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Casada con el padre de mi hijo.

Casada con el padre de mi hijo.

Autor: : AngellynaMerida
Género: Romance
Myriam Bennett creyó tenerlo todo: Un esposo perfecto, un matrimonio estable, solo les hacía falta un hijo, ella deseaba ese bebé para ser feliz con su marido, y él solo anhelaba ese niño para no perder su puesto de director en la corporación. La presión era muy grande para ella, que se sometió en reiteradas ocasiones a tratamientos de fertilización, sin resultado, hasta que su marido le exigió un bebé, así tuviera que acostarse con otro hombre. Gerald Lennox es un hombre frío, quien dedica gran parte de su vida solo a trabajar, no tiene novia, ni está interesado en tenerla, pues la mujer a quién amó lo rechazó, su mejor amigo insiste en buscarle pareja y una noche en un bar, tras perder una apuesta, debe acostarse con una mujer a la que no conoce, y que su amigo eligió. Los destinos de Myriam y Gerald se unirán de una forma que ellos no imaginan, a pesar de que ninguno de los dos se soporta. Obra registrada en Safe Creative: 2208091753609 ©Angellyna Merida, 2022. Queda prohibida la distribución, copia, adaptación de esta obra sin el permiso del autor, este libro se encuentra registrado en el Instituto de propiedad intelectual de Ecuador.

Capítulo 1 Introducción: ¿Me acosté con otro hombre

-¡Necesitamos un heredero! -expuso con voz gruesa el anciano-. De lo contrario, alguien te sustituirá -advirtió.

El fuerte eco retumbó en el pasillo de la casa de Jacob Wilson. Myriam se sobresaltó y se detuvo en la puerta de la oficina familiar. Había estado buscando a su esposo y alcanzó a escuchar la exigencia de su suegro.

Su corazón se encogió. Suspiró profundo y fingió no haber oído nada. Bajó la escalera y se sentó en el sofá de la sala de estar como si nada hubiese ocurrido. Pero al oír la palabra hijos, recordó que, en algún momento, pensó que tener un niño podría afianzar su matrimonio. Sin embargo, Dios no le dio esa oportunidad: nunca quedó embarazada. Y, aunque el problema no era de ella, lo había cargado en silencio.

Con los años, fue dejando atrás esa obsesión. Comprendía el deseo de sus suegros por ser abuelos, pero jamás imaginó que llegarían al punto de amenazar a su esposo por no darles un heredero.

Se había casado con Ray a los veintiún años, muy enamorada. Pero con el tiempo, la relación se volvió fría, tensa; ya no se hablaban como antes. Raymond estaba casi siempre ausente. Era CEO de una multinacional y un hombre ocupado, con constantes viajes de negocios.

Diez minutos antes, Myriam y su esposo habían llegado para celebrar el cumpleaños de su suegro. Raymond se acercó solo a sus padres, dejándola a ella de lado. Myriam notó que murmuraban entre ellos y desaparecían del amplio salón. En ese instante, se reprochó no haber escuchado el resto de la conversación.

Mientras tanto, en el despacho familiar:

-Tomaré cartas en el asunto, papá -dijo Raymond, ignorando la orden de Jacob. Se concentró en los balances de la empresa, sin apartar la vista de su padre. Sabía bien que, durante ese trimestre, las ventas de la multinacional de alimentos habían caído.

-Pierdes el tiempo en tonterías -refutó Kendra, su madre-. Tu padre y yo hemos considerado la idea de que uno de tus primos se haga cargo de la empresa, para que tú tomes vacaciones con Myriam... y engendres al heredero -propuso-. Llevan siete años de casados y no hay indicios de un nieto. Esperamos que, con un hijo, sientes cabeza y asumas tus responsabilidades, Raymond.

****

Minutos después, Jacob sopló las velas de cumpleaños y los aplausos de los presentes no se hicieron esperar.

-Felicidades -dijo Myriam al acercarse con un obsequio.

El padre de Ray tomó la bolsa y la dejó a un lado.

-El mejor regalo que podría recibir es la noticia de un heredero -expresó, mirándola fijamente a los ojos-. ¿No deseas tener hijos? -preguntó, frunciendo el ceño.

Myriam palideció, parpadeando con nerviosismo.

-Yo... Eh... -balbuceó.

Raymond apareció enseguida.

-Pronto te daremos esa noticia, papá -masculló entre dientes-. Es hora de irnos.

Casi a rastras sacó a su esposa de la casa.

Al subir al auto, Myriam liberó el aire que había estado conteniendo.

-Hemos intentado, sin resultado, la fertilización... Quizás deberíamos adoptar -propuso.

Raymond golpeó el volante con furia. Giró el rostro, desencajado, y la miró con ira.

-¿Te volviste loca? ¿Acaso no te funciona el cerebro? -gruñó-. Si hacemos eso, todos sabrán de mi problema, y no pienso ser la burla de nadie -refutó, respirando con agitación-. ¡Debes tener un hijo! Así tengas que embarazarte de otro.

"¿Tengas que embarazarme de otro?" retumbó en la mente de Myriam.

Sus labios se abrieron en una gran O, y sintió que la sangre se le iba a los pies al escuchar semejante propuesta.

-¿Cómo puedes pedirme eso? -susurró, tratando de contener las lágrimas.

-¿Me amas? -preguntó Raymond.

-Claro que sí... -respondió ella, o al menos eso creía.

-Entonces dame un hijo. De lo contrario, buscaré una mujer que esté dispuesta a todo -dijo con cinismo.

-¿Cómo? -Myriam no podía creer lo que acababa de escuchar.

Se sintió como un objeto, una máquina de fabricar bebés. Su corazón se rompió.

