Durante siete años, intenté ser la prometida perfecta para Iván en Buenos Aires, una vida que parecía destinada a la felicidad.
Pero un día, mi mundo se desmoronó: Iván, mi prometido, manipuló fotos íntimas y las esparció por toda la ciudad para deshacerse de mí, provocando la muerte de mi padre viticultor de un infarto.
En medio de esa humillación y pérdida, Máximo, mi amigo de la infancia supuestamente enamorado de mí, se convirtió en mi único pilar, asumiendo los arreglos del funeral y proponiéndome matrimonio.
Tres años después, embarazada de ocho meses, me vi obligada a escuchar la verdad en el aparcamiento de un hospital, una revelación que detuvo mi respiración.
Máximo, a quien consideraba mi salvador y el padre de mi hijo, admitió haber orquestado la muerte de mi padre para que su riñón salvara a mi hermanastra Sofía, y se casó conmigo solo para apartarme del camino de su amada.
Mi padre no murió de un infarto, fue asesinado.
El hombre que decían ser mi salvador era el arquitecto de mi ruina.
Con el corazón destrozado, regresé a la consulta del ginecólogo.
"Doctora, quiero interrumpir el embarazo", pedí, una decisión inquebrantable para que ese hombre no fuera el padre de mi hijo.
Salí del hospital, pálida y sangrando, con un plan macabro fraguándose en mi interior.
Compré una caja de madera y coloqué en ella el pequeño cuerpo ensangrentado de mi hijo.
Me puse una barriga falsa, una prótesis de silicona que parecía real.
Esa noche, cuando Máximo volvió a casa, borracho de malbec y sintiéndose culpable, yo ya estaba lista para entregarle su "regalo", la primera pieza de mi devastadora venganza.
Durante siete años, intenté ser la prometida perfecta para Iván, pero él siempre tuvo ojos solo para mi hermanastra, Sofía.
Para deshacerse de mí y de nuestro compromiso, manipuló unas fotos íntimas y las esparció por todo Buenos Aires.
Ese mismo día, la noticia llegó a los oídos de mi padre, un respetado viticultor de Mendoza. La humillación fue tan grande que sufrió un infarto fulminante. Murió al instante.
En mi momento más oscuro, cuando el mundo se me venía encima, apareció mi amigo de la infancia, Máximo Castillo.
Él siempre había estado enamorado de mí en secreto, y corrió a mi lado sin dudarlo.
Se encargó de todos los arreglos del funeral, veló junto a mí toda la noche, se convirtió en mi único pilar, mi única roca en medio de la tormenta.
Después del funeral, Máximo me propuso matrimonio.
-Luciana, le prometí a tu padre que siempre te cuidaría. Cásate conmigo.
Conmovida, perdida y sin nadie más en el mundo, acepté.
Pasaron tres años.
En nuestro círculo social de Mendoza, todos nos veían como la pareja perfecta. Máximo era el esposo devoto, el empresario vitivinícola que había rescatado el viñedo de mi familia y lo había llevado a la cima del éxito.
Yo estaba embarazada de ocho meses, esperando a nuestro primer hijo. Nuestra vida parecía un cuento de hadas, una historia de redención y amor verdadero.
Hasta que un día todo se rompió.
Salía de una revisión prenatal, feliz y acariciando mi vientre, cuando vi a Máximo en el aparcamiento del hospital. Discutía acaloradamente con mi ex prometido, Iván.
Me escondí detrás de una columna, el corazón latiéndome con fuerza.
-¡Iván, no tienes derecho a impedirme ver a Sofía! -gritaba Máximo, su voz rota por la desesperación.
-¡No olvides que cuando Sofía necesitaba un trasplante de riñón urgentemente, fui yo quien arregló el accidente para que el padre de Luciana muriera y su riñón, que era compatible, fuera para ella! -la voz de Máximo era puro veneno-. ¡Fui yo quien sacrificó mi propia felicidad casándome con Luciana para alejarla de ti y que tú pudieras estar con Sofía sin obstáculos!
Iván, con el labio partido por un golpe, se mantuvo firme.
-Máximo, eres un maldito mártir. Arruinar la vida de Luciana por Sofía... ¡me quito el sombrero! ¡Pero ahora Sofía es mi esposa! Tiene fiebre y yo la cuidaré. ¿Qué demonios haces tú aquí?
El aire se me fue de los pulmones. Cada palabra era un golpe.
Mi padre no murió de un infarto. Fue un asesinato.
El hombre que yo creía mi salvador, mi esposo, el padre de mi hijo, era el arquitecto de mi ruina.
Los recuerdos me golpearon de repente, cada pieza encajando en un rompecabezas horrible.
Las visitas anuales de Máximo a Sofía en su cumpleaños, siempre con regalos caros, exclusivos, que yo nunca recibía.
Su obsesión por que yo llevara el pelo largo y usara vestidos floreados, el estilo bohemio que siempre había sido de Sofía.
Su nerviosismo cada vez que ella se sentía mal, dejándome sola para llevarla al médico. Yo lo había confundido con un cariño de hermano, un amor por extensión hacia la familia. Qué ingenua.
