Ella observa con tristeza y alegría la casa donde alguna vez creyó ser feliz. Así había sido, todo había sido un cuento de hadas, al principio, claro; porque después había sido una película de horror.
Por suerte, todo aquello no era más que un horrible sueño del que había despertado, ahora sólo tenía que aprender a vivir, de nuevo, y para esto, ella debía comenzar en otro lugar, y así lo haría.
- Todo listo señorita –dijo el hombre mayor. Ella vuelve la cabeza para verlo parado junto a la puerta trasera, abriéndola para ella.
- Gracias –dice subiendo al taxi con la ayuda del caballero, él cierra la puerta y camina hacia la puerta del piloto.
El hombre comienza a conducir, debe llevarla hasta el aeropuerto, de ahí a Cambridge, donde sería su nuevo hogar permanente.
***
- Estoy harto de esto –dice él observando a su madre salir de aquella habitación.
- No pasa nada cariño, sabes que así como viene se va –dice ella como si nada hubiese pasado.
- No me importa si es mi padre, me gustaría matarlo con mis propias manos –aprieta los puños conteniendo lo más que puede la ira.
- Cariño, está bien si te enfadas, pero no digas esas cosas horribles –se acerca y toma suave sus brazos–. Sé que tu padre no es la mejor persona del mundo, ni el mejor padre, pero hay algo por lo que le estaré agradecida por siempre –dice cogiendo su mano entre las suyas–, tú, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, y sin él, no sería posible.
- Tengo que irme, te veo después mamá –dice antes de darle un beso en la mejilla a modo de despedida.
Había salido rápido de ahí, no soportaba la situación a la que su padre había sometido a su madre, de verdad deseaba que ese bastardo estuviera muerto, igual que todos, los que eran como él.
Miraba los departamentos mientras el amable caballero bajaba sus maletas, eran pequeños, pero se veían acogedores, como un complejo lleno de familias, nada más tranquilo que eso.
- Que tenga un buen día señorita –le sonríe, ella asiente y le paga antes de comenzar a caminar hacia el interior, abre las puertas y sin saber cómo, siente como choca contra alguien.
- Lo siento –había escuchado un suave plam de sus maletas cayendo, además de eso, unos fuertes brazos habían impedido que cayera.
- La culpa es mía, iba demasiado rápido –responde una profunda y fría voz, al volver la vista, podía notar lo hermoso que era, parecía hipnótico verle. Se sonroja al darse cuenta.
- Gracias –se aleja con cuidado y comienza a levantar sus maletas, el chico se agacha para ayudarle–, no es necesario –dice apenada cuando ve que las carga.
- Es lo menos que puedo hacer, ¿a qué piso te mudas? –le mira con seriedad, «seguro sería súper guapo si sonriera».
- Al tercer piso, departamento 312 –dice aferrándose a la correa de su mochila, era más cómodo que una bolsa de mano.
- Vamos, te ayudo –tras decir aquello, se gira y camina al elevador, comienza a correr para alcanzarle, el hombre debía medir un metro ochenta y algo, contra su metro cincuenta y cinco, no había mucho que hacer.
- Gracias –dice una vez dentro del elevador, se sentía nerviosa, no sabía si por el guapo desconocido, porque le ayudaba o porque mantenía un silencio sepulcral.
- No hay de qué –dice con voz fría, podía estar molesto pero la pobre chica no tenía la culpa, su madre le había enseñado modales.
Sale en cuanto las puertas se abren, de reojo mira a la chica casi correr para alcanzarle, ahora podía ver lo pequeña que era, era gracioso verla andar.
- Puedes dejarlas aquí, yo me encargo, muchas gracias –de manera torpe buscaba las llaves, su mano temblaba mientras colocaba la llave y abría la puerta, sin pedir permiso entra dejando las maletas en la sala–. Gracias –dice tras entrar, se veía nerviosa.
- De nada, bienvenida –dice antes de salir, suspira y sube a su piso, no le gustaba pelear con su madre, menos por el idiota de su padre.
