Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Caricias de chocolate |AFL Libro 2|
Caricias de chocolate |AFL Libro 2|

Caricias de chocolate |AFL Libro 2|

Autor: : D. E. Liendo
Género: Romance
Ambos tienen una pasión en común: los postres. ¿El problema? Se llevan de perros. Él es arrogante, egocéntrico y bromista. Ella es testaruda, orgullosa y atrevida. ¿Qué sucede cuando un beso lo endulza todo? Hay quienes dicen que el postre es un lujo que no va al estómago; va directo al corazón. Entre amargas peleas y caricias de chocolate, ambos encontrarán una pasión más en común: el amor que sentirán el uno por el otro. |SEGUNDO LIBRO DE LOS HERMANOS DÍAZ. PUEDE LEERSE DE FORMA INDEPENDIENTE AL PRIMERO: A FUEGO LENTO|

Capítulo 1 1.

Observo los rostros de mi familia, apretando los puños bajo la mesa. Familia, qué chiste. ¿Cómo tu propia sangre puede disfrutar de causarte dolor? Como mi padre, que sonríe en victoria al ver mi gesto fruncido por la rabia.

No, no es rabia. Es dolor, decepción. Observo a mi hermano mayor, Mauricio, quien aprieta los labios y me mira con pesar como si no acabase de quebrantar un sueño que creamos juntos.

Una ilusión que él plantó en mí.

"Cuando papá me ceda el puesto, no volverá a joderte" prometió.

-Son unos hijos de puta -mascullo y mi hermana menor, Montserrat, cierra los ojos. De nuevo, mis ojos van a Mauricio-. Gracias por el increíble regalo de graduación que me estás dando, hermano.

La ironía en mi voz le hace respirar hondo. No tengo por qué quedarme en la mesa, así que me levanto para encerrarme en mi habitación.

-Sebas -advierte Mauricio, pero yo le miro con el profundo odio que siento hacia él en estos momentos.

-No quiero oír tus pendejadas, señor Díaz. Pueden hacer los que les dé la pinche gana -grazno, dándome media vuelta para continuar con mi camino.

-Muy bien. Ya dieron su maldita información, ahora se largan de mi casa -escucho a Montserrat decir-. Y tú, Leonardo Díaz, no vuelvas a pisar este lugar nunca más. No eres bienvenido aquí.

Abro la puerta con fuerza, generando un eco del golpe que se da contra la pared. Le doy un fuerte manotazo para cerrarla, ocasionando otro fuerte estruendo. Mis manos van a mi cabeza y niego con la misma, sin poder creer que en serio no voy a poder ser parte del negocio familiar.

Me negó, al menos, la oportunidad de intentarlo.

Soy un buen pastelero, ¡por un demonio que lo soy! Me partí la madre para serlo, estudié más que nadie, me desvelé, dejé de vivir mi vida para sobresalir y aprender. Pensé que así, él vería que no vale la pena llevarme la contraria y me dejaría trabajar junto a mi hermano.

Sin embargo, lanzó todo por la borda. Mis sueños y aspiraciones, el hecho de poder estar en el mismo lugar donde vi a mi mamá ser feliz.

El restaurante lo es todo tanto para mis hermanos como para mí. Es Leonardo Díaz quien solo ve billetes verdes y nada más, porque es un ser ruin y ambicioso que solo le importa él y su cochino dinero, las apariencias. El qué dirán.

Mi respiración está agitada de tanto caminar de aquí para allá como un león enjaulado. Mi hermana se abre paso en la habitación con inseguridad y un poco encogida de hombros, su cara de tristeza y lástima no es lo que necesito en este momento.

-Sebas... -habla, pero yo niego.

-Pueden irse todos a la chingada. ¡Mauricio, padre y tú! ¡Todos! -estallo, señalando la salida.

-No te permito que me hables de esa manera, cabrón. ¿Es que acaso yo te he hecho algo? -Gruñe entre dientes, tomando mi barbilla entre sus dedos con un poco de rudeza-. Sé que te duele, que estás furioso. Lo entiendo, pero debes seguir demostrando tu valía. Eres un gran pastelero, Sebas, cuidado si no eres el mejor de Ciudad de México. Así que no te me achicopales por el imbécil de Mauricio.

-Por mí puede meterse Fraga por el cu...

-No te permito que le faltes el respeto al negocio. Sabes muy bien el valor que tiene para nosotros tres, no digas algo que pueda dolerte después -me interrumpe, alejándose de mí-. Tú y yo estamos solos contra el mundo, Sebas. Y seremos capaces de callarles la boca al idiota de Mau y a nuestro padre.

Me quedo en silencio y ella hace una ligera mueca triste con su boca, acariciando mis mejillas para limpiar las lágrimas que no sentí derramar. Me da un leve empujón luego y frunzo el ceño.

-Ahora, no quiero que la cagues en el nuevo trabajo solo porque ellos esperan que seas un fracaso. Sé el mejor, escala allí. Cállales la boca a los dos, ¿entendido? -me habla, alzando una ceja.

Cierto, el nuevo increíble trabajo (nótese la ironía) que Mauricio me consiguió para no tener remordimientos de conciencia. Vaya pendejo, pienso.

-¿Entendiste, Sebastián? -pregunta, trayéndome de vuelta a tierra.

A veces veo a Montse y siento que ha tomado el rol de madre. Le ha tocado ser así, fuerte y decidida, en una familia de hombres. Sé que no seré el único al que le quiebren los sueños, luego irán por ella.

Haré todo lo posible para que no le hagan lo mismo que a mí. Yo sí cumpliré mi promesa.

-Sí -mascullo.

-Mañana es tu primer día, así que arregla tus cosas. Y ya sabes, demuestra que eres un Guerra también -me recuerda, acariciando mi mejilla-. Descansa, middle brother.

Ella sale de la habitación y yo me siento en el filo de la cama, cabizbajo. La sonrisita petulante de Leonardo Díaz me viene a la mente e imagino quitársela de un solo puñetazo para sentirme mejor. Sin embargo, sé que nada lo hará.