Entonces, enfurecida, empujó a su esposo y pisó el acelerador con fuerza.

-¿Estás loca o qué? -gruñó Raymond-. ¡Nos vamos a matar!

Reñían, forcejeando por el volante. Myriam no respondió. De pronto, soltó el acelerador y frenó en seco.

Raymond, a punto de golpearse, logró estabilizar el auto. Cuando estaba por abrir la boca para reñirla, ella bajó del vehículo, cerró la puerta con fuerza y se alejó, llevando los tacones en las manos, sin dar explicación.

Esa noche vestía un vestido rojo vibrante. Alzó la mano y un taxi se detuvo frente a ella. Subió sin mirar atrás.

****

Gerald Lennox aparcó frente al bar donde lo esperaban sus amigos. Lanzó las llaves al valet para que estacionara su BMW y entró con paso firme, erguido en su metro ochenta y cinco de estatura.

A sus treinta años, era el director general de la multinacional de alimentos Lennox. Tenía una fría mirada azul, piel clara y cabello oscuro. Vestía vaqueros celestes, camisa gris y blazer negro.

Varias mujeres murmuraban al verlo pasar, intentando coquetear con él. Gerald era atractivo, pero parecía inmune a los encantos femeninos.

Llegó a la mesa, saludó a sus compañeros y tomó asiento. Comenzaron una partida de póker, entre charlas, risas y tragos de whisky.

-Si pierdes esta noche, yo elijo a la mujer que te llevarás a la cama -propuso Kevin, ladeando los labios con picardía.

Gerald resopló, negando con la cabeza.

-No tengo interés en el sexo -respondió, recordando a Bianca, la mujer de la que creyó enamorarse. Suspiró al pensar en cómo lo rechazó, por la ruina inminente de su familia.

-Te estás oxidando -advirtió Kevin. Los demás soltaron carcajadas-. ¿Tienes miedo de enamorarte?

-Cada día estás más loco -bufó Gerald-. No volveré a caer en tus juegos, como aquella vez de hace unos meses.

Bebió otro trago de whisky, mientras la partida continuaba.

Kevin, entonces, reparó en una hermosa mujer que pasó cerca: cabellera oscura, vestido rojo, mirada decidida.

-Ya tengo a la candidata perfecta para que vuelvas a divertirte esta noche -dijo, señalando hacia la barra-. Se ve espectacular.

Gerald, un poco ebrio pero aún lúcido, la vio. Minutos antes, ella había pasado con paso firme y elegante. No parecía una mujer de una noche, ni alguien que se prestara para las absurdas apuestas de Kevin. Y él tampoco estaba dispuesto a seguirle el juego.

Unos minutos antes Myriam había llegado al bar donde su mejor amiga, Elsa -ginecóloga de profesión-, tomaba unos tragos. Al ingresar, varios caballeros habían centrado su atención en ella. Siempre captaba miradas. Sin embargo, ignoró esos galanteos. Encontró con la mirada a su amiga, se acercó a la barra y la abrazó con fuerza.

Pidieron un tequila y un Martini mientras charlaban. Myriam le contaba la discusión que había tenido con su esposo.

Elsa no podía comprender cómo Raymond le había hecho semejante propuesta a su esposa.

-¿Y qué piensas hacer? -preguntó, bebiendo de su Martini.

Myriam apuró el tequila de un solo trago.

-No quiero perderlo. Sin embargo... quizás la fertilización sea una opción -balbuceó, sin estar convencida aún de volver a someterse al procedimiento.

Elsa, que era bastante liberal, sonrió y asintió con picardía.

-Escogiste la vía aburrida. Yo me hubiera ligado a un hombre apuesto y habría hecho un bebé -bromeó, señalando con la mano hacia las mesas cercanas antes de brindar con su copa.

-Eres incorregible -respondió Myriam con una sonrisa apagada, mientras notaba cómo varios caballeros las observaban y susurraban entre sí.

Sus ojos se cruzaron entonces con la mirada fría e inexpresiva de un hombre atractivo, de ojos azulados. Él desvió la vista hacia sus compañeros al instante.

Myriam sacudió la cabeza. La idea de Elsa era absurda, impensable.

-No sé si ese procedimiento funcione. Ya lo intentamos... y mis órganos se van debilitando -suspiró.

-Una vez más -suplicó con la voz entrecortada. Sentía que, de ese hijo, dependía su matrimonio.

Siguió bebiendo, intentando disipar sus penas con licor. Casi tambaleándose, se dirigió al baño. Al salir, fue interceptada por un hombre muy apuesto y galante, quien se inclinó para hablarle al oído y le señaló a otro caballero en una mesa cercana.

Myriam enfocó su vista en el hombre que él le señalaba. Le pareció guapo... más que su propio esposo. Pensó que, tal vez por los tragos que había ingerido, estaba viendo alucinaciones. Pero entonces recordó la loca propuesta de Raymond. Tenía su permiso. Así que, sin pensarlo demasiado, aceptó.

Acompañada del hombre que la había interceptado, se acercó a la mesa. El apuesto caballero la miró. A pesar del alcohol, esos ojos tristes la estremecieron.

Él se levantó. Salieron juntos del bar y subieron al convertible del desconocido. Al llegar al lujoso hotel, Gerald se dio cuenta de que la mujer se había quedado dormida. Su vestido se había subido, dejando al descubierto sus largas y firmes piernas.

Los ojos de él se abrieron de golpe. La garganta se le secó. Era una mujer hermosa, esbelta, de figura impresionante. Una verdadera tentación.

Bajó del vehículo y la tomó impulsivamente en brazos. Pero, de pronto, vislumbró un anillo dorado en su dedo anular.

