Isabela miraba del hombre sentado frente a ella a los papeles en sus manos. Podía asegurar en ese momento que tenía una mina de oro en sus dedos que no podía desaprovechar, sobre todo porque necesitaba ese dinero y no precisamente para ella misma. Sentía la mirada de aquel atractivo hombre sobre sí, casi como una presión para que acabara de firmar, pero ella no era estúpida ni se dejaría conquistar tan fácilmente por ese rostro hermoso y varonil.
Ella... tenía prioridades
Además, lo más importante, si le iban a pagar una buena suma por sus servicios, unos cuantos ceros más no vendrían mal.
El contrato que ella había leído era bastante simple, corto, pero preciso.
Primero y más importante, ser virgen. Eso era lo imprescindible. Ella lo era con sus 24 años. Extraño dirían algunos para la actual sociedad, pero ella tenía eso... prioridades. Tener sexo casual o una pareja en su muy limitado tiempo no estaba entre sus planes.
Y ahí venía el segundo punto, ser soltera. También cumplía con eso.
Tercero fingir ser su prometida por dos semanas, donde sería presentada a la familia de su prometido ficticio. Después del casamiento, a los dos meses y cumplido el objetivo del contrato vendría un divorcio bien sustancioso, donde ella recibiría una buena suma de dinero.
3 millones de dólares para ser más específicos.
Lo mejor de todo es que en ese tiempo ella tendría que mantenerse virgen y hasta le harían una inspección cuando el plazo de los dos meses se cumpliera dentro del matrimonio, una condición un poco extraña, pero quien era ella para opinar, al menos, el sexo no estaba de por medio. Así que despertar desnuda en la misma cama con ese hombre no era estaría en el futuro cercano, porque dado el tamaño de él y la forma de su cuerpo, como que alguien perdería algo más que la virginidad y no podía darse el lujo de terminar en un hospital. Porque si así de grande era su cuerpo, como sería...
«Céntrate Isabela» se dijo mentalmente.
Ahora era momento de sacar provecho, pero sabía que decirlo directamente no sería una buena alternativa. No era graduada de economía con por gusto. Conocía muy bien cómo administrar el dinero, sobre todo sumas tan grandes como aquellas. Y si por casualidad pensaban que ponerle el documento en otro idioma funcionaría para salirse con la suya y aprovecharse de ella, estaban muy equivocados.
Era joven, no inepta. Aprendía muy rápido.
-Hay algunas cosas que me gustaría añadir- dejó los papeles delante de la mesa.
Notó que la ceja oscura del hombre delante de ella se alzó elegantemente, no afectando su imagen atractiva. A su lado el abogado se puso nervioso mas no habló. Su trabajo no era ser mediador.
Isabela frunció los labios antes de hablar.
-¿Podría darme una hoja y un papel? Quisiera agregar algunas cosas al contrato que creo, son imprescindibles, al menos para mi persona.
El hombre frente a ella se removió algo incómodo en su asiento, después de todo, el contrato de por sí ya era bastante generoso. Y sin muchas exigencias hacia ella.
-¿Qué más vas a poner? No es suficiente con tres millones solo por fingir ser mi esposa por muy poco tiempo. Ni siquiera exijo que cumplas tus tareas maritales- su voz sonaba grave, ligeramente molesta. Por lo visto estaba acostumbrado a que las cosas salieran como a él le gustaba.
Pero Isabela solo sonrió agarrando el papel que le ofreció el abogado que sudaba notablemente. La tensión se sentía en el aire.
-Sí, es una suma generosa, pero no es la primera vez que trato con contratos y hay algunas cosas que faltaron, después de todo, quien garantizar mi seguridad en estas cuatro paredes durante ese tiempo. Usted mismo lo dijo, tengo que vivir aquí durante todo ese tiempo y estoy segura de que las personas a mi alrededor, incluyendo las de la empresa, me mirarán raro por estar saliendo con el Ceo de esta. ¿No cree? -ella le sonrió de lado al hombre, corriendo un mechón de cabello rojizo detrás de su oreja.
