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Casada con el enemigo.

Casada con el enemigo.

Autor: : Hani
Género: Romance
La historia cuenta cómo Alexa Kingsley y Henry Carrington, dos rivales de toda la vida, se ven obligados a casarse para salvar las empresas familiares en crisis. Lo que comienza como una unión puramente estratégica y llena de resentimiento pronto se convierte en una experiencia inesperadamente apasionada cuando el primer beso de la pareja revela una química sorprendente. Mientras intentan mantener las apariencias y cumplir con las expectativas sociales, Alexa y Henry se ven envueltos en un torbellino de conflictos y revelaciones que los obliga a cuestionar sus propios sentimientos y la verdad detrás de su relación. A medida que la fusión de sus empresas se vuelve más compleja, deben enfrentar sus emociones y decidir si su matrimonio puede convertirse en algo más que una farsa, explorando la posibilidad de encontrar el amor verdadero en medio del caos.

Capítulo 1 1

En un mundo donde los acuerdos pesan más que el corazón, dos enemigos están a punto de convertirse en algo mucho más peligroso: esposos.

Alexa Kingsley y Henry Carrington son polos opuestos destinados a chocar. Ella es fuego: indomable, orgullosa y apasionada. Él es hielo: calculador, impenetrable y gobernado por una ambición que no deja espacio para debilidades. Desde el primer instante en que sus caminos se cruzaron, lo único que creció entre ellos fue el desprecio. Sus miradas siempre cargadas de desafío, sus palabras convertidas en armas, sus encuentros... una guerra constante.

Y ahora, están atados por un contrato.

Un matrimonio forzado. Un año entero bajo el mismo techo. Una condición impuesta por sus familias para proteger reputaciones, asegurar fortunas... y sellar una alianza que ninguno de los dos desea.

Pero la verdadera batalla no es el matrimonio.

Es sobrevivirse.

Cada día se convierte en un campo de guerra: discusiones que arden, silencios que asfixian, provocaciones que rozan lo intolerable. Todo parece empujarlos al borde de la ruptura... y, sin embargo, hay algo más. Algo que se desliza entre el odio y la tensión. Algo peligroso. Algo que ninguno quiere nombrar.

Porque a veces, la línea entre el odio y el deseo es demasiado delgada.

Y vivir tan cerca... puede cambiarlo todo.

El día de la firma, frente al juez, ambos compartían el mismo pensamiento:

¿En qué momento sus vidas se torcieron hasta llegar ahí?

Porque si algo tenían claro, era esto: siempre se habían odiado.

Alexa aún recordaba al niño insoportable del preescolar. Henry Carrington, con esa sonrisa arrogante y esa manía de empujar, provocar y hacer llorar a cualquiera que se cruzara en su camino. Fue entonces cuando ella tomó una decisión que marcaría su vida: convertirlo en su enemigo.

Y lo cumplió.

A lo largo de los años, Henry no perdió oportunidad para atormentarla: bromas pesadas, comentarios hirientes, humillaciones públicas. Siempre con esa maldita sonrisa que la hacía hervir de furia. Alexa, por su parte, jamás se quedó atrás. Si él atacaba, ella contraatacaba con el doble de intensidad.

En la secundaria, su rivalidad se volvió legendaria.

Alexa, la brillante capitana de las porristas, era admirada por todos. A su lado, Jack Cooper, estrella del equipo de básquetbol, no dejaba de seguirla. Henry, en cambio, reinaba en el campo de fútbol: atractivo, popular y peligrosamente encantador, con una lista interminable de novias que cambiaban tan rápido como su humor.

Se evitaban... pero cuando coincidían, todo estallaba.

La universidad trajo una tregua silenciosa. La distancia los mantuvo lejos, como si el destino finalmente hubiera decidido separarlos. Sin embargo, la calma nunca fue real... solo estaba esperando.

Cinco años después, cuando ambos regresaron convertidos en adultos, el golpe llegó sin advertencia.

Un anuncio. Una decisión. Una imposición.

Sus familias, en medio de crisis empresariales y acuerdos estratégicos, habían decidido unirlos de la única forma posible:

En matrimonio.

Sin opción. Sin escapatoria.

Y con una sola condición: permanecer casados durante un año.

