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Cicatrices Que Hablan: Amor Renacido

Cicatrices Que Hablan: Amor Renacido

Autor: : Cun Li De Wa
Género: Romance
Un año después del accidente que me dejó con una pierna destrozada, creí que finalmente me recuperaba. Había sacrificado mi cuerpo, y mi pasión por la danza, para salvar la vida de mi prometido, Mateo. Él me susurraba en el hospital que era su heroína, que me amaría por siempre, que mis cicatrices no significaban nada. ¡Ingenua de mí! Hoy, en la que se suponía sería nuestra fiesta de compromiso, descubrí la verdad más brutal que cualquier hueso roto: Mateo se acostaba con mi prima Elena. Los encontré en nuestra futura casa, riéndose de mi sacrificio, de mis "estúpidas" cicatrices, de mi "patética" devoción. Escuché a Mateo confesar que me drogaba con "calmantes" para mantenerme dócil y confundida, y que Elena ¡estaba embarazada! Su plan era casarse conmigo por la fortuna de mi padre, Don Fernando Romero, y luego deshacerse de mí. Todo fue una farsa, una cruel manipulación que me dejó vacía. Pero en ese momento, el dolor se transformó en una rabia helada que me dio una claridad aterradora. No iba a ser su escalón, ni su tonta "coja". Con el corazón destrozado y la mente fría, hice lo único que podía hacer. Llamé al hermano de Mateo, Ricardo Vargas, el verdadero poder de la familia, el hombre que siempre me había mirado con una extraña admiración. "Cásate conmigo", le exigí, sabiendo que acababa de firmar mi venganza. Esta noche, Mateo perdería todo.

Introducción

Un año después del accidente que me dejó con una pierna destrozada, creí que finalmente me recuperaba.

Había sacrificado mi cuerpo, y mi pasión por la danza, para salvar la vida de mi prometido, Mateo.

Él me susurraba en el hospital que era su heroína, que me amaría por siempre, que mis cicatrices no significaban nada.

¡Ingenua de mí!

Hoy, en la que se suponía sería nuestra fiesta de compromiso, descubrí la verdad más brutal que cualquier hueso roto: Mateo se acostaba con mi prima Elena.

Los encontré en nuestra futura casa, riéndose de mi sacrificio, de mis "estúpidas" cicatrices, de mi "patética" devoción.

Escuché a Mateo confesar que me drogaba con "calmantes" para mantenerme dócil y confundida, y que Elena ¡estaba embarazada!

Su plan era casarse conmigo por la fortuna de mi padre, Don Fernando Romero, y luego deshacerse de mí.

Todo fue una farsa, una cruel manipulación que me dejó vacía.

Pero en ese momento, el dolor se transformó en una rabia helada que me dio una claridad aterradora.

No iba a ser su escalón, ni su tonta "coja".

Con el corazón destrozado y la mente fría, hice lo único que podía hacer.

Llamé al hermano de Mateo, Ricardo Vargas, el verdadero poder de la familia, el hombre que siempre me había mirado con una extraña admiración.

"Cásate conmigo", le exigí, sabiendo que acababa de firmar mi venganza.

Esta noche, Mateo perdería todo.

Capítulo 1

Un año.

Había pasado un año desde el accidente, un año desde que el chirrido de los neumáticos y el olor a metal retorcido se convirtieron en la banda sonora de mis pesadillas.

Lo recordaba todo con una claridad que me helaba los huesos.

La lluvia torrencial, la carretera resbaladiza, el tráiler que apareció de la nada.

Mateo, mi prometido, estaba al volante, paralizado por el pánico.

No pensó, no reaccionó.

Pero yo sí.

Con un movimiento que no supe de dónde saqué, empujé su cuerpo hacia el asiento del copiloto, justo un segundo antes de que el impacto principal destrozara el lado del conductor.

Mi pierna quedó atrapada, aplastada. El dolor fue una explosión blanca y cegadora.

Los médicos dijeron que fue un milagro que no la perdiera.

Mateo salió con apenas unos rasguños.

"Sofía, eres mi heroína", me susurraba en el hospital, con los ojos llenos de lágrimas falsas. "Te debo la vida. Jamás te dejaré, te lo juro. Esas cicatrices no significan nada para mí, solo me recuerdan lo valiente que eres".

Creí cada una de sus palabras.

Hoy, después de meses de dolorosa rehabilitación, por fin me sentía un poco más yo misma.

Dejé las muletas en la entrada de mi casa y caminé con una leve cojera, un recordatorio permanente de mi sacrificio.

Mi pasión, la danza folclórica, se había convertido en un recuerdo agridulce. Ya no podía girar ni saltar como antes, el dolor era una barrera constante.

Pero tenía a Mateo.

Y esta noche era nuestra fiesta de compromiso oficial, en la casa que estábamos construyendo juntos.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras conducía hacia allá. Imaginaba su cara de sorpresa al verme caminar sin ayuda. Quería que fuera una sorpresa.

