las botas con esfuerzo. Un chaleco de cuero, sobre una túnica oscura. Se puso sobre los hombros una nueva capa de un rojo vivo y el ángel Lucifer bordado en hilo dorado, amenazante... Cedric no tenía varita. Ya no necesita un canal para liberar la quintaesencia. Aquello era de magos ineficaces. Le escribió una carta a su hermano y la dejó en la mesa. Volvería... para salvar a sus hijas.
George Bramante y Pietro Brunelleschi lo esperaban afuera de la casa. Sus magicians llevaban el manto con orgullo. George se cepilló el pelo rubio y Pietro tenía una espada y un puñal al cinto. Eran fantasmas tejidos con hilos de sangre, silenciosos y obedientes. Llamó a todos sus magicians, pero ellos fueron los únicos que volvieron. «Por supuesto... Les ordené que se marcharan». Ellos eran los únicos tontos que se quedarían a pelear. Los únicos fieles que le seguirían hasta la muerte. Escoltaron a Cedric a lo largo de la calles, el mercado desolado, la plaza Obscura y las casas silenciosas. Los jaques huían, sin cuidado, al verlos doblar la esquina. Pietro Brunelleschi lo seguía a su espalda y George iba delante, cuidando el camino. Llegaron al castillo, con el rastrillo levantado. Estaba amaneciendo... Recorrieron la Torre del Hombre Arrojado. Echaron un vistazo al jardín de las estatuas. Subieron las escaleras hasta el salón del trono y allí, ante la puerta. Los miró a ambos, serio y enfadado.
-Les ordené que se fueran de la ciudadela-bramó Cedric, con el ceño fruncido. El brazo oculto en su capa le picaba-. Y me desobedecieron.
Pietro miró al suelo. George se golpeó el pecho con el puño, tenía la varita de arce en la otra mano.
-Usted no es mi señor-se volvió a golpear-. ¿Por qué tendría que obedecer sus órdenes, cobarde?
-¿Cree que dejaremos a un pobre manco enfrentarse solo a un mago negro?-Pietro levantó la voz. Sus ojos oscuros echaban chispas.
-Muchachos...
-Ya no somos sus hombres-musitó George. Su varita vomitó chispas-. Vinimos hasta aquí para salvaguardar a la isla.
-Sir-Pietro tenía la voz melindrosa. Las lágrimas estaban a punto de rodar por sus mejillas-. No pudimos hacer nada contra los... monstruos de aquel laboratorio. Nuestros compañeros... No, nuestros hermanos. Fueron arrastrados, a muertes dolorosas... mientras nosotros vivimos. Estuvimos pegados a usted, siempre... Somos unos cobardes.
-¡Por eso voy a seguirlo hasta la muerte!
-¡Pietro, George!-los llamó con autoridad, ambos enmudecieron-. Ustedes fueron conmigo al infierno y regresaron. Son los más valientes de todos. La isla necesita héroes como ustedes. Personas que sacrifican lo que son por el bien de los demás. Ustedes... merecen tener largas vidas. Por favor, no me sigan. ¡Váyanse!
Los hombres negaron con la cabeza. Tenían los ojos enrojecidos. Cedric empujó las pesadas puertas del salón... La amplia estancia se desdibujó ante los crisoles coloridos que brillaban en la penumbra. Las largas butacas de madera exhibían el polvo y la alfombra mullida tenía manchas de tierra. Las ventanas colgaban, abiertas, impidiendo que la luz del amanecer se filtrara por los vidrios templados. Los magos iban a cada lado, la varita de George escupía chispas doradas con cada paso y Pietro mantenía la suya, oculta, atada a su muñeca. Cedric era más alto que ellos, pero sus figuras lo hacían parecer más imponente.
Encontraron una sombra gris, envenjecida y arrugada. Contemplando el trono, labrado de un roble oscuro con tallas de ogham y ribetes de oro macizo. Era una sombra austera, envuelta en humo... La oscuridad lamía sus pies descalzos y sus manos eran como hojas arrugadas. Los estaba esperando... Levantó sus ojos grises hasta ellos con una sonrisa maliciosa en los labios colgantes. Su mirada era gris, pero luminosa como la de Gallete. Una especie de hielo sucio, cautivador
-Beret-lo confrontó Cedric, despectivo.
-Sir Cedric-le dedicó una sonrisa blanquecina, congelada-. Sabía que iba a venir-río por lo bajo, satisfecho. Frotaba sus manos-. Es una lastima... El reino tenía sus esperanzas en usted. Las tiró a la basura, junto con su vida. Siguiendo una sociedad escuálida, construida sobre la exclusividad y la existencia de los privilegiados. Siempre... he odiado a los que viven en su ilusión. Desde nacimiento... solo saben disfrutar. Nunca han probado el sufrimiento que el resto padecemos. Usted, vive en una burbuja. Mientras el resto nos ahogamos en la miseria.
Sus labios pálidos se tornaban un poco azules, cuando sonreía o... No, Beret no valía la pena. La presencia del anciano lo incomodaba, la tensión podía cortarse en el aire. Cedric levantó su mano ilesa, abrió y cerró el puño y las flamas azules se encendieron. Recorriendo sus dedos con un calor agradable. No necesitaba concentrarse para liberar pequeñas dosis de esencia... La corriente recorría su mano con un hormigueo.
-Es un viejo patético con razones despreciables. He matado a peores... ¿Cree que puede manipular a un anciano senil con sus pésimos poderes mentales?
-¿Mi discurso no lo convenció?-Beret bajó los escalones hasta ponerse a su altura-.¿Viene a ver al rey?
Cedric se inclinó, caminando hasta el anciano, sus zancadas se abrían paso en el suelo. Seth le había contado todo lo que le había dicho su informante. Tenía cartas, documentos, seguimientos... Todo lo que Seth había recopilado con su red de espías. Tenía ojos y oídos en cada rincón de la isla. Lord Beret apretó los labios, parecía tan diminuto cuando Cedric le pasó una mano en el hombro. Sus ojos se encontraron.
-No sé de dónde viene... O quién será realmente-explicó Cedric-. Pero la Sociedad de Magos lo persigue. Yo lo persigo. Sé que lo expulsaron del Templo de las Gracias. Sus prácticas se volvieron inhumanas, disgustaron al Grand Maître Guérisseur Theus. Le arrebataron las insignias. ¿Qué hace un hombre manipulando cadáveres? Sus experimentos macabros, mancharon el nombre de los sanadores del templo. ¿Qué busca un hombre que se enfrenta a la muerte? ¿Qué desea, un mago negro?
»Años después. Se unió a la Maison de Noir como alquimista. Pasando desapercibido... sus investigaciones junto al rector Comodoro. Nadie sigue que intentaban desatar en las cámaras secretas del lugar. Lo vieron tratando con Giordano Bruno, conocido como el Homúnculista al volverse loco y ser expulsado de la casa de estudio. No lo conozco, nadie lo hace... Pero tengo una conjetura. Usted es un seguidor del caoísmo. Un mago que manipula las ramas prohibidas del Misticismo. La magia negra puede respirarse a su alrededor. Apesta a secretos y maldad.
-No existe tal magia negra, Sir-Lord Beret se frotó las manos. Su rostro no parecía expresar el miedo que sentía-. Solo son conocimientos incomprendidos. Los ignorantes temen lo que conocen. Como usted... persiguen a individuos que investigan la verdad del mundo. Me odia, pero yo no le guardo rencor. No siento nada por una persona que no puede ver más allá de su cuarto oscuro. Lamento que no nos hayamos conocido en otras circunstancias. Será un gusto... trabajar con lo que quede de su cuerpo
-No podrá escapar-Cedric hizo caso omiso a las palabras filosas del anciano. Miró a sus magicians y le dio la espalda a Beret-. Solo quiero que sepa... Que nuestro pueblo ha sufrido demasiado. Hemos sido perseguidos durante milenios.
Las escaleras hasta los aposentos del rey Joel quedaban detrás del trono. Cedric lo rodeó, se dirigía a la torre real. Miró a su espalda. Pietro desenvainó la espada y empuñó la varita... Recorrió el filo de la espada con la varita. La hoja de encendió con un resplandor de llamas pálidas. George levantó la varita, anunciando una Imagen Elemental.
-Un cielo negro esta lleno de brillantes estrellas azules.
La energía ionizada en el aire silbó. Una luz morada resplandecía, la varita vomitó un chorro de plata brillante... La centella de plasma olía a hierro ardiente. Cortando el estrecho espacio del salón. Beret levantó las manos arrugadas y la centella estalló ante ellas con un sonido metálico, regando el suelo con chispas pálidas. La varita de Pietro disparó un hilo de proyección que partió las butacas a la mitad. La espada del magician refulgía, centelleante, mientras avanzaba a zancadas hasta el anciano.
Cedric subió las escaleras de tres en tres. La puerta abierta lo dejó entrar, los ruidos de la batalla fueron desapareciendo con cada paso. La habitación estaba oscura. Una cortina ocultaba la cama, junto a ella, había una fresca de tinto y dos copas de oro.
-¿Cedric?-La voz del rey Joel era frágil y benevolente, pero algo no estaba bien. El anciano reposaba en la cama con los labios amoratados y los ojos empequeñecidos-. No... Tengo mucha sed... No... Mi boca... seca.
-Joel.
Corrió la cortina. Joel pálido y enfermizo miraba al techo. Su sombra serpenteaba en la pared, oscura, alta. Olía a químicos, a mercurio. Los ojos violáceos del rey brillaban con cierta intensidad, opacos. Debía liberar su mente de aquel maleficio que la aprisionaba. Los mortificadores podían encerrar o robar los pensamientos en la mente de una persona, pero no podían borrarlos. Usaría su quintaesencia como llave para abrirse paso a través de los recuerdos del anciano, pero debía tener cuidado... Era un hombre muy viejo. Podía fundir sus pensamientos al someter su mente.
-Vino-suplicó el rey, sus labios resecos se caían a pedazos-. Sed... Si vas a matarme. Déjame probarlo, por favor. Para este viejo. Es de la mejor cosecha, de Pozo Obscuro... espeso y tinto.
Cedric resopló. Afuera se escuchaba como las butacas volaban por los aires. Los estallidos de esencia y las transmutaciones energéticas. Se adelantó a servir las dos copas... Tenía mucha sed. Todo estaba pasando... Estaban enfrentando a un mago negro de madrugada en el salón real. Era su último enfrentamiento, iba a abandonar su lugar como castellano en la Sociedad de Magos. Se volvería un consejero del rey al mudarse a la casa de sus padres. El reino no caería, sus hijas no morirían. La edad oscura que su hermano pronosticaba podía impedirse. Las plagas, las pestes, la hambruna, las guerras y... los gusanos. Lucharía contra aquellas fuerzas incontenibles. Junto al rey Joel, y mucho después. Hasta que sus fuerzas se extinguieran. Mientras Cedric Scrammer viva, el reino no moriría. Le tendió la copa al anciano. Joel bebió un poco del vino oscuro y sus pulmones volvieron a funcionar con eficacia.
Olisqueó el vino. Sí, olía a triunfo. El clavo le daba un toque dulzón. Levantó la copa, esperanzado. Tenía la certeza de que el cambio venía en camino. De que le vida seguiría. De que Balaam y Agnes tendrían un futuro luminoso. De que sería el marido tranquilo que siempre había deseado su esposa.
-Brindemos-entonó con una sonrisa. Los ruidos habían cesado. Sus magicians tuvieron dificultades, pero vencieron... Como siempre-. Por la paz del reino... y por un nuevo comienzo.
Ambos alzaron las copas con sonrisas y bebieron un profundo trago. El vino espeso, caliente y negro le recorrió el pecho con un ardor de satisfacción. Los tentáculos calientes le bajaron por el estómago, aferrándose al calor de su cuerpo. Las mejillas se le encendieron. Tosió, un poco... Le picaba la garganta.
-Arrodíllate-escuchó una voz suave. Beret apareció en la puerta de la habitación con la túnica manchada y las manos manchadas de sangre. La vista se le nubló-. Muere... como todos los que se oponen al cambio.
Cedric se derrumbó, su pecho estaba encendido en un asfixiante calor. Cuando intentó hablar, su boca se llenó de sangre y la vomitó sobre sus manos... No podía respirar. Todo lo que tenía en los pulmones era sangre y líquidos. Se ahogaba, arrastrándose por el suelo. Tosió, los gotas sanguinolentas caían al suelo. Sus ojos enrojecían, saliendo de sus cuencas.
«Cuando mueras» profetizó la bruja cuando era un niño. El líquido rojo y espeso se le escurría entre los dedos. De su boca brotaba un manantial sanguinolento... Intentó respirar por última vez, pero su garganta quemaba. No podía morir... No ahora. Cuando tenía esperanza. Las manchas oscuras carcomieron sus ojos. El dolor traspasó su pecho y se desgarró el cuello con los dedos. Suplicando por aire... La sonrisa de Beret se ensanchó.
«No».
-El día que mueras, joven dragón-la bruja tenía los ojos luminosos cubiertos de lágrimas sulfurosas. Su mirada era moribunda... Los matices tristes envolvían su vacuidad-. Tu vida entera escapará de tus manos...
«Los árboles».
No pudo evitar recordar aquel sueño, quizás hayan sido las especias en el aire. El sueño regresó, vivido: estaba sola en un bosque oscuro, el viento hacía susurrar las hojas en una lengua olvidada, las ramas crujían y se mecían. Sus raíces salieron de la tierra y fueron tras ella. Tenían caras sonrientes, malévolas y tristes.
No supo cuánto estuvo corriendo, pero llegó a un claro del bosque. Bajo sus pies descalzos, se erigía un suelo de mármol blanco, con restos de ramas chamuscadas esparcidas en todo el lugar. En el centro, se alzaba una estatua de mármol negro, perfectamente tallada... de su padre. Lord Verrochio, desnudo, con un temple de piedra, majestuoso; tenía el brazo perdido labrado en oricalco hasta el codo. La maleza se había apoderado de él, abrazándolo.
Se acercó para verlo. Una venda negra cegaba sus ojos. Intentó quitársela, pero la estatua cobró vida y la estranguló... Los dedos de piedra se cerraron en su garganta y no podía respirar. El agarre le quemaba la piel.
Su padre estaba resentido con ella porque había robado la vida de su madre. «Lady Annie» se llamaba su madre... Cuando su padre la miraba podía sentir en aquellos ojos vacíos una profunda tristeza.
-Lord Verrochio amaba mucho a tu madre -le había dicho Misa, el ama de la casa-. Tú le recuerdas mucho a ella, no lo culpes. Puede parecer un hombre frío y déspota. Pero su amor por ti, aunque silencio, es incondicional. Nunca dudes del amor que tu padre Friedrich te profesa.
