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Comprada por un Poderoso Millonario

Comprada por un Poderoso Millonario

Autor: : Librosromanticos
Género: Romance
Claudia, una joven artista con grandes sueños, es raptada y subastada en un evento clandestino. Su comprador, Jonathan de Luca, un magnate con un oscuro pasado, la mantiene en un mundo de lujo y opresión, mostrando una naturaleza posesiva y dominante. Atrapada entre el miedo y una extraña atracción hacia él, Claudia lucha por mantener su identidad mientras intenta escapar de su control. A medida que descubre los demonios que atormentan a Jonathan, se enfrenta a una decisión crucial: someterse a su voluntad o luchar por su libertad.

Capítulo 1 01

La oscuridad envolvía el lugar, un sótano mal iluminado donde el aire estaba impregnado de un olor a humedad y miedo. Claudia, con las manos atadas y una venda cubriendo sus ojos, sentía cómo su corazón latía con fuerza. Había sido una noche normal, una exposición de arte que prometía ser el inicio de su carrera, pero ahora se encontraba atrapada en una pesadilla de la que no sabía si podría despertar.

Un murmullo de voces masculinas resonaba a su alrededor, y el sonido de un martillo golpeando una mesa la hizo estremecerse. La subasta había comenzado.

-¡Damas y caballeros! -gritó una voz grave, llena de autoridad-. Bienvenidos a la subasta más exclusiva de la noche. Hoy, tenemos una pieza única: una joven artista, capturada en su mejor momento. ¡Claudia!

La venda fue retirada de sus ojos, y la luz la deslumbró momentáneamente. Al abrirlos, vio un grupo de hombres en trajes oscuros, sus rostros ocultos en sombras, pero sus miradas eran claras: eran depredadores, y ella era su presa.

-¿Quién se atreve a ofrecer por ella? -preguntó el subastador, con una sonrisa que no prometía nada bueno.

Claudia sintió un nudo en el estómago. La idea de ser tratada como un objeto, como un mero artículo en una venta, la llenaba de horror. Intentó gritar, pero un hombre robusto la sujetó con fuerza, silenciando su voz.

-¡Mil dólares! -gritó un hombre desde el fondo de la sala.

-¡Mil dólares! -repitió el subastador, como si fuera un juego. La tensión en el aire era palpable.

-¡Dos mil! -respondió otro, con una risa burlona.

Claudia se sintió enferma. Cada oferta era un recordatorio de su impotencia, de su vulnerabilidad. La subasta continuó, y las cifras aumentaban. Tres mil, cinco mil, diez mil. Cada número era un golpe en su pecho, un recordatorio de que su vida estaba en manos de desconocidos.

-¡Quince mil! -gritó un hombre con voz profunda y autoritaria. Claudia no podía ver su rostro, pero la forma en que hablaba imponía respeto y miedo.

-¿Alguien ofrece más? -preguntó el subastador, mirando a su alrededor.

El silencio se hizo presente, y Claudia sintió que el tiempo se detenía. La tensión era insoportable. ¿Quién era ese hombre que había ofrecido tanto? ¿Qué quería de ella?

-¡Veinte mil! -gritó el mismo hombre, su voz resonando con una mezcla de poder y deseo.

El subastador sonrió, como si supiera que había atrapado a todos en su juego. Claudia sintió que su corazón se hundía. No podía permitir que esto sucediera. Tenía que luchar, tenía que encontrar una manera de escapar.

-¡Veinticinco mil! -gritó un nuevo postor, pero la voz del misterioso hombre resonó de nuevo.

-¡Un millón! -dijo, y el silencio se apoderó de la sala. Todos los ojos se volvieron hacia él, y Claudia sintió un escalofrío recorrer su espalda.

El subastador, sorprendido, miró a su alrededor. Nadie se atrevió a competir con esa oferta.

-¡Vendido! -anunció, y el eco de su voz resonó en el sótano como un veredicto de muerte.

Claudia sintió que el mundo se desvanecía a su alrededor. El hombre que había ofrecido más se acercó, y ella pudo ver su figura imponente. Era alto, con una presencia que intimidaba. Sus ojos, oscuros y profundos, la miraban con una mezcla de interés y posesión.