El impacto fue inmediato. Brutal.

Alexa sintió cómo el mundo se le venía encima en el instante en que escuchó la decisión.

¿Casarse con Henry?

No. No podía ser real.

Henry Carrington. El mismo que la había hecho sentirse pequeña, insuficiente, invisible. El hombre que había convertido su infancia y adolescencia en una guerra constante. El hombre al que había jurado odiar... siempre.

La sola idea de compartir su vida con él le resultaba insoportable.

Pero la realidad no pedía permiso.

Sentada frente a una pila de documentos legales, Alexa repasó cada cláusula con una atención casi obsesiva, buscando una salida, una grieta, cualquier escapatoria. No encontró nada.

El contrato era claro.

Un año de matrimonio... o lo perderían todo.

Las empresas. El legado. El esfuerzo de generaciones.

Aunque los números nunca fueron lo suyo y su mundo siempre había girado en torno a la danza, Alexa entendía perfectamente lo que estaba en juego. La empresa Kingsley se tambaleaba al borde del colapso, y ese matrimonio no era una opción... era un sacrificio necesario.

Casarse con Henry era la única forma de salvarlo todo.

Y eso lo hacía aún peor.

Cuando alzó la mirada hacia él, algo en su interior se desestabilizó.

Henry ya no era el chico insoportable que recordaba.

Era... peligroso.

Seis años lo habían transformado. Su cuerpo, firme y definido, se marcaba bajo el esmoquin como si hubiera sido hecho a medida para él. Su mandíbula era más dura, más masculina. Su cabello castaño caía con una perfección descuidada. Incluso esa nariz que antes había sido motivo de burla... ahora encajaba con una armonía irritante.

Era absurdamente atractivo.

Y Alexa odiaba que su mente siquiera lo notara.

La voz del juez resonaba en la sala, lejana, casi irrelevante.

¿En qué momento su vida había tomado ese rumbo?

Tres meses atrás, su mundo ya se había derrumbado una vez. Jack. La traición. Esa imagen imposible de borrar: él, enredado entre sábanas con otra mujer.

Alexa aún no sanaba.

Aún dolía.

Y ahora... esto.

Casarse con su enemigo.

Aunque sabía que era lo correcto, que era lo necesario, la repulsión seguía ahí, clavada en el pecho. Ella no sabía nada de negocios, ni de estrategias, ni de imperios familiares. Ese siempre había sido el terreno de hombres como Henry.

El acuerdo era simple.

Él manejaría todo.

Ella... solo existiría dentro del contrato.

Un año después, se divorciarían. Socios. Nada más.

Sin emociones. Sin lazos.

Sin consecuencias.

Henry, en cambio, parecía peligrosamente tranquilo.

Demasiado.

Se mantenía serio, pero por dentro, la satisfacción era innegable.

El destino tenía un retorcido sentido del humor... y él pensaba disfrutarlo.

Casarse con Alexa Kingsley era, sin duda, el mejor giro a su favor.

Siempre había sido insoportable: caprichosa, altiva, viviendo en su propio mundo de fantasías. Una niña mimada que jamás entendió cómo funcionaba el mundo real.

Y, sin embargo...

El tiempo también había jugado a su favor.

Alexa ya no era la chica desgarbada de antes. Su rostro se había afinado, su piel era impecable, su cabello rubio caía con elegancia sobre sus hombros. Los lentes habían desaparecido, reemplazados por unos ojos azul celeste que ahora resultaban... inquietantes.

Hermosa.

Peligrosamente hermosa.

El vestido blanco con detalles rojos rompía toda tradición, y Henry no tuvo dudas: lo había elegido solo para provocarlo.

Y, maldita sea... lo estaba logrando.

-Y con el poder que me confiere la ley... los declaro esposos. Pueden besarse.

La frase cayó como un disparo.

Ambos reaccionaron al mismo tiempo, como si despertaran de un trance.

El beso.

Se habían olvidado del beso.

Por un instante, todo se desvaneció: las miradas, los susurros, el peso del momento. Solo quedaron ellos dos... y la distancia que estaba a punto de desaparecer.

Se giraron lentamente.

Frente a frente.

La tensión era insoportable.

