Mi vida era idílica: una familia unida, un futuro vibrante y una compañera de piso, Valeria, de dulce apariencia.
Mis padres, tan hospitalarios, la invitaron a pasar la Semana Santa en casa sin saber el peligro que traía.
Ese fue el preludio de mi infierno.
Valeria, la "chica de pueblo" sin rumbo, no era una inocente víctima, sino una depredadora astuta.
Con una sonrisa angélica, tramó un plan retorcido para destruir a mi hermano y apoderarse de todo lo nuestro.
Fui testigo de su veneno: cómo embriagó a Javier, la farsa de un embarazo que destrozó su matrimonio y costó el bebé a Lucía.
Vi cómo el estrés consumía a mis padres y cómo mi hermano, por la culpa, terminó en una silla de ruedas.
Valeria se aseguró de que nadie creyera mi verdad, aislándome y convirtiéndome en una paria.
Acorralada, sin apoyo ni esperanza, con mi reputación y mi familia en ruinas, la agonía fue insoportable.
Solo encontré una salida: saltar al vacío desde un puente de Madrid.
Morí con el sabor a sangre y un odio frío, preguntándome: ¿Por qué tanta crueldad? ¿Cómo nadie vio su verdadera cara?
Pero entonces, abrí los ojos.
Estaba en mi cama de estudiante, dos días antes de la fatal Semana Santa.
Había vuelto.
Todo estaba intacto, mi familia segura.
Valeria entró con la misma sonrisa lastimera de siempre, repitiendo la frase que me condenó.
Esta vez, el juego es mío.
Valeria, vas a desear no haberme conocido.
Mi vida anterior terminó con el sabor metálico de la sangre y el frío de la barandilla de un puente de Madrid.
Todo empezó en Semana Santa.
Mi compañera de piso, Valeria, siempre había sido encantadora, una chica de pueblo de Extremadura que parecía maravillada por la gran ciudad. Mis padres, cálidos y hospitalarios, la adoraban. Por eso, cuando Valeria insinuó que no tenía a dónde ir en vacaciones, mi madre insistió en que viniera a casa con nosotros.
Fue el mayor error de mi vida.
Esa noche, Valeria se encargó de que mi hermano Javier no dejara de beber. Él, un joven profesional con un futuro brillante, no era un gran bebedor, pero ella era insistente y coqueta. Lo vi reír, con las mejillas sonrojadas, mientras ella le rellenaba la copa una y otra vez.
Yo no le di importancia.
A la mañana siguiente, el caos. Valeria, llorando, afirmaba que Javier se había aprovechado de ella. Mi cuñada, Lucía, embarazada de tres meses, se enfrentó a mi hermano. La discusión fue terrible. En medio de los gritos y el estrés, Lucía se dobló de dolor.
Perdió al bebé ese mismo día en el hospital.
Valeria aprovechó la tragedia. Afirmó que ella también estaba embarazada de Javier y amenazó con suicidarse si él no se hacía responsable. Rota por la culpa y la pena, mi familia cedió.
Javier se casó con ella.
Una vez dentro, Valeria nos destrozó. Convenció a Javier para que pusiera el negocio familiar a su nombre. La salud de mis padres, consumidos por el estrés y la pena, se deterioró rápidamente. Mi padre sufrió un infarto. Mi madre envejeció diez años en uno.
Javier, atormentado por la culpa, tuvo un accidente de coche que lo dejó en una silla de ruedas.
En la universidad, Valeria esparció rumores sobre mí. Me pintó como una hermana celosa y desequilibrada. Me quedé sola.
Marginada, culpable y sin familia a la que volver, me subí a esa barandilla.
Y salté.
Abrí los ojos.
La luz del sol entraba por la ventana de mi habitación en el piso de estudiantes. El calendario de mi móvil marcaba la fecha: dos días antes de que empezaran las vacaciones de Semana Santa.
Estaba viva. Había vuelto.
Un sollozo se me escapó, una mezcla de terror y un alivio abrumador. Todo estaba intacto. Mi familia estaba bien. Javier y Lucía esperaban a su bebé con ilusión.
Podía cambiarlo todo.
La puerta se abrió y Valeria entró con una sonrisa dulce.
"Sofía, ¿ya estás pensando en las vacaciones? Qué suerte tienes de volver a casa. Yo me quedaré aquí sola, como siempre."
Era la misma frase. La misma mirada lastimera.
En mi vida pasada, sentí pena por ella. Ahora, solo sentía un odio helado que me recorría la espalda.
Respiré hondo para calmar el temblor de mis manos.
"Lo siento, Valeria."
Mi voz sonó sorprendentemente firme.
"Este año no puedo. He conseguido un trabajo temporal en El Corte Inglés para la campaña de Semana Santa. Necesito el dinero."
La sonrisa de Valeria vaciló por una fracción de segundo.
"Oh. Vaya. No lo sabía. Bueno, no pasa nada. Trabajar es importante."
Se dio la vuelta y salió, pero yo sabía que no se había rendido. No la conocía entonces, pero ahora sí. Su envidia era un monstruo insaciable.