-Bienvenida a tu nueva vida, Claudia -dijo con una voz suave pero firme, como si ya la conociera.

Ella tragó saliva, sintiendo que su libertad se desvanecía. En ese momento, supo que su lucha apenas comenzaba. ¿Podría encontrar la fuerza para resistir a este hombre que la había comprado como si fuera un objeto? La respuesta estaba en su interior, y estaba decidida a descubrirla.

***

El aire en la sala se volvió denso, casi irrespirable. Claudia se sintió atrapada entre la desesperación y la furia. Se obligó a mirar a su captor, aquel hombre de mirada intensa que la había comprado por una suma exorbitante. Era un magnate, no había duda. Su porte era el de alguien que siempre había tenido el control, y ahora, ella era parte de su colección.

-¿Cómo te sientes, Claudia? -preguntó Jonathan, su voz resonando en el silencio. Había un tono en su pregunta que la hizo estremecer. Era una mezcla de curiosidad y posesión.

-¿Qué te importa cómo me siento? -respondió ella, tratando de ocultar su miedo tras una fachada de valentía. Las palabras salieron de su boca como un grito de desafío.

Jonathan sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un depredador que había encontrado a su presa.

-Tienes razón, es una pregunta tonta. Pero, ¿sabes? A veces, me gusta escuchar la voz de mis posesiones. -El tono de sus palabras era inquietante, como si cada palabra que pronunciaba fuera un recordatorio de que ya no tenía control sobre su vida.

Claudia se sintió enferma. Esa palabra, "posesiones", la hizo temblar. No era un objeto, no era un trofeo. Era una artista, una soñadora, y estaba decidida a no dejar que su captor la definiera.

-No soy tu posesión -replicó con más firmeza de lo que se sentía. Su voz temblaba, pero su mirada era desafiante.

Jonathan dio un paso hacia ella, su figura oscura proyectándose sobre su pequeño cuerpo. La intensidad de su mirada la hizo retroceder, pero se obligó a mantenerse firme.

-Eso es lo que te gustaría creer. Pero, Claudia, en este momento, eres mía. Y te garantizo que haré lo que sea necesario para mantenerte a mi lado. -Su tono era amenazador, pero había algo más en su mirada, un destello de algo que podría ser vulnerabilidad. Claudia no estaba segura.

El subastador, observando la interacción, decidió intervenir. -Jonathan, deberíamos llevar a la joven a su nuevo hogar. -Los hombres a su alrededor se movieron, listos para ejecutar la orden.

Claudia sintió pánico. No podía dejar que la llevaran. Tenía que luchar, tenía que encontrar una salida. Con un movimiento rápido, se liberó de la mano de uno de los hombres que la sujetaban y corrió hacia la salida.

-¡Claudia, detente! -gritó Jonathan, su voz resonando en el sótano como un trueno.

Su corazón latía con fuerza mientras corría. La adrenalina la impulsaba, pero la oscuridad del lugar la rodeaba, y su escape parecía una ilusión. Sin embargo, antes de que pudiera llegar a la puerta, una mano fuerte la agarró del brazo y la detuvo.

-¿Creías que podrías escapar tan fácilmente? -preguntó él, acercándose. Su aliento era cálido y su presencia, intimidante.

Claudia miró hacia arriba, sus ojos llenos de desafío. -No voy a ser tu prisionera. No me conoces.

Jonathan inclinó la cabeza, como si considerara sus palabras.

-Tienes razón. No te conozco. Pero te conoceré, Claudia. Y te aseguro que, eventualmente, entenderás por qué estás aquí. -La soltó lentamente, pero su mirada no se apartó de ella.

Claudia sintió que su cuerpo se tensaba. ¿Qué quería decir con eso? ¿Qué clase de juego estaba jugando?

-No te equivoques, Jonathan. No me rendiré. -Su voz temblaba, pero la determinación en sus ojos era clara.

