Punto de vista de Cassandra
La música retumbaba desde los altavones. El DJ estaba arrasando, la noche estaba en su punto más alto. Mis ojos recorrían la pista mientras me adentraba en el club.
Dios, estaba nerviosísima.
Me enrollaba el pelo en el dedo mientras forzaba una sonrisa torpe, de esas que enseñan demasiado los dientes y se notan falsas.
-Vamos, Cassie, anímate un poco -me animó Aurelia, mi herman riéndose entre palabras. Su sonrisa era contagiosa y normalmente me relajaba, pero esta noche no.
Mis nervios no daban tregua.
-¿Y si pasa algo? -me quejé, dejando salir mis miedos delante de mi hermana pequeña. Aurelia entrecerró sus agudos ojos color avellana.
-¿Estás preocupada por Sinclair? -preguntó haciendo un puchero. Abrí la boca y la cerré. Había dado en el clavo.
Aurelia suspiró y me agarró la mano.
-Ay, Cassie, relájate. A Sinclair no le va a pasar nada y mañana tendréis la boda perfecta. -Empezó a tirar de mí hacia el interior del local.
Sus palabras no calmaron del todo mi ansiedad. ¿Cómo iba a relajarme sabiendo que Sinclair estaba en su despedida de soltero con esos amigos locos suyos? Me solté de Aurelia y ella giró con el ceño fruncido.
-¿Y si bebe demasiado y mañana no aparece en la boda? -volví a quejarme.
Nunca me había gustado la idea de esa despedida y me había opuesto. Sus amigos me tacharon de controladora, pero no era eso.
El problema eran esas malas influencias que Sinclair llamaba «amigos».
Aurelia soltó un gemido, ya harta de mis lamentos. Me tomó la cara con las dos manos y me obligó a mirarla a los ojos.
-No va a pasar nada. Diviértete, que es tu última oportunidad. Tus amigas ya están esperándote, no estropees la noche, Cass.
Justo en ese momento, una voz aguda y conocida gritó desde un lado:
-¡Cassie, por fin llegaste! -Rebecca, mi mejor amiga, me arrancó de las manos de Aurelia.
-¡Basta de quedarse parada, hora de fiesta! -chilló emocionada mientras me arrastraba hacia nuestra mesa. Era mi última noche de soltera y las chicas lo tenían todo planeado; el problema era que yo no conseguía desconectar.
Madre mía, lo agotador que era casarse.
Rebecca me llevó hasta la mesa VIP reservada, llena de caras conocidas.
-¡Ha llegado la futura novia, chicas! ¡A darle caña! -anunció.
Aurelia me cogió la otra mano.
-Hora de desmelenarnos -dijo con la voz brillando de ilusión.
No había escapatoria. Su entusiasmo terminó contagiándome y, por fin, me dejé fluir y me relajé.
No había motivo para preocuparse: aunque los amigos de Sinclair fueran unos idiotas, él era un santo y bastante responsable.
Brindamos, bebimos y lo pasamos genial. El DJ empezó a poner mis temas favoritos y acabé en la pista bailando con Rebecca, que se convirtió en mi animadora personal.
Yo destacaba con mi tiara y mi banda de «Futura Novia», un poco cursi, pero las chicas habían insistido.
Canción tras canción, la noche apenas comenzaba.
Mientras cantaba a grito pelado y bailaba «Did It First» de Ice Spice, vi que Aurelia se escabullía de la pista para contestar una llamada.
Me encogí de hombros. Era mayorcita, no tenía por qué meterme en sus cosas.
Pasó el tiempo... media hora.
-Necesito un descanso -le dije a Rebecca, con los pies entumecidos.
-Claro, descansa un rato. Los gigolós llegan en nada -me guiñó un ojo. Casi me atraganto.
La miré con cara de «¿y esto me lo dices ahora?». Rebecca se rio y me empujó hacia la mesa. Me senté a mirar cómo los demás se lo pasaban bomba, pero los nervios volvieron a atacarme. Los dedos me temblaban por costumbre.
No era por la broma de Rebecca. Era que Aurelia llevaba demasiado tiempo fuera. Fruncí el ceño y empecé a imaginar lo peor; el estómago se me revolvió el estómago.
¿Y si se había topado con algún tío peligroso?
