La tormenta sobre la ciudad no era nada comparada con el estruendo silencioso que recorría los pasillos de la casa. Cloe se detuvo frente al gran ventanal del salón, observando cómo las gotas de lluvia golpeaban el cristal con una violencia rítmica. Tenía veintidós años, pero en momentos como ese, se sentía como una niña pequeña tratando de descifrar un mundo que la sobrepasaba. O quizás, simplemente estaba tratando de descifrar a Dominic.
Dominic, su padrastro, era un hombre de pocas palabras y una presencia que parecía absorber todo el oxígeno de la habitación. Tras la muerte de su madre hacía tres años, la relación entre ellos se había estancado en una cordialidad tensa, un baile de evitarse en la cocina y saludarse con monosílabos. Pero últimamente, el aire se sentía distinto. Pesado. Eléctrico.
-Es una noche peligrosa para estar tan cerca del cristal, Cloe.
La voz de Dominic, profunda y con ese rastro de aspereza que siempre le erizaba la nuca, rompió el silencio. Ella no se giró de inmediato. Podía ver su reflejo en el vidrio: él estaba de pie junto a la barra del bar, con la camisa blanca ligeramente desabrochada y un vaso de whisky en la mano. La luz de los relámpagos iluminaba sus facciones duras y esos ojos oscuros que parecían leer pensamientos que ella misma temía admitir.
-Me gusta la lluvia -respondió ella, finalmente dándose la vuelta. Su voz sonó más temblorosa de lo que hubiera deseado-. Hace que todo lo demás se calle.
Dominic dio un paso hacia adelante. No era un hombre que caminara, él reclamaba el espacio. Sus zapatos de cuero resonaron suavemente sobre la madera.
-A veces el silencio es más revelador que el ruido -dijo él, deteniéndose a poco menos de un metro.
Cloe sintió el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste absoluto con el frío que entraba por las rendijas de la ventana. Llevaba un vestido de seda corto, color perla, que se adhería a sus curvas de una manera que ella sabía que era imprudente. Dominic bajó la mirada, recorriendo lentamente el perfil de su cuello hasta detenerse en el inicio de su pecho, donde el pulso de Cloe martilleaba con fuerza visible.
-Estás nerviosa -afirmó él, no como una pregunta, sino como una observación de cazador.
-Es solo la tormenta, Dominic.
-Mientes.
Él dejó el vaso sobre una mesa lateral sin apartar los ojos de ella. El ambiente cambió en un parpadeo. Ya no eran el tutor y la protegida; eran dos fuerzas gravitacionales colisionando en la oscuridad de la sala, iluminada solo por las brasas de la chimenea y los flashes del cielo. Dominic extendió una mano, pero no la tocó. Sus dedos se detuvieron a milímetros de su mejilla, permitiendo que ella sintiera el magnetismo de su piel.
-Llevas meses mirándome cuando crees que no me doy cuenta -susurró él, dando un paso más, acortando la distancia hasta que el pecho de él rozó los hombros de ella-. Llevas meses dejando la puerta de tu habitación entreabierta cuando sales de la ducha. ¿Qué es lo que buscas, Cloe? ¿Atención... o fuego?
Cloe sintió que las piernas le flaqueaban. El aroma de Dominic -una mezcla de sándalo, tabaco caro y el toque metálico del whisky- la mareaba de una forma embriagadora. No podía apartar la vista de sus labios, firmes y sugerentes.
-No sé de qué hablas -alcanzó a decir, aunque sus manos, por instinto propio, se posaron sobre los antebrazos de él. Los músculos de Dominic estaban tensos como cuerdas de piano.
-Sabes perfectamente de qué hablo. Estás jugando con algo que no puedes controlar. Y yo he sido muy paciente, pero esta noche... la paciencia se me ha agotado.
Dominic finalmente cerró la distancia. Su mano grande y cálida se cerró con firmeza pero sin brusquedad sobre la nuca de Cloe, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás. La vulnerabilidad de su cuello expuesto ante él la hizo soltar un suspiro entrecortado que fue devorado por el siguiente trueno.