Me levanté y fui a mi portátil. En mi vida anterior, le había comprado un billete de AVE extra para que viniera conmigo. Entré en la web de Renfe y busqué en mi historial de compras.
Allí estaba. Dos billetes para el mismo tren.
Con un clic, cancelé el suyo. Un pequeño paso, pero era el primero. Esta vez, yo controlaba el tablero de juego.
Pero subestimé su persistencia.
Al día siguiente, mientras me preparaba para salir, dejé el portátil abierto a propósito, con la página de mi reserva de tren visible. Salí del cuarto solo un par de minutos.
Cuando volví, Valeria ya no estaba en el salón. Sabía que había visto la información.
El destino era una fuerza terca, y Valeria era su mejor agente. Si no podía llevarla conmigo, ella encontraría la manera de seguirme.
El viaje en el AVE hacia casa fue una extraña mezcla de paz y tensión. Por un lado, cada kilómetro que me alejaba de Madrid y de Valeria era un respiro. Por otro, sabía que ella no se rendiría tan fácilmente.
Al bajar del tren en la estación, sentí la cálida brisa de mi ciudad. Mis padres me esperaban en el andén, con sonrisas que me llenaron el corazón. Los abracé con una fuerza que los sorprendió.
"Hija, qué alegría. Pareces cansada", dijo mi madre, acariciándome la mejilla.
"Es el trabajo, mamá. Mucho jaleo."
Justo cuando nos girábamos para irnos, una voz llorosa nos detuvo.
"¡Sofía!"
Me quedé helada.
Valeria corría hacia nosotros, arrastrando una pequeña maleta. Tenía los ojos rojos y parecía a punto de derrumbarse.
"Sofía, perdóname. No podía soportar quedarme sola en Madrid. Vi tu reserva y... compré un billete en el mismo tren. Solo quería estar cerca de ti. Por favor, no te enfades."
Mis padres la miraron con compasión inmediata.
"Pobre chica", susurró mi madre. "Claro que no nos enfadamos. Vente a casa con nosotros, no te vas a quedar en un hotel."
Valeria les dedicó una mirada de gratitud infinita. A mí me dedicó una mirada de triunfo.
El juego había comenzado, y ella acababa de hacer su primer movimiento.
La comida del Domingo de Pascua fue exactamente como la recordaba. La casa olía a cordero asado y a pimientos. Mi hermano Javier y Lucía habían llegado, y la felicidad de verlos juntos, con Lucía luciendo su pequeña barriga, casi me hizo llorar.
Entonces vi a Marcos.
Marcos era un colega de trabajo de Javier. Un hombre divorciado, de unos cuarenta y tantos, conocido por ser un gorrón de primera. Siempre aparecía en las comidas familiares, comía y bebía el doble que los demás y nunca traía nada. Mi familia lo toleraba por cortesía.
En mi vida pasada, apenas reparé en él. Era solo ruido de fondo.
Pero hoy, al verlo, una idea fría y precisa tomó forma en mi mente.
Valeria ya estaba en acción. Se sentó junto a Javier y no paraba de reírle las gracias, sirviéndole vino sin parar.
"Javier, tienes que probar este Ribera. Es una maravilla."
Mi hermano, amable como siempre, aceptaba.
Yo me levanté con una botella de vino en la mano y me acerqué a Marcos.
"Marcos, qué alegría verte. Estás muy callado hoy. ¿No te está gustando el vino?"
Marcos, que ya llevaba varias copas, se animó.
"¡Claro que sí, Sofía! Este vino es excelente."
"Pues no te cortes", le dije, rellenando su copa hasta el borde. "Que para eso están las fiestas, para disfrutar."
Durante el resto de la comida, me convertí en la animadora personal de Marcos. Cada vez que su copa bajaba, yo se la rellenaba. Cada vez que Valeria le servía a Javier, yo le servía el doble a Marcos.
Él, encantado de ser el centro de atención, no paraba de beber y de contar chistes malos.
Al final de la noche, tanto Javier como Marcos estaban completamente borrachos.
"Ay, Dios mío, estos hombres", dijo mi madre, negando con la cabeza. "Sofía, ayúdame a llevarlos a las habitaciones."
Era el momento.
"Claro, mamá. Yo me encargo de Javier. Llévalo a mi antigua habitación, que está más cerca. Así no sube las escaleras."
Ayudé a mi hermano a llegar a mi cuarto, el que yo usaba cuando vivía aquí. Lo dejé caer en la cama y salí.
Mi madre, mientras tanto, llevaba a Marcos a la habitación de invitados, al otro lado del pasillo.
Cuando mi madre bajó a la cocina, me acerqué a la puerta de mi cuarto. Saqué la vieja llave del marco de la puerta, donde siempre la habíamos guardado.
Con un movimiento silencioso, cerré la puerta de mi hermano con llave desde fuera.
Metí la llave en mi bolsillo. Su frío metal contra mi piel era una promesa.
Esta vez, la trampa no era para mi familia.
Era para Valeria.