Ella se encuentra sentada junto a la ventana; en una de las mesas para dos del restaurante La Bohemia donde yo trabajo como empleada en el puesto de mesera.
Desde allí puede distinguirse con total claridad, los colores del semáforo situado en la transitada avenida. Aunque las gotas de lluvia salpican el cristal y el vapor proveniente de la cocina lo mantienen empañado, aún se visualiza el cambio de colores y la detención del tráfico en una rutina incesante.
Cuando digo "ella" me estoy refiriendo a Lucrecia Santos, cuyo estado civil me es desconocido. Una vecina bastante extraña si se la mira de cerca, aunque desde lejos no se nota tanto.
Le gusta vestir faldas y blusas amplias. Como el sobrepeso que la caracteriza le obliga a desplazarse con suma dificultad sobre zapatos de taquillos finos, acabó reemplazándolos por plataformas planas con las que tiene menos riesgo de accidentes.
En los estampados de sus atuendos predominan los lunares, parecen ser de su absoluta preferencia. Los hay grandes y pequeños, de fondos blancos o fucsia y prácticamente en todos los colores del arco iris. Los lunares están en sus blusas, en sus faldas y probablemente también en sus ropas íntimas.
Lucrecia tiene el aspecto de una niña algo mayor, suele colocarse diademas (obviamente de la misma tela de sus prendas), lo que hace suponer que cuenta con una por cada vestido y un moño también del mismo material.
Carteras acharoladas rellenas con quien sabe qué, porque se las ve a punto de estallar y que hacen a la vez, perfecta combinación con sus calzados. A veces me da la impresión de que están rellenas con un arsenal de cosméticos, pues no se me ocurre otra cosa.
Bueno el caso es que mi vecina Lucrecia es muy particular en su apariencia, algo que me divierte un poco y me recuerda a menudo al dicho que solía repetir mi abuela cuando decía: - ¡gustos, son gustos mija, y sobre él no hay nada escrito!
Ella, sin embargo, parece ser feliz con su manera de desplazarse por la vida y eso es lo único importante, cada vez que yo la veo me da la impresión de que está lista y preparada para su baile de graduación.
Pero valla, ¿habrá existido tal baile en su vida?, es una pregunta que a menudo se cruza en mi mente.
Alguien experimentado diría que su edad oscila entre los cuarenta o cuarenta y cinco años, aunque aparenta no estar enterada de ello, así como tampoco del hecho de vivir en una realidad alterna, es decir, en un mundo diferente.
A veces parece perderse en un punto fijo de este plano existencial pensando valla a saber uno en qué. Yo siempre la observo cada vez que viene, es que me gusta hacerlo.
Por el momento, el mundo tangible del que soy testigo que ambas habitamos es el departamento tres del cuarto piso. Y lo sé porque vivo en el número dos, por consiguiente, el suyo se halla contiguo al mío. Lo que literalmente la convierte en mi vecina.
Así que no solo solemos cruzarnos en el ascensor y demás lugares del edificio, sino que además hasta la oigo gritar por las noches debido a las pesadillas que la atormentan.
Desde hace mucho tiempo mi curiosidad me obligó, más de una vez a pegar mi oreja contra el muro que separa nuestros dormitorios y que es bastante delgado para oír cómo, al parecer algún monstruo atroz la persigue sin descanso cada noche, atormentándola hasta que su mismo grito la despierta. Y a mí, en muchas ocasiones, también. Luego, cuando me habitué a escucharla prácticamente dejó de asustarme. Simplemente aquello se convirtió en esperar el grito final y listo, fin de los alaridos.
En este momento yo me encuentro detrás de la barra de La Bohemia, con la bandeja en mi mano, esperando el pedido que debo llevar hasta su mesa.
Desde aquí la observo y los interrogantes no dejan de roer mi cabeza, como, por ejemplo: - en sus pesadillas ¿cómo irá vestida? ¿Será que irá con esos amplios vestidos a lunares? Y en el caso que lleve puestas esas plataformas, ¿no le resultará incómodo correr con ellas en sus pies? Luego me pregunto cómo hará para escapar de su perseguidor con el sobrepeso que lleva debajo de esas amplias ropas.
Esta es parte de la lista de interrogantes, que, aunque sé que quizá nunca obtendré las respuestas, no dejan de azotarme el cerebro cada vez que la veo.
