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Casada Con El CEO Cruel (La venganza)

Casada Con El CEO Cruel (La venganza)

Autor: : Anónimo...
Género: Romance
Hizo una promesa cuando era un niño, y al cumplir los 23 años, se presentó en casa del hombre que ocasionó la muerte de su hermana, tomó a la hija de este, y la obligó a darle una hija mujer. Los planes eran cobrar venganza, arrebatándole la niña después de nacimiento, pero se enamoró, y su venganza falló.

Capítulo 1 Elegir, muerte o vida.

En una humilde casita, al sur de la capital, se celebraba los dieciocho años de Alexa Ruíz, una joven hermosa en todos los aspectos, quien con su noble y bondadoso corazón se había ganado el cariño de todos los vecinos, los cuales se hicieron presentes en la pequeña celebración de sus dieciocho primaveras.

Cuando Alexa bajó de su habitación, sonrió con mucha felicidad, puesto que todas las personas que ella quería estaban en su casa. Le saludaron al mismo tiempo, le dieron las felicitaciones y, por consiguiente, le hicieron la entrega de los regalos. Con emoción, caminó hasta la mesa y los posó sobre la antes nombrada. Seguido, se colocó tras los enseres. Los aplausos, acompañados del canto eufórico de sus vecinos, se escucharon. Inhalando profundamente, se acercó a la vela para, antes de apagarla, pedir un deseo, el cual esperaba se realizará pronto.

Mientras mantenía sus ojos cerrados, un fuerte golpe que provenía de la puerta se escuchó, lo que hizo exaltar su corazón. Aquel golpe la obligó a abrir los ojos y enderezarse.

No solo Alexa se llevó un susto; todos los ahí presentes se quedaron atónitos. En un segundo, voltearon a ver qué era lo que había sucedido, y cuando divisaron al hombre vestido de traje, se quedaron estupefactos. El silencio pulcro perduró, puesto que todos conocían al joven que caminaba dando aplausos y haciendo una pisada fuerte en el suelo; era el hombre más temido de la capital, pertenecía a la familia más dominante del país, al menos para los pobres como ellos.

-¡Bravo! ¡Bravo! -masculló Antón al momento que aplaudía y posaba una mirada detestable hacia la joven. -¡Qué bien! ¿Te parece bien que tú celebres un año más de vida mientras mi hermana celebra un año más de muerta? -Sus ojos miel parecían estar llenos de fuego. Rápidamente echó una mirada a todos los invitados; los antes nombrados temblaron y bajaron la mirada. En cuanto a Antón, sintió la sangre hervir. Su odio hacia los Ruíz lo segó; estaba tan irritado que, en un movimiento rápido y brusco, agarró la mesa que se encontraba frente a Alexa y la tiró a un costado, ocasionando que todos los arreglos que se encontraban sobre ella cayeran al suelo. El delicioso pastel se estampó contra la pared, los dulces de manjar rodaron por la pequeña sala y las bebidas gaseosas explotaron al tocarse con la baldosa.

La joven tembló y sus ojos se abrieron con asombro; el hombre delante de ella la miraba con desprecio. Aquella mirada le daba miedo y se llenaba de pavor. No pudo mantener la suya y la bajó al suelo, donde solo podía ver los brillosos zapatos del hombre que hizo de su cumpleaños un holocausto.

Raquel, madre de Alexa, quien se encontraba en una esquina observando en silencio la escena detestable de aquel hombre, sintió el miedo invadir cada rincón de su cuerpo. La presencia de Antón solo le dejaba claro una cosa: esa familia no había olvidado el pasado, aún después de toda la maldad que le hicieron, no se sentían satisfechos.

Hicieron de todo para verla morir de hambre; no obstante, ella siempre encontraba una solución. No se dejó derrumbar por nada ni por nadie. Para sacar a su hija adelante, fue capaz de realizar cosas que jamás imaginó llegar a hacer.

Después de muchos meses de acoso constante hacia ella y su hija, la dejaron en paz. Creyó que habían olvidado el pasado, que después de la forma en que ella se encontraba, pudieron haberse condolido. Pero lo que estaba sucediendo en ese instante le aseguraba que, después de trece largos años, aún seguían manteniendo el odio hacia su familia.

