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Con mi primo en la alberca

Con mi primo en la alberca

Autor: : Rodion Chijak
Género: Romance
Ella llegó a casa de sus tíos para pasar unas semanas de descanso. Nada parecía fuera de lugar. Hasta que lo vio. Él. Su primo. El mismo con el que compartió juegos de infancia... y que ahora despertaba en ella algo que no podía -ni quería- ignorar. Entre miradas que queman y silencios que duelen, lo que parecía un deseo pasajero se convierte en un vínculo intenso, secreto y prohibido. Un juego de atracción que ninguno de los dos sabe detener a tiempo. Y en esa casa, todo se empieza a notar. Ella lucha con sus emociones. Él no sabe elegir. La culpa, el deseo y el miedo conviven en cada encuentro. Y cuando entra una tercera persona en la historia, todo lo no dicho comienza a explotar. Ya no se trata solo de sexo. Es algo más. Algo que duele. Con mi primo en la alberca es una novela erótica y emocional que explora el lado oscuro del deseo, la fragilidad de las decisiones y lo que ocurre cuando amar se vuelve tan peligroso como desear. Porque a veces, lo que más queremos... es justo lo que no debemos tocar.

Capítulo 1 La primera mirada

Nunca fui fan de pasar las vacaciones en casa de mi tía.

El calor era una mentada de madre, las camas rechinaban con solo respirar y el ventilador parecía más bien una reliquia que movía polvo en lugar de aire. El olor a humedad, a bloqueador barato y a pescado frito no ayudaba. Pero ese año algo me dijo que esta vez no iba a ser como antes.

Quizás fue el aire salado o el sudor pegado en la piel, o tal vez fue que, apenas llegué, lo vi a él.

Mi primo.

Hacía años que no lo veía. En mi cabeza seguía siendo ese escuincle flaco, lleno de granitos, con voz de ardilla y camisetas de Dragon Ball. Tenía un lunar en la mejilla y se la pasaba corriendo detrás de mí con una pistola de agua, diciéndome que era Gokú y que yo tenía que morir. Para mí era solo eso: un primo fastidioso, de esos que una tolera porque es familia. Nada más.

Pero cuando abrió la reja y me saludó como si nada, supe que ese cabrón había crecido. Y bien.

Tenía el cabello más claro, como de tanto sol. Estaba bronceado, más alto, ancho de espalda. Tenía esa presencia silenciosa que no es de tímido, sino de alguien que sabe que se ve bien sin necesidad de decirlo. Me ayudó con las maletas sin hablar mucho, pero sus ojos me escanearon de pies a cabeza, como quien reconoce algo que ya no es suyo, pero igual lo desea.

-Te ves distinta, prima -dijo al fin, sin despegar la vista de mis piernas-. Más no sé, crecida.

-Tú también. Como que ya no pareces virgen -le solté, con ese tonito de broma que uso cuando quiero tantear el terreno.

Él sonrió tranquilo. Como si supiera perfectamente de qué hablábamos sin decirlo y yo por dentro sentí el primer cosquilleo.

Caminamos hacia la casa en silencio. Él con mis maletas en la mano y yo sintiendo cómo la blusa se me pegaba a la espalda por el sudor. Pude notar cómo me dejaba pasar primero por la entrada angosta del pasillo y cómo su mirada se me quedaba colgada en la parte baja del short. No dijo nada. Pero no necesitaba.

La tía salió a recibirnos con ese delantal que siempre usa, oliendo a cebolla y bloqueador solar. Nos abrazó como si fuéramos una familia feliz y funcional, repitiendo lo típico: que estaba más flaca, que me veía cansada, que el calor este año estaba insoportable.

-Míralos no más -dijo en algún momento-. Si hasta parecen actores de novela ¿Quién los viera tan calladitos?

Servimos la mesa. Pescado empanizado, arroz medio reseco y una agüita de horchata que sabía más a canela que otra cosa. Comimos viendo la tele. Él se sentó justo frente a mí. Y por debajo de la mesa sus rodillas rozaban las mías.

No fue un accidente.