El amor de Máximo por Sofía no era fraternal, era una obsesión secreta y enfermiza. Él, el hijo de nuestro capataz del viñedo, siempre había vivido a nuestra sombra, amando en silencio a la hija equivocada.
La noche que veló a mi padre, no fue para consolarme, fue para asegurarse de que el riñón llegara a su amada Sofía. Su propuesta de matrimonio no fue por amor, fue para controlarme, para asegurarse de que yo no interfiriera en la felicidad de Sofía con Iván.
El dolor era tan agudo que apenas podía respirar. Este hombre no merecía ser el padre de mi hijo.
Con el corazón hecho pedazos, di media vuelta y regresé a la consulta del ginecólogo.
-Doctora, quiero interrumpir el embarazo.
La doctora me miró, horrorizada. Un bebé de ocho meses... era prácticamente un parto. Intentó disuadirme, pero mi decisión era firme, inquebrantable. Me sometieron a la intervención. Salí del hospital pálida, sangrando, con el cuerpo y el alma rotos.
Fui a una tienda de artesanías y compré una caja de madera, de las que se usan para guardar vinos de colección. Dentro, coloqué el pequeño cuerpo ensangrentado de mi hijo. Luego, me puse una barriga falsa bajo la ropa, una prótesis de silicona que parecía real.
Esa noche, Máximo llegó a casa. Olía a malbec y a culpa.
Me abrazó, besó mi frente y susurró las mentiras de siempre.
-Luci, mi amor, te amo tanto...
Luego, acercó su oído a mi vientre falso, pretendiendo escuchar los latidos de nuestro hijo. Ni el alcohol ni su falta de interés le permitieron notar el silencio de muerte que había allí.
-¿Qué tal el día? Bebiste mucho -le pregunté, mi voz era un hilo fino.
-Estoy feliz... -dijo, con la mirada perdida en algún punto.
Feliz. Reí por dentro, una risa amarga. Estaba sufriendo porque no podía ver a su amada Sofía, por eso bebía.
-Luci, falta solo un mes, ¿verdad? -dijo, acariciando la prótesis de silicona-. Te tengo una sorpresa, para ti y para el bebé. Les va a encantar.
-Qué coincidencia -repliqué, con una sonrisa helada y los ojos ardiendo de odio-. Yo también tengo un regalo para ti.
Le entregué la pesada caja de madera.
Máximo intentó abrir la caja en ese mismo momento, con curiosidad.
-Espera -lo detuve, poniendo mi mano sobre la suya-. Ábrela el día del nacimiento. Si no, no será una sorpresa.
Él sonrió, obediente, y guardó la caja en un cajón de su escritorio. Era tan fácil manipularlo cuando se trataba de mí, la mujer a la que supuestamente amaba.
Mientras se duchaba, tomé su móvil.
La contraseña, por supuesto, era la fecha de nacimiento de Sofía.
El fondo de pantalla era una foto de ella, sonriendo en un campo de lavanda.
La galería estaba llena de miles de fotos suyas, robadas, tomadas a distancia, desde todos los ángulos posibles.
En sus notas, encontré un diario detallado. No sobre su vida, sino sobre la de ella. Sus gustos, sus aversiones, las marcas de ropa que usaba, los restaurantes que frecuentaba. Una obsesión documentada.
Y en una aplicación de mensajería, un chat consigo mismo. Un monólogo interminable donde volcaba su amor no correspondido y, para mi horror, el plan detallado para asesinar a mi padre. El día, la hora, el coche que usarían para provocar el "accidente". Todo estaba allí.
Al día siguiente, con las pruebas guardadas en mi propio teléfono, llamé a un abogado. Le di instrucciones claras para preparar los papeles del divorcio.
Después, solicité un visado para irme a vivir a España, a la región de La Rioja. Sabía que Máximo nunca podría seguirme hasta allí. Le tenía un pánico atroz a volar desde que sobrevivió a un accidente aéreo en su juventud. Era su única debilidad, y yo la iba a usar.
Para completar los trámites, necesitaba mi pasaporte. Estaba en la finca familiar, la casa donde crecí, ahora hogar de mi madrastra y de Sofía.
Conduje hasta allí, sintiendo un nudo de hielo en el estómago.
Justo cuando llegaba, vi el coche de Máximo aparcado en la entrada. Él bajaba del asiento del conductor y abría la puerta del copiloto.
Con una ternura que nunca me había dedicado a mí, tomó a Sofía en brazos.
-Máximo, ¿no tenías una reunión importante en la bodega? -le pregunté, mi voz sonaba plana, sin emoción.
Él se sobresaltó al verme.
-Luci, no lo malinterpretes. Sofía recibió el alta del hospital por su fiebre e Iván está de viaje de negocios. Solo la estaba ayudando a llegar a casa.
Sofía, desde los brazos de mi esposo, me sonrió con una malicia que no se molestó en ocultar.
-Sí, cuñada. Tuve que llamar a Máximo, y llegó en menos de quince minutos. Es tan atento conmigo.
Quince minutos. Un trayecto que normalmente lleva cuarenta. La urgencia del amor verdadero.