La sensación de que hay alguien más en la habitación me obliga a alzar la vista, encontrando a Mauricio recargado del umbral de la puerta. Está vestido de traje, como siempre, y su cabello rizado lo lleva un poco largo. Tiene una mano metida en el bolsillo y la mandíbula tensa.

- ¿Qué quieres, Mauricio? -pregunto, levantándome para darle la espalda.

-Vengo en son de paz, quiero hablar contigo...

-No andes con mamadas, hermano -lo último lo digo con ironía y escucho que suspira-. ¿Por qué permites que me haga esto? Tú sabes muy bien lo que daría por trabajar en el restaurante. Mamá no era de la familia fundadora, pero se dedicó a ello tanto que nos los transmitió a nosotros. Sabes que sin ella, no seríamos chefs.

-Lo sé. Juro que quería darte el puesto, pero él...

- ¿Y qué demonios pinta él en el restaurante si tú eres el dueño? -gruño, encarándolo.

-Pinta y lo sabes. Tiene a la junta directiva en sus manos aún y ni hablar de que solo me dio el título de dueño por apariencias. En realidad, no lo soy -me recuerda-. ¡Eres mi hermano, carajo! Sé que eres un excelente pastelero y yo quisiera tenerte allí, que conformemos el sueño que siempre tuvimos: crear Fraga Desserts.

-Sin embargo, terminaré trabajando en una pastelería de poco prestigio -le recuerdo.

-Es la mejor pastelería de la ciudad, así que no vengas con que no te conseguí un buen empleo. Él estaba furioso por ello y aun así lo hice -me dice, acercándose.

- ¡Uy, pues bravo! -alabo con ironía, aplaudiendo-. ¡El hermano del año, wey! Pasa por recepción y se te dará tu premio.

-Sebastián, estoy buscando la forma. Lo juro. Sin embargo, no puedo hacer nada en estos momentos -murmura-. Eso no significa que me quedaré de brazos cruzados con tu situación. Tendrás tu pastelería y trabajaremos juntos. Lo prometo por ella.

-No hagas promesas en su nombre, mucho menos las que sabes que no vas a poder cumplir por cobarde -mascullo entre dientes.

-Sebastián... -suspira, acariciándose la sien y mirando hacia el suelo-. Solo no quiero que me odien. Ni tú, ni Montse. Son lo único que me queda.

-Lárgate -farfullo, dándole la espalda de nuevo-. Tengo que arreglar mis cosas para mañana ir a mi increíble empleo -ironizo.

Escucho su respiración pausada por unos segundos y luego el sonido sordo de sus pasos desaparecer, luego de cerrar la puerta. Me dejo caer de nuevo sobre la cama, suspirando.

¿Por qué hacerme esto a mí? Leonardo con su estúpida idea de que ser pastelero es lo mismo que ser un marica me está arruinando. He visto tantos chefs pasteleros homosexuales como heterosexuales. No podemos definir al ser humano por su empleo, ni por ningún aspecto de su vida.

Pero claro, ¿qué puedo esperar de un hombre machista, homofóbico, clasista y mujeriego?

-Ojalá mamá estuviera aquí -murmuro y restriego mi rostro con las manos.

*******************************************************************************************************************

Salgo del carro, dando un portazo. Me quito las gafas de sol, sonriendo al escuchar a Mauricio gritarme "cabrón" con molestia y observo el edificio pequeño frente a mí.

Pastelería "Dulce tentación". Una puerta de vidrio y ventanales con cortinas blancas y gruesas es todo lo que veo, tal vez porque llegué temprano. El letrero pequeño aún dice cerrado, pero igual me acerco.

La puerta se abre cuando estoy a pocos pasos, dejándome ver a una mujer joven y menuda frente a mí. Sus ojos destellan timidez y sus mejillas se sonrojan un poco al verme, no sé si por mi altura o por el atractivo.

Tal vez son ambas.

-Disculpe, señor... Aún no abrimos la pastelería -me dice, confundiéndome con algún tipo de cliente.

-Lo sé, pero no vengo por eso. Soy Sebastián Díaz -me presento con neutralidad, cruzándome de brazos.

-Oh, el nuevo pastelero. Disculpe, no sabía que era usted -habla, mirándome de arriba abajo y luego me sonríe, incómoda-. Pase adelante, señor Díaz.

Cuando entro, observo el lugar. Tiene muchos anaqueles y mostradores. Hay varias personas dentro, organizando los postres en los mismos y se ven un poco atareadas.

-Por aquí está el área de la cocina. Usted estará a cargo de la pastelería junto con otra compañera, quien es la jefa de todos en el lugar -habla mientras yo observo todo mí alrededor. Hornos inmensos, un montón de batidoras KitchenAid y muchos implementos más. Todo en orden-. Oh, que maleducada soy. Me llamo Elena.

Afirmo con la cabeza para que sepa que le escucho, aunque no le miro. Camino por el lugar mientras me explica los horarios, días libres y mis labores.

-Buenos días, gentecita linda -una voz aguda, un poco ronca, captura mi atención.

Me giro para encontrar la fuente de la voz, encontrándome con una muchacha muy atractiva. Su tez es pálida y combina muy bien con sus ojos y cabello castaño. Es de estatura promedio y la sonrisa que decora su rostro para que se lo partirá en dos en cualquier momento.

Luego, se fija en mí.

- Ah, usted debe ser el nuevo. Bienvenido a la familia. Soy Federica.

Suelto una ligera risa y me cubro la boca con el dorso de la mano. Ella rueda los ojos, pero se ríe también. No puedo evitarlo, es que tiene nombre de anciana.

-Sí, lo sé. Un nombre maravilloso -ironiza-. Iré a cambiarme y los quiero manos a la obra a todos.

