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Cicatrices de un Sicario Leal

Cicatrices de un Sicario Leal

Autor: : Kirk Akcay
Género: Romance
Fui la sombra de Isabella, su sicario más leal. Por ella derramé mi sangre, cada cicatriz un tributo a mi devoción inquebrantable. Mi lugar a su lado era indiscutible. Hasta que regresó con él: Rafa. Un muchacho de cara angelical y torpeza impostada. Lo presentó como su "protegido", su "consorte". Mi mundo se deshizo. Me despojaron de mi hogar, de mi dignidad. Rafa ocupó mi lugar. Yo, el que la protegía de las balas, fui públicamente humillado y castigado. Luego, lo impensable: mataron a Sombra, mi único compañero. Sentí que me moría. Me arrojaron al mar, alimento para los peces. ¿Cómo pudo Isabella, por quien sacrifiqué todo, ser tan ciega? ¿Tan cruel? ¿Creer las mentiras de ese farsante y desecharme sin piedad? Mi corazón se desgarraba con ira y una confusión insoportable. Pero el mar me salvó. Escapé de la muerte para buscar una vida nueva, lejos de la sangre. Sin saber que, al hacerlo, me acercaba a una verdad más amarga, y que el pasado, en un último acto sangriento, no me dejaría ir tan fácilmente.

Introducción

Fui la sombra de Isabella, su sicario más leal. Por ella derramé mi sangre, cada cicatriz un tributo a mi devoción inquebrantable. Mi lugar a su lado era indiscutible.

Hasta que regresó con él: Rafa. Un muchacho de cara angelical y torpeza impostada. Lo presentó como su "protegido", su "consorte". Mi mundo se deshizo.

Me despojaron de mi hogar, de mi dignidad. Rafa ocupó mi lugar. Yo, el que la protegía de las balas, fui públicamente humillado y castigado. Luego, lo impensable: mataron a Sombra, mi único compañero. Sentí que me moría. Me arrojaron al mar, alimento para los peces.

¿Cómo pudo Isabella, por quien sacrifiqué todo, ser tan ciega? ¿Tan cruel? ¿Creer las mentiras de ese farsante y desecharme sin piedad? Mi corazón se desgarraba con ira y una confusión insoportable.

Pero el mar me salvó. Escapé de la muerte para buscar una vida nueva, lejos de la sangre. Sin saber que, al hacerlo, me acercaba a una verdad más amarga, y que el pasado, en un último acto sangriento, no me dejaría ir tan fácilmente.

Capítulo 1

Isabella regresó de la zona cafetera.

No venía sola.

Traía a un muchacho, Rafael, "Rafa".

Tenía cara de no haber roto un plato.

Isabella lo presentó como su nuevo protegido.

Mateo sintió un hielo en el estómago.

Rafa sonreía fácil, con una torpeza que parecía ensayada.

"Don Mateo", le dijo, y la "Don" sonó a distancia, a burla.

Isabella pareció contenta con esa distancia.

Mateo miró a Isabella.

Ella le sostuvo la mirada, fría.

Supo que algo terminaba.

Como el cigarrillo que se consumía entre sus dedos, así se sentía su tiempo con ella.

Una ceniza más.

Más tarde, en la habitación de ella, la piel de Isabella estaba caliente contra la suya.

Sus manos recorrían la espalda de Mateo, sus cicatrices.

"Sigues siendo mi mejor hombre, Mateo."

Su voz era un susurro ronco.

Pero luego, se apartó.

Se levantó de la cama, se puso una bata de seda.

"Rafa se quedará en la casa principal. Necesita... cuidado."

Mateo se sentó en la cama.

El calor de ella se desvanecía rápido.

"¿Y yo?", preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

"Tú tienes tu lugar, Mateo. Siempre lo has tenido."

Pero ese lugar se sentía ahora más pequeño, más oscuro.

Isabella lo miró desde la puerta.

"Él no conoce la sangre, Mateo. No como tú."

Su voz era suave, casi una caricia cruel.

"Recuerdo cómo te encontré, en ese callejón del puerto. Cubierto de la sangre de ese miserable."