-Yo lo haré- respondió con confianza el hombre.
Ella alzó una ceja incrédula. Si, como no.
-Tiene mucha confianza, pero eso no me es suficiente- para su corta edad Isabela había aprendido muy bien que ni siquiera en la familia se podía confiar. Por lo que comenzó a escribir mientras decía lo que ponía.
-Durante el tiempo vigente del contrato y hasta que nos divorciemos, por cada caricia serán 200 dólares, por cada agarre de mano 300, por cada beso 1000- veía como el azul de los ojos del hombre se volvía oscuro- No me mire así, tengo que llegar virgen al divorcio y sé que no me pondrá la mano encima, pero en público de seguro tendrá que hacer muestras de afecto, y aquí es cuando se aplica esto. Eso o denuncia por acoso- ella alzó los hombros con desinterés- Puede elegir. Anuncio que estoy abierta a propuestas.
No mentiría si dijera que su corazón martilleaba en su pecho nervios. Era alguien dura, pero acostumbrada a ganarse el dinero por ella misma, por lo que tratar con una situación así no era algo fácil.
-Está bien-la afirmación de él la sorprendió en un momento porque este hombre era todo menos sumiso y permisivo. Se notaba que estaba desesperado.
-Otras cosas más- ella siguió añadiendo, faltaba lo más importante. Notó que el hombre solo la escuchaba- 2000 dólares por cada insulto de algún miembro de su familia a mi persona, 5000 por cada golpe que de seguro alguno vendrá, no soy ingenua y 10 000 por cada intento de asesinato. Estamos hablando de que hay más personas luchando por la herencia, algún tiro puede venir desapercibido, hay que ser precavido en estos tiempos y no tengo intención de morir joven- hablaba con una sonrisa en sus labios que hizo sentir incómodos a los hombres en la sala- Y lo último, su novia no debe estar rondando las cercanías, primero, porque su plan se puede ir por la borda, y segundo, no tengo intenciones de caer en las garras de una gata celosa cuando lo que tenemos es simplemente profesional. Capaz que me lance por la escalera. No, no, no. Si desean verse, háganlo fuera de aquí en algún hotel caro de esos que puede pagar. Lo digo por el bien de todos.
Alzó la cabeza después de terminar de escribir con su rostro claro. En cambio, el del Ceo estaba totalmente sombrío.
-Muchas exigencias- su voz salió sumamente grave. Sus dedos golpeaban repetidamente el reposa manos del butacón estilo Luis XVII que costaba más que una casa.
-Para nada- ella inclinó la cabeza dejando que los mechones de su cabello recogido en un grueso moño- Solo estoy evitando salir en peores condiciones de las que voy a entrar. Usted es rico, he controlado las finanzas de personas con el status de usted y he visto lo suficiente para saber que debo tener cuidado. Solo serán unos pocos miles de más si todo va tranquilo. No creo que a su bolsillo le duela-
El Ceo entrecerró los ojos, pero al final suspiró.
-Agréguelo al contrato- le dijo al abogado que pronto comenzó a escribir en la laptop el resto de los puntos.
Durante esos minutos el silencio fue absoluto en la sala. Nadie hablaba. Simplemente, el hombre y la mujer se miraban tranquilamente, uno con un rostro serio, la otra con una leve sonrisa, como si aquella situación no la incomodase, as pesar de que tenía los nudillos blancos de apretar el borde de la cartera.
Después de unos veinte minutos, Isabela estaba firmando el nuevo contrato donde ella sería la más beneficiada. Si todo iba bien en menos de un año, sería millonaria. Quien pudiera quejarse de eso. Ella no.
Así que cuando dejó el bolígrafo sobre la mesa se enderezó y le sonrió más ampliamente a quien era su jefe en la empresa donde ella trabajaba.
-Bueno, desde ahora somos socios. Espero que trabajemos bien juntos fuera de la empresa.
El Ceo se levantó acomodándose el traje hecho a medida y que se amoldaba a su amplia espalda y estrecha cintura. Sus ojos no la dejaban ir. Un brillo inusual bailaba en ellos.