Se da media vuelta y no puedo evitar recorrer sus piernas con esos jeans ajustados que se carga. Se ve que están entrenadas y ni hablar de como se le ve el trasero, con los botines pequeños que calza se le estiliza más.

-Uhm, ella es la chef pastelera. Y bueno, como le decía... A veces no se dan abasto allá afuera, es por eso que ayudamos a los vendedores con los clientes cuando aquí no hay mucho trabajo.

- ¿Perdón? -pregunto, alzando una ceja-. Yo vine aquí a trabajar como pastelero, no de atención al público. Conmigo no cuenten.

-Pero, señor Díaz, es una colaboración que...

-He dicho que no -le digo, cruzándome de brazos. Ella se encoge de hombros y asiente con lentitud, apartando la mirada cuando sus ojos se cristalizan.

-Debo empezar a trabajar -se excusa, chocando su hombro con el mío sin querer-. Disculpe.

-Patético -murmuro para mí mismo.

-Eh, novato.

Volteo en dirección a la ya reconocida voz, alzando una ceja ante su apodo. Me acerco hasta quedar a su alcance y ella se endereza en el lugar.

-No hay muchos uniformes, así que espero este te quede -me dice, entregándome las prendas negras-. Estaré a cargo de supervisar tu trabajo y realizar observaciones sobre tu desempeño laboral. Ya sabes, si pasas los 15 días de prueba: tienes la plaza fija como mi ayudante.

-Ya va, ¿qué? ¿15 días de prueba? -Pregunto y ella afirma, como si fuese lo más normal del mundo-. ¿Estás tomándome el pelo, verdad?

-No suelo hacer bromas sobre el trabajo, uhm...

-Sebastián -respondo-. No puedo estar a prueba, esta es la plaza fija. Mi hermano...

-Si tiene algún problema, háblelo con quien le consiguió este empleo entonces, que al parecer es su hermano. En lo que a mí concierne, usted está a prueba. Como todos al empezar -me dice, caminando por mi lado.

-No. Ustedes no saben todo lo que me he matado estudiando para que vengan a decirme a mí, Sebastián Díaz, que estoy a prueba. ¿Acaso tienen idea de con quién están hablando? -gruño, siguiendo sus pasos. Sin embargo, ella sigue actuando con normalidad.

-Sebastián, todos nos quemamos las pestañas para estudiar lo que amamos e igual estuvimos 15 días a prueba. Llevo 3 años aquí y todos pasamos por eso, no te afliges -me dice al encararme, acariciando mi hombro en forma de consuelo-. Sé quién eres. Me lo acabas de decir. Además, tengo entendido que te graduaste hace poco como chef pastelero y tienes 25 años, ¿necesito saber si estás soltero o casado? Aunque a mí no me importa.

-Soltero -mascullo, dándome media vuelta para ir al baño y cambiarme la ropa.

-Oh, ¿aún vives con mami y papi o solo? -grita, haciéndome encoger de hombros de la rabia.

Las manos me tiemblan cuando estoy en el diminuto espacio. Me despojo de la camisa negra y de la camiseta blanca que uso debajo. Me coloco la filipina y el gorro negro sobre mi cabeza y me reencuentro con la cocina más concurrida.

-Bien. He revisado los anaqueles y estamos sin tiramisú, hay que hacer más galletas y mini brownies. Tú y yo nos encargaremos de eso -habla Federica, señalándome al referirse a mí.

-Una cosa, Federica -digo, acercándome a ella. No se acongoja ante mi cercanía y me mira directo a los ojos, tensando la mandíbula-. Soy un Díaz y con chasquear los dedos puedo hacer que te despidan. Así que trátame bonito, boss. O este será el último trabajo de pastelería que tendrás. Recuerda que compartimos cargo.

-No compartimos cargo, ¿sabes por qué? Porque estás a prueba y si no lo estuvieras, seguiría sin ser compartido porque yo sigo siendo la chef. ¿Quedó claro o tengo que hablarte en otro idioma? -pregunta.

-Mira, Federica...

-Mmhum -me interrumpe, alzando una esquina de su boca en una sonrisa arrogante-. Sigue con ese comportamiento, Díaz. Quedará increíble en tu hoja de observación. Creo que tienes los días contados, niño bonito.

Sigue de largo, quitándose del rostro un cabello rebelde que se escapó de su gorro. Su hombro choca con el mío y yo la observo de reojo, apretando mis puños con fuerza.

¡Maldita sea!, pienso con irritación.

Que ni crea que esto va a quedarse así.

Capítulo 2 2.

Primer día de trabajo y ya sé que no podré soportarlo, mucho menos teniendo una jefa como la tal Federica.

Y Mauricio, ese pendejo me va a escuchar.

Me adentro en el departamento y la puerta se cierra de golpe, causando un estruendo que alerta a mi hermana. Me encamino a la cocina y me sirvo un vaso de agua porque siento que la sangre me derrite el cuerpo de la rabia que siento.

-Sebas, ¿qué te sucede? -pregunta Montserrat y yo la esquivo, pero ella se vuelve a poner en mi camino.

-Montserrat -advierto-. No estoy para mamadas.

-Me vas a decir qué carajos te sucede -ordena.

-A ti no te queda andar dando órdenes -la molesto, rodando los ojos.

-No seas imbécil, por favor. Soy una Díaz, dar órdenes está en mi sangre -dice, golpeando levemente mi pecho antes de darme la espalda y sentarse en el sofá a seguir limándose las uñas-. Habla.

-¡Que tengo una jefa de mierda! -exploto, dejando el vaso sobre la barra de la cocina-. Y que Mauricio es un mentiroso, pero ya me va a escuchar.

-Necesito que desarrolles el contexto, porque no entiendo nada.

-Mauricio se jacta de haberme conseguido trabajo, pero no es así. Me consiguió quince días de prueba, eso fue lo que me dio. ¡Como si no bastaran mis notas en la escuela de pastelería y las recomendaciones!

- ¿En serio? -pregunta Montse, mirándome con la ceja alzada.