Fue suave. Como quien no quiere pero sí quiere. Como una caricia disfrazada de descuido. Y yo no me aparté ni un centímetro.

Su pantorrilla tocaba la mía a ratos. Su rodilla se abría más de la cuenta. Y cuando hablaba con la tía, tenía la cara tranquila, pero los ojos me los dejaba encima. Con descaro.

De vez en cuando su mirada subía por mis muslos. Disimulada, sí, pero real. Yo fingía que no me daba cuenta pero el calor me subía desde el pecho hasta la entrepierna. No era el clima. Era él.

Después del almuerzo la tía se encerró en su pieza a ver la novela. Yo aproveché de darme una ducha. El agua salía tibia, con poca presión, pero suficiente para quitarme el sudor del viaje. Me enjaboné lento, dejando que el agua corriera por mi cuerpo mientras pensaba en él. En cómo había cambiado. En cómo me había mirado. En cómo lo había mirado yo.

Salí envuelta en una toalla vieja, de esas que ya no secan bien y me puse una blusita holgada y un short desgastado. Sin sostén. Sin calzón. No por provocativa. Por calor. O al menos eso me dije.

Pasé por el pasillo y justo lo vi salir del baño. Estaba sin playera, con una toalla enrollada en la cintura, el cabello goteando. Tenía el cuerpo marcado, no de gimnasio, sino de cargar cosas, de meterse al mar sin miedo. Tenía la piel quemada por el sol, el pecho brillante, los hombros firmes. La toalla bajaba más de la cuenta. Y por un segundo, sentí un impulso de mirar ahí. Justo ahí.

Nos cruzamos la mirada apenas un segundo. Pero ese segundo me revolvió algo adentro.

-¿Qué? ¿Te espantaste? -le dije, bajando la mirada solo para provocarlo.

-Nada. Nomás pensé que ibas a traer más ropa -contestó con ese tono que ya no se usa con primos.

Yo sonreí. Él también.

Después de eso me metí en el cuarto que me tocó. La cama seguía igual que siempre: dura, con la almohada vieja y el ventilador que giraba lento, como si no tuviera ganas de vivir. Me acosté encima de las sábanas, con la blusa pegada al cuerpo, y me puse a mirar el techo.

Lo escuché caminar por el pasillo. Su puerta abrirse. Después un cajón. El crujido de la cama. Se quedó quieto. Luego, música bajita desde su celular. Un reguetón suave, de esos que no bailás, pero se te meten en la sangre igual.

Y en mi cabeza, sin quererlo, lo imaginé tocándose.

Sacudí la idea enseguida, pero ya era tarde. La imagen se quedó, clavada entre las piernas.

Esa noche dormimos en cuartos separados, pero compartíamos baño.

Y eso fue suficiente para ponerme nerviosa.

Cuando me fui a lavar los dientes, dejé la puerta apenas entornada. No sé si por accidente o porque algo en mí quería ser vista. Lo escuché entrar. Se quedó un momento en silencio. Yo fingí que no me daba cuenta. Luego lo escuché alejarse sin decir nada.

No supe si me vio en calzones. No supe si lo hice a propósito. Pero lo que sí supe

es que si esta vez también nos íbamos a hacer los primos, iba a ser con las piernas abiertas.

Capítulo 2 El pareo que no tapaba nada

El día siguiente fue peor.

Peor en el buen sentido. Peor para mis piernas, para mi blusa empapada, para mi cabeza que no dejaba de pensar en él.

Me desperté más temprano que de costumbre. El calor ya me tenía el cuerpo pegajoso y el ventilador no ayudaba en nada. Abrí la ventana y sentí el sol quemándome la cara. Me duché rápido y al salir, me quedé un buen rato mirando el bikini celeste.

Ese bikini que me aprieta justo donde más me marca, el que me hace sentir perra. Ese. Me lo puse sin pensarlo demasiado. Arriba firme, escotado. Abajo un poco más metido de lo que mi tía consideraría decente. Encima me amarré un pareo suelto, solo para disimular. Nada serio. Nada real. Apenas un trapo. Me miré al espejo. Sí, eso quería provocar.