Raquel fue la primera en romper el silencio. Sin importarle qué pasara, se levantó y caminó hasta el hombre, se paró delante de él para atraer la mirada de Antón.

-A mí hágame lo que quiera, pero con mi hija no se meta -replicó, provocando que Antón Montalvo soltara una sonrisa siniestra.

El antes nombrado esquivó la mirada de Raquel y volvió a dirigirla hacia Alexa. Con su mano derecha apartó a Raquel, caminó dos pasos y quedó frente a la joven, quien se veía temerosa.

-No me interesas tú; de ahora en adelante será la hija del pecador la que pague por todo -Con su mandíbula tensada y una mirada despreciable, continuó- ¡Escucha bien lo que te voy a decir! Porque no pienso volver a repetirlo... vendrás conmigo o subo hasta esa habitación y desconecto a tu maldito padre...

Alexa alzó la mirada y sus ojos verdes, tan verdes como la selva, fueron inundados por lágrimas. Su corazón se estremeció solo de imaginar a su padre siendo desconectado. Su mirada compactada con la del hombre que le estaba dando a elegir, un maldito infierno y la muerte de su padre, le causaba una sensación inexplicable en su pecho.

-No, no permitiré que se lleve a mi hija; primero tendrá que pasar sobre mi cadáver. Mi hija no tiene la culpa de nada; ella es tan inocente como yo. ¿Qué gana con descargar su odio hacia nosotras?

-Cállate -vociferó Antón ante los reproches de Raquel- No estás en posición de discutir -Antón volvió a mirar a Alexa-. Tres segundos; elige: la muerte de tu padre o venir conmigo.

-¡Por favor! No haga esto, se lo suplico -Raquel se arrodilló frente a él, tratando de conseguir que el corazón de Antón se ablande, pero lo único que consiguió fue hacer que se enfade más.

-No ruegues ni supliques más, madre; haré lo que este hombre me pide. Si irme con él le devolverá a su hermana, pues lo haré -expuso Alexa y, con ello, encendió más la ira de Antón. El antes nombrado apartó a Raquel, quien posteriormente cayó al suelo. Sin importarle, el hombre caminó hasta quedar solo a centímetros de Alexa. Con enojo la miró, al mismo tiempo que tensaba la mandíbula. Lleno de odio y rencor, tomó el rostro de Alexa y le presionó con fuerza.

-No vuelvas a nombrar a mi hermana, porque de hacerlo juro que presionaré tu cuello hasta verte pedir clemencia -bramó, echando fuego por los ojos. A continuación, la soltó y replicó-. Venir conmigo no regresará a mi hermana, pero al menos haré que tu vida sea un completo infierno -Sonrió de medio lado y se giró.

Alexa caminó a ayudar a su madre.

-Hija, no lo hagas; te lo pido, ¡por favor! No debes pagar por los errores que cometió tu padre...

Antón Montalvo puso los ojos en blanco ante la escena de las dos mujeres frente a él. Lleno de desafecto, masculló:

-Cinco minutos -Arregló su traje y se marchó.

Capítulo 2 Boda forzada.

Dicho eso, se giró y caminó hasta el auto, manteniendo una sonrisa maliciosa. Su gran plan era hacer pagar una a una las lágrimas que su madre había derramado por la muerte de su hermana. Si no podía vengarse del culpable, lo haría con la hija.

Alexa dejó caer unas cuantas lágrimas y subió a despedirse de su padre. Besó las manos de su amado papá, que llevaba 13 años durmiendo. Dentro de su pecho se encontraban varios sentimientos; el más reciente era el miedo que le causaba ir con ese hombre hasta su casa.

Suspiró, secó sus lágrimas y empacó maletas. No iba a permitir que desconectaran a su padre. No sabía qué le deparaba el destino, si algún día lo volvería a ver. Quizás esa familia la quería para enterrarla viva; no sabía qué mismo le iba a suceder.

Todos los vecinos la abrazaron con lágrimas en los ojos. Sabía que esa familia era muy poderosa y, si no acataban sus órdenes, seguro la pagarían muy caro.