- ¡Sí! Hijo de puta, me va a ver la cara de...

-De payaso, cabrón-me interrumpe y yo le miro, tensando mi mandíbula-. Mira, el papel de niña malcriada es mío, no tuyo. ¿Qué esperabas? ¿Llegar a la pastelería para ser el chef?

-No, pero esperaba una plaza fija -le recuerdo, cruzándome de brazos.

-Que imbécil eres, de verdad. En cualquier trabajo tendrás días de prueba -se burla de mí, negando con la cabeza-. No creas que el Díaz es el pase para obtener todo con facilidad. Creí que tú, en especial, lo tenías muy claro.

No digo nada. Mi pecho solo sube y baja con agitación mientras la miro y ella niega con la cabeza.

- Joder, Sebastián. Tienes un increíble potencial, pero tú ego creo que es más grande. Ni siquiera es egocentrismo; son las ganas que tienes de callarle la boca a papá. Pues... ¿crees que con esta actitud lo vas a lograr? Solo vas a darle la razón -suaviza el tono y lleva sus manos a mi rostro-. Te entiendo, sabes muy bien que lo hago, pero tiene que aprender a controlarte.

Me encamino hacia el living, sopesando sus palabras y suspiro.

-Metí la pata -admito, dejándome caer en el sofá y me restriego la cara con las manos-. Le dije un montón de cosas a mi... mi...

-Tu jefe, dilo. Tienes jefe, Sebastián. No es el fin del mundo -me recuerda, sentándose junto a mí-. Y a los jefes hay que enamorarlos, tenerlos contentos. Así que te aconsejo que saques la pata del fondo y arregles lo que hiciste. Ya se solucionará, en serio.

-No sé qué haré mañana -admito.

-Pues, tienes que tragarte el apellido y pedir disculpas -me aconseja ella-. Y controlarte, eres demasiado impulsivo. En serio.

-El burro hablando de orejas -ironizo y ella se ríe-. Ya veré como resuelvo eso. ¿Cuándo es que empiezas clases, por cierto? Que lata que estés aquí todo el día.

-No estuve aquí todo el día, ridículo -me remeda-. Estuve con Mauricio, molestándolo. Te toca tu dosis.

-Negativo -respondo, sacudiendo la cabeza de lado a lado.

-Claro que sí, ¡claro que sí! -chilla y se abalanza para hacerme cosquillas.

- ¡Montserrat Alexandra! -exclamo, riéndome.

Pero ella sigue insistiendo.

*******************************************************************************************************************

El chofer me deja frente a la pastelería y yo me quedo observándola a través de la ventana. No quiero entrar ahí y digerir el orgullo, pedir disculpas. Ugh, ¿cuándo acaso un Díaz pide disculpas?

Nunca.

Salgo del carro y me encamino al lugar, mirando hacia los lados. La campana informa que he entrado y muchas voltean a verme, algunas sonrojándose y otras me muestran miradas más... atrevidas.

Es lo malo de trabajar con más mujeres que hombres. Siempre capturo todas las miradas.

-Buenos días -saludo antes de encaminarme a mí área: la cocina. Elena es la primera en mirarme, tensándose en su lugar-. Hola, chicas.

-Buenos días, señor Díaz -murmuran, desviando la mirada para volver a lo que sea que estaban haciendo.

-Por favor, llámenme Sebastián -cedo, mostrando una sonrisa de oreja a orea.

Elena frunce un poco el ceño y se mira con otras compañeras de trabajo, cosa que me hace rodar los ojos.

Mujeres, pienso.

Me detengo en mi casillero para buscar mi uniforme y me adentro en el baño, cambiando mi camisa por la filipina. Me queda muy ajustada, se nota que es al menos una talla más pequeña y los músculos de los brazos se me marcan, cosa que me incomoda un poco con respecto al movimiento de los mismos.

Abro la puerta para salir y un quejido se escucha seguido de un golpe sordo. Salgo del baño y me encuentro, nada más y nada menos que, con Federica. Ella está sobándose el codo y frunce el ceño en mi dirección.

-Señor Díaz, no pensé que volvería a verlo por aquí -ironiza sin dejar de sobarse el codo.

-Pues me alegra sorprenderla -respondo de igual forma, cruzándome de brazos-. ¿Te he golpeado? Fue sin querer.

-Sé que fue sin querer, no te preocupes -zanja el tema, prestando atención a su casillero. Se alza de puntitas y mi mirada se dirige, de forma involuntaria, a su trasero.

Todos los jeans le quedan como un guante, pienso y una sonrisa traviesa se asoma en mis labios. Alzo la mirada y la encuentro viéndome con una ceja alzada.

- ¿Se te ha perdido algo? -pregunta.

-No -respondo, carraspeando.

- ¡Los quiero a todos en sus puesto cuando salga del baño! -ordena, pasando por mi lado chocando nuestros hombros.

-Cómo me la pone difícil -mascullo para mí mismo, restregando mi cabeza con la mano.

La media jornada se me pasa volando. He tratado con todas mis fuerzas de pedirle disculpas, pero las palabras se me atoran en la garganta porque simplemente no estoy arrepentido de nada.

He estado pensando la forma de plantarme frente a ella y decirle algo que la convenza de que mis palabras son sinceras, aunque no lo sean. Sin embargo, me la pone muy difícil ya que solo me habla para casos puntuales o lanza indirectas a diestra y siniestra.

Solo a mí se me ocurre encabronar a una mujer, pienso.

-Iré a ver si allá afuera se dan abasto -informa y busca con la mirada a Elena-. Corazón, ven conmigo.

Yo sigo decorando los postres en mi mesa, restándole atención a todo lo demás hasta que escucho un portazo.

- ¿Qué él dijo qué? -exclama Federica, casi que indignada.

Entonces, algo hace clic en mi cabeza y no es nada bueno.

-Sebastián Díaz, quiero que preste apoyo afuera -ordena, plantándose junto a mí.