Me acerco hasta su mesa. - Buenas noches señorita Lucrecia, aquí traigo su pedido- le digo muy animada y con la mejor de mis sonrisas. Porque debo confesar que hay algo en ella que me cae muy bien... no sé qué es, tal vez su gusto por aquellos coloridos lunares, o qué se yo.
Deposito sobre la pequeña mesa una gaseosa de tamaño chico la cual destapo con un abridor extraído del bolsillo de mi uniforme y lleno una cuarta parte de un alto vaso de vidrio. Luego acomodo frente a ella el plato con un bife de ternera bien cocido, acompañado de un montón de papas fritas y en un recipiente a parte dejo la ensalada de zanahorias, tomates y pepinos.
-Muchas gracias Clariké - me dice mostrando una sonrisa de dientes blancos y perfectos.
Siempre ignoré por completo el motivo por el que me llama Clariké. Este apodo ni siquiera tiene asonancia con mi verdadero nombre, y por más que en tres ocasiones le expliqué que me llamo Estefanía, ella pareció ignorar lo que le estaba diciendo, acentuando con más firmeza el apodo con el que me ha bautizado.
Bueno, en fin, a mí no me importa cómo quiera llamarme, después de todo Clariké me parece un nombre con estilo. Si le gusta llamarme así, para mí está bien.
Lucrecia viene a cenar todos los jueves al restaurante en el que yo trabajo de mesera y siempre pide el mismo menú.
Como yo no puedo dejar de preguntarme todo a cerca de su vida, quisiera saber si el resto de la semana cena en otros restaurantes o en la soledad de su departamento.
No puedo saberlo porque solo tengo franco los días lunes, pero confieso que esos son mis días más ocupados y olvido completamente vigilar su existencia.
Pues al tener un solo día libre pretendo hacer todo lo que no puedo en el resto de la semana, así que este es el día en que la lavadora no descansa y también es el día que visito a mi madre, por consiguiente, la mayoría de los lunes ni sé si ella cena en su departamento o no, y el resto de los días estoy en el trabajo a la hora de la cena, así que me es imposible descubrir qué hace mi vecina. Pero si cuando llego, la oigo agitada no dudo en adosar mi oído en el muro pues estoy muy intrigada por saber quién o qué es lo que la persigue cada noche. Tremendo susto me llevé la primera vez que la escuché gritar, pensé que alguien había irrumpido en su departamento y se hallaba en peligro. Estuve a punto de llamar a la policía, hasta que, gracias a pegar mi oreja a la pared pude darme cuenta que no se oía más que la voz de ella, es decir, que no había nadie con mi vecina. Lo que me deja aún en la ventaja de ser un espía anónimo.
La particular cliente de los días jueves nunca tarda más de veinte minutos en dejar vacío el plato y la fuente de ensalada. A veces me da la sensación de que, el hecho de ser perseguida durante las madrugadas le han creado el delirio de estar alerta en todo momento y ese es el motivo por el cual come a toda velocidad.
De pronto alza su mirada directamente hacia mí y me hace un ademán con la mano izquierda para que me acerque de nuevo a la mesa que ocupa, lo que por supuesto hago inmediatamente.
-Quisiera helado de frambuesa, no, no mejor café con una porción de pastel de limón, ¿puede ser posible? –me pide limpiando su boca con una servilleta de papel.
- Sí, cómo no señorita Lucrecia- respondo con una sonrisa mientras me pregunto hacia mis adentros ¿cómo puede comer tanto?
-Muchas gracias Clariké, eres muy amable- contesta feliz.
A los pocos minutos regreso con su pedido y me dirijo hacia la mesa de enfrente, a la que se sentó un señor alto y delgado que me pide sopa de camarones mientras no le quita la mirada de encima a Lucrecia.
Ella parece no percatarse de la presencia del sujeto hasta que finaliza el postre.
Luego, cuando alza la vista buscándome, seguramente para pedirme la cuenta, cruza miradas con aquel señor y la veo palidecer repentinamente.
Como estoy muy atenta a toda esta secuencia me acerco de inmediato hasta su mesa y le pregunto si está todo en orden. Ella me mira fijamente con ojos desorbitados y se pone muy nerviosa.
- ¿Me tres la cuenta preciosa? - me dice con voz temblorosa.
-Sí, en seguida señorita Lucrecia –le contesto confundida y sin quitar mis ojos de los suyos-
Al voltearme veo la expresión en el rostro de aquel hombre y me quedo congelada. Por un breve instante sus ojos resplandecen y se tornan de color rojo intenso.
