-Vamos, cariño, solo será algo pasajero - repitió mi madre, junto a un tono de voz que no daba espacio para negarme, aunque ella no estuviera de acuerdo y se contenía por decir lo que en realidad cruzaba por su cabeza-. Te prometo que será temporal.
-Mamá, tengo veinte años, ¡no puedo ir a un país lejano y casarme con un hombre que ni siquiera conozco! - objeté.
-Lo sé, mi amor, pero... de verdad no teníamos contemplado que el futuro fuera a ser de esta manera.
-Papá - susurré en un hilo de voz, tratando de llamar su atención o de hacerlos entrar en razón-. ¿Piensas quedarte en silencio? ¿No vas a oponerte a esta locura?
Sus ojos tan azules como los míos me miraron con culpa, dolor e irá contenida. Su mirada era tan sombría como culposa. No sabía lo que pensaba porque no había dicho ni una sola palabra desde que aquel hombre desconocido saliera de casa después de haberle impuesto un ultimátum a mi padre. Si no me casaba con uno de ellos, nos quedaríamos en la calle. Pero en mi lugar, si me hubieran puesto a elegir, prefería morir de hambre que entregar a mi hija a un perfecto desconocido, pero mi padre no quería dejar caer todo aquello que había construido con el pasar de los años.
-Vas a casarte con alguno de esos hombres y no habrá más discusión - rechinó los dientes, después me dedicó una mirada llena de seguridad y ternura-. Pero tendrás que confiar en mí. No voy a permitir que nadie te ponga un dedo encima y se salga con la suya.
-Pero ¡casarme obligada ya es mucho, papá! ¿De verdad te importo tan poco como para que me pongas en manos de un cualquiera? ¡Soy tu hija! ¿A dónde está el supuesto amor que me tienen?
-Antonio, la niña tiene razón...
La mirada que mi padre le dio a mi madre la hizo callar de inmediato. Resignada, ella bajó la cabeza y mordió sus labios para evitar quebrarse frente a nosotros dos. La manera en la que temblaba me daba a entender lo mucho que se contenía para no explotar.
-No podemos darnos el lujo de perderlo todo. He trabajado muy duro desde joven para darles lo que se merecen en la vida. Sé que podrás soportar un par de meses en manos del infeliz que va a tomarte como esposa. Confía en mí, mi amor, cuando esté nuevamente en la cima, voy a poder liberarte de los Bardot, pero mientras tanto...
-¡Me niego, no puedes obligarme a estar con un hombre que no conozco y que no amo!
-Te prometo que voy a solucionar todo esto cuanto antes, mi amor - sus ojos se llenaron de lágrimas, quizás era la primera vez que veía a mi padre tan afectado, dolido y con una mirada muy diferente a la que solía darme desde que tengo uso de razón-, pero por ahora dependemos de ellos y de su gran fortuna.
-No todo en la vida es dinero, papá - lo miré una última vez, antes de subir corriendo a mi habitación.
Estando en la soledad de mi habitación, me quebré en llanto. No podía creer que mi padre me estuviera vendiendo con tal de no perder sus negocios y su dinero. Ahí caí en cuenta que la codicia era mucho más grande que el amor. Comprendí que no era importante para mis padres, pues así de fácil, habían accedido a los deseos de un maniático. Entendí que me encontraba sola en el mundo y que no había nadie más que yo que pudiera salvar mi vida de una desgracia.
Con el pasar de los días, mi plan de escapar de casa se veía cada vez más cercano. No me quedaba mucho tiempo y tampoco podía detenerme a pensar en lo que haría una vez saliera de la ciudad. Mi plan no podía fallar, no debía hacerlo porque yo misma dependía de mí y de salvarme de una vida que no quería ni en lo más mínimo. Contaba con poco dinero, pero era suficiente para pasar un tiempo en un hotel económico mientras conseguía un trabajo estable. Podía comer sopa instantánea si ese fuera el caso todos los días de mi vida, pero de algo estaba muy segura; y ese era el hecho de no permitir que me hicieran a su conveniencia. No podía estar junto a un hombre que no conocía y que solo estaría a mi lado por dinero. Ese no era mi concepto del amor ni mucho menos del matrimonio.
Como cada mañana, realicé mi rutina diaria y bajé con mis padres y mis hermanas al comedor. Las cosas han estado igual de tensas, muy poco se habla y la convivencia se fracturó de una manera que duele el alma, porque éramos una familia muy feliz. Parecía que no había nada que pudiera volver a formarnos como familia, solo que yo aceptara el destino y a ese hombre que eligieron terceros por mí. Agradecía que mis dos hermanitas fueran todavía un par de niñas sin culpa ni maldad, pero ese hecho era lo único que me detenía de momento. Y ahora que lo pensaba mientras las veía comerse su desayuno muy alegres y risueñas, ¿qué sería de la vida de ellas? Por un segundo, tuve la necesidad de llevarlas conmigo y protegerlas de todo a su alrededor, pero ¿qué podía brindarles una jovencita que acababa de cumplir su mayoría de edad y empezaba su primer año de universidad?