Su madre la abrazó y le pidió que no lo hicieran. Le propuso escapar, pero lastimosamente ya era tarde; el asistente estaba parado en la puerta esperando que Alexa saliera.

En el auto, Antón esperaba con los ojos cerrados. Cuando escuchó abrir la puerta, habló:

-Aquí no, ¡que vaya en la cajuela!

Alexa suspiró hondo mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Damm obedeció y se encaminó hasta la cajuela, guardó la maleta y le echó un vistazo a la joven.

-Lo siento, señorita; son órdenes de mi jefe.

Con el alma hecha pedazos, Raquel vio a su hija entrar a la cajuela. Se dejó caer del dolor que le causaba en el pecho. Si tan solo no hubiera agarrado el teléfono esa noche, su hija no estaría pasando por algo así.

Con dolor la parió y con dolor la sacó adelante. Ahora, con dolor, veía cómo un patán la metía en una cajuela como si fuera un objeto. En su mente podía imaginar cuánto iba a sufrir su hija en esa mansión.

Una vez que el auto arrancó, Raquel se encaminó a la habitación de su esposo. Lloró amargamente mientras suplicaba que despertara. Al menos, si él despertaba, podrían sacar a Alexa de esa mansión y escapar lejos los tres.

Después de dos horas de camino, el auto al fin se detuvo. Con el corazón acelerado, Alexa esperó que abrieran la cajuela. Al abrirse, abrió sus bellos ojos verdes; lentamente salió y lo último que alcanzó a ver fue la espalda del hombre que en días se iba a convertir en su esposo.

Con admiración, miró la enorme mansión que estaba frente a ella. Tragó grueso mientras seguía las indicaciones de Damm.

La llevó hasta la sala donde se encontraban Antón y su madre. Él estaba de espaldas mientras llenaba una copa. La mujer le miró de arriba hasta abajo y sonrió con desprecio.

-Muy hermosa, Alexa; eres tan hermosa como mi hija Katy. Si has de ver, escuchado hablar de ella, la joven de 16 años que murió en un accidente cuando tu padre la iba secuestrando.

-Miente; mi padre no la secuestró, ella quiso irse...- replicó Alexa. No permitiría que nadie hablara de su padre. Segundos después, sintió el azote de la palma que cubrió su rostro.

-Cállate, no sabes nada, maldita bastarda.

Las lágrimas se desprendieron de sus ojos. Tragando grueso, sobó el rostro que ardía después del azote. No había nadie quien la defendiera, pues el hombre que estaba de espaldas ni siquiera se giró a verla. Bajó su mirada, reprimiendo todos los sentimientos encontrados en su débil corazón.

Por la tarde de ese mismo día, un juez se hizo presente en la hacienda de los Montalvo. Alexa estaba dentro de una habitación, siendo arreglada por una estilista. La mujer limpiaba una y otra vez el rostro de la joven que lloraba sin cesar, mientras pensaba en todos los sueños que tendría que dejar atrás.

-No llores más, te casarás con el hombre más guapo de la ciudad; eso basta para estar feliz.

Ningún consejo de la mujer le pudo aliviar el corazón; seguía sin comprender por qué ese hombre quería casarse con ella, si se suponía que la detestaban. Varios pensamientos divagaban en su mente. Ella siempre soñó con ir a la universidad, tener una carrera universitaria y ayudar a su madre, quien trabajó duro los últimos años para sacarla adelante.

Cuando la puerta se abrió, Alexa contempló a la mujer de sobre el reflejo del espejo; aquella señora la miraba con desprecio.

-Déjanos solas -pidió Carlota. La estilista salió una vez que había terminado de pintarla.

Cuando la estilista salió y quedaron solas, el ambiente en la habitación se volvió tenso. La mujer caminó de un lado a otro, moviendo los pies; lo único que se escuchaba sonar era el alto taco sobre el fino piso flotante que cubría el suelo.

-Te convertirás en la esposa de mi hijo Antón. Una vez que pares una niña con los mismos ojos color verdes que tienes, te echaremos como un perro fuera de casa. Tu padre nos quitó una hija; ahora tú nos darás una. Si no das a luz una niña mujer en el transcurso de dos años, iremos hasta tu casa y le arrancaremos los aparatos al malnacido de tu padre, que aún continúa respirando, cuando debió morir hace 13 años.