No pude quedarme quieta. Aproveché que Rebecca estaba distraída y salí a buscarla.
*
-¿Por dónde empiezo? -me pregunté mientras me abría paso entre la multitud. Los baños estaban al fondo estaban más tranquilos. Quizás estuviera allí.
Escapé del caos de la pista y llegué a un pasillo más silencioso. Los servicios estaban al final. Corrí sin perder tiempo.
-Claro que sí, tienes la sonrisa más bonita -dijo una voz masculina con tono medio burlón y claramente coqueto desde un giro brusco a la izquierda.
Disminuí el paso sin darme cuenta. Sentí que el corazón se me ralentizaba.
Un ceño fruncido se me marcó en la frente. Esa voz... era demasiado familiar. Me puso nerviosa.
No... Negué con la cabeza.
Imposible. Sinclair estaba con sus amigos al otro lado de la ciudad. No había forma de que estuviera aquí.
Y aunque hubiera venido a este club, ¿por qué no me había avisado?
Apreté el vestido con los puños. Mi cuerpo me pedía correr hacia allí. Justo antes de girar, otra voz conocida me paralizó.
Fue como si me hubieran echado un cubo de agua helada encima.
La voz de ella era suave, juguetona. Soltó una risita dulce.
-¿Más bonita que tu prometida? -preguntó con tono provocador.
El corazón, que se había calmado, se me disparó. Latía tan fuerte que retumbaba en mis oídos.
No, esto no puede ser.
Tal vez solo fuera alguien con una voz parecida. Una parte de mí quería dar media vuelta, volver al club y olvidarlo todo. Porque en el fondo ya sabía que lo que iba a ver me destrozaría.
Pero mi cuerpo actuó solo, ignorando a mi mente y a mi corazón que no podían soportarlo.
Tragué el nudo que tenía en la garganta y asomé la cabeza por la esquina para confirmar mis sospechas.
-¿Podemos no hablar de otra cosa? Para mí tú eres la más guapa. Si no fuera por papá, ni me molestaría con esa estirada -dijo la voz masculina con desprecio.
-Pero te vas a casar con ella igualmente -respondió Aurelia haciendo un puchero.
La escena me dejó petrificada. Solo podía mirar, con el corazón latiendo tan rápido que parecía que iba a salírseme del pecho.
Debería haber gritado, llorado, hacer cualquier cosa para que supieran que estaba ahí. Pero mi cerebro se bloqueó y ellos ni se percataron de mi presencia.
Mi prometido estaba de espaldas a mí, tenía a mi hermana contra la pared, entre sus brazos. Su cuerpo grande la cubría mientras inclinaba el cuello para besarle la piel despacio, como si estuviera saboreándola...
No le veía la cara, pero estaba segura de que era el hombre con quien me casaba mañana. El mismo con el que salía desde primer año de universidad. Hasta llevaba puesta la chaqueta de cuero personalizada que le regalé en su último cumpleaños.
En la espalda ponía «Cassie is my favourite sin». Era cursi y sus amigos se burlaron de él, pero a él le encantaba ponérsela.
Sinclair von Duvall, mi devoto prometido, estaba besando a escondidas a mi propia hermana la víspera de nuestra boda.
-No me queda otra que casarme con tu aburrida hermana... -siseó mientras su mano subía lentamente el vestido de ella y se colaba hacia sus bragas.
Ella gimió y se aferró a él. Sus ojos se apartaron de Sinclair un instante.
Un destello de sorpresa cruzó por su rostro... que enseguida se transformó en una sonrisa provocadora. Aparentemente, me había visto. En vez de asustarse, parecía triunfal, como si hubiera ganado.
-Eres muy malo... ¿Y si Cassie nos pilla? ¿No te da miedo?
Él le mordisqueó la oreja y bajó la lengua por detrás, arrancándole un gemido sorprendido. Los ojos de Aurelia se cerraron, sus dedos se clavaron en la chaqueta de él. Sinclair soltó una risita.
-Aun si nos pillara, no podría hacer nada -se burló con voz cortante-. La querida Cassie es demasiado tiesa y cobarde. A veces tengo que imaginarte a ti para que se me ponga dura solo para follármela.
Mis dedos temblaron y noté un picor sutil en los ojos. ¿Así era como me veía?
