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Ceos corruptos

Ceos corruptos

Autor: : Leon M. Duncan
Género: Moderno
Un joven policía, nada convencional según lo establecido por el código policiaco, amante de la bebida, siempre desaliñado, mujeriego aun sin proponérselo, pero con un profundo sentido de la lealtad y la amistad, imparable en la investigación sobre el caso que le ordenan llevar a cabo, siempre recordando que tiene el corazón deshecho por una ruptura y abandonos que no consigue superar, mas eso no impedirá que continúe con su labor detectivesca para esclarecer cada situación a la que se enfrenta. Amigos muy cercanos que nada tiene que ver con su trabajo y en ocasiones no están de acuerdo con su forma de pensar, sin embargo; lo apoyan incondicionalmente. Por lo que enfrascado junto a su compañera se esmera en cerrar cada caso asignado por su superior.

Capítulo 1 CAPT 1

Aunque el instinto le rogaba encarecidamente que lo dejara seguir tendido para reponerse físicamente a pesar de la sensación de ser un vegetal en una sauna impuesta por las altas temperaturas, la mente no se lo permitió y se interpuso. Bueno, generalmente era ella quien predominaba saliéndose con las suyas, y se despertó, sin un porqué.

A una orden de su sistema límbico alargó cautelosamente su brazo derecho y muy despacito movió los dedos de la mano, explorándola semihúmeda y blanda superficie de la cama, como hace una tarántula en sus dominios con las patas buscando detectar alguna posible presa. Era un reflejo oculto en su subconsciente el que buscaba acariciar la larga y negra cabellera de Laura, para después tantear el desnudo cuerpo como tanto le gustaba hacer al despertar. No lo consiguió. Primero abrió un ojo aclimatándolo a las penumbras y a la realidad, después el otro, y volteó la cabeza para descubrir una vez más la cruda verdad de que estaba solo.

Se sentó en el borde del colchón y abrumado como un adolecente desprotegido ante los avatares de la vida, se cubrió el rostro con ambas manos. «Coño, qué clase de curda cogí ayer. Total por gusto, esa cabrona mulata me dejó en eso otra vez», murmuró. Buscando espabilarse se restregó fuertemente la cara con las manos, pues sabía que ya no podría volver a dormir a pesar de que era domingo y no había dejado nada pendiente en el trabajo. La semana estuvo tranquila exigiéndole poco, más el sábado sí le fue agotador, pues llegó tarde a la casa provocándole extravagantes pesadillas y sueños eróticos o sexuales que en más de una ocasión le provocaron erecciones y presa del Sueño REM las contuvo volteándose boca abajo, por lo que no pudo dormir a pierna suelta.

Desde la misma posición apagó el ventilador, que más que frescor le estuvo enviando hálitos de vapores asfixiantes. Se levantó y caminó hasta la cocina. Daba tumbos cual infante que da sus primeros pasos intentando sostener el equilibrio, por lo que había tomado, nunca experimentó resaca al hacerlo; pero sus músculos aún se resistían a seguir las órdenes del cerebro o no las acataban a plenitud.

Al tomar el pote vacío donde suele guardar el café, maldijo en voz baja, pues estaba seguro que había dejado polvo para una última colada. Al detenerse junto al fregadero descubrió en su interior la botella de ron Legendario que había mantenido sellada desde que la compró y ahora estaba vacía, dos vasos y la cafetera sucia. No la había dejado así, y se acordó del cabrón de Ulises y de la madre que lo parió.

Había comido una que otra chuchería y bebido cantidad en el festejo en honor a Oshún al que asistió desde el mediodía y hasta bien entrada la noche anterior, (o Virgen de la Caridad del Cobre, como habitualmente se le conoce a la patrona de Cuba). Allí escogidos instrumentos de percusión fueron golpeados con frenesí y maestría; ofrendas, cantos, bailes y veneraciones se multiplicaron mientras duró el homenaje. Sin ser practicante de esta ni de ninguna otra religión... contaba con la aceptación y amistad de algunos ancianos y admirados guías, el respeto era mutuo a pesar de doctrinas y devociones divergentes:

No era la primera vez que lo invitaban a participar, al menos como espectador. Y aceptó sabiendo que allí estaría una joven a la que los padres inscribieron con el nombre de Milagros de la Caridad, algo que no le parecía extraño para ser una bella descendiente de una familia arraigada por generaciones en la santería cubana. Le gustaba la mulata, a quién no, con su refinado y sensual hablar y movimiento, sus grandes ojos de claro verdor, esos labios carnosos que dejaban ver la blanca y perfecta dentadura, con esos pequeños y austeros pechos, de cinturita estrecha y anchas caderas: y nalgas de circunferencias elegantes, justas y firmes. Sabía que era siete años menor que él, eso no impedía que sintiera morbosos deseos de poseerla, pues era de esas mujeres que parecen perfectas aunque no lo sean, «porque ninguna lo es», pero te dan ganas de pasarle los labios por cada centímetro de su piel, de hacerla estremecerse con leves temblores al recorrer todo su cuerpo con las yemas de tus dedos lenta y sutilmente, de dejarla sin aliento al cogerle la boca y crear de sus labios tu jugoso juguete, saborear su cuello y penetrarle los oídos con la lengua como si buscases llegar a su cerebro con ella, de morderle los pezones sin llegar a lastimárselos, lamer sus senos hasta que intenten estallar de la rigidez, deslizar tu boca hasta el ombligo y a continuación hundirla en sus entrepiernas y forzarla a gritar desordenada y esquizofrénicamente, de voltearla boca abajo y repetir cada acción tomándome más tiempo en sus nalgas y dejarla exhausta para cuando llegue a las plantas de los pies, declinar que sea ella quien te grite que no puede más, que se la metas una y otra vez como una bestia, duro, sin compasión, que aguantes lo que ella no pudo cuando le lamías el clítoris. Que se la des cuando los cielos se abran para reclamar sus almas, cuando las llamas del infierno consuman las sabanas y el mar tenga menos gotas de agua que el sudor derramado sobre la cama. Ella es de esas hembras que no pasan desapercibidas. Aunque no sea perfecta como humana, sí lo es para tenerla siempre cerca en las noches y por qué no, también en la vida cotidiana.

Sabía que ella también estaba interesada en él; no obstante se hacía la dura e inalcanzable, y como en ocasiones pasadas, le coqueteó e incluso le rozó la boca con sus labios cuando lo besó a modo de saludo y después lo mantuvo a raya hasta que llegó el turno de unirse al grupo de baile en una danza ritual que parecía no acabar nunca. Cansado y con tragos de más en la cabeza, se marchó sin despedirse.

Absorto en tales pensamientos, el ron no le importaba mucho ahora, es más no quería ni sentir olor a bebida. Sí lamentó no poder olfatear el aroma y tomarse un largo trago caliente y reconfortador del café recién colado que despierta los sentidos. Lo necesitaba urgentemente, volvió a recordar a la madre de Ulises y, aún en calzoncillos como cada día de tregua, abrió la ventana para que entrara aire. Y observó gran parte de la mustia ciudad a la que adoraba y por la que sentía compasión, al verla envejecer y deteriorarse con los años y el abandono, a excepto del estadio Victoria de Girón construido años atrás y al edificio de 13 plantas que se elevaba allá en la Calzada de la playa, el resto seguía inalterable, pues nuevos dictámenes daban prioridad en remodelar o levantar edificaciones más allá del puente que la unía con la Península de Hicacos en búsqueda de una mejor economía para el país. Lo entendía; por qué no, el turismo podía traer y lo necesitaba, grandes ingresos al país, fortaleciendo una diseñada estructura económico sustentable, y sin embargo, presintió que si eso sucedía y las preferencias se acrecentaban, Varadero ya no sería el mismo y se convertiría en el engalanado e inaccesible rostro de un cuerpo donde la ciudad pasaría al plano de ser las sucias nalgas del mismo. Qué hacer aparte de suspirar... Nada.

Tomó una gran bocanada de aire y entristecido cerró los ojos invocando los viejos tiempos de vacaciones cuando cientos de jóvenes de todo el país acudían a sus contadas instalaciones para veranear. No eran muchas las opciones de alojamiento, sí baratas y placenteras. Incluso, el simple hecho de caminar de noche por la arena te daba la oportunidad de ser invitado a una u otra fogata donde una botella era compartida sin muchos preámbulos, se tocaban guitarras, se cantaban canciones, se bailaba descalzo y muchas veces en traje de baño y se alternaban con otros estudiantes que procedían de pueblos nunca antes escuchados. Recordó aquel verano en que conoció a Laura; hermosa como una flor endémica, alocada y risueña a la vez, había llegado desde Santa Clara con su hermano y un grupo de amistades. Recordó que en aquella ocasión él fue con Emilio, Alina y otros más del instituto. A pesar de que coincidían en alquiler en el mismo conglomerado de edificios llamado Granma, la vio por primera vez en el cabaret El Castillito, y después que ella le aceptara la invitación a bailar una pieza romántica, el resto de sus vidas cambió para siempre.