A su alrededor, los murmullos crecían. Nadie respiraba con normalidad. La unión de los Carrington y los Kingsley ya era un escándalo... pero esto, esto era algo más.

Todos sabían la verdad.

Se odiaban.

Y aun así, ahí estaban... a punto de besarse.

Esto va a ser un espectáculo, pensó Henry, clavando los ojos en ella.

Alexa sintió ese peso sobre su piel, como si la observaran desde todos los ángulos. Como si fuera un objeto en exhibición.

Sus labios se entreabrieron apenas cuando él se inclinó.

No había escapatoria.

No puede ser...

El pensamiento la golpeó con fuerza.

No puedo besar a Henry. No frente a todos. No a él.

Su estómago se contrajo, un nudo apretándose en su interior.

Porque Henry no era solo un hombre.

Era su enemigo.

Su pasado.

Su herida.

Y ahora... estaba a un suspiro de distancia.

Capítulo 2 2

Pero cuando los labios de Henry finalmente rozaron los de Alexa, nada ocurrió como ella había imaginado.

No hubo rechazo.

No hubo asco.

No hubo huida.

En su lugar... algo se encendió.

Una chispa sutil, inesperada, que recorrió su interior como una advertencia tardía. Su cuerpo se tensó apenas un segundo, preparado para rechazarlo, para apartarse... pero esa reacción nunca llegó. Porque el contacto no era frío ni invasivo.

Era cálido.

Suave.

Peligrosamente correcto.

Y eso la desconcertó más que cualquier otra cosa.

Sin darse cuenta, su cuerpo dejó de obedecer a su razón.

Henry, percibiendo la mínima vacilación, aprovechó el instante. Sus manos descendieron con firmeza hacia la cintura de Alexa, atrayéndola con una seguridad que rozaba lo dominante. La cercanía la envolvió por completo, anulando cualquier pensamiento coherente.

Era demasiado.

Demasiado cerca.

Demasiado real.

Y, aun así... no se apartó.

El beso cambió.

Lento. Intencional.

Henry no se apresuró. La saboreó con paciencia, como si conociera exactamente el ritmo que debía imponer. La punta de su lengua rozó sus labios con una suavidad calculada, delineándolos, provocándola sin invadirla del todo... esperando.

Tentándola.

Y Alexa... respondió.

Sin pensarlo. Sin permiso.

Como si algo más fuerte que su orgullo tomara el control, sus labios cedieron, abriéndose apenas para él. El mundo desapareció en ese instante. No existían los invitados, ni las miradas, ni el peso del escándalo.

Solo ese beso.

Prohibido.

Intenso.

Inexplicable.

El maldito Carrington.

Su peor enemigo... era un gran besador.

La realización la golpeó en medio de la confusión, pero ya era demasiado tarde para retroceder. La sensación de él explorando su boca, de su cercanía, de su control... la arrastraba a un territorio desconocido.

No era odio.

No era rabia.

Era algo más oscuro. Más profundo.

Algo que no sabía nombrar.

Cuando finalmente se separaron, el aire pareció regresar de golpe.

Alexa parpadeó, aturdida, como si despertara de un trance. Su mente intentaba reconstruir lo que acababa de pasar... y fracasaba.

Henry la observaba.

Y esa sonrisa...

No era abierta, no era evidente. Pero estaba ahí, en la curva apenas perceptible de sus labios. Satisfacción. Sorpresa. Algo peligroso brillando en sus ojos, como si hubiera descubierto una grieta en ella... y pensara usarla.

Ninguno dijo una palabra.

No hacía falta.

El aplauso estalló a su alrededor, rompiendo el momento.

Pero algo ya había cambiado.

Invisible. Irreversible.

El beso, que debía ser una simple formalidad, había cruzado una línea que ninguno de los dos había previsto.

Y ahora... nada volvería a ser tan simple.

El bullicio creció, envolviéndolos en una marea de murmullos, risas y comentarios cargados de curiosidad. Alexa intentó apartarse, recuperar distancia, aire... control.

Pero Henry no lo permitió.

Su brazo la sostuvo con firmeza, pegándola a su cuerpo con una naturalidad que resultaba casi convincente.

-Recuerda que debemos mantener las apariencias -susurró contra su oído, su voz baja y firme-. Haz que todos se traguen esta farsa.

