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Cliente Prohibido

Cliente Prohibido

Autor: : Yalow
Género: Romance
Sinopsis Marcelo Almeida no sabe lo que es perder, es un hombre poderoso, y muy peligroso, con una reputación intachable a pesar de hacer y deshacer como le venga en gana. Melany Mendes no será la excepción, el la vio una vez y decidió que a toda costa sería suya. Melany Mendes es una excelente maestra de baile y psicología, quien por juegos del destino terminó en los brazos de Marcelo, su perdición, en un momento de desesperación por escapar de las garras de su abusivo esposo conoce a Steve Ramos, un abogado selectivo sin limitaciones, que en todos los años de su carrera nunca había perdido un caso, egocéntrico y seguro de sí mismo y sus capacidades, pero la llegada de Melany a su vida, pondrá en duda su potencialidad, no sólo eso, también la seguridad de su corazón.

Capítulo 1 Prefacio

PREFACIO

CLIENTE PROHIBIDO

El frío abrazaba su cuerpo debajo de la fina tela que cubría su adolorido y voluptuoso cuerpo, o lo que quedaba de ello, era una mujer realmente hermosa y con buenos dotes, que poco a poco fue desapareciendo. Había cambiado tanto físicamente como mentalmente, y en tan poco tiempo.

Rascó su cabeza nerviosa, el guardia de aquel edificio le había dicho que no podía esperar a la persona que quería en su puerta, y en vez de quedarse dentro en uno de los sofás de recepción, decidió sentarse en la acera del lugar, frente a la húmeda carretera que sólo le proporcionaba más frío. Se abrazó a sí misma e inclinó la cabeza hacia delante mirando el asfalto que estaba entre húmedo y caliente, el olor a tierra le fascinaba, aunque en ocasiones ciertos lugares le daban asco, no todas las tierras olían igual, al menos eso sabía ella diferenciar.

Levantó su cabeza de golpe al recordar que su objetivo podía pasar en cualquier momento, y que no podía perder la oportunidad, no habría otra, por que su cuerpo no aguantaría una presión más. La luz blanca de un jeep acercándose la alertó, se paró de la acera y se pegó de espaldas a la pared del edificio, observó cada detalle del hombre que se bajaba del jeep, su vestuario, sus zapatos y muñeca, levantó un poco la cabeza y observó su cabello rubio. Lo reconoció, sin siquiera verle la cara lo reconoció, reconoció a su última esperanza en medio de tanta desgracia.

Se apresuró a adentrarse nuevamente al edificio inmediatamente que él desapareció de su vista, ésta era su oportunidad, lo iba a convencer porque todas las pruebas estaban en su cuerpo.

Esperó a que él entrara en su departamento para acercarse y tocar la puerta.

El sujeto gruñó molesto pensando que era alguien del servicio del edificio que venía a fastidiarle, odiaba muchísimas cosas, y aunque para él aquel edificio era el mejor para quedarse, también lo odiaba, la gente le parecía muy amable y confiada, y él detestaba eso.

Suspirando abrió la puerta dispuesto a lanzar un "¿Qué quiere?" sus ojos cayeron directamente en los de la mujer, que estaba parada en su puerta como una niña abandonada, vestía un fino vestido blanco liso, su piel se veía muy blanca y sus labios temblaban del frío, la reconoció, razón por la cual estaba dispuesto a cerrarle la puerta en la cara, pero aquella mujer no estaba dispuesta a rendirse, sino convencía a ese hombre, lo mejor para ella era tirarse de algún edificio u tomar una cuerda y ahorcarse.

-Sólo escúcheme -suplicó, su voz salió en un jadeo cortado, como si estuviese llorando por largo rato y casi no pudiese hablar.

-Ya le dije -respondió el sujeto con rudeza. -. ¿Qué no me entendió la última vez?

La mujer se dio el atrevimiento de pasar y entró al departamento, el sujeto no la rechazó, más bien la ignoró.