Sacudió la cabeza y abrió los ojos para ahuyentar recuerdos que ya le habían dejado de herir cual afilada hoja forjada con fragmentos de incertidumbres y decisiones inquebrantables, obligadas por incomprensibles momentos del destino. Se centró en el presente, y observó el entorno.

«Camarones en movimientos para no ser arrastrados por la corriente», reflexionó Marcial Manso mirando cómo el barrio comenzaba a cobrar vida a pesar del día de la semana y lo temprano que era. Su mirada ahora se deslizaba por encima de placas grises y tejados disparejos que siempre le despertaron interés al observarlos, tejas criollas o francesas, daba igual que mantuvieran o no su inconfundible color rojo o naranja. En el cielo una ruidosa y oscura bandada de pájaros volaba hacia el sur ignorando lo que sucedía bajo ellos, escasas edificaciones resaltaban del lúgubre resto por sus vestidos confeccionados con vistosos colores recién dados, múltiples capas de pintura banal, una encima de la anterior, cual desvencijada vieja con colorete intentando presumir un esplendor que más tarde que pronto la humedad, latente y oculta en sus anticuados y agrietados muros, se encargaría de violar impunemente, para borrar todo vestigio de un esplendor en agonía provocado por el desinterés, abandono con la decadencia y los años. A pesar de todo su deterioro y dispareja arquitectura seguiría amando a la ciudad con sus desniveladas calles, su población sin par, sus ruidos y silencios, su historia cuajada de ilustres hijos como José Jacinto Milanés, Bonifacio Byrne, o la más reciente Carilda Oliver, entre otros que perdurarán por siempre en la memoria colectiva, gracias a sus aportes a la revolución de una u otra índole.

Capítulo 2 CAPT 2

Sin embargo, también ha tenido singulares personajes que solo serán conocidos por la generación de turno y olvidados por las venideras, como suele suceder con desdichados con problemas mentales, victimas en muchas ocasiones de vejaciones y burlas, entre los que se encuentra esa apodada "China de la calle del Medio", que en realidad es cubana aunque tiene rasgos y descendencia asiática, y se pasea de arriba abajo vistiendo extravagantes y chillones atuendos, maquillada en demasía y grotescamente, cual personaje creado por un también demente dramaturgo para una nunca aceptada obra de teatro trad

icional en China o la ópera de Pekín; Vicente, ese andarín afable, mestizo y delgado que sin vergüenza alguna viste siempre la misma ropa y calza zapatos desgarrados por un insensible pavimento a la obligada prolongación, ese que puede imitar hasta el cansancio a un locutor de Radio Reloj y todo por un simple medio para tomar café en cualquier establecimiento, siempre y cuando no sea expulsado con desprecio y más crueldad que la del mismo asfalto. Algunos pasan casi inadvertidos, están los que siempre responden con agresividad verbal y física al maltrato: único método para sobrevivir en una conflictiva sociedad que los ha marginado sin preámbulos, desvalorizándolos como seres humanos que son y amparándose en esa bufonada popular de "Cada loco con su tema".

Marcial ama las fisuras en los aleros donde los gorriones encuentran abrigo y procrean a plenitud añadiéndole un ápice de vida silvestre a lo urbano, donde perros y gatos deambulan en busca de alimentos por las noches, deshaciendo con frenesí desechos sin recolectar. Donde transeúntes desconocidos son capaces de saludarte e incluso contarte sus problemas mientras aguardan en una cola de cualquier establecimiento. Por esos y muchos más detalles nunca cambiaría por otra, a la llamada Atenas de Cuba, y porque está convencido de que algunos dirigentes y sinceros pobladores están determinados a no verla apagarse, aunque persistieran contradictorias demandas, preferencias y decisiones a tomar.

Deslizó la mirada por las tranquilas y todavía sombrías aguas de la bahía. En el puerto un barco atracado era desposeído de su carga, otro proveniente del campo socialista ya asomaba en el horizonte y al centro de la ensenada un par de diminutas embarcaciones bogaban aventurándose hacia aguas más abiertas, lucha cotidiana de aquellos que se buscaban el sustento con los peces atrapados.