Bajé como si nada, con la toalla al hombro, las chanclas golpeando el suelo. Y ahí estaba él: en la silla del patio, con un short negro, los lentes puestos, tomando algo frío. No me miró directo. Pero sabía que me había visto.

-Ya te tardaste -dijo, sin sacarse los lentes-. Ya casi me acabo el sol.

-No te hace falta más. Ya estás más quemado que el arroz de la tía -le respondí, dejándome caer a su lado.

El pareo se me corrió un poco. No hice nada por ajustarlo.

Nos quedamos ahí un rato. Diciendo pavadas. Comentando cosas del clima, de la alberca, de los perros del vecino. Todo superficial. Pero en cada palabra, en cada pausa entre frase y frase, había otra conversación pasando por debajo.

Él se estiró para alcanzar su vaso. Cuando lo hizo, su antebrazo me rozó el pecho. Fue apenas, pero me hizo cerrar los muslos. Lo vi beber con la cabeza hacia atrás. Tenía el cuello tenso, la nuez marcada, una gota de sudor corriéndole por el pecho. Y por dentro, yo ya no era una prima. Era una mujer mojada sentada a su lado.

Después de comer, la tía se fue a dormir su siesta. Dijo que no la molestáramos por nada. Que si escuchábamos la licuadora, era porque se estaba preparando una máscara para la cara. Y que por favor no ensuciáramos la cocina.

La casa quedó en silencio. Ese silencio pegajoso que se siente más que se oye. Entramos al living como si fuera cualquier otra tarde. Pusimos una película. Algo gringo, sin gracia, con actores falsamente guapos y escenas de cama que no le calientan ni al más desesperado.

Me senté a su lado, dejando espacio.

Pero poco a poco, sin darnos cuenta, estábamos hombro con hombro. Él no hablaba. Pero su cuerpo sí. Su brazo tocaba el mío, tibio, firme. La tela del sofá entre nosotros ya no existía. Lo sentía cerca, cada vez más cerca. Mi piel empezaba a vibrar, y no por el calor.

El respaldo estaba tibio por el sol. El ambiente, cargado de humedad, hacía que nuestros cuerpos se pegaran sin esfuerzo. Sentía mi espalda transpirando contra la blusa y la parte baja del bikini adherida a la piel como si se hubiera fundido conmigo.

Entonces su mano bajó. Lenta. Hasta tocarme el muslo.

Me apretó apenas. No con fuerza. Con decisión. Sus dedos eran tibios, firmes, como si ya supieran exactamente hasta dónde querían llegar. No se movieron de golpe. Solo se quedaron ahí, acariciando suave, con un pulso constante, como si ese fuera su lugar natural.

Yo no dije nada. Solo me acomodé. Me incliné apenas, dejando que sus dedos subieran un poco más. Podía olerlo. No perfume, no desodorante. Piel. Hombre. Sol.

La película seguía. Gemidos falsos en pantalla. Falsos allá, reales acá.

Sentí su respiración cambiar. Más corta. Más cerca. Me giré un poco, rozando su muslo con el mío. Podía sentirlo latir a través del short.

-No seas pendejo -le susurré, sin moverme.

-Tú empezaste -contestó igual de bajito-. Con ese bikini. Con esa carita.

Me giré a mirarlo.

Nos vimos. Y ahí supe que si se acercaba un centímetro más yo no iba a detenerlo.

Entonces me besó.

No fue un beso suave. Fue uno de esos besos con historia contenida, con hambre, con rabia. Me mordió el labio. Yo le lamí la boca. Nos abrimos. Nos tragamos. Sus manos me tomaron por la cintura, con urgencia, con fuerza. Me acomodó sobre él. Sentí su bulto debajo mío, duro, latiendo como si estuviera pidiendo permiso.

Me moví lento, frotándome apenas. Sentía mi humedad filtrarse por el bikini. El pareo ya estaba por los suelos. Mi respiración se entrecortaba contra su cuello. Él me susurraba algo que no entendía bien. Creo que dijo mi nombre.