-Necesito de su ayuda.

El hombre continuó su caminata hacia el fondo de su departamento mientras se quitaba su saco.

-Sólo usted puede ayudarme -insistió ella.

-¡Lárguese! -exclamó el hombre sin piedad, él no sabía expresar eso, tal vez lo sentía, pero no era algo que consideraba parte de sí, al menos en el momento.

La mujer llevó ambas manos al final de su fino vestido y lo retiró de su cuerpo dándole más poder al frío de su demacrado cuerpo.

-¿Esto no es suficiente? -cuestionó.

El hombre de espaldas a ella rodó los ojos, se giró con una mano en su pecho intentando desabotonar su camisa, levantó la mirada y sus dedos se congelaron al instante que sus ojos dieron con la mujer, en todos los años de su carrera, nunca se había topado con algo similar. Escaneó a la mujer de pies a cabeza, todo su escultural cuerpo estaba marcado, moretones rojos, heridas que parecían ser muy recientes.

Aquel sujeto nunca había estado tan impactado en toda su vida, y aunque su rostro no demostraba nada en aquel momento, se estaba quemando por dentro, esa pobre mujer sí necesitaba su ayuda, y todos los casos que tenía a disposición podían esperar, pero ella no.

No quiso ni siquiera imaginar como había terminado en ese estado, su rostro estaba intacto, "lo típico de esos casos de abuso" -pensó. La imaginó sin esas marcas, y pensó, "la tendría atada a mi cama, pero no para manchar ese cuerpazo"

Sacudió levemente la cabeza y con pasos seguros avanzó hasta ella, se inclinó y recogió su vestido, no quiso observar más su cuerpo en tan sólo interior, mucho menos con esas marcas, así que la vistió. Ella no dijo nada, sólo se quitó la peluca, mostrando su cabello negro, no era rubia como quería aparentar, pero sino hacía eso, no estaría allí.

Capítulo 2 Esa mujer

CAPÍTULO #1 CLIENTE PROHIBIDO

Cuando Marcelo se enteró de que sería tío, se volvió loco, a tal punto de que estaba dispuesto a pegarle una paliza a su hermana, estaba tan furioso que tuvo que mantenerse alejado de casa por dos días hasta que calmara su ira, pero, desgraciadamente el pobre novio de su hermana no se salvó como ella, él sí terminó en el hospital con una golpiza que casi le cuesta la vida.

Todo dio un cambio radical, muy radical cuando la pequeña Emely nació, no había quien podía separar a éstos dos, Marcelo era el doble de sobre-protector con la niña que lo que era con su hermana, esa chiquilla se volvió sus ojos, podía estar furioso pero cuando la veía se volvía un niño, sin duda alguna, esa pequeña era su punto más débil.

El sujeto se giró sobre su asiento para atender al teléfono, llevó el aparato a su oído mientras golpeaba el lápiz contra la mesa.

-Bueno -saludó.

-Hola, me preguntaba si podías pasar por Emely a la escuela y llevarla a sus clases de ballet, es su primer día -explicó la persona detrás de la línea con rapidez.

-Claro -arrojó sin pensar y colgó. Miró la hora en su muñeca y ladeó la cabeza.

Nadie lograba entender ¿Por qué rayos seguía tenso con su hermana? Habían pasado cinco años desde el incidente, y se había enamorado perdidamente de la pequeña, pero él aún no perdonaba a su hermana por haberse embarazado de su peor enemigo, y lo consideraba la peor traición, lo que para él no tenía perdón. Seguía resentido, y hasta el momento no se llevaba bien con su cuñado, pero sólo hacía el intento por la pequeña Emely, decía que ella sí merecía todo de él, y definitivamente su odio disminuyó sólo un poco.

