Esto es Valerion.
Está a doce días al norte de la desesperanza y a unos pocos grados al sur de una muerte segura por congelación, justo donde los Picos de Ébano rasgan el cielo como dientes rotos. Es un lugar obstinado. En cualquier otro sitio, si el suelo escupe fuego y ceniza, la gente se muda. Nosotros no. Nosotros construimos castillos encima y lo llamamos "hogar".
Tenemos caza, si te gustan las carnes duras. Tenemos pesca, si no te importa que tu cena intente comerte a ti primero. Y tenemos un clima encantador: nueve meses de granizo y tres de tormentas eléctricas.
La mayoría de los reinos tienen problemas "normales". Tienen plagas de langostas, tienen sequías, tienen vecinos ruidosos que intentan invadir sus fronteras con espadas oxidadas.
Nosotros no. Nosotros tenemos algo más.
Miren arriba. No, no a las nubes, más arriba.
¿Ven esas sombras que oscurecen el sol? ¿Ese rugido que hace vibrar los empastes de sus muelas?
La mayoría de la gente tiene caballos. Tienen bueyes. Quizás, si son muy elegantes, tienen halcones.
Nosotros... nosotros tenemos dragones.
Pero no se equivoquen. No son monstruos que vienen a quemar nuestras casas mientras corremos gritando. Ojalá fuera así de simple. Hace siglos, mis antepasados decidieron que matar a los dioses del cielo era demasiado trabajo, así que hicieron algo peor: les pusieron cadenas.
Mi nombre es Aeric, y soy el heredero de todo esto. De la piedra, del hielo y de las bestias. Se supone que somos los amos del cielo. Se supone que los dragones son nuestros siervos leales, nuestras armas definitivas, la razón por la que nadie se atreve a toser en dirección a Valerion.
Pero si escuchan con atención... notarán que el rugido ya no suena igual. Hay tos en el fuego. Hay óxido en las escamas.
Dicen que domamos a las bestias. Yo creo que solo estamos esperando a que recuerden que pueden comernos.
Y me temo que están a punto de tener hambre.
El viento en las Alturas de Valerion no soplaba; mordía. Aeric se ajustó el cuello de piel de lobo, sintiendo cómo el frío se colaba por las juntas de su armadura de cuero, buscando cualquier centímetro de piel expuesta para clavar sus dientes helados. Estaba a trescientos metros sobre el nivel del mar, en la plataforma de aterrizaje sur de la Ciudadela, un saliente de granito negro que desafiaba la gravedad y el sentido común.
A sus espaldas, las puertas de hierro macizo del Nido Real, reforzadas con runas de contención que brillaban con un tenue pulso azulado, permanecían cerradas. Delante de él, solo había vacío y nubes grises que prometían otra tormenta de nieve antes del anochecer.
-Alteza -la voz del guardia era respetuosa, pero cargada de esa fatiga impaciente de quien lleva demasiadas horas de turno-. El Rey ha convocado al Consejo en una hora. No debería estar aquí.
Aeric no se giró. Conocía el protocolo. Conocía sus deberes. Y, sobre todo, conocía la hipocresía de la corte, donde se hablaba de dragones como si fueran muebles gloriosos mientras se evitaba mirarlos a los ojos.
-Dile a mi padre que estoy inspeccionando los activos del reino -respondió Aeric, su voz apenas audible sobre el aullido del viento-. Dile que estoy asegurándome de que su trono siga teniendo dientes.
El guardia vaciló, el sonido de su armadura repiqueteando incómodamente, antes de retirarse. Aeric esperó hasta que el sonido de las botas se desvaneció por el pasillo de piedra antes de empujar la pequeña puerta de servicio lateral.
El cambio fue instantáneo. El frío glacial del exterior fue reemplazado por un golpe de calor seco y sofocante, cargado con el olor acre del azufre, ceniza vieja y algo más metálico, como sangre de cobre hirviendo. El aire dentro del Nido Real vibraba, pesado y denso.
Aeric caminó por la pasarela de piedra suspendida sobre el abismo artificial de la caverna. Abajo, en la penumbra iluminada por antorchas que nunca se apagaban, descansaba la bestia.
Pyroth. El Último Gran Rojo.
Incluso dormido, el dragón era una visión que cortaba la respiración. Ocupaba casi todo el suelo de la caverna, una montaña de músculos y escamas que brillaban como rubíes pulidos bajo la luz oscilante. Su respiración era un ritmo tectónico; cada exhalación enviaba columnas de humo gris desde sus fosas nasales, calentando la caverna entera.