Alexa cerró los ojos un instante, conteniendo la respuesta que realmente quería darle.

Tenía razón.

Y eso la irritaba aún más.

La alta sociedad no perdonaba errores. Al día siguiente, su boda sería portada. Un movimiento en falso... y todo se derrumbaría. Sus familias, sus empresas, su apellido.

Todo dependía de esa mentira.

-Eres un imbécil... y voy a hacer que te arrepientas -murmuró ella, separándose apenas lo suficiente para mirarlo, con una sonrisa perfecta dibujada para el público.

Henry soltó una risa baja, arrogante.

-Claro... como si no hubieras disfrutado el beso.

La rabia le ardió en la sangre.

Y lo peor... fue no poder negarlo con la misma certeza de siempre.

Antes de que pudiera responder, los invitados comenzaron a rodearlos, llenándolos de felicitaciones, sonrisas y miradas inquisitivas.

Algunos murmuraban sobre un posible embarazo.

Otros fingían creer en un romance repentino.

Y unos pocos... los más peligrosos... observaban en silencio, atando cabos.

Porque en ese mundo, nada era tan perfecto como parecía.

Y todos sabían que una boda apresurada... casi nunca era por amor.

Henry Carrington se movía por el gran salón como si le perteneciera.

Seguro. Impecable. Intocable.

Las felicitaciones llegaban una tras otra, acompañadas de miradas de admiración... y envidia. No era para menos. Alexa Kingsley brillaba esa noche con una intensidad difícil de ignorar, y más de uno no podía evitar preguntarse cómo Henry había conseguido algo así.

Si tan solo supieran...

Henry observó a su esposa a la distancia, rodeada por un grupo de mujeres perfectamente arregladas y peligrosamente sonrientes. Las conocía bien. Detrás de cada cumplido había veneno, detrás de cada risa, una pregunta disfrazada.

Las "viperinas" de la alta sociedad.

Alexa, sin embargo, jugaba su papel a la perfección. Sonreía, elegante, radiante, levantando sutilmente la mano para dejar que el anillo captara la luz. Una joya Carrington. Oro puro, diamantes impecables, historia familiar grabada en cada detalle.

Encajaba en ella como si siempre le hubiera pertenecido.

-Vaya, vaya... Henry Carrington -la voz de Linzy White cortó sus pensamientos-. Nunca creí verte casado con una Kingsley.

Henry alzó una ceja, divertido.

-La vida da giros interesantes.

-Interesantes no es la palabra -replicó ella-. Ustedes se odiaban.

-Dicen que la línea entre el odio y el amor es bastante delgada.

Linzy lo observó con escepticismo.

-Siguen siendo completamente opuestos.

-Y eso es precisamente lo que lo hace funcionar.

-No siempre -intervino otra voz masculina.

Víctor apareció con su habitual sonrisa encantadora, esos hoyuelos que parecían desarmar a cualquiera.

-Míranos a Linzy y a mí. Demasiado parecidos... y un desastre. En cambio, Nadia y yo... somos como agua y aceite.

Linzy se tensó apenas.

Henry lo notó.

-¡Víctor! -lo saludó con un abrazo firme-. Siempre tan oportuno.

-Tenía que venir a comprobarlo con mis propios ojos -bromeó-. El soltero más codiciado finalmente cayó.

-Cuida lo que dices -murmuró Linzy-. Estás en su boda.

-Él sabe que tengo razón.

El ambiente se tensó lo justo para volverse incómodo.

-¿Cómo has estado, Linzy? -preguntó Henry, desviando la conversación.

-Bien... aunque podrías dejar de recordarme ciertas cosas -respondió ella con una sonrisa forzada-. Me alegra que tú y Nadia estén bien, Víctor. De verdad.

El arrepentimiento cruzó el rostro de su amigo, apenas un instante.

Henry intervino antes de que el silencio se volviera incómodo.

-¿Alguien ha visto a Diana?

-Henry, ya estás casado -replicó Linzy, dándole un ligero golpe en el brazo-. Deja de pensar en tu ex.

-Y empieza a valorar lo que tienes -añadió Nadia al llegar, con una sonrisa firme-. Alexa es una joya.

Henry soltó una risa baja.

-Modo protector activado, Nadia.