Se paró de su escritorio y tomó su saco del respaldo de la silla, se lo puso y caminó hacia la puerta para salir de su oficina, el simple ruido de la puerta cerrándose alertó a todos los trabajadores de la empresa, no había quien de sus trabajadores se atrevieran a sostenerle la mirada, era un hierro con el cual si chocabas terminabas lastimado de alguna u otra manera. Pero quien lo viera con su sobrina, creería que es el hombre más dulce del planeta, él nunca fue de los niños que le gustaban cargar bebés, de hecho nunca se atrevió a cargar a su hermanita de pequeño, razón por la que ni siquiera su familia entendía: ¿Cómo rayos la pequeña le robó el corazón?

Ignoró las miradas de reojo de sus trabajadores y caminó de largo para tomar el ascensor, no iba a reprenderlos, en todo caso iba a ver a la luz de sus ojos, y estar molesto no es algo que él quería en ése momento.

Inmediatamente que salió del edificio, dos de sus hombres se colocaron a sus espaldas y lo siguieron hasta que se montara en su jeep, no saludó a su chófer, sólo le ordenó que lo llevara a la escuela de la niña sin siquiera darle una mirada, dado que lo primero que hizo al subirse fue sacar su celular y concentrarse en él.

Cuando el chófer se estacionó, bajó del jeep sin quitar los ojos del celular, concentrado cerró la puerta causando un fuerte ruido que llamó la atención de aquellos padres que habían venido por sus hijos a la escuela. Tanto hombres como mujeres plasmaron sus ojos en el hombre, sorprendidos, y algo intimidados por el aura de autoridad que desbordaba aquel sujeto a donde fuera que fuera.

Apagó el celular y lo metió en su bolsillo delantero, levantando la mirada empezó a buscar a su pequeña, unos cortos segundos después, vio a la rubia de ojos grandes saliendo de la escuela aferrada a su pequeña mochila, la niña hacía una mueca extraña con sus hermosos labios rosados, era una seguridad que al crecer iba a ser la tentación más grande de todo brasil.

Él sonrió, embobado de verla así, parecía enojada y hasta estaba roja la niña. Alzó su mano haciendo un leve ademán para llamar la atención de ella, ella no tardó en reconocer su mano en la que llevaba un anillo, el rostro de la rubia se iluminó y empezó a correr alegremente.

Abrió sus brazos y se hincó para recibir a la niña, quien no tardó en lanzarse a ellos alegremente.

-Hola hermosa -exclamó alejándose para verla a los ojos. -. ¿Cómo te fue? -preguntó tocándole el cabello, mientras la escaneaba para asegurarse de que todo estuviese bien con ella.

-Bien -respondió la pequeña con una sonrisa mientras llevaba su dedo a sus labios.

-No habrá helado si haces eso -le advirtió y rápidamente se alejó el dedo de los labios.

Tomó su manita y caminó de regreso hacia el jeep con las miradas de las mujeres en él, si alguien no conocía a Marcelo Almeida, pues no era normal, era el único heredero varón de la familia Almeida, dueños de la empresa más productiva de café, pero aparte de eso, era el mafioso más codiciado y deseado por las mujeres de su sociedad.

Cargó a la pequeña y la subió al jeep, luego se montó él.

-¿Está tu ropa de ballet? -preguntó mientras abría su mochila.

-No lo sé -la niña se encogió de hombros moviendo sus pies que guindaban del asiento.

-Sí, aquí está -dijo Marcelo asegurándose de que no llevase muchas cosas y que su mochila le pesara. -. Oye, ¿y te gusta el ballet? -preguntó dejando la mochila a un lado.

-Aún no lo sé.

-Pues si no te gusta, no tardes en decirme -inclinó su mano y le apretó el cachete levemente con cariño.

Cuando llegaron a la escuela de baile, ya habían muchas personas, y algunas sesiones habían empezado, Marcelo no sabia que hacer, fue tan breve con su hermana que ni siquiera le preguntó el salón o acerca de la maestra, razón por la que tuvo que ir a recepción para preguntar.