«Está casada»

Bajó los párpados. El azul gélido de sus ojos se nubló al instante, cubriéndose de gris.

Tras un momento de vacilación, sostuvo a la mujer cerca de su pecho. Inhaló su aroma dulce, a violetas, y minutos después entró en la suite cinco estrellas.

La colocó con cuidado sobre la cama y examinó su rostro. Las mejillas sonrosadas eran encantadoras, y el cabello castaño caía en ondas por las curvas de su cuerpo.

Le acarició la mejilla. Estaba por marcharse en silencio cuando escuchó su voz, ebria y suave, desde el interior.

-No te vayas... te necesito.

Gerald se detuvo. Giró con lentitud. Al regresar a la habitación, encontró a la bella dama de pie. Se aclaró la garganta al ver cómo dejaba caer el vestido hasta sus pies. La escena era tremendamente sensual.

-Está muy ebria, señora. Deténgase -pidió con voz ronca.

-Ray... ven... Cuánto tiempo sin sentir tanta pasión... Hagamos un bebé... vamos...

Myriam lo miró, pero en su mente alucinada creía estar con su esposo.

Gerald comprendió que lo estaba confundiendo con otro hombre. Y, frente a sus ojos, ella se quitó la fina lencería que cubría su cuerpo.

Su instinto masculino reaccionó de inmediato, pero no era un hombre que se aprovechara de una mujer en esas condiciones.

«No puedo más. Tengo que salir de aquí», se ordenó mentalmente. Salió de la suite y cerró la puerta tras de sí.

****

Al día siguiente, los rayos solares acariciaron el rostro de Myriam. Frunció el ceño y abrió los ojos de golpe. Se llevó una mano al pecho al darse cuenta de que estaba en una habitación desconocida.

-¿Dónde estoy? -susurró, confundida.

Notó su vestido y demás prendas tiradas sobre la alfombra. Abrió los labios, temblando.

-¿Qué sucedió? -se preguntó a sí misma. Parpadeó varias veces-. No... no pude haberlo hecho...

Intentó recordar, pero tenía lagunas mentales. Recordaba la voz del hombre, su mirada fría y nada más. Se sobresaltó cuando escuchó el sonido del móvil. Se levantó, buscó el bolso y lo sacó con manos temblorosas. Al ver que era su esposo, se estremeció. Su corazón se desbocó.

-¿Dónde estás? -rugió Raymond al otro lado de la línea.

-Me quedé con Elsa -balbuceó, buscando su vestido-. Voy directo al trabajo.

-¿Con Elsa? -repitió con suspicacia-. Espero que le digas a tu amiga que nos ayude... -dijo, antes de colgar.

Myriam resopló. Por un momento creyó que la había descubierto. Miró a su alrededor. Buscó entre las sábanas y la mesa de noche algún indicio de lo ocurrido, pero no encontró nada.

Tembló solo de imaginar que pudo haberse acostado con un desconocido.

-¿Qué hice? -murmuró, llevándose las manos a la cabeza. Le dolía-. No pude haber traicionado a Raymond... -dijo entre sollozos, con la voz quebrada.

****

Minutos después, llegó al apartamento de Elsa. Respiró aliviada al encontrarla. Necesitaba saber si su amiga recordaba con quién se había ido la noche anterior.

-No sé nada. Solo desapareciste. Pensé que te habías ido a casa -dijo la ginecóloga-. ¿Por qué? -añadió, observándola con atención.

Myriam resopló. Le contó lo sucedido. No recordaba nada.

Elsa soltó una carcajada divertida.

-Espero que haya sido muy atractivo -bromeó.

Myriam la fulminó con la mirada.

-Sabes que no soy ese tipo de mujer. Prefería volver a someterme a la fertilización antes que traicionar a Raymond -dijo, sintiendo un nudo en la garganta-. No sé cómo voy a mirarlo a los ojos -agregó, cubriéndose el rostro con ambas manos.

Elsa frunció los labios.

-Tu marido fue quien te sugirió esa idea. No tendría por qué ofenderse. Además, él...

Se detuvo. No quiso atormentar a su amiga con las cosas que sabía sobre Raymond.

-No te aflijas. Confiemos en que ese sujeto del bar tampoco recuerde lo que ocurrió -concluyó.

Le sirvió un café y le prestó ropa limpia para que se duchara y pudiera irse a trabajar.

****

Días después, Myriam se sometió nuevamente al procedimiento de fertilización. Ya se había estado preparando desde días antes de aquella noche confusa, y ahora solo quedaba esperar que el óvulo fecundado se implantara en su útero.

Varias semanas más tarde, Myriam notó un retraso. Para salir de dudas, compró varias pruebas caseras. Siguió las instrucciones y, mientras esperaba el resultado, caminaba de un lado a otro por la habitación.

-Que esta vez funcione... -suplicaba con las manos entrelazadas. Sentía que el estómago se le revolvía por los nervios. Cuando el reloj marcó el tiempo indicado, corrió al baño. Las miró... y todas mostraban dos líneas.

-¡Positivo! -exclamó con infinita emoción.

Derramó lágrimas de felicidad. Aquello era justo lo que necesitaba para salvar su matrimonio. Sin esperar más, se dirigió al consultorio de Elsa. Necesitaba que la revisara. Su amiga confirmó el embarazo... pero en el corazón de Myriam nació una duda devastadora:

¿Ese bebé era producto de la fertilización... o de la noche que no recordaba?

Capítulo 2 ¿Mi hermana es tu amante

La noticia del embarazo agradó a Raymond; sin embargo, al enterarse de que se trataba de una gestación de alto riesgo, decidió no compartirlo con su familia hasta asegurarse de que su esposa no perdiera al bebé.