Debía esforzarme y sacrificarme el doble. Por ellas mi fuerza interna se acrecentó. Sé que podré volver y llevarlas conmigo si pongo todo de mí.
-¿Me estás escuchando, Cora? - la voz de mi padre me sacó de mis pensamientos.
-¿Eh? - tomé un sorbo del jugo de naranja-. ¿Qué me decías?
-No sé qué te tiene tan distraída.
-Quizá sea el hecho de que me voy a casar con un desconocido en un par de días lo que me tiene tan distraída - ironicé, de mal humor y más tosca de lo que hubiera querido.
Mi padre suspiró hondo y bajó la cabeza por unos segundos antes de volver a mirarme a los ojos. En los suyos había culpa y dolor.
-Perdóname, mi amor, yo no quería involucrarte en mis asuntos.
-No creo que sea lugar para hablar de esas cosas - intervino mi madre, dándole una mirada rápida a las gemelas-. Por favor, desayunemos en paz y en armonía como la maravillosa familia que somos, ¿entendido?
-Hace mucho dejamos de ser una familia.
-¡Cora! - mi madre estrelló el cubierto sobre la mesa, asustando a las pequeñas-. ¡Come en paz y en familia sin decir nada más! Nosotros también sufrimos aunque no lo quieras ver... ¿Crees que soy feliz con la idea de que una de mis niñas se vaya a manos de un hombre que no sé cómo vaya a tratarla? ¡Soy tu madre y me duele no poder hacer nada! ¡Me siento impotente con todo este asunto!
-Isabella - la interrumpió mi padre con voz suave y comprensible-, estás asustando a las chiquillas.
-Perdón - mi madre se levantó de la mesa y se marchó rápidamente entre lágrimas.
Mi padre me miró un segundo para suspirar y seguir los pasos de mi madre. Mi corazón se encontraba apretado en mi pecho. Si ellos no estaban de acuerdo en dejarme en manos de un desconocido, ¿entonces por qué lo permitían? ¿Acaso era menos que el dinero? ¿Había algo más que ellos estaban ocultando y no querían decirme? Dudé por un instante si el dinero era una de las razones por la cual debía casarme con ese hombre. Pero entre más pensaba en otras razones, menos coherencia encontraba. El dinero se puede recuperar tarde que temprano, ¿no? ¿O acaso mi padre le debía mucho dinero y esa era la única manera para saldar la cuenta? Desde pequeña siempre hemos estado rodeados de lujos, me es complicado entender que de la noche a la mañana nos hemos quedado sin nada, si ahora mismo vivimos con las mismas comodidades de siempre.
Ya no tenía dudas, había algo más que mis padres me estaban ocultando. Pero para ser honesta, no quería detenerme a averiguar de qué se trataba. Aunque dolía dejar a mi familia, sobre todo a mis hermanas, mi decisión ya estaba tomada y no había absolutamente nada que me hiciera cambiar de opinión.
Esa misma tarde compré el ticket que me llevaría a New York para empezar una vida nueva lejos de California. Compré incluso ropa diferente a la que solía usar y varias tinturas de cabello para pasar desapercibida en el aeropuerto. En dos días, justo ese día que estaba pactada mi supuesta boda con ese hombre, volaría a un destino mucho mejor del que me esperaba en manos de un hombre que ni siquiera sabía su nombre o cuántos años tenía.
Un vestido blanco demasiado elegante y hermoso esperaba ser adulado por mí, pero era imposible decir algo bueno por más bello que fuera. La fina tela y el precioso encaje le daba un toque sensual y atractivo. Era abierto de espalda, largo y abundante. Parecía el vestido de una princesa, solo que no me sentía como una estando metida en el. Era mi prototipo de vestido de novia perfecto, pero mis sueños nunca pronosticaron algo como esto, jamás idealicé una boda a la fuerza. ¿Qué felicidad podría esperar si decido salir y casarme con un desconocido? ¡Por supuesto que ninguna!
Me cambié el vestido por una muda de ropa cómoda y peiné mi cabello en un moño a lo alto. Me apliqué un poco de labial rojo en los labios y me apresuré en dejar mi maleta a un lado de la ventana. No había marcha atrás, mi vida cambiaría y sería para bien. Aunque dolía dejar a mis padres y arrebatar su esperanza de volver a tener posición en la alta sociedad, no me sentía nada mal al arrancar el único pase que encontraron a la mano. Yo era su hija, no un objeto que podían intercambiar por algunos centavos.