Mi mirada se dirige directo a Elena, quien se encoge en su lugar y trata de ocultarse tras su jefa. Dejo todo lo que estoy haciendo y me encamino a la salida, mirando a Federica, quien está cruzada de brazos, cuando paso por su lado.

No rezongo, no reviro. Solo cumplo lo que ella me dice en una clase de bandera blanca entre nosotros, atendiendo a los clientes con cordialidad. Más que todo a las mujeres que me parecen atractivas.

La sensación de ser observado se intensifica con el pasar de los minutos y cuando miro en dirección a la cocina encuentro a la causante de ello. Sus ojos cafés me aniquilan con la mirada, observando todo lo que hago.

Se da cuenta de que la he pillado mirando y solo alza el mentón y la ceja, retándome. Porque, al parecer, es lo único que esta mujer sabe hacer.

Observo el reloj y luego a ella antes de encaminarme en su dirección. Noto como su cuerpo reacciona a mi acercamiento, tensándose por todos lados, y me detengo cuando estoy a su lado.

-Tomaré mi descanso -murmuro, cerca de su mejilla.

Ella solo me mira de reojo y me da un leve asentimiento de cabeza. Me adentro en el baño, sintiéndome frustrado por no poder arreglar las cosas.

-A ver, cabrón -me hablo al espejo-. Tienes que hacerlo, trágate las jodidas cuatro letras de tu apellido. Eres un Díaz, pero también eres un Guerra y los Guerra son nobles.

Marco el número de mi hermana, necesitando un empujón más de su parte. Ella contesta al segundo tono con su voz fresa e irritante que me vuelve loco.

- ¿Qué pasó, hermanito? ¿Ya le lamiste las botas a tu jefecita? -Pregunta a modo burlón, haciéndome rodar los ojos-. Ya, neta. ¿Qué quieres?

-No sé cómo llegarle. Ha estado distante y mordaz a pesar de que le he hecho caso en todo -las palabras salen atropelladas de mi boca y tengo que respirar hondo para seguir-. No me sale pedirle perdón, Montse.

-Pues hazlo sin que te salga, pero tienes que hacerlo. ¿O es que acaso prefieres ver la cara de felicidad de papá cuando te boten del lugar? ¿Vas a darle la razón? -su honestidad me taladra el cerebro.

-Gracias -respondo con sarcasmo-, supongo que necesitaba tu incentivo.

-Un "lo siento" no ha matado a nadie, brother. Just do it -dice como si fuese tan fácil-. A ver, al menos empieza pidiéndole disculpas a alguien más que hayas tratado mal. Eso puede hacerle ver que en serio estás arrepentido.

- ¿Qué te hace pensar que fui malo con alguien más? -pregunto, ofendido.

- ¡Ay, por favor! -ironiza-. Quien no te conozca que te compre y yo te conozco bien.

Elena se me viene a la mente y sonrío con malicia cuando encuentro mi plan perfecto. Ella me hundió hace unos minutos con Federica, pero si puedo disculparme con ella, puedo disculparme con mi jefa.

Salgo del baño tras colgarle a mi hermana y busco a Elena con la mirada. La castaña se encuentra muy concentrada, armando decoraciones con fondant, y se tensa cuando me coloco frente a ella.

-Hola, Elena -hablo lo más amable que puedo, sonriéndole mientras apoyo mi barbilla en el dorso de mi mano para así colocarme a su altura-. ¿Puedo hablarte un segundo?

-Cla-claro, señor Díaz -balbucea, enderezándose en su puesto. Por el rabillo del ojo noto que se limpia la palma de sus manos en la filipina-. Sé que debe estar molesto por lo de hace rato, pero le juro que...

-Por favor, llámame Sebastián -pido, colocando una mano en mi pecho-. Oye, uhm, lamento mi actitud de ayer. La verdad es que empecé el día con el pie izquierdo y la pagué con personas que no lo merecían. En verdad lo siento mucho. No suelo ser... tan así todo el tiempo.

Ella se ríe un poco, cubriéndose la boca. Yo la acompaño, mirándola directamente a los ojos. Su gesto se apaga poco a poco hasta que sus mejillas vuelven a encenderse.

-Está bien, Sebastián. No te preocupes y... gracias por ese gesto, me habla muy bien de ti. Mejor que tu actitud de ayer -me dice, colocando una mano sobre mi antebrazo y lo quita con rapidez-. Lo siento.

-No te preocupes. Gracias por disculparme -le digo, guiñándole un ojo.

- ¡Sebastián! -Grita Federica con autoridad, haciéndome cerrar mis manos en puños y respirar hondo antes de encararla con una sonrisa fingida-. A tu puesto de trabajo. ¡Ahora!

-Sí, señora -digo, obedeciendo.

-Chef -me corrige-. No estoy casada, ni hijos para que me llames señora.

-Tienes nombre de una -murmuro para mí mismo, volviendo a mi lugar.

Sigo con mi trabajo, logrando adelantar una cantidad considerable. Cuando ella ha terminado con un pastel que nos han encargado, se acerca a mí para observarme unos minutos y luego ponerse manos a la obra.

-Oye, uh... -trato de empezar, pero con ella me cuesta mucho dejar mi orgullo a un lado.

- ¿Sí? -pregunta, sin mirarme.

Respiro hondo y suspiro, captando su atención.

-Siento haber sido un imbécil ayer. Tenía expectativas sobre una... situación y no se cumplió. Digamos que tenía un sueño que se me fue arrebatado -le digo y luego desvío la mirada, recriminándome por decirle eso a ella-. No sé por qué te dije eso. En fin, estaba molesto y terminé pagándola con ustedes, cosa que no se merecen. Espero que en serio me disculpes.

-Está bien, podemos empezar de cero. Sin embargo, no habrá borrón y cuenta nueva -me advierte.

- ¿Qué quiere decir eso? -pregunto.