Me dirijo rápido hasta la caja y le llevo la cuenta. Lucrecia abona y me deja el cambio como siempre hace, para luego pedirme en voz muy baja si le acompaño hasta el baño de damas porque no se siente demasiado bien. Toda esta situación se me antoja demasiado extraña al igual que el repentino temblor que siento en sus manos al posarla sobre mi hombro.
Asiento con la mirada puesta en ella, la tomo del brazo y caminamos juntas hasta el baño pasando justo por delante del sujeto extraño que no para de mirarle fijamente. Puedo percibir su cuerpo tembloroso y pienso que está sufriendo un ataque de pánico.
Cuando llegamos, se aferra a mí muy desesperada y me suplica que le busque un sitio donde esconderse hasta que el sujeto que cena sopa de camarones se vaya. Puedo ver el terror en su mirada y me asusto mucho al comprender que ese hombre es el responsable de su gran temor.
La llevo hasta la cocina y le explico la situación al cocinero el cual me dice, en su lengua italiana por qué no llamamos a la policía y le comprendo más por las gesticulaciones de sus manos que por las frases que emite.
Le explico esto a Lucrecia, pero ella se niega rotundamente a llamar a las fuerzas policiales, sin embargo, por más que insisto, no me quiere decir el motivo, aunque lo intuyo por el destello que vi en los ojos de aquel hombre. A veces las cosas no suenan creíbles y no las mencionamos para no ser juzgados de irracionales.
Por alguna razón que se me antoja desconocida la comprendo y le pido al cocinero que guarde el secreto ante el encargado. La acompañé hasta el depósito donde se guardan las mercaderías, en el que sé con certeza que nadie entra, le coloco una silla y la dejo allí sentada sola, antes de cerrar la puerta e irme a seguir sirviendo las mesas.
Luego de esconder a mi vecina Lucrecia en el lugar más seguro que encuentro, como lo es el depósito de las mercaderías donde solo entra de vez en cuando Francesco, el cocinero, ingreso al salón nuevamente y encuentro la mirada odiosa de aquel extraño sujeto clavada en mí. Me siento intimidada percibiendo que él sabe lo que acabo de hacer, pero a la vez molesta por causa de haber tenido que esconder a una persona de él. No entiendo por qué la pobre mujer se aterró de ese modo al verle.
De pronto observo que el hombre me hace ademán para que me acerque hasta su mesa, cosa que dudo por un momento, pero luego valientemente y alzando mi mirada, voy decidida, pensando que nada podría hacer contra mí frente a la vista de todas las personas que se encuentran aquí.
Sí señor, ¿se le ofrece algo más? Digo aparentando valor.
Me mira con una fea sonrisa en la que puedo intuir la satisfacción que le causa mi temor y esto me produce demasiada ira. –Sí- me responde-deseo un café y una porción de pastel.
Lo miro sorprendida al comprobar que no había probado la sopa que le había llevado momentos antes. Él, notando la extrañeza en mi mirada, agrega que no desea la sopa y que la puedo retirar. Entonces vuelvo a preguntar si encontró algún problema con ella a lo que me responde que ninguno, pero que ya no la quiere.
- ¿qué sabor de pastel prefiere señor? – le digo mientras recojo el plato con la sopa. Pero cuando comienzo a describir los que se hallan disponibles me interrumpe abruptamente y con una voz irreconocible y desagradable.
- ¡El mismo que le diste a la señorita Lucrecia! – agregando una sonrisa sarcástica y horrenda. Las personas detuvieron su conversación para mirar hacia todas las direcciones, como si no supieran que ese estruendo provino de la boca de este maleducado señor.
Me quedo viéndolo sorprendida, pensando que todo aquello no era más que una falsa comedia montada solo para molestarme e intento descubrir su verdadera intención indagando en su extraña mirada, pero se hace el distraído y me esquiva. Solo se limita a observar el servilletero que alza con su mano para examinarlo cuidadosamente sin prestarme nada de atención, entonces, conteniendo la ira giro sobre mis talones para traer el pedido y llevar de nuevo lo que ni siquiera probó. Comencé a pensar que este señor tiene algún tipo de desorden mental y que tal vez es peligroso así que trato de calmarme y cumplo con su pedido como si no hubiera oído nada.