Debido al estado de Myriam, andaba de mal humor. Por recomendación médica, no podían tener relaciones.

-Te veo muy estresado -comentó Noemí, la media hermana de Myriam.

La mujer trabajaba como asistente de Raymond por petición de la propia esposa de este. A pesar de la pésima relación entre ambas, Myriam había decidido darle una última oportunidad a su media hermana.

-¿Trajiste el informe que te pedí? -preguntó Ray, sin mirarla.

-Por supuesto -respondió ella. Se acercó al escritorio y, al dejar la carpeta sobre la mesa, se inclinó, mostrando su amplio escote-. Yo soy mucho más eficiente que mi hermanita -masculló con molestia.

La mirada de Ray se deslizó con descaro sobre sus pechos voluptuosos. Elevó una ceja.

-Interesante -murmuró, y la recorrió de pies a cabeza.

Noemí era delgada, de estatura media, y solía vestir de forma provocadora. A pesar de que Myriam le había ordenado usar el uniforme corporativo, ella se negaba. Siempre llevaba tacones de aguja, minifaldas ajustadas y blusas con botones abiertos que dejaban ver gran parte de su escote.

Al notar el efecto que causaba en su cuñado, se colocó detrás de él y comenzó a darle un masaje en el cuello.

-Parece que mi hermana no te atiende bien -susurró, mientras sus dedos recorrían su piel-. Yo podría hacerlo mejor que ella -insinuó.

Raymond carraspeó. Sintió cómo su cuerpo comenzaba a reaccionar, pero era un hombre inteligente, y no podía permitirse que alguien lo viera con su cuñada dentro de la empresa. Tras aclararse la voz, le pidió a Noemí que lo dejara solo.

Ella, sin embargo, no estaba dispuesta a rendirse. Estaba decidida a quitarle el marido a su hermana. Desde niñas la había envidiado, y deseaba todo lo que Myriam tenía. Y eso incluía a Raymond Wilson y su fortuna.

****

Myriam revisaba unas guías de exportación en su oficina de la empresa naviera donde trabajaba desde que se casó con Raymond. Bostezaba constantemente, agotada.

-Deberías ir a descansar -le sugirió una compañera al verla cabecear frente al computador.

Myriam se rascó la nuca. No le había contado a nadie de su embarazo. Cubrió un bostezo con la mano.

-Tienes razón -admitió. Miró la hora. Aún era temprano, así que tomó su abrigo, su bolso y se dirigió directamente al apartamento.

Cuando giró la cerradura, sintió que la sangre se le iba al piso. Vio prendas de ropa tiradas en el pasillo. A medida que avanzaba, escuchó gemidos provenientes de su habitación.

-¡No puede ser! -susurró, con el corazón desbocado.

Se armó de valor y abrió la puerta de golpe. Se quedó petrificada al ver a su hermana desnuda sobre su marido, gimiendo y jadeando como dos poseídos.

-Buenas tardes -masculló Myriam, sintiendo cómo su mundo se desmoronaba. Los observó con una mezcla de asco y decepción, luego salió de la habitación azotando la puerta.

Raymond apartó de inmediato el cuerpo de Noemí, arrojándola a la cama. Se puso el bóxer y salió corriendo tras su esposa, quien se encontraba recargada en la pared del pasillo, intentando respirar.

-Déjame explicarte -suplicó, tratando de acercarse.

-No te acerques -rugió Myriam con el rostro bañado en lágrimas. Sus ojos reflejaban una mezcla de tristeza y culpa. Temblaba. Lo que más le dolía no era la traición... sino que hubiese sido con Noemí-. Entonces... ¿mi hermana es tu amante? -balbuceó, destrozada.

-¡No! -gritó él, llevándose las manos al cabello-. Ella me sedujo. Tú la has visto... cómo se comporta en la empresa, provocando a todos. Me sentía solo, desde que estás embarazada no tenemos contacto físico -intentó justificarse, buscando culparlas a ambas.

Tomó a Myriam del brazo.

Ella lo miró, con el alma rota, y se soltó con fuerza.

-Necesito poner en claro mis ideas y emociones -expresó con voz baja. Sin dejarlo hablar, salió de la casa envuelta en lágrimas.

Raymond apretó los puños y se frotó el rostro con ambas manos, desesperado. No podía perder al bebé. Necesitaba a ese hijo. Tenía que encontrar la manera de recuperar a su esposa... a cualquier precio.

Mientras tanto, en la habitación, Noemí sonreía con satisfacción. Rodaba sobre la cama, jugueteando con las sábanas de seda en las que su hermana compartía el lecho con su marido.

****

Myriam ingresó de un solo golpe al consultorio de su mejor amiga, Elsa, quien al verla llorando se levantó de inmediato.

-¿Te sientes bien? -indagó, y la sostuvo al ver que Myriam casi no podía mantenerse en pie. Entonces la llevó a un sillón para que se sentara-. Di algo, por favor -suplicó.

La mujer no dejaba de llorar. Abrazó a su amiga y, luego de soltar el llanto, habló.

-Quiero que me saques a este bebé, ya no lo deseo -solicitó, sin darse cuenta de la magnitud de sus palabras, debido a que en ese instante solo el dolor y el rencor imperaban en su mente.

Elsa arrugó el ceño, sin comprender, pues era testigo de lo mucho que luchó Myriam por quedar embarazada.

-No entiendo, insististe con una nueva fertilización a pesar de que las que realizamos en el pasado fallaron -rememoró-. Un aborto no sería conveniente para tu salud, hay riesgos mayores -expuso con ternura-. ¿Qué sucedió?