La mirada de Alexa estaba caída sobre el suelo; una a una se iban desgajando y mojando el blanco vestido que cubría su cuerpo. Se estremeció al escuchar las amenazas de aquella mujer. Ahora resultaba que tenía que parir una niña de ojos verdes, como si ella pudiera elegir de la misma forma que se elige un juguete al comprarlo.

La puerta se volvió a abrir; la estilista entró, la tomó de la mano para llevarla hasta el jardín, donde se celebraría la boda. A nadie en esa casa le importaba los sueños que quería construir desde niña; casarse a los 18 no estaba en sus planes, mucho menos tener hijos.

Al bajar, contempló a pocos invitados; al menos sabía que no toda la gente estaba loca para presenciar una boda como la de ella. Caminó hasta el hombre que estaba de espaldas con un traje negro; el terno era tan negro que parecía que se dirigía a un entierro. Ella, hasta el día de su boda, lo había soñado diferente; imaginaba que su padre la entregaría en el altar al hombre que ella amaría toda su vida. Resultaba que ahora estaba casándose, sin amor, sin su madre, sin su padre entregándola al altar. Se sintió desdichada.

Antón no se giró a verla ni a recibirla; la mirada de él estaba fija en el aire. El odio y desprecio que habitaban en el interior de su corazón no le permitían pensar con claridad. Estaba cumpliendo una promesa que hizo hace trece años.

El juez empezó a hablar y preguntó:

-¿Antón Montalvo acepta como esposa a....?

No dejó ni terminar la frase; solo de escuchar ese nombre le revolvía las tripas.

-Acepto -dijo, con la mirada clavada en el lejano árbol del bosque.

Alexa, por su parte, lloraba sin parar; sus ojitos verdes estaban invadidos por un agua cristalina.

-¿Alexa Ruiz acepta por esposo a Antón Montalvo?

La joven se quedó en silencio; sentía la lengua pesada para pronunciar una simple palabra: "¡sí!" o "acepto". Continuó llorando mientras el juez la contemplaba. El hombre sintió lástima por la joven; se notaba que no estaba parada frente a él por su propia voluntad, pero él no podía hacer nada para ayudarla.

Antón regresó a ver a la joven que no cesaba de llorar. A pesar de que Alexa lloraba, su maquillaje no se había corrido; mantenía el rostro tal cual lo dejó la estilista. Antón se perdió en el rostro angelical de aquella joven; nunca había visto una novia tan hermosa como la que estaba a su lado. Aun llorando, se veía específicamente hermosa.

Perdido en sus pensamientos estaba, rápidamente recordó el propósito de esa boda. Apretó con fuerza la mano de la joven; el fuerte apretón la orilló a mirarlo fijamente. Sus miradas se entrelazaron; se perdió en los ojos de él, pero el dolor del apretón la trajo de vuelta.

-Responde a la pregunta del juez -lo dijo con los dientes apretados, sin quitarle la mirada de ella. Presionaba más la mano delgada de su futura esposa; el fuerte dolor la hizo hablar.

-Sí...

-Sí, ¿qué? -le preguntó Antón, ajustando más la mano de ella.

-Sí, acepto -respondió con rapidez, ya que el dolor en su delgada mano era insoportable.

Una vez que respondió, él soltó la mano de la joven con brusquedad. Procedieron a firmar y el juez selló la boda. Sin darle un beso ni una sonrisa, Antón se encaminó hasta la salida de la hacienda. Dio unos cuantos pasos, se detuvo y, sin girar el cuerpo, habló:

-Dejen que ella limpie todo en esta mansión; será una sirvienta más.

Las empleadas le entregaron los materiales a Alexa; ella agradeció y empezó a limpiar el desorden que había quedado de los arreglos de la boda. Antón, por su parte, se encaminó hasta el auto, subió a él y se dirigió hasta el hotel donde se estaba quedando Ana. La mujer abrió la puerta con los ojos llorosos, puesto que se había enterado de que su amado Antón se estaba casando.