-Prepara todo, dentro de tres días irán a buscar tus cosas para que te mudes a esta mansión- él dijo sin más.
Isabela se levantó y asintió con la cabeza, teniendo que alzarla para ver su rostro. Él debía medir como mínimo 1,90.
-En ese caso me voy, tengo algunas cosas que hacer y debo empezar a empacar rápido.
En eso su celular sonó. Lo sacó del bolso, un teléfono bastante viejo que apenas daba intimidad cuando se hablaba y donde la pantalla estaba toda desgastada, incluso tenía teclistas. El hombre se preguntó porque no tenía un equipo más moderno.
-Hola- Isabela respondió tranquilamente.
-Hola, señora Smit. La llamamos porque su hijo tiene fiebre de nuevo, ¿podría pasar a buscarlo antes de la hora normal?
La sonrisa del rostro de Isabela se desvaneció completamente.
-Voy para allá- y simplemente colgó.
Fue a guardarlo, pero una mano se envolvió alrededor de su muñeca y fue tirada hacia adelante.
-Acaso me estás engañando- él sonaba muy molesto- ¿Hijo?-
Isabela no se dejó intimidar y agitó la mano para soltarse y retroceder. Se acomodó la cartera sobre su hombro.
-No lo he engañado. Usted necesita que fuera virgen, así que no hay problema con eso, lo puede comprobar ahora mismo, aunque nunca se dijo en el contrato que estaba prohibido que tuviera hijos- la sonrisa volvió a posarse en sus labios- Así que espero que le gusten los niños, Ceo.
Y diciendo eso, simplemente dio media vuelta y salió por la puerta de la mansión, dejando al hombre más confundido de lo que pudiera imaginar. Esta vez habían sido más inteligente que él.
Isabela dejó salir todo el aire de sus pulmones cuando sintió la puerta cerrarse a su espalda. Ufff, lo había hecho. Ahora solo necesitaba pensar en recoger a su hijo y tener una carga de energía porque sentía que había perdido 10 años más. Nada que 3 millones no pudiera solucionar
Isabela miraba la foto enmarcada y rodeada de flores de su mejor amiga. Aris Market, una chica de una familia adinerada que había escapado de su casa a muy joven edad, siguiendo una vida loca y que había muerto muy joven. Porque si, se encontraba en su funeral.
Rodeada de personas que no conocía, que murmuraban cosas desagradables sobre su amiga, aun cuando no conocían todo por lo que había pasado. Una chica hermosa, con un característico cabello rizado que llamaba la atención por donde quiera que pasaba, pero por dentro se destruía día por día hasta que la encontró en la bañera, con su cabello danzando sobre el agua y sus venas cortadas. Ya era demasiado tarde.
Isabela se había quedado impactada cuando la encontró. Sabía de sus problemas, de sus debilidades, pero nunca pensó que se rendiría tan fácilmente. Pero era de esperarse para chicas como ellas que apenas acababan de cumplir los 18 años pudieran flaquear cuando la presión era demasiada.
Más Isabela, a pesar de su dolor, quería levantarla de la tumba y golpearla. Como haría eso, por qué había sido tan egoísta. Había dejado algo muy importante atrás y ni siquiera se había tomado un segundo para analizarlo. Si hubiera pedido ayuda se la hubieran dado. Muchos la querían, la estimaban, aun con todos los secretos que ella guardaba.
Pero era más fácil dejar todo atrás y dejar solo al pequeño niño de cuatro años que lloraba desconsolado delante de la tumba de su madre.
Isabela se levantó de su asiento y se arrodilló al lado del infante acariciándole la espalda. El niño alzó su pequeño rostro rojo e hinchado de tanto llorar en dirección a ella y se lanzó a sus brazos llorando más audiblemente.
-Calla a ese niño, es escandaloso- una voz detrás de ella resonó y le siguieron algunos otros comentarios.