-No es broma -insistió ella, inclinándose apenas hacia él-. Mientras tú estás aquí... hay alguien más muy entretenido con tu esposa.

Eso fue suficiente.

Henry siguió la dirección de su mirada... y lo vio.

Aron.

Demasiado cerca. Demasiado cómodo. Demasiado interesado.

Algo oscuro se tensó en su interior.

Maldito imbécil...

Su mandíbula se endureció, pero su expresión no cambió. No podía armar una escena. No ahí.

Pero tampoco iba a permitirlo.

En cuestión de segundos, cruzó el salón.

-Cariño, te estaba buscando -dijo al llegar, deslizando el brazo alrededor de la cintura de Alexa con una naturalidad posesiva.

Alexa giró hacia él, manteniendo su sonrisa impecable... aunque el leve golpe que le dio en el hombro decía otra cosa.

-Qué coincidencia. Yo también.

El mensaje era claro: no me dejes sola otra vez.

Henry casi sonrió.

-Estaba ocupado con los invitados -respondió con calma antes de girarse-. Oh... Aron. No te había visto.

Mentira.

-Aún no me has felicitado.

-Felicidades, Carrington -dijo Aron, sin apartar los ojos de Alexa-. Te llevaste el mejor premio de la noche.

Su mirada descendió sin disimulo.

-Inglaterra definitivamente le sentó bien... Estás impresionante, Alexa.

El aire se tensó.

Henry no apartó la sonrisa, pero algo en sus ojos se volvió peligrosamente frío.

Podría romperte aquí mismo...

Pero no lo hizo.

En lugar de eso, acercó un poco más a Alexa, marcando territorio sin necesidad de palabras.

-Lo sé -respondió con suavidad calculada-. Por eso me casé con ella.

Una pausa.

-Y ahora, si nos disculpas... tenemos asuntos más importantes que atender.

La mirada que le lanzó fue suficiente.

Aron entendió.

Retrocedió.

Alexa giró, dándole la espalda sin dudarlo, y Henry aprovechó el movimiento para mantenerla cerca. Su mano descendió lentamente por su espalda, en un gesto que, desde fuera, parecía íntimo...

Demasiado íntimo para ser fingido.

Y quizá... eso era lo más peligroso de todo.

Capítulo 3 3

Todas las miradas estaban puestas en los recién casados Carrington.

Sonrisas perfectas. Gestos ensayados. Una pareja impecable ante los ojos del mundo.

Alexa se inclinó ligeramente y rozó la mejilla de Henry con los labios, fingiendo un gesto cariñoso mientras murmuraba entre dientes:

-Si no quitas tu asquerosa mano de mi trasero, te juro que la vas a perder... y te la voy a hacer comer.

Henry no se inmutó.

Al contrario, sonrió.

-Vaya... mi encantadora esposa también cocina -susurró con burla, apretándola con descaro.

-Pedazo de-

No terminó la frase.

Henry la besó.

Directo. Preciso. Calculado.

Un movimiento tan natural para los espectadores... y tan irritante para ella.

-Creo que es momento de tomar nuestros lugares -anunció él, girándose hacia los invitados con elegancia-. Me encantaría hacer un brindis por la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra... la que, contra todo pronóstico, aceptó casarse conmigo.

Las risas no tardaron en aparecer.

Alexa sostuvo la sonrisa, impecable.

Perfecta.

Aunque por dentro estuviera planeando su asesinato.

La recepción continuó entre copas alzadas y comentarios aduladores. Cuando llegó la comida, Henry no dudó en sentarse y atraer a Alexa hacia su regazo, alimentándola con una cercanía que rozaba lo íntimo.

Demasiado convincente.

Demasiado real.

Los invitados suspiraban, encantados con la escena.

Alexa, en cambio, clavaba sus uñas en el muslo de Henry bajo la mesa.

Maldito... te voy a hacer pagar cada segundo de esto.

Henry apenas reaccionaba.

Sonreía.

Disfrutaba.

Los empresarios comenzaron a acercarse, algunos con genuinas felicitaciones, otros con preguntas disfrazadas sobre la fusión entre los Carrington y los Kingsley.

Henry los manejó a todos con una facilidad que no pasó desapercibida para Alexa.

