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Cien Metros Cuadrados

Cien Metros Cuadrados

Autor: : Trisha Sanz
Género: Suspense
Hannah Montero siempre ha sido una chica que ha vivido en el anonimato, por lo que decide aceptar un trabajo por encargo como escritora fantasma. Sin embargo, el amor sabe de su existencia, y no tarda en tenderle una trampa que hará que el hombre del que está enamorada, acabe rompiéndole el corazón. Destrozada, decide mudarse a un dúplex de la ciudad para empezar de cero y ponerse de lleno en su trabajo, hasta que el destino decide gastarle una cruel broma, y Andrés Aguilar regresa de nuevo a au vida, haciendo que todos aquellos planes que la joven escritora estaba decidida a cumplir, se vayan al traste, pues el joven fotógrafo tiene los mismos planes, y acaba mudándose a una de sus propiedades, el mismo lugar donde se ha instalado Hannah: ambos deberán resolver sus diferencias tras su separación y resolver un pequeño misterio que parece haber perseguido a uno de los dos hasta aquél nuevo destino.

Capítulo 1 Flashback

<<-Entonces, ¿te dedicas a escribir sobre la vida de los demás? -Me preguntó, mientras cogía el sobrecito de azúcar y lo balanceaba con cuidado antes de rasgar la parte superior, clavando sus increíbles ojos negros en los míos.

-Bueno, lo cierto es que hago algo más que escribir. -Contesté con dificultad, notando cómo mis mejillas se ruborizaban, mientras bajaba la mirada hacia la mesa, incapaz de sostener la mirada-. Intento humanizar a la persona en cuestión a través de mis palabras.... -Volví a alzar la mirada para comprobar si había entendido qué era lo que había querido decir con ello, cuando vi que la confusión se reflejaba en su rostro, haciendo que arrugara la frente.

-¿Humanizar? -Repitió, parpadeando con rapidez, intentando comprender mi razonamiento-. Entonces, ¿crees que soy una de ésas personas insensibles que no tienen corazón? -Noté cómo una creciente acidez nacía en la boca de mi estómago al ver la decepción y enfado reflejados en las pupilas de aquél chico que se encontraba sentado enfrente de mí, y, supe que, de no escoger bien las palabras para poder explicarle qué era lo que realmente quería decir con aquello, la conversación podría terminar en una fatídica discusión en la que, sin duda, perdería el empleo.

-Creo que si has decidido contratarme para que escriba acerca de tu vida, es porque quieres decir algo al resto de la humanidad. -Contesté finalmente, tras titubear unos segundos-. Eres un empresario rico y triunfador, aunque por alguna razón, una parte de ti necesita ése reconocimiento a nivel mundial. -La camarera dejó el plato con el cruasán que le había pedido sobre la mesa, entre medio de ambos, ofreciéndonos una tímida sonrisa de disculpa por la interrupción-. Lo que no sé -proseguí en cuanto volvimos a estar a solas, mientras alargaba el brazo por encima de mi taza para coger el tierno bollo-, es porqué un hombre tan hecho y derecho cómo tú, necesita algo tan... Infantil. -Corté uno de los cuernos con los dedos, y me lo llevé a la boca, sintiendo cómo la fina masa parecía adherirse a mi paladar-. Almenos, la primera impresión que me has dado, es que parecías ser un tipo maduro. -Cogí con cuidado la taza de café, y di un breve sorbo, apretando ligeramente los labios al quemarme la lengua.

-Es curioso -comentó entonces mi acompañante, esbozando una tímida sonrisa-, porque yo sigo manteniéndome firme hacia mi primera impresión hacia ti. -Sin saber muy bien porqué, aquellas palabras lograron hacer que un cosquilleo naciera en mi bajo vientre, y la curiosidad por saber qué era lo primero que le había pasado por la cabeza nada más verme, hizo que me atreviera a arriesgarme por saberlo.

-¿Y qué impresión te he causado? -Volví a dar un buen mordisco al cruasán, para luego ayudar a tragarlo con un poco de café.

-Que estaría bien que posaras para mí con ropa prácticamente inexistente. -Contestó, con un extraño brillo en los ojos, mientras sus labios dibujaban una traviesa sonrisa, haciendo que yo me atragantara con el café-. Sobra decir que ésas fotografías serían exclusivamente para mi colección privada. -Me acabé de limpiar la boca con la servilleta, y cogí aire para soltarlo lentamente, sin apartar la mirada de la suya, todavía perpleja-. Créeme que ambos lo pasaríamos muy bien. -Me aseguró, guiñándome un ojo, ayudando así a que mis mejillas acabaran de ruborizarse por completo.>>

Capítulo 2 Uno

Adoraba la soledad, sólo cuando era necesaria.