Me apoyé mejor. Su cuerpo era duro, cálido, y debajo del mío sentía cómo todo él se tensaba para no acabar antes de tiempo. Mis manos se aferraron a sus hombros, él me tomó de las caderas y empezó a guiarme con un ritmo suave, peligroso, que rozaba la locura.

Mi cabeza era un torbellino. Eso que sentía en el estómago ya no era calor ni nervio. Era hambre. Un hambre caliente, egoísta, primitiva.

Él jadeaba bajito. Sus dedos se clavaban en mi cintura como si necesitara sostenerme o frenarse. Cada vez que yo me movía, su cuerpo respondía con una tensión nueva: un músculo que se marcaba más, un suspiro que escapaba, una erección que no paraba de crecer.

Yo lo sentía todo. Cada pulso. Cada dureza. Cada milímetro de carne viva bajo mi pelvis. Y no estaba arrepentida. Ni un poco. Ya no podía decirme que era el calor, ni el encierro, ni la nostalgia. No. Era él. Era yo. Y era ahí.

Y justo ahí la voz.

-¿Siguen despiertos?

La voz de la tía se coló por el pasillo como una cubetada de agua fría.

Quedamos inmóviles. Yo encima de él. Él con la mano entre mis piernas. El corazón desbocado. Las manos temblando. Las ganas intactas.

No dijimos ni una palabra. Pero ambos sabíamos que esto no había terminado. Ni de cerca. Ni por asomo. Apenas estaba comenzando.

Capítulo 3 El cuarto del fondo

La voz de la tía nos cortó de golpe. No gritó ni entró apurada, pero bastó su tono despreocupado para que el deseo que nos tenía en llamas se replegara como un animal asustado.

Me bajé de su cuerpo con la respiración entrecortada y el pareo hecho un desastre en mis caderas. Él se subió el short como pudo, sin acomodarse del todo, cubriendo la erección más por reflejo que por vergüenza. No nos miramos, ni cruzamos una palabra, pero ambos sabíamos lo que habíamos estado a punto de hacer. Lo que ya no tenía vuelta.

La tía entró al living con la misma cara de siempre, como si no sospechara nada. Se sirvió un vaso de agua, comentó que el calor estaba insoportable y nos sugirió que fuéramos a la alberca antes de que se cortara la luz.

Asentimos los dos, callados, y cuando ella desapareció por el pasillo, sentí cómo él volvía a clavarme la mirada. Yo seguía con el corazón acelerado, la entrepierna húmeda y la piel hirviendo, como si el cuerpo siguiera pidiéndolo aunque la mente aún tratara de fingir normalidad.

Me fui a mi cuarto en silencio. Caminé lento, como si no quisiera que se notara el temblor en mis piernas. Cerré la puerta sin pestillo, me senté al borde de la cama, y me quedé un rato respirando hondo. El bikini estaba pegado, húmedo, tibio. No sabía si por el calor o por las ganas. Tal vez por ambas.

No habían pasado ni cinco minutos cuando escuché la voz de la tía gritar desde la entrada que saldría un rato a casa de la vecina. Su tono era liviano, como si no supiera lo que había interrumpido hacía un momento.

Escuché el portón cerrarse y, sin pensarlo, me puse de pie. Caminé por el pasillo con los pasos más lentos que pude, sintiendo el pulso en la garganta, como si me estuviera jugando algo importante.

Al llegar al living, lo vi sentado en el mismo sillón, con el short aún abultado, la mirada encendida y una mano apoyada sobre la tela, como si no supiera qué hacer con tanto fuego contenido. No me dijo nada, y yo tampoco. Solo me acerqué, me arrodillé frente a él, y con una suavidad que no sabía que tenía, le bajé el short.

Estaba tan duro como antes, o más. Lo tomé con las dos manos, lo observé unos segundos -grueso, caliente, tenso- y luego lo lamí, lento, como si me lo hubiera prometido desde el primer día.