Myriam sorbió su nariz con un pañuelo y observó a los ojos a Elsa.

-Encontré a Noemí y Raymond sosteniendo relaciones en nuestra propia cama -soltó, percibiendo que el pecho le ardía.

Elsa cubrió su boca con una mano. Conocía bien a la media hermana de Myriam, pero jamás imaginó que llegaría tan lejos con tal de dañarla.

-Son unos desgraciados -refutó, y acarició el cabello de su mejor amiga-. ¿Qué piensas hacer? -cuestionó.

Myriam volvió a llorar y negó con la cabeza.

-No tengo idea -murmuró-. ¿Cómo puedo hacer un reclamo si también siento culpa por dentro? -cuestionó.

Elsa negó con la cabeza.

-Tu caso es distinto, no lo hiciste con intención de engañarlo, ni siquiera estabas consciente. En cambio, ellos...

Myriam presionó los labios.

-Como haya sido, si esa noche ocurrió algo, consciente o no, también lo engañé -soltó su llanto.

Elsa la consoló y la llevó a su apartamento para que su amiga se calmara y pensara mejor las cosas.

****

Con grandes ojeras y los ojos rojos e hinchados, Myriam se presentó en su oficina al día siguiente; se había quedado en el apartamento de Elsa durante toda la noche. Cuando ingresó a su despacho, parpadeó al mirar a su esposo esperándola.

-¿Qué haces aquí? -murmuró en voz baja, y así evitó que sus compañeros escucharan la discusión.

Raymond se puso de pie. Era mucho más alto que ella, elegante, atractivo, de cabello rubio y ojos azules. Millonario. Un hombre muy apetecido por las mujeres.

-Tenemos que conversar -expuso con firmeza-. Hablé con tu jefe y te dará el día -informó. La agarró del brazo y la sacó del despacho.

Myriam no puso objeción. No deseaba que en su lugar de trabajo se enteraran de que su matrimonio iba en picada. Sus compañeras la envidiaban por tener un marido como Raymond, porque ella inventaba que era un hombre fiel, cariñoso, detallista... cuando en realidad era todo lo contrario.

Subieron al auto y, en el camino, ninguno de los dos dijo nada, como era costumbre. Llegaron al apartamento. Todo estaba impecable, sin rastro de traición. Entonces miró a un hombre extraño en el sitio.

-Hay un problema con las persianas. El señor me está ayudando -explicó. El trabajador enseguida se dirigió a la alcoba-. Toma asiento -ordenó Raymond. Se acercó al bar, se sirvió un trago y luego se sentó frente a su esposa. La observó a los ojos-. No me agradan tus berrinches -resopló-. Un desliz es algo normal en los matrimonios con problemas -expuso con cinismo, le acarició la mejilla.

Myriam frunció el ceño. No recordaba que las persianas estuvieran dañadas, pero eso no le interesaba en ese instante. Bufó y negó con la cabeza.

-Eso no es justificación. ¿Si hubiera sido yo la infiel, pensarías igual? -recriminó, ansiando conocer su respuesta, pues sentía que en algún momento terminaría por decirle lo del bar-. ¿Por qué con mi hermana? -inquirió, y la voz se le cortó-. Habiendo tantas mujeres en el mundo, ¿por qué con ella? -cuestionó, y limpió con el dorso las lágrimas que rodaron por sus mejillas.

Raymond bebió de un solo golpe su trago.

-Te ves muy cansada. Creo que debes dormir un rato, y luego charlamos. Estas emociones no le hacen bien al bebé -expuso con dulzura.

Myriam no comprendía su actitud de marido abnegado. Sin embargo, era cierto: se sentía muy débil, cansada, y de pronto, con mucho sueño. Casi de inmediato se quedó dormida.

Dos horas después, la mujer despertó en su alcoba, algo aturdida. Enseguida bajó de la cama. No deseaba estar en el mismo sitio que su marido y su amante. Cuando salió a la sala, se encontró con Raymond.

-Tenemos una charla pendiente -dijo Myriam, y recordó que no había respondido a su interrogante-. ¿Por qué con Noemí? -indagó con voz trémula.

Ray carraspeó y bebió de un solo golpe el trago.

-Tu hermana me encanta. No lo voy a negar. Es muy diferente a ti, más desenvuelta en la cama -informó sin reparo alguno.

Myriam se acercó a él, percibiendo que la sangre hervía en sus venas al escucharlo. Intentó abofetearlo, pero él la agarró con fuerza.

-No voy a permitir eso jamás -gruñó Myriam.

-Yo quiero una esposa sumisa, que obedezca mis órdenes. Si no estás dispuesta a serlo, es mejor divorciarnos -propuso con frialdad.

Para Myriam fue como estar frente a un desconocido. Atrás había quedado el hombre del cual se enamoró. Aquel que le juró amor eterno. Le dolió tanto, pero no iba a acceder a su juego.

-Me parece una buena opción el divorcio. Pero dudo mucho que mi hermana desee someterse a un tratamiento de fertilización para darte un heredero. Ella cuida mucho su figura, y los bebés no están en sus planes -habló irguiendo su barbilla-. A toda mujer que se case contigo, tendrás que explicarle sobre tu problemita... -Cogió su bolso y salió del apartamento.

Raymond lanzó la copa que estaba sosteniendo contra la pared, respiró agitado y una idea se le vino a la mente. Entonces bebió un par de tragos más y salió a casa de sus padres. Cuando llegó, se alborotó el cabello y entró.

-Hola, cariño. Qué sorpresa -dijo Kendra, la madre de él.

Ray abrazó a su mamá con fuerza.

-Madre, estoy destrozado -expresó y fingió sollozar.