Estacioné mi coche a una cuadra de distancia y caminé, saboreando la anticipación.

La casa estaba casi terminada, un nido de amor que habíamos soñado durante años.

Pero al acercarme, escuché voces dentro.

No solo la de Mateo.

Otra voz. Una voz femenina, familiar y empalagosa.

Mi prima, Elena.

Me detuve en seco, el corazón empezando a latir con una fuerza desagradable. ¿Qué hacía ella aquí? Se suponía que llegaría más tarde con mis tíos.

Me acerqué a la ventana del que sería nuestro futuro dormitorio, la cual estaba ligeramente abierta. El miedo se enroscaba en mi estómago.

Y entonces los vi.

Elena estaba sentada en el regazo de Mateo, solo en ropa interior, rodeando su cuello con los brazos mientras lo besaba con una ferocidad que me revolvió el estómago.

Estaban en el suelo, sobre unos cojines que yo misma había elegido.

En nuestra casa.

En nuestro futuro nido.

El aire se escapó de mis pulmones. Mis rodillas amenazaron con ceder. Me apoyé contra la pared fría, la piedra áspera raspando mi piel, pero no sentí nada.

Solo un vacío helado que se expandía en mi pecho.

"¿Estás seguro de que la coja no sospecha nada?", escuché la voz de Elena, llena de veneno.

"Coja".

La palabra me golpeó con la fuerza de un puñetazo.

"Tranquila, mi amor", respondió Mateo, su voz era una caricia que nunca más sería para mí. "Sofía es tan ingenua. Cree que soy el hombre perfecto, el que la cuida. No tiene idea de nada".

Sus risas se mezclaron, un sonido horrible y cruel.

"Además", continuó Mateo, "sigue tomando los calmantes que le doy. Eso la mantiene dócil y un poco confundida. Es más fácil de manejar así".

Sentí que iba a vomitar. Los calmantes. Los que él insistía en que tomara cada noche "para el dolor".

"¿Y qué hay del bebé?", preguntó Elena, y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Bebé.

"Nadie lo sabe aún. Cuando nos casemos, diremos que fue una sorpresa de la noche de bodas", dijo Mateo con una ligereza que me partió el alma.

"¿Y qué pasa con sus cicatrices? ¿De verdad puedes soportar ver esa pierna horrible todas las noches?", se burló Elena.

Hubo una pausa. Y entonces llegó el golpe de gracia, la frase que destrozó el último fragmento de mi corazón.

"Cada vez que la veo", dijo Mateo con un tono de profundo desprecio, "solo pienso en lo estúpido que fue su sacrificio. ¿Arruinar su cuerpo y su estúpido baile por mí? Qué patético. Pero gracias a eso, su padre, Don Fernando, me ve como un yerno modelo. Una vez que me case con ella y tenga acceso a la fortuna de los Romero, tú y yo tendremos todo lo que queramos. La dejaré con su pierna rota y sus sueños rotos".

El mundo se volvió silencioso.

El dolor de la traición era mil veces peor que cualquier dolor físico que hubiera sentido.

No era solo el engaño. Era la burla. El desprecio a mi sacrificio, a mi pasión, a mi amor.

Me habían convertido en un escalón, en una herramienta.

Las lágrimas que pensé que caerían se congelaron en mis ojos. En su lugar, una rabia fría y cortante me inundó.

No.

No iba a ser su escalón.

No iba a ser su tonta coja.

Saqué mi teléfono, mis dedos temblaban pero mi mente estaba clara como el cristal.

Busqué el contacto.

Ricardo Vargas.

El hermano mayor de Mateo. Un hombre serio, respetado, un empresario que siempre me había tratado con una amabilidad silenciosa y distante. Un hombre que, a diferencia de su hermano, había construido su propio imperio sin depender de nadie.

Siempre había sentido su mirada sobre mí, una mirada de admiración que nunca entendí del todo. Siempre me apoyó en mis competencias de danza, enviando flores anónimamente. Lo supe porque reconocí el logo de su empresa en la pequeña tarjeta.

Él era mi única opción. Mi única salida. Mi única venganza.

Marqué el número.

Sonó una, dos, tres veces.

"¿Sofía?", respondió su voz profunda, con un tono de sorpresa.

"Ricardo", dije, y mi propia voz sonó extraña, dura. "Necesito un favor".

"Lo que sea". Sin dudar.

"Cásate conmigo".

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio tan denso que podía sentir su conmoción.

"Anunciaremos nuestro compromiso esta noche. En la fiesta que se suponía que era para Mateo y para mí".

"Sofía, ¿qué pasó?", su voz ahora estaba teñida de preocupación.

"Te lo contaré todo", dije, mirando la ventana donde mi prometido y mi prima seguían besándose. "Pero primero dime que sí. Ayúdame. Por favor".