-Desagradable-
-Un niño bastardo-
-Era una mujer descarada que solo disfrutaba el dinero de sus padres y hasta tuvo un hijo-
-Mujer interesada y aprovechada, que bueno que ya no está en este mundo.
Esos y más eran los comentarios que los propios familiares de Aris soltaban sin pensar que el que escuchaba eso era la pobre criatura en sus brazos. Siempre había sido así. Aris era de una familia pudiente, con mucho dinero, estatus, fama, pero como mismo eran poderosos, así era de estrictos.
Por eso cuando ella había aparecido embarazada la habían echado de casa y quitado todas sus pertenecías. Y gracia a ella que le había dado un techo, Aris había podido seguir adelante. Incluso ella misma había recibido a Allen en sus brazos, cuando lo había dado a luz. Unos cuatro años de tanta locura, desde el embarazo hasta la crianza del pequeño niño.
Algo de lo que no se arrepentía.
Pero si despreciaba a esa familia, a esos padres que a pesar de poder dar una mano la habían echado a patadas de allí y no se habían preocupado ni una sola vez por ella.
Ya era incluso un milagro que le permitieran estar en el velorio, donde la mayoría iba solo por apariencia, no porque realmente estuvieran dolidos con la muerte de la joven.
Isabela se levantó cargando a Allen contra ella, dejando que el pobre niño ahogara su llanto en su hombro. En ese momento ella tenía que ser fuerte por dos porque no lo dejaría en una casa de adopción o con esa familia que de seguro le haría la vida un infierno. Por lo que salió de allí antes que los comentarios fueran más violentos.
Ella ya era mayor de edad. Estaba en último año de la carrera gracias a su cerebro prodigioso y de poder adelantar cursos, tenía un apartamento lo suficientemente grande para ella y el niño, y un trabajo a medio tiempo que le reportaba lo básico para vivir. Así que...
-No me dejes- los gemidos ahogados y roncos del niño retumbaron contra su cuello en medio de los hipos, en cuanto salieron por la puerta de la funeraria. El ambiente dentro era demasiado denso para él y su estado.
Isabela lo abrazó más hacia él de forma protectora.
-No te voy a dejar- le besó la coronilla de la cabeza.
Los grandes ojos azules empañados de Allen la miraron al alzar su rostro.
-En serio. No me vas a dejar solito como mi mamá- otro fuerte sollozo vino del niño.
Isabela forzó una sonrisa y reprimió sus lágrimas y le dejó en beso en la frente.
-No mi amor. No te dejaré. Yo te protegeré-
Y con esas palabras sabía que había hecho una profunda promesa. Porque a partir de ese día Allen sería su hijo y pelearía con uñas y garras contra todo aquel que quisiera arrebatárselo, tanto la familia de su verdadera madre como contra el misterioso padre de la criatura.
Bueno, el tiempo pasaba volando y eso era algo que Isabela tenía bien en claro, mas eso no significaba que hubiera sido algo fácil. Cuidar de un niño cuando apenas estás entrando en universidad y sin casi tener dinero no era nada fácil. Y si a eso se le añadía otras cuestiones en las cuales no quería pensar, pero que le quitaba el sueño muchas veces en la noche... sí, había sido difícil.
Desde la adopción todo había cambiado en su vida, quizás no tanto como cuidarlo, algo que solía hacer con frecuencia, pero si tener que pensar en dos personas en vez de una. Por lo que apenas terminando el trámite abogó a la universidad en los cursos de la noche, la mayoría de forma virtual y en el día se encargaba de trabajar. Gracias a eso, al menos pudo enviar a Allen a la escuela, no la que ella quisiera, pero al menos podría tener sus estudios.
Pero todo hubiera sido más fácil, si no fuera por el acoso de la familia. Después de todo, tener un hijo bastardo regado no era algo fácil. Como resultado, terminó teniendo que mudarse al menos dos veces para que le perdieran el rastro.
6 años después.
Isabela miraba el bulto de papeles delante de su escritorio y solo había una cosa que quería hacer y era patearle el trasero al hombre rechoncho y vago que estaba sentado limpiándose las uñas de sus manos. Había que tener vergüenza. Y todo mientras ella se encargaba de hacer todos los registros de cuentas de la empresa.