La mujer abrió sus ojos azules con amplitud.

-¿Problemas con la empresa? -cuestionó.

Raymond negó con la cabeza.

-Es Myriam, mamá. Esa mujer me ha estado engañando todo este tiempo. La encontré con otro hombre en nuestro apartamento, y está embarazada de ese sujeto -sacó su móvil y mostró fotos de su esposa abrazada en la cama con otro.

-¡Es una zorra! -escupió Kendra-. ¿Cómo se atrevió? -bramó, mirando aquellas imágenes con aberración.

Al escuchar los gritos, el padre de Raymond apareció en el salón y se enteró de lo ocurrido.

-Hay que destruir a esa mujer. Debes divorciarte y dejarla sin nada -propuso, y empezó a llamar a los abogados.

Sin embargo, Kendra no se quedó de brazos cruzados. No iba a permitir que alguna mujer engañara a su único hijo. Al día siguiente le pidió al chofer que la llevara hasta la empresa donde laboraba Myriam.

Cuando ingresó, no se anunció. Pasó directo al despacho de su nuera y, sin decir nada, la abofeteó en ambas mejillas.

Myriam se sobresaltó y se sobó el rostro.

-¿Qué le pasa, señora Kendra? -cuestionó, percibiendo ardor en su cara.

-Eres una zorra. Engañaste a Raymond con otro hombre -gritó enfurecida-. Ese bastardo que llevas en el vientre jamás tendrá el apellido Wilson. ¡Oportunista! -bramó, respirando agitada.

La barbilla de Myriam tembló al escucharla, y sintió como si le clavaran estacas en el corazón. Desde su oficina, miró a sus compañeros murmurando.

-Eso no es cierto. ¿De dónde saca esas cosas? -inquirió con voz trémula.

-Raymond está devastado. Él mismo te encontró con tu amante en el apartamento. Vimos tus fotos, abrazada a él -vociferó Kendra-. Aléjate de mi hijo, mala mujer -gritó.

Myriam parpadeó y se erizó al escucharla. Intentó explicarle a su suegra que eso no era cierto, pero Kendra no le dio oportunidad. Cuando abandonó la oficina, Myriam dejó caer su cuerpo en el sillón.

-No... yo no lo engañé. No de la forma que piensan -susurró bajito mientras se limpiaba las lágrimas. Entonces se estremeció al recordar que amaneció una noche en un hotel. Rascó su cabeza intentando rememorar algo, pero nada se le venía a la memoria.

Se puso de pie y caminó en su oficina. Entre tanto, las palabras de su suegra hacían eco:

«Te encontró con tu amante en el apartamento que compartes con mi hijo».

Myriam arrugó el ceño. Entonces su corazón percibió una estocada.

-Ahora comprendo... Me hiciste ir al apartamento para tenderme una trampa. Les dijiste a tus padres que te soy infiel -bramó, apretando los puños con fuerza-. ¡Maldita sea, Raymond Wilson!

-Me esforcé durante años para darte el gusto de tener un hijo. Todas las veces que fui al centro de fertilidad, no me acompañaste, aludías que tenías trabajo. Cuando te contaba lo doloroso que era el procedimiento, los pinchazos en mi estómago, las molestias... jamás mostraste un ápice de preocupación -derramó varias lágrimas-. Y me pagas acostándote con mi hermana. No es justo -masculló, percibiendo que el castillo de naipes que construyó junto a su esposo empezaba a derrumbarse.

-¡Eres un descarado! -rugió-. Pero buscaré las pruebas de mi inocencia y le demostraré a todos que el infiel eres tú -sentenció con firmeza.

Capítulo 3 Despedida y divorciada.

Varios días habían pasado desde que se corrió el rumor de la supuesta infidelidad de Myriam. Para la familia de Raymond, ella era culpable. A la mujer le parecía escuchar murmullos en todas partes, señalándola como una inmoral. Sin embargo, aunque ya no compartía la alcoba con su esposo, decidió quedarse en la misma casa para demostrar su inocencia.

En la empresa donde laboraba se enteraron de su embarazo, pero no hubo inconvenientes hasta aquella mañana. Al ingresar a su oficina, encontró un sobre sobre su escritorio.

Myriam lo abrió y leyó la palabra: Despido. Frunció el ceño, creyendo que la causa era el escándalo, y se dirigió a la oficina de su jefe.

-Señor Hamilton, deseo conocer los motivos de mi despido -expuso, sin atreverse a pasar.

El hombre se acomodó los lentes y se aclaró la voz.

-Como sabes, desde hace meses hemos tenido bajos ingresos, y debemos hacer una reducción de personal -informó, señalando con la mano que ingresara y se sentara-. Sabemos que te mereces una mejor indemnización, pero vamos a declararnos en quiebra. Por eso te recomiendo aceptar lo que te estamos entregando. A cambio, te daré una carta de recomendación para una corporación. No tendrás el mismo cargo, pero podrías ser asistente -indicó.

Myriam soltó un bufido. Lo que decía su jefe acerca de la crisis era cierto, así que no puso objeción y aceptó la carta de recomendación.

-Se lo agradezco mucho -informó con profunda tristeza.

-Myriam, no comentes sobre tu embarazo en la otra empresa. De lo contrario, no te darán el empleo. El dueño, a pesar de ser un hombre joven, es... un poco difícil -añadió, sin decir más. No deseaba atemorizarla contando lo que decían de Gerald Lennox.

La mujer se despidió del hombre con un fuerte abrazo, y lo mismo hizo con sus compañeros. Luego decidió volver a casa. Al ingresar, se encontró nuevamente a Noemí en su apartamento, en la cama con Raymond. Esta vez no se contuvo: abofeteó a su media hermana.