Pero Friedrich había sido otro. Ella lo recordaba como un hombre risueño que le acariciaba el cabello al dormir y le contaba que hacía en el castillo, como regente. Incluso, tras perder casi todo el brazo en el accidente. Seguía sonriendo y llevando el manto del alquimista con orgullo. Tal como se lo había prometido a Lady Annie. Con los años... se fue alejando de ella. No dormía en la casa. Su estadía lejos de ella, era prolongada. No volvía...
«Cambió». Sus ojos ya no brillaban. Pasaba días y noches en la Maison de Noir o en el Castillo de la Corte. Siempre rodeado de alquimistas. Desvelando secretos. Los había escuchado, desde su habitación, a través de las delgadas paredes. Ella... podía escuchar mucho más que Louis o Niccolo. Tenía oídos curiosos y sentidos refinados que la metían en problemas.
-Abrimos los sepulcros-el alquimista bajó la voz y no lo volvió a escuchar.
-Nunca debimos-escuchó otra voz... más asustada.
-Si las leyendas son ciertas-la voz prominente de Lord Verrochio cortó las otras dos-... En los secretos de los antiguos reyes. Existe el poder confinado. Hemos redescubierto nuevas cavernas y abierto viejas cámaras.
«Poder y secretos».
Las historias cuentan que en las profundidades de Gobaith, se esconden cámaras con conocimientos codificados. El rey Julián Sisley había confinado el saber de los antiguos, temiendo por el peligro que representaba para los habitantes de la isla. Por años... La Sociedad de Magos buscaba, con deseo, aquellas cámaras secretas. Hasta ahora ninguna persona las encontró y regresó. Nadie sabía dónde se escondía la fuente de aquel conocimiento prohibido. Todo comenzó alrededor de ochocientos años atrás. Cuando ocurrió el primer levantamiento de los dragones. La alianza de los Wesen y los Scrammer contra los Sisley, donde ambas familias sufrieron pérdidas y los Wesen se extinguieron. Pero eso fue hace centurias, y el imaginativo no escapaba de la palabrería. Se tenía documentos de los reyes Julián y Chase Sisley de hace ochocientos años. El levantamiento de los Wesen trajo consigo la exclusión de los magos bajo su mandato. Comenzaron las persecuciones y aquellos conocimientos se destruyeron. El Misticismo Antiguo y sus ramas quedaron en el olvido por mucho tiempo.
Se habían sellado los recuerdos y el saber en cavernas. La auténtica fórmula del Fuegodragón. Los hechizos. Las Dioses Muertos. Los secretos de la larga vida. Las panaceas. La Maeglafia Antigua... Todos los grandes misterios que los alquimistas luchaban por rememorar. Durante su mandato, el rey Julian había prohibido la alquimia. Muchas prácticas habían permanecido ocultas en círculos o manuscritos. Todo lo que tienen ahora son siglos de fracasos y perdidas. Pruebas y errores. Su propio padre había perdido la mano al manipular Fuegodragón.
-Los engendros de Julián-había escuchado decir a su padre.
Louis tomó un mechón de su larga melena castaña y lo acarició entre las yemas del índice y el pulgar. Los ojos avellana de la muchacha decían una y mil cosas. La calle empedrada se abría ante ellas con una alfombra de baldosas relucientes. Los adornos colgaban por doquier: luces coloridas atenuadas por el atardecer, listones, linternas, blasones y tiendas. Las increíbles pinturas de los murales exhibían criaturas impresionantes. Pasaron junto a un lobo plateado. Un león blanco con la melena verdusca y dos dragones enzarzados en una pelea.
-Soñar no cuesta nada -replicó la muchacha con un suspiro. Era casi tan menuda como Annie. Últimamente, había crecido unos dedos y el busto se le vislumbraba bajo el vestido fino color ciruela-. Dicen que habrá una mancha roja en la luna, durante el festival.
Louis Leroy era un poco mayor que ella, y más bonita. Pero, Niccolo siempre decía que Annie era más astuta y brillante. Era pequeña para su edad, pero avispada.
Ambas niñas pasaron junto a un callejón donde un pequeño grupo de magos ensayaba sus hechizos. Un joven de túnica verde bailaba en círculos, mientras el suelo se encendía en fuegos verdes, azules y dorados. El mago errante disfrazado de hojas, tomó un trago un brebaje y escupió a una antorcha. Creando una nube de llamas coloridas que tomaron forma de animales diminutos. Replicando maravillosamente una Evocación Elemental de Combustión.
-Trucos-admitió Louis como si le leyera los pensamientos-. Lord Milne contrató una gran variedad de espectáculos para el festival.
Annie sonrió. Los Leroy querían que Louis cursara Fundamentos como su hermana. La joven había aprobado el primer curso, regresó a la ciudadela por el festival y se marcharía otro año a progresar en su aprendizaje. Su hermano Claude se unió recientemente a un Château. Annie estaba atrasada, todo su aprendizaje se lo enseñaron Niccolo y la colección de libros de su padre. Ella también provenía de una antigua familia de magos del Antiguo Continente. La leyenda de origen de los Verrochio, a diferencia de los seres de luz de los Leroy. Contaba que eran los hijos de hombres y ninfas del bosque. Aquellos héroes de la antigüedad que sedujeron a las hermosas habitantes de las profundidades de la espesura. Heredando cualidades mágicas capaces de hacer milagros. Descendientes longevos, tocados por la luz y benditos con la palabra. Esas eran las historias que poblaban en los mitos de los Verrochio. Arsenio Verrochio fue uno de los magos más reconocidos de la familia, miembro de la tríada que derrotó al monstruo que azotó el puerto de Pozo Obscuro.
La quintaesencia corría por sus venas, aunque diluida por el mestizaje. Annie había intentado destilar un poco de la esencia en su sangre. Había sentido el flujo energético creciente en sus células en ocasiones. La energía primordial que se ionizaba con las imágenes elementales. La transformación energética. Quería pedirle a su padre que la llevara al Instituto de la Sociedad de Magos. Pero él nunca estaba en casa. El escriba era el único que de verdad se interesaba por ella. Por eso lo tenía en alta estima.
Niccolo tenía libros de Misticismo escondidos en su repisa. Se suponía que era penado por la Sociedad de Magos, el poseer tales manuscritos. Pero, aún así... Le mostró a ella sus gruesos de tomos de teorías. Tesis de Proyección. Cuestiones de Evocación. Conversión Energética. Redescubrimiento de la Maeglafia. También les enseñaba conocimientos básicos y astrología a sus poquísimos alumnos. Louis le estaba explicando que Venus estaría presente en su constelación... Por lo que esa noche tendría una aventura de pasión.
-Niccolo piensa que el rojo en la luna... es oscuridad que se acerca a la isla-replicó Annie, sin miramientos-. Sé que crees que es un tipo aburrido... que busca cosas que no existen en las estrellas. Pero, la verdad... me asustó mucho, con sus suposiciones-subieron una escalinata de piedra bajo la luz anaranjada del atardecer. Una brisa cálida le meció la melena rubia a Annie, recogida en una coleta-. ¿Qué crees tú?
Louis soltó una risita.
-Amor-dijo como para si-. Es el amor con el que sueñan todos, pero nadie se atreve a aceptar. Estarán Venus y Marte amándose en el cielo como viejos amantes en su despedida. Él lo sabe, pero nos ve como niñas. El rojo es el color del amor, la pasión y el deseo. La luna refleja nuestras más sinceras proposiciones. ¡Es hoy! Todos en el Jardin de Etoiles lo profetizaron. ¡La noche de los amantes! Debemos decírselo. Niccolo suspira por Miackola. Siempre la mira con esa cara de... ¡por favor cásate conmigo!-Louis soltó una risita y se apartó un mechón de la oreja-. A Mia le gusta, pero se niegan a admitirlo... y Niccolo es tan tímido como un gatito asustado. ¡Debemos ayudarlos!
Sí, Annie lo había visto sonrojarse ante las sonrisas brillante de Mia. Podía sentir la euforia colorar sus mejillas cuando ambos se hablaban. Mia los había acompañado durante aquellas noches mágicas cuando miraban las estrellas en busca de nereidas.
-Pero, Niccolo...
-Es un hombre solitario -aventuró Louis arrugando la nariz-. Se pasa todo el día leyendo historias de amor o redactando textos-le lanzó una extraña mirada-. Ya sabes, Annie-se sonrojó con una sonrisa-. Quiere un poco de calor femenino. Desea a Mia, pero juega al papel del joven frío, que no necesita a nadie. Pero se muere por dentro, mientras desea su fuego. Los dos están bien locos al no darse cuenta de las ganas que tienen de devorarse.
Annie frunció el ceño. Sus cejas rubias se apretaron.
-¿Devorarse?-Imaginó a Mia saltando desde la silla hasta Niccolo y arrancándole la garganta a dentelladas. Se estremeció.
Louis se tapó la boca, ahogando una risita.
-No, boba-sus labios dibujaron una sonrisa conspirativa-. No quieren comerse el uno al otro como caníbales. No... Quieren hacer el amor.
-Ah-las mejillas se le encendieron.
Recordó cuando revisaba los dibujos de un extraño libro de anatomía y vio la imagen de un hombre desnudo. Tenía como... un cilindro entre las piernas. Cuando se lo preguntó a Jean Rude le dijo que los varones tenía algo así como un pequeño cuchillo para orinar. Pero cuando le pidió que se lo enseñará, él se sonrojo y no quiso volverle a hablar. El libro le enseñó que el hombre acariciaba con esa espada el ombligo de la mujer hasta que tenía ganas de orinar y le apuntaba al ombligo, de allí nacían los niños. Aunque el pipí no huele tan bien. Una noche sintió curiosidad por embarazarse, mojó los dedos en el orinal y se frotó el ombligo. Pero a la mañana siguiente su tripa no había crecido. Repitió aquel proceso hasta que se olvidó del experimento... Quizás debía ser orina de un hombre. Pero se avergonzó al pedírselo a Niccolo.
La calle Obscura se preparaba para las Fiestas de la Luna. Hasta donde se alcanzase a mirar... relucían los puestos de comida, carpas rayadas, los comerciantes pregonando sus exquisiteces, amuletos y rarezas. Un festival de tres noches para celebrar un fructífero año caluroso. La fuente de la calle manaba agua cristalina y sobre ella, se erigía la estatua del Héroe Rojo. Un adusto e imponente hombre ataviado en una capa de piedra que lamía sus talones y ocultaba su cuerpo. Su rostro ceniciento de ojos ciegos custodiaba el Palacio de los Héroes en la cima de la colina Vidal. Del rojo intenso de su capa y cabello, solo quedaba un gris piedra. Le limpiaron los restos de excrementos secos, algunos pájaros se posaban en sus hombros. Parecía esculpido hace poco, cuando en verdad allí, llevaba más de seiscientos años.
«Con el rojo de su esencia ahuyentaba la fría oscuridad...» decía la canción del Héroe Rojo, una de muchas. Sam Wesen había derrotado al Mago del Frío, liberando a la isla del crudo invierno asesino. Fundador de la Primera Orden de Magicians, se encargó de proteger la isla de los adeptos al caoísmo y ayudar a los Sisley. Los magicians de la Sociedad de Magos seguían sus juramentos.
Un bardo rubio vestido de morado y blanco afinaba su lira, tocó una cuerda... Annie se detuvo a mirarlo. Tenía ojos dorados y olía a salitre. Era un olor... embriagante. Estaban lejos del mar y aún así esa persona portaba su solemnidad. Pero a su nariz llegó el penetrante olor a tinta. El cantante la miró mientras entonaba una melodía, sentado en la fuente, proyectando su sombra sobre el héroe.
El Aguadorada, un canal que discurría por todo Valle del Rey, alimentaba las calles Obscura y Etoile, el castillo de la Corte y desembocaba en el mar. Los puestos de ventas se unían a un grueso muro de tres varas de alto. Parecían más lúgubres mientras bordeaban las lindes del canal: había animales extraños, aves de caza, serpientes de colores exóticos, gatos majestuosos y artilugios que nunca había visto en su vida. Un hombre con una pata de palo y el rostro lleno de arrugas las vio de manera aterradora, mientras otro hombre, gordo y bajito... maldecía y vaciaba su jarra de ron.
-Estos no estaban ayer-señaló Annie.
Una mujer barajaba un mazo de cartas en una amplia mesa flanqueada por un guardia de capa morada y una mujer joven.
-No-rectificó Louis-. Estas personas son brujos. Viven en lo más recóndito del Bosque Espinoso y solo cambian sus hechizos por secretos.
-¿Secretos?
-Aunque el precio puede variar. Siempre piden algo de valor: un recuerdo amado, un cabello de un enamorado o huesos viejos. Cualquier ofrenda con poder. Y ellos te satisfacen con sus brebajes, conjuros, te libran de una maldición, echan un vistazo al camino del futuro -le lanzó una de esas miradas y remarcó sus últimas palabras con un tono estremecedor-: Descifran un sueño.
Annie sintió un escalofrió.
-Mi hermana siempre viene a ver a la bruja Sangreazul de parte de mi madre-contó la joven-. Pide el afrodisiaco que prepara la bruja para ganarse a algún amante. Eso, y... las hojas de duende para no acabar en cinta. La bruja siempre pide un mechón de cada amante. Es una mujer bastante joven. Su puesto permanece abierto al anochecer, a veces desaparece... Pero tiene un conocimiento del Misticismo que en el instituto refutan. La Sociedad de Magos persigue a estas personas desde hace años. Las juzga y las sentencia. Y sus experiencias se guardan bajo llave en uno de los departamentos.
Un gato naranja anduvo sobre el muro a toda velocidad. Una joven de cabellos plateados exhibía sus especias místicas, perfumando el aire mientras las quemaba.
-Lujuria para los amantes-echó un puñado de hojas secas en un caldero de fuegos violáceos. El humo ascendió, embriagador. Olía a canela, nuez moscada, menta y duraznos... A sueños de verano y deseos enterrados. Aquel olor despertó una sensación cálida en su cuerpo, entumeciendo sus piernas con un cosquilleo. Las mejillas se le colorearon de un agradable rojo provocador.
-¿Qué crees que hará Niccolo si le servimos un té de Lujuria?-Louis sonrió, pícara. A veces Annie dudaba que estuviera cuerda, al parecer... Las hormonas le habían chamuscado los sesos.
-No creo que sea buena idea.
-Claro -Louis se le río en la cara-. Que va a saber una niñita del arte del amor.