- ¡Coño, si pudiera comerme un pargo entero frito ahora mismo, tengo tremenda hambre! -exclamó, envidiando a los pescadores y resignándose meneó la cabeza, miró al cielo cuajado de matices grises, nada extraño para el mes de septiembre. Se separó de la ventana y chilló con cosquilleos en las tripas:

-Bueno, ustedes comerán pescado y yo no. ¡Jódanse y mójense el culo, qué carajo!

Pensativo se detuvo frente al refrigerador, mientras se rascaba primero una nalga y después los testículos, se aguantó de abrirlo evitando descubrir que Ulises también le hubiera hecho algún estrago en su interior, aunque no tenía mucho en él. Desalentado se volteó mirando hacia el cuarto y le pareció escuchar que la cama pedía a gritos que regresara a ella. En cambio, sí fue real la voz femenina que desde el piso inferior entró a través de la ventana:

- ¡Marciaal! ¡Coño, compadre, tienes el teléfono descolgado y llamaron al de mi casa para que te avisara! ¡Contra, que no respetan la maldita hora pa' estar jodiendo!

- ¡Lo hubieras mandado pal' coño de su madre! -gritó, y al percatarse de que era cierto puso el auricular en su sitio e instantáneamente el timbre sonó con insistencia.

Pensó que a esa hora solo podía ser Ulises para justificarse, y al levantarlo no le dio tiempo para hacerlo.

- ¡Oye, cabrón, me dejaste sin café! ¡Y para colmo te metiste toda la botella de Legendario...! ¡De Legendario, que cuesta la muy salá doce pesos! ¡Bueno eso te lo perdono, pero no lo del café!...

Su semblante cambió cuando la voz que escuchó desde el otro lado de la línea era femenina y chillaba estridentemente.

- ¿De qué carajo y con quién hablas, berraco? Me he cansado de marcar a tu maldito número -le reprimieron-. Suerte que tengo el de Esther. La pobre debe tener ganas de matarme.

- ¡Coño... me cago en Dios! ¡Perdona, Elena! Pensé que era un socio que estuvo anoche aquí. Nunca imaginé que fueras tú tan temprano... ¿qué sucede? -preguntó, con el ceño fruncido.

Guardó silencio por breves minutos, hasta que la voz se detuvo.

- ¡Contra, flaca, Escalona no pudo soltarle eso a otra gente! ¿No podían Vicente o Heriberto encargarse? Me van a fastidiar mi día libre y estoy fundido.

Volvió a enmudecer. Mientras escuchaba se pasó la otra mano por el rostro sin afeitar y maldijo mentalmente.

-Ok, tranquila. No te preocupes. Nosotros nos encargamos, qué remedio. De todos modos ya tengo el salao domingo jodido. Sí, sí. Ven a recogerme.

Media hora más tarde salió a la calle: aunque la camisa era diferente a la del día anterior, pantalones y zapatos eran los mismos. Tras palparse la cadera verificando si había cogido el arma, se detuvo en la acera frotándose las manos, al ver a unos veinte metros a una cincuentona salir a la calle en bata y chancletas, cargando un pesado latón con basura, le gritó:

- ¿Qué pasa, Sonia? ¿Botando las mierdas que Pablo se empeña en guardar? -sonrió a modo de venganza, como si ella fuese la culpable de no haber podido tomar café, y nada tenía de culpa.

- ¡No, mijito, que el cabrón camión de la basura hace tres días que no pasa a recogerla! ¡Si seguimos así, horita nos zumban cinco ratones por cabeza en la dirección y los ponen en la libreta de abastecimiento! -contestó, de mal humor.

Caminó por la acera y al hacerlo se percató de que en esta y por decenas de metros a ambos lados, vecinos menos escrupulosos e impacientes habían arrojados sus desechos poniéndolos en manos de la providencia, o en los colmillos y garras de felinos y canes vagabundos y pendencieros. «Coño, Sonia es un ejemplo que no muchos siguen», reflexionó acercándosele, a la par que escudriñaba si por la loma subía el carro que esperaba.

- ¡Contra, vieja! Tú sabes que la cosa está mala. El presidente de EE.UU. no cesa de arremeter contra los soviéticos, ni contra nosotros. Ese hijoeputa también quiere acabar con el comunismo, y tiene a la isla en jaque con muchas artimañas más que ni tú te enteras...

