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Chef de Corazones Rotos: La Receta de la Venganza

Chef de Corazones Rotos: La Receta de la Venganza

Autor: : Bucky Allain
Género: Romance
Para apoyar la carrera culinaria de mi novio, Patrick, mantuve en secreto mi verdadera identidad como heredera e invertí todo en su restaurante. Pero cuando una supuesta "rival" fingió un pánico en la cocina, ¡él me abandonó en medio del servicio! Patrick me dejó sola, quemada y humillada, mientras consolaba a esa mujer que acababa de arruinar una salsa madre. No solo me desechó por ella, sino que la llevó a nuestra hermosa hacienda y despreció mi dolor, tildándome de celosa. ¡Para Patrick, mi sufrimiento no era nada comparado con una pequeña molestia para su nueva "musas"! ¿Cómo pudo ser tan ciego para no ver la manipulación descarada que Yolanda ejercía sobre él? La escena en que Yolanda se presentó en la gala de mi familia con mi vestido y las joyas robadas fue la gota que derramó el vaso. Fui acusada de ladrona y expulsada de mi propia casa, mientras él se regodeaba en mi humillación pública, llamando a la seguridad contra mí. Fui testigo de cómo el hombre al que amaba se convertía en un desconocido egoísta. Pero no sabían que yo, Lina Dawson, dueña de la celebración, había preparado una revelación para exponer la verdad.

Introducción

Para apoyar la carrera culinaria de mi novio, Patrick, mantuve en secreto mi verdadera identidad como heredera e invertí todo en su restaurante.

Pero cuando una supuesta "rival" fingió un pánico en la cocina, ¡él me abandonó en medio del servicio!

Patrick me dejó sola, quemada y humillada, mientras consolaba a esa mujer que acababa de arruinar una salsa madre.

No solo me desechó por ella, sino que la llevó a nuestra hermosa hacienda y despreció mi dolor, tildándome de celosa.

¡Para Patrick, mi sufrimiento no era nada comparado con una pequeña molestia para su nueva "musas"!

¿Cómo pudo ser tan ciego para no ver la manipulación descarada que Yolanda ejercía sobre él?

La escena en que Yolanda se presentó en la gala de mi familia con mi vestido y las joyas robadas fue la gota que derramó el vaso.

Fui acusada de ladrona y expulsada de mi propia casa, mientras él se regodeaba en mi humillación pública, llamando a la seguridad contra mí.

Fui testigo de cómo el hombre al que amaba se convertía en un desconocido egoísta.

Pero no sabían que yo, Lina Dawson, dueña de la celebración, había preparado una revelación para exponer la verdad.

Capítulo 1

El calor de los fogones era insoportable, un infierno que me quemaba la piel y me secaba la garganta. El caos del servicio de cena rugía a mi alrededor, pero yo solo podía ver a Patrick, mi novio, dándome la espalda.

"¡Patrick, por favor, no te vayas!", le supliqué, con la voz rota. "No puedes dejarme sola ahora."

Él se giró, su rostro normalmente carismático ahora era una máscara de impaciencia y furia. Sus ojos no me veían a mí, veían a través de mí, hacia la puerta por donde Yolanda acababa de huir llorando.

"Ella me sacó de la miseria, Lina. No seas dramática. Es solo una cena, puedo manejarlo a mi regreso."

Sus palabras me golpearon con la fuerza de una bofetada. Yolanda, la manipuladora hija de la antigua ama de llaves de mi familia, había fingido un ataque de pánico después de que le señalé que estaba a punto de arruinar una salsa madre. Y Patrick, mi Patrick, se lo había tragado todo.

"¡La que te ayudó fui yo!", grité, con la desesperación arañando mi garganta. "¡Yo fui tu benefactora secreta!"

Él soltó una carcajada amarga, un sonido que hizo eco en la cocina caliente y ruidosa.

"¿Tú? Una simple ayudante sin familia ni conexiones. No inventes historias, Lina."

Se dio la vuelta y se fue, dejándome sola con el corazón hecho pedazos y el calor asfixiante oprimiéndome el pecho. El estrés, el dolor y la temperatura extrema se unieron en un golpe brutal. El mundo se volvió negro. Lo último que sentí fue un dolor agudo y abrasador en mi brazo.

Desperté en una habitación blanca y estéril. El olor a antiséptico llenaba el aire. Estaba en una clínica privada, sola. Una venda gruesa cubría mi brazo desde la muñeca hasta el codo. La quemadura por el caramelo hirviendo era grave.

Patrick apareció horas después. No había preocupación en sus ojos, solo un cálculo frío.

"Lina, lo siento", dijo, pero sus palabras sonaban huecas. "Espero que esto no se filtre a la prensa. Podría dañar la reputación del restaurante y las oportunidades de Yolanda para el concurso."

Su verdadera preocupación no era mi brazo quemado, ni el hecho de que casi muero. Era Yolanda. Siempre era Yolanda.

"Para compensarte, te he comprado un viaje a la Riviera Maya", añadió, como si unas vacaciones pudieran borrar su abandono y mi dolor.

Lo miré, y por primera vez, vi la verdad con una claridad devastadora. El hombre que amaba, el hombre por el que había ocultado mi identidad y mi fortuna, no existía. En su lugar había un extraño egoísta y cruel.