Annie frunció el ceño, sus ojos azules echaban chispas. Louis cogió su mano y aceleraron el paso por los edificios mayormente abandonados. Dieron una vuelta por el pequeño puente de piedra y regresaron a la calle Obscura. Más ornamentada y alegre. El humo de la grasa subía en jirones por las guirnaldas. Cruzaron las calles empinadas, abarrotadas del gentío. Pululaban cantantes, titiriteros, actores. En un escenario empotrado dos actores disfrazados de Sir Cedric y Courbet, se batían a duelo. Cedric era un tipo alto con el cabello y los bigotes pintados de naranja, una capa bermellón y una larga varita. Mientras Courbet era una figura oscura, delgada, descalza y con máscara de diablo.
-¡Asesino!-Bufó el actor de Cedric meneando la varita. Las chispas doradas volaron de ella-. ¡Manipulas fuerzas que no comprendes! ¡Voy a destruirte Mago de la Sal! ¡Así como destruiste los sueños de quienes arrebataste la vida!
Dos magos encapuchados con capas rojas subieron al escenario con las varitas en ristre. Dispararon chispas ondulantes. Courbet soltó una carcajada y las chispas se convirtieron en fino polvo con sus manos arrugadas. Sus dedos tenían múltiples anillos con joyas y Maeglifos. Las capuchas rojas corrieron a él con espadas de madera, pero el anciano con un movimiento de sus manos convirtió a ambos en sal. O eso parece que hizo, porque en verdad los roció con sal pulverizada y los actores se derrumbaron, fingiendo la muerte. La multitud aplaudió. Annie miró a su izquierda y pudo ver al bardo de la lira. Mirando el espectáculo con el ceño fruncido. Sus ojos dorados se oscurecieron por un momento.
Louis la llevó lejos del escenario, tirando de su brazo. Annie insistió con ir a ver a Niccolo, pero Louis quería ver los espectáculos. Llegaron de vuelta a la plaza con la estatua del héroe. Se había hecho un círculo de tiza. Una multitud miraba algo espectacular. Era un mago errante de túnica y cabellos morados que hacía que sus sombras se batieran a duelo. Pero al ver mejor, notó que no eran sombras... Eran figuras líquidas de tinta que sostenían sables delgados. Las formas se movían, ligeras, con los movimientos del mago. Enzarzados en una pelea donde las gotas volaban. Una de las sombras apuñaló la garganta de la otra, el sable que brillaba con la luz del atardecer. Tanto la figura triunfante como el mago, saludaron con un elegante floreo a todos los que aplaudían. El gentío aplaudió.
Un pequeño escenario de marionetas exhibía un pequeño espectáculo. Esta vez Annie arrastró a Louis, le encantaban las marionetas. Una mujer pequeña sostenía los hilos mientras Seth Scrammer se enfrentaba a un monstruo reptiliano. La música de una manivela envolvía aquella caja. Los niños se sentaban mientras la mujer entonaba las voces. La marioneta de Seth le cortó la cabeza al monstruo, liberando un montón de aserrín rojo. Los niños aplaudieron risueños y la marionetista puso un telón sobre la caja. Annie le regaló una estrella de cobre.
Louis cambió de opinión y quiso ir donde Niccolo, era su último día en la ciudadela y quería despedirse con una clase. La biblioteca de los Brosse era un recinto de dos pisos con un gran ventanal redondo. El primero, plagado de estantes con toda clase libros, tanto en el idioma antiguo como el nuevo. En el segundo, se exhibía el cristal y las habitaciones de los Brosse. En la terraza se podía apreciar el firmamento estrellado y las constelaciones. Niccolo las llevaba algunas noches a estudiar las estrellas y los planetas con su catalejo. La entrada era una puerta doble de grueso roble con ribetes de hierro forjado y un alicanto en el dintel.
Niccolo Brosse estaba sentado en una larga mesa con una docena de libros y pergaminos. El resto de la biblioteca estaba desolada. Al parecer, ellas eran las únicas que venían por las clases del escriba. Levantó la vista cuando entraron.
-Louis, Annie -las llamó.
Ambas se sentaron junto a él. Astrólogo y escribano. Niccolo era un hombre relativamente joven, rondaba los veinte. Era alto y delgado, taciturno, intelectual, solitario. Tenía el cabello y los ojos cobrizos. Esa tarde llevaba una túnica gris de largas mangas que le llegaban a la cintura, tenía el alicanto de los Brosse bordado en el pecho y se ceñía la ropa con un cordón del que colgaba un saquito lleno de monedas.
-Señor Niccolo-sonrió Louis tocándole el brazo con delicadeza.
Niccolo le sonrió, sincero. Tenía un rostro inocente de ojos alegres y sonrisa trémula. Los Brosse eran intelectuales. La biblioteca tenía más de trescientos años y había acabado en manos del joven cuando su tío Vidal se fue de viaje a buscar libros y a narrar historias en Puente blanco, atravesando el Bosque Espinoso. Vivía con su otro tío Marcel Brosse, un enorme guérisseur reconocido en Obscura por sus conocimientos. El otro, un cuentista y cronista de renombre. Niccolo impartía clases de historia, matemática, filosofía, geografía, astrología y les enseñaba a ciertos de sus alumnos química, maeglafia y Misticismo convencional. Por una cuota. Aunque no poseyera la esencia y no pudiera realizar Proyecciones, era un estudioso de ella. También redactaba y leía cartas, alquilaba libros y los transcribía.
Siempre se la pasaba solo, con el rostro sonriente inmerso en las letras de los libros. Tímido al contacto, renuente de las demás personas. Annie no sabía que había causado, que él terminará de esa forma. Aunque... debió ser algo muy triste. Por lo visto, tanto Marcel como Vidal habían preferido la compañía del Festival.
-Disculpen, tengo una montaña de encargos. Han pedido una copia de Cronología de Gobaith. -Su pluma iba y venía con una caligrafía majestuosa mientras firmaba el papel impreso. Mojó la punta en tinta negra y siguió-... Es un ejemplar muy raro y antiguo, tengo que imprimirlo cuanto antes.
Después de limpiar la imprenta. Niccolo se las empeñó para verificar la gramática de ambas, el cálculo avanzado, la geografía: hizo a Louis buscar un mapa de toda la isla. Luego otro mapa de estrellas, que Niccolo había dibujado durante aquellas místicas noches con su catalejo. Últimamente, Louis iba a visitar con más frecuencia al escribano que todos los demás. Debido a que retomaría algunas clases. Después de comprobar el cálculo, siguió una clase de historia sobre la dinastía Sisley. Annie cogió uno de los libros en una de las repisas de teoremas mientras Louis resolvía operaciones matemáticas. Niccolo comenzó a preguntarle sobre historia.
-¿Conocen la Guerra del Antiguo Continente?-Preguntó el escriba.
-¿Eso no fue hace dos mil años?-corroboró Louis, mordiéndose el labio.
-Sí-asintió Niccolo conspirativo, miró a la niña rubia-. Annie.
La niña cerró el libro de Proyección que hojeaba con mesura. Repasando las Imágenes Elementales... Imaginando las sensaciones que transformaban la esencia en energía manipulable. Le encantaba la historia de la isla. Las guerras, las traiciones, las venganzas y las pasiones. La historia de los celtas estaba caracterizada por los conflictos sangrientos y las leyendas.
-¿Si?
-¿Conoces las historias de las primeras guerras del Antiguo Continente?
-¿Las que estudiamos en invierno?
Niccolo asintió.
-Ah-su cabeza se puso en funcionamiento-. ¿Por dónde empiezo?
-Las Incursiones.
Annie miró al techo de la biblioteca. A su mente acudieron imágenes de batallas y héroes. Recuerdos de otras tierras... Sueños perdidos.
-Mucho antes de que el Rey Exiliado huyera de nuestra tierra natal-comenzó a narrar, suscitando lo que había leído en los libros de historia y las narraciones de Niccolo-. Las tribus dispersas en la espesura del vasto territorio. Tan grande como mil islas... muchísimo más. Se cantaban otras canciones y se creían en otros dioses. Las tribus vagaban por el mundo libre. Escribiendo sus leyendas y construyendo a las personas que sobreviven hoy en día. En esos tiempos, una revuelta provino del oeste. Del otro lado del continente. Llevaron el fuego y la muerte en su incursión. Su conquista recorrió las tierras habitadas por las tribus celtas. Quemaron los campos, masacraron a los hombres, destruyendo a los dioses antiguos y esclavizando a las tribus a su paso.
»Los llamaron Scrammer, de cabello rojo y ojos color sangre. Los últimos hijos de los dragones de las estrellas. Épocas de conquistas, masacres y tempestades. Las historias que se cuentan de aquella época, en su mayoría son relatos orales. La leyenda habla de Scram, primogénito del Dragón Escarlata, engendró medio centenar de hijos y vivió cuatrocientos años.
-El primer dragón era apasionado-suspiró Louis.
-Durante años, los clanes al otro lado del continente se habían enfrentado para ocupar las tierras. Pero fue Scram, quién convenció a los hijos del Dragón Blanco... Los Wesen. Para partir a la conquista del mundo. Motivados por la escasez y los tiempos difíciles en sus tierras-Annie hizo una pausa para recordar los sucesos-. Las tribus nativas se vieron esclavizadas. Sus tierras pertenecían a extranjeros. Sus creencias fueron erradicadas. En aquellos tiempos violentos, de tribulación y miedo. Las tribus pactaron una alianza bajo el liderazgo de los Sisley. Los Brosse de antaño que volaban sobre alicantos-miró el pájaro bordado en el pecho de Niccolo-. Los Verrochio. Bramante Brunelleschi, el culto de Daumier... y otras familias amenazadas por el poder de los invasores. Los hijos del bosque se unificaron, encabezados por el primer rey, Vidal Sisley, enfrentando a los belicosos dragones en la cruenta guerra de los cien años.
»Zerpa Sisley, uno de los descendientes de Vidal, derrotó de manera aplastante a los dragones. Les regaló tierras después que se arrodillaron y se asentaron junto a un reino próspero. Fue el primer rey de la Tierra Antigua. El nacimiento de una ciudadela donde convergían los conocimientos del mundo antiguo, dio paso a un desarrollo temprano del Misticismo. Un milenio de maravillas. Descubrimientos milagrosos.
»Un imperio crecía con fiereza desde el oeste, aquellas tierras inexploradas. La ciudadela que alguna vez fue gloriosa se convirtió en una corrupta capital del pecado. La decadencia de la sociedad, impulsada por la diferencia de clases sociales. Los linajes, el mestizaje y los prejuicios. Las constantes expansiones de los enemigos destruyeron el imperio que forjamos. Nuestro reino acabó en la ruina y nos arrebataron nuestra tierra. Fuimos deportados. Nuestros edificios, quemados hasta los cimientos. Nuestro pueblo, esclavizado, mutilado y perseguido. Cien años de destrucción... Nuestro legado se consumió en cenizas.
»Pero... existió un Sisley, harto de las heridas que la guerra y la devastación. Condujo los restos de los celtas a una isla, alejada de aquellos que buscaban destruirnos. Rodeó las costas con corales afilados, para evitar que los barcos enemigos atacaran. El Rey Exiliado llamó a esta isla Gobaith, que en la antigua lengua significa «esperanza». Hemos vivido dos mil años, confinados en esta isla. Olvidados por el mundo exterior.
Niccolo asintió, complacido. El brillo nocturno se filtraba por las ventanas. El recinto estaba obscuro. Niccolo encendió una vela de sebo con un yesquero de pedernal.
La segunda noche del festival
La oscuridad estaba cargada de fría soledad y Annie no tardó en tiritar. Es cierto... el año comenzaba con las heladas. Los jirones de niebla flotaban en halos, junto a los faroles de colores. El aire estaba impregnado de carne asada, especias, almizcle rancio y Lujuria quemada. Rememoró el sueño que tuvo cuando llegó a casa, estaba sola. Se tiró en la cama y se echó a llorar, se ponía emotiva de la nada. Vio al hombre con las manos manchadas de luz roja, persiguiéndola con el rostro asustado. Vomitaba abominaciones. No recordaba de qué color era su capa, quizás roja o negra... Todo estaba borroso.
Pero, ¿a quién le importaba? Las personas se daban besos tímidos, abrazados. Celebrando el final del año. Amor y soledad. Sueños rotos y proféticos. El cielo estaba cubierto de estrellas y cada una de ellas era un sueño hermoso. La luna estaba especialmente hermosa en su día. Desde tiempos inmemoriales la adoraban, porque de ella habían nacido maravillas. Los primeros humanos bajaron de la luna sobre caballos de fuego, labrando la tierra fértil y alumbrando hijos en abundancia. Diana y Bel, el Sol y Luna, estaban enamorados. Durante la creación del mundo, vieron sus imágenes cósmicas, separadas por la bestia negra del anochecer. Bel adoró las creaciones de la luna: figuras femeninas, plateadas, hermosas y misteriosas. Al no poder tener a su amada... Plantó las semillas de los primeros hombres en la superficie de la luna, siendo alimentados por los polvos estelares. Crecieron hombres, fuertes para proteger a las mujeres, débiles ante su belleza y sabios para comprenderlas. Los dioses les regalaron la vida, y ellos transformaron la creación... en el amor perdido que ellos se profesaban, pero no podían otorgarse. Porque Diana y Bel solo se encontraban en ocaciones. Su amor era tan intenso, que podrían destruir a sus adoradas creaciones. Tenían miedo de perder a sus hijos. Su más hermosa muestra de afecto. Se extrañan cada instante, adorando sus momentos efímeros de pasión, pero... solo convertirán en uno cuando las estrellas del cielo desaparezcan. Por eso, el amor de un hombre y una mujer, honra a los dioses del cielo. Es una réplica de la intensidad con que ellos se amaron, al inicio de los tiempos, y lo seguirán haciendo... cuando los humanos desaparezcan.
Annie se lavó el cabello dorado, lo peinó, perfumó y lo llevaba en una larga trenza llena de flores. Se había puesto un ligero vestido morado y sandalias de piel, atadas con cordones que le llegaban hasta las rodillas. Alrededor del cuello llevaba una gargantilla de oro adornada con zafiros que le hacían juego con los ojos.
Louis estaba deslumbrante envuelta en satén blanco, aunque su figura mostraba demasiado para su edad. Pulseras de plata en las muñecas y una rosa blanca a modo de aguja en el moño castaño.
Recorrieron la plaza humeante con la comida, el olor del vino, el ron, la cerveza y otras bebidas. Por todos lados había bullicio: los espectáculos, los duelos de jaques y magos errantes. Se detuvieron junto a un carro de pasteles calientes. Un hombre de túnica verde a rayas rojas se subió a los hombros de otro azul a rayas amarillas. Cada uno con una sarta de cuchillos en las manos. Comenzaron a hacer malabares, para el horror del público... Todo el mundo miró asombrado la destreza de las manos de los malabaristas, los cuchillos volaban en círculos y eran atrapados. Hasta que se subieron a los hombros de un tercero, vestido de dorado y negro con una máscara de chacal pintada de oro. Louis Leroy le apretó la mano... El corazón se le encogió. Los malabaristas entrechocaron los cuchillos, las hojas encendieron en llamas doradas, bailando cálidas sobre el metal brillante. Las lanzaban y las atrapaban, al ritmo de los tambores mientras una apretada y ruidosa multitud los aclamaba. A pesar de toda la emoción, se sentía muy tranquila.