Él se inclinó, su aliento rozando la oreja de ella antes de descender hacia su mandíbula.
-Si no te vas a tu habitación en este preciso momento -gruñó Dominic, su voz vibrando contra la piel de ella-, no habrá vuelta atrás. Olvidaré quién se supone que debo ser para ti y solo recordaré lo que este cuerpo me está pidiendo a gritos desde hace tanto tiempo.
Cloe no se movió. Al contrario, se presionó más contra él, sintiendo la evidencia de su deseo bajo la tela fina de su ropa. Sus dedos se enterraron en las mangas de la camisa de él, arrugándola.
-No quiero irme -susurró ella, desafiante y entregada al mismo tiempo.
Dominic soltó una risa baja, casi salvaje, antes de capturar sus labios en un beso que no tuvo nada de dulce. Fue una invasión, un reclamo de posesión que sabía a hambre acumulada y a años de represión. Cloe respondió con la misma urgencia, sus manos subiendo hasta el cabello de él, desesperada por más.
La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro, el incendio apenas comenzaba. Dominic la levantó con una facilidad asombrosa, haciendo que ella enredara sus piernas alrededor de su cintura mientras la llevaba hacia el sofá de cuero, donde las sombras y el fuego serían los únicos testigos de lo que estaba por suceder.
El roce del cuero frío del sofá contra la espalda de Cloe fue el último contacto con la realidad que tuvo antes de que el calor de Dominic la envolviera por completo. Él no la dejó ir ni un segundo; su cuerpo era una presencia imponente que la anclaba al presente, a la urgencia de sus manos y a la tormenta que rugía tanto fuera como dentro de ellos.
Dominic se separó apenas unos centímetros de sus labios, lo justo para mirarla a los ojos. Sus pupilas estaban tan dilatadas que el iris oscuro apenas era un anillo delgado. El hombre que siempre había sido el pilar de la disciplina y el control se estaba desmoronando ante ella, transformándose en algo primario.
-Mírame, Cloe -ordenó él con una voz que vibraba en el pecho de la joven-. Si seguimos, no hay lugar para el arrepentimiento mañana. No seré el hombre que te prepara el café en la mañana con indiferencia. Seré el hombre que te reclamó en esta sala. ¿Estás segura?
Cloe, con la respiración entrecortada y las mejillas encendidas, subió sus manos por el pecho de Dominic, desabrochando los dos botones siguientes de su camisa con dedos temblorosos pero decididos.
-He estado segura desde el primer momento en que te vi cruzar esa puerta hace tres años, Dominic -susurró ella, su voz ganando una confianza que solo el deseo puro puede otorgar-. Deja de hablar y demuéstrame que este fuego es real.
Dominic soltó un gruñido bajo y volvió a capturar su boca. Esta vez, el beso fue más profundo, exploratorio, una danza de lenguas que reclamaban territorio. Sus manos, grandes y expertas, bajaron por los costados de Cloe, delineando la curva de su cintura antes de subir hacia sus muslos. El vestido de seda se deslizaba con una facilidad insultante, revelando la piel pálida de la joven bajo la luz mortecina de las brasas.
-Eres tan malditamente perfecta -masculló él contra su cuello, mientras sus labios dejaban un rastro de besos ardientes hacia su clavícula-. Cada vez que te veía pasar, cada vez que escuchaba tu risa en la casa, tenía que recordarme a mí mismo quién era. Pero hoy... hoy no soy nadie más que un hombre que te desea hasta la locura.
Dominic metió sus manos bajo el borde del vestido de seda, subiéndolo lentamente. Cloe arqueó la espalda, soltando un gemido que se perdió en el siguiente trueno. El contraste entre la aspereza de las manos de él y la suavidad de su propia piel la hacía delirar. Cuando el vestido finalmente voló hacia algún rincón oscuro de la habitación, Cloe se sintió expuesta y, sin embargo, más poderosa que nunca.