Una señora le indicó hacia donde dirigirse y sin perder tiempo, caminó hacia el fondo del primer piso, desde ya le estaba preocupando que su sobrina tomara clases en la segunda por el peligro al bajar.

Giró la cabeza para mirar a su izquierda, y terminó viendo a través del cristal una clase de baile, pero no era ballet, sus ojos se plasmaron en la mujer que enseñaba, era una pelinegra de piel blanca con un cuerpo de Diosa, su cabello caía sobre su espalda, sus labios no eran tan pequeños pero sí perfectos, no era muy alta y en sus ojos se podía ver la pasión por lo que hacía.

El hombre quedó tan hipnotizado que no podía alejar su mirada de ella, seguía detallándola con los ojos, le frustraba no poder comprobar el color de sus ojos a la distancia, pero aún así, la vista no lo dejaba irritarse, estaba completamente perdido en esa mujer, que para él era una diosa.

"Esa mujer" pensó, mirándola sin poder objetar palabra alguna.

La mujer se dio la vuelta en un movimiento sensual que sólo hizo morir a ése hombre por dentro. Cuando el baile culminó las chicas empezaron a salir, pero Marcelo seguía perdido hasta que aquella mujer giró la cabeza hacia el ventanal, él retiró la mirada rápidamente y procedió por adentrarse al salón, en una esquina se agachó para despedirse de su sobrina mientras de reojo observaba a la pelinegra.

Ni de bromas se acercaría a ella, él no era ése tipo de hombres que se espantaban sobre las mujeres, él sabía lo que provocaba y le gustaba atraerlas, pero también sabía como apoderarse de algo sin hacer mucho esfuerzo.

-Nos vemos preciosa -beso la mejilla de la niña y la abrazó con mucho amor antes de darse la vuelta y marcharse del salón, no sin antes darle una breve mirada a la pelinegra con quien casi tuvo un contacto visual.

Con pasos seguros salió de la institución soltando los botones de su saco, se subió al auto indicándole a su chófer que lo pusiera en marcha. Apoyó una mano a la ventana pensativo, desgraciadamente aquella mujer se había colado en su cabeza, y no podía dejar de repetir la imagen de ella en su mente.

"Es realmente hermosa"

Llevó su puño contra su bigote mirando por el retrovisor con esa mirada que espantaba a cualquiera. Decidió llamar a su hermana para que le diera un poco más de información acerca del instituto, y acerca de las clases de Emely, quería saber a que hora entraba y salía, esto no sorprendió a su hermana, ni le fue sospechoso, pues siempre había sido así con la pequeña.

Si algo era seguro, era que aquella vez no iba a ser la única, él volvería, no sólo por acompañar a la luz de sus ojos, sino para ver aquella mujer que le había robado el aliento con tan sólo verla por unos segundos. Y en su mente ésta escena no paraba de repetirse, era un hombre serio, muy seguro y literalmente un hielo como persona.

Y donde ponía los ojos, las manos también.

Capítulo 3 Cáracter de mierda

Había pasado tan sólo un día desde aquella vez que la vio, su sobrina recibía clases dos veces a la semana, por lo que pronto la volvería a ver, y aunque después de haberse bajado de su jeep luego de dejar a la niña no había podido pensar más en ella, hoy era distinto, puesto que le quedaba tiempo de sobra para hacerlo.

Levantó el folder y decidió al fin revisarlo, tenía rato de que su secretaria se lo había traído, pero más distraído no podía estar, esa mujer había llamado demasiado su atención, pero ella ni siquiera la miró, suponiendo que todo el mundo lo conocía, eso era un golpe bajo.

-Mierda -masculló colocando sus ojos en los papeles, miró con atención la lista sin dejar pasar ni un sólo detalle. Cerró los ojos con fuerza al ver una cifra demás y sin fecha, molesto se retiró de su escritorio y salió de la oficina.

A todos los empleados se les puso la piel de gallina al verlo avanzando entre los escritorios con esa faceta de matar con la mirada, sus pisadas eran más pesadas de la cuenta, o eso imaginaban los trabajadores por el temor.