Al abrir la puerta, se quedó congelada viendo al hombre vestido de blanco parado frente a ella. La sonrisa se dibujó en sus labios mientras imaginaba que no se había casado porque se había dado cuenta de que la amaba en verdad. Antón la agarró y empezó a besarla; cerraron la puerta y, de camino a la habitación, fueron dejando las prendas caídas. En minutos, Ana estaba trepada sobre él, haciendo movimientos circulares; él lamía y chupaba los pezones de ella. Una vez que la mujer alcanzó el orgasmo, Antón la tiró a un costado y se trepó sobre ella. Hizo fuertes movimientos y, cuando quiso correrse, sacó su dureza y expulsó el líquido sobre el plano abdomen de Ana.

Minutos después, la pareja estaba abrazada sobre la cama. Ana jugaba con la tetilla de Antón mientras él recordaba una y otra vez el rostro de Alexa cuando lloraba en la boda.

-Gordo, me alegra que no te hayas casado; qué bueno que te diste cuenta de que me amas en realidad.

-Sí, me casé...

-¿Qué? Entonces, ¿por qué estás aquí y no con tu nueva esposa?

-Porque a ella no la deseo.

Volvió a treparse sobre ella; la penetró con fuerza. La mujer gimió y sonrió, mientras él se movía sobre ella. Ana se llenaba de dicha al imaginar que la esposa de Antón era fea y por eso él no la deseaba como la deseaba a ella. Lo que más deseaba era embarazarse, pero su amante era muy ágil y siempre terminaba fuera. Mientras él se movía, ella le hablaba al oído:

-Esta vez termina dentro; me estoy cuidando.

Antón continuó poniéndola en varias posiciones. Una vez que empezó a acelerar los movimientos, Ana lo rodeó con sus piernas, le presionó fuerte y, a la vez, con sus manos para que no se corriera fuera. La fuerza de Antón fue más fuerte; sacó su miembro y volvió a expulsar el líquido sobre ella.

Segundos después, se sentó para meterse a la ducha y ella quedó enojada en la cama. Minutos más tarde, salió de la ducha y empezó a vestirse.

-¿Por qué siempre terminas fuera? Sabes bien que usos anticonceptivos.

-No confío en eso; es mejor usar mi técnica, que me ha sido efectiva en todos los años que he mantenido sexo sin condón.

-¿Piensas tener hijos con esa desagradable mujer?

-Sí, una hermosa niña de ojos verdes.

Dicho eso, salió del hotel dejando a la mujer histérica. Ana lanzó la almohada tras la puerta que se cerró.

Alexa terminó de ordenar y se quedó en la cocina. Ya era muy tarde y no sabía dónde iría a dormir. Todas las empleadas la miraban con desprecio; sabían que era la hija del hombre que asesinó a la hermosa Katy Montalvo.

Una vez que todos se fueron a dormir, ella quedó en la cocina. Se dejó caer al frío mármol que cubría la lujosa cocina, se abrazó a las piernas ante el frío que hacía, y las lágrimas rodaron una a una.

Media hora después, Antón llegó, caminó hasta la cocina, abrió la nevera y bebió un poco de yogur. Al darse la vuelta, encontró a la joven dormida en una esquina de la enorme cocina. Al verla toda indefensa, con sus piernas abrazadas, sintió un dolor en el pecho. Cerró los ojos, pero recordó que era la hija del maldito hombre que asesinó a su hermana; por tal razón, no debe sentir compasión alguna.

Llenó un envase con agua y lo lanzó sobre el cuerpo de la joven. Con el agua helada que cayó sobre su cuerpo, ella se levantó de un salto, empezó a temblar, ya que su cuerpo fue salpicado por una gran cantidad de agua. La mirada penetrante de Antón estaba llena de satisfacción; en cuanto a Alexa, ella estaba paniqueada ante la maldad del hombre.

-La cocina no es para dormir; ¿acaso no sabes que tienes que esperar a tu esposo en la habitación en su noche de bodas?

Mientras él hablaba, ella empezaba a temblar; se abrazaba con sus propias manos para tratar de apaciguar el frío que recorría su cuerpo. Antón se dio la vuelta y caminó hasta la habitación. Una vez que no escuchaba los pasos de ella, se detuvo.