Comienza a guardar el contenido de la maleta, el lugar era pequeño pero acogedor, tenía dos habitaciones, quizás Ally pudiera venir a visitarla, cuando todo estuviese en calma.
Ahora, debía salir a comprar un poco de comida y hacer un pequeño recorrido, no quería llegar tarde mañana a su primer día de trabajo en la inmobiliaria. Había tanto que agradecerle a Ally, la casa, el trabajo, su libertad, sin ella, quizás ahora estaría muerta, ni siquiera sabía cómo no había muerto hasta ahora, ¿qué la motivaba a vivir?
No lo sabía, creía que había algo más, algo especial esperando por ella, y bueno, una vez había escuchado que el final, era sólo el principio, y ahora lo creía, ese final era el inicio de una nueva y tranquila vida.
Había despertado temprano, había sido una buena idea hacer compras el domingo, así no tendría que preocuparse por lo que debía desayunar o comer en el almuerzo.
Tras preparar un rápido almuerzo, bañarse y colocarse un traje sastre, salió tras asegurarse de cerrar todo.
Tras salir del edificio, comienza a caminar, no estaba lejos de ahí su nuevo empleo, era algo bueno, no se podía dar el lujo de gastar en taxis, al menos, hasta que pudiera costearse un automóvil propio o en todo caso, una bicicleta.
La inmobiliaria era antigua, según le habían dicho, era la tercera generación en el negocio, algo de sorprenderse, no siempre los hijos querían trabajar en lo mismo que sus padres, para ejemplo, el de ella. Había querido ser chef en lugar de contadora, quizás por eso es que él había sido su tabla salvavidas, salvo que estaba roto, pero en fin.
- Circe Price, ¿verdad? –dice suave una mujer de no más de cuarenta años; ella asiente– querida, pasa, te estaba esperando, Ally me hablo mucho de ti, ella es tan encantadora, ¿no lo crees? –comentaba emocionada, sin poderlo evitar, sonríe de acuerdo.
Parte de la mañana la pasó aprendiendo sobre la parte técnica, también recibió consejos para conseguir cerrar las ventas, era interesante, si bien no era para lo que había estudiado, debía adaptarse.
A la hora de la comida, le habían dicho que podía ir a su casa si quería, eso le había alegrado, mañana sin duda lo haría, hoy ya traía su almuerzo, así que comería en algún parque cercano, quería disfrutar la paz y la tranquilidad.
Se había sentado bajo la sombra de un árbol, suspira antes de comenzar a comer un sencillo emparedado de pollo. Tras terminar, decide leer mientras come un poco de fruta, la historia era de suspenso y misterio, Pretend you don't see her de Mary Higgins Clark la había atrapado desde el primer momento, por eso sufría cada que tenía que detenerse, no dejaba de pensar en que ocurriría en el siguiente capítulo, o si peor le iba, en el siguiente párrafo.
Guarda las cosas en la pequeña mochila, se la echa al hombro y comienza a correr, no quería llegar tarde y dar una mala impresión.
- Gracias por la ayuda chico –dice el hombre de mediana edad, en realidad no necesitaba trabajar, su padre le daba considerables cantidades de dinero, uno que él no tocaba, prefería hacer pequeños trabajos y así tener dinero.
- Lo siento –dice una muy conocida voz, había pasado demasiado rápido, apenas le había dado tiempo de reaccionar y apartar las cajas de su camino, escucha al hombre reír.
- Es bueno ver a la juventud con tanta energía –dice cepillando su barba.
- Creo que se le hace tarde –dice tras verla girar en la esquina, si no tuviera los reflejos que tenía, seguro se habría estampado contra las cajas.
- Si no tuviera energía, no correría de esa manera –dice palmeando su hombro, deja las cajas con cuidado cerca de la entrada.
- Debo irme, me toca turno en el bar –le sonríe al hombre, a él le ayudaba sin esperar un pago.
- Que te vaya bien muchacho –le sonríe antes de entrar. Comienza a caminar al bar dónde trabajaba de barman, le gustaba mezclar y crear, más que infligir miedo a los otros, pero lo hacía obligado, si no, las consecuencias las pagaría su madre, y ya era suficiente con el abuso.