Seguro. Inteligente. Impecable.

-Hoy es mi boda -dijo en un momento, con una sonrisa perfectamente medida-. Los negocios pueden esperar. Esta noche es para mi esposa.

Esa respuesta... le sorprendió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Sin darle tiempo a procesarlo, Henry tomó su cintura.

-¿Bailamos?

El primer baile comenzó.

-Eres demasiado inteligente para ser tú -murmuró Alexa, siguiendo el ritmo con gracia natural.

-Y tú bailas demasiado bien para ser tú -respondió él, con esa sonrisa que siempre la irritaba.

-Estudié danza contemporánea en Londres. Soy profesora -replicó, haciendo un leve puchero.

-Perfecto -respondió Henry sin perder el ritmo-. Entonces yo me encargaré de tu dinero. Administración y finanzas.

Las risas y aplausos no se hicieron esperar.

Henry inclinó el rostro y besó su mejilla con una familiaridad que hizo que más de uno suspirara.

La farsa... era impecable.

La noche avanzó entre fotografías, regalos y buenos deseos.

Pero no todo eran sonrisas.

En un rincón, un grupo de chicas murmuraba lo suficientemente bajo como para parecer discretas... pero no lo suficiente.

-Lily dice que esto no va a durar -susurró una-. Henry siempre ha tenido debilidad por ella.

-No lo sé... se ven bastante enamorados -respondió otra-. ¿Viste cómo la miraba?

-¿Enamorados? Por favor. Ellos se odian. Aquí hay algo raro.

-Te equivocas.

Las tres se sobresaltaron.

Alexa estaba ahí.

Sonriente. Elegante. Peligrosa.

-No era mi intención escuchar -continuó con calma-, pero cuando escuchas tu nombre... es difícil ignorarlo.

Las miró una por una.

-Primero: aquí no hay nada raro. Henry y yo nos amamos y decidimos casarnos. Segundo... díganle a Lily que deje de ilusionarse.

Una pausa.

-Él solo tiene una debilidad.

Se inclinó apenas, con una sonrisa afilada.

-Y esa soy yo.

El silencio fue inmediato.

-Mi esposa tiene razón.

La voz de Henry apareció detrás de ellas como una sombra.

-No hay nadie más.

Las chicas palidecieron.

Alexa sonrió... y esta vez fue ella quien lo besó.

Sin aviso.

Sin pedir permiso.

Aprovechando el impacto, el grupo desapareció en cuestión de segundos.

-Te ves interesante cuando te pones territorial -murmuró Henry contra sus labios.

-No estoy celosa -respondió ella, dándole un codazo disimulado-. Solo estoy marcando límites.

Henry rió por lo bajo, observándola alejarse.

-Claro... límites.

Pero su mirada descendió apenas, recorriendo su figura.

-Maldita...

No terminó la frase.

No hacía falta.

La idea de vivir bajo el mismo techo con Henry Carrington, fingiendo ser una pareja feliz, no era un reto.

Era una condena.

La luna de miel habría hecho todo más creíble... pero también más insoportable. Y Henry tenía prioridades: estabilizar la nueva empresa, asegurar el futuro de ambas familias.

Así que no hubo escapatoria romántica.

Solo realidad.

Horas después, el auto se detuvo frente a la casa que compartirían.

Su "nidito de amor".

-La recuerdas, ¿no? -dijo Henry-. Mis padres la compraron cuando se casaron. La remodelaron hace unos años. Es... funcional.

Alexa observó la fachada.

Grande. Elegante. Imponente.

-Es más bonita de lo que recordaba.

-Bien -respondió él, abriendo la puerta-. Entra... o ¿prefieres que te cargue?

Alexa alzó una ceja, desafiante.

-Deberías hacerlo. Es tradición. Pero claro... eso implicaría que fueras un buen esposo.

Error.

Henry no respondió.

Actuó.

En un solo movimiento, la levantó sin previo aviso, cargándola sobre su hombro.

-¡¿Qué demonios haces?! -protestó Alexa, golpeándolo.

-Cumpliendo con la tradición -respondió él, avanzando hacia la puerta como si nada.

Y así, entre quejas, golpes y una tensión que ya no era solo odio...

cruzaron juntos el umbral de su nueva vida.

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