-¿Piensas morir de frío esta noche?

Luego siguió caminando y ella le siguió. A pesar del frío que sentía, no deja de pensar que una vez estando en la habitación, el hombre no dejaría de aprovecharse de ella.

Capítulo 3 Una noche fría.

Caminó temblorosa tras de él. Una vez dentro, sintió una ráfaga de viento soplar su cuerpo; la ventana de la habitación estaba abierta. Tras el frío que sentía por el agua helada que cayó sobre su cuerpo, se acurrucó con sus propios brazos.

Antón empezó a soltar su corbata. La joven seguía parada en la puerta; con gran desprecio, la miró. El odio que habitaba en su corazón le hacía despreciarla. Con gran fiereza, le habló para que entrara al baño y se cambiara; no quería que se muriera antes de cumplir con el trato.

-¿Piensas quedarte ahí? Entra al baño, dúchate con agua caliente si no quieres morir de frío.

Mientras hablaba, sacaba su camisa y su pantalón; los colgó en el enganchador. Ante la desnudez de Antón, ella bajó la mirada y procedió a ir al baño. Él contempló a la tímida joven que caminaba mirando hacia un costado donde no se encontraba él; le presionó del brazo y la obligó a mirarlo.

-¿Qué pasa? ¿No puedes mirar a tu esposo desnudo?

Ante el temor que él le producía, unas lágrimas se desprendieron de sus delicadas pupilas. Los ojitos esmeraldas se llenaron de un agua cristalina; el miedo y la angustia de ser abusada por su reciente esposo se apoderaron de su cuerpo. Las piernas empezaron a tambalear y el cuerpo comenzó a estremecerse del escalofriante y temor que sentía.

Antón sonrió al verla temerosa; le soltó y se encaminó al baño. Antes de entrar, se detuvo y, de espaldas a su esposa, expulsó unas palabras.

-No seré yo quien te tome por la fuerza; serás tú la que ruegue porque te haga mía.

Al hablar, lo hacía con tanta seguridad; su ego lo tenía muy alto. Era un hombre que no necesitaba abusar de una mujer para saciar sus necesidades. Fue por eso por lo que acudió donde Ana, la mujer con la que mantenía relaciones sexuales desde los 18 años. Había muchas más que pasaron por él, las usaba cuando quería sin tener que obligarlas.

Se duchó y salió. Al abrir la puerta, encontró a la joven en el mismo lugar que la dejó. Hizo una mueca de desprecio y se metió a la cama. Alexa se metió a la ducha; dentro, lloró ahogando su grito en la garganta. Deseaba volver a ser niña, donde su padre la cuidaba y la protegía.

La cálida agua que manaba de la ducha hizo perder el frío que tenía. Después de una hora, salió de la ducha y encontró a su esposo dormido, o al menos eso parecía. Con gran temor, se quedó en una esquina de la habitación; al menos la alfombra estaba cálida. Arrimó su cabeza en la pared y lentamente fue cerrando los ojos.

Antón seguía despierto; al no sentir el cuerpo acostarse sobre la cama, se sentó. Sintió la sangre hervir; esa maldita mocosa le estaba sacando de quicio. Lleno de odio, se levantó de la cama y se acercó a ella. Al llegar a sus pies, contempló el rostro perfecto de Alexa. La joven dormía con gran cansancio; toda la tarde pasó ordenando la mansión, mientras las empleadas le recargaron todo el trabajo.

Él cerró sus ojos para controlar la ira que lo estaba invadiendo. Inhaló y exhaló. Una vez que se calmó, habló.

-¿Quieres que explote de ira?

La voz cercana le hizo abrir los ojos y pararse de inmediato; el temor de ser pateada por ese hombre se apoderó de ella. Antón la tomó con fuerza del brazo y la llevó a esta arrastras. Una vez que llegó a la cama, la lanzó con fuerza; luego, asentó sus manos sobre la cama y, con gran odio, le miró directo a los ojos.

-¡Por favor, no me lastimes, se lo suplico! -pidió llorando Alexa. Él sonrió con malicia.

-¿Crees que debería tener compasión contigo o con tu familia? Eres la hija del maldito asesino de mi hermana, el causante de todas nuestras desgracias. Aun así, pides que no te lastime.