Lanzó el folder sobre el escritorio de su secretaria y apoyó una mano a su asiento, la chica se encogió sin querer, mordió su labio inferior rezando a todos los santos por dentro. Armándose de valor se giró para ver a su jefe.

-¿Qué carajos es esto? -espetó inmediatamente que tuvo los ojos de su empleada en él. -. Si siempre cometes errores siempre tendré que estar revisando, y aunque debo hacerlo, deberías evitar que desconfíe de tu trabajo...

-Señor yo...

-¿Qué? ¿Necesitas ayuda? O haces bien tu trabajo o le cedes el puesto a otro -dijo con impaciencia y se alejó sin permitirle a la chica refutar.

La joven dejó caer su cabeza sobre el escritorio, estaba frustrada, llena de rabia, no lograba trabajar bien por tanto alboroto, le hacía falta con urgencia algún rincón solitario si tan difícil era que le cedieran una oficina, pues tenía que ganárselo, era nueva en el puesto y para que le cedieran una oficina debía demostrar que podía trabajar bajo bastante presión. Lo que le parecía injusto porque ya tenía tres meses y lo estaba logrando, como para que siguiera en esas.

Marcelo tiró de su puerta y caminó directamente hacia su escritorio, tomó el teléfono y llamó a su secretaria.

-Apúrate que ya debiste tenerlo listo -exclamó molesto, y colgó.

Nadie podía lidiar con ése carácter de mierda que tenía, era demasiado exigente, aunque claramente sus empleados eran bien pagados, no dejaba pasar ningún detalle por alto, ni se molestaba en regañar a ninguno en privado.

Miró la hora en el reloj de su muñeca confirmando que ya era la hora de salida de su sobrina, decidió irse directamente hacia la escuela de baile ya que suponía que su hermana ya había ido por ella.

-Señor, señor -gritaba la chica mientras corría tras él.

Giro sobres sus talones algo molesto por la impertinencia de su secretaria, su giro repentino e inesperado hizo que la pobre Lidia chocara contra él, que era un gigante frente a ella.

-¿A dónde va? -Marcelo arqueó una ceja indignado. -. Hoy iba a ver el terreno para darle una respuesta a los accionista, pronto estarán aquí, no se puede ir -farfulló la joven asustada.

-Está todo hecho Lidia, sólo debes dar la presentación, ¿aún no tienes los planos? -inquirió con incredulidad.

-Entonces pospondré su cita con ellos para lo del contrato y listo -él asintió y le dio la espalda, ella simplemente se retiró cabizbaja.

Cuando Marcelo llegó a la escuela caminó en dirección hacia el salón donde había dejado a su sobrina un día antes, habían varias personas dentro, de hecho su hermana estaba conversando con aquella mujer que le había robado el suspiro. Ésta vez vestía un sencillo vestido crema sobre las rodillas, su cabello tapaba sus hombros descubiertos y su rostro se veía más hermoso de cerca.

Su hermana culminó la conversación, y al fin pudo ver los ojos de ella, eran cafés, su nariz perfilada, sus labios algo gruesos y rojos formaron un sonrisa educada al mirar a su acosador a los ojos. Éste no tuvo ninguna reacción, sólo siguió mirándola hipnotizado hasta que sintió la presencia de su hermana.

-Hola hermano -saludó la mujer.

Marcelo apartó la mirada de su presa y puso sus ojos sobre su hermana, una rubia alta de ojos grises, su hermana era una combinación entre el bien y el mal, era buena y mala dependiendo de las circunstancias, siempre fue rebelde, nunca fue de seguir órdenes, razón por la que terminó en los brazos del peor enemigo de su hermano. Quien sólo debía dar un movimiento en falso, y razón suficiente para que Marcelo le volara los sesos, aunque era evidente que seguía resentido, él quería a su hermana, y estaba esperando lo mínimo para mandar a volar a ése "desgraciado"-para él.