Aurelia soltó una carcajada satisfecha. Se puso de puntillas, rodeó sus hombros con los brazos y lo atrajo hacia ella.
Sus labios chocaron y empezaron a besarse con hambre. Sinclair gimió dentro de su boca y la apretó más contra la pared, devolviéndole el beso con la misma intensidad.
Cada fibra de mi cuerpo gritaba que fuera allí y los separara, pero mis piernas me fallaron. Tal vez Sinclair tenía razón: Cassandra Sterling era una cobarde.
La vista se me nubló por las lágrimas que me negaba a derramar. Entonces la voz de Sinclair me atravesó como cristal roto:
-Vámonos de aquí, echo de menos tus gemiditos.
Eso fue la gota que colmó el vaso.
Corrí como la cobarde que era. Tenía la cabeza hecha un lío. Ni siquiera corría en línea recta; lo peor es que de pronto el tacón se me rompió y perdí el equilibrio.
El móvil se me escapó de la mano y cayó al suelo con un sonoro pitido de notificación que resonó en el pasillo.
Me quedé helada, con la respiración atrapada en la garganta y el terror inundándome por completo.
El pitido del móvil casi me mata del susto. Las risas de los traidores se cortaron de golpe.
-Hay alguien ahí -susurró Aurelia, fingiendo sorpresa como si no me hubiera visto hace dos minutos.
Pasos que se acercaban.
Punto de vista de Cassandra
Antes de que me diera un infarto, agarré el móvil, los tacones rotos y salí corriendo. Jamás pensé que se pudiera correr tan rápido con un tacón partido.
Tropecé otra vez, claro. Todo lo que había estado conteniendo se me vino encima de golpe. Una lágrima solitaria me bajó por la mejilla y noté la garganta que se me cerraba. Abrí la boca... y no salió ni un sonido, ni siquiera un gemido.
Años juntos. Años planeando una vida entera. Él me lo había prometido, joder... ¿por qué?
-No... -susurré al fin, negando con la cabeza-. No puede ser. Me habré equivocado, habré oído mal...
«¡Levántate, Cassandra!», me gritó mi propia cabeza. Con las pocas fuerzas que me quedaban me puse de pie y corrí, tambaleándome, hacia la salida.
Tenía que alejarme de él. Alejarme antes de que viera lo rota que estaba.
Empujé la puerta y salí. El corazón me iba a mil, muerta de miedo de que me descubrieran. Debería haberles plantado cara, lo sé, pero no quería que vieran cómo me deshacía. La sonrisa de vencedora de Aurelia se me había grabado a fuego.
¿En qué momento la había cagado tanto? Siempre había sido mi hermanita dulce...
La pista seguía siendo un caos total. Alguien me chocó, perdí el equilibrio y el otro tacón se fue a la mierda.
-¡Ay! -grité mientras caía de bruces... directo contra alguien.
Justo en ese momento se abrió la puerta del pasillo. Giré como un resorte y abracé al pobre desconocido como si me fuera la vida en ello.
«¿Qué coño estás haciendo?», me chilló la cabeza. ¿De verdad me estaba escondiendo detrás de un tío cualquiera? ¿Sinclair no tenía miedo de que lo pillaran?
Pum. Pum. El corazón se me fue calmando poco a poco. Tenía la cara hundida en su pecho. Olía... joder, olía increíble. Una mezcla exótica de especias y flores salvajes.
No debería saber cómo olía, pero ahí estaba yo, oliéndolo como una loca. Esto está mal, pensé. ¿Y qué? ¿Acaso a Sinclair le importaba algo mientras se tiraba a mi hermana? Su perfume era caro, pero no como el de Sinclair (ese que siempre me aceleraba el pulso. Este era... tranquilo. Como si pudiera borrar los temblores de mi pecho.
-¿Ya terminaste de olerme? Tu "problema" ya se fue -dijo una voz grave y burlona que me puso la piel de gallina.
El corazón me dio un vuelco.
-...Señorita futura novia -añadió con retintín.
Giré la cabeza como un resorte: la puerta seguía entreabierta. Y justo ahí estaban Sinclair y Aurelia a punto de salir.
¡Mierda!