Jean Rude les ofreció un trago de una extraña bebida verde... Louis hizo una mueca cuando la probó. Luego el muchacho se lo ofreció a Annie y la probó... Era fuerte y mentolada, el calor le bajó por el pecho con un escozor.
Jean era un muchacho risueño de cabello negro y ojos cafés que vestía con trajes marrones. Se estaba dejando crecer el bigote, pero apenas era una pelusa en su labio superior. Tenía un brazo escayolado, el mismo brazo que Annie había visto romperse cuando se cayó de un árbol.
El cuervo mascota de un joven llamado Camielle Daumier le robó la varita de roble de la familia Rude. Jean era pescador, pero al nacer con la quintaesencia, su sueño era ser magician y su familia lo apoyaba con orgullo La varita fue a parar al colosal roble que reposaba contra el edificio vecino a la biblioteca, un ancho hogar con terraza. Jean rabioso, subió mientras Annie le gritaba. Camielle se partía de risa, era mayor que ellos... Un tipo cruel que se divertía molestándolos.
Nadie trepaba mejor que Jean. Trepó como un lémur, subió las ramas con ímpetu, aferrándose al tronco con las piernas. Pero una rama estaba podrida y se quedó en su mano mientras caía... Escuchó como su cuerpo aterrizaba sobre el brazo con un profundo crujido. Se rompió un brazo y dos dientes. El cuervo de Camielle anunciaba en graznidos que existía carroña...
Compartieron la bebida mentolada de Jean mientras veían a dos jaques intercambiar tajos, con el torso desnudo, mientras un mago errante de túnica morada bailaba sobre un suelo en llamas. La música cesó, uno de los jaques se retiró con una herida sangrante en el pecho musculoso. El jaque ganador movió la espada en el aire mientras pedía un retante. Una mujer de la multitud se acercó con una fina espada que brillaba con la luz del espectáculo. Jean abrió la boca como un idiota cuando la mujer se desnudó, tenía piernas musculosas y unos grandes pechos de pezones rosados, su cintura describía una grandiosa curva. El fino vello corría desde su intimidad escondida hasta su ombligo. Se batió a duelo con el hombre hasta que los dos estuvieron bañados en sudor. La danza terminó, cuando la mujer de rizos negros le dibujó una profunda sonrisa roja en un muslo al jaque. Annie le vio bien el rostro, se dio cuenta que era Miackola Escamilla. Siempre usaba la capa y la vestimenta, tenía un cuerpo muy bonito y esbelto.
Mia hizo un movimiento de revés y llamó cobardes a los hombres. En sus ojos oscuros se reflejaba el reproche y la tristeza. Se vistió y salió del círculo con la espada chorreando sangre.
El mago errante de morado alzó las manos al cielo y llamas verdes salieron con un estruendo desde los braseros, mientras las monedas llovían. El mago de verde y rayas rojas soltó los cuchillos dorados y levanto las manos. Los árboles de la plaza se movieran de su sitio. Los hombres envueltos en disfraces de hojas cosidas se adentraron en su círculo de fuego creado por braseros. El espectáculo de los magos errantes era muy vistoso. Jean y Louis fueron a un lugar más apartado. Annie los siguió dejando todo el bullicio atrás. Llegaron hasta un callejón más vacío, con fresnos y bancos de piedra. Los árboles frutales perdían su coloración verdosa.
En algún lugar cercano, alguien tocó la cuerda de una lira. Una nota aguda recorrió el lugar como una campanada.
Un bardo sentado en un banco solitario, comenzó a tocar una melodía cargada de melancolía como si cada nota arrancará un pedazo de su alma. Era el mismo rubio que vestía de blanco y morado. No sabía si era un mago... su esencia se difuminaba con la brisa retorcida. Su voz melodiosa era dulce como una gota de miel al final de la garganta.
Quiero confesarte que ya tengo la certeza.
De que tu recuerdo vive adentro de mi piel.
Tengo un corazón que está perdiendo la cabeza.
Porque se dio cuenta que ha caído ante tus pies.
Annie se alejó, sentando en un banco apartado, donde podía escuchar al bardo y oler las hojas de naranjos. Las personas de allí eran pocas, amantes entusiastas. Unos ojos luminosos se acercaron a ella con rapidez, dio un respingo. Un gato naranja saltó de un tejado cercano, hasta el banco frente a ella y la miró, hosco, como si fuera una persona maliciosa.
Busco algún pretexto para acercarme a tu lado.
Si me sale bien tal vez parezca accidental.
Por fin usaré todo el coraje que he guardado.
Para confesarte lo que nunca pude hablar.
Miró en derredor, confusa. El bardo siguió cantando, a sus pies tenía una olla de hierro con unas cuantas estrellas de bronce y un orión de plata. Louis y Jean se besaban con pasión recargados sobre un viejo fresno, parecían succionarse los labios. Devorándose con soltura. Ella estaba sola, sintiendo un frío cada vez mayor y una soledad repentina. Pensó que todos tenían a alguien, excepto ella. Hasta el pobre Niccolo tenía a Mia para pasar el rato, riendo y hablando. Pero fuera de todo lo demás, ella no tenía a nadie. Ni siquiera Louis podía ser su amiga todo el tiempo porque se iba al instituto.
¡Acuérdate de mí!
Por si tu corazón busca algún dueño.
O si quieres mil besos en un sueño...
O si quieres más noches de las que no te den ganas de dormir.
El gato comenzó a seguirla, amenazante. Su andar felino exhibía, mostraba una elegancia natural. Una atracción magnética que jugaba con las más profundos engranajes de su mente. Retrocedió un paso, confundida, luego otro, asustada. Sentía las tripas revueltas, un miedo se alojó en la boca de su estómago mientras el gato dejaba escapar un maullido de exasperación.
-La hija del alquimista-se dio de espaldas contra Camielle Daumier. El cuervo en su hombro profirió un graznido.
Se apartó de él, rápidamente, y el gato le pasó entre las piernas con un cosquilleo gélido. Aquel cuervo negro como el carbón, siempre revoloteaba en torno al joven. En sus ojos había cierto resplandor húmedo. Tenía el cabello plateado, una boca pequeña y cruel. Llevaba un collar hecho de colmillos de distintos animales, en torno a un cuello menudo. Camielle nunca le dio miedo, pero desde que salió impune de la vez que le rompió el brazo a Jean, le resultaba temible. Tenía un aire perverso, había leído historias espantosas de los Daumier. Cuentos de magos negros y personajes malvados. Alegaban ser nahuales: personas que podían poseer el espíritu de los animales. Una familia extraña, arrogante y estricta. Camielle poseía aquel andar, enfermizo. Él decía poder poseer al cuervo y volar, una magia increíble, pero también malvada. Porque la usó para lastimar a otros. El joven pálido miró a su gato con un extraño orgullo. Estaba loco.
-Annie... Verrochio-dijo con una sonrisa. Le sacaba una cabeza de altura.
-Camielle...
-¿Creí que te encontraría en el instituto, pero veo que no?
-¿Qué sabes tú del instituto?-Replicó con reproche.
-Más que tú, por lo que veo-Camielle se acercó a ella con una sonrisa, olía a humo y sangre-. El orgullo de la familia es este poder maldito. ¿Cuál es el de los Verrochio? Sí, desaparecer... Creo que eres la única que heredó una gota de poder en esta generación-sonrió, lobuno-. Todos los Daumier estamos malditos, desde nuestros orígenes. Llevamos el pacto del demonio en la sangre. Tuve un tío que tenía un oso, pero cuando lo poseyó... estaba hambriento y se comió su cuerpo humano. También hubo varios Daumier en el Antiguo Continente, que poseyeron a tigres, manticoras y dicen que hubo uno capaz de poseer a un dragón. Puede que tengamos forma humana-se encorvó, acercando su rostro al suyo-. Pero somos depredadores, ocultos en pieles humanas. Todos se inclinan temerosos del nahual.
Todo lo que dijo, lo hizo odiarlo aún más... Odiaba aquellos ojos violáceos. Bajo toda aquella superficie de demencia había un brillante desquiciado. Pero sabía, que no se atreverá a hacerle nada porque le tenía miedo a su padre.
Annie sintió como se le congeló la sangre. Cuando vio el brillo rojo de la macha en la luna, reflejado en la hoja negra de un puñal. Una mancha de sangre... Una sombra negra de ojos rojos se movió detrás de Camielle. Recorrió el filo con un dedo, se colocó el puñal contra la mejilla. La mancha roja parecía una lágrima rodando sobre el acero negro. Los ojos de Camielle centelleaban, divertidos. El mango era de cornamenta ribeteada de plata. La hoja era de hierro de cometas.
La sombra negra tomó a Camielle del brazo. El cuervo graznó asustado, el gato soltó un siseo rabioso. El nahual se lo pensó de nuevo y escondió el puñal. Era tan alto como Camielle y su mirada de rubí hizo que se le borrara la sonrisa del rostro. No pasó mucho, hasta que Camielle se marchó. El joven se sentó junto a ella. Vestía una capa negra con guantes y botas oscuras. Parecía hecho de oscuridad neblinosa. Un demonio... o un ángel de las tinieblas. Tenía el cabello rojo intenso rematado en las puntas de un azul extravagante.
Annie se estremeció al verlo. Sintió un calor agobiante en el cuerpo, pegado al vestido. Quizás fuera el afrodisiaco en el aire. Sus ojos llamaron los suyos y se cruzaron. Un azul intenso contra una mirada forjada en sangre, parecían rubíes.
Desvió la mirada... El humo extravagante llenaba sus pulmones con calor. Cada insuflación la hacía sentir mareada. Con un sentimiento agradable recorriendo sus piernas. ¿Cómo se llamaban aquellas hierbas que quemaban en los braseros? ¿Lujuria? Que nombre más adecuado para aquella sensación que afloraba en su interior. El joven sonrió.
-¿Estás bien?-Su voz era un matiz de fuegos cálidos.
-Sí-la voz le salió entrecortada.
-No es bueno que vaya sola-le tendió su brazo y Annie lo estrecho sin pensar-. Déjeme acompañarla.
Era alto y fuerte... Junto a él se sentía capaz de hacer cualquier cosa y era todo un caballero: la hizo reír, le ofreció una taza de leche caliente endulzada con miel. La dejó hablar mientras se alejaban de la plaza desolada, sus preguntas alimentaban la conversación. Ella le contó quien era Niccolo, de cómo Jean se cayó del roble y que le daba mucho miedo el cuervo de Camielle. Se olvidó por completo de Louis y de Jean, de su padre y de todos. Regresó a la plaza del Héroe Rojo, con la estatua adornada por un montón de velas coloridas. La luna pálida lucía un mechón de sangre. Una línea espectral de ensueño. Un puente de maravillas. Se veía tan lejos y tan increíble...
-¿Sabe usted por qué festejamos a la luna?-Pregunto Annie, con tono cómplice. Quería demostrarle lo inteligente que era.
Una mujer echó un zarzal de hierbas secas en un brasero. El humo flotó, pálido, en toda la plaza y sintió como se le encendían las mejillas-. Había maravillas...
-... que bajaron de ella-completó el joven. La luz de luna bañaba su cabello, formando ondulaciones rojas, azules, grises-. Lo cierto es que ella es el testigo de nuestra existencia. Ha visto a los antiguos nacer y morir. Imperios levantarse y decaer. Honramos a los ancestros, a los dioses antiguos y a nuestra existencia misma a través de ella: divina, eterna y misteriosa.
-Es muy bonita-la luna blanca se fue tiñendo de rojo a medida que las horas avanzaban, fugaces. «Amor» le había dicho Louis.
-Esto también es hermoso-le acarició una mejilla con aquellos dedos enguantados, suaves y negros.
-¿Qué cosa?-Sintió sus rodillas temblar.
-Tiene una muy bella sonrisa, señorita.
Annie lo sujetó con más fuerza, aferrándose a él, no quería perderlo. No quería volver a sentirse asustada, paralizada, sola. ¿Se estaba enamorando? Las horas pasaban volando, la atracción que sentía por él era inigualable. El nacimiento del amor estaba pronosticado desde que vio el brillo en sus ojos. Lo sintió... Vagamente se mordió los labios. Caminó con él, donde un mago errante vestido de morado con un estrafalario sombrero de rayas blancas, negras, azules y moradas.
«Su cabello también es morado», advirtió Annie con un ladeo de cabeza. Olía a incienso, a frutas y a una desesperada tristeza. En sus manos llevaba un saquito de cuero con el que arrojaba polvillos finos a un gran brasero de hierro con forma de trébol. Las llamas purpureas se alzaban tan altas como él.
-Vengan dioses antiguos. Dioses Muertos-un ayudante pelirrojo de rostro pecoso le alcanzó un largo cayado de roble rematado en oro macizo. Arrojó un muérdago al fuego y extendió el báculo-. Déjenme verla una vez más.
Las llamas se alzaron, tomando muchas formas... Creciendo y tornándose de un pálido morado brillante. La figura de una mujer de fuegos purpúreos tomó forma en aquel brasero. Sus cabellos bailaban, era flamas. Annie lo reconoció, era Julius van Maslow el Mago Morado del Crepúsculo. El espectro estiró los brazos ardientes en torno al mago morado. Pero, cuando se cerraron para abrazarlo... ella despareció. Llevada por el viento. Annie vio unas cuantas lagrimas caer desde unos ojos grises, ocultos por el ostentoso sombrero y la barba purpura descuidada.
-Los muertos deberían descansar, no ser llamados a la vida otra vez-pronunció el joven. Aunque él también tenía los ojos vidriosos.
Sentía un regusto amargo, la bilis en la garganta. El resto de la noche se volvió humo y el bullicio. Los hombres bebían y reinaban estruendosas carcajadas. Pasaron junto a uno dormido o... posiblemente muerto, que apestaba a ron. Un jaque vestido solo con unos pantalones le lanzó una espada fina a un magician de capa roja, mientras lo maldecía.
-Te reto, Alfred Van Lene-clamó el jaque-. Espadas. Un duele de espadas. Donde los magos cobardes quedan indefensos.