-Eso es lo que me gusta de ti. Esa chispa de rebeldía. Pero también es lo que te hará sufrir. -Su tono cambió, y por un momento, Claudia vio un destello de lo que podría ser una conexión genuina. Pero rápidamente se disipó, dejando en su lugar un aire de amenaza.

Los hombres la llevaron a una habitación decorada con lujo, pero todo el esplendor no podía ocultar la realidad de su situación. Era una prisionera en un palacio. Jonathan la siguió, cerrando la puerta detrás de él con un golpe que resonó en la habitación.

-Aquí es donde vivirás -dijo, sus ojos fijos en ella-. Tendrás lo que necesites, pero recuerda, las reglas son simples: no intentes escapar y sigue mis instrucciones. De lo contrario, las consecuencias serán severas.

Claudia se sintió atrapada en una red de miedo y confusión. ¿Era posible que, en medio de esta locura, pudiera encontrar la manera de liberarse?

-No te tengo miedo, Jonathan -declaró, aunque su voz temblaba.

-Deberías tenerlo -respondió él, acercándose. Su mirada era penetrante, como si pudiera ver a través de su fachada. -Porque el miedo puede ser un gran motivador. Y te prometo que haré que aprendas tu lugar en este mundo.

El desafío en su mirada se convirtió en un juego peligroso. Claudia sabía que estaba en un precipicio, pero en su interior, una chispa de lucha se encendía. No iba a dejar que su vida se convirtiera en una sombra de lo que había sido. Tenía que encontrar una forma de luchar, de resistir. La batalla apenas comenzaba, y aunque estaba atrapada, su espíritu seguía siendo libre. ¿Podría encontrar la manera de transformar su cautiverio en una oportunidad para recuperar su vida? Solo el tiempo lo diría.

Capítulo 2 02

La noche se arrastró como un manto pesado sobre Claudia. Se envolvía en sus pensamientos, cada uno más aterrador que el anterior. Las sombras danzaban en las paredes de la lujosa habitación que ahora era su prisión. Los ecos del horror de la subasta resonaban en su mente, y no podía evitar revivir el momento en que Jonathan había ofrecido una suma astronómica por su vida.

Las lágrimas caían silenciosamente sobre su almohada, cada gota un símbolo de su impotencia. ¿Cómo había llegado a esto? Una joven artista con sueños, atrapada en un mundo donde su libertad valía menos que un simple capricho de un poderoso hombre. Cuando finalmente el cansancio la venció, el sueño no fue un refugio, sino un tormento lleno de pesadillas.

La mañana llegó sin piedad. La luz entraba por las cortinas, iluminando la habitación de manera que resaltaba su opulencia, pero Claudia no podía apreciar la belleza. El horror de su situación la mantenía despierta. Se sentó en la cama, sintiendo el peso de la realidad aplastarla.

Un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Una mujer vestida de sirvienta entró, su rostro era inmutable, y su mirada evitaba en todo momento el contacto. Claudia la observó, notando que la mujer parecía conservadora, casi temerosa.

-Jonathan quiere que bajes a comer -dijo la sirvienta con una voz monótona, como si recitara una línea de un guion que había repetido muchas veces.

La simple mención de su nombre hizo que una oleada de ansiedad recorriera su cuerpo. No podía soportar la idea de sentarse a la mesa con el hombre que la había comprado como si fuera un objeto. Pero al mismo tiempo, sabía que negarse podría tener consecuencias terribles. Se encontraba entre la espada y la pared.

-¿Puedo... puedo quedarme aquí? -preguntó, la voz temblando.

La sirvienta la miró brevemente, pero su expresión no cambió. -No es una opción. Es un mandato.

Claudia sintió que la desesperación la invadía. Sin otra alternativa, se levantó y se preparó para enfrentar lo inevitable. Se vistió con un vestido que había encontrado en el armario, un diseño elegante pero que ahora se sentía como una segunda piel, un recordatorio de su cautiverio.

Bajó las escaleras, cada paso más pesado que el anterior. El sonido de sus pies resonaba en el silencio opresivo de la mansión. Al llegar al comedor, Jonathan ya estaba sentado a la mesa, su figura imponente contrastando con la delicadeza de la vajilla.