Me encogí otra vez contra su pecho. El muy cabrón soltó una carcajada baja y profunda que me vibró en todo el cuerpo. Se estaba partiendo de risa, y cada risa era como una puñalada.
Pero, no sé por qué, esa risa estúpida me aclaró un poco la cabeza. Le pellizqué el pezón con ganas de borrarle la sonrisita. Soltó un «¡joder!» entre dientes.
Me sentí la reina del mundo y lo miré con cara de «toma ya».
La música se apagó un segundo, nos miramos y... madre mía. Sus ojos eran tan oscuros que parecían un pozo sin fondo. Me quedé pillada. ¿Por qué de repente me acordé de los ojos azul oscuro de Sinclair?
-Ya se fueron, ya puedes soltar -dijo, rompiendo el hechizo.
Parpadeé, miré la puerta (cerrada) y no había rastro de la parejita feliz.
-¿Tan guapo soy que no puedes soltarme? -volvió a la carga el muy creído.
Puse cara de asco.
-Ni en tus sueños -bufé, apartándome y carraspeando para recuperar la compostura-. Perdona por lo de antes, eh... estaba en un apuro. Te compenso lo que haga falta, de verdad.
Él soltó una risita sarcástica.
-¿«Te compenso lo que haga falta»? Como si pudieras permitirte pagar los desperfectos, princesita.
A ver, no soy la heredera más rica de la ciudad, pero vengo de buena familia y mi (ex) prometido es uno de los herederos con más futuro. Me dolió el desprecio.
Entrecerre los ojos. A este tío no lo había visto en mi vida, y eso que conozco a casi todos los ricos de por aquí. Era guapísimo, eso sí, finales de los veinte como mucho. Dos opciones: o era modelo/cantante famoso o uno de los ´amigos´ que aceptaron la invitación de Rebecca. Con esa actitud, 100 % era la opción posterior.
Saqué la tarjeta black que me había dado Sinclair, harta de que un puto hombre me mirara por encima del hombro.
-¿Cuánto vales? Porque no eres ni el más caro de este club. Te pago la noche entera si hace falta.
Sí, iba a usar la pasta del cabrón infiel. Era la única venganza que una gallina como yo se podía permitir.
Me arrebató la tarjeta a la velocidad del rayo. Miró el apellido Von Duvall y una sonrisa torcida le cruzó la cara.
-¿Entonces crees que soy un gigo|0 y estás dispuesta a pagarme con esta tarjeta?
-Límpiala entera si quieres. Quedamos en paz -dije sin pensarlo dos veces.
Se le iluminó la cara de mala leche.
-¿Segura? Una vez que pague, no hay marcha atrás.
Le hice un gesto con la mano.
-¿Me ves cara de estar de coña? El pin es 1997. Adelante.
-dije sin pestañear.
-Trato hecho -sonrió como el gato que se comió al canario.
Perfecto. Hora de largarme de este antro, meterme en la cama y llorar hasta quedarme sin lágrimas por no haberle partido la cara a Sinclair. Mañana íbamos a casarnos y él se había follado a mi hermana pequeña esta noche. Genial.
De repente me agarró de la muñeca y empezó a tirar de mí.
-¿Qué coño haces? ¿No te llega con la pasta? -me asusté, pensando que igual quería secuestrarme o algo peor.
Ni caso. Subió las escaleras hacia la zona del bar de la galería, más tranquila. Nadie lo detuvo, obviamente.
Se paró de golpe y me estampré contra su espalda. Joder, estaba durísimo.
-¿Qué narices...? -empecé a protestar.
-Dos mai tais -le pasó mi tarjeta al camarero y por fin me soltó la muñeca.
-Has pagado por mis «servicios», señora. ¿Te rajas ahora, «señorita futura novia», o eres una gallinita asustada? -me pinchó con esa sonrisa de mierda.
-¿O eres tú la gallinita? -repetí yo, mosqueada.
-¿Eso dice la que se abraza a un desconocido para esconderse? -me estaba tocando las narices y lo estaba consiguiendo.
El camarero dejó dos copas heladas. Rápido el tío. Él se sentó en un taburete, me pasó una copa y dio un sorbo tranquilo.
Miré la copa, luego a él. La luz tenue le marcaba los pómulos perfectos.
Era tentador, el muy cabrón.