El magician tenía una horrorosa cicatriz en un ojo ciego. Era alto e imponente, de hombros anchos y unos brazos como fuelles. Pateó la fina espada a sus pies, lejos de si, y desenvainó un grueso mandoble entre palabras obscenas. Olió su esencia: pelo quemado y a incendios... Un demonio rojo. Las rodillas le temblaban con mirarlo, ese hombre debió haber quemado vivas a un centenar de personas. Lo podía ver, sentir, todo ese dolor escociéndole la piel. El nombre Alfred Van Lene le sonaba... De alguna de las historias de Sir Cedric.
El jaque sonrió enseñando unos cuantos dientes de plata. Tenía un pecho musculoso enmarcado en sigilos de Maeglafia. Símbolos de una antigua lengua. Marcas azules que evocaban poder. Levantó los brazos, apretando los gruesos omoplatos y describió un fiero arco, con un destello plateado que impresionó al público. Empuñaba una espada ágil y grácil, elegante, comparada con el grueso mandoble de Alfred. El magician de la cicatriz se quitó la capa, dejándola en el suelo. Abajo llevaba una túnica negra que se le ceñía al robusto cuerpo. Los sigilos azules del jaque brillaban cuando se movía: pasaban del azul al verde y luego al dorado. Sin más... Se lanzó sobre el otro.
Fue el movimiento más rápido, fuerte y brutal que había visto. El magician iba a levantar la espada para detenerlo, pero lo pensó mejor y retrocedió. La hoja cortó el aire con tanta fuerza que los oídos de Annie silbaron. El jaque siguió atacando, bailaba con mucha agilidad, evadiendo al hombre de la cicatriz que apenas se defendía. Describió un círculo alrededor de los tajos violentos de su oponente, dando estocadas, cortando... el magician retrocedió bañado en sudor.
Sangraba por un centenar de cortes a través de la túnica ceñida, parecía un borracho dando tumbos. Alfred Van Lene, herido, aulló y describió círculos con torpeza. Sus pies buscaban al jaque... Dolorido, se acercó como una presa rabiosa. Estiró un largo brazo y tomó la muñeca del jaque en un movimiento desesperado. Lo lanzó al suelo con estrépito.
Annie pensó que se lo había roto. Alfred se lanzó, quería rematar al jaque... que se levantó rápido como un zorro. Esquivó el grueso mandoble y con un limpio tajo le cortó el vientre al magician. Un horroroso grito se levantó por encima del escándalo de la multitud. Alfred parecía que iba a morir, por la forma en que se apretaba los intestinos salidos... Eran serpientes azules que salían de su interior. Famélico, casi sintió lastima por él. Sentía mucha repulsión. Ver toda esa sangre la hizo abrazar al alquimista. Por otro lado, los ebrios vociferaban maldiciones y bebían como si fuera una pelea de perros.
Un cuerno de vino voló desde la multitud, trazó una curva en el aire y se estrelló con Alfred Van Lene. El vino ardiente chorreaba sobre el perdedor, lamiendo sus heridas con ferocidad y corrosión. Se retorció por el ardor como un gusano.
El jaque inclinó la cabeza, depuso su espada y se alejó un poco malogrado. Pero el magician herido soltó un gruñido casi animal. Susurró unas palabras y de su brazo brotó una lengua de fuego dorado, que envolvió al jaque... con un quejido. El aire se cubrió del aroma a pelo quemado y piel chamuscada. Su piel saltó con un chisporroteo grasiento. Una pincelada de perfume de... «Grosellas».
«Una casa vieja que arde en llamas... junto con viejos recuerdos-Annie intuyó un pensamiento flotante, lo captó-. ¿De quién era aquel pensamiento?».
El grueso y afilado mandoble de Alfred Van Lene, el mago de la cicatriz... se abrió paso en la sien del jaque envuelto en llamas. Esparciendo un reguero de sesos, huesos y sangre por los adoquines... uno de los ojos cayó cerca de donde estaba. Annie soltó un grito, y se dobló por la cintura con horcadas. El joven le cubrió los ojos y la envolvió con su cuerpo. Olió un perfume de azafrán, apartando las náuseas de su mente.
-Vámonos.
El lugar rompió en festejos, vítores, aplausos y el chocar de las bebidas. La capa negra del alquimista la envolvió, llevándola con cuidado a un sitio lejos del ajetreo y el olor ferroso. Cuando abrió los ojos... estaba lejos del ruido, de la sangre, de los hombres y las mujeres malvadas. De duelos a muerte y peleas encarnizadas. De todo, menos de aquel... ¿aquel? No sabía su nombre. Estuvo toda la noche con un misterioso joven atractivo.
-¿Cuál es tu nombre?-Preguntó, risueña.
-Soy Sam Wesen.
-Aja-sin darse, cuenta lo tenía tomado de la mano. El guante era terso y duro-. Y yo soy la hija pérdida de Courbet.
-No tengo problemas con ello.
-¿Sam?
-¿Sí?
-¿Por qué lo mató? Es decir... Había perdido la batalla. Ninguno debió morir... Ellos solo se mataron sin necesidad de motivos claros.
-Así es la vida-los ojos sangrientos de Sam lanzaron destellos acuosos-. No se deja de luchar... hasta que se muere. El morir implica dejar atrás todo por lo que has peleado. Los primeros que habitaron esta isla debieron sentirse frustrados. Estaban muertos, pero por alguna razón seguían caminando, arañando el suelo y teniendo hijos infelices.
-Fue horrible.
-No debió ver eso. Suele pasar a estas horas del festival. Cuando las bebidas ya han destruido el pensamiento racional. Los jaques huidizos o los magos errantes borrachos, retan a los magicians. El juramento otorga un comportamiento a la altura del estatus, que conlleva el cargo de protector. La mayoría ignora estos berrinches, pero, pasa que los magicians más belicosos son los que ceden ante estas provocaciones.
-¿Por qué te llamas como un héroe de la antigüedad?
-Porque sí.
-¿Los Wesen no estaba extintos?
-En los huesos-Sam se pasó un dedo por los labios.
-¿Tus padres estaban obsesionados con el Héroe Rojo?
-Haces muchas preguntas, Annie-un brillo húmedo cubría su boca. Sus labios rojos manaban un fragante aroma.
Sus manos tomaron su cintura con suavidad, la atrajo. Su pequeño cuerpo se pegó al suyo. Sentía su calor ¿O ella estaba acalorada? Era un palmo más alto y la miraba, no a ella, a sus ojos... ¿a sus labios? Su rostro se acercó, aquellos ojos sangrientos se desvanecieron. Annie entreabrió los labios, esperando. Sam estampó su boca. Su beso era un cosquilleo en toda la cara. Una corriente energética recorrió su cuerpo a toda velocidad, dando vueltas y retumbando. Sus labios eran miel pegajosa y suave, tenían un afrodisiaco más poderoso que la Lujuria impregnado en la carne... Era un beso suave, quizás el más suave que sentiría en su vida. Sus bocas se unieron, existía pasión, ternura, gentileza... El calor le nació en la boca con un profundo ardor y le recorrió el pecho, el estómago, los intestinos, el vientre. No necesitaba respirar pues sus pulmones se llenaban de calor... ¿Era amor? El exquisito dulzor del azafrán la hipnotizó. Sintió que se derretía a sus pies. Indigna de besar a tal creación. Cuando el beso terminó, tenía la respiración acelerada. El rostro gentil de Sam apareció flotando ante ella con una sonrisa.
-¿Estoy soñando?-dijo sin pensar.
-Quizás -le respondió. Su aliento olía a canela, nuez moscada, vino picante y... «azafrán». Quemaba en la nariz. Su esencia hermosa era un perfume de rosas, mezclado con un profundo abandono-. Dicen que morir es como soñar. Pero yo pienso que es mejor vivir.
La besó otra vez, con soltura... Sus manos acariciaban su cabello, sus finos rizos de oro fundido eran estirados por los dedos cálidos de Sam. Sus bocas se unían en una batalla de placeres. Quería besarla, devorarlo, poseerlo. La euforia, espesa, le nublaba el juicio. Tocarlo era lo mejor. Quería sentirlo con cada gramo de su ser.
-Te necesito-confesó Sam... casi como un susurro.
-Y yo a ti-su mundo consistía en besarlo. Toda la noche. Que aquel sueño no acabara nunca. Sam deshizo el beso, y se acercó a su oreja. Su respiración la puso a temblar.
-Estás bajo mi control-ordenó, existía un poder absoluto en el tono bajo de su voz. Annie se sintió flotar en una nube de algodón mientras le susurraba. Aquellos ojos rojos lanzaban chispas ondulantes. La sensación de placer se volvió agobiante, la poseía, la tomaba, la estiraba hasta el límite, la envolvía con fraternidad y la rompía en pedazos. Como si le hubieran quitado sus sueños y esperanzas-. ¿Estás bajo mi merced?
-Sí -susurró sin contenerse.
-Harás todo lo que te ordene.
-Sí.
Un fulgor carmesí atravesó sus entrañas. Su mente no respondía, estaba quieta mientras aquel extraño la tocaba. Bajo su merced... Lo sentía a través del camino invisible que los unía. Sus palabras resonaban huecas dentro de su cabeza.
-¿Si te pido que me entregues tu cuerpo, lo harás?
-Lo hare-asintió, cansada. Bajo su piel refulgían fuegos celestiales. No podía renunciar a las sensaciones. Su mente estaba nublada por un denso humo afrodisíaco.
-¿Robarás y matarás si te lo ordeno?-Preguntó Sam con una sonrisa lobuna. Unió sus labios con un beso húmedo.
Annie se estremeció, de su boca escapó un gemido de necesidad. En su cabeza se removían fulgores hirvientes. Entre sus piernas sentía un calor abominable. La humedad predominó entre sus muslos, con adulterio.
-Sí-con cada beso perdía control de si misma.
Su mente y cuerpo eran dos astros lejanos, cortados por velos de galaxias espirales. Se lamió los labios en busca de aquella sustancia delirante. Perdía el control... Sam se mecía bajo la fuerza inclemente de la brisa.
-Eres mía.
-Enseguida asigné a los treinta que nos enviaron, son carne fresca para los hornos-se río con una risa de pollo. Mostrando sus encías rojas, sin dientes-. El fuego los endurece y los prepara para el arduo camino de la metalurgia y el hermetismo.
«Pobres diablos», pensó Friedrich.
El calor le golpeaba el rostro, no se atrevió a dar un paso más. La mano de oricalco, de un frío vivo. Tembló... Un chico ¿o una chica? Arrastraba una carreta llena de carbones. Estaba cubierto de trapos chamuscados.
El calor rectaba por la oscuridad como si ambas fueran una misma sustancia. Las sombras ondulaban, cobrando vida. Aquella cámara laberíntica de la Maison de Noir era llamada El Estómago del Dragón, y desde el principio... Friedrich estuvo de acuerdo con aquel nombre. Estaba sudando como un demonio en el último círculo infernal. Deseaba arrancarse la capa negra, el jubón de cuero, las botas; todo... Lo único que se lo impedía era el sentido común. Allí dentro se podía prender fuego, y no quería por nada del mundo revivir aquel desgarrador momento. En ocasiones, cuando alguna emoción lo perturbaba... podía sentir las llamas consumiendo su mano.
Comodoro lo guio con una lámpara de hierro que cortaba la asfixiante oscuridad de los túneles. Según contaban, el recinto fue construido sobre un conjunto de cuevas subterráneas que mantenían a raya los accidentes alquímicos. La red de túneles era tan profunda, que uno podía pasar una vida entera recorriéndolos.
La gigantesca cámara tenía treinta y tres hornos de los cuales al menos la mitad estaban encendidos. El aire viciado apestaba a azufre, metal derretido y almizcle rancio. Comodoro entrecerró sus ojillos claros de anciano y señaló con un dedo fino y arrugado.
-Los jóvenes aún no soportan el calor-apuntó Comodoro como si alguien pudiera-. No como los grandes forjadores que trabajan el oricalco-Echó una ojeada a la mano falsa de Friedrich, enguantada... aquello siempre le disgustaba.
Un hombre curtido levantó un gran trozo de hierro al rojo vivo con unas enormes tenazas y otro, que tenía unos brazos como fuelles, se acercó con un monstruoso martillo y lo golpeó repetidas veces. Arrancando chispas del material.
-Estuve pensando en mandar a todos los jóvenes aquí-replicó Comodoro-. Con todo lo que el rey Joel nos solicitó, Lord Verrochio...
-Que se haga de la forma antigua.
El camino del alquimista consistía en aprender del conocimiento que el universo tenía para mostrar. Si todos los jóvenes eran enviados al círculo del infierno, solo saldrían vulgares herreros.
-¿Los alimentan bien?-preguntó.
Los alquimistas de la Maison de Noir fueron encomendados por orden real a buscar una panacea para la tierra, que moría día a día. En el sur, desde los campos de Pozo Obscuro hasta el Paraje, no llegaban más noticias que de plagas y pérdidas significativas en los alimentos. Aquello que ocurría, recaería en una fatalidad para la recaudación del impuesto anual de las tierras sureñas, del cual los Verrochio estaban encargados. Necesitaban los impuestos más que nunca... Para solventar los problemas que habían liberado.
-Hacemos lo que podemos con tantas bocas y pocos recursos-respondió Comodoro como quien no quiere la cosa-. Los jóvenes son muy resistentes. Hasta ahora, el sorteo ha sido muy justo y complaciente.
Friedrich asintió. En sus días de novicio había metido su mano en el saco tantas veces como fuera posible. La Maison de Noir tenía un sistema de aprendizaje muy peculiar: dictaminado por el destino. La noche de luna llena metías la mano en el saco de cuero y sacabas una esfera de material con un pensamiento grabado. El material de la esfera correspondía al lugar donde trabajarías hasta la siguiente luna llena. De esta manera, la esfera de hierro con el ogham que significaba «forjar, fuego, crear», te asignaba a aprender el arte de la metalurgia. La esfera de plata te enseñaba el conocimiento de las sustancias y su interpretación. La esfera de oro, las misteriosas enseñanzas del hermetismo. La esfera de oricalco te llevaba a estudiar con los grandes acólitos los dones de los alquimistas.
Comodoro lo llevó con los artesanos que habían tenido la mala suerte de sacar la esfera de madera (nunca le gustó la artesanía). Friedrich había encargado la construcción de trabuquetes, escorpiones, lanzas, hachas y otras armas bélicas que desconocía. El salón de largas mesas de madera estaba atestado de acólitos que se apretujaban, armando resortes o mecanismos, con las rudimentarias herramientas. En el fondo del salón, había un gigantesco cañón que parecía un lobo plateado con la boca abierta, una tonelada de acero sobre cuatro sendas ruedas de carro.
-Nos basamos en los bocetos y relatos de las armas de nuestros enemigos-aclaró Comodoro-. Fue bastante... complicado recrear los originales. Los diseños que recopiló Beret eran bastante detallados y precisos.