Mateo apretó los puños.

El recuerdo era una brasa viva.

El proxeneta. Su hermana. La rabia.

Isabella lo había sacado de allí, sí.

Pero a qué precio.

"Rafa es... diferente. Es luz. Necesito esa luz."

Mateo bajó la cabeza.

Luz.

Él solo era sombra.

Su lealtad, sus años de servicio, la sangre derramada por ella... nada de eso importaba frente a la supuesta "pureza" de un recién llegado.

Se miró las manos.

Manos que habían matado por ella.

Manos que ahora se sentían sucias, inútiles.

El reflejo en el espejo le devolvió la imagen de un hombre vacío.

Un perro fiel al que le mostraban la puerta.

Isabella volvió a hablar, su voz ahora firme, sin rastro de la intimidad de antes.

"Habrá una fiesta. En la hacienda. Presentaré a Rafa oficialmente."

Hizo una pausa.

"Como mi consorte."

Mateo levantó la vista.

Consorte.

Esa palabra lo golpeó más fuerte que cualquier puño.

"Tus habitaciones en la casa principal... Rafa las necesitará. Ya sabes, para su seguridad."

La crueldad de ella era un arte.

Mateo no dijo nada.

Se levantó, se vistió en silencio.

La puerta se cerró detrás de él con un sonido suave.

Definitivo.

No lloró.

Los hombres como él no lloraban.

Se tragó el dolor, la rabia, la humillación.

Se fue a su antigua habitación, la que usaba antes de que Isabella lo llevara a la casa principal.

Olía a polvo, a olvido.

Como él.

Se acostó en la cama.

La almohada aún conservaba un leve rastro del perfume de ella.

Lo arrancó, lo tiró al suelo.

Había una sola salida.

Una "muerte" falsa.

Desaparecer.

Sería su última misión para ella, aunque ella no lo supiera.

La única forma de recuperar algo de sí mismo.

Capítulo 2

Los días siguientes fueron una tortura lenta.

Isabella dedicaba cada momento a Rafa.

Le enseñaba a montar a caballo, algo que con Mateo siempre consideró una pérdida de tiempo.

Paseaban por los jardines, Isabella riendo con una ligereza que Mateo no recordaba haberle visto nunca.

Le leía por las tardes en la terraza, la cabeza de Rafa apoyada en su regazo.

Mateo observaba desde la distancia, desde las sombras que ahora eran su único hogar.

Un día, Rafa, con su torpeza calculada, rompió una vasija precolombina.

Una pieza invaluable, el orgullo del padre de Isabella.

Mateo esperó la furia, el castigo.

Pero Isabella solo abrazó a Rafa.

"No te preocupes, mi cielo. Fue un accidente."

Ordenó que retiraran todas las piezas de valor de las áreas comunes.

"Para la seguridad de Rafa", dijo.

"No quiero que nada peligroso esté a su alcance."

Mateo pensó en las balas que él había esquivado por ella, en los cuchillos que había detenido con su propio cuerpo.

Eso no era peligroso.

Peligroso era un muchacho torpe que rompía cosas.

La devoción de Isabella por Rafa era absoluta.

Lo cuidaba como a un niño, le consentía cada capricho.

Justo el trato que Mateo siempre había anhelado en secreto.

Un anhelo que ahora sabía inútil.

Recordó de nuevo el callejón.

Tenía dieciséis años.

El proxeneta había golpeado a su hermana pequeña, Lola.

Mateo lo había esperado, con un trozo de hierro en la mano.

Cuando la policía llegó, Isabella ya estaba allí.

Lo miró, cubierto de sangre, el hierro aún en su mano temblorosa.

"Tienes agallas, muchacho", le dijo. "Pero mal enfocadas."

Lo sacó de allí antes de que lo encerraran.

Le dio un propósito, una vida.

O eso creía él.

Su lealtad nació de esa "salvación".

Una deuda de vida.

Años después, en un tiroteo con un cartel rival, una bala iba directa a Isabella.

Mateo se interpuso.

El impacto en el hombro lo tiró al suelo.

Isabella, por una vez, perdió la compostura.