-Todo eso lo entiendo, Marcial, pero no me chives tiene que haber combustible por lo menos para recoger toda la mierda que bota el cubano -alegó contrariada y él para suavizarle los ánimos dijo con una leve sonrisa:

-Ratones no, pero va y repartimos pollitos para que los críen en las casa.

Ella puso el pesado recipiente en el piso, desviando su atención brevemente al ver caminar por la acera del frente a dos jovencitas que por sus ropas nocturnas y traspiés aparentaban regresar ebrias de alguna fiesta, y meneando la cabeza en señal de desaprobación objetó:

- ¡Si 'ta bien comemierda! Baja hasta la escuela Mártires del Goicuría y párate allí para que veas un par de jefecitos o a sus hijitos sacar sus carros con chapas azules o amarillas e irse de recholata para las casas que tienen en la costa o en Varadero, no me jodas, Marcial... a ellos sí no les falta el combustible.

Marcial no la rebatió, sabía bien que algunos oportunistas se aprovechaban del cargo asignado; pero de ellos tenían que encargarse y se encargarían, quienes los habían puesto allí, o los de mucho más arriba. La voz de Sonia lo sacó de sus reflexiones:

- ¡Ah, por cierto! Me dijo Ulises, antes de irse para el trabajo, que ayer te trajo del Oasis tres bocaditos de jamón con queso y que te los había dejado en el frio. ¡Y por tu madre, no me le prestes más la casa para que se acueste con esas guaricandillas que conoce, sabrá Dios dónde!

-Sonia, cuando tu hijo quiere algo es una maldita ladilla y lo sabes. ¡Coño, no vi los cabrones bocaditos, con el hambre que tengo! -respondió, reconociendo el auto que ya subía la pendiente -. Si quieres que no le preste más la casa, déjalo que traiga a sus jevitas a la tuya.

- ¡De eso nada monada! Mi casa no es un burdel. En mis tiempos la cosa era distinta, lo que tienes que olvidarte de Laura y traer a otra muchacha para la casa vivir, fijo y no por una noche como haces, así mi hijo no te jode más -respondió tomando nuevamente el latón como presintiendo que el camión de la basura jamás llegaría

Casi siete años atrás regresó a la casa justo cuando venía del hospital de ver a Emilio, y sobre la mesa del comedor se topó con un sobre, al tomarlo leyó: "Perdóname por abandonarte, sé que moriré sin ti". Se estremeció, pues imaginaba el contenido de la carta dentro de él. Corrían tiempos de incertidumbre ya que unas semanas antes un grupo divergente al régimen asaltó la embajada de Perú buscando asilo político. La máxima dirección del país les exigió a los cónsules la devolución de todos los participantes. Como respuesta a la negativa: el comandante Fidel Castro alentó en un discurso: a todo aquel que no estuviera de acuerdo con la doctrina implantada a irrumpir en la embajada. La cifra de exiliados rebasó los ciento veinte mil cubanos -más de los esperados-, quienes sin saber lo que les aguardaba decidieron arriesgarse, y el éxodo acaparó la zona diplomática. En tal dilema, Marcial Manso perdió a decenas de amigos de infancia y crianza que formarían parte de aquel memorable éxodo conocido como "Los Marielitos".

Aguardó tres días para abrirlo por si regresaba de donde se hubiese ido, pero no fue así. Cuando se decidió a leer, descubrió que el hermano de ella había tenido problemas judiciales allá en su provincia y buscaba una vía de escape a la justicia y a modo de protección decidió no dejarlo solo en un periplo incierto y desconocido. Al final de la carta le juró que lo seguía amando y lo haría por el resto de sus días. Hasta la fecha, Marcial no había vuelto a tener noticias de ambos. Decenas de mujeres llegaron y se fueron de su vida sin suplantar los momentos vividos con ella. El nostálgico recuerdo que le dejó, se desvanece cuando dos vecinos pasaron saludándolos, y retornando al presente recordó la cantaleta de la vecina con la dichosa basura y le argumentó:

-Sonia, no te preocupes que los de Comunales no permitirán que el día veintiocho la ciudad esté sucia, ya enviarán a recoger las basuras y ve diciéndole a Carmita que trate que éste año la caldosa por el festejo de los CDR quede buena o la denuncio -refutó con una amplia sonrisa.