-Las observaciones que hice ayer, no las voy a eliminar porque estés arrepentido -me aclara, sacudiéndose las manos y mostrándome una sonrisa bastante falsa.

Y quiere seguir, pienso.

-Sin embargo, creo que el acto de hoy la compensa -añade-. Ahora... ¿podemos continuar con nuestro trabajo, por favor?

-Como diga, boss -respondo y ella me mira con ojos entrecerrados. Yo le guiño un ojo y termina riéndose, contagiándome al segundo.

Capítulo 3 3.

Los días transcurren con normalidad. Federica siempre está a la espera de que mi comportamiento empeore y me presiona para que explote, cosa que admito he estado a punto de hacer un par de veces. Sin embargo, no le he dado el privilegio, por el contrario, ella termina maldiciendo y enfureciéndose sola cada vez que le respondo con algo que la hace molestar.

-Buenos días, gentecita linda -saluda con una sonrisa en el rostro que se desvanece al verme-. Y hola para ti, Sebastián.

-Buenos días, chef -saludo con una sonrisa, rodando los ojos.

-Oh, ¿qué es eso que veo? Una sonrisa, señor Díaz. No es tan cara de culo como pensaba -ironiza, riéndose-. -En fin, tenemos trabajo que hacer. Nos han pedido mesa de postres y pastel para un cumpleaños -añade, dirigiéndose a su casillero para sacar el uniforme.

Se adentra en el baño para cambiarse la ropa por el uniforme, cosa que agradezco porque la filipina le cubre un poco el trasero. Sí, bueno, tengo que admitir que con el pasar de los días me ha llamado más la atención esa zona de su cuerpo.

Pero no es mi culpa, en mi país no hay muchas mujeres con cuerpos voluptuosos y estoy seguro que no hay ninguna como ella: fuerte, decidida e imponente. Incluso me sorprende que sea nuestra jefe porque en un país como México las mujeres siempre tienen todas las de perder.

-Bien, Lucrecia, ¿puedes apoyar a los vendedores afuera, por favor? -pregunta apenas sale del baño.

-Claro, chef -le responde y obedece, saliendo del lugar.

-A mí no me lo preguntas o me dices por favor -murmuro cuando se coloca a mi lado, a modo de broma.

-Porque a ti hay que bajarte del pedestal en el que crees estar, niño bonito -responde, mordaz.

-¿Cómo me llamaste? -pregunto-. ¿Admite que le parezco lindo, chef?

-Lo digo para referirme a ti como un mimado, de forma diferente. Eso es todo -aclara, concentrándose en cualquier otra cosa para no mirarme a la cara.

¿La he puesto nerviosa? Porque eso sería muy divertido de ver.

-¿Y por qué el "niño"? Creo que tenemos la misma edad.

-No, yo estoy cerca de los treinta -responde y me entrega una lista con los detalles de la mesa de dulces y el pastel-. Así que para mí eres un niño.

-Podría comprobarte que no soy un niño en lo absoluto -le digo, tocando su mano al tomar la lista-, pero no me interesa de esa forma, chef.

-Gracias a Dios, porque te estás ahorrando el ego magullado -responde, enderezándose en su lugar y cruzándose de brazos para mirarme-. Y las bolas atrofiadas de la patada que te daría.

-Ese vocabulario suyo, señorita Herrera -canturreo a modo de burla, negando con la cabeza.

- ¿Puedes, por favor, dejar de buscarme la lengua y ponernos manos a la obra, coño? -gruñe, molesta.

-Yo no estoy buscándote la lengua, créeme que no -uso de nuevo el doble sentido, ganándome una mirada fulminante por parte de mi jefa y no puedo evitar reírme-. Que divertido es esto.

-Haremos 50 cupcakes, 20 shots de tres leches con Bailey's, 60 trufas de chocolate y el ganache para el relleno del pastel -informa y luego me explica qué tipo de decoración llevarán los cupcakes y el pastel para yo hacerlos con fondant.

Se marcha a usar una de las tantas batidoras con pedestal y yo hago lo mismo para hacer los cupcakes y todo lo demás. A los minutos, ambos coincidimos en los hornos para meter el pastel y los cupcakes.

-Bien, iré haciendo el merengue para las tres leches y también la buttercream. Ve preparando las decoraciones en fondant -me ordena y se me queda viendo por unos segundos-, por favor.

Alzo las cejas por el asombro, pero ella señala el mesón para que no diga nada. Yo alzo las manos en señal de paz y sonrío, alejándome de ella para hacer lo que me ha pedido.

-Elena, ¿puedes ayudarme a armar los shots, por favor? Ya tengo el merengue listo -pide a los minutos y la aludida corre tras su jefa para ayudar.

Cualquiera creería que trabajar con tanto bullicio es insoportable, pero me he acostumbrado. Hay choque de muchos utensilios, las batidoras, licuadoras a toda mecha, el ir y venir de la gente y el murmullo de mis compañeras de trabajo. Todo se va a acumulando y tiende a asfixiarme un poco de vez en cuando, pero esto no es nada a comparación de estudiar pastelería. Los gritos del chef Martínez es lo que menos extraño.

Las botellas de Corona y las jarras de cervezas me están quedando muy bien, así que no puedo evitar sonreír al ver mis creaciones. También hago algunos emoticones de baile, fiesta y +18. Preparo buttercream y decoro los cupcakes cuando ya están listos.

-Sebastián, cuando termines allí necesito que me ayudes a decorar el pastel -me pide Federica.

-Como ordene, boss -respondo y noto un asomo de sonrisa que oculta al darme la espalda.

Vas muy bien, Díaz, me felicito.

Ella da rondas, supervisando al resto de pasteleros y reposteros. Colabora, corrige, aconseja a todos. Se nota el aprecio que le tienen y, honestamente, eso me cabrea. Tendré que estar mucho tiempo adulándola como si fuese la mejor, pero estoy seguro que alguna falla ha de tener.