«Querida Cassie es demasiado tiesa y cobarde. Soy el único que querría a alguien como ella. A veces tengo que imaginarte a ti para que se me ponga dura solo para follármela.»
Las palabras de Sinclair me taladraron la cabeza.
Yo no era cobarde.
Sonreí con mala leche, me senté a su lado, agarré la copa y me la bebí de un trago.
-Me llamo Cassandra. No «señorita futura novia» -dije limpiándome la boca con el dorso de la mano.
Y así, sin más, hice la cosa más loca y más liberadora de toda mi vida.
A la mierda los dos. ¿Quién era la cobarde ahora?
Punto de vista de Alaric
-Me llamo Cassandra, no «señorita futura novia» -dijo, y se bebió lo que le quedaba del mai tai de un solo trago valiente.
Tuve que apretar los dientes para no reírme en su cara.
¿De dónde había salido esta valiente mini-novia?
Golpeó la copa contra la barra y me lanzó una sonrisa desafiante, como si acabarse la bebida fuera una medalla olímpica.
-¿Quién es la gallina ahora? -me soltó, haciéndose la dura, aunque le temblaban un poquito las manos y los ojos los tenía perdidos, casi rotos.
No era para tanto, pero era un avance brutal. Yo no suelo meterme en la vida de nadie (soy el tío más egoísta que conozco), pero tampoco todos los viernes te tropiezas con una novia a punto de casarse que parece que la banda y la corona le pesan una tonelada.
Seguro que tenía la despedida de soltera abajo, y lo más lógico habría sido mandarla de vuelta con sus amigas... pero hoy tampoco yo tenía ganas de estar solo.
-Definitivamente no Cassandra -contesté siguiéndole el rollo, y le hice un gesto al camarero para que trajera otra copa.
El pobre casi se atraganta intentando no reírse. No todos los días veía al dueño del local aparecer con una tía en brazos.
Cassandra parpadeó, medio ida, cuando vio la segunda copa.
-Pensé que solo era una... -murmuró con puchero.
Di un sorbo lento; el dulzor de arriba se rompía con el golpe seco del ron que me despejaba la cabeza.
-Pero si recién estamos calentando. La noche es joven, preciosa.
Ella me miraba fijo. Cuando la pillé, apartó la vista rápido, como si le quemara sostenerla.
Me quedé mirándole el perfil: las pestañas largas peleando contra las lágrimas, los labios rosas haciendo puchero... La frente arruga entre las cejas, como si la copa fuera veneno. Esa inocencia era lo más sexy que había visto en mucho tiempo.
-No se me da bien aguantar el alcohol -confesó al fin.
Suspiré con cara de decepción.
-Qué pena... gastarte una fortuna en un gig0|0 tan guapo y desperdiciar la noche.
El camarero tosió y se puso rojo como un tomate.
Cassandra abrió mucho los ojos, procesando. Luego sonrió, de esas sonrisas que te desarman.
-Tienes razón. No pienso desperdiciar la oportunidad. Además, es mi despedida de soltera -declaró, agarró la copa y se la bebió de un tirón.
Abrí la boca para decirle que no se la tomara así... y la cerré. Qué coño, que se divierta.
Yo todavía iba por el primero y ella ya iba por el tercero. Golpeó la copa vacía contra la barra, los ojos ya vidriosos, la valentía disparada.
-¿Y ahora qué? -me preguntó con cara de niña esperando regalos.
Terminé mi mai tai.
-¿Te atreves con chupitos?
No contestó con palabras; solo sonrió como si el mundo fuera suyo.
La noche acababa de empezar de verdad.
El camarero empezó a poner chupitos en fila. Cassandra, ya sin miedo, se los fue cascando uno tras otro como si fuera zumo de piña.
Las manos dejaron de temblarle, las risas más altas, como si solo existiéramos nosotros dos.
-¡No me lo puedo creer! -se partía con cualquier chorrada que yo soltara para animarla.
Nunca pensé que alguien así pudiera tener tanta cara. Había algo en su risa que hacía que todo pareciera más ligero. No era de las que te sueltan su vida cuando van pedo; no. Cassandra simplemente olvidaba el drama mientras el alcohol le hacía efecto.