-Hola -respondió con la voz gruesa. -. ¿Es necesario que ella aprenda eso? -preguntó con una expresión de desagrado.

Su hermana ladeó la cabeza.

-Pues si resulta que no le gusta, ella podrá dejarlo -se encogió de hombros.

-Claro -murmuró con desinterés. -. Tú asististe a eso y nunca vi de que te sirvió -arrojó sin medir sus palabras. Echó un vistazo y vio a su sobrina hablando con aquella mujer, el intenso rojo de sus labios resaltaba su sonrisa, radiante. -. Te llevo, vamos -le hizo señas con la cabeza y empezó a alejarse.

-¿Hoy no tenías cita con los accionistas? -preguntó su hermana mientras lo seguía algo incómoda por el comentario antes hecho.

-Sí -contestó cortante.

-Marcelo -el tono tan serio de su hermana sólo indicaba algo. Y él no estaba para ello.

-Esa inversión era nuestra, y sabes perfectamente que él jugó sucio, y me vale madre que ahora seamos socios -declaró con rudeza, sin temer herir los sentimientos de su hermana. Subió a su jeep y esperó que ella lo hiciera en silencio, sacó su celular para escribirle a su secretaria mientras tanto.

-Ha pasado mucho tiempo ¿no crees? -comentó su hermana, con miedo a su reacción.

-No es que el tiempo fuera a detenerse -dijo sarcástico y se echó hacia atrás sobre el asiento para textear en su celular.

-¿Por qué nunca consideras nada? -insistió ella.

-¿Sabes qué espero? -alzó la mirada y le sonrió con malicia. -. El mínimo error para sacar a ese patán de la familia.

-¿Y Emely?

-No le faltaría nada -aclaró sin mirarla.

-Pero si un padre -refutó su hermana.

-Que no le sirve de nada siendo un cobarde.

Su hermana no le volvió a dirigir la palabra hasta llegar a su casa, sabía que con él no se podía tener una conversación en esas fachas.

-¿Vas a pasar?

Marcelo soltó una rista sarcástica, y miró a su hermana por encima de su hombro.

-No gracias hermanita, chao -le hizo un leve ademán con la mano y le indicó a su chófer que arrancara.

Otra vez la imagen de la maestra llegó a su cabeza, y no pudo evitar soltar un hondo suspiro desde lo más profundo de su ser.

[...]

El sujeto regresó a la empresa en busca de una respuesta de parte de su secretaria quién había ignorado sus mensajes a propósito, tenía justificación, ¿Cómo esperaba que lo hiciera cuando estaba tratando de convencer a unos clientes en la ausencia de su jefe de que debían invertir en ellos?

Justo cuando iba de camino hacia su oficina la vio saliendo del fondo de de donde se encontraba su escritorio.

-¿Puedo saber por qué mi secretaria no me contesta? -arrojó sin siquiera esperar que ella estuviese completamente frente a él.

-¿No me dijo que todo estaba hecho y que sólo debía convencerlos? Pues eso estaba haciendo mientras usted llamaba, no me puedo dividir en dos por más que lo intente -espetó la chica sin miedo, estaba harta del trato que le daba. Extendió un folio hacia él. -. Aquí está el contrato, sólo hace falta su firma.

No esperó una respuesta de parte de él y se dio la vuelta de regreso hacia su escritorio para seguir contestando llamadas.

Marcelo estaba sorprendido, pero a la vez conmocionado, al fin había encontrado una secretaria que sí salía de sus casillas, tal vez Lidia al principio parecía una nerd muy tímida, pero no lo era, ella no le temía, sólo lo respetaba por ser quien le permitía poner un plato en su mesa.

Todos quedaron en shock por su atrevimiento, hasta aseguraron que al día siguiente estaría despedida, pero todo lo contrario, al día siguiente, Lidia recibió su oficina para estar más cómoda y poder desempeñarse mejor como la secretaria del dueño de tal empresa.

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