Un acólito presionó un gatillo y un pistón arrojó una saeta contra un muñeco de prueba lleno de agujeros. Ascendieron por los incontables escalones. Comodoro podría parecer muy viejo y frágil, pero se movía con soltura. Se había retirado del cargo de representante de los alquimistas hace varias generaciones. Cuando Friedrich lo conoció... ya era muy viejo. Su rostro parecía cera derretida y su mente una vieja máquina destartalada. Pero lo cierto, era que el anciano... podría ser por mucho la persona más brillante y codiciosa de la isla.
Friedrich le dedicó una mirada despectiva.
-El rey tendrá sus intenciones.
Los acólitos murmuraban que el anciano conocía el secreto del Elixir de la Larga Vida. «La vida eterna no existe». Comodoro era recatado y no compartía sus secretos. Salvo con los reyes que se lo pedían. Bajaron por empinadas escaleras de piedra, con cada escalón sentía que el aire se enfriaba. No paso mucho, hasta que exhaló una nube de vaho congelado. El frío le atravesó las ropas, acariciando su piel. Conocía el lugar al que se acercaban: la cámara de los cristales. Conservaban enormes cristales gélidos de valor incalculable, fultano, cristales raros como cuarzo, galeno y luminosita. Cristales artificiales creados con alquimia, como la esencialina... que era la cristalización de las propiedades energéticas que poseían los de sangre peculiar: la llamada «quintaesencia».
La alquimia y su aplicación traían grandeza. El universo se abría para revelar sus misterios a los que veían más allá... a los que estaban dispuestos a llegar lejos. A sacrificar su vida a cambio del enaltecido conocimiento.
Comodoro carraspeó y lo arrancó de su ensimismamiento.
-Por otro lado-sus ojos verduscos, hundidos en sus cuencas viejas destellaron. Sabía dónde iba.
-Fuegodragón-le cortó Friedrich... sintió un cosquilleo en los dedos de oricalco.
-Es un encargo imposible-replicó con una mueca, o lo que parecía ser una mueca en aquel rostro derretido y surcado de arrugas-. Los acólitos estudian y crean nuevos métodos para destilar la sustancia de manera eficiente. Pero hacerlo es sumamente peligroso, por no decir que mi señor perdió un brazo manipulando...
-¡Ya!-Friedrich apartó aquel comentario con un brusco ademán.
-Sí-Comodoro se frotó las manos blandas-. Lo estamos preparando a cantidades desmesuradas. Estamos estudiando métodos antiguos, e intentamos recrear, pero están perdidos. Es como mirar un libro cuyas páginas se despedazan. Bueno, aquel conocimiento que fue sellado por el rey Julián. Eso y otras cosas-su rostro arrugado se tensó en lo que parecía ser una sonrisa-. Si lo que he escuchado es cierto sobre Lord Friedrich. Las puertas que estamos a punto de abrir nos conducirán a un gran...
-... descubrimiento-Friedrich leyó sus pensamientos a través de sus ojillos codiciosos.
Mientras menos supiera Comodoro sobre los hallazgos que habían encontrado en la cripta de los Sisley, menos problemas tendría. Él mismo había seleccionado a los alquimistas y magicians que abrieron las tumbas. Los había silenciado con las monedas y las amenazas necesarias. Habían perturbado fuerzas desconocidas en lo profundo de las cavernas. Los terrores escondidos.
-Me he mantenido vivo por generaciones-murmuró Comodoro-. Esperando el día que uno de los reyes volviera a abrir la biblioteca.
Friedrich levantó una mano, se llevó la mano al pecho donde llevaba el colgante de oro, oculto en la túnica empapada. La llave que no tenía puerta. Estaba harto de tanta lambisconería de aquel viejo. Debía nombrar a un nuevo rector para la Maison de Noir. El anciano hizo una temblorosa reverencia.
-He escuchado a muchos de los acólitos-Comodoro se pasó la lengua por los labios marchitos-. Son solo conjeturas... Lord. Pero he oído mencionar que sería interesante estudiar a alguna de las... creaciones de Giordano Bruno. Esta prohibido crear homúnculos, por eso...
-Sir Cedric quemó todos los cadáveres-le cortó, frío-. El laboratorio ardió hasta derrumbarse. Supongo que los restos de Giordano yacen en aquella fosa, convertido en cenizas-miró el suelo con una sonrisa-. Vaya final. Un loco consumido por las llamas de la verdad... Destruido junto a sus sueños e ideales.
-Es una lástima-Comodoro negó con su cabeza floja, el cabello ralo y descolorido se estremeció-. Eran creaciones magníficas. Giordano siempre fue un alquimista excepcional... Un poco inclinado por los conocimientos impopulares. Es lamentable que una persona tan inteligente desperdicie su brillo. Pero estaba obsesionado-miró a Friedrich mientras se relamía los labios-. Sus experimentos no pudieron ser aprobados por el consejo. Él... creía estar convencido de que era importante. Continuó con la investigación a espaldas de los maestros. Bueno... Ya no importa. Si en el bosque, aún merodean algunas de sus creaciones... enviaré a los acólitos a capturarlas.
Friedrich frunció el ceño. Era cierto que Comodoro no tomó partido en la expulsión del Homúnculista de la Maison de Noir. Siempre guardó una exacerbada fascinación por el lado oscuro de la alquimia. Además, casi toda la investigación registrada sobre homúnculos se llevó a cabo por Comodoro, hace mucho... mucho tiempo.
Pasaron junto a un salón con un inmenso tragaluz circular, donde caía la luz dorada con el sol en lo alto. Alrededor del pilar de luz se congregaban un grupo de novicios, entonando un conjuro. El aire olía a electricidad. Un acólito se paseaba por el círculo de luz pregonando una enseñanza.
-La esencialina es la cristalización de la quintaesencia, que fluye en pocas familias de nuestro pueblo-vestía una larga túnica negra, ceñida con un grueso cinto de cuero y de su cuello colgaba la insignia de plata de los acólitos-. Pero no solo se encuentra en la sangre en forma de energía ionizada. También esta en todas las cosas que nos rodean, lo que conforma el todo. Es el estado primordial de la materia. Solo hay que recordárselo a la materia-a través de las siluetas de capas negras, se veía una mesa aterciopelada bañada por la luz. La escasa esencialina que podían transmutar del sol, no podía mantener una forma sólida y concisa. Parecía arenilla de vidrio descontrolada. El acolito que no era más joven que ninguno negó con la cabeza-. La esencialina es uno de las sustancias fundamentales para las reacciones. Es un poderoso reactivo y disolvente. El conocimiento de la materia es uno de los dones que debe tener un alquimista capaz de influir en el universo.
Siguieron caminando por el largo trecho poco iluminado. Friedrich dominaba siete de los doce dones del alquimista, aunque la mitad de los dones eran inservibles... si disponías de las herramientas necesarias en un taller y de Maeglafia.
-¡Señor!-Escuchó una voz jadeante a sus espaldas.
Marco se acercó con la respiración entrecortada. Cuando corría, se pisaba los ruedos de la capa negra. Tenía el pelo negro pegado al rostro sudoroso. Era otro joven que había ascendido a acólito y servía a Friedrich como lacayo. La insignia se bamboleaba en su pecho.
-Lo buscan-explicó, entrecortado.
-¿Quién?
El joven no supo que decirle. Parecía temer una reprimenda, por interrumpir a Friedrich en su recorrido por la Maison de Noir. Como representante de los alquimistas en el Castillo de la Corte debía mantenerse al tanto de las encomiendas de ellos. Aunque eso significaría pasar un día entero junto al dolor de bolas que era Comodoro.
-Una anciana-Marco tenía profusas ojeras, siempre parecía muy cansado. Si no fuera por la palabra que añadió no le hubiera dado importancia-: Una druida.
Intentó no sonreír de satisfacción.
-Fue un placer, rector Comodoro-ladeó la cabeza, como si le doliera con toda el alma despedirse.
Comodoro realizó una temblorosa reverencia. Tardaron media hora en salir de los túneles y emerger por las escaleras. El sol en lo alto acentuaba los colores a través de los anchos ventanales, pasaron bajo arcos de piedra gastada que se pegaban al techo y salieron por una puerta doble de bronce, con los siete principios del universo grabados en el idioma antiguo. La Maison de Noir estaba rodeada por gruesas murallas negras como el azabache. Quedaba fuera de la ciudad, aunque sus ramificaciones se extendían debajo. Varios árboles se refugiaban dentro, cubriendo el suelo de baldosas de mármol con una alfombra de hojas muertas. El recinto era un conjunto de torreones color carbón. Nada que ver con los cientos de túneles y cámaras secretas bajo tierra. Friedrich le lanzó una mirada despectiva a Marco.
El muchacho señaló unos árboles mientras se miraba las botas polvorientas. Allí estaba, a la sombra de un tosco olmo. Una anciana diminuta, como una niña arrugada, ataviada con una descolorida túnica marrón muy gastada y el pelo blanco en una larga trenza que casi tocaba el suelo.
-Friedrich-sus ojos marrones estaban cargados de solemnidad-. Necesito hablar contigo.
Nirvana era una de los pocos druidas del Bosque Espinoso que seguían con vida. Ellos mantenían las extintas creencias de los dioses del bosque. Heredaron los dones de la Gran Madre. Desgraciados por la esencia, refugiados en el bosque y benditos por la naturaleza.
-Marco-le hizo unas señas.
El muchacho hizo una reverencia y se fue a toda prisa.
-Caminemos-dijo Nirvana y echó a andar con paso ligero. Se tambaleaba como si tuviera cortes en las plantas descalzas.
-¿Qué han decidido los druidas?
En la antigüedad, fueron líderes religiosos que guiaron a las tribus, mucho antes... de que llegaran los hijos de los dragones y los reyes del bosque. «Los conocimientos de la naturaleza». Iba más allá de la quintaesencia o la alquimia. Los druidas de la antigüedad conocían las estaciones y gozaban de largas vidas.
-Hace varias noches nos reunimos ante el dolmen- explicó-. Muchos de nosotros hemos desaparecido sin dejar rastro. El resta estaba asustado. No se atrevían a internarse en el corazón del bosque. Deambulan criaturas antinaturales. Aberraciones que hacen llorar a la Gran Madre y llenan de ira a los dioses antiguos-frunció el ceño. Los druidas y las profecías lo irritaba. Las supersticiones llenaban sus oídos cada día. Nirvana suspiró. Una lechuza blanca revoloteó sobre su cabeza-. Las aves migran en la dirección equivocada. Los animales mueren. La tierra se estremece. Los árboles mueren-le dedicó una mirada acusadora a Friedrich, como si toda la culpa fuera suya... Aunque en parte, lo era-. Están envenenando nuestra isla.
Friedrich sintió la bilis en la boca, escupió. Esperaba que finalmente desaparecieran. Era mejor que esos druidas se extinguieran junto al pasado manchado de polvo y sangre.
-Si viniste a decirme profecías tontas...
-¡La Gran Madre llora!-Sollozó Nirvana-. Por favor, te lo pido. Presenciamos el abrir de los sepulcros. El temblor sacudió las cámaras más profundas de la caverna. Ellos despertaron.
Se adelantó a ella dejándola atrás. Había tenido suficiente de todo y todos. La poca paciencia con la que nació, quedó atrás... durante los desperdiciados años de su solitaria y frustrante juventud. No estaba para nadie, la única persona para la que estuvo dispuesto a abandonar todo... murió hace muchos años. No había día que no pensará, por descuido... en ella.
-Todo lo que hacemos-se llevó la mano a la redecilla de oro que colgaba de su cuello, oculta-. Será para quitarles lo que nos arrebataron.
Se marchó a zancadas, sus pasos resonaban furiosos. Sentía una intolerante disolución vibrando en su mente.
-Lo he visto-replicó la anciana.
Friedrich se paró en seco, el vello de su nuca se erizó.
-¿Qué has visto?
La anciana sonrió con aquellos labios mustios, parecía idiota.
-El final de todo-su sonrisa se ensanchó aún más, decrépita-. El cielo se caía a pedazos. Los cadáveres salían de sus tumbas para matar a los vivos. Las estrellas caían machacando la tierra. Los espíritus escarlata atormentaban a los que guardan raciocinio. Los ríos se convirtieron en sangre. Te vi morir... Lord Verrochio. Un demonio de ojos rojos te arrancará el corazón.
Soltó una risa similar a la de una mula, mostrando unos dientes amarillos y feos. Friedrich se acercó a ella, decidido, y la abofeteó con su mano verdadera.
-¡Silencio, bruja!
Nirvana se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano.
-Eres un hombre justo-volvió a sonreír mostrando sus encías viejas, sangrantes-. Recuerda esto, porque es lo que debes evitar: esperar lo imposible, llorar por lo irrecuperable y temerle a lo inevitable.
Friedrich levantó la mano para golpearla de nuevo, pero... se dio la vuelta y se marchó con las muelas apretadas.
«Un demonio de ojos rojos».
Tomó un carruaje hasta la ciudadela. El muñón que se amolda a la mano de oricalco, comenzó a picarle. El frasco no era de calidad óptima y... estalló en su mano. Un ardor severo se le clavó en la mitad del cuerpo. El fuego azul lamió su brazo hasta el codo, derritiendo la carne y el hueso carbonizado. Estaba muriendo. Los guérisseurs le habían cortado los restos de su mano con una dolorosa sierra. Habría perdido el codo, sin los cuidados de Nirvana que detuvieron la gangrena. Las cicatrices plateadas cubrían su brazo izquierdo y su costado. Su trabajo en el estudio del Fuegodragón se vio reducido a una pila de documentos que la rectoría confiscó. La Corte lo desplazó, como representante de Pozo Obscuro por su familia.
Profecías tenebrosas... Ese era el menor de sus problemas. Lord Beret tenía en cuenta, que la guarnición de Sir Cedric había desaparecido, tras su homicidio. En Pozo Obscuro se construían barcos de guerra. El reino pendía de un hilo fantasmal, faltaba un catalizador para que todo se volviera una volátil sustancia. Un informante le mencionó sobre un grupo de conspiradores ocultos en la calle Obscura. Su deber era impedir que la verdad saliera a la luz. La verdad sobre las cámaras secretas descubiertas en las profundidades de los túneles. Los secretos de Julián Sisley. La verdad detrás de la plaga que mataba los cultivos. Lo que estaba por venir
Le habían traído las tres cabezas en cofres de plata. Regalos macabros para Beret. Friedrich contempló los rostros apagados de los señores dragón con cierta vehemencia. El rostro de Lord Inferno Scrammer parecía fiero, tenía los ojos de rubí muy abiertos, con expresión consternada... mientras que Lady Scrammer reposaba con tranquilidad, en la sangre seca que alguna vez recorrió su cuerpo Conservaba el largo cabello castaño rojizo... Pero Seth.