-¿De verdad me has timado toda la pasta? -le pregunté dejando el vasito.
Puso morritos y agitó la mano.
-Me da igual el dinero. Quédate con todo.
Empezó a cantar (mal) «Did It First» de Ice Spice. Se subió al taburete, luego al suelo, bailando y gritando la letra a pleno pulmón.
La gente de alrededor la miraba entre risa y sorpresa. Esto no era la pista de abajo y aquí no se baila... pero ¿quién coño iba a decirle algo al dueño?
Siguió girando, riendo entre verso y verso. Ni me di cuenta de que se me había escapado una sonrisa hasta que vino corriendo, me agarró de la camisa y me sacó del asiento.
-¡Tú no te vas a quedar ahí mirando, ¿no?! -me arrastró al centro.
Arqueé una ceja. Las risas de los demás subieron de volumen. Se quitó la banda de «Futura Novia», la tiró al suelo y me agarró del cuello de la camisa hasta ponerme a su altura.
-Baila, guapo. Te he pagado, así que si me pongo a correr desnuda tú corres detrás. ¿Entendido?
Alguien se había convertido en jefa absoluta.
-Sí, señora. Tus órdenes son órdenes -contesté conteniendo la risa.
Menos mal que tengo dos pies izquierdos menos.
Canción tras canción se iba soltando más. Tuve que hacer una seña a los de seguridad para que despejaran la planta y nos dejaran solos.
Ahora el suelo era suyo. Empezó una lenta y ella seguía con la misma energía. Me puso mi mano en su cintura (tan fina que parecía que se iba a romper). Dudé un segundo; no quería acercarme demasiado, no fuera a perder el control.
Ella ni se enteró y se pegó a mí. Sus pechos contra mi pecho. Su voz bajita y juguetona en mi oído:
-¿Ahora quién es el gallina?
Joder. No tenía ni idea del incendio que estaba provocando ni de lo bien que olía.
Seguí sonriendo, aunque ya notaba el tirón en los pantalones. Yo solito me había cavado la tumba.
Se rió otra vez... hasta que notó mi erección y, en vez de asustarse, le hizo aún más gracia.
Mis labios solo pudieron temblar.
De pronto la risa se le cortó. Apartó la mirada y escondió la cara en mi camisa. El dolor le tembló en todo el cuerpo. Se me apretó el pecho; la abracé más fuerte, queriendo protegerla aunque fuera un rato.
Agarró mi camisa con sus manitas, la cara hundida en la tela oscura. Seguimos bailando, pero ya en modo triste. Ya no reía; ahora eran pequeños sollozos que me partían el alma.
No paró de moverse ni de llorar. Cada hipido era un puñetazo. No tenía palabras, así que solo la dejé llorar.
Se removió, levantó la cabeza con esos ojazos llenos de lágrimas que casi me hacen flaquear.
Se mordió el labio inferior.
-¿Tan aburrida soy que nadie querría casarse conmigo de verdad?
No era una pregunta al aire. Parecía que su mundo dependía de mi respuesta.
Negué con la cabeza y bajé hasta casi rozarle los labios.
-Eres muchas cosas, pero aburrida no. Cualquier tío estaría de rodillas por tenerte.
Sus ojos brillaron.
-¿De verdad? -chilló emocionada.
Asentí sin pensar. De un salto me agarró del cuello, me empujó contra la pared más cercana y pegó su frente a la mía.
-Entonces dame tu apellido... o mejor, quédate con el mío. ¿Quieres ser el afortunado?
Estaba borrachísima y diciendo locuras, pero joder, qué bien sonaba.
Me reí, ya sin poder contenerme. ¿Se podía ser más directa?
Le sequé las lágrimas con los pulgares y le cogí la cara entre las manos.
-Si tanto te gusta mi apellido...
Sonrió, y hasta llorando estaba preciosa.
-Ahora no te rajes, maridito. Acabas de ganar esposa.
Estaba todavía flipando con lo bien que sonaba «maridito» en su boca cuando algo suave y caliente chocó contra mis labios y me voló la cabeza.
No fue un beso suave. Fue feroz, hambriento, como si quisiera comerme entero. Me agarró del pelo y me acercó más.
A la mierda todo.
Acababa de encontrar mi nueva adicción y no pensaba soltarla nunca.