- ¿Volviste a discutir con tu tía? –pregunta su jefe, para todos ahí, ella era su tía, la cual se había hecho cargo de él desde adolescente tras la muerte de su madre, una mujer que tendría unos 40 años, a diferencia de los 25 que tenía Sarah.
- No, sólo me aburro, lo normal –se encoge de hombros comenzando a limpiar su lugar de trabajo.
- No seas tan duro con ella –le sonríe, sabía que le interesaba su madre, era uno de sus muchos admiradores, sin embargo, su madre estaba atada a su padre hasta el día de su muerte.
- A veces me pregunto para que abro toda la semana –dice viendo el bar, había 2 o 3 personas.
- Si lo hicieras cafetería u otra cosa parecida, seguro vendría más gente –se encoge de hombros, le gustaba tomarle el pelo, sabía que para eso tendría que cocinar o encontrar un cocinero, y no quería pelearse con él por hacer lo que se le viniera en gana, como había dicho una vez.
La tarde paso tranquila, algunos venían, se tomaban 1 o 2 copas y luego se iban, un gran alboroto en la puerta llama su atención, eran los empleados de bienes raíces, una de las chicas agitaba de los hombros a su vecina, esta parecía incómoda, además, la escena era muy graciosa, todos ellos le sacaban al menos 15 o 20 centímetros, así que era fácil que no se viera.
- Deim, una ronda de tequilas para todos –grita el jefe, siempre era así de animado, incluso parecía que era otro empleado más–, vamos a festejar la primera venta de la novata –todos ríen y asienten emocionados, excepto ella, que parece incómoda con la atención.
- Jamás había visto una venta tan rápida –dice su socia, que también era su prometida.
- Él estaba muy interesado, ya la había visto y sólo basto decirle un poco de información para que aceptara –dice ella en voz baja, había servido 8 caballitos, me acerco con la bandeja en mano y los coloco con cuidado, así como limones y sal. Ella alza la vista y conecta con la mía por unos segundos, hasta que la aparta avergonzada.
- Eres tan modesta, todos habíamos intentando venderle esa propiedad tras decir que le gustaba, pero no quiso con nadie, ni siquiera con nuestro jefe, y vienes tú y sin más te dice que sí, es muy raro –dice pensativa.
- Quizás es el encanto americano –dice uno de los chicos.
- O también, que Circe es tan mona que él quedo encantado –dice otro, ella se remueve incómoda, podía notarse a leguas que prefería estar en otro lado, menos aquí.
- Quizás sólo fue suerte –dice bajo encogiéndose de hombros, todos ríen y niegan antes de tomarse su caballito, excepto ella.
- ¿No te gusta el tequila?, puedes pedir otra cosa –dice Ellen, la prometida de Marcus.
- No tomo alcohol –dice apenada, me había acercado para servirles otra ronda–, disculpa, ¿te puedo pedir una piña colada sin alcohol? –dice con timidez, parecía un cachorrito asustado.
- Enseguida te la traigo –digo en tono amable, ella asiente, todos parecían entretenidos en sus móviles, pero ella jugaba con la correa de su mochila, era raro que alguien tan joven no estuviese pegada a esos aparatos.
- ¿Qué te trajo tan lejos? –pregunta uno de los chicos, todos voltean a verla.
- Pues quise cambiar de aires, siempre me ha parecido encantador Cambridge, así que me dije, ¿por qué no?, y bueno, aquí estoy –sonríe con timidez, le daba vergüenza contar la verdadera razón, seguro pensarían que era una tonta por quedarse tanto tiempo al lado de un hombre tan miserable como su exesposo.
- No pareces del tipo aventurera, seguro que guardas más trucos bajo la manga –dice su jefe riendo.
- Aquí tienes –dice él dejando la piña colada junto con los caballitos.
- Gracias –dice bajo, mira a todos tomarlo de un jalón, ella toma con calma su bebida, conforme pasaban los minutos, ella comenzaba a relajarse, de vez en cuando la pillaba mirándole, y a veces se encontraba mirándola.