Había conocido a Seth Scrammer cuando era un hombre entero. Era alto y fornido como un caballo, las órdenes que daba estaban cargadas de un misterioso magnetismo animal. Sin duda, dejar de caminar había sido duro para él. Los rumores decían que uno de sus subordinados lo envenenó y Seth aturdido, se cayó de una de las torres del Premieré Château. Otros decían... que Sir Cedric lo empujó.
En fin... ellos ya estaban muertos. A Seth Scrammer, la Tormenta Roja, le habían sacado los ojos con cuchillos y de las tres cabezas era la que peor se presentaba... Estaba irreconocible. Las otras eran auténticas.
-¿Cómo sabemos que es él?-Le preguntó a Sam.
-Porque yo se la corte, Lord.
El joven le sonrió de tal manera que a Friedrich le pareció repulsivo. Su cabello rojo centelleaba con destellos azules.
-Quítenlas de mi vista.
Sam hizo un gesto con la mano y sus caballeros: sir Mandrin, sir Pristine y sir Vincen, cerraron los cofres que llevaban en los brazos. Los ojos de los caballeros brillaban violáceos, malvados. Las armaduras impecables relucían con ondulaciones plateadas. Los petos esmaltados tenían detalles ostentosos. Eran las espadas de Sam, la sombra gamebunda de Lord Beret.
-¿Qué hago con ellas?
Friedrich sabía que ellos planearon el asesinato de los Scrammer. Él se había mantenido al margen, pensaba que los dragones podían convertirse en una amenaza, aunque... eliminarlos tarde o temprano, le daba igual.
-Únanlas con sus cuerpos e incinérenlos, denles un funeral apropiado. No necesitamos más almas vagando por la isla.
Sam hizo una reverencia y se marchó con los caballeros envueltos en acero, pisándole los talones. Si de Friedrich fuera la voluntad, enviaría a Sam a la Maison de Noir a servir con Comodoro, quizás encerrarlo en la cámara de los cristales hasta que se le congelaran los pensamientos. O como un rústico artesano, armando virotes y ballestas con las manos cubiertas de astillas. El joven había llegado con Beret aquella noche que los curanderos habían dado al rey por muerto. Desconocía su relación, salvo que Sam lo infiltró en el castillo a través de los túneles secretos. Hasta ahora se había mantenido a su lado, susurrando en su oído y cumpliendo sus inmundas estratagemas.
Friedrich salió del salón del trono a zancadas y se dirigió al jardín. Pronto los nobles llegarían en desbandada. El jardín de estatuas tenía a un hombre desnudo labrado de mármol en el centro de la decoración, las estatuas lo rodeaban: un unicornio, un fénix, un fauno, un dragón... Los emblemas de todas las tribus del antiguo continente.
Friedrich las detalló una a una, mientras esperaba.
-Estás eran las grandes tribus que se unificaron en el Gran Imperio... luego de las invasiones de los Scrammer-Lord Beret se le acercó desde atrás, con aquella expresión... entre frivolidad y ambición. Sus ojos grises lanzaban destellos purpúreos-. Las tribus que rondaban el territorio lejano, portaban máscaras de animales y dioses cuando iban a la guerra.
»Los Escamilla se vestían con plumas doradas. Llamaban fénix a los miembros de sus tribus que se tatuaban diseños con fuego.
»El fauno de los Archer-señaló la estatua de un hombre con cuernos y pezuñas, señaló otros-. El dragón de los Scrammer y el Unicornio de los Sisley. Los Brosse de antaño que volaban sobre alicantos dorados. Los Leroy que cabalgaban sobre ciervos plateados y la ninfa de los Verrochio.
La ninfa desnuda reposaba sobre una roca, con las piernas cruzadas, mientras se cubría los pechos abundantes. A Friedrich le gustaba mucho el símbolo de su familia, era majestuosa y temperamental. La leyenda de los Verrochio decía que la familia era el producto del amor de las hermosas ninfas, que abandonaron su santuario para unirse a los hombres que las sedujeron. Pero otras versiones de la historia contaban como las secuestraron, obligándolas a casarse con ellos. Friedrich frunció el ceño.
-Veo que sabes toda la maldita historia.
Sentía los dedos fríos de oricalco muy tensos.
-Lord-Beret se le acercó (era un palmo más bajo que Friedrich), y señaló la estatua del hombre-. ¿Qué ve allí?
-Un puto hombre-respondió secamente.
Lord Beret sonrió y las arrugas de sus mejillas se tensaron.
-Es porque los que hicieron estas estatuas sabían que... detrás de la ropa que usamos, los colores que vistamos y los símbolos que adoptemos. Todos somos humanos y nunca dejaremos de serlo. No importa en lo que nos convirtamos. Así seamos dioses o diablos... Abominaciones. Creadores de sombras. Usurpadores o... asesinos.
-¿Para qué me llamó, Beret?
-Sígame-echó a andar y Friedrich sintió el impulso de seguirlo con un ligero dolor en los ojos.
-Lo que le hicimos a los Scrammer- comenzó a decir Friedrich, dudoso.
-... es una pena-reiteró el hombrecillo-. Pero fue necesario. El envenenamiento de sir Cedric estaba a punto de salir a la luz. Vivimos una situación delicada en esta isla marginada por los dioses. Tiempos de escasez y exabruptos. Quién sabe el alboroto que hubiera causado si se supiera que las sombras del castillo asesinan a los héroes. Así se juega este juego, Friedrich. Las canciones deben tocarse con los instrumentos adecuados. El hambre, las enfermedades, los desastres, las guerras... El pueblo puede resistir sin oposición mientras tenga esperanzas de redención. Llámelo dioses o... héroes. Un dulce sueño... La esperanza. Que nos hace esperar la canción de medianoche. La más hermosa... La primera sonada nostálgica. Puede quitarle todo a un pueblo, pero nunca la esperanza de salvación. Esa es la forma de controlarlos. La canción del poder. Una pizca de redención.
Cruzaron el jardín lleno de árboles que empezaban a agonizar. Las hojas se marchitaban y cubrían el suelo. Los días se tornaban plomizos y fríos, pronto comenzarían las torrenciales lluvias. Una ligera llovizna caía sobre las losas que formaban el camino de piedra. Friedrich se pasó una mano por el largo cabello rubio.
-Tengo entendido que Sir Cedric tiene una esposa y varias hijas en Puente Blanco.
-Ya envié a algunos caballeros-Lord Beret sonreía, negando con la cabeza-. No se opondrán. El sacrificio de los Scrammer no será en vano. Me temo... que los dragones desaparecerán de la isla. Los caballeros... el Elixir Crepuscular que bebieron, ensombrece la mente y los hace más fuertes y... eficaces. Es una invención que embota el pensamiento. Un mortificador los tendría a su merced por días, antes que el efecto desaparezca. Por eso les damos de beber a nuestros caballeros juramentos del elixir.
-Más obedientes-replicó Friedrich.
Se dirigieron a la torre del Rey y subieron por la escalera de caracol hasta su habitación. Los paneles de oscurecimiento estaban colgados.
-Espero que entienda que todo lo que hacemos es para proteger a las personas. Así sea de ellas mismas. Porque el ser humano es cruel, estúpido y egoísta. Friedrich... Quítese la venda de la duda. Atrévase a confiar ciegamente. Usted sospecha lo que soy, no lo dudo. La Sociedad de Magos persigue a los individuos como yo. Personajes malvados con síntomas de egoístas. Pero poseo un sueño de prosperidad. Un ideal que podrá redimir nuestros más profundos miedos. Capaz de borrar nuestros errores. Porque cometimos una severa equivocación.
La puerta se abrió con un chirrido. Dentro lo esperaba Sam con una sábana en las manos. El rey Joel al pie de la cama, medio dormido, con la boca cerrada. Sus ojos violáceos, obscuros, reverberantes de súbito vacío. No existía vida en su semblante. Era un caparazón vacío, manipulable con mercurio e impulsos eléctricos. La sombra del rey rectaba por la pared y las palabras de la anciana druida acudieron a su mente.
«Te vi morir... Un demonio de ojos rojos te arrancaba el corazón». El sudor frío le cayó por la barbilla.
Sam desenrrollo la sabana. No sabía lo que era. Los trazos a carboncillo iban y venían formando una estructura tubular con anotaciones detalladas. Parecía un modelo compacto de cañón.
-En las costas del Paraje-habló Beret-. Una barcaza llegó flotando hasta la orilla- Sam sacó un arma. Un cañón de madera pequeño y alargado, con refuerzos de acero y una cinta gastada de cuero que colgaba del hombro-. El hombre que venía en esa barcaza estaba armado. Vestía ropas extrañas. Tenía esta arma llamada «mosquete», que dispara pequeñas balas de plomo. Sus heridas terminaron matándolo poco después. Por fortuna, estaba en el Paraje, confisque el arma para su estudio. Aplicando los hallazgos de la alquimia moderna a esta arma del otro lado del mar.
-¿Dispara?
-Pequeñas bolas de plomo-recalcó Beret-. Balas impulsadas por la rápida combustión contenida. Proveniente de las tierras más allá del mar. Nuestras tierras resultaban primitivas. El Misticismo parece obsoleto ante la eficiencia de la tecnología.
Friedrich sostuvo el mosquete. Metió el dedo en lo que parecía ser un gatillo, lo accionó y de una cámara salió despedido un humillo lleno de chispas. «Huele al infierno». Se frotó la nariz, pero sus guantes también conservaron ese olor a meados.
-Vino del otro lado-le dijo a Beret con desdén.
-Así es-se frotó las manos y sonrió muy viejo y cansado-. Estas son las armas que empuñan nuestros enemigos. Han pasado más de dos mil años. No sabemos contra que nos enfrentaremos. La prosperidad del reino requiere medidas contra el estancamiento. Debemos recuperar nuestra grandeza.
-¿Cómo sabemos que estas de nuestro lado?-Friedrich miró por el cañón del arma. Las balas entraban por la boquilla y una especie de sustancia explosiva la expulsaba. Un método simple para mortal si se aplicaba correctamente-. Bien podría estar fingiendo. Es un mago negro... Mucho más viejo de lo que aparenta. Ha hecho cosas terribles. Ha matado por sus deseos egoístas. ¿Por qué obedecería a un viejo desconocido que se cuela en el castillo... Y manipula a todos los que le rodean?
-No le pido que me obedezca, solo le pido que me siga-Beret-. Crecí en esta isla. Quiero ver cómo es el mundo... No sabemos nada de las tierras extranjeras. Quizás sea como dice la historia. El Rey Exiliado rodeó la isla con corales aserrados para impedir que el enemigo llegue. Mil o dos mil años después. El mundo entero nos olvidó. Los pecados por los que nos castigaron fueron perdonados. O quizás no...
»El mundo podría seguir en guerra. Cada día se inventan nuevas formas de destrucción. Exterminio. Algún día llegarán los navíos de guerra y no seremos nada contra ellos. La destrucción será inminente para nuestro pueblo. Con ese temor... han vivido los reyes Sisley desde tiempos inmemoriales.
»Pero existió una persona con ideales de cambio. Lo llamaban Daumier el Terrorífico, fundó el Culto del Gran Devorador con ideas de progreso. Soñaba con una isla igualitaria que aproveche todos sus recursos. Donde la principal filosofía se centre en la obtención de conocimiento y la preservación de la integridad. Profetizaba el estancamiento de la isla. Sus soluciones eran la eutanasia selectiva. Una época feliz, próspera. Pero sus métodos fueron rechazados por los Sisley de la época. El reproche contra el culto creció y fueron ejecutados por la Orden de los Wesen.
Friedrich meditó un momento. La cabeza le daba vueltas mientras el horno de su mente calentaba toda esa materia, amoldándola. Sabía que si se equivocaba, lo matarían... al igual que a Cedric.
-¿Qué necesitan de mí?-Recorrió el mosquete con los dedos.
-Todo-se frotó las manos envejecidas-. Quiero que los alquimistas de la Maison de Noir trabajen en lo que investigué durante años. Las razones por las que me expulsaron del Templo de las Gracias. Mis secretos de alquimista. He llegado muy lejos... y pienso que podría cambiarlo todo. Comodoro está al tanto, Friedrich. Lo único que tiene que hacer... es seguirnos hasta las tinieblas.
El rey lo designó como vocero, porque no podía atender las demandas de los ciudadanos debido a su delicada salud. Beret estuvo de acuerdo en dejar a Friedrich a cargo del trono. Pero... era un asiento muy incómodo. El trono de madera oscura rechinaba y los refuerzos de oro se desprendían. Estaba viejo, gastado... Vacío. Los años transcurrieron sin piedad. El calor de demasiados culos Sisley lo deterioro.
Llegaron granjeros quejándose sobre la tierra y los cultivos perdidos. Un mercader alegaba haber sido estafado por otro,, que prometió traerle un cargamento de harina de Pozo Obscuro y se esfumó en el bosque. Quejas sobre ladrones. Robos. Asesinatos. Violaciones. Un hombre mayor decía haber visto deambular a un hombre o... un animal con enormes cuernos, en los alrededores del Bosque Espinoso. Tenía un oficial en el las butacas para clasificar los casos y ordenar capturas o encarcelamientos. La situación estaba cada vez más peligrosa.
Un curtidor mató a puñaladas a su jefe porque se retrasó con el pago. El hombre no tenía nada que darle a sus hijos para comer, porque el jefe no obtenía ingresos. Mató y robó, Friedrich lo mandó a ahorcar en una plaza para demostrar que las leyes seguían impunes ante cualquier situación.
El castellano del Septième Château se presentó al salón, Argel Cassio era un desastre junto con a unos cuantos magicians de rostro demacrado. Con ellos vino un emisario de la Guardia de la Ciudad. Hizo pasar primero a Argel.
-Lord-Argel y los tres magicians hicieron una reverencia. Sus capas rojas colgaban echas jirones. En sus espaldas se mostraban los restos deshilachados del ángel Uriel, bordado en hilo de oro. Argel tenía el cabello en forma de largos rizos color arena-. La Sociedad de Magos cerró sus puertas. Les hemos enviado cartas, pero ignoran nuestro llamado. Llegamos con la esperanza de apoyo. Traemos noticias sobre las sierpes.
«Sierpes». Los engendros que durmieron durante cientos de años en la tumba del rey Julián Sisley. Criaturas espantosas creadas con alquimia antigua. Ni siquiera sabía de su existencia, antes de abrir la cripta de los reyes olvidados... Un mal había sido desatado sobre la faz de la tierra con un temblor en las profundidades de las cavernas. Argel Cassio parecía agotado, tenía profundas ojeras en el rostro atractivo y quemaduras, estaba cubierto de jolín. Los otros también parecían albergar quemaduras rosadas en el rostro. Estaban curtidos por el calor abrasivo.