"Se acabó, Patrick", dije, con una voz que no reconocí como la mía, fría y firme. "No quiero tu viaje. No te quiero a ti. Un hombre que me deja en peligro por otra mujer no me merece."

Volví a la hermosa hacienda en Tlaquepaque que habíamos llamado nuestro hogar. El aire olía a jazmín y a mentiras. Encontré a Patrick llevando a Yolanda a nuestra habitación, la habitación principal.

"La casa de Yolanda tiene una plaga de alacranes", me dijo, sin mirarme a los ojos. "Sé comprensiva, Lina."

Comprensiva. Quería reír, o gritar, o romper algo. En lugar de eso, me encerré en la habitación de invitados, con el cuerpo ardiendo por la fiebre de la infección de mi quemadura.

Esa noche, a través de la puerta, escuché su voz, un susurro íntimo que destrozó los últimos fragmentos de mi corazón.

"Te amo a ti, Yolanda, te amo con locura. Si tan solo te hubiera conocido antes..."

El dolor fue tan agudo que me quedé sin aliento. Lloré en silencio, ahogando mis sollozos en la almohada, hasta que no me quedaron más lágrimas.

A la mañana siguiente, los vi en el patio. Él le servía chilaquiles, mi plato favorito, sonriéndole como solía sonreírme a mí.

En ese momento, todo el amor que sentía por él se convirtió en cenizas. Saqué mi teléfono y marqué el número de la abogada de mi familia.

"Mariana", dije, con la voz firme. "Prepara los papeles del divorcio."

Capítulo 2

Yolanda se movía por la hacienda como si fuera la dueña, tocando mis cosas, usando mis perfumes. La observé desde la puerta de la cocina, una espectadora silenciosa en mi propia casa. Patrick estaba a su lado, sonriendo, ajeno a mi presencia o, peor aún, ignorándola deliberadamente.

"Patrick, ¿puedo usar tu estudio para una videollamada? Necesito un fondo impresionante para hablar con un patrocinador", dijo Yolanda, con una voz melosa que me revolvió el estómago.

"Claro, cariño. Lo que necesites", respondió él, dándole un beso en la frente.

No dije nada. No tenía sentido. Me di la vuelta y subí a la habitación de invitados, el único espacio que todavía sentía como mío. Mi indiferencia pareció desconcertarlo más que cualquier arrebato de ira. Vi un destello de confusión en sus ojos antes de que se volviera hacia Yolanda.

"Tengo que irme, pero volveré pronto", le dijo a ella, su voz llena de una ternura que una vez fue para mí. "Luego hablaré con Lina. Necesita entender la situación."

Me encerré en la habitación. La fiebre subía y bajaba en oleadas, dejándome débil y temblorosa. Me sentía atrapada en una pesadilla, sola en mi sufrimiento mientras él vivía su nueva historia de amor bajo mi propio techo.

Más tarde, el dolor en mi brazo se intensificó. Necesitaba analgésicos, pero la cabeza me daba vueltas. Me arrastré fuera de la habitación, apoyándome en las paredes frías. La casa estaba en silencio. Patrick se había ido.

Justo cuando llegué a la parte superior de las escaleras, escuché sus voces desde el estudio de abajo. La puerta estaba entreabierta.

"Ojalá te hubiera conocido antes, Yolanda", decía Patrick. "Mi vida habría sido muy diferente. Contigo, todo parece posible."

"Shhh", susurró ella. "No pienses en eso ahora. Estamos juntos, eso es lo que importa."

Cada palabra era un golpe. Me aferré a la barandilla, sintiendo que el suelo se hundía bajo mis pies. El dolor de mi brazo era nada comparado con el dolor que desgarraba mi pecho.

A la mañana siguiente, la escena en el patio fue la confirmación final. Los chilaquiles. El plato que le enseñé a preparar, el que me hacía en las mañanas especiales. Ahora se lo servía a ella, en mi vajilla, en mi casa. Era un ritual íntimo, robado y profanado.

Yolanda levantó la vista y me vio. Una sonrisa triunfante se dibujó en sus labios. Se inclinó hacia adelante, dejando al descubierto una marca roja en su cuello, un chupetón descarado y vulgar. Quería que lo viera. Quería que supiera que había ocupado mi lugar en todos los sentidos.

Sentí una oleada de náuseas.

Patrick se levantó para irse al restaurante. Se despidió de ella con un beso largo y apasionado, justo delante de mí. No me dirigió ni una mirada. Era como si yo fuera un fantasma, invisible.

Cuando la puerta se cerró, comencé a trabajar. Fui a nuestra habitación, la que ahora olía a ella, y empecé a empacar mis cosas. Ropa, libros, recuerdos. Cada objeto era un recordatorio de una vida que ya no existía.

Mi teléfono vibró. Era un mensaje de Patrick.

"Cancelamos la cena con los inversores esta noche. Yolanda no se siente bien, necesita que la cuide. Lo reprogramaremos."

Leí el mensaje y una risa seca escapó de mis labios. Por supuesto. Todo por Yolanda. Mi decisión era más firme que nunca. Empecé a sacar mis maletas, preparándome para borrar cada rastro de mi existencia de esa casa y de su vida.

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