El silencio que me rodeaba, me ayudaba a analizar la situación por la que me había arrojado a sus fríos brazos, haciendo que me prometiera a mí misma que no dejaría que volvieran a romperme el corazón, nunca más.

Sin embargo, algo dentro de mí me decía que aquella decisión era de las pocas que el ser humano era capaz de cumplir. <>, me dije, mientras arrastraba una de las enormes cajas que los de la mudanza habían dejando en la sala de estar. <>.

No es que me gustara el hecho de tener que sufrir por culpa de alguien que parecía no tener corazón o, simplemente, por una mala decisión que yo misma había tomado, pero la idea de vivir una vida perfecta en la que no existieran aquél tipo de conflictos, tampoco me acababa de convencer demasiado: ¿contradictorio? Era posible.

Sin embargo, ¿quién no se contradecía de vez en cuando?

-No es que pueda decir que la vida en sí me va mal. -Admití en un murmullo, tras soltar un bufido al empujar la pesada caja-. Lo único que cambiaría, sería que mi corazón tuviera una especie de interruptor mental para poder encenderlo y apagarlo cuando me diera la gana, sobretodo en cuanto al amor se refiere. -Di un último empujón para acabar de meterla en el cuarto, y me dirigí de nuevo al salón, justo cuando mi teléfono móvil empezó a sonar.

Aún y así, no me di prisa para ir a responder, pues no esperaba ninguna llamada importante, aunque lo justo era decir que desde que había decidido mudarme a aquél lugar, para mí ya nada parecía serlo. <>, me dije, bajando la mirada hacia el suelo de linóleo mientras notaba cómo un nudo se me formaba en el estómago. <>.

Pero aunque fuera posible una de aquellas dos opciones, una parte de mí sabía que la huella que Andrés había dejado en mí, jamás se borraría. <>, me dije entonces, sintiendo cómo los ojos se me anegaban de lágrimas, cediendo a aquella presión que había albergado mi pecho en cuanto su sonriente rostro acudió a mi mente, haciendo que aquella serenidad que tanto me había costado mantener en pie se desmoronara por completo. <>.

No era algo en lo que quisiera pensar en aquél momento, mucho menos después de haber tomado la decisión de empezar de cero en cuanto terminara la estúpida biografía de aquél idiota, y para ello, quería mentalizarme en intentar olvidarle mientras trabajaba en ella, sacarle de una vez por todas de mi corazón.

Y sabía que iba a ser difícil, pero no imposible: tal vez no lograra olvidarle del todo, pero con el tiempo no me dolería recordarle, pues aunque había roto mi corazón en mil pedazos, también era cierto que me había regalado momentos únicos, los cuáles no quería perder.

<>.

La voz de mi conciencia se abrió paso entre mis atormentados pensamientos, decidiendo dejarme claras las cosas que, inconscientemente, intentaba mantener reprimidas en algún rincón de mi mente.

<>.

-No quiero pensar ahora en eso. -Repliqué, frunciendo el ceño, mientras me llevaba las manos hacia el pelo para deshacerme la coleta y volvérmela a hacer, nerviosa-. Me mudé aquí por una buena razón, y creo que estoy dedicándole demasiado tiempo -más de lo que se merece- a todo aquello que debo olvidar. -<>, admitió entonces mi conciencia, pronunciando cada palabra al ritmo de mis pasos. <>-. Cierra la maldita boca. -Le espeté en un murmullo, sacudiendo la cabeza, con pesar. <>, replicó, tajante. <>.

No sabía si realmente estaba más molesta porque una voz fantasma que rondaba en mi cabeza tuviera razón, o simplemente conmigo misma por no ser capaz de llevar a cabo todo cuánto me había propuesto desde el momento en que había salido de la casa de Andrés con las maletas a rastras, pero lo que estaba claro, era que tenía que empezar a cambiar muchas cosas cuanto antes, por mi bien.

Ni siquiera me había dado cuenta de que el teléfono móvil había enmudecido, hasta que empezó a sonar de nuevo, haciendo que soltara un pequeño resoplido, agobiada: ¿por qué el mundo entero parecía haberse puesto de acuerdo para intentar sacarme de mis casillas?