Noemí se asustó al verla fuera de sí.

-¡Eres una idiota! -gritó furiosa, e intentó lanzarse sobre Myriam, pero Raymond la detuvo, tomándola de los brazos.

-Cálmate -pidió.

-Eres de lo peor... ¿Cómo pude confiar en ti, sabiendo que siempre me has odiado? -expresó Myriam con dolor.

Noemí la observó con resentimiento profundo.

-No te hagas la víctima, Myriam Bennett. Siempre tuviste el cariño de nuestro padre, mientras que yo era la bastarda, la ilegítima -gritó iracunda-. ¡Sí, te odio! Siempre quise tener lo mismo que tú... y eso incluye a tu marido -rugió.

Myriam tragó saliva con dificultad. Era cierto que nunca se llevaron bien, pero jamás imaginó que su odio llegara tan lejos.

-Perfecto. Te regalo a Raymond. Pero luego no vengas a buscarme llorando, arrepentida -advirtió-. Porque no sabes la clase de hombre que es.

-¿Te volviste loca? -intervino Raymond.

Ella respiró agitada y lo miró con firmeza.

-¡Quiero el divorcio! -gritó. Ya no podía seguir soportando humillaciones. No le interesaba limpiar su nombre. Algún día, la verdad saldría a la luz.

-Lo tendrás -aseguró él-, pero bajo mis condiciones -refutó, y le pidió a Noemí que los dejara solos.

-Con tal de no volver a verte, soy capaz de lo que sea -gritó Myriam. Sacó sus maletas del clóset y empezó a guardar sus cosas.

-Perfecto. De mi fortuna no verás un solo centavo -indicó Raymond-. Le pediré a mis abogados que agilicen los trámites -gruñó.

Myriam presionó los labios. Sintió un vacío en el corazón.

-Algún día te vas a arrepentir, Raymond Wilson. Pero será demasiado tarde. Me rompiste por dentro. Sacrifiqué mucho, incluso mi salud, por complacerte... por darte el hijo que tú, por infértil, no puedes tener -masculló-. Y no has valorado nada. Espero que Noemí se encargue de tu suerte. Adiós.

Salió del apartamento, envuelta en un mar de lágrimas. Subió a su auto y soltó el llanto. Había desperdiciado siete años al lado de un hombre que siempre la engañó, que nunca valoró su sacrificio. Llevaba un bebé en su vientre solo por complacerlo. Ese niño no fue concebido por amor. Su corazón tembló al pensar que quizás el padre era aquel desconocido. Negó con la cabeza y condujo sin rumbo fijo.

Minutos después, aparcó frente a un parque. Descendió del vehículo y, mientras caminaba por el césped, un balón chocó con sus pies. Alzó la vista y vio a un niño frente a ella.

-Lo siento -dijo el chiquillo con una sonrisa traviesa. Tomó el balón y corrió a jugar con sus amigos.

Myriam asintió, le sonrió levemente y se sentó en una banca. A su alrededor, varias madres jugaban con sus hijos en los columpios. Otros pequeños, junto a sus padres, aprendían a montar bicicleta. En la cancha, varios niños jugaban fútbol. Las risas, la felicidad... todo eso fue aliviando su alma. Y entonces recordó que en su vientre anidaba una vida.

-¿Serás como alguno de ellos? -preguntó bajito. Por primera vez colocó su mano en el vientre, percibiendo los latidos acelerados de su corazón.

Durante años padeció procedimientos costosos y dolorosos para quedar embarazada. Ahora lo había perdido todo, pero comprendió que no estaba sola. Tenía un motivo para luchar, para salir adelante. Ese pequeñito que llevaba su sangre.

El corazón se le hinchó en el pecho. Lo imaginó jugando en el parque, corriendo hacia ella para abrazarla.

-Tú y yo seremos muy felices, ya lo verás -aseguró. Se puso de pie. Antes de marcharse, volvió a mirar a su alrededor y sonrió.

Más tranquila, se dirigió al apartamento de Elsa. Le contó lo sucedido con Raymond y su decisión de quedarse con el bebé.

-Haces bien. Un hijo llena de satisfacción. Además, luchaste mucho por conseguirlo -advirtió Elsa.

Myriam perfiló una sonrisa.

-Lo sé -dijo-. No sé cómo pude pensar en esa loca idea de abortar -presionó los labios-, cuando siempre quise ser mamá -suspiró profundo-. Ahora tengo un motivo por el cual luchar. Mañana iré a la empresa que me recomendó mi exjefe. Espero conseguir empleo... y no volver a saber nunca más de Raymond Wilson -sentenció.

****

Gerald Lennox entregó las llaves del auto al guardia de su empresa y de inmediato ingresó al edificio. Sus colaboradores, al verlo llegar, dejaron de charlar entre ellos y se pusieron a trabajar, pues a su jefe no le agradaba que perdieran el tiempo en chismes.

-Buenos días -saludó con voz gruesa, y de inmediato caminó con paso firme hacia su despacho-. ¿Qué tenemos para hoy? -indagó a su asistente.

La chica, con las manos temblorosas, sostenía el iPad.

-Hay un problema -balbuceó, y observó cómo su jefe enfocaba su azulada mirada en ella.

-¿Qué sucede? -cuestionó, apretando una pelota de hule.

-No tenemos contenedores suficientes para enviar la mercadería a Sudamérica -informó, y las piernas le temblaron.

Gerald se puso de pie y comenzó a gritar a todo el mundo. En eso, su amigo y socio Kevin apareció.

-¿Qué está pasando? -indagó, mirando a todos.