-Bueno, que no den tanta vianda y esas horrendas cabezas de puerco y nos asignen por lo menos un pernil -contestó de mala gana.

-Sí, bobita, sigue esperando. Si Pablo no compra el pernil te veo jod'ía -dijo con una carcajada. Le dio un beso en la mejilla y se despidió dirigiéndose al auto que se había detenido junto a él.

Mientras se alejaban del lugar, y con esfuerzo logró subir la ventanilla de su lado para no mojarse ya que una fina llovizna comenzó a caer. Con los dedos de las dos manos se arregló algo el pelo recordando que ni se había peinado tras darse un fugaz baño. Elena lo miró sonriente.

- ¡Coñó, si no mandan a reparar el lada de mierda este a un taller, en cualquier momento vamos a tener que trabajar en bicicleta! -rezongó, evitando mojarse con el agua que entraba por la diminuta apertura que había quedado al no cerrar bien la ventanilla.

Ella le miro de soslayo y rió.

-Días como este son los que me dan ganas de volver a fumar -alegó buscando una reacción en ella, solo por mortificarla un poco. Lo hacía frecuentemente, le gustaba como compañera, de hecho presionó al mayor Escalona hasta el cansancio para que la sacara de atrás de un escritorio y se la asignara, provocando reacciones contradictorias en la unidad. Pero le importaba un "Maldito carajo" lo que hablaran a sus espaldas.

Capítulo 3 CAPT 3

Y la reacción no se demoró en llegar.

-No empieces a joder tan temprano y fíjate un poco más en ti mismo que eres un desastre. Acaba de buscarte una mujer que te prohíba ponerte la misma ropa del día anterior y te mantenga limpiecito y arregladito -dijo en tono burlón-. Y ni se te ocurra volver a coger un cigarro o ahí sí que vas a tener que buscarte un bicicleta o carriola, lo que más te convenga.

La miró de reojo y sonrió. Reconociendo que ella sí estaba impecable.

-Elena, flaca. La camisa sí me la cambié, no tuve tiempo de estar buscando otros pantalones y si estás tratando de sonsacarme, dispara para otro lado. Eres casada, me llevo bien con Alejandro y sabes que eres como mi hermana. Además estás muy mala, no sé cómo a él le puedes gustar -contestó riendo.

-Ni loca, papito, ni loca me enredo contigo, además Alejandro sí sabe darme por la misma costura, solo comentaba porque ni afeitarte pudiste, y todavía tienes aliento a ron. Y de mala nada, las flacas tenemos nuestro encanto y la facilidad de hacer cositas que las gorditas no pueden -refutó a carcajadas, a la par de girar el volante en dirección al Puente de la Concordia sobre el río Yumurí, una de las unificaciones de su barrio con el resto de la ciudad.

-Qué clase de domingo más cabrón este, ni dormir la mañana pude. Y a ti, ¿a qué hora te llamaron?

-Como a las seis y media; pero bueno, anoche me acosté temprano, así que estoy despejadita.

-Pues yo no, así que para en la cafetería del parque para tomarme un café que lo necesito -alegó intentando mirar hacia el exterior por el empañado cristal.

Cuando arribaron, ya la llovizna había cesado presagiando otro caluroso día que tal vez culminara en fuertes aguaceros. Al apearse dos agentes los esperaban manteniendo a distancia a varios curiosos de la cuadra y a otros que transitaban de casualidad, o no, por la cuadra.

Marcial levantó la vista para observar bien el antiguo inmueble y Elena, dirigiéndose a los policías, preguntó:

- ¿Es aquí dentro? -lejos de recibir respuesta los dos se mantuvieron indiferentes a la pregunta y aguardaron porque fuera Marcial quien les preguntara. Este lo notó y les habló, aunque no como esperaban.

- ¿No la escucharon, qué coño les pasa? ¿Ustedes también son del grupito de comemierdas que están haciendo campañita con el sargento, Evelio cabrera para que la retiren de investigación por ser mujer?... ¡No me jodan que en la Sierra, Celia y sus Marianas tenían más cojones que ustedes y muchos hombres más! Así que respóndanle.

Conocían bien a Marcial, y de Manso no tenía nada cuando exponía sus razones. Abrumados por la impotencia, confusión y vergüenza volvieron a voltearse hacia ella, que aunque no se acostumbraba a ser objeto de burlas, chismes y repudio por algunos mal llamados compañeros se limpiaba sus partes más íntimas con todo ello.