No pasan ni diez minutos cuando vuelvo con el mismo postre que solicitó Lucrecia sobre la bandeja, pero, para mi sorpresa, el hombre ya no estaba. Sobre la mesa encuentro un billete que duplica el valor de lo que pidió, aunque toda la comida está intacta, es decir que no la comió y él no está por ninguna parte. Me quedo perpleja, con la bandeja en la mano y luego tomo el dinero para pagar la cuenta. Le explico al encargado lo sucedido, pero está tan ocupado con los pedidos de comida rápida, que no me presta demasiada atención, solo cobra y me entrega el cambio. Entonces, como no hay nadie a quien dárselo, lo guardo en el bolsillo de mi uniforme.
A continuación, entran tantas personas al restaurante que no hay más espacio para acomodarlas, el encargado y el cocinero traen mesas extras para el resto que espera de pie, ser atendida. Esta horda me mantiene sumamente ocupada durante las próximas tres horas de esta noche en que no paro de ir y venir de la cocina al salón hasta que poco a poco vuelve a quedar prácticamente vacío. Con todo esto, no tuve tiempo de ir a decir a Lucrecia que aquel sujeto ya se había marchado unas horas antes, la verdad, lo olvidé. Eric, sorprendido de la cantidad de personas que ingresaron al mismo tiempo, se hizo hacia atrás en la banqueta que ocupa detrás del mostrador y suspira.
- ¿Qué fue todo esto? - agrega alzando las cejas. Los tres nos damos cuenta que se trata de un suceso bastante extraño por estar fuera de la temporada de turismo, pero nos pone muy feliz.
-No lo sé –respondo agitada, - pero estoy exhausta. -
Aunque cansada, también estoy feliz porque mi bolsillo rebalsa de propinas.
De repente recuerdo a Lucrecia y el corazón me da un vuelco, ¡la había olvidado en el depósito! ¡Qué horror, pobre mujer! Tal vez hasta se haya quedado dormida, pero lo que más me preocupa es que Eric se entere de esto, porque podría perder mi puesto de trabajo. Entonces, con gran disimulo y en un descuido del encargado corro a buscarla.
Cuando abro la puerta del depósito dispuesta a pedirle disculpas por mi tardanza, me llevo la sorpresa enorme de ver la silla donde la dejé sentada vacía, tumbada en el suelo y no había rastros de ella.
¡Lucrecia no está! – me digo en voz baja y con los ojos enormes -, pero ¿en qué momento se había marchado?¡ Si además la puerta estaba cerrada con doble traba desde afuera, pues no tiene cerradura! Resulta completamente imposible que pudiera haberla abierto desde adentro. Lo único que me queda por pensar es que ¡ha desaparecido! Siento una terrible culpa por haber dejado a mi pobre vecina allí, pero es el único lugar seguro donde nadie entra salvo el cocinero. Me quedo boquiabierta y sin saber qué pensar ni decir, entonces, voy rápido a la cocina e interrogo a Francesco en voz muy baja, pero este niega con la cabeza haberla visto mientras limpia enérgicamente los utensilios llenos de grasa con agua hirviendo. En su complicado lenguaje de señas, me asegura que, luego que volví al salón para atender a la multitud, él fue por unas latas de conservas al depósito y la señora ya no se encontraba allí.
Sin más qué hacer vuelvo al salón desconcertada y me dispongo a dejar todo limpio y ordenado. Me quedo pensativa y mirando a la nada cuando el encargado me saca de mi letargo haciendo que me sobresalte cuando dijo mi nombre. -¡Eh, Estefanía!, ¿qué sucede? ¿No Me oyes? – yo lo miro desconcertada y él lanza una risotada que retumba en todo el salón. –Disculpa, estoy distraída y un poco cansada – digo, pero él vuelve a reír y me indica que puedo irme, que mañana ordene el salón pues fue demasiado trabajo por hoy. Pero yo hago caso omiso a sus palabras y doy unas vueltas más por el lugar fingiendo que busco algo. Entro al baño de damas por si Lucrecia está ahí y luego al de caballeros para asegurarme, pero no la encuentro por ningún lado.
Eric, el encargado de La Bohemia no se da cuenta de mi preocupación, tal vez cree que estoy cansada de tanto trabajo esta noche. Pero la verdad me encuentro desesperada pensando en cómo pudo esfumarse Lucrecia del depósito de las mercaderías y no se lo puedo contar a él, pues podría despedirme por ello, así que me limito a esquivar su mirada y desaparecer mientras él queda entretenido cerrando la caja. Sin más lugares donde buscarla, finalmente tomo mi abrigo y el bolso dispuesta a marcharme.