Aeric descendió las escaleras de caracol, sus botas resonando suavemente. Al llegar al suelo, se sintió insignificante. Siempre se sentía así. Era el Príncipe Heredero de Valerion, futuro Señor de los Cielos, pero frente a Pyroth, solo era un pedazo de carne blanda y efímera.
Se acercó al hocico del dragón, que era tan grande como un carruaje. La piel allí era más suave, caliente al tacto, irradiando una temperatura que habría quemado a cualquiera que no estuviera acostumbrado. Aeric se quitó el guante y posó la mano sobre las escamas del morro.
-Despierta, viejo amigo -susurró.
El gran ojo dorado de Pyroth se abrió perezosamente. La pupila vertical se contrajo al enfocar al humano. Hubo un retumbar profundo en la garganta de la bestia, un sonido que Aeric sintió en los huesos de su pecho más que escucharlo con los oídos.
No hubo palabras. El Vínculo no funcionaba así, no exactamente. Era una sensación, una presión en la parte posterior del cráneo de Aeric. Sintió la irritación del dragón, el aburrimiento de estar encadenado, y una punzada de algo más... algo parecido a la fatiga.
Aeric frunció el ceño. Pyroth solía recibirlo con una llamarada de advertencia o un bufido juguetón que le despeinaba el cabello. Hoy, el dragón simplemente volvió a cerrar el ojo, soltando un suspiro largo y cansado.
-¿Qué te pasa? -preguntó Aeric, recorriendo con la mano el costado del cuello del dragón.
Sus dedos rozaron el Collar de Dominio. Era un anillo masivo de acero negro incrustado en la carne del dragón justo detrás de la mandíbula. Las runas grabadas en el metal palpitaban al unísono con el ritmo cardíaco de Aeric. Era la herramienta que permitía a los reyes de Valerion controlar a las bestias, un artefacto de magia antigua que, según decían los libros de historia, simbolizaba la "alianza eterna". Aeric sabía que era una mentira bonita para llamar a la esclavitud.
Siguió caminando a lo largo del flanco del dragón, inspeccionando las alas plegadas. Mañana era el Vuelo de Ceniza, la exhibición anual donde la realeza recordaba al pueblo y a los reinos vecinos quién tenía el poder de fuego. Pyroth tenía que estar impecable.
Aeric sacó un cepillo de cerdas de acero de su cinturón y comenzó a raspar el hollín acumulado entre las escamas del hombro. Era un trabajo duro, físico, que le permitía olvidar las intrigas de la corte. Raspó con fuerza, limpiando la suciedad de los últimos entrenamientos.
El rojo carmesí de las escamas brilló bajo la suciedad removida. Aeric sonrió, satisfecho. Continuó hacia la base del ala derecha, donde la membrana se unía al músculo dorsal.
Entonces su mano se detuvo.
El cepillo se enganchó en algo rugoso. No era la suavidad lisa y caliente de la escama sana. Era algo áspero, frío.
Aeric se acercó, entrecerrando los ojos en la penumbra.
-Luz -murmuró, chasqueando los dedos. Una pequeña esfera de luz mágica, no más grande que una luciérnaga, brotó de su pulgar. Era un truco simple, magia de niño, pero le costó un ligero pinchazo de dolor de cabeza, el precio habitual por alterar la realidad.
Acercó la luz a la zona. El aliento se le congeló en la garganta.
Allí, en medio del mar de escamas rojas y vibrantes, había una mancha. Era del tamaño de su mano. Las escamas en esa zona habían perdido su color, volviéndose de un gris pálido y enfermizo, casi plateado. Pero lo peor no era el color. Era la textura.
Aeric la tocó con un dedo tembloroso. Estaba fría. Muerta. Parecía piedra pómez en lugar de piel de dragón. Y en los bordes de la mancha, la infección parecía estar reptando, devorando el rojo vivo con venas de plata muerta.
La Peste de Plata.
Aeric retrocedió un paso, dejando caer el cepillo. El ruido metálico resonó en la caverna como un disparo.
Pyroth se sacudió, levantando la cabeza bruscamente, alertado por el miedo repentino que emanaba de su jinete a través del Vínculo. El dragón emitió un gruñido interrogativo, girando el cuello para ver qué había asustado al humano.
-No... -susurró Aeric, el pánico cerrándole la garganta-. No puede ser.