Cerró los ojos y suspiró. Debía contenerse por mucho que quisiera asentar una patada en aquella zona donde podía hacer hijos, al menos había logrado encontrar un trabajo con un salario aceptable entre comillas que le permitía estar el mes sin tener que llevarse la soga al cuello. Aunque ser la asistente del área de economía de una empresa tan grande como aquella no era una tarea fácil. Supuestamente, solo debía encargarse de temas menores, comparaciones, revisar, pero no, gracias a cierta persona, incluso tenía que hacer las tablas financieras del presupuesto del mes.
Muchas veces se preguntó cómo sería tener la tranquilidad de no pensar en la cantidad de dinero que usaría al otro día. Aunque la idea de ser mantenida a cambio de su cuerpo no le gustaba para nada. Mínimo tener algo de dignidad. Había terminado su facultad con título de oro, al menos era inteligente, y bastante aplicada, nunca la habían expulsado de ningún trabajo, incluso haciendo horas extras.
Si solo no tuviera esa enorme deuda con el hospital quizás pudiera respirar un poco y tomar algunas vacaciones. Pero esta parecía hacerse cada vez más grande y más grande. Tenía que buscar una solución lo antes posible.
Una hora después ya había logrado terminar todo, dios, llevaba días en eso, esos cierres de mes eran terribles y estaba agotada, necesitaba descansar un poco y disfrutar con su hijo, no estar detrás de un maldito escritorio. Pero...
-Isabela, entrega los papeles por mí, estoy ocupado-
-Sí, ocupado, jugando en su celular, - murmuró ella con una mueca, pero lo suficientemente alto como para que algunos de la inmensa oficina de cubículos la oyera, y por supuesto el hombre también.
-¿Qué dijiste?- este dejó de mirar la pantalla para fulminarla con la mirada.
-¿Yo? Nada jefe, acaso durmió bien porque los angelitos le están hablando- le respondió ella, agarrando los papeles y saliendo rápido de allí bajo la mirada de muchos.
Tenía que reconocer que ese día no estaba del mejor humor. Mejor que no la molestara mucho y como que no le importaban las consecuencias de sus palabras. Ese tipo que se hacía llamar jefe tenía tan poco coeficiente de inteligencia que olvidaría lo que ella le había dicho en poco tiempo.
Subió el elevador y subió al piso de arroba donde encontró la misma escena de todos los meses, una mujer hermosa en un escritorio y una gran puerta al otro lado de ella.
-Hola- la saludo ella con una gran sonrisa.
Isabela se forzó en sonreír para no parecer desagradable porque la falsedad se olía a kilómetros. Si nadie más se daba cuenta... bueno su problema
Giovani Lexon, revisaba una y otra vez los documentos sobre su escritorio, en su inmensa con una mueca insatisfecha en su rostro. Las fotografías que mostraban los cuerpos de mujeres no eran precisamente de su gusto, pues siempre tenían un pero.
No era un hombre extravagante y exquisito, pero podría darse el gusto gracias a su estatus en la sociedad, era que al menos, si se iba a casar quería que la mujer que estuviera a su lado, aun si fuera por contrato, le agradara en todos los sentidos, iba a estar compartiendo con ella unos meses antes de volver a divorciarse, tenía que caerle bien para aguarla.
-No le agrada nadie- Kamil su guardaespaldas a su lado, parado con las manos detrás de su espalda alzó la mirada y soltó un suspiro.
Tiró las carpetas con desdén sobre la mesa y enfocó al hombre que se encargaba de mantener su seguridad. Kamil era su amigo desde que eran casi niños. Sus padres se lo habían traído después de encontrarlo en uno de sus viajes, donde su madre había muerto y él estaba solo. Aun recordaba a ese niño sucio y delgado que apenas si hablaba. Pero no era porque fueran personas de alma caritativa, bien los conocía bien él como para ser tan ingenuo. Solo había sido un regalo para su hijo mayor por su cumpleaños, como si fuera una mascota. Solo que él no tenía intenciones de tratarlo igual. El resultado, ahora era su hombre de confianza. Y los años lo habían cambiado para bien. Era más joven que él por solo un año, igual de alto lo que con algunos kilos de masa muscular por encima, ambos entrenaban juntos. Y su piel tostada complementaban bien sus ojos y cabello oscuro que siempre llevaba peinado de lado.