-¡Que tengo un equipo de ineptos! -rugió Gerald-. Tenemos las bodegas llenas de alimentos para enviar a nuestros mejores clientes en Sudamérica, y a estas alturas me dicen que no tenemos contenedores -gritó furioso.

-Yo puedo ayudar -se escuchó una voz femenina.

Todas las personas reunidas en la empresa dirigieron sus ojos a la atractiva mujer trigueña que había ingresado minutos antes.

-¿Quién eres? -fue lo primero que preguntó Gerald. Cuando ella caminó hacia él, le pareció conocida, aunque no recordaba en dónde había visto a una mujer tan hermosa-. ¿Cómo puedes ayudar? -cuestionó, volviendo a la realidad. Él no estaba interesado en romances; su única meta en la vida era el trabajo.

La chica se aclaró la voz.

-Soy Myriam Bennett, vengo de parte del señor Hamilton. Nosotros tenemos contactos. Si me permite hacer una llamada, quizás pueda solucionar su inconveniente.

Kevin observó a Gerald y le brindó una sonrisa. Asintió.

Gerald solo le dedicó una fría mirada.

-Ya escucharon -rugió-, hagan lo que la señorita pide -ordenó.

La asistente de Gerald llevó a Myriam hasta su escritorio. De inmediato, la mujer digitó un número y comenzó a charlar.

-Perfecto, entonces los datos se los dará otra persona. Gracias -expresó y sonrió. Enseguida le pasó el auricular a la joven para que se pusieran de acuerdo. Luego caminó hacia donde Gerald estaba parado-. Todo solucionado -informó con dulce voz.

Él solo se limitó a asentir.

-Venga a mi oficina -ordenó.

Myriam lo siguió. Tampoco esperaba que aquel hombre la abrazara emocionado, pero un simple "gracias" no estaba de más. Cuando ingresó al despacho, observó la maravillosa vista que tenía hacia la torre Sears.

-Es hermosa -expresó.

-Siempre ha estado ahí -contestó él con sequedad-. No tengo tiempo, señorita...

-Bennett -añadió Myriam. Giró y lo miró a los ojos. Le llamó la atención que un hombre tan joven y atractivo tuviera una actitud tan hostil.

-Señorita Bennett -repitió con su gruesa voz-, en esta empresa no necesitamos más gente. Sin embargo, el señor Hamilton fue gran amigo de mi padre, y haré una concesión -expresó.

Myriam apretó el puño. La forma en la que él mencionó que le daría el cargo sonó a "pago de favor". Sin embargo, necesitaba trabajar. Tenía un bebé en el vientre que dependía de ella.

-Gracias -masculló, de pie, pues él ni siquiera le había pedido que se sentara.

-Mi madrastra tuvo un accidente hace días, se rompió una pierna, y no tenemos quién la ayude con sus labores en la empresa. Tendrás que dividirte entre apoyarla a ella en casa y los asuntos que tiene aquí -informó, dirigiendo su vista al computador.

Myriam resopló. No era el empleo que esperaba, pero no podía negarse.

-Acepto -expresó.

Gerald llamó a su asistente y le ordenó que llevara a Myriam al departamento de Recursos Humanos. Él no se tomó la molestia de leer su hoja de vida, lo cual fue una suerte para ella, pues aún seguía siendo la esposa de Raymond Wilson, su mayor enemigo comercial.

-Venga conmigo -propuso Amanda, una muchacha de cabello corto rizado y anteojos.

Myriam la siguió y, cuando estuvieron lejos del despacho, la más joven habló:

-¿Vas a trabajar aquí? -cuestionó, temblorosa-. ¿El señor Gerald me va a despedir? -indagó.

Myriam sonrió y negó con la cabeza.

-Claro que no. Yo trabajaré para su madrastra -informó.

Amanda abrió los labios en una gran "O", pero no hizo comentario alguno.

-Te salvaste de trabajar con el señor Gerald. Verás, es un hombre bastante complicado -empezó a decir-. Tiene muy mal carácter, es demasiado perfeccionista. No le agrada que la gente cometa errores -informó-. Además, se dicen muchas cosas de él... de su vida privada.

-Sí se ve que es algo... complicado -murmuró, y ambas carcajearon.

-Cuentan que es gay, que no le gustan las mujeres. En todos los años que llevo trabajando con él, nunca le conocí novia alguna -indicó-. Con quien siempre sale es con el señor Kevin. Acá en la empresa creemos que son pareja, pero tenemos dudas -sonrió.

Myriam no era curiosa, y no le agradaba inmiscuirse en chismes, mucho menos sobre sus jefes.

-Pues habrá que respetar sus gustos personales -informó.

Amanda se aproximó a ella y le habló bajito.

-Yo pienso que está amargado, porque alguna mujer le hizo algo malo. Quizás lo engañó con otro, o lo rechazó -indicó-. ¿Eres soltera o casada? -cuestionó Amanda.

Myriam se aclaró la voz, y justo en ese momento, para suerte suya, la puerta de la oficina del director de Recursos Humanos se abrió.

-Vamos -indicó Amanda, y repitió textualmente todo lo que su jefe había ordenado al gerente.

El hombre le solicitó la hoja de vida a Myriam y pidió a su secretaria que redactara el contrato. Luego de eso, leyó y firmó.

En horas de la tarde fue a mirar un apartamento que había visto en el diario. El sitio le gustó mucho: era pequeño, funcional y estaba cerca del empleo. Pagó la renta por anticipado con el dinero de su liquidación, y luego fue a casa de Elsa para contarle del nuevo trabajo y, sobre todo, darle las gracias por apoyarla. Además, estaba decidida a olvidar a su exmarido, así que esa misma noche, Myriam se mudó.

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