Él se tomó un momento para contemplarla. Sus ojos recorrieron cada centímetro de su torso, deteniéndose en la lencería de encaje negro que ella había elegido esa noche casi con una intención profética.
-Sabías que esto pasaría -dijo Dominic, con una sonrisa ladeada que era pura tentación-. Te pusiste esto para mí.
-Tal vez quería ver si eras tan fuerte como aparentabas -retó ella, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de él, obligándolo a bajar de nuevo.
Dominic no esperó más. Sus manos se cerraron con firmeza sobre sus caderas, atrayéndola hacia él de un tirón, eliminando cualquier espacio restante. Cloe pudo sentir la rigidez de su deseo contra su vientre, un recordatorio físico de que el punto de no retorno había quedado atrás hace mucho tiempo. Él comenzó a despojarse de su propia camisa, revelando un torso ancho y marcado por el tiempo y el ejercicio, una anatomía de fuerza que Cloe comenzó a explorar con sus uñas, dejando leves surcos rojos sobre su piel.
-Dominic... por favor -suplicó ella cuando los labios de él encontraron la curva interna de su muslo.
-No me pidas que me apresure, Cloe -respondió él, su voz era un murmullo profundo entre sus piernas-. Hemos esperado demasiado. Quiero saborear cada segundo de tu rendición. Quiero que mañana, cuando camines por esta casa, cada rincón te recuerde a mis manos sobre ti.
El juego previo se convirtió en una sinfonía de sensaciones. Dominic fue meticuloso, usando su boca y sus dedos para llevarla al borde del abismo una y otra vez. Cloe se retorcía bajo él, sus dedos enredados en el cabello oscuro de Dominic, soltando nombres y promesas que solo el éxtasis conoce. El aroma del sexo y el perfume de ella se mezclaban con el olor a lluvia y ozono que entraba por la ventana entreabierta.
Cuando Dominic finalmente se deshizo de lo último que los separaba, el silencio en la habitación se volvió sepulcral, solo roto por sus respiraciones agitadas. Él se posicionó entre sus piernas, sus brazos sosteniendo su propio peso mientras la miraba con una intensidad que quemaba más que el fuego de la chimenea.
-Dilo -susurró él-. Di que me quieres a mí. No al hombre que cuida de ti, sino al hombre que te va a poseer.
-Te quiero a ti, Dominic -gimió ella, con los ojos empañados por la necesidad-. Te quiero ahora.
Él entró en ella con una estocada lenta y profunda, un movimiento que los hizo gemir al unísono. Fue una unión que se sintió como una colisión de destinos. Cloe envolvió sus piernas alrededor de su cintura, incitándolo a ir más rápido, a llenar cada vacío que la soledad y la contención habían dejado en ella. Dominic respondió con un ritmo posesivo, cada empuje era una declaración, un sello de propiedad que ella aceptaba con cada exhalación.
-Maldita sea, Cloe... -Dominic enterró su rostro en el hueco de su cuello, su respiración quemándole la piel mientras aumentaba la intensidad-. Eres mía. En esta casa, bajo esta tormenta... eres completamente mía.
-Y tú eres mío -replicó ella, encontrando el ritmo de él, moviéndose en una armonía perfecta que solo la química más pura puede lograr.
La sala de estar se convirtió en su santuario. Los relámpagos iluminaban sus cuerpos entrelazados en destellos de color plata, creando sombras largas que danzaban en las paredes. El placer creció hasta volverse insoportable, una marea que amenazaba con ahogarlos a ambos. Cloe sintió que el mundo desaparecía, que solo existía la fricción, el calor y el hombre que la sostenía como si fuera lo más valioso y lo más prohibido del mundo.
Cuando el clímax finalmente los alcanzó, fue como una explosión silenciosa. Cloe gritó el nombre de Dominic mientras se aferraba a sus hombros, sintiendo cómo cada fibra de su ser vibraba en sintonía con él. Dominic se tensó, sus músculos se volvieron de piedra mientras se entregaba por completo a ella, llenándola de su calor y de su esencia, en una entrega que marcaba el final de una era y el comienzo de algo mucho más peligroso.