Acabé de acercarme con rapidez hacia la mesita del café dónde había dejado el dichoso aparato, y sin comprobar antes de quién se trataba, lo cogí con fastidio, y descolgué la llamada.

-Por lo que veo, pareces demasiado ocupada incluso para atender las llamadas de tu buena amiga. -La voz de Becca no tardó en dejarse oír a través del auricular, con deje enfadado.

-Lo cierto es que tengo mucho trabajo por hacer. -Le espeté, frunciendo ligeramente el ceño, molesta por su insinuación de haberla ignorado adrede-. Es lo que tienen las mudanzas, Becca, que te mantienen ocupada. -Mi tono de voz había sonado frío, severo, más de lo que quizás me hubiera gustado; sin embargo, no estaba de humor para aguantar reprimendas de novia celosa después de todo por lo que había pasado hacía relativamente poco.

-Tranquilízate, amiga. -Dijo, tras un breve titubeo-. Te recuerdo que me ofrecí para ayudarte con eso, y que tú rechazaste mi ayuda, así que, no me culpes por ello. -Cerré los ojos unos segundos, intentando mantener la calma, diciéndome a mí misma que Becca tenía razón y que no debía de pagar mi malhumor con ella.

Sin embargo, no me lo estaba poniendo nada fácil.

-De verdad que estoy muy ocupada. -Me limité a decirle, cambiándome el teléfono de oído, mientras echaba un vistazo a las cajas que todavía tenía que trasladar a la habitación antes de que me trajeran los electrodomésticos y muebles que había comprado para amueblar mi nuevo hogar.

-Tan sólo te llamaba para saber qué tal estabas. -Repuso, sin hacer nada por disimular su enfado ante mi actitud-. Sé por experiencia propia que las rupturas pueden llegar a ser muy dolorosas... -Solté un bufido, poniendo los ojos en blanco: había pasado de soltarme reprimendas a intentar ser la buena amiga que creía ser, de un modo psicológico que no me gustó para nada.

-Estoy bien. -Contesté, buscando una manera para acabar con aquella absurda conversación de una vez-. Acabando de adaptarme a mi nueva casa para empezar cuando antes a trabajar. -Al otro lado de la línea se hizo el silencio, supuse que porque mi supuesta amiga estaba sopesando la probabilidad de si le estaba diciendo la verdad o no.

-¿Te ha llamado desde que te marchaste? -Aquella pregunta me cogió por sorpresa, y por un momento, no supe qué contestar: ¿de veras yo quería hablar de ello?

La respuesta era muy clara: no.

Pero sabía que no iba a poder librarme tan fácilmente de hablar sobre ello, por lo que decidí tomar cartas en el asunto y ser yo la que fuera directamente al grano.

-Cuando rompí con él, le dejé las cosas muy claras. -Le dije, con un deje de impaciencia en mi tono de voz-. Y aunque no hubiera sido así, te aseguro que Andrés no es de ése tipo de chico que se arrastra por una mujer: es demasiado orgulloso cómo para hacer una cosa así...

-No si está realmente enamorado. -Comentó entonces mi amiga, soltando todas y cada una de las palabras cómo si las hubiera estado reteniendo hasta poder soltarlas en el momento oportuno-. Y de ti lo está: te ama, Hannah. -Aquella era una de las cosas que no quería escuchar, no porque me doliera, si no porque no podía llegar a creérmelo de verdad.

Ya no.

-Apenas le conoces. -Le espeté, con frialdad, volviendo a fruncir el ceño-. ¿En qué te basas para asegurarme algo así? -Al otro lado de la línea, mi amgio guardó silencio de nuevo, y por un instante, llegué a pensar que la comunicación se había cortado, y lo cierto es que me hubiera alegrado por ello.

-Andrés me suele llamar de vez en cuando. -Confesó finalmente, con dificultad-. Me pregunta por ti, me cuenta cómo se siente, y entonces, se echa a llorar. Está completamente destrozado. -La culpabilidad empezó a abrirse paso en mi interior, haciendo que un nudo se me formara en el estómago: jamás había pretendido hacerle daño.

Jamás.

Sin embargo, él había hecho lo mismo conmigo, de la manera más ruin que podía haber.

-Entonces, te sugiero que la próxima vez que te llame, quedes con él y corras a sus brazos para consolarle. -Le espeté, furiosa-. Tengo demasiada faena por hacer, cómo para estar perdiendo el tiempo en éstas estupideces. -Y antes de que Becca pudiera contestarme, colgué la llamada, y pulsé durante un par de segundos la tecla que apagaba el maldito chisme, maldiciendo una vez más el día que había aceptado aquél estúpido trabajo. <>, me dije, dejando con brusquedad el teléfono sobre la mesa de nuevo.