Me tomé el tiempo de dejar la carta que había escrito hace unos días atrás para mi madre en un lugar a su vista. En ella no pedía perdón por lo que estaba por hacer, le pedía comprensión y respeto ante mi decisión. Además, yo soy la única que puedo decidir sobre mí misma. No soy un objeto, ni una mujer con un valor determinado.
Tomé mi mochila y salí por el balcón de la ventana. Los hombres de seguridad estaban distribuidos de manera uniforme a lo redondo de la casa, pero siempre había un vacío que era vigilado por cámaras. Arabella; mi única amiga, esperaba por mí en ese vacío para llevarme en su auto en dirección a la pequeña casa que había alquilado y donde haría el cambio físico. Todo estaba muy bien planificado y justo en el instante donde los portones dorados de la mansión estuvieran abiertos, escaparía a una nueva vida, a una que no tenía planeada y sería muy incierta, pero segura de que sería la mejor de las vidas a comparación de irme con un desconocido.
Caminé por el estrecho pasadizo hasta llegar a la sala de cámaras. Rodeé todo el salón hasta llegar a la caja principal de la casa y poder desconcertar las cámaras de seguridad. Una vez logré mi objetivo, corrí a sabiendas que era poco el tiempo que tenía para llegar al vacío donde Arabella esperaba por mí.
Vi su auto a lo lejos y el corazón me saltó de emoción. Todo estaba muy tranquilo y ni siquiera tuve cabeza para pensar en que algo podría salir mal, después de todo, así había escapado de casa muchas veces y nunca me habían descubierto. No había ni un solo fallo en mi plan.
Subí al auto sin pensarlo dos veces tan pronto llegué a el. La oscuridad de la noche nos rodeaba y la poca visibilidad era un aliado perfecto para nosotras. Suspiré profundamente y una risita traviesa y llena de satisfacción se escapó de los labios. Estaba un paso por fuera.
-Sácame de este lugar cuanto antes, Ari - palmeé su hombro, cerrando los ojos y disfrutando la sensación de libertad a pocos pies de mí.
Hubo un corto silencio entre nosotras, después, el rugir del motor me avisó que ella había escuchado mis palabras, aunque se mantuviera en completo silencio.
Abrí los ojos y, mucho antes de que pudiera hablar, un par de ojos oscuros y brillantes me miraron por el retrovisor. Su mirada era tan penetrante y frívola. Aún y por el espejo retrovisor, pude sentir su aura peligrosa. Inexplicablemente mi cuerpo tembló de un segundo para el otro. Mi corazón ya no latía de emoción, más bien lo hacía temeroso.
-¿A dónde te gustaría que te llevara, esposita? - su voz profunda, suave y fría me provocó una corriente eléctrica por todo mi ser, dejándome estática en mi lugar-. Estoy para cumplir con cada uno de tus deseos, después de todo, será toda una vida la que estaremos juntos.
No podía creer que el hombre que estaba hablando fuera ese mismo desconocido con el que debía casarme a fuerza. Tan solo su voz y su breve mirada me paralizó, no podía moverme ni tampoco hablar. Sus palabras tenían un tinte de advertencia que no pasaba desapercibido. Tragué saliva y empujé mi voz hacia fuera, no podía mostrar fragilidad ante él. Suponiendo que era ese hombre con el que mi padre me había intercambiado, debía ser lo más fuerte que pudiera ser.
-¿Dónde está Arabella? - pregunté firme y con más fuerza de lo que pensaba saldría mi voz-. ¿Qué le hizo a mi amiga?
Una risita resonó en la oscuridad de la noche. Él seguía el camino por la carretera a una velocidad prudente, por lo que ese pensamiento de saltar del auto me gobernó por un momento. Si lo hago, me liberaría de todo esto, pero también corría el riesgo de que me siguiera y me matara, aunque prefería la muerte que casarme con él.
Tenía la fuerza de hacerlo, pero que acelerara el auto como si hubiera leído mis pensamientos, me detuvo.
-Ella está muy bien, eso te lo puedo asegurar.
-No le creo nada.
-Puedes llamarla y darte cuenta por ti misma que está bien - su voz era tan tranquila y masculina que asustaba con esa suavidad y profundidad con la que pronunciaba cada palabra-. Pero ahora tu amiga es lo que menos importa. El padre nos espera para unir nuestras vidas.
-¡No voy a casarme con un completo desconocido! - vociferé-. ¡Detenga el auto ahora mismo!
-No tengo ni un poco de ganas de discutir esta situación contigo - soltó otra risita burlona-. La batalla que tengo en mente es de cuerpos, no de palabras.
-¡¿Qué le pasa, atrevido?! Si no se detiene ahora mismo, me tiro del auto.