El se recostó hacia atrás, soltó un gemido apenas audible y me agarró del cabello con una fuerza contenida. Me lo metí hasta el fondo, girando la lengua, subiendo y bajando con hambre y con esa mezcla de ternura y perversión que solo se usa cuando sabés que lo que hacés está mal pero igual lo querés hacer.

Sentía cómo su cuerpo temblaba bajo mis manos. Le escupí la punta, lo volví a meter, lo giré con la boca mientras mis muslos ya no daban más de la humedad. Estaba a punto de venirme yo sola, sin que me tocara, de tan mojada que estaba, cuando un ruido en la cocina nos paralizó. Un traste mal puesto, un golpe leve. Me detuve al instante, con su verga brillando entre mis labios. Él se incorporó, me hizo señas para que me escondiera, y ambos aguantamos la respiración.

No pasó nada.

Solo el silencio. Espeso. Pegajoso. Ansioso.

-Ya se fue -susurró, como si necesitara decirlo en voz alta para convencerse.

Me levanté, me limpié la boca con la palma, y antes de que pudiera decir algo, él se acercó, me tomó de la muñeca y me dijo, con la voz ronca y los ojos fijos en los míos:

-Ahorita. A la alberca. No me aguanto más.

No pregunté. No dudé. No lo pensé. Salimos por la puerta del patio, cruzamos el cemento caliente y nos metimos al agua sin quitarnos nada. El sol ya estaba bajando, pero el calor seguía pegado a la piel como una advertencia. Me sumergí hasta los hombros, sentí el cloro en los ojos, el ardor del día acumulado en la piel. Él entró detrás. Me rodeó con los brazos bajo el agua y me atrajo hacia él.

Su boca se pegó a la mía sin aviso, y el beso fue puro fuego. Me besó con rabia, con ansiedad, con esa necesidad acumulada que ya no se podía ocultar. Me empujó contra la pared de la alberca, me levantó con una facilidad que me sorprendió y me sostuvo firme. Bajó la parte inferior de mi bikini y con la mano libre me abrió, me preparó, me buscó con precisión. Me hundió sobre su verga como si el agua no existiera, como si solo existiéramos él, yo, y ese momento inevitable.

Me aferré a sus hombros mientras él entraba y salía, lento pero firme, con embestidas que me arrancaban el aliento. Las piernas me temblaban, el agua salpicaba, y mi cuerpo entero se arqueaba contra el suyo. Me decía cosas al oído que no recuerdo del todo. Algo sobre lo rica que estaba. Sobre cuánto me había esperado. Sobre lo mucho que le gustaba tenerme así.

Me vine fuerte. Con los ojos cerrados, con las uñas clavadas en su espalda, con la boca abierta contra su cuello. Él no se detuvo. Siguió hasta que se vino también, con un gemido ahogado y la cabeza hundida en mi hombro. Nos quedamos así un rato, flotando, abrazados, con el cuerpo latiéndonos por dentro.

Salimos del agua sin decir nada. Yo con las piernas temblando, el bikini fuera de lugar, el corazón en otro lado. Él con la mirada fija en mí, como si no pudiera creer lo que acabábamos de hacer. Caminamos directo al cuarto del fondo, ese que usaban de bodega, y sin palabras, cerró la puerta tras de sí. Me besó con más desesperación que ternura, me empujó contra la cómoda, me bajó la parte de abajo del bikini que aún colgaba, y me la metió de pie, con los pantalones a medio muslo, sin que nos diera tiempo de pensar.

Me sujetó por la cintura, me embistió con fuerza, con ritmo, con fuego. Yo me arqueé, me abrí, lo recibí. Mis jadeos rebotaban en las paredes estrechas del cuarto, mientras sentía cómo su cuerpo entero me rompía por dentro. Nos vinimos casi juntos, sudando, goteando, sin culpa, sin pausa.

Y fue entonces, con la frente apoyada en mi espalda, con su verga todavía latiendo dentro de mí, que escuché su voz bajita, apenas un suspiro:

-Ahora sí, te cogí como se debe.

Y yo, aún temblando, solo pude reír. No por burla. Por alivio.

Porque en el fondo yo también lo había querido así.

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