-Sí, suboficial, es allá dentro... el forense ya está en la casa -alegó el más obeso de los dos. Ella por respuesta les ordenó que mantuvieran la entrada libre de curiosos. Ahora el más delgado, dándole una palmada en el hombro a su compañero instó-. Vamos a encargarnos de despejar a los chismosos aquellos.

Cruzaron la gran puerta del edificio. Marcial solo dio dos pasos y se detuvo escudriñando el interior del inmueble. Abajo y a sus costados apreció cuatro puertas cerradas, tal vez sus moradores se mantenían dentro por orden de los agentes. El pasillo era amplio y desde él se podía observar en la parte superior solo una baranda a la derecha donde debían haber por lo menos una o dos viviendas más.

Antes de entrar a la única casa que mantenía la puerta abierta, detuvo a Elena con un gesto de la mano y cerró los ojos buscando como siempre aclimatar sus sentidos para lo que estaba por presenciar, ya dentro vieron al forense que había concluido con su primera inspección.

- ¡Contra, aquí hay olor a alcohol por todos lados! -exclamó Elena nada más detenerse y tocó a su compañero en el hombro-. Te ganaron, papito, ya el tuyo no me es tan desagradable.

Marcial observó lentamente la habitación, detalles a simple vista le revelaron que estaba en la casa de alguien dedicado al corte y costura: una máquina de coser marca Singer, cajas con carretes de hilos de todos los colores, perchas con decenas de prendas que colgaban, otras diseminadas por el suelo, terminadas o a medio acabar, cestos con retazos y dos rollos de telas de corduroy, acomodados verticalmente contra una pared, en fin, casi todo lo que parecía ser un compendio de lo necesario para ejercer esa labor.

- ¡Coño, bárbaro, como se demoraron! -se quejó el único compañero que aguardaba por ellos.

Más calmado, saludó a Elena y tras reparar en Marcial alegó-. El mayor, cansado de esperar por ustedes, se llevó a todo el mundo, y me dijo que te encargaras del muertecito... Y tú por lo que veo debes andar con el mismo calzoncillo de ayer.

Ella rió en voz baja y argumentó:

-Te lo dije, necesitas una mujer, pero ya. Y por cierto que sea la última vez que intercedas en algo cómo lo que sucedió allá afuera. No son malos policías, solo que presumen de machismo y de vez en cuando tengo que ponerlos en su lugar.

-Lo sé. Es que no puedo evitar reprender a estúpidos como ellos -contestó concentrándose en lo dicho por el forense.

Sonriente bajó la mirada meditando si el compañero y amigo tenía razón, y no, no la tenía ya que se había cambiado la prenda íntima, aunque la camiseta y el par de medias también eran los mismos, y movió la cabeza al pensar que todo aquello era culpa de solo pensar en Milagros de la Caridad.

-No, el calzoncillo de ayer lo dejé olvidado en casa de tu hermana -jaraneó dándole una suave cachetada mientras le guiñaba un ojo, y acto seguido giró hacia el inerte cuerpo.

Ante sí tenía sentado a un hombre de aproximadamente unos cincuenta años o poco más, mestizo de baja estatura, calvo, rollizo, con la cabeza inclinada hacia detrás, en el cráneo se apreciaba una gran herida, la sangre había dejado un rastro hasta debajo de las perchas donde posiblemente recibiera el contundente golpe. También mostraba a plenitud decenas de agujas y alfileres incrustados por todo su rostro. Brazos y piernas estaban atados a la silla.

- ¿Qué demonios es eso, algún ritual? -preguntó Elena, inclinándose más sobre el muerto.

-No, Elena, no es un ritual -le contestó el de bata blanca y gruesos lentes.

Marcial les hizo un gesto para que lo dejaran concentrarse y seguir observando. Se inclinó hasta casi rozar a la víctima, dio pasos cortos a su alrededor, abrió las cuatro gavetas del mueble para comprobar su interior, recorrió toda la vivienda, se agachó en varias ocasiones hasta sentirse satisfecho y comunicárselo a su compañera quien generalmente hacia las primeras preguntas, dejándolo a él cavilar.

- ¿Alguien entró a la casa o tocó algo antes de que llegaras? -preguntó ella.

-La vecina que descubrió lo sucedido dejó a su marido a cargo en la puerta para que nadie ingresara, cuando llegó la policía este se marchó para el trabajo.