Había oído los rumores. Los susurros en los pasillos de los sirvientes, las historias de dragones menores en los puestos fronterizos que simplemente dejaban de volar, cuyas alas se convertían en estatuas de piedra mientras aún respiraban. Decían que era un mito, una historia para asustar a los niños. El Consejo Real había negado su existencia una y otra vez.
"Los dragones son eternos", decía su padre. "La magia de Valerion no se enferma".
Pero allí estaba. La prueba irrefutable bajo la luz mágica de Aeric. Una necrosis mágica devorando al ser más poderoso del mundo.
Si Pyroth estaba enfermo, el Vuelo de Ceniza sería un desastre. Si Pyroth no podía volar, la fuerza de Valerion era una farsa. Y si el Consejo descubría esto...
Aeric recordó la mirada fría de Lord Varek, el Consejero Real. Recordó las nuevas máquinas de asedio que Varek había estado diseñando, máquinas que no necesitaban comida ni descanso. "El futuro es la eficiencia, Alteza", solía decir con esa sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.
Si descubrían que Pyroth estaba infectado, no intentarían curarlo. Lo sacrificarían. Lo descartarían como una espada rota.
El sonido de los engranajes de la puerta principal girando sacó a Aeric de su parálisis. Alguien estaba entrando.
Aeric miró la mancha plateada. Era demasiado visible. Si alguien se acercaba, si los Maestros de Bestias venían a preparar a Pyroth...
-¡Abajo! -ordenó Aeric, empujando mentalmente a través del Vínculo con una intensidad que sorprendió al dragón.
Pyroth, confundido pero obediente a la urgencia del Vínculo, bajó el ala, cubriendo su flanco.
La puerta principal se abrió con un gemido de metal. Un grupo de hombres entró, sus antorchas proyectando sombras largas. Al frente iba el Maestro de las Bestias, un hombre corpulento con cicatrices de quemaduras en la mitad de la cara, seguido por dos ayudantes que cargaban cubos de aceite para pulir las escamas.
-Alteza -gruñó el Maestro, haciendo una reverencia torpe-. Llegáis temprano. Tenemos que preparar al Grande para mañana.
Aeric se interpuso entre los hombres y el flanco derecho del dragón. Su corazón martilleaba contra sus costillas, pero forzó a su rostro a adoptar la máscara de arrogancia aburrida que había perfeccionado durante años en la corte.
-Hoy no, Gorm -dijo Aeric, cruzándose de brazos-. Pyroth está irritable. Casi me arranca un brazo hace un momento. Dejadlo descansar.
Gorm frunció el ceño, mirando al dragón. Pyroth, captando la tensión de Aeric, soltó un bufido de humo negro hacia los recién llegados, mostrando una hilera de dientes del tamaño de dagas.
-Pero, Alteza, el protocolo... El Rey quiere que brille como un sol.
-El Rey quiere que su dragón no se coma a los domadores antes del desfile -cortó Aeric, dando un paso adelante, usando su altura y su rango como arma-. Yo me encargaré de cepillarlo mañana al amanecer. Ahora, fuera.
Gorm dudó. Sus ojos recorrieron la caverna, buscando algo fuera de lugar. Por un segundo, su mirada se detuvo en el cepillo tirado en el suelo, y luego en la postura defensiva del príncipe.
-Como ordenéis, mi príncipe -dijo finalmente Gorm, aunque la sospecha brillaba en sus ojos-. Pero si la bestia no está lista, será vuestra cabeza la que ruede ante el Consejo, no la mía.
-Que así sea.
Los hombres se retiraron. Cuando la puerta se cerró de nuevo, Aeric dejó escapar el aire que había estado reteniendo. Se giró hacia Pyroth, quien lo miraba con una intensidad antigua y profunda. El dragón sabía que algo estaba mal. Podía oler el miedo en el sudor de Aeric.
Aeric volvió a levantar el ala del dragón. La mancha plateada parecía haber crecido, aunque quizás solo era su imaginación. Apoyó la frente contra las escamas calientes y sanas del cuello de la bestia.
-Te sacaré de aquí -prometió al vacío de la caverna-. No sé cómo, ni a dónde, pero no dejaré que te conviertan en piedra.
Pyroth respondió con un suave ronroneo, pero bajo la calidez, Aeric sintió el frío de la escama plateada irradiando como un tumor de hielo. El reloj de arena se había roto, y la arena se estaba acabando. Valerion dormía sobre un secreto, y Aeric acababa de despertar.