Minutos después, el único sonido era el de la lluvia, que ahora caía con una suavidad melancólica. Dominic permanecía sobre ella, su peso era un consuelo necesario. Le apartó un mechón de cabello sudado de la frente y le dio un beso tierno, un gesto que contrastaba con la ferocidad de hace unos instantes.
-Ahora ya lo sabes -dijo él, su voz volviendo a ser la de un hombre que controla su mundo, pero con un matiz de posesividad eterna-. Ya no hay vuelta atrás, Cloe.
Ella sonrió, agotada y satisfecha, refugiándose en su pecho.
-No quiero volver atrás, Dominic. Nunca.
El trayecto desde el salón hasta mi habitación fue un borrón de sensaciones eléctricas. Dominic no me permitió caminar; me llevaba en vilo, con mis piernas enredadas en su cintura y mis pezones rozando su pecho desnudo con cada uno de sus pasos firmes. El cuero del sofá había sido el aperitivo, pero el hambre que brillaba en sus ojos me decía que el banquete principal apenas comenzaba. Al entrar en mi cuarto, el aroma a vainilla y flores que siempre lo inundaba fue rápidamente sofocado por el olor a sexo, sudor y ese magnetismo masculino que Dominic desprendía.
Me dejó caer sobre el edredón de seda blanca. Me sentía pequeña, vulnerable y, al mismo tiempo, la mujer más poderosa del mundo bajo su mirada depredadora. Dominic se quedó de pie al borde de la cama, terminando de despojarse de su pantalón. Cuando la tela cayó al suelo, me quedé sin aliento. Ya lo había sentido contra mí en la sala, pero verlo así, a la luz de las velas que aún parpadeaban en mi mesita de noche, era otra cosa.
-Dios, Dominic... -susurré, recorriendo con la mirada su anatomía.
Su polla estaba completamente erguida, una columna de carne tensa y venosa que latía con cada una de sus respiraciones. Era impresionante, mucho más grande de lo que mi imaginación había alcanzado a proyectar en mis noches de soledad. La punta, ya humedecida por el deseo, brillaba bajo la tenue luz.
-¿Te gusta lo que ves, Cloe? -preguntó él con esa voz de barítono que me vibraba en el vientre-. Porque no voy a dejar un solo rincón de tu cuerpo sin reclamar esta noche.
Se subió a la cama, gateando sobre mí como una pantera. Sus manos, grandes y callosas, atraparon mis tetas con una urgencia que me hizo soltar un grito ahogado. Las apretó, moldeando la carne suave entre sus dedos, observando cómo mis pezones se ponían tan duros que parecían diamantes rosados.
-Tienes unos pechos hechos para mis manos -gruñó él, bajando la cabeza para lamer uno de ellos, rodeando la areola con su lengua caliente antes de succionar con fuerza-. Quiero verlos saltar mientras te follo, quiero que se pongan rojos por mi culpa.
-Entonces hazlo -le provoqué, arqueando la espalda, ofreciéndome más-. No me hables más como si fueras mi tutor. Sé el animal que ocultas bajo esos trajes caros.
Dominic sonrió de lado, una expresión cargada de malicia sexual. Me sujetó de los tobillos y me arrastró hacia el borde de la cama, dejándome las piernas colgando. Él se mantuvo de pie en el suelo, posicionándose entre mis muslos.
-Ponte a cuatro, Cloe -ordenó, su voz cargada de una autoridad que me hizo mojar las sábanas instantáneamente-. Quiero verte desde atrás. Quiero ver cómo mi polla desaparece dentro de ti mientras me suplicas por más.
Me giré sobre el colchón, apoyando las rodillas y los antebrazos. Me sentía expuesta, con el culo elevado hacia él, ofreciéndole mi intimidad más profunda. Escuché el sonido de su mano golpeando con fuerza una de mis nalgas, un azote seco que me arrancó un gemido de puro placer.