Vio el miedo en sus ojos.

Luego, vio la furia.

A los hombres que le dispararon, los cazó uno por uno.

No los mató rápido.

Mateo nunca olvidaría sus gritos.

Esa noche, ella curó su herida personalmente.

Sus manos, usualmente frías y calculadoras, fueron gentiles.

"Nadie me toca y vive para contarlo, Mateo. Nadie te toca a ti y vive para contarlo."

Esas palabras habían sido su ancla.

A veces, en la intimidad, Isabella era casi juguetona.

Lo llamaba "mi perro guardián", "mi sombra leal".

Le gustaba morderle suavemente el cuello, dejar marcas que él ocultaba con celo.

"Para que sepas a quién perteneces", le decía.

Y él pertenecía. En cuerpo y alma.

Los hombres de Mateo, sus sicarios más leales, no ocultaban su desprecio por Rafa.

"Ese niñato no dura", le dijo el Flaco, uno de sus hombres de confianza.

"Parece que se va a romper si lo miras feo."

"La Patrona está encaprichada", añadió el Chino. "Pero se le pasará. Siempre se le pasa."

Mateo estaba en el patio de entrenamiento, supervisando a los nuevos reclutas.

Rafa observaba desde la sombra de un samán, abanicándose con un sombrero.

"Es un parásito", masculló Mateo, más para sí mismo que para el Flaco.

"Un chupasangre con cara de ángel."

No sabía que Isabella estaba detrás de él.

"¿Decías algo, Mateo?"

Su voz era seda helada.

Mateo se giró lentamente.

La mirada de Isabella era como el filo de un cuchillo.

"Estaba... comentando la falta de disciplina de los nuevos, Patrona."

"No te creo, Mateo."

Se acercó, su perfume caro envolviéndolo.

"Escuché bien. Hablabas de Rafa."

El Flaco y el Chino habían desaparecido como por arte de magia.

"Él es mi invitado. Mi... protegido. Y tú le faltas el respeto."

"Patrona, yo..."

"Silencio."

Levantó una mano.

"Esta noche hay tormenta. Te quedarás de rodillas en el patio. Hasta que yo diga."

Mateo sintió un escalofrío.

Las tormentas.

Desde niño, desde que la casa de su abuela en el barrio se inundó y casi pierde a Lola, las odiaba.

Isabella lo sabía.

Antes, en noches de tormenta, ella lo abrazaba, lo calmaba.

Ahora, lo usaba como castigo.

La lluvia empezó a caer, fría y violenta.

Mateo se arrodilló en el centro del patio de la hacienda.

El agua le empapaba la ropa, el pelo.

Los truenos retumbaban, y cada relámpago iluminaba la figura de Isabella en la ventana de su habitación.

Observándolo.

Con Rafa a su lado.

Podía ver sus siluetas. Rafa abrazándola por la espalda.

El dolor en sus rodillas no era nada comparado con el dolor en su pecho.

Horas después, cuando la tormenta amainó, Isabella bajó.

Rafa venía detrás, secándose el pelo con una toalla.

"¿Aprendiste la lección, Mateo?"

Él no respondió. Estaba temblando de frío, de rabia.

"Lo hice por tu bien, ¿sabes?", dijo ella, casi con dulzura.

"La disciplina es importante. Y Rafa... Rafa necesita ver que nadie es intocable."

Mateo levantó la vista.

Vio una marca roja en el cuello de Rafa. Un chupetón.

Fresco.

Isabella había estado "consolando" a Rafa durante la tormenta.

Mientras él se congelaba bajo la lluvia.

La bilis le subió a la garganta.

"Él no es como tú, Mateo", continuó Isabella, ignorando la mirada de él. "Él es sensible. Necesita un ambiente... sano."

Sano.

Mateo quería reír. O gritar. O matar.

Se levantó con dificultad.

Cada músculo le dolía.

Isabella lo miró, una sombra de preocupación en sus ojos.

"Ve a que te revisen. No quiero que mi mejor hombre se enferme."

Pero sus palabras sonaban vacías.

Mateo se dio la vuelta y se fue.

No la miró.

No podía.

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