Pensativa y preocupada, camino hasta donde se encuentra estacionada mi motocicleta y luego de colocar mi casco reglamentario, me dispongo a marcharme apresuradamente, pues no me da demasiado placer viajar a estas horas por la avenida desierta. Además, quiero llegar lo más rápido posible para saber si Lucrecia está en su casa. De ser así la oiré desde el otro lado de la delgada pared que nos separa.
Pronto llego al estacionamiento del edificio, donde siempre dejo estacionado mi vehículo y al quitarme el casco protector puedo ver una sombra entre los autos estacionados que se esconde fugazmente. Pienso que se trata de alguno de mis vecinos, que seguramente anda por allí, pero cuando me acerco no veo a nadie. Entonces, giro sobre mis pies para dirigirme a la entrada del edificio, pensando que quizá solo se trata del reflejo de alguna marquesina, pero, doy un sobresalto cuando escucho pasos detrás de mí en medio de aquel silencio.
Un frío extraño recorre mi columna vertebral y volteo a ver, pero sigo sin ver a nadie. El espanto se apodera de mí acelerando mis latidos y apresuro el paso hasta finalizar corriendo hacia la puerta del ascensor que me lleva al cuarto piso sin mirar atrás.
Cuando logro entrar a mi departamento cierro la puerta detrás de mí y lanzo un suspiro de alivio. luego, como no puedo dejar de pensar en Lucrecia, aunque mi corazón sigue acelerado, me voy directamente hasta el dormitorio para tratar de escuchar algo a través de la pared colocando mi oído sobre ella, pero nada. No se oye ni un solo sonido, parece no haber nadie en el departamento de la vecina.
Mi intriga es abismal y no puedo más con ella. Lo único que me preocupa es saber si se encuentra bien o no, si llegó a su casa, si está dormida o dónde está.
Entonces, aunque aún sigo temerosa por lo sucedido en el estacionamiento, vuelvo a salir cautelosamente al pasillo y golpeo con fuerza su puerta una y otra vez para asegurarme que nada malo le sucedió, pero nada. Definitivamente termino convencida de que no hay nadie, así que entro de nuevo a mi casa trabando la puerta con doble cerrojo por si aquellos golpes acaso alertaron al dueño de los misteriosos pasos que oí momentos antes.
Pero no vuelvo a escucharlos, el silencio en el pasillo es abismal, parece que todos duermen en estos momentos.
Lamentablemente, sin respuestas a cerca del paradero de mi querida vecina Lucrecia tengo que rendirme y acostarme a dormir con todas los interrogantes del mundo en mi cabeza.
Al mañana siguiente despierto cerca de las diez, aún tengo sueño, pero no quiero levantarme tan tarde de la cama para no saltearme los horarios de las comidas, además se me hace demasiado corto luego el resto del día y no realizo las cosas que me propongo, como por ejemplo zurcir algunas prendas. Entonces luego de alistarme, comienzo a preparar mi desayuno, pero llaman mi atención los ruidos que se oyen en el pasillo del edificio y más aún, parecen ser del departamento de mi vecina, siento alivio de escuchar que se encuentra allí. Tal vez anoche estaba dormida y no escuchó que golpeé su puerta. Aunque los ruidos que se oyen no parecen ser de un abrir y cerrar puertas como si se tratara de una persona que entra o sale, más bien parece una multitud moviendo muebles y haciendo rodar algo. Esto me llena de intriga así que dejo lo que estoy haciendo y voy a ver de qué se trata tanto alboroto.
Al abrir la puerta, observo horrorizada, cómo unos equipos de médicos junto a varios policías sacan en una camilla a una persona del interior del departamento contiguo, dentro de una bolsa mortuoria de color negro. ¡Lucrecia! – grita mi mente mientras mis ojos se inundan de lágrimas-
¡No lo puedo creer! le pregunto a uno de los policías si la persona que se encuentra dentro de la bolsa está muerta y asiente con la cabeza mientras rueda los ojos hacia atrás, dejándolos en blanco. Yo llevé una de mis manos al pecho mientras mis ojos tan grandes como dos platos dejaban caer todo su contenido acumulado mojando mi ropa y mi mandíbula queda abierta de par en par. El policía al verme en ese estado me pregunta si me encuentro en condiciones para responder algunas preguntas para aclarar el suceso, a lo que le respondo que sí, que no tengo ningún problema en contarles todo lo que sé.