Otra pausa. Podía imaginarlo al otro lado, procesando la locura de mi petición.

"Sí", dijo finalmente, con una firmeza que me ancló. "Sí, Sofía. Me casaré contigo".

Colgué el teléfono.

Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

Mateo quería la fortuna de los Romero. Quería el poder. Quería humillarme.

Pues bien.

Esta noche, yo le quitaría todo.

Y me casaría con su hermano.

La verdadera cabeza de la familia Vargas.

Capítulo 2

Me quedé allí, oculta en las sombras, escuchando.

El sonido de sus risas se convirtió en susurros y luego en los inequívocos sonidos de dos cuerpos moviéndose juntos.

Cada gemido de Elena era una tortura, cada murmullo de Mateo una confirmación de la pesadilla.

Cerré los ojos, obligándome a absorber cada detalle doloroso. Necesitaba este veneno para alimentar mi resolución. Necesitaba que el odio quemara cualquier resto de amor que pudiera quedar.

El amor había muerto.

En su lugar, crecía algo más oscuro y fuerte.

Cuando los sonidos cesaron y escuché que se vestían, me alejé de la ventana. Me moví con un sigilo que no sabía que poseía, volviendo a mi coche como un fantasma.

Me senté al volante y no arranqué. Simplemente me quedé mirando la nada, mientras mi mente, antes una tormenta de dolor, se aquietaba en una calma peligrosa.

Toda mi vida se había fracturado en cuestión de minutos. La mujer que entró en esta calle ya no existía. La que se iba era otra.

Una pieza del rompecabezas encajó en mi mente. La insistencia de Mateo en que usara un médico específico recomendado por un "amigo". Un médico que siempre parecía pesimista sobre mi recuperación. "Quizás nunca vuelvas a caminar sin un bastón, Sofía", me decía con falsa compasión.

Y los analgésicos. Siempre asegurándose de que los tomara.

Pero yo había dejado de tomarlos hacía dos semanas.

En secreto, había buscado una segunda opinión. El nuevo médico, un especialista de renombre, se sorprendió. "Tu pierna está sanando increíblemente bien. Con la terapia adecuada, podrías recuperar casi toda tu movilidad. ¿Quién te dijo lo contrario?".

La terapia intensiva, las dolorosas sesiones a escondidas... todo había valido la pena. Mi cojera era casi imperceptible si me concentraba. Había estado guardando mi recuperación como un secreto, planeando sorprender a Mateo.

La ironía me quemó la garganta.

La sorpresa me la había llevado yo.

Conduje a casa, a la casa de mis padres donde había estado viviendo desde el accidente. Entré en mi antiguo cuarto, el santuario de mi adolescencia, lleno de trofeos de danza y fotos de una vida que ahora parecía lejana.

Me miré en el espejo de cuerpo entero.

Levanté el borde de mi vestido y observé la cicatriz que recorría mi muslo y pantorrilla. Era larga, dentada, de un color rojizo que destacaba contra mi piel.

"Horrible", había dicho Elena.

"Patético", había dicho Mateo.

Por primera vez, no vi fealdad. Vi una insignia de supervivencia. Vi la prueba de que podía soportar el dolor.

Toqué la piel marcada, no con lástima, sino con una nueva aceptación. Esta cicatriz no era mi debilidad. Era mi armadura.

Mi teléfono vibró. Era Mateo.

"Mi amor, ¿dónde estás? Ya casi es hora de irnos a la fiesta. Te extraño".

La bilis subió por mi garganta. Su hipocresía era sofocante.

Respiré hondo. El juego había comenzado.

"Hola, cariño. Me sentía un poco cansada. Estaré lista en un momento", respondí, mi voz deliberadamente suave y un poco débil.

"¿Tomaste tu medicina? No quiero que te duela la pierna esta noche. Quiero que disfrutes", dijo, su voz cargada de una falsa preocupación que ahora me resultaba obscena.

"Sí, acabo de tomarla. Gracias por cuidarme tanto, Mateo".

"Haría cualquier cosa por ti, princesa. Nos vemos en un rato. Te amo".

"Yo también", mentí, y colgué.

El "te amo" se sintió como ceniza en mi boca.

Me quedé quieta por un momento, dejando que la calma gélida se asentara. Luego, me moví con propósito.

Abrí mi armario y saqué el vestido que había elegido para la fiesta. Era un vestido hermoso, largo y fluido, de color esmeralda. Pero lo miré con otros ojos. Cubría mi pierna. Ocultaba mi cicatriz.

Lo volví a meter en el armario.

Busqué en el fondo, hasta que encontré lo que buscaba.

Un vestido rojo.

Rojo como la sangre, rojo como la pasión, rojo como la venganza.

Era un vestido atrevido, con una abertura lateral alta, muy alta. Una abertura que no ocultaría nada.

Era el vestido de una mujer que no tenía nada que esconder.

Y nada que perder.

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