-Bien, he terminado -respondo, sacudiéndome las manos. Me acerco a su puesto de trabajo para ayudarla con el pastel como me pidió-. Aquí me tiene, chef.

-Toma unas espátulas y ayúdame a verter la crema de mantequilla -pide.

Obedezco, tomando la primera espátula que veo. Ella hace lo mismo y coloca su mano sobre la mía, alejándola de inmediato al notar que nos hemos rozado sin querer. Desvía la mirada, un tanto avergonzada, y luego vuelve a mirarme.

-Lo siento, tómala -dice con timidez.

-Tranquila, yo puedo tomar otra -respondo, ignorando el extraño cosquilleo en mi piel.

-Bien -responde, enderezándose en su puesto y volviendo a ser la mujer imponente que es-. Yo iré por este lado y tú por este otro -señala.

Luego de que el pastel está cubierto de manera uniforme, empezamos a usar las mangas pasteleras para hacerle algunas formas y a colocar mis decoraciones de fondant.

-Muy bien, terminamos más o menos rápido. Se nos fue un poco más de media mañana -dice ella, mirando el reloj en su teléfono y entonces parece leer algo bueno porque le brillan los ojos al segundo -Oh por Dios -murmura, cubriéndose la boca y sonriendo.

-Vaya, ¿ha pasado algo? -pregunto y luego me muerdo la lengua.

No seas metiche, me regaño.

-Es que, uh, tengo 3 años sin ver a mi prima y viene al país en unos días. Se va a mudar con mi familia mientras se establece -me explica con ojos cristalizados-. Lo siento, es que ella es como... como la hermana que nunca tuve.

¿Viene al país? ¿Se refiere a que ella no es de aquí? Por eso podría ser su acento tan diferente al nuestro.

-Pues, me alegro por ti -digo con sinceridad, sonriendo. Una lágrima rebelde se desliza por su mejilla y yo acerco mi dedo pulgar para limpiarla. Me doy cuenta de ese gesto cuando se me queda mirando y alejo la mano de inmediato-. Uhm... yo... -carraspeo, desviando la mirada con incomodidad-... lo siento, chef.

-No te preocupes, Sebas. Y, uhm, gracias -musita, sonriendo-. Puedes tomar tu hora libre ahora, que hemos hecho bastante. Solo ayúdame a refrigerar esto.

-Claro -concuerdo.

¿Qué demonios fue eso?, me pregunto con irritación.

Guardamos el pastel de dos pisos para que se refrigere y ella cierra la puerta. Nuestras miradas se encuentran y nos quedamos así por unos segundos, yo analizando su rostro curvado de mejillas regordetas y sonrosadas, sus ojos redondos del color del café negro y de pestañas rizadas. Es bonita la condenada, pienso con pesar. No necesita maquillaje para verse bien y lo sabe.

-Eh, chef... -interviene Elena y eso parece traernos de vuelta a la realidad. Ella le dice algo a Federica, pero no puedo escuchar porque todo el ruido de mí alrededor llega a mis oídos de golpe. Se siente como si hubiese estado en una nube y aterricé de sopetón.

-Con su permiso, chef. Tomaré mi hora de descanso -murmuro sin mirarla directo a los ojos. Ella afirma con la cabeza y miro a Elena, quien me regala una sonrisa tímida.

*******************************************************************************************************************

El lunes por la mañana, Federica llega muy feliz a la pastelería. Tanto así que en su típico saludo matutino, no me agrega de más. Al parecer, hoy soy parte de su gentecita bonita.

Tiene el cabello suelto, perfectamente alisado y brillante. Me recuerda al chocolate derretido. No lleva maquillaje, como siempre, y tiene un brillo en los ojos que la hace ver... pues más bonita.

No sé por qué sonrío al verla así, por lo que sacudo mi cabeza y agradezco en mi interior que hoy no estará tocándome las pelotas.

-Buenos días, chef -respondo, acercándome a mí casillero. El de ella está justo a mi lado y se alza de puntitas para alcanzar sus cosas-. Hoy luces diferente, ¿ha pasado algo bueno?

-Sí. Uno: el encargo fue exitoso y dos: mi prima ya está en casa y empieza clases de gastronomía hoy -comenta, contenta-. Ni tú ni nadie puede amargarme el día hoy, no si sé que mi mejor amiga en todo el mundo me va a estar esperando en casa.

-Creo que quedamos en buenos términos, boss. Además, hace bastante que no le arruino los días. Admita que se los mejoro -bromeo, recargándome de los casilleros y le guiño el ojo, mostrando una sonrisa que expone mis dientes.

-Ya, claro -ironiza, rodando los ojos y riéndose con un ligero nerviosismo-. Manos a la obra, señor Díaz. Hoy le toca ayudar afuera a la gente un rato.

Maldita sea, mascullo en mi mente. Detesto hacer eso, no es mi jodido trabajo. Sin embargo, no se lo demuestro y le doy un asentimiento de cabeza en su dirección.

El día transcurre con normalidad. Federica está demasiado contenta y no presta atención a mis bromas, hoy no está estudiándome con la mirada como el resto de los días. Ya veo que la relación con su prima es muy fuerte y real.

No como la mía con Mauricio, pero sí con Montse. Nos insultamos mucho, pero la mocosa siempre ha estado para mí hasta en mis peores actitudes, así como yo lo he estado para ella.

Claro, Mauricio y yo solíamos ser mucho más unidos en nuestra niñez y adolescencia. Incluso nuestro lazo se estrechó más luego de... la muerte de mamá. Sin embargo, cuando nuestro padre supo que yo quería dedicarme a la pastelería, como ella, buscó la forma de romper ese lazo entre nosotros y lo que más me emputa es que Mauricio se lo permitió.