-Mira qué rosada te estás poniendo -dijo él, inclinándose para morder la piel de mi cadera mientras sus dedos se abrían paso entre mis labios húmedos-. Estás empapada, pequeña. ¿Tanto me necesitabas?
-Sí, maldita sea... métela ya, Dominic. No aguanto más -supliqué, hundiendo la cara en la almohada.
Sintió la punta de su polla presionando mi entrada, buscando paso. Estaba tan caliente que parecía quemarme. Entró lentamente, dilatándome, obligándome a ensancharme para recibir todo su grosor. Sentía cada vena, cada centímetro de su piel rozando mi interior. Cuando llegó al fondo, sentí un choque eléctrico que me hizo temblar de pies a cabeza.
-Eres tan estrecha... me vas a romper -masculló él, comenzando a moverse.
El ritmo era brutal. Dominic me agarraba de la cintura, sus dedos hundiéndose en mi piel como garras, mientras me embestía con una fuerza que hacía que la cama crujiera rítmicamente contra la pared. Con cada estocada, mis tetas rebotaban contra el colchón, y yo solo podía ver las sombras de nuestros cuerpos chocando violentamente.
-¡Oh, sí! ¡Deme más, Dominic! ¡Fóllame más fuerte! -gritaba yo, perdiendo cualquier resto de compostura.
-¿Quién es tu dueño, Cloe? -me preguntó, dándome otro azote que me hizo apretar mis músculos internos alrededor de él-. ¿Quién te está dando lo que tanto buscabas?
-¡Tú! ¡Solo tú! -respondí, girando la cabeza para intentar besarlo mientras él seguía dándome estocadas profundas que me hacían ver estrellas.
Se detuvo un segundo, solo para hacerme girar de nuevo. Esta vez me puso de espaldas, subiendo mis piernas sobre sus hombros. En esta posición, la penetración era aún más profunda, casi dolorosa de lo perfecta que era. Dominic agarró mis tetas, tirando de mis pezones mientras bajaba la mirada para ver cómo su polla entraba y salía de mí, cubierta de mis fluidos.
-Mírate -dijo él, con la respiración entrecortada-. Estás hecha para esto. Tu cuerpo se abre para mí como si fueras de porcelana, pero me aguantas como una guerrera.
Subió el ritmo, sus ojos fijos en los míos. Ya no había rastro del hombre serio de los negocios; solo quedaba el hombre que me estaba haciendo suya de todas las formas posibles. Yo sentía que el clímax estaba a punto de estallar. Mis paredes vaginales se contraían rítmicamente alrededor de su miembro, ordeñándolo, incitándolo a terminar dentro.
-Dominic, voy a... voy a correrme -gemí, cerrando los ojos con fuerza, sintiendo cómo el calor subía desde mis pies hasta mi cabeza.
-Hazlo conmigo -gruñó él, aumentando la velocidad de sus caderas, golpeando mi clítoris con cada movimiento-. Corréte para tu padrastro, Cloe. Enséñame cuánto placer puedes soportar.
En ese momento, el mundo explotó. Sentí una ola de éxtasis que me dejó sin aire, mis músculos se tensaron en un espasmo violento mientras gritaba su nombre. Segundos después, Dominic soltó un rugido animal, enterrándose en mí hasta el fondo, y sentí los chorros calientes de su semen llenándome, una sensación de plenitud que me hizo llorar de felicidad.
Se dejó caer sobre mí, su pecho sudado subiendo y bajando con fuerza contra mis pechos. Estábamos empapados, agotados, envueltos en el aroma de nuestra entrega.
-Esto es solo el principio -susurró él en mi oído, mordiéndome el lóbulo-. Te dije que serían cien noches, Cloe. Y no pienso desperdiciar ni una sola hora de oscuridad contigo.
Me acurruqué contra él, sintiendo su polla aún dentro de mí, relajándose poco a poco. Sabía que mi vida había cambiado para siempre, y no me importaba.