-Buenos días, Claudia -dijo, mirándola con una sonrisa que no alcanzó sus ojos. La forma en que pronunció su nombre le hizo sentir un escalofrío.

-Buenos días -respondió ella, tratando de mantener la voz firme a pesar de la tormenta en su interior.

Se sentó frente a él, el aire entre ellos cargado de tensión. Jonathan la observó mientras servía un café negro en su taza, sus ojos oscuros llenos de algo que no podía descifrar. Era como si estuviera evaluándola, buscando la debilidad que pudiera usar en su contra.

-Espero que hayas pasado una buena noche -dijo él, tomando un sorbo de su café.

Claudia no respondió. La idea de compartir una mesa con el hombre que la había reducido a un objeto la llenaba de repulsión. Pero sabía que debía mantener la calma.

-Te he traído aquí por una razón, Claudia -continuó Jonathan, su tono cambiando a uno más serio-. Quiero que entiendas que este es un nuevo comienzo para ti. Debes acostumbrarte a esta vida.

-No quiero esta vida -respondió ella, levantando la mirada y desafiante-. No soy un objeto a tu disposición.

Jonathan sonrió, pero no había humor en su expresión. -Eso es lo que crees. Pero te aseguro que no puedes cambiar tu situación.

Claudia sintió un nudo en el estómago. Su vida, su libertad, todo estaba en manos de este hombre.

-Si intentas escapar -continuó él, la voz más grave-, no me quedaré de brazos cruzados. He invertido mucho en ti, y no toleraré que me desprecies.

Las palabras de Jonathan resonaron en su mente: "he invertido mucho en ti". ¿Qué significaba eso realmente? Claudia quería gritar, quería hacerle mil preguntas sobre su pasado, sobre por qué la había elegido, sobre qué tipo de hombre era. Pero el miedo la mantenía cautiva, y no se atrevió a cuestionarlo.

-¿Qué... qué quieres de mí? -preguntó finalmente, su voz apenas un susurro.

Jonathan la miró fijamente, como si sopesara su respuesta. -Quiero que seas una parte de mi mundo, Claudia. La vida que llevas no es suficiente para alguien con tu talento. Y yo puedo ofrecerte más.

Claudia sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Había algo más en sus palabras? La idea de que Jonathan pudiera tener motivos ocultos la inquietaba. Pero la verdad era que estaba atrapada, y cada segundo que pasaba en su presencia la acercaba más a una verdad inquietante.

-No estoy interesada en tu mundo -dijo, tratando de mantener su dignidad.

-Tienes razón. Pero no tienes opción. -Su tono se volvió más firme, y Claudia sintió una punzada de miedo en su corazón. -Por ahora, solo concéntrate en sobrevivir. Así será más fácil para ambos.

La comida continuó en un silencio tenso, con Claudia sintiéndose como una prisionera en un banquete. Sus pensamientos giraban en torno a su situación, a la lucha interna entre el miedo y la resistencia. ¿Podría encontrar una manera de escapar de este cautiverio? La respuesta seguía siendo incierta, pero una chispa de determinación se encendía en su interior, mientras su mirada se entrecerraba, enfrentando a su captor.

***

Claudia regresó a su habitación, el eco de la cena aún resonando en su mente. Las palabras de Jonathan la perseguían como sombras, y cada paso que daba parecía más pesado que el anterior. Se sentó en el borde de la cama, sintiendo el suave tejido de las sábanas contra su piel, pero no había consuelo en ese lujo. Su mente estaba en un torbellino, atrapada entre la confusión y el miedo.

Tomó una ducha, el agua caliente cayendo sobre su piel como un intento de lavar la angustia que la consumía. Pero incluso el agua no podía borrar la sensación de desesperación que la envolvía. Mientras se enjuagaba el cabello, las lágrimas se mezclaban con el agua, cada una un recordatorio de sus sueños perdidos, de la vida que había dejado atrás. Quería ser una artista reconocida, una pintora cuyas obras hablasen por sí solas, pero ahora se encontraba atrapada en un mundo donde su libertad había sido comprada.