<>, me recordó la voz de mi conciencia, con ligera severidad.

-Cierto. -Admití, en un murmullo-. Pero almenos tampoco hubiera sabido qué es el sufrimiento; no de éste modo. -Entonces, las ardientes lágrimas afloraron en mis ojos, irritándolos, y no me quedó otro remedio que llevarme las manos a la cara en cuanto me eché a llorar.

Capítulo 3 Flashback 2

<< -¿Qué es lo que te impulsó a querer formar parte del anonimato? -Me preguntó, tras hojear durante un largo rato las hojas con las anotaciones que le había tendido para que las echara un vistazo-. A juzgar por tu manera de escribir, se te da muy bien, tienes talento; entonces, ¿por qué no darte a conocer públicamente? -Le observé detenidamente, intentando averiguar si estaba hablando en serio, o tan sólo intentaba ser "amable".

-Tan sólo son breves anotaciones sobre cómo voy a desarrollar la biografía. -Observé, arrugando ligeramente la frente, mientras alargaba una mano para coger las hojas,cuando volvió bruscamente la cabeza hacia mí, y me miró con una frialdad que hizo que me quedara clavada dónde estaba, sin atreverme a mover ni un sólo músculo.

-¿De verdad crees que soy tan ignorante, que no sé diferenciar lo que son una anotaciones de un borrador? -Inquirió, sin parpadear siquiera. Yo simplemente me limité a sostenerle la mirada-. Tan sólo he admitido que tienes buena mano con esto, y a juzgar por tu organización, he considerado oportuno destacar el hecho de que podrías darte a conocer profesionalmente. -Apreté ligeramente los labios, empezando a arrepentirme de haber abierto la boca sin haber pensado antes de hablar, pues era obvio que aquél hombre que se encontraba enfrente de mí, no solamente parecía ser una persona estricta, si no que no parecía tolerar que le "corrigieran" lo más mínimo, o que aquél sumamente estúpido se dignara a cruzar una sola palabra con él, y por un momento, yo me sentí una tremenda estúpida por haber dejado muy claro -erróneamente- que sí le consideraba algo "ignorante" por su opinión-. En fin, creo que ya te he robado demasiado de tu tiempo. -Agregó entonces, entregándome los papeles de mala manera-. Creo que será mejor que sigas haciendo tu trabajo, o me saldrás más cara de lo que en realidad vales. -Aunque una parte de mí sabía que era su enfado el que estaba hablando en aquél momento, no pude evitar que aquellas últimas palabras me hicieran daño, pues no solamente había faltado el respeto hacia mi trabajo, si no que había querido humillarme cómo persona, y ésa era una de las pocas cosas por las que no estaba dispuesta a dejar pasar, así que, decidí que si quería jugar a aquél juego, ambos podríamos hacerlo.

-Tal vez yo no sea una de ésas mujeres que se ponen zapatos de tacón alto y posan frente a tu cámara semidesnudas, creyéndose ser "supermodelos" que aspiran a meterse también bajo las sábanas de tu cama. -Le espeté, haciendo que alzara las cejas, sorprendido por mi repentino arranque de ira-. Pero almenos yo tengo la dignidad que ellas perdieron hacen mucho tiempo, y no necesito desnudarme delante de un estúpido arrogante que cree ser el Dios de todas ellas: yo no vine pidiéndote trabajo -proseguí, mientras movía las hojas a la altura de su rostro para que entendiera exactamente a qué me estaba refiriendo-, fuiste tú el que solicitaste mis servicios cómo escritora, cómo el gran narcicista que eres, así que, no te confundas, guapito de cara, yo no soy una "cualquiera" que revolotea a tu alrededor para ser portada de una mugrienta revista, eres tú el que necesita que el mundo entero sepa de tu patética existencia. -Giré sobre mis talones, dispuesta a irme, cuando volví la cabeza para mirarle por encima de mi hombro, y agregué-: Ahora me iré a hacer mi trabajo, porque, efectivamente, ya me has hecho perder demasiado tiempo, más del que te mereces. -Y sin darle tiempo a contestar, me volví de nuevo hacia adelante, sintiendo su mirada clavada en mi nuca, y me dirigí hacia la confortable habitación que él mismo se había preocupado de prepararme para instalarme durante mi estancia.>>

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