En cambio, él que diría. Él era nada más ni nada menos que Giovani Bayron Lexon Limuestus, un hombre de 29 años, hijo de una afamada y adinerada familia que, en algún momento, bien alejado habían tenido sangre noble por las venas. Por lo que tenía una fortuna deliciosa, la cual él había tenido que sudar para usar una parte. Si, familia tacaña. Mas no le importaba, después de graduarse había montado su propio negocio de inmobiliaria y había añadido sustanciosos hoteles con el tiempo por lo que el dinero no era problema. Lo había sudado, esa era la mejor parte.
Y a pesar de eso ahora mismo estaba enfrascado en un gran problema. Sus hermanos estaban luchando por la parte de su herencia después de morir su abuelo, que por casualidad de la vida habían aparecido en ella incluidas sus propiedades. Había indagado hasta lo más profundo y pagado costosos abogados, pero alguien había tenido que soltar buen dinero porque no fue posible encontrar algo. Así que estaba seguro que estaban confabulando contra él.
Como resultado ahora estaba ahí intentando que nada de lo que había ganado con su esfuerzo le fuera quitado, y eso era casarse lo más rápido posible pero la condición que les habían dado vaya que estaba dura. Como que su abuelo estaba en serio con ganas de fastidiar aun estando en el lecho de muerte.
Casarte con una mujer, de 24 a 25 años, eso no era tan complicado, incluso su novia actual tenía 25, estaba en el rango, pero cuál era el problema principal... que fuera virgen. Eso... podía ser un problema. No era como si el mundo se fuera a caer, había muchas mujeres que cumplieran con esas expectativas, pero no era tan fácil dado quien era él.
Primero se relacionaba en un ambiente un poco de élite y donde las mujeres usaban más sus dotes que otra cosa, segundo, necesitaba alguien que fuera fuerte de carácter y capaz de soportar toda la ola que vendría, su familia lucharía fuerte, y tercero, no deseaba a una mujer que se enamorara de él y después estuviera negada al divorcio. Le pagaría muy bien solo por hacer su papel, no para recibir su amor. Él no tenía intenciones, además que tenía novia.
Novia que entró en ese momento por la puerta como si fuera lo más natural del mundo.
-Gio, te traje trabajo- se detuvo delante de la mesa con una ceja alzada- Aunque veo que estás muy ocupado- la indirecta brilló en el aire.
El hombre solo mantuvo su rostro serio. Ella era su pareja, pero dentro de la empresa eran presidente y secretaria, aunque, al parecer, tenía que estárselo recordando con demasiada frecuencia.
-Sí, estoy trabajando Samantha, algún problema con eso- su voz salió dura de sus labios y la mujer se tensó como siempre la hacía cuando la fulminaba con la mirada. Solo Kamil estaba presente, pero ella podía tomarse algunas atribuciones incluso con otras personas presentes y eso podía desprestigiarlo. Y había trabajado demasiado como para que una mujer echara por la borda todo su esfuerza.
-Está bien- ella dijo con una gota de sudor en su sien- Solo te traje los documentos del plan económico de este mes- lo dejó sobre la mesa- Iré... a atender otras cosas.
Y rápidamente dio media vuelta y salió por la puerta dejando un silencio dentro de la oficina.
-¿Por qué me miras así?- Giovani agarró la carpeta y comenzó a hojear las páginas. Sentía el peso de la mirada oscura de Kamil. Siempre era tan potente que hasta dolía.
-¿Realmente estás enamorado de ella?- la pregunta salió del hombre serio, era el único capaz de hablarle así.