Después de vestirse, se acercó a la puerta, pero al intentar abrirla, se dio cuenta de que estaba cerrada con llave. La impotencia la invadió. Jonathan había tomado medidas para asegurarse de que no pudiera escapar. Se sintió dolida, como si cada intento de recuperar su libertad fuera un golpe más en su ya herido espíritu.

Se dejó caer en la cama, el llanto brotando de su pecho. Las emociones reprimidas salían a flote, y no podía detenerlas. Pensó en sus amigos, en las risas compartidas, en las noches de inspiración en su estudio. Todo eso parecía tan lejano ahora, como un sueño que se desvanecía al despertar.

La tarde se deslizó lentamente, y la soledad se convirtió en su única compañía. Cada hora que pasaba era un recordatorio de su cautiverio. Cuando la sirvienta volvió a llamarla para la cena, Claudia sintió que su corazón se hundía. No quería enfrentarse a Jonathan de nuevo, pero sabía que no tenía opción.

Bajó las escaleras, cada paso un acto de resistencia. Al entrar al comedor, Jonathan ya estaba sentado, su figura dominante ocupando el centro de la mesa. La luz de las velas parpadeaba, creando sombras que danzaban en las paredes, como si el ambiente mismo estuviera consciente de la tensión que llenaba el aire.

-Buenas noches, Claudia -dijo Jonathan, su voz suave pero cargada de un poder inquietante.

-Buenas noches -respondió ella, tratando de mantener la mirada firme, aunque su corazón latía con fuerza.

La cena comenzó en un silencio tenso, con Claudia sintiendo que cada bocado era un recordatorio de su situación. Jonathan la observaba, sus ojos oscuros fijos en ella, como si estuviera analizando cada uno de sus movimientos.

Finalmente, rompió el silencio. -Quiero que sepas por qué te elegí, Claudia. Su tono era serio, y Claudia sintió que su estómago se retorcía.

-¿Por qué? -preguntó, aunque su voz temblaba. La curiosidad y el miedo se entrelazaban en su mente.

-Te conocí antes de la subasta. Las palabras de Jonathan la golpearon como un puñetazo en el estómago. -Te vi en una exposición hace meses. Tu arte me impactó. Desde entonces, no he podido sacarte de mi cabeza.

Claudia sintió que el aire se le escapaba. ¿Cómo podía ser eso posible? La idea de que Jonathan la había estado observando, que había estado al tanto de su vida, la llenaba de incomodidad. Era una revelación enfermiza, una obsesión que la hacía temblar.

-Eso es... perturbador -logró decir, su voz apenas un susurro.

-Lo sé -respondió él, su mirada intensa-. Pero no se trata solo de tu arte. Hay algo en ti que me atrajo, algo que no puedo explicar. Y cuando te vi en la subasta, supe que tenía que tenerte.

Claudia sintió que el miedo la envolvía. ¿Qué significaba eso? ¿Era ella una musa para él, o simplemente un objeto de deseo? La idea de ser vista como una posesión la llenaba de horror.

-No soy un objeto, Jonathan. Sus palabras salieron con más fuerza de lo que se sentía. -No estoy aquí para satisfacer tus caprichos.

Jonathan la miró fijamente, y por un momento, Claudia vio un destello de algo más en sus ojos, algo que parecía humano. Pero rápidamente se desvaneció, dejando solo la intensidad de su mirada posesiva.

-No lo entiendes, Claudia. Su voz se volvió más suave, casi persuasiva-. No estoy aquí para hacerte daño. Quiero que seas parte de mi mundo, que uses tu talento para crear algo grande. Pero debes entender que hay reglas.

Claudia sintió que su corazón se hundía. ¿Qué tipo de mundo era ese? ¿Un mundo donde su libertad estaba condicionada a su obediencia?

-No quiero ser parte de tu mundo -replicó, su voz temblando pero decidida.

-Eso es lo que no comprendes. No tienes elección. La firmeza en su voz era inquebrantable, y Claudia sintió que su espíritu se quebraba un poco más.

La cena continuó en un silencio tenso, cada bocado un recordatorio de su impotencia. Claudia se sentía atrapada en una red de emociones contradictorias. ¿Era posible que, en medio de esta locura, pudiera encontrar una forma de liberarse? La respuesta seguía siendo incierta, pero una chispa de determinación se encendía en su interior.