-Las seguimos de cerca desde el sur-comenzó a decir-. El rectorado nos hizo llegar una petición de búsqueda. La actividad anómala en las cavernas llamó la atención de los habitantes del Paraje. La guarnición partió en su cacería, escuchando rumores de monstruos. Las cuevas del Paraje dejaban escapar el eco del derrumbe. La tierra retumbaba a su paso. Dejaban cavernas, agujeros y mataban... a la tierra con su presencia parasitaria. Teníamos a un rastreador en la guarnición bastante hábil. Podía seguir a uno de ellos... porque decía que los escuchaba retumbar a lo lejos. Estuvimos largo tiempo, intentando acorralarlos mientras subían al norte a través de las afluencias subterráneas. Entre la montaña Pezuña y la colina Fauno existe un abrupto sendero donde convergen las cuevas subterráneas. El mapa nos mostraba las bocas de las cuevas. Dividimos el grupo, comunicándonos con señales de humo y cristales a lo largo de las cordilleras montañosas. Cuatro grupos, distanciados por montañas. Conjuramos día y noche. Nuestras evocaciones inundaron los túneles cavernosos con una tormenta de fuego abrasador. Esperábamos que salieran a la superficie, expulsados por el calor. La tierra humeaba, ardiente y agonizante. Las árboles se marchitaron. Uno de los grupos no pudo controlar la llamarada y el sendero se incendió.
»El incendio duró varios días, borrando la cobertura natural de la espesura en el Bosque Espinoso. El resplandor nos quemó la piel. Había animales quemados en los restos, montañas de cenizas y árboles chamuscados. El humo y el calor profundizaron en las extrañas de las cavernas. Estábamos en la cúspide de las montañas ardientes. Cuando... en medio del valle, la bestia emergió de la tierra calcinada con una lluvia de guijarros y terrones encendidos. Era un gusano blanco, retorciéndose con un asqueroso movimiento. La piel dura como la piedra, tachonado con cientos de escudos de cuarzo. Un gusano ciego que salía de la tierra berreando, como si de un ser infernal se tratase.
»No pudimos acercarnos al valle. Había mucho humo y... el calor no nos dejaba descender. Abrimos una brecha al infierno, presos de nuestros propios hechizos. Desde los cuatro flancos lo bombardearon con fusiles, centellas y partículas ionizadas. Las proyecciones desprendían trozos de su coraza. Pero... La sierpe se descontroló y subió a una montaña. Intentamos cortarle el paso... mientras aquella criatura ciega subía hasta las cordilleras. Los magicians se tambaleaban con el retumbar. Estábamos allí... frente a las puertas de la muerte.
»Tuvimos miedo-su mirada distante revelaba que se había meado en los pantalones como ninguno-. Me he enfrentado a magos negros peligrosos y malvados. A criaturas que no deberían existir en lo profundo de las cienegas. Pero... nunca a un monstruo tan grande. Las centellas purpúreas se estrellaban contra su coraza pálida... Subió a cada cordillera, destruyendo las defensas de los magos y triturando sus cuerpos en sus fauces. Lo rociamos con Evocaciones Elementales de Combustión. Penetramos en su piel con poderosas Evocaciones de Ionización Estática, tan potentes como truenos. Lo azotamos con corrientes de aire capaces de arrancar árboles de sus raíces. Inclusive llegamos a disolver sus escamas con una Evocación de Distorsión de Sólidos. Estábamos desesperados por exterminar a ese monstruo... Ninguno se sentía cómodo huyendo. Somos guerreros hasta el final. Éramos el último grupo que quedaba en una montaña que se mecía, a punto de derrumbarse.
»Vi a una mujer, no mayor que yo... acercarse con la espada en la mano y enterrarla en esa bestia en llamas. Murió, aplastada... como un gusano que revienta en una suela. No creí que llegaría ese día... Las Proyecciones y las Evocaciones que conjurábamos no le hacían efecto. Solté mi espada cuando la sierpe estuvo frente a mí. Devoró a un hombre de un bocado. Lo hizo trizas con una explosión de entrañas. Por dentro, era dientes maltrechos y hedor. Tragaba personas, árboles, piedras, caballos... Todo lo que entraba en aquella muralla dentada desaparecía. Eran mil cadáveres putrefactos, nunca había olido algo tan desagradable. Mi alma se impregnó con aquel aroma nauseabundo. Tenía ganas de vomitar... Me hubiera matado, si uno de mis magicians no me hubiera cubierto con su reflejo. Aquellos dientes nos envolvieron, cerrándose a nuestro alrededor, pero no pudieron tocarnos. Estaba paralizado, con los pantalones manchados de orina. Mientras aquel animal del tamaño de una embarcación nos envolvía con sus fauces rezumando desechos.
»Regresé en mí cuando el reflejo parecía debilitarse. Tomé el hombro de mi compañero, que de alguna forma, extendía una parte suya, para detener a aquel monstruo gigante. Saqué la varita de mi bolsillo gritando una Imagen Elemental. Se sumaron otros reflejas, obstruyendo la mandíbula del gusano. Unos cuantos magicians junto a mí, hacían estallar proyecciones en su boca, destrozando colmillos y reventando músculos endurecidos. Evoqué un relámpago, vibrando, energético, desde la punta de mi varita. El chorro morado de energía galvanizada inundó esa boca monstruosa llegando hasta la profundidad de aquella garganta cavernosa. Escuché sus venas reventar por dentro. Sus espasmos violentos aplastaba los árboles calcinados. Murió entre violentos retorcijones. Todos habían muerto. El cadáver de la sierpe estaba ensartada con picas y lanzas, atravesando su carne blancuzca y escamada, quebradas. Sus heridas despedían un hedor supurante. Vimos el tamaño real de aquel demonio. Era tan grande, que ni treinta personas, tomadas de la mano. Lo rodeaban. ¿Qué era eso, Lord? Aquellos monstruos solo viven en leyendas. Todos mis magicians murieron. ¡Todos! ¡Se acabo! ¡Exponga a la Sociedad de Magos mi deserción! ¡Le pedí apoyo a la apoyo a la rectoría y nunca llegaron! ¡Están todos muertos!
Argel se desabrochó la capa roja y la tiró a los pies de Friedrich en el trono. Llevaba un jubón de cuero duro, manchado, rasgado y del cinto colgaba una vaina sin espada. Sus pantalones quemados y sus botas derretidas. Escupió al suelo y se marchó. Los otros magicians lo imitaron, renunciaron a sus capas angelicales y se marcharon con el orgullo enaltecido.
Friedrich hubiera ordenado que los detuvieran y los ahorquen, pero... solo eran hombres y mujeres quebrados. Debía dejarlos marchar, aunque no era su deber. Ellos eran los primeros de una larga fila. El emisario del Fuerte del Ciervos tampoco era portador de buenas noticias, su mensaje fue más breve. Decía que unos intrusos habían entrado a hurtadillas al castillo, habían robado una de las cajas con los hallazgos de las criptas y mataron a ocho guardias. Friedrich dobló la guardia nocturna y cerró las puertas de la ciudad. Se trataba de uno de los hallazgos y debía encontrarlo antes que saliera a la luz que los alquimistas habían profanado las tumbas de los ancestros. El pueblo era supersticioso y no tardaría en echarles la culpa por las desgracias acontecidas.
Las audiencias en el salón cesaron. El cielo se había tornado rosado y cayó una tenue llovizna fría. Lágrimas rojas de nubes carmesí. El oscurecido cielo otoñal, sin estrellas... Amparaba sus sueños. Recuerdos de camas ensangrentadas y besos de despedida. Subió al adarve de la muralla, mientras el viento y la lluvia le golpeaba el rostro. Pensó en Annie y se llevó los dedos de oricalco al colgante oculto en su pecho. El informante siempre era una silueta alta, delgada y sombría. Parecía la muerte, oculta en la holgada capa negra con la capucha calada. Chorreaba agua a medida que la tormenta crecía en intensidad. Aquellos ojos azules como el hielo le escudriñaban el rostro.
-¿Ahora eres el nuevo rey?-Le preguntó el informante.
Bajo la sombra de la torre, se fundía aquella forma humana... como un ente de oscuridad, irreal. El cielo se precipitaba sobre ellos. La lluvia duraría toda la noche. El suelo se mostraba distante desde el adarve. La sensación de vértigo lo invadía al mirar las estatuas chorreantes y los charcos oscuros. Sería tan fácil saltar ¿o caerse? Friedrich negó con la cabeza y el cabello rubio empapado se arremolinó en sus mejillas con picor.
-Eso no os incumbe.
-Como quieras.
-¿Qué sabes del creciente grupo que se oculta en el Bosque Espinoso?-Habían desaparecido dos o tres carromatos. Varias personas. Guardias habían desertado. Incluso algunos magicians abandonaron los Château. El movimiento de un creciente grupo detrás del escenario estaba susurrando a través de las telas. Preocupando a Friedrich.
El informante se encogió de hombros.
-Unas dos, o tres cosas más que tú-masculló. Friedrich sacó un monedero de su bolsillo y se lo lanzó a los pies. Las monedas resonaron al golpear la piedra. El hombre las recogió, sacó unas monedas de oro y mordió una. Solo así comenzó a hablar de verdad... con un poco de oro en la boca-. Ellos... son los que roban los carros de los mercaderes. Son como ratas... que roen lo que pueden. Escuché que su número crece cada día. Supongo... que si deben ser ratas.
-¿Cuántos?
-No muchos-el informante caviló un rato antes de responder-. Pero... los seguidores aparecen de todas partes. Hombres y mujeres resentidos contra las injusticias del reino.
«Un ejército de rebeldes», pensó en Annie y en lo que podría pasarle. Pensó en terribles ejércitos. Turbas enardecidas. Ríos manchados con sangre y cuerpos desmembrados. Hombres ahorcados. Centellas. Recordó las últimas palabras de su esposa: «Annie... Cuídala por favor. Annie». Batallas encarnizadas con montañas de cadáveres apilados. Manchas oscuras... Camas sangrantes. El llanto de una niña desahuciada. Gritos de dolor. Espadas de madera. Un orgasmo de despedida.
-¿Quién los dirige?-Aún podría hacer algo... antes de que un conflicto se presentase.
El informante se encogió de hombros en un gesto que a Friedrich le pareció repulsivo.
-Solo escuché rumores de quién obedezco.
-¡Dímelo!
-No son rumores baratos.
Friedrich apretó el puño de oricalco, rabioso... golpeó la aspillera a su lado, la piedra se resquebrajó con un sonoro crujido. El polvo le cubrió el guante desgarrado. El trozo de ladrillo cayó, súbitamente, al vacío negro de la tormenta. Una brisa helada le levantó la capa mojada. El informante retrocedió un paso, no sabía si estaba atemorizado o dudoso.
-¡Te mandaré a ejecutar!-lo amenazó sin dudar, señalándole con un dedo-. ¿Quieres eso?
-Planeo estar muy lejos cuando esa orden sea dada, Lord Verrochio-parecía sonreírle bajo la capucha calada-. Con un buen botín... estaría más que dispuesto a hablarle toda la noche. Suficiente dinero para vivir bien el resto de lo que va a ocurrir. Aunque... puede que me quedé corto.
Friedrich sintió ganas de arrojarlo del adarve. Pero las suelas de sus botas estaban gastadas y el suelo mojado. El informante se veía delgado y ágil, podría huir. No quería arriesgarse. No ahora, cuando estaba ante las puertas de la decisión.
-Bien-fue todo lo que dijo-. Ahora habla.
-Recibe cartas todo el tiempo de los movimientos de la Corte. Sabe casi todo lo que ha ocurrido. Ustedes creen que los mataron a todos. Pero no... Uno sobrevivió. En el sur, en un pueblito conocido como Rocca Helena, coronaron a un Rey Dragón. No sé quién sea... de verdad. Se supone que asesinaron a todos los Scrammer. Tengo entendido que podría ser un truco para atraer seguidores. Un nuevo rey se levanta en el sur atrayendo ratoncillos hambrientos a su rebelión.
»Los comprendo... al ver todo lo que están haciendo con esta pobre isla olvidada. Creyeron que la gente se iba a aguantar la ruina y miseria como niños buenos. El pueblo sospecha lo de aquel temblor, creen que está vinculado con las plagas y la peste sureña. Es como si... pidieran un derrocamiento. En silencio... Se cantan canciones de guerra. ¿Escuchas aquella poesía heroica?
-Es un usurpador-replicó Friedrich. Aquel Rey Dragón no era más que otro impostor-. La rebelión frustrada de los dragones contra el rey Julián Sisley es un gran ejemplo de lo que pasará. Es ridículo seguir a un dragón feroz incapaz de gobernar.
-Piensa lo que quieras. Nuestro pueblo ha sufrido demasiado por las guerras que arrasaron el mundo antiguo. Creo que... tú puedes hacer algo, quien sabe. Yo pienso que cualquiera puede hacer la diferencia.
-Solo eres un traidor codicioso.
El informante se encogió de hombros, burlón.
-Sí-puso los ojos en blanco, la rabia mancilló sus palabras-. ¿A quién no le gustaría ser rico? Comer bien todos los días. No vestirse con harapos. Buscar una buena mujer y criar a los niños... sin saber lo que es la pobreza, el hambre y el dolor. ¿Acaso eso no es un sueño feliz? ¿Un sueño de redención para las almas perdidas?
-¿Y el honor?
-El honor no se come-mostró una sonrisa torcida-. La gente de esta isla lo sabrá dentro de poco... Todos vendrán aquí y se pasarán tu honor por el culo. Así que-escupió al adarve-... eso es por tu honor.
Friedrich sentía las mejillas encendidas.
-Una cosa más-bramó-. ¿Qué se robaron y dónde está?
El informante se bajó la capucha, tenía una herida suturada en la frente pálida del rostro huesudo.
-Se suponía que no debíamos robar nada-suspiró, su cabello pálido se empapó-. Pero no salió como esperaba. Engañé a esos dos que iban conmigo a una trampa... Pero los guardias traicionaron al traidor. ¿No te parece una ocurrencia divertida? En fin, esta en la biblioteca de la calle Obscura. Es lo que buscaban con tanto anhelo de todos modos. Los alquimistas y su obsesión por lo oculto.
-Muy bien-terció Friedrich. Antes de marcharse tenía una pregunta incómoda martillando en su cabeza-. ¿Para quién trabajas?
-Eso es lo único que no puedo decirte, porque no lo sé-El informante sonrió, tenía una sonrisa muy blanca y bonita-. Épocas de monstruos. Héroes caídos. Emblemas rotos. Sueños redimidos y esperanzas vacías. Reyes enigmáticos y magos oscuros. Secretos y misterios.