Y así lo hice, mientras tomaron notas de cada detalle y las lágrimas siguen fluyendo de mí como cataratas. Le cuento todo: desde que oía lo que yo pensaba que eran sus pesadillas hasta el suceso de la noche anterior, en el que misteriosamente desapareció del depósito de mercaderías, así como, también la sombra y los pasos que lograron asustarme en el estacionamiento. Quisieron saber a cerca de la identidad del sujeto de los ojos rojos, pero lo único que puedo hacer es describirlo con la mayor cantidad de detalles posibles.
El agente toma nota de todo y luego se marcha junto con los otros que están a poca distancia. Al verlos me doy cuenta que se encuentran tan descolocados con todo esto como lo estoy yo.
Entro a mi departamento completamente asustada, pensando que quizá hay un demente suelto asesinando mujeres solas, y yo estoy en peligro entonces. No puedo quitar de mi mente la imagen del sujeto de la sopa de camarones, quien estoy completamente segura, es el responsable de la muerte de Lucrecia Santos. Si hubiera podido tomar una fotografía de él ya estaría empapelando el vecindario para que sea reconocido por todos.
Con gran temor me aseguro de reforzar muy bien las ventanas, pues, aunque vivimos en un cuarto piso nunca se sabe, tal vez sea un gran escalador. Más tarde, compro también un nuevo pasador para la puerta que coloco ese mismo día, para que, en caso de que ese degenerado logre abrir la cerradura, el grueso pasador no le dejará ingresar. A no ser que derribe la puerta, pero en ese caso, los vecinos de los otros departamentos se asomarían por los ruidos quedando así en evidencia. Con todos estos pensamientos me quedo más tranquila y llegada la noche, puedo dormir en paz.
Aunque igual me siento realmente en peligro, pues la puerta está impenetrable cuando estoy dentro del departamento, pero cuándo¿ voy a mi trabajo y la cierro desde afuera? ¿qué sé yo si ingresa sigilosamente y me espera para atacarme? Bueno, mi aprendizaje de las artes marciales me ayudará a defenderme. Sí eso es. No debo temer. Solo debo estar alerta. Lo más importante es que, con el grueso pasador no logrará sorprender mi sueño.
No quiero contarle a mi madre lo sucedido pues no me dejará en paz hasta que no me mude a su casa, y verdaderamente no pienso hacerlo. Vivo sola porque ya no podía verla más en ese estado de depresión sin fin. Sí ya sé que suena como si le hubiera abandonado, pero mi salud mental acabó bastante deteriorada con su dependencia emocional y mis esfuerzos por llevarla a terapia resultaron completamente en vano. Entonces un día tomé la cruel decisión de alejarme para poder respirar.
Luego de unas cuantas horas ya no se oye ningún ruido, me asomo nuevamente al pasillo y puedo ver que la puerta del departamento contiguo se halla sellada con un precinto amarillo señalando que no se puede ingresar, seguramente para no contaminar la escena del crimen. Dos vecinas están paradas a poco a distancia hablando en susurros y me observan con ojos tristes, me saludan con un movimiento de mano y regresan al interior de sus viviendas cabizbajas. El cuarto piso está de luto, asustado y dolorido-pienso en este momento-
Luego de un momento, revisando en mi mente todo lo sucedido, recuerdo que el policía que me interrogó dijo que alguien los había llamado anónimamente para informar el suceso, por eso pensaron que había sido yo, a lo que les respondí que no, ya que ni siquiera sabía qué cosa había sucedido luego de que la señorita Lucrecia desapareció del depósito de las mercaderías. Que, por otro lado, dentro de mí rogaba a los santos que el encargado no me despidiera por haber escondido una persona allí, ya que se enteraría de todos modos a través de los policías.
Entonces una duda se alojó en mi mente: ¿Habrá sido aquel sujeto extraño el que avisó lo sucedido a la policía? Siendo tal vez es el autor material del hecho y por ese motivo retorcidamente lo anunció. ¿O será algún otro vecino el asesino?
Si lo segundo es cierto entonces hay otro autor del hecho porque de otro modo, no existe manera de que alguien sepa que había una persona muerta en el departamento tres del cuarto piso aquella mañana.
Esto me lleva a sospechar de todos los que viven en el edificio además del sujeto misterioso que aterró a Lucrecia antes de su deceso.