-Hazlo - me lanzó una mirada retadora-, aunque sea una lástima quedar viudo sin siquiera haber consumado nuestro amor.
-¿Cuál amor? ¿Acaso está demente? - rechiné los dientes, apretando con fuerza los puños a cada lado de mi cuerpo-. ¡Un matrimonio a la fuerza y por obligación no es amor! Déjeme ir, de ese modo, ninguno tiene que estar con alguien que no ama.
-Cora... - saboreó mi nombre en su paladar, usando un tono de voz más profundo y ronco-. A quien quiero como esposa es a ti. Si no planeas unirte a mí, entonces lánzate del auto y asunto arreglado.
Sumado a sus palabras, aceleró aún más el auto. Estaba probando mi fuerza y mi valentía, sabiendo que no sería capaz de lanzarme del auto mientras se encontrara en movimiento. Y, aunque tuve muchas ganas de saltar, me limité a mantenerme en silencio, pensando en la manera de escapar de este lunático.
Él tampoco mencionó palabra alguna lo que restó de camino. De vez en cuando nos dábamos miradas por el retrovisor y era tanta la sincronía que coincidíamos cada que lo hacíamos. En la oscuridad sus ojos parecían los de un felino hambriento, dispuesto a saltar sobre su presa en lo que tuviera oportunidad. Y dejándome llevar por su voz, creía que no era un hombre tan viejo como lo había pensado en un principio, aunque no estaba segura puesto que no podía apreciar bien su rostro.
-Espero que no te moleste una boda rápida, prometo que después tendrás una de ensueño, grande y bien pomposa - detuvo el auto frente a una pequeña iglesia y se bajó sin esperar respuesta alguna de mi parte.
Pensaba que tendría una oportunidad de escapar, pero varias camionetas negras rodearon el auto sin darme tiempo ni de parpadear, enfocando con las luces la espalda del hombre. Se veía alto y muy imponente. Sus hombros se apreciaban anchos, y el traje negro que traía puesto se ajustaba a su musculosa figura.
Hizo una seña con la mano que no comprendí de momento. Al ver que no bajaba del auto, ladeó la cabeza tan solo un poco, dejando entrever medio rostro nada más. Tampoco pude ver su rostro a detalle por lo brillante de las luces que lo enfocaban con gran intensidad, pero supe de inmediato que la seña era dirigida a mí.
-¡No me pienso casar con usted! - le grité desde el interior del auto, enroscándome en el asiento-. Primero muerta antes que echar a perder mi vida.
Se quedó por unos segundos quieto en donde se encontraba, seguidamente, dio medía vuelta y se acercó al auto a paso lento. Mi corazón se aceleró de golpe tras verlo abrir la puerta de mi lado e inclinarse hacia mí. Su rostro quedó tan cerca del mío, que ahora no me quedaba ninguna duda de su apariencia.
Quedé en silencio y hasta contuve la respiración al percibir la suya muy cerca de mis labios. Sus ojos que en un principio creí que eran negros, mostraron unos grises muy bonitos y brillantes. Su cabello caía sobre su frente y le deba un toque más seductor a su mirada. Sus rasgos muy masculinos y marcados, me embriagaron por un momento; mandíbula cuadrada y definida, nariz aguileña, labios carnosos y apetecibles. Un aroma a hombre que atontaba los sentidos según se aspiraba su olor. Recorrí lentamente su cuello y ese tatuaje de dragón que lo adornaba. Una cadena de oro también colgaba de este, dándole una apariencia de un hombre de revista, de esos que sacan suspiros involuntarios con lo atractivos que son.
-¿Algún problema, mi reina? - tomó un mechón suelto de mi cabello y jugó con este entre sus dedos-. No era lo que tenía en mente para este día, pero lo importante es casarnos, ¿no crees?
-No me voy a casar, ya se lo dije - susurré en un hilo de voz, pues tenerlo tan cerca me robaba la capacidad hasta de hablar.
-¿Por qué no?
-¿Y todavía lo pregunta? - bufé-. El matrimonio no es un contrato. Además, no soy un objeto que está a la venta.
-¿Quién dijo que eras un objeto? - su mirada me abrumó, por lo que aparté la mía y él me tomó de la barbilla-. Mírame y dime quién te trató como tal.
Aunque me hacía la fuerte frente al desconocido, no pude retener por más tiempo esas lágrimas traicioneras. Sus ojos recorrieron mis lágrimas mientras su rostro se contraía, no sabía si de enojo o de fastidio. Con suma delicadeza, limpió cada una de ellas, deslizando la yema de sus dedos por mi piel. Aparté la cara de su toque en cuanto desperté de esa electricidad que su caricia provocó. Aunque me sentía abrumada por todo a mi alrededor, él no me hacía sentir que estuviera en peligro en lo absoluto.