Ella tembló ante la mirada malvada del hombre. A pesar de ser un muchacho apuesto, su mirada le provocaba miedo y terror. Cerró sus ojos y giró el rostro; luchar contra ese hombre le iba a ser difícil. No le quedó más que resignarse a tener su primera vez de esa forma.

Esperaba que el hombre la empezara a desnudar salvajemente. Al no sentir nada de movimiento, abrió los ojos y ya no estaba frente a ella.

-¿Crees que me atrevería a desear la hija de un asesino? -replicó Antón.

Dicho eso, se metió en la cama. Ella sintió alivio una vez que vio al hombre acostarse; al menos por esa noche no se atrevería a tocarla. Agarró la otra cobija y cubrió su cuerpo con gran temor. La enorme cama de cuatro plazas mantenía dos cuerpos alejados, cada uno en su esquina.

Por la madrugada, cuando Alexa dormía, sintió al hombre treparse sobre ella. Quiso defenderse, pero no pudo; él tapó su boca mientras apretaba con la otra mano su cuello. Cuando intentaba estrangularla, despertó con un fuerte grito.

-¡No...!

Tras el grito rezumbador, Antón despertó y encendió la luz. Vio a la mujer sudada tras la pesadilla que había tenido. La mirada de odio no se hizo esperar; agarró la sábana y salió de la habitación.

Una vez que el hombre salió, Alexa corrió a la puerta, puso seguro y, luego de eso, durmió hasta la mañana siguiente. Eran las 7 a.m. cuando Antón aún dormía en la sala. Su madre llegó temprano y lo encontró tirado boca abajo sobre el mueble.

-¿Qué haces aquí? ¿Por qué no dormiste en la habitación?

Él abrió los ojos y luego empezó a estirarse; contempló el rostro de su madre, ya arreglada.

-¿Antón, la hiciste tuya?

-Mis intimidades no las cuento a nadie, mucho menos las contaré a ti.

Él se levantó para encaminarse a la habitación. Su madre le detuvo y, con lágrimas en sus ojos, le respondió:

-¿Lo prometiste? ¿Acaso no lo recuerdas?

-Mamá, tenía solo 10 años; era solo un niño.

-Las promesas se cumplen.

La mujer no paró de llorar hasta que su hijo la abrazó y consoló.

-¿Por qué tiene que ser ella? ¿Por qué no puede ser con alguien más?

-Ella tiene los ojos verdes igual a tu hermana; además, es la hija del hombre que nos arrebató. Por eso, ella debe devolvernos a Katy, pariendo una hija.

Antón abrazó a su madre con gran ternura, mientras recordaba la promesa que le hizo a sus padres en el pasado. Prometió que cuando creciera, le daría una nieta con el mismo color de ojos de Katy; a la vez, juró vengarse personalmente de quien asesinó a su hermana. Durante todos esos años, Amparo, su madre, le recordaba su promesa.

Cuando la mujer conoció a la hija de Axel, decidió que esa sería la mujer que le diera la nieta que tanto quería. Y más aún, así cobrarían su venganza; una vez que diera a luz, le arrebatarían la niña.

Cuando su madre se calmó, subió hasta la habitación y encontró la puerta cerrada. El odio y la ira volvieron a apoderarse de él; lanzó una patada a la puerta, lo que hizo despertar a Alexa. Asustada, corrió hasta la puerta y la abrió con rapidez; su corazón estaba acelerado por los fuertes golpes que el hombre lanzaba.

Una vez abierta la puerta, Antón la tomó del brazo, apretó su delgado rostro y gruñó rabioso:

-¿Con qué derecho aseguras la puerta?

Al no obtener respuesta, Antón lanzó a la joven al suelo y le miró con gran desprecio. Caminó hasta el baño y cerró la puerta de un portazo. Con gran tristeza, ella se levantó y se encaminó hasta la cama. Subió las rodillas hasta el pecho y agachó la cabeza. Después de un rato, su esposo salió con la toalla envuelta en la cintura, se encaminó hasta el clóset y procedió a vestirse. Luego de un rato, lanzó la puerta al salir.

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