- ¿Dónde se encuentra esa vecina? ¿Le tomaron declaración? -volvió a preguntar.

-Sí, ya uno de los peritos que se marcharon le tomó declaración junto con el resto de los vecinos que están presentes... tengo entendido que de los que habitan el edificio solo uno salió a pescar antier y no ha regresado. Ella en estos momentos está en la bodega que hay en la esquina, es la administradora.

«Otro suertudo más que podrá comer pescado. Bueno, bastante trabajo pasan para cogerlo», pensó Marcial recordando las dos lanchas que vio al amanecer.

-Marcial, me encamino hacia allá. Volveré a entrevistarla, a lo mejor recuerda algún detalle más que podría haber pasado por alto.

-Sí, flaca, ahora debe estar más calmada y ser de más ayuda -contestó aprobando la iniciativa.

El forense esperó a verla salir por la puerta del edificio para comentarle a Marcial:

- ¿Sabes? Todavía algunos en la estación se preguntan, y critican porqué haberla elegido como compañera de investigación. Otros murmuran que utilizaste tu influencia con el mayor para que te la asignara porque te gusta y sabes que de flaca no tiene nada... claro yo no me incluyo entre ellos te conozco bien y sé que no eres como otros, y te confieso que también me ha picado el bichito de la curiosidad.

-Negro, Esa mujer tiene más actitudes para este trabajo que muchos policías que conozco. Coño, compadre, el gobierno lleva años intentando acabar con todos esos problemas y todavía hay quien no entiende que las mujeres tienen tanto derecho como nosotros. Además, no confío en mucha gente. Yo sé a quién escojo para que esté a mi lado -alegó con evidente convicción.

-Espero que así sea... porque ya una vez te equivocaste, bárbaro.

Inconscientemente asienta con un movimiento de cabeza a la par de agacharse y recoger un botón del piso, lo observó por varios segundos comparándolo con el color del carrete puesto en la máquina y lo guardó en el bolsillo de la camisa.

- ¿Tienes algún botón en falta que veo cogiste ese del piso?... Esas cajas están llenas de ellos, a lo mejor alguno coincide con el que necesitas. De todos modos éste pobre hombre ya no los utilizará más -argumento Agustín.

-Me llamó la atención. ¿Sabes si alguno de los compañeros se llevó algo de la escena para analizarlo más profundamente? -preguntó cambiando de tema.

-No, todo está tal y como lo preservó el marido de la bodeguera. Ni ella ni él se atrevieron a pasar de la puerta.

-Dime mi hermano, ¿a qué conclusión llegaste? -preguntó Marcial dirigiéndose a las ropas que colgaban para estudiarlas detenidamente-. Habla, te escucho.

Agustín terminó de cerrar su maletín, encendió un cigarro y respondió:

-Marcial, todo indica que quien lo atormentó clavándole esos alfileres, buscaba alguna información en poder de la víctima. Lo que no podría decirte es si la consiguió.

-Entonces el asesino lo conocía y... -fue interrumpido por el experto.

-No sabría decirte si tenían relación previa, y no buscamos a un asesino directamente, aunque sí a un homicida involuntario. Claro que para mí uno es tan culpable como el otro -argumentó quitándose los guantes de látex.

-Algo no me encajaba en este asunto: No hay sangre suficiente como para que muriera desangrado. A mi modo de ver lo golpearon en la cabeza con una de las dos botellas cuando por algún motivo le dio la espalda al agresor allí bajo las perchas; después este le arrastró y amarró a la silla donde comenzó a torturarlo. Otra cosa que me choca son esas dos botellas de aguardiente, percibí que la víctima no tenía olor a ello en la boca, y eso deja un aliento a reverbero de madre que no se quita en horas. Una botella está deshecha por el golpe, y la otra parece que la vertieron a propósito en el piso, justo en la puerta.

- ¡A veces no sé ni para qué carajo el mayor me envía cuando estás en el caso! Debiera esperar el cuerpo en la morgue y ya -exclamó el forense antes de prender otro cigarro.

-Porque no tengo todas las respuestas, negrón, solo escucho lo que la escena me dice y en lo otro entras tú -contestó dándole una palmada en el hombro-. Vamos, argumenta, que sé que estás loco por lucirte. Qué carajo le pasó. Explícate mi hermano.

El otro sonrió y saboreó el cigarro dándole una larga succión; solía hacerlo para darle más dramatismo a sus conclusiones.

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