Mi papá dejó de darme dinero cuando empecé a estudiar pastelería, así que he tenido que vivir con el apoyo de Mauricio. Él nos compró el departamento a Montse y a mí, me paga el chófer porque preferí eso a que me comprara un carro. Joder, no. Eso lo compraré con el dinero que yo me sude, no con el del traidor de mi hermano. Nos apoya con el mercado y se gasta una muy buena plata en nosotros, especialmente en Montserrat que es muy mimada. Aunque mi papá también le aporta mucho a ella, quitándole ese gran peso a Mauricio.

-Vaya, vaya.

Me tenso de inmediato al escuchar esa voz y alzo el rostro, encontrándome con mi padre frente a la caja registradora.

-¿Qué pasó, Sebastián? ¿Notaron que no servías como pastelero y te bajaron el cargo a cajero? -pregunta y se lame los incisivos con cierta sorna.

Respiro hondo, apretando mis manos en puños. No puedo hacer una escena aquí, no va a obtener lo que quiere: que me despidan de aquí y sea un miserable.

-¿Qué desea? -pregunto, forzando una sonrisa.

-Sebas -interrumpe Lucrecia y yo la miro como si fuese mi salvación-. La chef ya te solicita dentro, yo me ocupo aquí.

-Bien, gracias -respondo y agrego en su oído-. Le cobras el triple a este cabrón.

Lucrecia me mira con ojos desorbitados, pero no sé qué ve en mi rostro que termina afirmando con la cabeza. Ella me sonríe y toma mi puesto, siendo esa mi señal para volver a mi verdadero lugar de trabajo. Federica alza la mirada cuando escucha la puerta, pero yo paso de ese gesto y sigo mi camino para empezar a trabajar.

¿Qué hacía ese cabrón aquí? Maldita sea, pienso. ¿Por qué tenía que verme de cajero?

El buen ánimo se me esfuma, por su culpa. El día se pasa volando porque tengo la cabeza en otro lugar. Me acerco al casillero para buscar mi ropa y me adentro en el baño, mirándome en el espejo. En la mirada se me nota el cóctel de emociones que llevo en el pecho, mis ojos verdes se han oscurecido un poco y puedo ver la vena de mi cuello palpitar de lo tenso que me encuentro.

Me siento como un jodido globo ahora y cualquier cosa puede ser la aguja que me haga explotar en estos momentos.

Salgo del baño cuando estoy listo y por el rabillo del ojo noto que alguien se me acerca. Respiro hondo porque tengo que controlar mi temperamento en el trabajo y no quiero pagarlo con nadie más que no sea Leonardo.

-Sebas, ¿estás bien?

Reconozco su voz, aguda pero un poco rasposa. Además, es segunda vez que me llama de esa forma. Siempre he sido Sebastián, señor Díaz o niño bonito para ella y que me nombre así se siente... diferente. Mi cuerpo entra en conciencia y noto que tiene una mano sobre mi hombro.

-Sí, todo bien. ¿Por qué no debería? -pregunto, sonando un poco más adusto de lo que pretendía.

-No lo sé, te he notado particularmente callado y ausente hoy. Vi que se acercó un señor a la caja y tu actitud cambió por completo: no me has lanzado tus comentarios ridículos y seductores, ni has tratado de sacarme desquicio -responde y yo cierro los ojos.

Mi jefa, quien quiere hacerme la vida imposible, vio a mi padre arruinarme el día.

-Ni siquiera sé quién es ese señor, Federica. Si me has visto así, ¿por qué te me acercas? -pregunto y la encaro. Sus ojos perdieron el brillo de esta mañana y sus cejas se alzan ante mi respuesta-. Esperaba que también te mantuvieras al margen.

Me sostiene la mirada por unos segundos, tal vez pillada por como le estoy respondiendo. ¿Qué esperaba? ¿Qué fuese un lame botas todo el tiempo como el resto? ¡Ja! Vaya sorpresa se debe estar llevando en estos momentos entonces.

-Bien -responde, alejándose de mí y alzando la barbilla en señal de orgullo-. Feliz tarde, señor Díaz. Nos vemos mañana -escupe con algo parecido al enojo y se da la media vuelta, dejándome con una maldita sensación amarga en la boca del estómago.

Salgo de la pastelería a los segundos, encontrándome con que ella aún está ahí. La acompaña Cristián, el crush imposible de mi hermana, y una mujer más quien está hablando con el imbécil de mi hermano. La postura de la recién llegada es de tensión, casi parecida a la que Federica siempre tiene conmigo, mientras mi hermano sonríe con petulancia y diversión hasta que me ve.

Ruedo los ojos. ¿Él también por aquí hoy?

-No necesito guardaespaldas -mascullo, incluso pasando del carro negro estacionado frente a la pastelería.

-Métete al carro ya -ordena con voz gruesa y yo me paralizo, cerrando las manos en puños. Mi respiración se agita un poco y trato de calmarme, inspirando hondo-. Créeme que no quiero andarte cuidando el culo, no estaría aquí si papá no me lo hubiese pedido.

Lo encaro al darme media vuelta, encontrándome con tres miradas curiosas de más. Sin embargo, me fijo en una particular: Federica. Sus ojos van de Mauricio hacía mí con curiosidad, hasta que se da cuenta de que la estoy mirando.

Suspiro, sintiendo que una disculpa me quema los labios y termino adentrándome en el auto. Cierro de un portazo para cabrear a mi hermano mayor y espero a que se suba.

-Tengo un maldito chofer. Lo contrataste tú, por cierto -le recuerdo.

-El chófer está dejando a una de sus putas en casa -me informa, con rabia contenida en su voz, como si pudiera leer mi mente.

-Controla a Leonardo -ordeno y él me mira de reojo-. Estuvo en la pastelería hoy.

-¡¿Qué?! -pregunta, claramente sorprendido-. ¿Por qué?

-¿Tú que crees, cabrón? ¿Crees que va a permitir que yo tenga un trabajo estable de lo que me gusta? ¡Por supuesto que no! Y eso es tu culpa, por no ponerlo en su maldito lugar -reclamo-, pero no importa. Yo me encargaré de hacerlo. Ya sé que no cuento contigo para nada.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022