Mientras Jonathan hablaba de sus planes, de su visión, Claudia se dio cuenta de que no podía dejar que su vida se convirtiera en una sombra de lo que había sido. Tenía que encontrar una manera de luchar, de resistir. La batalla apenas comenzaba, y aunque estaba atrapada, su espíritu seguía siendo libre.

¿Podría encontrar la fuerza para escapar de las garras de un hombre que la veía como parte de su propiedad?

Capítulo 3 03

La mañana llegó con un silencio inquietante en la mansión. Claudia se despertó, sintiéndose atrapada en un mundo que no reconocía. La opulencia de su habitación no podía ocultar la sensación de claustrofobia que la envolvía. Mientras se sentaba en la cama, su mente seguía girando en torno a Jonathan y sus inquietantes revelaciones.

Un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Era una de las sirvientas, que entró con la tarea de hacer la cama y limpiar la habitación.

La mujer, de aspecto conservador y rostro impasible, comenzó a mover las sábanas con una eficiencia casi mecánica. Claudia la observó, sintiendo una mezcla de curiosidad y desesperación.

-¿Puedo preguntarte algo? -dijo Claudia, su voz temblando ligeramente.

La sirvienta levantó la vista, pero su expresión no cambió. -No debería hablar contigo, es contra las reglas.

Claudia sintió que su corazón se aceleraba. No podía dejar pasar esta oportunidad. -Por favor, necesito saber más sobre Jonathan. ¿Quién es él realmente?

La sirvienta dudó, mirando hacia la puerta como si temiera que alguien pudiera entrar en cualquier momento. Pero al ver la angustia en los ojos de Claudia, su resistencia comenzó a desvanecerse.

-Está bien, pero solo un momento -dijo finalmente, su voz baja y cautelosa. -Jonathan es... Jonathan De Luca.

El apellido resonó en la mente de Claudia como un eco. De Luca. Era un nombre que sonaba poderoso, imponente. -¿De Luca? ¿Qué significa eso?

La sirvienta suspiró, como si estuviera a punto de revelar un secreto peligroso. -Es dueño de una cadena de clubes nocturnos en Nueva York. Su reputación es... complicada.

Tiene vínculos con la mafia italiana, aunque aquí en Estados Unidos se presenta como un empresario legítimo.

Claudia sintió que el mundo se le caía encima. Un hombre de negocios con conexiones criminales. La idea de estar atrapada en la vida de alguien así la llenaba de terror.

-¿Y por qué me eligió a mí? -preguntó, su voz apenas un susurro.

La sirvienta la miró con compasión.

-No lo sé. Pero he escuchado cosas. Se dice que tiene un ojo para el talento, que busca a personas que puedan ser útiles para sus negocios. Pero también hay rumores de que es... obsesivo.

Claudia sintió un escalofrío recorrer su espalda. Obsesivo. Esa palabra resonaba con las palabras de Jonathan en la cena anterior. La idea de ser vista como un objeto de deseo, como una posesión, la llenaba de horror.

-¿Y qué pasa si intento escapar? -preguntó, sintiendo que la desesperación la invadía.

-No lo hagas -advirtió la sirvienta, su voz temblando-. No te quedará otra opción que sufrir las consecuencias. Jonathan no es un hombre que se detenga ante nada para conseguir lo que quiere.

Claudia sintió que su corazón se hundía. Estaba atrapada en un juego peligroso, y cada vez que pensaba en la posibilidad de escapar, el miedo la paralizaba.

-Gracias por decirme esto -dijo, sintiendo una mezcla de gratitud y tristeza. La sirvienta asintió, pero antes de que pudiera decir más, la mujer se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Claudia sola con sus pensamientos.

Se sentó en la cama, sintiendo que el peso de la revelación la aplastaba. Jonathan De Luca no era solo un hombre poderoso; era un hombre que operaba en las sombras, un hombre que podía destruirla si decidía hacerlo. La idea de ser parte de su mundo la aterraba.

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