-Samantha no tiene nada de malo. Tiene porte, es inteligente, nos conocemos de la universidad, funcionamos bien en la cama, no es tan exigente. Tiene defectos como todos.
-Sabes que no me refiero a es...-
-Kamil- el tono que usó Giovani fue el mismo que usó con la mujer antes. Ese que indicaba que no cruzara la línea. Kamil lo entendió y cerró la boca.
Giovani no era alguien con un humor amargo, más bien era una persona tranquila y equilibrada siempre y cuando se respetara su espacio.
-Disculpe- dijo el guardaespaldas tensando la espalda.
Gyovani volvió al trabajo, pero la pregunta que le habían hecho aún resonaba en su mente. Samantha era una conocida de años y habían terminado como novios a mitad de la carrera, ella cursaba el primer año mientras él estaba casi terminando dado que él le llevaba cuatro años. Era una mujer que se podía llamar hermosa, con un cuerpo agradable y de las que siempre resultaban populares, lo que ella siempre tuvo ojos para él, y se lo hizo saber en todo momento. Con un cabello que abrazaba sus hombros de color avellana y de ojos color marrón, con un rostro en forma de corazón y labios carnosos, era alguien bastante bella. Y lo que más le gusta, era tranquila y trabajadora. No se quejaba de ella, al menos por el momento. No sabía cómo reaccionaría cuando le mencionara que tenía que casarse con alguien más. Porque después de años juntos ella era todo menos virgen.
Mas no era tiempo de pensar en ello. El trabajo llamaba por él y tenía mucho acumulado comenzando con los registros económicos de la empresa. Olvidando el tema inicial que le daba marcados dolores de cabeza simplemente se enfocó en revisar la carpeta llena de números. Tener el control de todos los activos era importante. Chequeó la mayoría en su computadora observando que estaban minuciosamente organizados.
-El jefe del área de economía está haciendo un muy buen trabajo- dijo él casi media hora después dejándose caer sobre su asiento- Creo que debería darle un estímulo monetario. En las últimas semanas está muy detallado con el trabajo.
Kamil carraspeó la garganta.
-¿Qué?- Giovani conocía tan bien a su guardaespaldas como para saber que algo no estaba bien.
-Disculpe que me entrometa, pero sería mejor que investigara mejor sobre ese tema-
El Ceo alzó una ceja.
-Es extraño que te metas en asuntos que tienen que ver con la empresa. ¿Por qué me dices eso?
-Porque el director del área financiera sigue haciendo el mismo trabajo de siempre. No ha cambiado nada en estos meses.
Y eso extrañó realmente a Giovani. ¿Qué quería decir su amigo con aquello?
***
A pesar de que sabía que debía volver temprano a su mansión a descasar para su viaje de negocios, al otro día, Giovani se dejó llevar por la sugerencia de Kamil y asintió a su propuesta después de que este insistiera de que necesitaba relajarse un poco. No era que pudiera hacerlo fácil con las fieras de su familia detrás de la herencia de su abuelo que aún estaba caliente en el ataúd, y la suya propia. Por lo que una buena copa de alcohol de vez en cuando era buena para el cuerpo y para la mente. Solo esperaba que Kamil lo llevara a un lugar medianamente bueno, era exigente con sus gustos.
El auto se detuvo delante de un bar del que Giovani nunca había oído, tampoco era que el fuera a ese tipo de lugares. Miró su reloj, ya estaba bastante animada la zona para solo ser las 8 de la noche.
-¿Es aquí a dónde me traes?- no lo dijo de forma despectiva, solo que tampoco se imaginó que Kamil también tuviera esos gusto. Se había esforzado a enseñarle a tener gustos refinados.
-Aquí trabaja un amigo mío, y le puedo asegurar que no se arrepentirá. La bebida y comida es buena, así como el ambiente.
Giovani asintió después de pensarlo. A pesar de la cantidad de personas que estaban en su interior, la música era agradable, por lo que algo nuevo de vez en cuando no le vendría mal. Así no tendría que estar pensando en la mujer virgen que tenía que buscar.